
Hacía algunas semanas sospechábamos de algún fallo, pues cuando el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas.
El puente era nuestro hogar, nuestro refugio en las crueles noches de la capital. Abajo de él dormíamos: el Tilingas, bajito y preocupón; el Elvis, le pusimos así por su copete al estilo del Rey del Rock; Sebas, ese no tenía nada de especial pero era buen amigo; al Huevo, lo habíamos “bautizado” así porque estaba calvo. A mí me decían «la Lupita» a pesar de ser hombre, por llamarme Guadalupe. Entre todos nos cuidábamos y nos hacíamos compañía.
Una noche, después de que pasara el tren, el Huevo decidió irse a dormir a otro lado.
—Esta madre se va a caer, ya verán —farfullaba mientras recogía sus escasas pertenencias: una cobija, unos cartones para protegerse del frío y una mochila pequeña y muy sucia con quién sabe qué adentro.
—No manches, Huevo, ni aguantas nada, seguramente ya te jodió que te llueva el polvo en la pelona, pero nosotros sí tenemos amortiguador en la cabeza —dijo el Elvis, jocoso.
Todos reímos. Huevo se nos quedó viendo sin enojo, su mirada suplicante, pero nadie le hizo caso, ni siquiera el Tilingas que sí era bien aprensivo.
El día que ocurrió el desastre yo iba algo retrasado después de pasar el día recolectando latas de aluminio que luego vendo para poder comer. A lo lejos apareció el puente, para mí su vista significaba el descanso bajo la sombra y la plática sabrosa con mis amigos. En ese momento iba pasando el tren y se escuchó un estruendo horrible; el piso tembló y sentí que me caía. Vi con espanto cómo se venía abajo al faltarle el sostén de la estructura que se desmoronaba. Los gritos de la gente que iba en los vagones me dejaron frío. Una nube de polvo quería cerrarme el paso, mientras sentía vidrios en la garganta y una picazón canija en los ojos. Me preocupaban mis compañeros, a esa hora de la tarde ya estarían todos reunidos en nuestro refugio.
“¡En la madre! ¡En la madre!” iba repitiendo dentro de mí.
Para cuando el polvo se disipó y llegaron los polis y las ambulancias, era evidente que habría muchos muertos: dos carros del tren quedaron colgados en el aire y un tercero se había impactado en el suelo. El lugar donde dormíamos no era visible y sobre él había una montaña de escombros. Me encontré al Huevo, frenético, retirando el cascajo con las manos y dando voces llamando a los nuestros. Al verme, gritó:
—¡Ándale, Lupita! ¡Ayúdame!
Me uní a sus esfuerzos, pero un policía nos ordenó evacuar la zona.
—¡Déjennos! ¡Aquí está nuestra familia!
De nada sirvieron los ruegos.
Las autoridades marcaron un perímetro infranqueable. Fuera de él permanecíamos los que queríamos noticias de las víctimas. Mucha gente vino a dejar flores, otros llegaron con cartelones exigiendo justicia. Los que esperábamos sobrevivimos gracias a que las señoras de la colonia y de los puestos aledaños nos regalaban comida, ropa y cobijas. Pero conforme se fue despejando el lugar, la generosidad se hizo más escasa; todos querían borrar de su memoria lo sucedido. Les urgía regresar a la normalidad y supongo que nosotros, esperando un milagro, les recordábamos la tragedia.
Los equipos de rescate sacaron los cuerpos, las máquinas movieron escombros, los de limpieza retiraron los cartelones descoloridos por el sol. No hubo rastro de nuestros amigos y tuvimos la la certeza de que se habían ido en medio de esa pena arenosa transportada por los camiones.
Un día nos quedamos viendo la calle: el tráfico reanudado, las personas yendo y viniendo como si nada. Amnésicas.
Sin la presión de la gente, las autoridades ya no hablaban de castigar culpables. El Huevo y yo tuvimos que seguir con nuestra vida; sabíamos que la amnesia también nos iba a pegar pronto. Escribimos en un trozo de papel estraza: «Tilingas», «Sebas» y «Elvis». Lo enterramos en un parche verde aledaño al lugar de la tragedia. Luego nos pusimos a buscar un nuevo sitio para dormir.
Autor: Ana Laura Piera.
Este relato se publicó originalmente en la revista digital Masticadores el 28 de Junio 2021, esta es una versión revisada.








