Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento, quizás. Dejé el oscuro cuartucho que me servía de morada y donde vivía sola. Estaba acostumbrada: fui hija única, mis padres murieron jóvenes y nunca me casé ni tuve hijos. La familia que me quedaba me repudió cuando supieron a lo que me dedicaba.
Al llegar al trabajo me encontré a mi única amiga, la “Güera”. Su carácter jovial era como un bálsamo cuando nos preguntábamos si nuestras vidas podrían haber sido diferentes y siempre lograba sacarme la tristeza con sus ocurrencias.
El lugar era conocido como el “Rincón de las Putas Viejas”. Éramos un grupo de mujeres que esperaban clientes sentadas en sillas de plástico bajo un toldo improvisado con sábanas rotas. De lejos nos llegaba el rumor de los autos que iban por la carretera. Ahí únicamente acudían aquellos que no podían pagar las tarifas más elevadas de las jóvenes, o uno que otro hombre que únicamente podía excitarse con una mujer mayor.
Percibí su mirada de lejos, estudiándome.
—¿Cuánto? —preguntó al abordarme. Aquella voz tenía la frescura de las voces jóvenes, pero también había un dejo de nostalgia, de alguien que ha vivido cosas más allá de lo que aparenta su edad. Le di mi tarifa; a los sesenta y pico no podía cobrar mucho. Asintió. Era un atractivo treintañero, alto y delgado, con facciones agradables y armoniosas. Advertí que la Güera me jalaba la falda, volteé y me guiñó el ojo, traviesa, mientras las demás compañeras me miraban con envidia. Lo llevé al cuarto donde trabajábamos, el olor a humedad hizo que se llevara la mano a la nariz, yo ya no lo percibía. Una cortina vieja y polvosa impedía que entrara la luz.
—¿Quieres que me quite la ropa? —pregunté en voz muy baja mientras él se sentaba al borde de la desvencijada cama. Tenía la mirada en el suelo. No me contestó, así que me quité la blusa y el brasier, pero él alzó la mirada y, casi suplicante, me hizo señas de que parara. Me acerqué.
Me rodeó el cuerpo con los brazos y, cual niño pequeño, apoyó el rostro en mi vientre flácido. Comenzó a besar mi piel con devoción, sus labios apenas rozándome. Me arriesgué a tocarle la cabeza, al ver que no protestaba, le acaricié los cabellos con ternura. Me vino a la mente la caricia de los dedos huesudos de mi abuela haciendo lo mismo en mi cabeza cuando yo era una niña. Mi abuela, la única persona con la que yo llegué a sentir felicidad. Su cuerpo se estremeció y me sacó de mis pensamientos. Ahora lloraba como un bebé y sus ojos húmedos se encontraron con los míos.
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? —dijo con la voz enronquecida de dolor. Comprendí. Lo abracé muy fuerte. No era mi hijo, pero en ese momento yo era su madre. Lloramos juntos, él por la que tuvo y le abandonó, y yo por todas las cosas que nunca tuve.
Autor: Ana Laura Piera.
Publicado originalmente en la revista digital Masticadores el 8 de nov. 2021. Esta es una versión revisada.
Mi propuesta para el VadeReto del mes de abril: Un relato donde aparezca un libro real, también debe incluir un personaje destacado de algún otro libro, y algún detalle que dé a entender que se desarrolla en primavera.
Cuando se tapó la tubería de la casa del matrimonio conformado por Artemio y Esperanza, en la Cd. de México, se presentó un tipo que dijo llamarse Hércules Poirot. En un español con acento extraño, explicó que era bueno para casi todo: desde resolver asesinatos y acertijos, hasta trabajos más humildes como albañilería y plomería. Con la electricidad no se metía desde una vez en que casi se electrocuta tratando de resolver un misterio. No tenía pinta de plomero, vestía elegantemente y usaba un extraño bigote, muy tieso, estilo militar. Sin embargo, le hicieron pasar, pues les urgía arreglar el desperfecto.Se notaba que no le gustaba ensuciarse, se quitó su fina chaqueta y en mangas de camisa se dispuso a cavar. En poco tiempo estaba empapado en sudor por el esfuerzo y el calor primaveral. En un momento dado, lanzó un grito de entusiasmo. ¡Había encontrado algo!
—¡Esto es la causa del problema! —les mostró triunfante una estatuilla de barro cocido, ennegrecida quizá por un incendio antiguo —probablemente es una pieza arqueológica, pues esta ciudad fue fundada sobre las ruinas de la capital del imperio mexica —dijo con aire conocedor.
Era una figura humana en posición sentada y con las piernas cruzadas, le faltaba la cabeza. En lo que quedaba del cuello pendía un collar de cuentas en forma de lágrima. Tenía los brazos sobre las piernas y en medio de ellas se veía un gran hueco, probablemente dejado por un enorme órgano sexual que seguramente corrió con la misma suerte que la cabeza: roto y perdido.
—Eso está muy raro Artemio— dijo la mujer en tono medroso, al mismo tiempo que se santiguaba, como le habían enseñado las monjas del Sagrado Corazón desde pequeña. En la cara de su marido se instaló una mueca burlona y luego dijo:
—Si damos aviso al gobierno, vienen y empiezan a hacer hoyos por todo el patio buscando más cosas —y luego, dirigiéndose a Hércules—:¡Termine de arreglar y tape todo! ¡Y nada de andar de hablador!
—¿Y qué vas a hacer con esa cosa horrenda? —preguntó Esperanza, sacando subiblia de bolsillo, sosteniéndola entre sus manos y pegada al pecho.
—Lo pondré de adorno. ¡Me gusta!
Hércules escuchaba con atención. Queríapedirle a Artemio que le diera el hallazgo como pago, pero eso ya no sería posible. Se notaba que lo dicho por el hombre era solo por darle en la cabeza a su mujer, y que la estatuilla le importaba un pito. Ese matrimonio andaba muy mal.Era una pena no poder quedarse con aquella figura. Su atracción por todos los vestigios y enigmas que había debajo de la ciudad era lo que lo había llevado ahí. Terminó de solucionar el problema y se retiró.
Y así fue que la efigie rota pasó a formar parte de la decoración de la casa de la pareja. Artemio la puso sobre la mesa del recibidor, entre la foto del único hijo, que posaba sonriendo en medio de la nieve de Canadá, donde vivía, y una imagen del Papa Francisco. Esperanza no se atrevió a protestar, pero no le agradaba nada tener aquello en casa.
Esa misma noche, ella, a sus 61 años recién cumplidos, tuvo, por primera vez en su vida, sueños eróticos y orgasmos intensos. Soñó que un indio musculoso, al que no le podía ver el rostro, le hacía el amor de una forma fogosa y ardiente, algo desconocido para ella.
—Anoche no me dejaste dormir, mujer. Te revolvías en la cama como babosa con sal y gemías adolorida.
—¡Perdóname viejo! Tuve pesadillas, para otra me despiertas.
Artemio no la despertaba. «Seguro es por la figurilla esa» —pensaba feliz. Le encantaba la idea de que Esperanza anduviera angustiada transitando por los sueños. Desde que tuvo que casarse a fuerzas por dejarla embarazada, sentía una hostilidad soterrada que solo había aumentado con el tiempo.
Ella amanecía sintiéndose culpable y hacía un esfuerzo extra por no caer en las provocaciones de su marido. En la iglesia se moría por confesarse, pero el pudor nunca la dejó contarle al sacerdote, ni a nadie. Rogaba a Dios que aquello parara y luego se arrepentía. Trataba de sentirse mejor pensando que solo eran sueños y no algo real.
En medio de un tórrido encuentro onírico, Esperanza se dio cuenta de que todo inició cuando encontraron el ídolo. Vio claramente que el collar de cuentas del indio que la hacía gozar, era exactamente igual al de la figurilla. Esto la puso muy pensativa.
Con los díasArtemio se sintió desilusionado, al parecer su mujer estaba más en paz y ya no tenía malos sueños. Solo a veces un suspiro muy profundo y una sonrisa de total relajación se instalaba en su rostro mientras dormía. Tendría que buscar otra cosa con la cual perturbarla.
Una mañana, Esperanza no vio el ídolo en el recibidor y sintió como si le patearan el estómago. En medio de un ataque de pánico lo buscó por todos lados y se dio cuenta de que Artemio lo había puesto en la basura. Merodeando por ahí se encontró a Hércules, quien estaba a punto de llevarse el objeto.
—Pero, ¿qué hace usted? —le increpó Esperanza.
—¡Es que he descubierto el misterio de la identidad de esta figura! Efectivamente, es de origen prehispánico y representa a Xochipilli, el «Príncipe de las Flores». Una figura muy sensual dentro del imaginario mexica: dios de las flores, del placer y del amor. Si ustedes ya no lo quieren, me lo llevo para hacer más investigaciones sobre él.
—¡Sí lo queremos! Mi esposo se equivocó. Por favor, olvídese de Xochi… ¿Cómo dijo que era el nombre?
—Xochipilli.
Hércules notó que el nombre pareció invocar en Esperanza un estado de felicidad: su rostro se relajó y sus ojos y boca parecieron sonreír al mismo tiempo. Ella tomó la figura amorosamente y entró rápidamente a la casa. No lo dejó ya decir ni pío. Resignado, terminó por irse. Estaba seguro que acababa de presenciar otro misterio, desgraciadamente su tiempo en la ciudad se acababa y no tenía tiempo de seguir averiguando.
Por su parte, Esperanza escondió muy bien a Xochipilli entre su ropa, cuidándose de que Artemio no la viera. Guardó su biblia de bolsillo en el fondo de un cajón. Mientras lo hacía musitaba: «perdóname Diosito».
FIN
Autor: Ana Piera.
Libro real: la Biblia, varios autores.
Personaje de otro libro: Hércules Poirot, detective que aparece en muchos relatos de Agatha Christie.
NOTA: Sé que no le hago justicia al personaje de Poirot en esta historia y que merece más. Espero que Agatha no venga y me jale los pies en la noche jejeje.
Dax sonrió mientras echaba a la licuadora agua, una pizca de ceniza volcánica algo de tierra roja y una ranita partida a la mitad. Una vez servido en un vaso de cristal, esperó un poco a que las burbujas que se formaron en la superficie reventaran. Se liberó un olor que le recordó los pantanos de su hogar y el recuerdo del porqué de su ubicación actual le vino a la mente:
—Necesitamos un agente en la Tierra. Los terrícolas ya llegaron a Marte y nos preocupa su eventual expansión. Usted ha sido elegido. Entrará en la Oficina Mundial de Asuntos Espaciales Terrestres «OMAET» y se hará pasar por humano. Todo lo que averigüe nos lo comunicará. Con el tiempo veremos qué medidas tomar, nadie quiere que esta raza eche a perder la galaxia como lo ha hecho con su propio planeta.
Dax no puso objeción a su jefe y fue enviado en el primer transporte disponible. Llegó a su destino discretamente y le recibió otra compatriota, Lex, quien le dio papeles, instrucciones y las llaves de un departamento equipado en Nueva York, cerca de su flamante nuevo trabajo.
—¿Cómo lo llevas Lex?
—¿Te refieres a vivir aquí y convivir con ellos? No es difícil. Son predecibles. El lugar es diferente a lo que estamos acostumbrados, pero tiene su encanto. Eso sí, debo advertirte que hay costumbres que pueden resultar seductoras. Ten cuidado con ellas. Encontrarás la receta de un batido especial que a mí me ha ayudado a digerir mejor la comida. ¡Ah! Y esto es importante. —dijo Lex extendiéndole un maletín con píldoras—. No olvides tomarte dos diarias, son necesarias para que mantengas tu apariencia humana.
A Dax le agradó la Tierra. Pronto se volvió una persona popular en la «OMAET» y era invitado regular a todas las reuniones. De madrugada enviaba la información recopilada a su jefe mediante rayos «Koon» que le permitían la comunicación en tiempo real con su planeta.
—Nada nuevo —decía Dax—. Están ocupados con Marte y no se ponen de acuerdo sobre seguir la exploración espacial.
—No hay que confiarnos. La agente Lex cree que están a punto de perfeccionar el motor magnético, con el cual podrían viajar más rápido y más lejos.
—Jefe, no hay apuro. Ellos mismos son su peor enemigo.
—Estás demasiado callado. —Dijo Denise Lasko mientras acariciaba el pelo rubio y ondulado de Dax.
—Pienso mucho en «esto» —dijo él con la mirada perdida.
—¿En qué? ¿Hacer el amor? —preguntó risueña, mientras admiraba el cuerpo atlético y las facciones casi perfectas de su compañero.
—Es simplemente maravilloso —dijo él por toda respuesta.
—Eres extraño. Me gusta tu sensibilidad y debo admitir que me gustas mucho.
Lo cierto es que Dax mantenía amoríos con varias mujeres a la vez. Su cuerpo humano le permitía interactuar con ellas de una forma impensable en su planeta natal. Se había aficionado tanto quepensaba en ello noche y día e incluso omitía cosas en sus informes de espionaje, pues no quería perturbar la vida que llevaba en la Tierra.
Una mañana, después de una juerga épica, despertó y se dio cuenta de que no se había tomado la dosis mínima para mantener su apariencia humana.
—¡Mierda! —dijo al ver a Shirley Matheson en su lecho. Por fortuna estaba dormida y ajena a la transformación de Dax. Él ahora tenía un tono de piel verdoso con algunas escamas. La cabeza había duplicado su tamaño y los ojos aparecían hundidos, la nariz era casi inexistente. El impresionante miembro entre sus piernas ya no estaba. Sabiendo que en pocas horas alcanzaría la transformación total, se encerró en el baño con sus píldoras, y rezó para que Shirley se fuera pronto.
—¡Vamos Dax! Sal, que necesito entrar.
—¡Olvídalo! Tengo una resaca tremenda. No paro de vomitar. Vete a tu casa.
Aliviado, escuchó el portazo y pensó que aquello había estado demasiado cerca.
Unas noches más tarde, su jefe le dio una noticia que le dejó helado:
—Estamos considerando una invasión.
—¿Pero por qué?
—Sus ya esporádicos informes no son confiables Dax. Hay información de Lex que sitúa a los humanos a punto de aprobar la iniciativa «Hades». Veo por su cara que no tiene idea de qué hablo. Ellos enviarán una misión a Europa, una de las lunas de Júpiter. Usted se ha dejado seducir por la vida terrestre, me decepciona. Regresará a casa y responderá ante una comisión que le juzgará.
Dax entró en una desesperación impropia de su raza. Decidió hacerle una visita a Lex.
—¡Estás echando a perder todo! —le dijo con amargura.
—¿Te has vuelto loco Dax? No podemos anteponer nuestros deseos al bien de la galaxia.
Su compañero se abalanzó sobre ella y con las manos en el cuello apretó hasta asfixiarla. Luego fue directo a la unidad de comunicación y envió un mensaje urgente:
«La información que envié no es fiable. Mi fuente se retractó. El agente Dax tiene razón. No hay motivo para una invasión. Favor de Reconsiderar. Aviso quetengo descompuesto el sistema de visualización y no me será posible enviar video hasta ser reparado».
Dax se deshizo del cadáver y luego se llevó la unidad de comunicación a su departamento.
Amigos que siguen este blog, este relato termina de leerse en la página de Masticadores. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Un abrazo.
Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento quizás. Dejé el oscuro cuartucho […]
Recibió por mensajería la muñeca sexual cuya publicidad prometía «realismo extremo».
Con cuidado, casi con veneración, la sacó del empaque. Tal como la había pedido, era asiática, con hermoso pelo castaño, grandes y exuberantes pechos, cuerpo elástico, piel hiperrealista con pliegues y protuberancias internas muy prometedoras. La enchufó a la corriente para que se cargara y actualizara un software con el que podría hablar con su dueño. Mientras tanto, él pacientemente preparó todo para el primer encuentro: música suave, luz de velas, whisky y el mejor lubricante a la mano.
En cuanto pudo activarla, la muñeca cumplió lo prometido: era tan real que enseguida le dijo que solo lo quería como amigo.
—Mira Mariano, hay luna llena. Su luz no pide permiso para entrar, me gusta su fría insolencia ¿ves?
—Prefiero mil veces mirarte a ti.
Tita sonríe, pasa sus manos por la oscura cabeza que descansa en su vientre. Sus dedos huesudos y de uñas largas pintadas de rojo se enredan en el pelo negro y lacio. Mariano levanta la cara, de ella cuelga una sonrisa traviesa, parece un niño fraguando alguna fechoría. Poco ha cambiado él en los últimos quince años, sigue siendo el mismo hombre de aspecto anodino, de ojos pequeños y cuerpo de perro parado, sin atractivo aparente, eso si, bien conservado, indultado por el tiempo y sus estragos.
Hace quince años Tita Pacheco era la mejor con su físico de diosa y su dominio absoluto de las artes amatorias. Entre sus clientes solo se contaba gente de las más altas esferas del poder político y empresarial de México. ¿No se había suicidado el General Torres, enloquecido de amor por ella? Muchos hombres le habían ofrecido apoyo a cambio de exclusividad, pero Tita Pacheco nunca sucumbió antes tales propuestas. Amaba la libertad por sobre todas las cosas y también disfrutaba el tiempo que le dedicaba a Mariano, al cual no estaba dispuesta a renunciar por nada.
Mariano, el insignificante, el oscuro «empleaducho» —como solía decir la madre de Tita—, que no tenía nada que ofrecerle excepto su compañía en las horas más negras, su lealtad, su apoyo, su amor incondicional aún a sabiendas de la naturaleza de su trabajo.
Tita ha cerrado los ojos, la lengua de Mariano se ha vuelto una mariposa que revolotea entre sus piernas y se posa en su sexo, penetrándola dulcemente. Al menos el cáncer no le ha quitado eso, aún puede sentir. Su boca deja escapar los gemidos que nacen en su vientre y suben en tropel por su garganta. Sonríe. Pensándolo bien nunca ha sido libre, su cuerpo podía ser de todos y de nadie, pero su corazón solo de uno, y nunca conoció una cárcel más hermosa que ese amor sin pretensiones de su Mariano.
Desde que salió al mercado no he tenido paz. Yo, que siempre he sido muy novedoso, en cuanto lo vi en la tienda de Amazon, me lo compré. Mi amigo Paco me hizo burla: «Pudiste haber comprado el Kindle «Oasis», de última generación, y leer como jeque árabe; pero preferiste comprar esta pendejada. Ay compadre, me late que esto no va a terminar bien».
En mi defensa solo puedo decir que la publicidad era impecable: «El reloj de pulsera que además de pasos, calorías y frecuencia cardiaca, mide también su actividad sexual. ¡Lleve la cuenta del mes! ¡Bata su propio récord!». Por supuesto que tenía quesermío.
Ha pasado algún tiempo y noté que el desgraciado aparato no sabe contar. Según mi propio registro, (hombre precavido vale por dos), llevo mínimo dieciocho encuentros del «tercer tipo» en el mes y el pinche reloj no me ha contado ninguno.
Marqué al 01-800-AYUDA y la chica me pidió que por favor leyera las letras chiquitas antesdedevolverlo:
«El reloj sabe distinguir entre los latidos del corazón cuyo bombeo es provocado por el amor verdadero, de los que son producto del mero deseo animal. Si usted desea desactivar esta función puede hacerlo en la sección de ajustes».
¿Pero qué tonterías eran esas? ¿Amor verdadero? Por supuesto que cambié los ajustes.
Aunque después de cambiar la configuración el aparato ha funcionado bien, he decidido devolverlo. Me prometieron un reembolso completo. Lo necesitaré, porque ahora debo pagar a un psicólogo que me ayude a resolver este hueco horrible que me ha ido creciendo dentro. Un malestar que antes no tenía y que definitivamente no es físico.¡Qué poca madre!, ¡tan a gusto que estaba yo!
Autor: Ana Laura Piera
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Aceptó gustoso la copa que Amanda le ofrecía. Después de tanto pleito y desencuentro con ella, ahora parecía querer firmar la pipa de la paz. «Finalmente la terminé de domar» —pensómuy ufano.
Mientras bebía, la veinteañera comenzó a desnudarse lentamente. ¡Cómo deseaba aquel cuerpo firme y hermoso! Le hacía sentir vivo. Además le gustaba saborear las miradas de envidia que despertaba cuando aparecía con ella a su lado. Estaba orgulloso de haberla conquistado a pesar de ser un viejo decrépito.
Apuró el trago y Amanda le volvió a llenar la copa. Ya estaba desnuda por completo y él sonreía como un bobo. Anticipando la boca de la chica en su sexo, intentó quitarse el pantalón. Una punzada en el estómago se lo impidió, y luego otra, y otra, todas más fuertes y feroces que la anterior. Ella comenzó a vestirse nuevamente… esta vez, de negro.
Autor: Ana Laura Piera
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Mateo entró en la habitación, sus ojos no podían creer el caos que vio: juguetes tirados por todas partes, desorden, la cama sin tender, comida en el suelo. Los culpables de tal desbarajuste no se veían por ningún lado. Hasta que percibió movimiento debajo del lecho.
—¡Salgan y pongan orden en este berenjenal! ¡Ahora!— Había frustración en su voz, siempre era lo mismo con este par.
Primero se asomó la cabeza de Alberto con el rostro hacia el piso, como una tortuga saliendo del caparazón, y al otro lado de la cama, los pies de Estela comenzaron a deslizarse hacia afuera, parecían dos lombrices blancas saliendo de la tierra.
Ambos se incorporaron y en cuanto pudieron, taparon su desnudez con lo primero que encontraron, aunque Mateo ya se había puesto de espaldas para no verlos.
—Recojan todo y guárdenlo en el cajón de los juguetes, y tiendan la cama—, dijo dirigiéndose a la puerta de la alcoba.
Alberto y Estela comenzaron a levantar todo: vibradores, consoladores, bolas chinas, masajeadores y otros artefactos de índole sexual.
—Alberto, falta que te quites el anillo vibrador del pene—, dijo Estela divertida.Alberto sonrió al ver que la pequeña cosa fosforescente seguía ahí y al tratar de quitárselo se prendió haciendo ruido y lanzando luces. Los dos estuvieron a punto de soltar una carcajada.
Desde la cocina el pequeño Mateo, de once años, les gritó a sus padres:
—Cuando terminen se vienen a desayunar, les hice hot cakes.
Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.
De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato, pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.
Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego… Se olvidó de mí.