El médium – Cuento corto

Mi propuesta para el reto Literautas. Un relato de no más de 750 palabras con una frase inicial y una final obligatorias. Tema libre.

Todos guardaban algún secreto. Sus ojos huidizos y sus caras de sufrimiento los delataban. Noté que se movían raro, flotaban al ras del piso. Entonces recordé… Había sentido el frío helado del espíritu que me poseyó la última vez y de inmediato me faltó el aire. Era como si aquel ente no cupiera en mí del todo y mis costuras internas colapsaran. Una punzada de dolor se clavó en mi pecho. Luego, negrura.

Cuando desperté, me encontraba rodeado de aquellos espectros. Uno de ellos me reconoció:

—¡Tú eras el médium! —me dijo emocionado. Yo no lo recordaba… Tuve tantos clientes.

El lugar donde estábamos era una casa triste y vetusta. El que me habló me explicó que no podíamos salir de ella. Algo nos retenía, pero ninguno sabía qué era. Yo intuía que tenía que ver con los secretos. ¿Cuál era el mío? No podía recordarlo.

Me dediqué a recorrer la mansión, un alma en pena que intentaba escapar. El entorno era deprimente, oscuro, olía a humedad y hacía frío siempre. En uno de los pasillos superiores, sin querer, mi cuerpo rozó el de la mujer. Sentí que me recorría fuego, como cuando uno tiene una descarga eléctrica. Tuve una visión: unas manos que apretaban con fuerza una mantita infantil. Un llanto agudo que se apagó de golpe.

—Tuviste un bebé que falleció —le dije.

Sus ojos se abrieron mucho; se asomaron las lágrimas mientras se permitía recordar.

—No fue un descuido tuyo. Tus padres apretaron la manta.

Ella lloró, asintiendo.

—Se avergonzaban de él, pero yo lo amaba.

Sentí el pesar de aquella mujer, pero al mismo tiempo, su alivio. Sonrió débilmente y su cuerpo se fue haciendo niebla ligera hasta desvanecerse.

Entendí que mi don de médium no se había extinguido al morir. Quizás mi destino era liberarlos a todos y, tal vez al final, yo también sería libre.

Quedábamos cuatro.

Se corrió la voz. El primero que vino a mí fue el adolescente. Lo toqué y, tras el latigazo eléctrico, llegó la visión: el chico parado en uno de los pisos de un edificio inacabado mirando al vacío. No estaba solo.

—No te suicidaste —dije—. Te empujaron.

El chico lloró desconsolado un buen rato.

—¡Todos creyeron que me había matado! ¡Hasta yo! ¡Gracias!

Despacio, su cuerpo se deshizo en volutas de humo.

Tras la partida del joven, la casa se volvió aún más silenciosa y triste. Vino a mí un hombre muy mayor; su actitud era hosca, como si me buscara muy a su pesar. Cuando extendí mi mano para tocarlo, se apartó.

—¿Quieres que te ayude o no?

Por fin permitió el contacto. Esta vez la sensación se amplificó. La visión que me sobrevino no estaba del todo clara. Sentí un olor metálico, a hierro y muerte, dentro de una humilde vivienda y nada más. Lo volví a tocar. Esta vez vi cuerpos sin vida encharcados en su propia sangre y, en la esquina, aquel hombre salpicado de rojo y con la mirada vacía. En sus manos tenía un puñal. Solté al viejo, asqueado, y él me vio con miedo. Dudé en revelarle la verdad, pues ello supondría su liberación de aquel limbo. ¿La merecía acaso?
Decidí hablar.

—Eres un asesino. Mataste a tu familia.

El hombre abrió la boca en una mueca de horror. Se miró las manos.

—¡No! ¡No!

Esta vez no sentí alivio de parte de aquel ser. Había mucha angustia, y su cuerpo desapareció en medio de nubes tormentosas.

Solo queda uno —pensé.

Lo encontré junto a la puerta principal. Era el que me había reconocido.

—Se han ido todos —le dije—. Faltas tú.

—¿De verdad no te acuerdas de mí? —me preguntó divertido mientras me extendía su mano.

Lo toqué y, tras el efecto habitual, lo vi escondiendo dinero.

—Tu secreto es una fortuna que ocultaste. ¡Espera! Veo más cosas: quisiste contarle a alguien sobre él y requeriste los servicios de un médium. ¡Tú! ¡Tú fuiste el que entró en mí el día que morí!

—Tienes cierto don, pero en vida fuiste un vulgar estafador. Ese día, el pánico de sentir una posesión verdadera detuvo tu corazón.

La verdad dolió más que el infarto que me había llevado ahí. Mi vida entera había sido una farsa. Al igual que el asesino, quizá yo tampoco merecía salir.

Nuestros cuerpos empezaron a esfumarse. El hombre apagó las luces y contó hasta diez.

731 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Viernes – microrrelato.

Un segundo aporte para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras con un día de la semana como protagonista

Viernes tejía cestas a la sombra de una palmera. Hacía calor y de lejos le llegaba el bramido de las olas rompiendo en la playa. Su ritmo se hizo lento, desgarrando las fibras vegetales con desgano. Las dejó de lado y con el dedo, en la arena tibia, trazó con delicadeza el glifo de su nombre verdadero.

Pasó Robinson por ahí cargado de troncos y se detuvo. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, borró con el pie la figura en la arena.

—¿Otra vez escribías esa palabra horrenda?

—Nombre ser bello —dijo el indígena indignado—. Kairi ser «isla».

—Y mira a dónde te trajo ese apelativo del demonio. A esta isla olvidada en la que ibas a ser devorado por los caníbales. Pero Dios fue misericordioso y te salvé. El día que te encontré fue un viernes, así que eres Viernes y ya.

—Entonces tú también ser Viernes. Yo encontrarte ese mismo día.

Robinson lanzó un suspiro de hartazgo.

—Mi nombre no necesitaba cambiarse, el tuyo sí.

Se instaló el silencio entre ambos, roto solo por los ruidos propios de la selva.

A partir de ahí, todas las mañanas cuando el indígena despertaba, trazaba en el aire la figura de una isla y susurraba bajito: «Kairi»

Autor: Ana Laura Piera.

209 palabras.

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Como saben, Robinson Crusoe y Viernes son los personajes de la novela de Daniel Defoe: Robinson Crusoe.


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¡Es domingo! – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras que tenga como protagonista un día de la semana.

Llegó a la cocina esperando el aroma de churros recién hechos y chocolate. En vez de eso, la recibieron una tostada poco apetitosa y el amargor del café.

—¿Pero qué coño es esto? —le gritó a Alejandro.

El tintineo de las llaves de su marido en la puerta le confirmó que estaba por salir.

—¿A dónde vas, si es domingo?

—¡¿Otra vez, Alba?! ¡Se me hace tarde! Ya hablaremos.

Deslizó el dedo por la pantalla de bloqueo del móvil que decía lunes 7 de septiembre. ¡Vaya fallo de software! Tendría que corregir eso. La bandeja de correo de su trabajo colapsaba. Era domingo, así que mejor encendió la televisión. El título de «en vivo» de un partido de tenis mentía. Ella estaba segura de haberlo visto ayer sábado. Se asomó a la ventana y constató que hasta la escuela del barrio falsificaba un lunes. ¡Qué locura!

Decidió salir en pijama a regar. El olor a tierra mojada le sacó un suspiro de placer. El calor agobiaba y, con su conjunto fresco y corto, ella se burlaba de quienes se dirigían al trabajo, sudando bajo sus trajes, vestidos o uniformes.

—Alba, ¿no vas a la oficina? —le preguntó un vecino apurado.

—¡Hoy es domingo! —gritó ella, y la cara de extrañeza de su interlocutor la mató de risa. Había algo delicioso en verlo dudar. Terminó el riego y entró en su casa. Ella misma se prepararía unos buenos churros caseros. Por suerte, tenía todo el domingo por delante.

249 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

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La Decisión – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando de septiembre: hacer un relato de no más de cien palabras, que incluya la runa Isa y se inspire en esta carta. Opcional que incluya la flor de bach Agrimony.

Fue al humedal a arrojar la runa Isa, que simbolizaba hielo y freno. Ya no deseaba sentirse paralizada. Quería tomar una decisión. De su ánfora bebió la infusión de Agrimonia mientras contemplaba el agua serena y transparente.

Su corazón se calmó.

Una libélula de ojos azules se posó en su hombro y le susurró la verdad.
Se levantó decidida: no huiría con Damián, el hombre prohibido.

Caminó hacia su casa, dejando en la ribera, como una cáscara vacía, la versión de ella misma que ya no le servía.

90 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.


Otro relato mío con un humedal de fondo y el tema de la transformación, aquí.

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Reflejo imposible. Cuento corto.

Mientras buscaba comida en un arruinado edificio de viviendas, encontré una cámara Polaroid Sun 600, todavía en su empaque original. Recordé a mi abuelo, aficionado a la fotografía, que decía que una instantánea era el tiempo mismo contando una historia. Sentí una alegría intensa por el hallazgo. ¿Estaría cerca lo necesario para que funcionara? En el frío sótano de la construcción encontré un empaque metálico con un cartucho de ocho disparos. ¡La suerte me sonreía por partida doble! La fecha de caducidad era viejísima, pero quizás la temperatura fresca y constante lo hubiera preservado.

Puse a prueba el funcionamiento con una toma exterior en una calle cuyo pavimento deformado y costras de asfalto narraban la desgracia. Al disparar se escuchó un «clic» seco y hubo un destello luminoso desde el flash. El ruido del motor y rodillos moviéndose me sobresaltó; todo el proceso fue escandaloso y lo que yo menos quería era llamar la atención. El equipo expulsó el papel fotográfico; percibí un aroma metálico. Con lentitud, luchando por abrirse paso a través de químicos viejos, «algo» surgía desde el gris lechoso de la capa fotosensible.

La captura mostró en primer plano mi entorno: la ciudad devastada por el abrazo apretado y fatal de la Gran Plaga de Maleza. Al intentar acabar con ella, la gente provocó incendios que en algunas partes se habían salido de control. Lo que quedaba eran fachadas negras, vigas de acero retorcido y abundancia de restos de carbón. En el centro de la imagen, sin embargo, estaba una vía bulliciosa con autos circulando en ambos sentidos. Sobre un hermoso arcén lleno de verde, una chica asiática que vendía periódicos y chucherías volteó, con un movimiento desdibujado, hacia la cámara. Quedé atónito. ¿Una escena del pasado? Hice una segunda toma y la muchacha apareció mirando de frente. En sus ojos curiosos se reflejaba el brillo del flash.

Tras capturar esas dos fotos, el contador había pasado de ocho a seis.

Emocionado, subí a uno de los malogrados pisos. Al mismo tiempo que comía una barra energética caducada, escribí con carbón en un pedazo de escombro:

«Año 2076. Soy Leo. Déjame una pista».

Bajé de nuevo. Apoyé el fragmento de concreto en mis piernas y tomé otra foto. En la imagen resultante apareció ella, desde ese pasado luminoso, con la vista en mi mensaje. ¿Habría podido leerlo?

Un silbido a lo lejos, y otro más, como una respuesta al primero, me pusieron en alerta. Apreté la Polaroid contra mi pecho. Los rapiñadores tecnológicos habían visto el resplandor o quizás escucharon al equipo trabajar. Era hora de esfumarme.

El contador cambió de seis a cinco.

Por prudencia dejé pasar algunos días antes de regresar y lo sentí como una tortura. Tenía la ilusión de que ella me hubiera dejado alguna señal. Estando ahí, revisé cada hendidura en el pavimento. Cotejé las tomas que tenía con el presente y una jardinera llamó mi atención. De ella solo quedaba un trozo de piedra ennegrecida. La revisé. Traté de moverla sin éxito. Escarbé alrededor, cada vez más profundo. Encontré una cajita de metal ahogada en resina. Emocionado, me la eché en el bolsillo. Estaba seguro de que contendría algo para mí. Antes de irme hice otro disparo; el obturador se atascó. Frenético, le di unos golpecitos hasta liberarlo, pero no obtuve ninguna imagen. Repetí y, aunque el mecanismo funcionó bien, el revelado volvió a fallar. Los químicos necesarios quizás se encontraban ya muy degradados. Si no hubiera sentido la cajita de metal conmigo, lo habría pasado fatal.

Tras esos dos intentos infructuosos, el contador ahora aparecía en tres.

En cuanto pude, rompí el sello de resina y saqué la caja. Era reducida, pero robusta. La abrí con no poca dificultad. Dentro encontré un recorte de periódico descolorido doblado sobre sí mismo muchas veces, para que cupiera. Lo extendí con cuidado; se me rompió en los lugares del doblez, así que al final lo leí casi como un rompecabezas. Se veía una fecha: 21 de abril de 2026. Un titular llamó mi atención:

«Esfuerzos por terminar con el crecimiento anormal de la maleza en diferentes partes del mundo no rinden frutos».

En una esquina, escrito a mano, leí:

«¡Te veo en el destello! Soy Kim. Te dejo un regalo. No están contaminadas».

Sentí que mi energía subía al máximo: ¡Ella me veía!, y por el recorte escogido tal vez intuía que yo la observaba desde aquel futuro sórdido. Encontré semillas de hortaliza con sus nombres en bolsitas de papel: zanahoria, calabaza y tomate; también granos enteros de arroz y avena. Aquello era un tesoro, pues ninguna verdura o cereal se había salvado de la destrucción de la Gran Plaga. Hasta ese momento sobrevivíamos con comida vieja, hongos secos e insectos. ¿Seguirían viables?

Exploré hasta encontrar un sitio alejado donde pudiera sembrar los granos de Kim. En medio de un terreno lunar con parches negros, vi los despojos de una granja. En las inmediaciones, encontré un pozo profundo cuya boca había colapsado. Pasé días retirando la obstrucción hasta que fue posible bajar un balde pequeño con una soga improvisada con ropa vieja. El agua no estaba cristalina, pero era eso o nada. Ayudado por un azadón corroído, delimité un área pequeña y limpié la costra calcinada dejada por la plaga. Aireé y volteé la tierra hasta que, entre el suelo oscuro, vi el reflejo húmedo de lombrices retorciéndose. Aquello era una muy buena señal. Hice surcos y deposité las frágiles semillas en el sustrato. No sabía si lo que había causado el desastre seguía latente o no.

Mi motivación se volvió buscar indicios de que la vida se abría paso en aquel pedacito de tierra. Tras varios días, pequeñas plántulas emergieron. Su alegre verdor contrastaba con el gris oscuro cenizo de aquel mundo devastado. Su germinación me devolvió la fe en el tiempo venidero. Cuando estuvieron más crecidas, quise fotografiarlas. Rogué por una toma efectiva. A pesar de que la cámara hizo ruidos agónicos, logró expulsar la foto, que mostró sembradíos y la granja íntegra, como había sido, y al frente: ¡Mis plantas!

El contador pasó de tres a dos.

Regresé al sitio de Kim. Me tomé un autorretrato sosteniendo la instantánea de la granja. Fue otro fracaso. Pero quizás ese intento fallido la alertaría para acercarse. Yo temblaba, ¡el que seguía era el último disparo que quedaba! La Polaroid emitió un crujido de engranajes rompiéndose. Escuché otra vez silbidos acompañados de gritos guturales. Sentí los vellos de mi piel erizarse. La dejé en el piso: los merodeadores se detendrían a revisarla y eso los demoraría. Con la última fotografía en mi mano corrí mientras se iba revelando la imagen: en primer plano, las plantas, luego yo; detrás, Kim. Ambos sonreíamos. La captura mostraba nuestra historia y la que estaba por venir.

Autor: Ana Laura Piera.


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La plaga – Microrrelato.

Detesto los lugares oscuros y mal ventilados; por eso mi ventana siempre estaba abierta. Quizá llegaron a mi planta Monstera en una ráfaga de aire, o tal vez adheridos a las patas de un insecto.

No es una plaga cualquiera. Su voracidad ya costó la mitad de sus hojas a la Monstera. Tomé uno y lo puse bajo el microscopio. Son personas diminutas. Hay niños, ancianos, bebés, mujeres y hombres. Van desnudos y sus rostros están deformados por unos enormes dientes en forma de sierra, como los de los tiburones.
Su forma humana me tomó por sorpresa.

Se han extendido a otra de mis macetas y hoy encontré uno vagando por la cocina. Sentí un incipiente dolor de cabeza. Por impulso, apoyé mi dedo índice sobre él y dejó de moverse. Impregné algodón con alcohol y lo pasé con fuerza por las hojas y tallos de mis pobres plantas. Al hacerlo, la torunda se saturó de un líquido rojizo y otras cosas que prefiero no imaginar. Puse mis fumigantes habituales, no solo en mis plantas sino en toda mi casa. Por último decidí poner un mosquitero.

Esta madrugada, el silencio se rompió con un roce metálico contra la ventana.
Me acerqué al mosquitero recién instalado y pude oír el chirrido rítmico y persistente de cientos de dientes tratando de serrar la malla…

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: relato inspirado en una lucha real vs. una plaga de cochinilla de escama en mi Monstera deliciosa.


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El enfermero – Microrrelato.

Voy vestido con un traje de enfermero y un gafete de identificación falso. Me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado: mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado que el personal me vea como uno de los suyos. Me he librado de sus gestos de recelo, pero no de mi problema. Si no fuera por eso, sería perfecto.

He pasado incontables horas observando y escuchando todo a mi alrededor. Así he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos. La mañana que inyecté a alguien por primera vez sucedió de nuevo: me sentí flotar y desde arriba me veía a mí y al paciente. Por suerte, una de las enfermeras que pasaba detuvo mi brazo y lo movió hacia la zona correcta del glúteo donde debía entrar la aguja.

—¿Qué te sucede? ¿Estás enamorado? ¡No querrás dejarlo cojo!

El contacto hizo que «regresara a mi cuerpo». A pesar de pequeñeces como esta, ya no pienso que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad de Medicina.

Casi no recuerdo ya mi vida de antes. Pero una vez, recién llegado al hospital, me quedé encerrado sin querer en el cuarto de la limpieza. El olor de algunos desinfectantes trajo a mi mente, de forma vívida, mi pasado: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Menos mal que uno de los conserjes escuchó mis gritos de desesperación y me sacó.

Me anima mucho que el «Gastro», el Dr. Cortés, me salude siempre. La gente dice que es un arrogante, pero yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un enfermo, ayudarlo con el interminable papeleo. ¡Hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortés me ha pedido que lo asista en una apendicectomía. No se acordaba de mi nombre; en vez de Axel, dijo Miguel, pero no importa. Casi no lo puedo creer: ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado. Me ha sobrevenido un persistente temblor en las manos, supongo que es por los nervios. He pasado por el quirófano donde haremos la operación. No pude resistirme y me acosté en la mesa quirúrgica. Vi una copia exacta de mí con un escalpelo en la mano y a punto de hacer una incisión en mi carne. Me levanté de prisa. Iré a Psiquiatría, solo necesito saber qué medicamento tomar para que se vayan las alucinaciones y los temblores. Ya no puedo posponerlo. Los pacientes merecen lo mejor. Creo que si me lo propongo, podré hacer la transición a médico y, ¿por qué no? Quizás llegue a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

Versión revisada de un relato publicado en este blog el 24 de junio de 2021


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Una alegría efímera. Cuento corto.

Imagen hecha por Copilot, le pedí que dibujara con la estética del muralista José Clemente Orozco.

En la obra de la calle Galeana, el trabajo duro transfigura a los albañiles. Entran siendo personas para acabar convertidos en criaturas rasposas recubiertas de polvo de cemento surcado por el sudor. Tras la jornada, Pedro Cortés, el más joven de todos, apenas dieciocho años, observa a sus compañeros. Algunos están sentados, otros se recuestan con pesadez. Hombros caídos, respiración profunda y mirada cansada. Las manos ásperas, recubiertas de callos y pequeñas heridas, reposan al fin. Flota en el aire el alivio por haber concluido el trabajo.

Ha llegado el patrón y por primera vez trae a su hija. Dicen que apenas inició a estudiar arquitectura; se llama Isabel. Hablan con Tomás, el jefe de la obra. El patrón gesticula molesto, algo no le gusta; la muchacha tiene cara de aburrimiento hasta que su mirada se posa en Pedro. A ella le recuerda los personajes masculinos que pintó el muralista José Clemente Orozco. Tiene el cuerpo fuerte, moldeado por el trabajo; los rasgos de su rostro tienen cierta tosquedad que en vez de afearlo lo hacen extrañamente atractivo. Él también la mira por breves segundos y luego baja la mirada. Es menuda, bajita y delicada. Pareciera que el casco de protección le queda grande.

Otro día, Isabel espera a que termine la jornada y, cuando todos los empleados han tomado rumbos distintos, alcanza a Pedro. Baja la ventanilla del coche y le habla. Hay ansiedad en su voz:

—Sube.
—Mejor no —dice sorprendido, mientras una sonrisa de nervios y pena le cuelga de los labios.
—¡Que te subas! No te hagas del rogar.
—Pero…
—Nada de peros. ¡Súbete ya! —El tono altanero de quien está acostumbrado a que se le cumplan sus más nimios caprichos y la predisposición del muchacho a obedecer órdenes, hacen que al final suba al vehículo.

En cuanto entra, Pedro percibe el perfume delicado de Isabel. Lo mullido del asiento lo toma por asalto. Parece como si estuviera en otro mundo.

—¿Dónde vamos? —pregunta con ingenuidad.
—Ya verás.

El paisaje se desdibuja con rapidez y Pedro se maravilla de que el trayecto se sienta suave, como si fueran flotando. Luego la mira; sus ojos negros se detienen en esa piel tan blanca que, de seguro, si se mete a la construcción, acabará tostada. Lleva el pelo de color miel hasta los hombros. Ahora se entretiene en las piernas bien torneadas que una falda corta revela sin tapujos. A pesar de que el vehículo está climatizado, Pedro suda y se agita. Isabel le toma la mano con seguridad.

—Ya casi llegamos.
—¿Vas a trabajar en lo mismo que tu papá? —Pedro intenta controlarse haciendo conversación.
—Él quiere eso, yo no. No me gusta.
—¿Qué te gusta?
—El arte.
—¿El qué?
—Olvídalo.
—Si no quieres ser arquitecta, ¿por qué no haces lo que deseas?
—¿Te gusta ser albañil?

Pedro calla. Piensa que realmente nunca se lo ha planteado. Solo repite lo que los hombres de su familia han hecho toda la vida.

—No sé —responde al fin.
—Vaya respuesta.

El carro se detiene y una nube de polvo y tierra desciende sobre él, ensuciándolo. Están en una urbanización que apenas inicia, donde casi todo es terreno baldío. Ahora ella lo observa, se acerca con lentitud. El olor fuerte que despide aquel cuerpo de hombre le alborota los sentidos. Cierra los ojos y acerca su boca a la de él, fundiéndose ambos en un beso húmedo y cálido. Él la acaricia con suavidad, como si temiera romperla. Sus dedos endurecidos y callosos parecen flotar sobre la piel de ella, con reverencia. Para Pedro, su mundo de cemento y cal queda atrás y se interna en uno suave y placentero. Ella ansía perderse en esa rudeza tan auténtica, tan diferente de su propia realidad.

Pedro tiene los ojos cerrados, pero el hechizo se rompe con el clic del cinturón de seguridad que ella abrocha con precisión. Enciende el coche y hay un silencio incómodo entre los dos hasta que alcanzan una esquina. Desde el tablero ella abre la puerta del lado de Pedro.

—Esto no significa nada, ¿me oyes? —le dice muy seria. El joven asiente mirándola a los ojos y luego inicia su camino sin voltear atrás.

Al otro día en la mañana, el jefe de obra recibe a los trabajadores y reparte órdenes a diestra y siniestra:

—«Mantecas», llévate al «negro» y afilen esos perfiles.

—¡«Tuercas», apúrate! Tenemos que echar el firme en el patio de servicio.

Luego llega Pedro:

—Ay, chamaco, ¿y esa sonrisa de oreja a oreja? ¡Ya déjate de tonterías y sigue cargando lo necesario para la cúpula!

Pedro sonríe; el peso del material le parece más ligero. El recuerdo de ese encuentro secreto, de esa alegría efímera, lo sostiene por el momento y le hace más llevadera la jornada.

Autor: Ana Laura Piera.


La revista digital Masticadores, ha publicado esta nueva versión. Te recomiendo que te pases por la revista, tiene cosas muy interesantes.

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Este cuento se publicó en la revista digital Masticadores el 6 de diciembre de 2021. Esta es una versión revisada.

Mente alada – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando de julio: crear un relato de no más de cien palabras, que esté inspirado en esta imagen, que incluya un casco y opcional que mencione algo sobre la primera computadora portátil.

Había leído sobre el primer ordenador portátil: la Osborne 1, hito que liberó la mente y abrió nuevos horizontes tecnológicos. Le inspiró a idear su propia creación: un casco alado portable, diseñado para liberar el cuerpo y volar.

Tocándose la costilla rota que apenas había sanado tras un intento fallido, se lanzó de nuevo al cielo. Tras planear, se elevó y luego cayó en picada como los halcones. Remontó acariciado por el aire. Con los lentes y filtros incorporados vio los gestos de sorpresa y admiración de sus conciudadanos. Querían también tener alas y él se las daría.

Autor: Ana Piera.

100 palabras.


Mi relato en la revista digital Masticadores.

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Deseo bajo el tablado – Cuento corto ambientado en el Siglo de Oro Español.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro de junio. Hacer un relato de no más de 900 palabras ambientado en el Siglo de Oro. Si deseas ver el resultado del concurso da clic AQUÍ.

—¿Dónde está Mencía? ¡Estamos por iniciar!

Baltasar de Prado, el autor de comedias, se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del pueblo llano que se encuentran en el patio.

Pasan unos minutos antes de que haga su aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.

—¿Pero por qué tardas tanto, mujer?

—¡Pardiez, que no es mi culpa! —replica ella, acomodándose el jubón—. El culpable es el mozo, que se ha demorado en fijar mis calzas.

—¡Todos en posición! ¡Música!

Detrás del paño que separa el escenario de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y las miradas se clavan en el tablado, aún vacío, del Corral de la Cruz.

Termina la música y sale Mencía, interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.

Hombres y mujeres enmudecen mientras miran fascinados el jubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.

En lo alto, desde su aposento privado y alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas, expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras, lejos de su mujer.

Debajo de los soportales del patio, otro hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el pliego de censura de la Inquisición.

La obra avanza hacia su final: Mateo desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público. Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía, tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece. También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud al fraile. Ya no está.

Músicos y actores salen y bailan con energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño. El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unos reales de plata.

—Hay un caballero adentro. ¡Trátalo bien! —le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.

—¡Te exijo que dejes el teatro para siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! —le dice su amante, Álvaro de Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.

Antes de que ella conteste, irrumpe fray Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta impedirle el paso.

—¡Esto es intolerable! —dice el religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía—. Me gustaría saber qué pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.

—Vuestra reverencia, le ruego reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro —suplica Baltasar.

—¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!

Don Álvaro titubea, lanza una mirada de preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con Baltasar, que tiene el rostro desencajado.

—¿Qué desea vuestra merced? —pregunta Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.

—Sabes que puedo enterrarte en vida en los calabozos de la Inquisición.

—No hacemos nada malo.

—Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.

Mencía obedece extrañada.

—Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?

—Mateo

—Ven, acércate, «Mateo». Mencía se acerca. El fraile la mira embelesado—. Dame un beso en la boca.

—Pero… padre…

—¡Si no lo haces te mandaré a la hoguera!

Mencía acerca sus labios a los del fraile y en el último momento gira hacia su oreja.

—¡Es usted un hipócrita y arderá en el fuego eterno!

—¡Bruja! ¡Súcubo del infierno!

—Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios y su juicio no puede esconderse.

El fraile se achica, se derrumba y llora mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse del posesivo Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera


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Notas:

En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral. Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.

En el Siglo de Oro español, los mosqueteros eran los hombres del pueblo llano que ocupaban de pie el patio central de los corrales de comedias. Eran el público más numeroso, bullicioso y temido, ya que tenían el poder de consagrar o hundir una obra mediante sus reacciones inmediatas.

Si quieres saber más y ver una foto de un corral de comedias, da clic ACÁ.

Esta vez mi relato obtuvo mención honorífica. Muy agradecida a mis compañeros del Tintero de Oro que me otorgaron su voto. Les invito a leer otras participaciones.