Una alegría efímera. Cuento corto.

Imagen hecha por Copilot, le pedí que dibujara con la estética del muralista José Clemente Orozco.

En la obra de la calle Galeana, el trabajo duro transfigura a los albañiles. Entran siendo personas para acabar convertidos en criaturas rasposas recubiertas de polvo de cemento surcado por el sudor. Tras la jornada, Pedro Cortés, el más joven de todos, apenas dieciocho años, observa a sus compañeros. Algunos están sentados, otros se recuestan con pesadez. Hombros caídos, respiración profunda y mirada cansada. Las manos ásperas, recubiertas de callos y pequeñas heridas, reposan al fin. Flota en el aire el alivio por haber concluido el trabajo.

Ha llegado el patrón y por primera vez trae a su hija. Dicen que apenas inició a estudiar arquitectura; se llama Isabel. Hablan con Tomás, el jefe de la obra. El patrón gesticula molesto, algo no le gusta; la muchacha tiene cara de aburrimiento hasta que su mirada se posa en Pedro. A ella le recuerda los personajes masculinos que pintó el muralista José Clemente Orozco. Tiene el cuerpo fuerte, moldeado por el trabajo; los rasgos de su rostro tienen cierta tosquedad que en vez de afearlo lo hacen extrañamente atractivo. Él también la mira por breves segundos y luego baja la mirada. Es menuda, bajita y delicada. Pareciera que el casco de protección le queda grande.

Otro día, Isabel espera a que termine la jornada y, cuando todos los empleados han tomado rumbos distintos, alcanza a Pedro. Baja la ventanilla del coche y le habla. Hay ansiedad en su voz:

—Sube.
—Mejor no —dice sorprendido, mientras una sonrisa de nervios y pena le cuelga de los labios.
—¡Que te subas! No te hagas del rogar.
—Pero…
—Nada de peros. ¡Súbete ya! —El tono altanero de quien está acostumbrado a que se le cumplan sus más nimios caprichos y la predisposición del muchacho a obedecer órdenes, hacen que al final suba al vehículo.

En cuanto entra, Pedro percibe el perfume delicado de Isabel. Lo mullido del asiento lo toma por asalto. Parece como si estuviera en otro mundo.

—¿Dónde vamos? —pregunta con ingenuidad.
—Ya verás.

El paisaje se desdibuja con rapidez y Pedro se maravilla de que el trayecto se sienta suave, como si fueran flotando. Luego la mira; sus ojos negros se detienen en esa piel tan blanca que, de seguro, si se mete a la construcción, acabará tostada. Lleva el pelo de color miel hasta los hombros. Ahora se entretiene en las piernas bien torneadas que una falda corta revela sin tapujos. A pesar de que el vehículo está climatizado, Pedro suda y se agita. Isabel le toma la mano con seguridad.

—Ya casi llegamos.
—¿Vas a trabajar en lo mismo que tu papá? —Pedro intenta controlarse haciendo conversación.
—Él quiere eso, yo no. No me gusta.
—¿Qué te gusta?
—El arte.
—¿El qué?
—Olvídalo.
—Si no quieres ser arquitecta, ¿por qué no haces lo que deseas?
—¿Te gusta ser albañil?

Pedro calla. Piensa que realmente nunca se lo ha planteado. Solo repite lo que los hombres de su familia han hecho toda la vida.

—No sé —responde al fin.
—Vaya respuesta.

El carro se detiene y una nube de polvo y tierra desciende sobre él, ensuciándolo. Están en una urbanización que apenas inicia, donde casi todo es terreno baldío. Ahora ella lo observa, se acerca con lentitud. El olor fuerte que despide aquel cuerpo de hombre le alborota los sentidos. Cierra los ojos y acerca su boca a la de él, fundiéndose ambos en un beso húmedo y cálido. Él la acaricia con suavidad, como si temiera romperla. Sus dedos endurecidos y callosos parecen flotar sobre la piel de ella, con reverencia. Para Pedro, su mundo de cemento y cal queda atrás y se interna en uno suave y placentero. Ella ansía perderse en esa rudeza tan auténtica, tan diferente de su propia realidad.

Pedro tiene los ojos cerrados, pero el hechizo se rompe con el clic del cinturón de seguridad que ella abrocha con precisión. Enciende el coche y hay un silencio incómodo entre los dos hasta que alcanzan una esquina. Desde el tablero ella abre la puerta del lado de Pedro.

—Esto no significa nada, ¿me oyes? —le dice muy seria. El joven asiente mirándola a los ojos y luego inicia su camino sin voltear atrás.

Al otro día en la mañana, el jefe de obra recibe a los trabajadores y reparte órdenes a diestra y siniestra:

—«Mantecas», llévate al «negro» y afilen esos perfiles.

—¡«Tuercas», apúrate! Tenemos que echar el firme en el patio de servicio.

Luego llega Pedro:

—Ay, chamaco, ¿y esa sonrisa de oreja a oreja? ¡Ya déjate de tonterías y sigue cargando lo necesario para la cúpula!

Pedro sonríe; el peso del material le parece más ligero. El recuerdo de ese encuentro secreto, de esa alegría efímera, lo sostiene por el momento y le hace más llevadera la jornada.

Autor: Ana Laura Piera.


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Este cuento se publicó en la revista digital Masticadores el 6 de diciembre de 2021. Esta es una versión revisada.

Amanda – Microrrelato.

Saliendo a deshoras del trabajo, y nada más entrando al auto, Esteban ya se aflojaba la corbata, se quitaba el saco y se ponía en mangas de camisa. En el trayecto a casa, rememoraba los detalles de su jornada laboral: las acciones sutiles, pero degradantes de su jefe hacia su persona, como pasarle una colilla de cigarro para apagarla. Los cuchicheos incómodos de sus compañeros, que con toda seguridad, hablaban de él. El peso de los folios y carpetas en sus dedos, una carga que nunca se terminaba y lo perseguía hasta la entrada de su casa. Pero frente a su puerta, y sabiendo lo que había detrás, todas esas frustraciones se disolvían como una pastilla efervescente.

En la penumbra, Amanda le esperaba acomodada en la sala. Corrió hacia ella y la besó. No se cansaba de mirarla: su eterna sonrisa en el rostro, la ausencia de quejas. Su silencio comprensivo y amoroso era un bálsamo. Los encuentros íntimos eran de lo mejor. Ella no exigía nada y era la mar de generosa. Sí, Amanda hacía su vida más enriquecedora, era su otra mitad, la razón por la que volvía a casa en las noches. Era un hombre feliz a pesar de su trabajo de mierda.

Movió el cuerpo rígido de su compañera a otro sillón para él poder relajar las piernas y ver algo de tele. En la pantalla estaban anunciando el nuevo modelo robótico Amanda 2.0 de la fábrica de muñecas sexuales Orient. Esteban miró con pena su ya anticuada versión 1.9. Era hora de cambiarla.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión mejorada de un cuento mío publicado el 5 de noviembre de 2020.

Mi relato en la revista digital Masticadores

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El Cliente – Cuento Corto.

Photo by Kyle Cleveland on Unsplash

Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento, quizás. Dejé el oscuro cuartucho que me servía de morada y donde vivía sola. Estaba acostumbrada: fui hija única, mis padres murieron jóvenes y nunca me casé ni tuve hijos. La familia que me quedaba me repudió cuando supieron a lo que me dedicaba.

Al llegar al trabajo me encontré a mi única amiga, la “Güera”. Su carácter jovial era como un bálsamo cuando nos preguntábamos si nuestras vidas podrían haber sido diferentes y siempre lograba sacarme la tristeza con sus ocurrencias.

El lugar era conocido como el “Rincón de las Putas Viejas”. Éramos un grupo de mujeres que esperaban clientes sentadas en sillas de plástico bajo un toldo improvisado con sábanas rotas. De lejos nos llegaba el rumor de los autos que iban por la carretera. Ahí únicamente acudían aquellos que no podían pagar las tarifas más elevadas de las jóvenes, o uno que otro hombre que únicamente podía excitarse con una mujer mayor.

Percibí su mirada de lejos, estudiándome.

—¿Cuánto? —preguntó al abordarme. Aquella voz tenía la frescura de las voces jóvenes, pero también había un dejo de nostalgia, de alguien que ha vivido cosas más allá de lo que aparenta su edad. Le di mi tarifa; a los sesenta y pico no podía cobrar mucho. Asintió. Era un atractivo treintañero, alto y delgado, con facciones agradables y armoniosas. Advertí que la Güera me jalaba la falda, volteé y me guiñó el ojo, traviesa, mientras las demás compañeras me miraban con envidia. Lo llevé al cuarto donde trabajábamos, el olor a humedad hizo que se llevara la mano a la nariz, yo ya no lo percibía. Una cortina vieja y polvosa impedía que entrara la luz.

—¿Quieres que me quite la ropa? —pregunté en voz muy baja mientras él se sentaba al borde de la desvencijada cama. Tenía la mirada en el suelo. No me contestó, así que me quité la blusa y el brasier, pero él alzó la mirada y, casi suplicante, me hizo señas de que parara. Me acerqué.

Me rodeó el cuerpo con los brazos y, cual niño pequeño, apoyó el rostro en mi vientre flácido. Comenzó a besar mi piel con devoción, sus labios apenas rozándome. Me arriesgué a tocarle la cabeza, al ver que no protestaba, le acaricié los cabellos con ternura. Me vino a la mente la caricia de los dedos huesudos de mi abuela haciendo lo mismo en mi cabeza cuando yo era una niña. Mi abuela, la única persona con la que yo llegué a sentir felicidad. Su cuerpo se estremeció y me sacó de mis pensamientos. Ahora lloraba como un bebé y sus ojos húmedos se encontraron con los míos.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? —dijo con la voz enronquecida de dolor. Comprendí. Lo abracé muy fuerte. No era mi hijo, pero en ese momento yo era su madre. Lloramos juntos, él por la que tuvo y le abandonó, y yo por todas las cosas que nunca tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

Publicado originalmente en la revista digital Masticadores el 8 de nov. 2021. Esta es una versión revisada.

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El Ídolo.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de abril: Un relato donde aparezca un libro real, también debe incluir un personaje destacado de algún otro libro, y algún detalle que dé a entender que se desarrolla en primavera.

Cuando se tapó la tubería de la casa del matrimonio conformado por Artemio y Esperanza, en la Cd. de México, se presentó un tipo que dijo llamarse Hércules Poirot. En un español con acento extraño, explicó que era bueno para casi todo: desde resolver asesinatos y acertijos, hasta trabajos más humildes como albañilería y plomería. Con la electricidad no se metía desde una vez en que casi se electrocuta tratando de resolver un misterio. No tenía pinta de plomero, vestía elegantemente y usaba un extraño bigote, muy tieso, estilo militar. Sin embargo, le hicieron pasar, pues les urgía arreglar el desperfecto. Se notaba que no le gustaba ensuciarse, se quitó su fina chaqueta y en mangas de camisa se dispuso a cavar. En poco tiempo estaba empapado en sudor por el esfuerzo y el calor primaveral. En un momento dado, lanzó un grito de entusiasmo. ¡Había encontrado algo!

—¡Esto es la causa del problema! —les mostró triunfante una estatuilla de barro cocido, ennegrecida quizá por un incendio antiguo probablemente es una pieza arqueológica, pues esta ciudad fue fundada sobre las ruinas de la capital del imperio mexica —dijo con aire conocedor.

Era una figura humana en posición sentada y con las piernas cruzadas, le faltaba la cabeza. En lo que quedaba del cuello pendía un collar de cuentas en forma de lágrima. Tenía los brazos sobre las piernas y en medio de ellas se veía un gran hueco, probablemente dejado por un enorme órgano sexual que seguramente corrió con la misma suerte que la cabeza: roto y perdido.

—Eso está muy raro Artemio— dijo la mujer en tono medroso, al mismo tiempo que se santiguaba, como le habían enseñado las monjas del Sagrado Corazón desde pequeña. En la cara de su marido se instaló una mueca burlona y luego dijo:

—Si damos aviso al gobierno, vienen y empiezan a hacer hoyos por todo el patio buscando más cosas y luego, dirigiéndose a Hércules—: ¡Termine de arreglar y tape todo! ¡Y nada de andar de hablador!

—¿Y qué vas a hacer con esa cosa horrenda? —preguntó Esperanza, sacando su biblia de bolsillo, sosteniéndola entre sus manos y pegada al pecho.

—Lo pondré de adorno. ¡Me gusta!

Hércules escuchaba con atención. Quería pedirle a Artemio que le diera el hallazgo como pago, pero eso ya no sería posible. Se notaba que lo dicho por el hombre era solo por darle en la cabeza a su mujer, y que la estatuilla le importaba un pito. Ese matrimonio andaba muy mal. Era una pena no poder quedarse con aquella figura. Su atracción por todos los vestigios y enigmas que había debajo de la ciudad era lo que lo había llevado ahí. Terminó de solucionar el problema y se retiró.

Y así fue que la efigie rota pasó a formar parte de la decoración de la casa de la pareja. Artemio la puso sobre la mesa del recibidor, entre la foto del único hijo, que posaba sonriendo en medio de la nieve de Canadá, donde vivía, y una imagen del Papa Francisco. Esperanza no se atrevió a protestar, pero no le agradaba nada tener aquello en casa.

Esa misma noche, ella, a sus 61 años recién cumplidos, tuvo, por primera vez en su vida, sueños eróticos y orgasmos intensos. Soñó que un indio musculoso, al que no le podía ver el rostro, le hacía el amor de una forma fogosa y ardiente, algo desconocido para ella.

—Anoche no me dejaste dormir, mujer. Te revolvías en la cama como babosa con sal y gemías adolorida.

—¡Perdóname viejo! Tuve pesadillas, para otra me despiertas.

Artemio no la despertaba. «Seguro es por la figurilla esa» —pensaba feliz. Le encantaba la idea de que Esperanza anduviera angustiada transitando por los sueños. Desde que tuvo que casarse a fuerzas por dejarla embarazada, sentía una hostilidad soterrada que solo había aumentado con el tiempo.

Ella amanecía sintiéndose culpable y hacía un esfuerzo extra por no caer en las provocaciones de su marido. En la iglesia se moría por confesarse, pero el pudor nunca la dejó contarle al sacerdote, ni a nadie. Rogaba a Dios que aquello parara y luego se arrepentía. Trataba de sentirse mejor pensando que solo eran sueños y no algo real.

En medio de un tórrido encuentro onírico, Esperanza se dio cuenta de que todo inició cuando encontraron el ídolo. Vio claramente que el collar de cuentas del indio que la hacía gozar, era exactamente igual al de la figurilla. Esto la puso muy pensativa.

Con los días Artemio se sintió desilusionado, al parecer su mujer estaba más en paz y ya no tenía malos sueños. Solo a veces un suspiro muy profundo y una sonrisa de total relajación se instalaba en su rostro mientras dormía. Tendría que buscar otra cosa con la cual perturbarla.

Una mañana, Esperanza no vio el ídolo en el recibidor y sintió como si le patearan el estómago. En medio de un ataque de pánico lo buscó por todos lados y se dio cuenta de que Artemio lo había puesto en la basura. Merodeando por ahí se encontró a Hércules, quien estaba a punto de llevarse el objeto.

Pero, ¿qué hace usted? —le increpó Esperanza.

¡Es que he descubierto el misterio de la identidad de esta figura! Efectivamente, es de origen prehispánico y representa a Xochipilli, el «Príncipe de las Flores». Una figura muy sensual dentro del imaginario mexica: dios de las flores, del placer y del amor. Si ustedes ya no lo quieren, me lo llevo para hacer más investigaciones sobre él.

¡Sí lo queremos! Mi esposo se equivocó. Por favor, olvídese de Xochi… ¿Cómo dijo que era el nombre?

—Xochipilli.

Hércules notó que el nombre pareció invocar en Esperanza un estado de felicidad: su rostro se relajó y sus ojos y boca parecieron sonreír al mismo tiempo. Ella tomó la figura amorosamente y entró rápidamente a la casa. No lo dejó ya decir ni pío. Resignado, terminó por irse. Estaba seguro que acababa de presenciar otro misterio, desgraciadamente su tiempo en la ciudad se acababa y no tenía tiempo de seguir averiguando.

Por su parte, Esperanza escondió muy bien a Xochipilli entre su ropa, cuidándose de que Artemio no la viera. Guardó su biblia de bolsillo en el fondo de un cajón. Mientras lo hacía musitaba: «perdóname Diosito».

FIN

Autor: Ana Piera.

Libro real: la Biblia, varios autores.

Personaje de otro libro: Hércules Poirot, detective que aparece en muchos relatos de Agatha Christie.

NOTA: Sé que no le hago justicia al personaje de Poirot en esta historia y que merece más. Espero que Agatha no venga y me jale los pies en la noche jejeje.

Se pronuncia: «Sochipili»

Mi relato en la revista digital «Masticadores» https://masticadores.com/2025/04/14/el-idolo-by-ana-laura-piera/

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Malditas Pasiones – Cuento corto.

Mi participación para el concurso de relatos «Desde Rusia con Amor», del blog «El Tinero de Oro» homenajeando a Ian Flemming, creador del célebre agente «James Bond». Condiciones: Escribir un relato de espías que no sobrepase las 900 palabras.

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Dax sonrió mientras echaba a la licuadora agua, una pizca de ceniza volcánica algo de tierra roja y una ranita partida a la mitad. Una vez servido en un vaso de cristal, esperó un poco a que las burbujas que se formaron en la superficie reventaran. Se liberó un olor que le recordó los pantanos de su hogar y el recuerdo del porqué de su ubicación actual le vino a la mente:

—Necesitamos un agente en la Tierra. Los terrícolas ya llegaron a Marte y nos preocupa su eventual expansión. Usted ha sido elegido. Entrará en la Oficina Mundial de Asuntos Espaciales Terrestres «OMAET» y se hará pasar por humano. Todo lo que averigüe nos lo comunicará. Con el tiempo veremos qué medidas tomar, nadie quiere que esta raza eche a perder la galaxia como lo ha hecho con su propio planeta.

Dax no puso objeción a su jefe y fue enviado en el primer transporte disponible. Llegó a su destino discretamente y le recibió otra compatriota, Lex, quien le dio papeles, instrucciones y las llaves de un departamento equipado en Nueva York, cerca de su flamante nuevo trabajo.

—¿Cómo lo llevas Lex?

—¿Te refieres a vivir aquí y convivir con ellos? No es difícil. Son predecibles. El lugar es diferente a lo que estamos acostumbrados, pero tiene su encanto. Eso sí, debo advertirte que hay costumbres que pueden resultar seductoras. Ten cuidado con ellas. Encontrarás la receta de un batido especial que a mí me ha ayudado a digerir mejor la comida. ¡Ah! Y esto es importante. —dijo Lex extendiéndole un maletín con píldoras—. No olvides tomarte dos diarias, son necesarias para que mantengas tu apariencia humana.

A Dax le agradó la Tierra. Pronto se volvió una persona popular en la «OMAET» y era invitado regular a todas las reuniones. De madrugada enviaba la información recopilada a su jefe mediante rayos «Koon» que le permitían la comunicación en tiempo real con su planeta.

—Nada nuevo —decía Dax—. Están ocupados con Marte y no se ponen de acuerdo sobre seguir la exploración espacial.

—No hay que confiarnos. La agente Lex cree que están a punto de perfeccionar el motor magnético, con el cual podrían viajar más rápido y más lejos.

—Jefe, no hay apuro. Ellos mismos son su peor enemigo.


—Estás demasiado callado. Dijo Denise Lasko mientras acariciaba el pelo rubio y ondulado de Dax.

—Pienso mucho en «esto» —dijo él con la mirada perdida.

—¿En qué? ¿Hacer el amor? —preguntó risueña, mientras admiraba el cuerpo atlético y las facciones casi perfectas de su compañero.

—Es simplemente maravilloso —dijo él por toda respuesta.

—Eres extraño. Me gusta tu sensibilidad y debo admitir que me gustas mucho.

Lo cierto es que Dax mantenía amoríos con varias mujeres a la vez. Su cuerpo humano le permitía interactuar con ellas de una forma impensable en su planeta natal. Se había aficionado tanto que pensaba en ello noche y día e incluso omitía cosas en sus informes de espionaje, pues no quería perturbar la vida que llevaba en la Tierra.

Una mañana, después de una juerga épica, despertó y se dio cuenta de que no se había tomado la dosis mínima para mantener su apariencia humana.

—¡Mierda! —dijo al ver a Shirley Matheson en su lecho. Por fortuna estaba dormida y ajena a la transformación de Dax. Él ahora tenía un tono de piel verdoso con algunas escamas. La cabeza había duplicado su tamaño y los ojos aparecían hundidos, la nariz era casi inexistente. El impresionante miembro entre sus piernas ya no estaba. Sabiendo que en pocas horas alcanzaría la transformación total, se encerró en el baño con sus píldoras, y rezó para que Shirley se fuera pronto.

—¡Vamos Dax! Sal, que necesito entrar.

—¡Olvídalo! Tengo una resaca tremenda. No paro de vomitar. Vete a tu casa.

Aliviado, escuchó el portazo y pensó que aquello había estado demasiado cerca.

Unas noches más tarde, su jefe le dio una noticia que le dejó helado:

—Estamos considerando una invasión.

—¿Pero por qué?

—Sus ya esporádicos informes no son confiables Dax. Hay información de Lex que sitúa a los humanos a punto de aprobar la iniciativa «Hades». Veo por su cara que no tiene idea de qué hablo. Ellos enviarán una misión a Europa, una de las lunas de Júpiter. Usted se ha dejado seducir por la vida terrestre, me decepciona. Regresará a casa y responderá ante una comisión que le juzgará.

Dax entró en una desesperación impropia de su raza. Decidió hacerle una visita a Lex.

—¡Estás echando a perder todo! —le dijo con amargura.

—¿Te has vuelto loco Dax? No podemos anteponer nuestros deseos al bien de la galaxia.

Su compañero se abalanzó sobre ella y con las manos en el cuello apretó hasta asfixiarla. Luego fue directo a la unidad de comunicación y envió un mensaje urgente:

«La información que envié no es fiable. Mi fuente se retractó. El agente Dax tiene razón. No hay motivo para una invasión. Favor de Reconsiderar. Aviso que tengo descompuesto el sistema de visualización y no me será posible enviar video hasta ser reparado».

Dax se deshizo del cadáver y luego se llevó la unidad de comunicación a su departamento.

Aún tendría algunas semanas más de placer.

871 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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«El Cliente» mi relato para la revista digital: Masticadores México

Amigos que siguen este blog, este relato termina de leerse en la página de Masticadores. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Un abrazo.

Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento quizás. Dejé el oscuro cuartucho […]

El cliente por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

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Hiperrealista – Microrrelato.

Photo by cottonbro on Pexels.com

Recibió por mensajería la muñeca sexual cuya publicidad prometía «realismo extremo».

Con cuidado, casi con veneración, la sacó del empaque. Tal como la había pedido, era asiática, con hermoso pelo castaño, grandes y exuberantes pechos, cuerpo elástico, piel hiperrealista con pliegues y protuberancias internas muy prometedoras. La enchufó a la corriente para que se cargara y actualizara un software con el que podría hablar con su dueño. Mientras tanto, él pacientemente preparó todo para el primer encuentro: música suave, luz de velas, whisky y el mejor lubricante a la mano.

En cuanto pudo activarla, la muñeca cumplió lo prometido: era tan real que enseguida le dijo que solo lo quería como amigo.

Autor: Ana Laura Piera Amat

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Amor sin Pretensiones – Microrrelato.

Photo by J Shim on Unsplash

—Mira Mariano, hay luna llena. Su luz no pide permiso para entrar, me gusta su fría insolencia ¿ves?

—Prefiero mil veces mirarte a ti.

Tita sonríe, pasa sus manos por la oscura cabeza que descansa en su vientre. Sus dedos huesudos y de uñas largas pintadas de rojo se enredan en el pelo negro y lacio. Mariano levanta la cara, de ella cuelga una sonrisa traviesa, parece un niño fraguando alguna fechoría. Poco ha cambiado él en los últimos quince años, sigue siendo el mismo hombre de aspecto anodino, de ojos pequeños y cuerpo de perro parado, sin atractivo aparente, eso si, bien conservado, indultado por el tiempo y sus estragos.

Hace quince años Tita Pacheco era la mejor con su físico de diosa y su dominio absoluto de las artes amatorias. Entre sus clientes solo se contaba gente de las más altas esferas del poder político y empresarial de México. ¿No se había suicidado el General Torres, enloquecido de amor por ella? Muchos hombres le habían ofrecido apoyo a cambio de exclusividad, pero Tita Pacheco nunca sucumbió antes tales propuestas. Amaba la libertad por sobre todas las cosas y también disfrutaba el tiempo que le dedicaba a Mariano, al cual no estaba dispuesta a renunciar por nada.

Mariano, el insignificante, el oscuro «empleaducho» —como solía decir la madre de Tita—, que no tenía nada que ofrecerle excepto su compañía en las horas más negras, su lealtad, su apoyo, su amor incondicional aún a sabiendas de la naturaleza de su trabajo.

Tita ha cerrado los ojos, la lengua de Mariano se ha vuelto una mariposa que revolotea entre sus piernas y se posa en su sexo, penetrándola dulcemente. Al menos el cáncer no le ha quitado eso, aún puede sentir. Su boca deja escapar los gemidos que nacen en su vientre y suben en tropel por su garganta. Sonríe. Pensándolo bien nunca ha sido libre, su cuerpo podía ser de todos y de nadie, pero su corazón solo de uno, y nunca conoció una cárcel más hermosa que ese amor sin pretensiones de su Mariano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Otro cuento con el tema del amor, pero ahora tratado de forma muy diferente:

El Reloj – Microrrelato.

Photo by Jassir Jonis on Unsplash

Desde que salió al mercado no he tenido paz. Yo, que siempre he sido muy novedoso, en cuanto lo vi en la tienda de Amazon, me lo compré. Mi amigo Paco me hizo burla: «Pudiste haber comprado el Kindle «Oasis», de última generación, y leer como jeque árabe; pero preferiste comprar esta pendejada. Ay compadre, me late que esto no va a terminar bien».

En mi defensa solo puedo decir que la publicidad era impecable: «El reloj de pulsera que además de pasos, calorías y frecuencia cardiaca, mide también su actividad sexual. ¡Lleve la cuenta del mes! ¡Bata su propio récord!». Por supuesto que tenía que ser mío.

Ha pasado algún tiempo y noté que el desgraciado aparato no sabe contar. Según mi propio registro, (hombre precavido vale por dos), llevo mínimo dieciocho encuentros del «tercer tipo» en el mes y el pinche reloj no me ha contado ninguno.

Marqué al 01-800-AYUDA y la chica me pidió que por favor leyera las letras chiquitas antes de devolverlo:

«El reloj sabe distinguir entre los latidos del corazón cuyo bombeo es provocado por el amor verdadero, de los que son producto del mero deseo animal. Si usted desea desactivar esta función puede hacerlo en la sección de ajustes».

¿Pero qué tonterías eran esas? ¿Amor verdadero? Por supuesto que cambié los ajustes.

Aunque después de cambiar la configuración el aparato ha funcionado bien, he decidido devolverlo. Me prometieron un reembolso completo. Lo necesitaré, porque ahora debo pagar a un psicólogo que me ayude a resolver este hueco horrible que me ha ido creciendo dentro. Un malestar que antes no tenía y que definitivamente no es físico. ¡Qué poca madre!, ¡tan a gusto que estaba yo!

Autor: Ana Laura Piera

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La Copa – Microrrelato.

Photo by Jeff Siepman on Unsplash

Aceptó gustoso la copa que Amanda le ofrecía. Después de tanto pleito y desencuentro con ella, ahora parecía querer firmar la pipa de la paz. «Finalmente la terminé de domar» —pensó muy ufano.

Mientras bebía, la veinteañera comenzó a desnudarse lentamente. ¡Cómo deseaba aquel cuerpo firme y hermoso! Le hacía sentir vivo. Además le gustaba saborear las miradas de envidia que despertaba cuando aparecía con ella a su lado. Estaba orgulloso de haberla conquistado a pesar de ser un viejo decrépito.

Apuró el trago y Amanda le volvió a llenar la copa. Ya estaba desnuda por completo y él sonreía como un bobo. Anticipando la boca de la chica en su sexo, intentó quitarse el pantalón. Una punzada en el estómago se lo impidió, y luego otra, y otra, todas más fuertes y feroces que la anterior. Ella comenzó a vestirse nuevamente… esta vez, de negro.

Autor: Ana Laura Piera

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¡Gracias por leer!