
Todos guardaban algún secreto. Sus ojos huidizos y sus caras de sufrimiento los delataban. Noté que se movían raro, flotaban al ras del piso. Entonces recordé… Había sentido el frío helado del espíritu que me poseyó la última vez y de inmediato me faltó el aire. Era como si aquel ente no cupiera en mí del todo y mis costuras internas colapsaran. Una punzada de dolor se clavó en mi pecho. Luego, negrura.
Cuando desperté, me encontraba rodeado de aquellos espectros. Uno de ellos me reconoció:
—¡Tú eras el médium! —me dijo emocionado. Yo no lo recordaba… Tuve tantos clientes.
El lugar donde estábamos era una casa triste y vetusta. El que me habló me explicó que no podíamos salir de ella. Algo nos retenía, pero ninguno sabía qué era. Yo intuía que tenía que ver con los secretos. ¿Cuál era el mío? No podía recordarlo.
Me dediqué a recorrer la mansión, un alma en pena que intentaba escapar. El entorno era deprimente, oscuro, olía a humedad y hacía frío siempre. En uno de los pasillos superiores, sin querer, mi cuerpo rozó el de la mujer. Sentí que me recorría fuego, como cuando uno tiene una descarga eléctrica. Tuve una visión: unas manos que apretaban con fuerza una mantita infantil. Un llanto agudo que se apagó de golpe.
—Tuviste un bebé que falleció —le dije.
Sus ojos se abrieron mucho; se asomaron las lágrimas mientras se permitía recordar.
—No fue un descuido tuyo. Tus padres apretaron la manta.
Ella lloró, asintiendo.
—Se avergonzaban de él, pero yo lo amaba.
Sentí el pesar de aquella mujer, pero al mismo tiempo, su alivio. Sonrió débilmente y su cuerpo se fue haciendo niebla ligera hasta desvanecerse.
Entendí que mi don de médium no se había extinguido al morir. Quizás mi destino era liberarlos a todos y, tal vez al final, yo también sería libre.
Quedábamos cuatro.
Se corrió la voz. El primero que vino a mí fue el adolescente. Lo toqué y, tras el latigazo eléctrico, llegó la visión: el chico parado en uno de los pisos de un edificio inacabado mirando al vacío. No estaba solo.
—No te suicidaste —dije—. Te empujaron.
El chico lloró desconsolado un buen rato.
—¡Todos creyeron que me había matado! ¡Hasta yo! ¡Gracias!
Despacio, su cuerpo se deshizo en volutas de humo.
Tras la partida del joven, la casa se volvió aún más silenciosa y triste. Vino a mí un hombre muy mayor; su actitud era hosca, como si me buscara muy a su pesar. Cuando extendí mi mano para tocarlo, se apartó.
—¿Quieres que te ayude o no?
Por fin permitió el contacto. Esta vez la sensación se amplificó. La visión que me sobrevino no estaba del todo clara. Sentí un olor metálico, a hierro y muerte, dentro de una humilde vivienda y nada más. Lo volví a tocar. Esta vez vi cuerpos sin vida encharcados en su propia sangre y, en la esquina, aquel hombre salpicado de rojo y con la mirada vacía. En sus manos tenía un puñal. Solté al viejo, asqueado, y él me vio con miedo. Dudé en revelarle la verdad, pues ello supondría su liberación de aquel limbo. ¿La merecía acaso?
Decidí hablar.
—Eres un asesino. Mataste a tu familia.
El hombre abrió la boca en una mueca de horror. Se miró las manos.
—¡No! ¡No!
Esta vez no sentí alivio de parte de aquel ser. Había mucha angustia, y su cuerpo desapareció en medio de nubes tormentosas.
Solo queda uno —pensé.
Lo encontré junto a la puerta principal. Era el que me había reconocido.
—Se han ido todos —le dije—. Faltas tú.
—¿De verdad no te acuerdas de mí? —me preguntó divertido mientras me extendía su mano.
Lo toqué y, tras el efecto habitual, lo vi escondiendo dinero.
—Tu secreto es una fortuna que ocultaste. ¡Espera! Veo más cosas: quisiste contarle a alguien sobre él y requeriste los servicios de un médium. ¡Tú! ¡Tú fuiste el que entró en mí el día que morí!
—Tienes cierto don, pero en vida fuiste un vulgar estafador. Ese día, el pánico de sentir una posesión verdadera detuvo tu corazón.
La verdad dolió más que el infarto que me había llevado ahí. Mi vida entera había sido una farsa. Al igual que el asesino, quizá yo tampoco merecía salir.
Nuestros cuerpos empezaron a esfumarse. El hombre apagó las luces y contó hasta diez.
731 palabras.
Autor: Ana Laura Piera.
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