El talismán – microrrelato.

Mi propuesta para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando». Condiciones: inspirarse en el dios de la guerra, Ares, incluír la roca lapislázuli y opcional, la flor de bach Aspen para un microrrelato de no más de cien palabras.

El talismán de lapislázuli estaba listo después de pasarlo por el humo de palo santo y un vigorizante baño de luna.

—Te tengo un regalo —le dijo Killa a Unay y lo colgó de su cuello.

Unay dudó en el mismo momento de recoger sus armas. Visualizó la brutalidad de la guerra y luego una calidez le inundó el pecho. Fue por los instrumentos de labranza y se perdió en el campo mientras el sosiego llenaba su corazón.

Killa miró el frasco con esencia de Aspen. Ya no la necesitaba, no tenía miedo. Unay había elegido la paz.

Cien palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.


Nota: La esencia de Aspen es una de las 38 flores de Bach, remedio natural para tratar estados emocionales y mentales. Está indicada para cuando sientes miedos, angustia, terror o un presentimiento sin razón aparente.

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Reincidencia – microrrelato.

La bailarina giraba grácil sobre el espejo de agua. Sus pies, secos, flotaban a centímetros del líquido. Debajo, dos pequeños peces Telescopio miraban con ojos de susto, esperando el momento en que la magia se le acabara a la joven y cayera.

—¡Hagámonos a un lado, acuérdate de la otra vez!

Una tortuga que sobre una piedra se asoleaba, espiaba con disimulo y pensaba: «¡cómo le gusta exhibirse!»

El cuerpo de la muchacha se desdibujó en el aire y al agua cayó, transformada en un hermoso Goldfish Cola de Velo.

—Te he dicho que ya no lo intentes, es tonto —le dijo uno de los Telescopio, muy molesto.

Por toda respuesta la Goldfish hizo círculos en el agua a gran velocidad, hasta que un par de pies humanos volvieron a elevarse, secos, sobre la superficie.

Autor: Ana Laura Piera


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Los Chaneques – Cuento corto.

Al salir de la escuela donde cursaban el último año de secundaria, Marcos le hizo una señal a Hernán. ¡Había llegado el día de ir a despertar a los chaneques! Fueron a dejar las mochilas a sus respectivas casas. Los adultos estaban en una peregrinación, y no regresarían en varios días.

Más tarde los muchachos se encontraron de nuevo en las afueras del poblado.

—¿Trajiste todo? —preguntó Marcos y Hernán asintió.

Salieron rumbo al sitio arqueológico, tomando un camino desconocido por turistas y lugareños.

—Esta zona no ha sido explorada y es perfecta —dijo Marcos, ilusionado.

Encontraron las ruinas de una pared de piedra. En el lugar había muchos pedazos de barro; les decían tepalcates. Era lo que quedaba de los utensilios usados por los antiguos pobladores.

—Mira, ese tiene buen tamaño, Hernán. Sobre él haremos el fuego y nos sentaremos junto a la muralla; esta nos ocultará de miradas indeseadas.

Hernán examinó el cacharro. Tenía forma irregular y manchas de tizne. Luego, dio una ojeada por los alrededores.

—Me siento como un profanador —dijo en voz baja.

—¡Tonterías!

—Hay muchas hojas secas. Limpiemos un poco, no vaya a ser que nos pique un alacrán o nos muerda una víbora.

—¿No te estarás arrepintiendo, verdad? —dijo Marcos, burlón.

—No —dijo Hernán, molesto—. Y se sentó muy decidido sobre la hojarasca, sin limpiar nada.

Desde chiquillos y de boca de los mayores, ambos habían escuchado la leyenda de los chaneques o duendes. Algunos eran buenos con la gente, cuidaban las milpas de cualquier daño. Otros eran traviesos o malvados y perdían a los niños o hacían bromas pesadas. Los más malos podían cambiar la forma humana por alguna otra, ya fuera animal, vegetal o mineral. El tono con el que hablaban los ancianos de estos personajes denotaba miedo y respeto. Alguien contó que a veces permanecían dormidos y se requería de un ritual especial para despertarlos; se pensaba que pagaban con favores inmensos a quien hiciera esto por ellos.

—Si logramos sacarlos de su sueño, pediré que me hagan rico. ¿Y tú? —preguntó Marcos.

—¡Que se arrepientan de dejar paralítica a mi tía abuela!—dijo Hernán con vehemencia.

—¡No creo que ellos lo hayan hecho! Ella ya es muy vieja. Ni se ha de acordar de lo que realmente le pasó.

—En cualquier caso, ellos la puedan sanar. ¡Eso pediría!

Se turnaron para cuidar el fuego, que no debía apagarse por nueve días y nueve noches. A ratos quemaban copal y semillas de cacao y maíz. Dejaron jícaras con agua alrededor de su pequeño campamento, por si los chaneques despertaban y tenían sed. Dormir era muy difícil por los ruidos nocturnos que hacían los insectos, sobre todo las chicharras y su molesto zumbido metálico. Los sonidos súbitos de animales abriéndose paso entre el follaje los desconcertaba, sobre todo a Hernán. Casi no tocaron la comida que llevaron, no sentían hambre y lo atribuyeron a la magia que realizaban. Conforme pasó el tiempo, fue evidente el costo que tenía en sus cuerpos y mentes el ritual: se veían demacrados, cansados. Marcos decía que ya estarían por la octava noche, cuando apenas iban en la quinta. Hernán tenía pesadillas. Soñaba con su tía abuela, que era niña y corría por un sendero de la selva perseguida por un chaneque. La pequeña se paraba en seco delante de un barranco y era empujada por el duende. Hernán se sentía cada vez más arrepentido de estar ahí.

En la séptima velada, Hernán recogió decidido sus cosas e inició el camino de regreso al pueblo escuchando de lejos las burlas de Marcos.

—¡Eres un cobarde!

Cuando las tinieblas de la novena noche cayeron, Marcos cayó en un sueño profundo. Le despertó un fuerte olor a hojas podridas. Abrió los ojos y frente a él estaba un chaneque. Tenía cuerpo de niño, pero su cara estaba surcada por profundas arrugas, como las de un anciano centenario. El hombrecillo le extendió lo que parecía ser un trozo de oro macizo. ¡La magia había funcionado! Cuando Marcos tomó feliz aquel pedazo de oro, sintió un latigazo en la espalda. El oro no era más que el pobre tepalcate de barro donde había ardido la fogata. El duende reía a carcajadas, sobándose la panza por el esfuerzo. Marcos no se sentía bien. Su respiración era muy rápida y su visión tampoco estaba normal, pues percibía todo en tonos azules y amarillos. En la penumbra, vio movimientos en la periferia. Era como si sus ojos estuvieran ubicados a los lados de su cabeza. Tardó en darse cuenta de que ya no era más un ser humano, sino un perro. Quiso gritar y de su garganta solo salió un lastimero aullido. Corrió despavorido en cuatro patas mientras aquella criatura se desternillaba de risa.

La desaparición de Marcos consternó al pueblo. Años después Hernán regresó a la zona arqueológica, lleno de remordimientos. Se encontró con un perro que, al verlo, ladró como si le conociera. Luego se acercó al joven y gimió bajito mientras le extendía una pata. Hernán lo acarició, pero algo en la mirada del animal lo inquietó. Nunca volvió a aquel sitio y siempre se preguntó por la suerte de su amigo. Con el tiempo se marcharía del pueblo, para irse a vivir a la ciudad.

Al perro Marcos lo adoptó un hombre que lo alimentó y lo cuidó. Siempre le intrigaría la inteligencia que tenía, pues solo le faltaba hablar. Pasaba los días a la entrada del antiguo asentamiento, y la gente se sorprendía al ver a aquel can subiendo y bajando por las ruinas con habilidad y soltura. Guiaba a los que se retrasaban y se aseguraba de que no se quedara nadie fuera de la hora permitida. Parecía muy contento cuando, al caer la noche, su amo lo encerraba en casa, a salvo y seguro de las travesuras de los chaneques.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en la revista digital Masticadores ahora, en 2026.

Este relato es una versión revisada de otro que fue publicado en la Revista digital Masticadores el 23 de noviembre de 2021. Está inspirado en una visita a las ruinas de Toluquilla, en Querétaro, México.


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La invasión – Microrrelato.

Las estaciones de radio, TV e internet que aún funcionaban dieron cuenta de su aparición: una escuadra de gigantescas naves alienígenas iba entrando en la exosfera terrestre. Esto se añadía al caos que atravesaba el planeta: cambios en el movimiento polar de la Tierra habían causado terremotos mayores y erupciones volcánicas. El clima estaba descontrolado. Era como si a nuestro gigante azul le fallara el pulso.

Al igual que la mayoría, seguí expectante la noticia desde la televisión de mi casa. Los fuselajes alargados, similares a un cigarro, emitían luces cambiantes. El rojo parecía ser una advertencia, pero el verde me hizo pensar que no venían a destruirnos. ¡Si tan solo hubiéramos sido mayoría los que opinábamos así! Al penetrar las naves en la troposfera, los gobiernos mundiales enviaron una miríada de misiles con ojivas nucleares y láseres de alta potencia. Para no perderme en el horror, traté de tararear en mi mente música de Beethoven. El estruendo de las explosiones y el caos enmudecieron. Todo se volvió penumbra.

Ahora me siento envuelto en una extraña calma. El aire tiene un gusto raro, pero agradable. Tendido en una superficie blanca y fría, estoy a punto de iniciar lo que los seres estelares llaman «asimilación». Gor-Mir me lo explica lo mejor que puede, tratando de hablar con naturalidad a pesar de los tonos guturales que salen de su garganta. Todo su ser despide luz de diferentes colores; ahora que me habla, lo hace emitiendo un suave resplandor azulado.

—En este momento te conviertes en uno de nosotros. No usarás ya tu sistema vocal salvo para emergencias, pero podrás entender los pensamientos. Se hará un trasplante de corazón; la mejor mitad humana se quedará y sustituiremos la otra con una parte de tejido cardíaco-cerebral propio de nuestra raza. No te preocupes, la unión será armoniosa. Tu imagen seguirá siendo bípeda, pero te añadiremos un par extra de brazos y otro ojo para que te asemejes más a nosotros.

La superficie donde me encuentro empieza a vibrar y a emitir un haz de luz blanca cegadora que me envuelve. Tengo sensaciones extrañas, como mariposas que volaran bajo mi piel. Por primera vez, mi cerebro capta la voz de Gor-Mir en mi cabeza, sosegándome. De reojo veo una extremidad blanquecina que flota a mi lado.

«Uno de tus brazos nuevos», dice él.

Mi vista se expande con perspectivas nunca antes experimentadas. Mi pecho se siente como un volcán. Una duda me quema y abro la boca, pero me doy cuenta de que, sin proponérmelo, ya formulé la pregunta en mi mente:

«¿La Tierra?».

El resplandor de Gor-Mir cambia de azul a un gris profundo y triste.

«El ataque fallido con armas nucleares fue fatal. Rescatamos a todos los humanos que pudimos; lo siento, no son muchos».

Suena otra vez en mi mente la sonata «Claro de Luna» de Beethoven. Gor-Mir la «escucha también», su boca, delgada y pequeña, esboza una sonrisa y sus tres ojos se cierran con suavidad. Comenta algo sobre lo hermosa que es.

Presiento que los que sobrevivimos estaremos bien.

Autora: Ana Laura Piera.


Este relato es una versión revisada del publicado en este blog en 2021

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El «combo» de Tenzin – Microrrelato.

Microrrelato para el reto de Lidia Castro: hacer un relato de no más de cien palabras inspirado en la imagen y que incluya el elemento de dado (cofre del tesoro). Opcional que mencione algo relacionado con una pista de aterrizaje.

De lejos le llegó el sonido del helicóptero descendiendo sobre la pista de aterrizaje. Del cofre con tesoros, el monje Tenzin sacó las llaves de oro.

Al tocar la del corazón, lloró por todo lo que estaba en juego; con la de la espada, sintió ganas de acabar con la amenaza de forma violenta; cuando sus dedos rozaron la de la calavera, le sobrevino la calma y se llenó de sabiduría. No había mejor arma que la palabra justa.

Disuadiría a aquellos miserables que querían poner un McDonald’s en las inmediaciones del templo Jokhang en Lhasa.

100 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Templo Jokhang. Autor: onwardtibet.org/ usado bajo licencia Creative Commons/ Esta imagen fue reducida en tamaño para usarse en esta entrada.

Nota: Yo pensaba que en el Tíbet no había McDonald´s, pero sí, hay dos en la capital, Lhasa. Pero dentro de Lhasa también hay lugares donde por preservación cultural no es posible instalarlos. Uno de ellos es el mencionado en el relato.


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Frío despertar – Cuento corto.

Me pregunto por qué ando deambulando por este lugar. La cabeza me da vueltas y siento mucho frío. Tal vez tengo fiebre. La vereda es angosta, bordeada de árboles y setos. A intervalos encuentro fuentes, bancas para descansar y plantas.
¿Estoy internada en algún hospital? ¿Qué me pasó?

Veo una pareja. La mujer lo sostiene a él, que parece sumido en un sueño muy profundo. Habrán salido a tomar el fresco. La aflicción que transmite el rostro de ella duele. Pienso que él debe estar muy enfermo. Pensaba preguntarles dónde me pueden dar informes, pero mejor sigo de largo.

La vereda dobla y desemboca en una calle muy amplia bordeada de árboles muy altos y delgados que se mecen con el viento. Generan un rumor que rompe un poco con el silencio y la calma de este sitio.

Frente a mí encuentro un edificio con una cúpula, arcos y ventanales; parece una capilla. Me asomo y un desagradable olor a flores mustias toma por asalto mi nariz. Me marcho de prisa. Paso junto a un joven hermoso. Su cara refleja una tristeza melancólica y mira hacia abajo. Me parece extraña su falta de reacción. ¿Acaso no escuchó mis pasos? ¿No sintió el revuelo del aire al caminar yo cerca de él?

Noto que me ahogo y mi corazón esta acelerado. ¿Qué es este lugar? ¿Qué me sucedió?

Una mujer hincada abraza una cruz. Creo que su mirada me sigue, pero no estoy segura. Todos están en posturas extrañas; algunos tienen los ojos hacia el cielo, como preguntándose cosas. Otros miran el suelo, queriendo encontrar una respuesta en la tierra. Manos en el pecho, brazos levantados, hombres y mujeres semiacostados, dormidos, sumidos en un sueño dulce y triste a la vez.
Veo a una niña sentada en unos escalones; su pelo le cae en cascada sobre sus hombros menudos y sonríe. ¿Qué hace una pequeña paciente por aquí? ¿Se habrá escapado? ¿O será parte de algún grupo familiar que está de visita? Me siento junto a ella y, al tocarla, percibo la frialdad y rigidez de la piedra. Un estremecimiento me recorre. Me alejo sintiendo que mi cabeza va a explotar.

Voy dejando atrás lo que ahora sé que son estatuas. No entiendo por qué no me había dado cuenta. Quizá deseaba que fueran personas de verdad. Hay ángeles solemnes, con las alas extendidas y los ojos manchados. No sé si son lágrimas o es el tiempo que destila por ellos. Estoy a punto de llorar y gritar de desesperación cuando veo una figura que emerge detrás de un arco y camina hacia mí. Una bufanda le cubre gran parte del rostro y lleva una vieja boina. Es un hombre mayor; no parece ser un sanitario, quizá un jardinero. Toma mi mano y la aprieta contra la suya, que es áspera y callosa, pero tibia y reconfortante. Caminamos en silencio. Advierto que regresamos a la vereda donde inicié. Hay una escultura que no había visto antes; tiene una flor en la mano, como si la ofrendara al cielo. Está recostada sobre una pared en la cual hay algo escrito; tiene los ojos cerrados. El lugar es bastante reciente; hay flores frescas. El hombre señala las letras: es un nombre… ¡el mío! Suelta mi mano y me da un golpecito en la espalda, como animándome a entrar.

—¡No! —grito con todas mis fuerzas e irrumpe en mi mente el recuerdo del chirrido de unos frenos, la frialdad del pavimento de piedra contra mi cara y un breve momento de lucidez donde pienso que debo parecer una muñeca rota. Luego, en medio de la oscuridad, una voz amada que me habla con desesperación hasta que lo que sea que está diciendo se diluye en el silencio.

Me acerco al monumento. Alguien puso un dije de plata junto a mi efigie. Lo recojo y siento la cálida energía de mi madre. Me sobreviene la calma. Ahora sé dónde estoy y también sé que debo descansar.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión revisada de mi publicación del 2 de enero de 2021 y hubo muchos cambios. Me pareció apropiado postearla, ya que iniciamos el mes de octubre, donde a finales del mismo inician en México las festividades de «Día de Muertos».

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Seducción sintética – cuento corto.

Juan Pablo movía, fascinado, su brazo robótico. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro, y hacía que se tocaran entre sí. Sentía como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo iluminado por frías luces de neón. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran. Era la antesala de un gran recinto estéril. Tras gruesas paredes transparentes, se guardaban partes de repuesto sintéticas. En las pupilas dilatadas de Juan Pablo se reflejaron ojos cibernéticos, extremidades biónicas e implantes neuronales. Algunos órganos, como corazones y pulmones, estaban colgados dentro de cápsulas llenas de líquido. Todo estaba organizado en estantes imantados, conectados a la electricidad. Juan Pablo sintió sus vellos erizarse, y una sonrisa de placer se instaló en su rostro.
Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de darles un acabado «natural» a estas piezas. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos; se consideraba de mal gusto ocultar su perfección.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y, a la vez tranquilo y confiado; cualquier parte era reemplazable.

En casa, Juan Pablo procuró hacer todo con su extremidad artificial mientras la de carne colgaba inerte.

En la calle, vio a alguien con dos brazos de alta tecnología. No pudo evitar contraer su mandíbula y apretar los labios. Se quedó observando al afortunado con el ceño fruncido. Cuando el hombre se volteó y sonrió, Juan Pablo respondió con una sonrisa forzada.

En su siguiente revisión médica, Juan Pablo soltó de sopetón:

—¡Necesito otro brazo robótico!

Valencia observó la mirada de desesperación, la prótesis biónica extendida hacia él con la palma abierta y el sudor en el cuello de su paciente, a pesar de que no hacía calor.

—Lo siento, Juan Pablo. Te expliqué ya que, por ahora, las sustituciones son solo en caso de que un accidente o enfermedad arruinen su contraparte humana.

Salió con la respiración acelerada y los hombros y el cuello rígidos. Se introdujo en su automóvil y dejó escapar un gemido. Luego casi rompe el volante tras golpearlo con su brazo robótico. Mientras tanto, su mano humana temblaba sobre la palanca de cambios. Camino a casa, le vino una idea. Cruzó el torso en una maniobra bastante torpe para sacar el brazo biológico por la ventana y aceleró a fondo. Justo antes de chocar contra un edificio, hizo un viraje brusco. Su cabeza se golpeó con violencia dentro del habitáculo y un hilillo de sangre escurrió por su oído. Previo al desmayo, percibió una sensación de calor extremo en el brazo destrozado.

Cuando despertó, las luces blancas y el ambiente aséptico le resultaron familiares. ¡El hospital! Levantó con dificultad ambos brazos, los dos, robóticos. Suspiró complacido. Percibió un sonido de «tic-tac». ¿Qué podía ser? Las habitaciones estaban insonorizadas. Recordaba un reloj antiguo en uno de los consultorios más alejados. Intrigado, se dispuso a tapar primero un oído y luego el otro para ver de qué lado venía el sonido. Cuando llevó su mano al derecho, notó la frialdad y dureza propias del metal. ¡Eso explicaba todo! ¡Ahora tenía un órgano auditivo robótico! Por su oído natural ese sonido no era perceptible. Ahí mismo, en su cama de hospital, al pensar en ese oído imperfecto, sintió un vacío desagradable en su estómago y falta de aire.

El grito de horror de la enfermera retumbó en el hospital. En el baño, el paciente no se inmutó. Siguió metiendo su potente dedo metálico en lo profundo de su oído izquierdo. Hurgando dentro, reventó el tímpano y trituró los delicados huesecillos internos. La sangre resbalaba por el frío y pulido metal del brazo. A través de su flamante oído derecho, Juan Pablo podía escuchar con toda precisión el sonido de cada gota de sangre al caer.

Autor: Ana Laura Piera


Este relato es una versión revisada del relato Ciborg publicado en este blog en 2021. Tras releerlo después de mucho tiempo, caí en cuenta que me faltaba mostrar más en vez de decir; y lo trabajé en ese aspecto. Gracias por leer.

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El médium – Cuento corto

Mi propuesta para el reto Literautas. Un relato de no más de 750 palabras con una frase inicial y una final obligatorias. Tema libre.

Todos guardaban algún secreto. Sus ojos huidizos y sus caras de sufrimiento los delataban. Noté que se movían raro, flotaban al ras del piso. Entonces recordé… Había sentido la gelidez del espíritu que me poseyó la última ocasión y de inmediato me faltó el aire. Era como si aquel ente no cupiera en mí del todo y mis costuras internas colapsaran. Una punzada de dolor se clavó en mi pecho. Luego, negrura.

Cuando desperté, me encontraba rodeado de aquellos espectros. Uno de ellos me reconoció:

—¡Tú eras el médium! —me dijo emocionado. Yo no lo recordaba… Tuve tantos clientes.

El lugar donde estábamos era una casa triste y vetusta. El que me habló me explicó que no podíamos salir de ella. Algo nos retenía, pero ninguno sabía qué era. Yo intuía que tenía que ver con los secretos. ¿Cuál era el mío? No podía recordarlo.

Me dediqué a recorrer la mansión, un alma en pena que intentaba escapar. El entorno era deprimente, oscuro, olía a humedad y hacía frío siempre. En uno de los pasillos superiores, sin querer, mi cuerpo rozó el de la mujer. Sentí que me recorría fuego, como cuando uno tiene una descarga eléctrica. Tuve una visión: unas manos que apretaban con fuerza una mantita infantil. Un llanto agudo que se apagó de golpe.

—Tuviste un bebé que falleció —le dije.

Sus ojos se abrieron mucho; se asomaron las lágrimas mientras se permitía recordar.

—No fue un descuido tuyo. Tus padres apretaron la manta.

Ella lloró, asintiendo.

—Se avergonzaban de él, pero yo lo amaba.

Sentí el pesar de aquella mujer, pero al mismo tiempo, su alivio. Sonrió débilmente y su cuerpo se fue haciendo niebla ligera hasta desvanecerse.

Entendí que mi don de médium no se había extinguido al morir. Quizás mi destino era liberarlos a todos y, tal vez al final, yo también sería libre.

Quedábamos cuatro.

Se corrió la voz. El primero que vino a mí fue el adolescente. Lo toqué y, tras el latigazo eléctrico, llegó la visión: el chico parado en uno de los pisos de un edificio inacabado mirando al vacío. No estaba solo.

—No te suicidaste —dije—. Te empujaron.

El chico lloró desconsolado un buen rato.

—¡Todos creyeron que me había matado! ¡Hasta yo! ¡Gracias!

Despacio, su cuerpo se deshizo en volutas de humo.

Tras la partida del joven, la casa se volvió aún más silenciosa y triste. Vino a mí un hombre muy mayor; su actitud era hosca, como si me buscara muy a su pesar. Cuando extendí mi mano para tocarlo, se apartó.

—¿Quieres que te ayude o no?

Por fin permitió el contacto. Esta vez la sensación se amplificó. La visión que me sobrevino no estaba del todo clara. Sentí un olor metálico, a hierro y muerte, dentro de una humilde vivienda y nada más. Lo volví a tocar. Esta vez vi cuerpos sin vida encharcados en su propia sangre y, en la esquina, aquel hombre salpicado de rojo y con la mirada vacía. En sus manos tenía un puñal. Solté al viejo, asqueado, y él me vio con miedo. Dudé en revelarle la verdad, pues ello supondría su liberación de aquel limbo. ¿La merecía acaso?
Decidí hablar.

—Eres un asesino. Mataste a tu familia.

El hombre abrió la boca en una mueca de horror. Se miró las manos.

—¡No! ¡No!

Esta vez no sentí alivio de parte de aquel ser. Había mucha angustia, y su cuerpo desapareció en medio de nubes tormentosas.

Solo quedaba uno.

Lo encontré junto a la puerta principal. Era el que me había reconocido.

—Se han ido todos —le dije—. Faltas tú.

—¿De verdad no te acuerdas de mí? —me preguntó divertido mientras me extendía su mano.

Lo toqué y, tras el efecto habitual, lo vi escondiendo dinero.

—Tu secreto es una fortuna que ocultaste. ¡Espera! Veo más cosas: quisiste decirle a tu mujer sobre esos fondos y requeriste los servicios de un médium. ¡Tú! ¡Tú fuiste el que entró en mí el día que morí!

—Tienes cierto don, pero en vida fuiste un vulgar estafador. Ese día, el pánico de sentir una posesión verdadera detuvo tu corazón.

La verdad dolió más que el infarto que me había llevado ahí. Mi vida entera había sido una farsa. Al igual que el asesino, quizá yo tampoco merecía salir.

Nuestros cuerpos empezaron a esfumarse. El hombre apagó las luces y contó hasta diez.

730 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Si eres tan amable de comentar, por favor deja tu nombre también. WordPress a veces los pone como anónimos. Mil gracias.


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Viernes – microrrelato.

Un segundo aporte para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras con un día de la semana como protagonista

Viernes tejía cestas a la sombra de una palmera. Hacía calor y de lejos le llegaba el bramido de las olas rompiendo en la playa. Su ritmo se hizo lento, desgarrando las fibras vegetales con desgano. Las dejó de lado y con el dedo, en la arena tibia, trazó con delicadeza el glifo de su nombre verdadero.

Pasó Robinson por ahí cargado de troncos y se detuvo. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, borró con el pie la figura en la arena.

—¿Otra vez escribías esa palabra horrenda?

—Nombre ser bello —dijo el indígena indignado—. Kairi ser «isla».

—Y mira a dónde te trajo ese apelativo del demonio. A esta isla olvidada en la que ibas a ser devorado por los caníbales. Pero Dios fue misericordioso y te salvé. El día que te encontré fue un viernes, así que eres Viernes y ya.

—Entonces tú también ser Viernes. Yo encontrarte ese mismo día.

Robinson lanzó un suspiro de hartazgo.

—Mi nombre no necesitaba cambiarse, el tuyo sí.

Se instaló el silencio entre ambos, roto solo por los ruidos propios de la selva.

A partir de ahí, todas las mañanas cuando el indígena despertaba, trazaba en el aire la figura de una isla y susurraba bajito: «Kairi»

Autor: Ana Laura Piera.

209 palabras.

Si eres tan amable de comentar, pon tu nombre en él porque a veces wordpress los deja como anónimos. Gracias.

Como saben, Robinson Crusoe y Viernes son los personajes de la novela de Daniel Defoe: Robinson Crusoe.


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¡Es domingo! – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras que tenga como protagonista un día de la semana.

Llegó a la cocina esperando el aroma de churros recién hechos y chocolate. En vez de eso, la recibieron una tostada poco apetitosa y el amargor del café.

—¿Pero qué coño es esto? —le gritó a Alejandro.

El tintineo de las llaves de su marido en la puerta le confirmó que estaba por salir.

—¿A dónde vas, si es domingo?

—¡¿Otra vez, Alba?! ¡Se me hace tarde! Ya hablaremos.

Deslizó el dedo por la pantalla de bloqueo del móvil que decía lunes 7 de septiembre. ¡Vaya fallo de software! Tendría que corregir eso. La bandeja de correo de su trabajo colapsaba. Era domingo, así que mejor encendió la televisión. El título de «en vivo» de un partido de tenis mentía. Ella estaba segura de haberlo visto ayer sábado. Se asomó a la ventana y constató que hasta la escuela del barrio falsificaba un lunes. ¡Qué locura!

Decidió salir en pijama a regar. El olor a tierra mojada le sacó un suspiro de placer. El calor agobiaba y, con su conjunto fresco y corto, ella se burlaba de quienes se dirigían al trabajo, sudando bajo sus trajes, vestidos o uniformes.

—Alba, ¿no vas a la oficina? —le preguntó un vecino apurado.

—¡Hoy es domingo! —gritó ella, y la cara de extrañeza de su interlocutor la mató de risa. Había algo delicioso en verlo dudar. Terminó el riego y entró en su casa. Ella misma se prepararía unos buenos churros caseros. Por suerte, tenía todo el domingo por delante.

249 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Por favor, si eres tan amable de comentar, deja tu nombre en el mismo comentario.


Este relato, publicado en la revista digital Masticadores, puedes visitar la revista AQUÍ.

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