
Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.
Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.
—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.
—No saldré.
—¿Qué? ¿Estás enfermo?
—No.
—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.
Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.
—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.
No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.
Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.
—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.
—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.
Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».
Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.
—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!
Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.
Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.
Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.
Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.
Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori
Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».
Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.
Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.
Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.
Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.
Me acerco a ella e inclino la cabeza.
—Hola Misaki.
Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.
—¡Haru!
Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».
Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.
—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.
Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.
—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.
La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.
—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?
—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.
—Lo siento mucho.
—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.
—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.
—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.
Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.
—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.
¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.
—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.
—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.
—Entiendo.
Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.
—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?
—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.
Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.
Autor: Ana Laura Piera.
Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.
Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.
Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.
Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.
Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.
Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.
https://bloguers.net/votar/AnaPiera68
https://bloguers.net/literatura/el-umbral-de-la-soledad-cuento-corto
Hola, Ana, últimamente me persigue los «hikikomori», salieron en un texto que comenté con mi alumnado, después vi un reportaje en Youtube y ahora tu cuento… ¿Será algún tipo de señal? Yo sí tengo un ikigai en la vida, aunque ahora está un poco detenido por la mudanza, cuidar a mi madre, etc., pero poco a poco volverá, lo sé porque es mi propósito de vida. El cuento te ha quedado muy bien y perfectos para recrear estas dos palabras japonesas.
Un abrazo. 🙂
Hola, Merche. ¡Qué curioso que el concepto de hikikomori se te haya estado «presentando». Bueno, yo quise mostrar que muchas veces idealizamos la sociedad japonesa y la verdad, hay demasiada presión social por destacar, por ser exitoso, la gente siente vergüenza por no poder dar lo que se espera de ellos y se dan estos casos. No sólo en Japón, en Korea y otros países asiáticos también y se va haciendo global la cosa. En fin, que sí, que Japón tiene cosas muy buenas pero está lejos de ser perfecto todo. Te mando abrazos y que pronto tu Ikigai esté funcionando al 100%
Hola, Ana.
Hay una delicadeza enorme, muy japonesa a mi parecer, en cómo acompañas a Haru en su encierro, sin juzgarlo.
La llegada de Misaki es una luz que no irrumpe, y es donde Haru encuentra una salida por donde volver a ser el de antes. Me ha conmovido cómo conviertes el Ikigai en algo íntimo, frágil, casi un hilo que lo ata de nuevo al mundo.
Un relato que me ha encantado.
Un abrazo.
Muchas gracias, Eitán. He traído esta historia en la cabeza ya varios días y créeme que me sentía ahí junto a él en su «cochinero» jajaja. Quería que saliera de su marasmo y al final fuera una historia esperanzadora. Gracias por tus palabras. Abrazo de vuelta.
Sin duda me gusta que no tenga un final de cuento, sino una aceptación madura: quizá nunca haya amor, pero ese sentimiento basta para que Haru quiera intentarlo. Sanar no borra las grietas, pero las vuelve parte de la historia, saludos
Así es Cecy y además el proceso de sanación ni es mágico, ni rápido. No quise que las cosas fueran fáciles para Haru, porque en la vida real no lo son, pero hay esperanza. Gracias por leerlo y comentar.
Me ha encantado, el aislamiento social es un tema muy duro, mis felicitaciones por lo bien que lo has plasmado.🙌🙌
Muchas gracias, Manuel. Saludos.
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Hola, Ana.
Has captado perfectamente el sentido de este VadeReto.
Además, en tu narrativa se puede sentir el estilo de escritura oriental.
Me han encantado las dos palabras que has usado; contrapuestas, pero complementarias. Esa lucha entre el empuje exterior y la fortaleza interior que todos alguna vez hemos sentido.
El Hikikomori es muy japonés, pero creo que está rompiendo las fronteras y en muchas partes del mundo se está implantando. La adición a las pantallas, las dificultades para destacar o encontrar trabajo, la necesidad de independencia que nunca se ve sustituida por el cariño y el calor del hogar materno… Sé de muchos chavales de por aquí que hacen Hikikomori sin conocerlo.
Felicidades. Un cuento lleno de emotividad y espiritualidad, con un final que afronta la realidad sin magia pero con esperanza.
Muchas gracias por ofrecerlo para el VadeReto.
Abrazo Grande.
Como siempre te digo: gracias a ti por sacarnos de nuestra zona de confort para escribir cosas diferentes que resultan un reto. Abrazo de vuelta para ti.
El efecto Hikikomori es algo contagioso, pero su lugar de origen solo podía ser japón. Y no me extraña nada.
Hola Ana
Nos traes el «Ikigai», el concepto esencial japonés, la razón de ser o aquello que hace que merezca la pena levantarse cada mañana. Aquello que está relacionado con el sentido vital, la satisfacción y la conexión entre lo que uno ama, lo que sabe hacer y lo que aporta al mundo.
Pero todo yin tiene su yang, como en la cultura japonesa. Cuando eres consciente de que el ikigai está presente en tu vida, cuando existe un puente entre el mundo interior y el mundo exterior, entre lo que somos y lo que hacemos y por algún motivo, el equilibrio se rompe y la puerta hacia el exterior queda cerrada, aparece el «hikikomori», la retirada del mundo, el repliegue sobre uno mismo.
Esto no es una filosofía ni una búsqueda espiritual, sino una situación compleja en la que pueden intervenir factores psicológicos, familiares, educativos y sociales. Y tampoco está alejada de la situación que sufren muchas personas en el mundo occidental. Sólo que en la cultura japonesa esto tiene nombre y se tiene en cuenta. Tú lo explicas perfectamente: «El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento como mecanismo de defensa.»
Tu relato es un ejemplo perfecto y me encanta tu aporte, sin magia, sin final edulcorado, con el toque japonés que nos llega y nos alegra por esa amistad que puede ayudar a sanar.
Un abrazo grandote.
Muchas gracias, Marlen. Solemos idealizar todo lo japonés, pero también tienen sus problemas. Es una sociedad que presiona mucho al individuo para que cumpla su rol en la sociedad. Las expectativas son altas y cuando por alguna razón no se cumplen el individuo se avergüenza de sí mismo y se retrae. Desgraciadamente, sí, esto también sucede en el mundo occidental. Te mando otro abrazo de vuelta.
Es demasiado tentador vivir en la burbuja. A veces no necesitamos grandes respuestas, solo un pequeño motivo y algo de energía interior para abrir la puerta.
Un abrazo.
Hola Doctor Krapp, así es, y no tiene que ser un motivo grandioso, como bien dices, algo pequeño puede ser el detonante para sacarnos de la apatía. Abrazo de vuelta, gracias por pasarte.
Hola Ana un delicioso cuento con sus toques de desesperanzas y un abrazo a la dulzura. Es tierno su desarrollo y algo cada día más común en este mundo que vivimos donde los jóvenes no encuentran salidas pues la mayor parte las tienen cerradas. Un abrazo muy grande
Muchas gracias por leerlo, Themis. Te mando un abrazo fuerte.
Hola Ana, tu relato duele, pero que también abriga, porque nos recuerda que a veces lo más valiente que podemos hacer es aceptar que necesitamos que alguien nos espere al otro lado de la puerta, aunque solo sea para caminar un rato sin rumbo. La aparición de Misaki es un acierto porque no viene a rescatarlo con un amor milagroso, sino a tenderle un puente sin exigencias, a ofrecerle un Ikigai pequeño y terrenal: verla, viajar juntos en tren, compartir un jardín interior. Esa renuncia al amor romántico a cambio de una amistad que sostiene es, para mí, mucho más conmovedora que cualquier final feliz al uso. Y el gesto final de cortarse el pelo y afeitarse no es un triunfo, sino el primer susurro de una recuperación posible, como si al soltar la costra del aislamiento, Haru recordara que aún habita en su propio cuerpo. Abrazos desde Venezuela
Gracias, Raquel. Sí, Haru ya se había olvidado de quién era realmente, ese momento donde se corta el pelo y se afeita lo regresa, le recuerda quién es realmente. Muchas gracias por tu comentario y visita que los valoro muchísimo. Abrazo fraterno.
¡Hola, Ana!
Me ha encantado tu relato. Y es una participación perfecta para el Vade, porque nos introduces de lleno en la mentalidad japonesa: éxito frente a fracaso. Es conocido que el japonés que fracasa en el mundo laboral está muy cerca de ese encierro, de esa muerte en vida. Es algo terrible cómo enfocan muchos de ellos, a través de la presión laboral, el sentido de sus vidas. La foto del famoso bosque por debajo de la puerta da escalofríos…
Me encantan también detalles que incluyes como: «La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.» Hacen muy cercano el cuento.
Una historia preciosa, muy bien ambientada de elementos japoneses y super fluida en los diálogos.
¡Saludos y feliz verano!
Maite (volarela)
Hola, Maite. Muchas gracias por leerlo y por comentarlo. Me hace ilusión que te haya gustado, pues tú escribes muy bien. Acabo de ver que participaste en el VadeReto, así que te leeré pronto. Mil gracias y abrazo fuerte.