El «combo» de Tenzin – Microrrelato.

Microrrelato para el reto de Lidia Castro: hacer un relato de no más de cien palabras inspirado en la imagen y que incluya el elemento de dado (cofre del tesoro). Opcional que mencione algo relacionado con una pista de aterrizaje.

De lejos le llegó el sonido del helicóptero descendiendo sobre la pista de aterrizaje. Del cofre con tesoros, el monje Tenzin sacó las llaves de oro.

Al tocar la del corazón, lloró por todo lo que estaba en juego; con la de la espada, sintió ganas de acabar con la amenaza de forma violenta; cuando sus dedos rozaron la de la calavera, le sobrevino la calma y se llenó de sabiduría. No había mejor arma que la palabra justa.

Disuadiría a aquellos miserables que querían poner un McDonald’s en las inmediaciones del templo Jokhang en Lhasa.

100 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Templo Jokhang. Autor: onwardtibet.org/ usado bajo licencia Creative Commons/ Esta imagen fue reducida en tamaño para usarse en esta entrada.

Nota: Yo pensaba que en el Tíbet no había McDonald´s, pero sí, hay dos en la capital, Lhasa. Pero dentro de Lhasa también hay lugares donde por preservación cultural no es posible instalarlos. Uno de ellos es el mencionado en el relato.


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Viernes – microrrelato.

Un segundo aporte para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras con un día de la semana como protagonista

Viernes tejía cestas a la sombra de una palmera. Hacía calor y de lejos le llegaba el bramido de las olas rompiendo en la playa. Su ritmo se hizo lento, desgarrando las fibras vegetales con desgano. Las dejó de lado y con el dedo, en la arena tibia, trazó con delicadeza el glifo de su nombre verdadero.

Pasó Robinson por ahí cargado de troncos y se detuvo. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, borró con el pie la figura en la arena.

—¿Otra vez escribías esa palabra horrenda?

—Nombre ser bello —dijo el indígena indignado—. Kairi ser «isla».

—Y mira a dónde te trajo ese apelativo del demonio. A esta isla olvidada en la que ibas a ser devorado por los caníbales. Pero Dios fue misericordioso y te salvé. El día que te encontré fue un viernes, así que eres Viernes y ya.

—Entonces tú también ser Viernes. Yo encontrarte ese mismo día.

Robinson lanzó un suspiro de hartazgo.

—Mi nombre no necesitaba cambiarse, el tuyo sí.

Se instaló el silencio entre ambos, roto solo por los ruidos propios de la selva.

A partir de ahí, todas las mañanas cuando el indígena despertaba, trazaba en el aire la figura de una isla y susurraba bajito: «Kairi»

Autor: Ana Laura Piera.

209 palabras.

Si eres tan amable de comentar, pon tu nombre en él porque a veces wordpress los deja como anónimos. Gracias.

Como saben, Robinson Crusoe y Viernes son los personajes de la novela de Daniel Defoe: Robinson Crusoe.


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¡Es domingo! – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras que tenga como protagonista un día de la semana.

Llegó a la cocina esperando el aroma de churros recién hechos y chocolate. En vez de eso, la recibieron una tostada poco apetitosa y el amargor del café.

—¿Pero qué coño es esto? —le gritó a Alejandro.

El tintineo de las llaves de su marido en la puerta le confirmó que estaba por salir.

—¿A dónde vas, si es domingo?

—¡¿Otra vez, Alba?! ¡Se me hace tarde! Ya hablaremos.

Deslizó el dedo por la pantalla de bloqueo del móvil que decía lunes 7 de septiembre. ¡Vaya fallo de software! Tendría que corregir eso. La bandeja de correo de su trabajo colapsaba. Era domingo, así que mejor encendió la televisión. El título de «en vivo» de un partido de tenis mentía. Ella estaba segura de haberlo visto ayer sábado. Se asomó a la ventana y constató que hasta la escuela del barrio falsificaba un lunes. ¡Qué locura!

Decidió salir en pijama a regar. El olor a tierra mojada le sacó un suspiro de placer. El calor agobiaba y, con su conjunto fresco y corto, ella se burlaba de quienes se dirigían al trabajo, sudando bajo sus trajes, vestidos o uniformes.

—Alba, ¿no vas a la oficina? —le preguntó un vecino apurado.

—¡Hoy es domingo! —gritó ella, y la cara de extrañeza de su interlocutor la mató de risa. Había algo delicioso en verlo dudar. Terminó el riego y entró en su casa. Ella misma se prepararía unos buenos churros caseros. Por suerte, tenía todo el domingo por delante.

249 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Por favor, si eres tan amable de comentar, deja tu nombre en el mismo comentario.


Este relato, publicado en la revista digital Masticadores, puedes visitar la revista AQUÍ.

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La Decisión – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando de septiembre: hacer un relato de no más de cien palabras, que incluya la runa Isa y se inspire en esta carta. Opcional que incluya la flor de bach Agrimony.

Fue al humedal a arrojar la runa Isa, que simbolizaba hielo y freno. Ya no deseaba sentirse paralizada. Quería tomar una decisión. De su ánfora bebió la infusión de Agrimonia mientras contemplaba el agua serena y transparente.

Su corazón se calmó.

Una libélula de ojos azules se posó en su hombro y le susurró la verdad.
Se levantó decidida: no huiría con Damián, el hombre prohibido.

Caminó hacia su casa, dejando en la ribera, como una cáscara vacía, la versión de ella misma que ya no le servía.

90 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.


Otro relato mío con un humedal de fondo y el tema de la transformación, aquí.

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La plaga – Microrrelato.

Detesto los lugares oscuros y mal ventilados; por eso mi ventana siempre estaba abierta. Quizá llegaron a mi planta Monstera en una ráfaga de aire, o tal vez adheridos a las patas de un insecto.

No es una plaga cualquiera. Su voracidad ya costó la mitad de sus hojas a la Monstera. Tomé uno y lo puse bajo el microscopio. Son personas diminutas. Hay niños, ancianos, bebés, mujeres y hombres. Van desnudos y sus rostros están deformados por unos enormes dientes en forma de sierra, como los de los tiburones.
Su forma humana me tomó por sorpresa.

Se han extendido a otra de mis macetas y hoy encontré uno vagando por la cocina. Sentí un incipiente dolor de cabeza. Por impulso, apoyé mi dedo índice sobre él y dejó de moverse. Impregné algodón con alcohol y lo pasé con fuerza por las hojas y tallos de mis pobres plantas. Al hacerlo, la torunda se saturó de un líquido rojizo y otras cosas que prefiero no imaginar. Puse mis fumigantes habituales, no solo en mis plantas sino en toda mi casa. Por último decidí poner un mosquitero.

Esta madrugada, el silencio se rompió con un roce metálico contra la ventana.
Me acerqué al mosquitero recién instalado y pude oír el chirrido rítmico y persistente de cientos de dientes tratando de serrar la malla…

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: relato inspirado en una lucha real vs. una plaga de cochinilla de escama en mi Monstera deliciosa.


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El enfermero – Microrrelato.

Voy vestido con un traje de enfermero y un gafete de identificación falso. Me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado: mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado que el personal me vea como uno de los suyos. Me he librado de sus gestos de recelo, pero no de mi problema. Si no fuera por eso, sería perfecto.

He pasado incontables horas observando y escuchando todo a mi alrededor. Así he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos. La mañana que inyecté a alguien por primera vez sucedió de nuevo: me sentí flotar y desde arriba me veía a mí y al paciente. Por suerte, una de las enfermeras que pasaba detuvo mi brazo y lo movió hacia la zona correcta del glúteo donde debía entrar la aguja.

—¿Qué te sucede? ¿Estás enamorado? ¡No querrás dejarlo cojo!

El contacto hizo que «regresara a mi cuerpo». A pesar de pequeñeces como esta, ya no pienso que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad de Medicina.

Casi no recuerdo ya mi vida de antes. Pero una vez, recién llegado al hospital, me quedé encerrado sin querer en el cuarto de la limpieza. El olor de algunos desinfectantes trajo a mi mente, de forma vívida, mi pasado: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Menos mal que uno de los conserjes escuchó mis gritos de desesperación y me sacó.

Me anima mucho que el «Gastro», el Dr. Cortés, me salude siempre. La gente dice que es un arrogante, pero yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un enfermo, ayudarlo con el interminable papeleo. ¡Hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortés me ha pedido que lo asista en una apendicectomía. No se acordaba de mi nombre; en vez de Axel, dijo Miguel, pero no importa. Casi no lo puedo creer: ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado. Me ha sobrevenido un persistente temblor en las manos, supongo que es por los nervios. He pasado por el quirófano donde haremos la operación. No pude resistirme y me acosté en la mesa quirúrgica. Vi una copia exacta de mí con un escalpelo en la mano y a punto de hacer una incisión en mi carne. Me levanté de prisa. Iré a Psiquiatría, solo necesito saber qué medicamento tomar para que se vayan las alucinaciones y los temblores. Ya no puedo posponerlo. Los pacientes merecen lo mejor. Creo que si me lo propongo, podré hacer la transición a médico y, ¿por qué no? Quizás llegue a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

Versión revisada de un relato publicado en este blog el 24 de junio de 2021


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Mente alada – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando de julio: crear un relato de no más de cien palabras, que esté inspirado en esta imagen, que incluya un casco y opcional que mencione algo sobre la primera computadora portátil.

Había leído sobre el primer ordenador portátil: la Osborne 1, hito que liberó la mente y abrió nuevos horizontes tecnológicos. Le inspiró a idear su propia creación: un casco alado portable, diseñado para liberar el cuerpo y volar.

Tocándose la costilla rota que apenas había sanado tras un intento fallido, se lanzó de nuevo al cielo. Tras planear, se elevó y luego cayó en picada como los halcones. Remontó acariciado por el aire. Con los lentes y filtros incorporados vio los gestos de sorpresa y admiración de sus conciudadanos. Querían también tener alas y él se las daría.

Autor: Ana Piera.

100 palabras.


Mi relato en la revista digital Masticadores.

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Amanda – Microrrelato.

Saliendo a deshoras del trabajo, y nada más entrando al auto, Esteban ya se aflojaba la corbata, se quitaba el saco y se ponía en mangas de camisa. En el trayecto a casa, rememoraba los detalles de su jornada laboral: las acciones sutiles, pero degradantes de su jefe hacia su persona, como pasarle una colilla de cigarro para apagarla. Los cuchicheos incómodos de sus compañeros, que con toda seguridad, hablaban de él. El peso de los folios y carpetas en sus dedos, una carga que nunca se terminaba y lo perseguía hasta la entrada de su casa. Pero frente a su puerta, y sabiendo lo que había detrás, todas esas frustraciones se disolvían como una pastilla efervescente.

En la penumbra, Amanda le esperaba acomodada en la sala. Corrió hacia ella y la besó. No se cansaba de mirarla: su eterna sonrisa en el rostro, la ausencia de quejas. Su silencio comprensivo y amoroso era un bálsamo. Los encuentros íntimos eran de lo mejor. Ella no exigía nada y era la mar de generosa. Sí, Amanda hacía su vida más enriquecedora, era su otra mitad, la razón por la que volvía a casa en las noches. Era un hombre feliz a pesar de su trabajo de mierda.

Movió el cuerpo rígido de su compañera a otro sillón para él poder relajar las piernas y ver algo de tele. En la pantalla estaban anunciando el nuevo modelo robótico Amanda 2.0 de la fábrica de muñecas sexuales Orient. Esteban miró con pena su ya anticuada versión 1.9. Era hora de cambiarla.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión mejorada de un cuento mío publicado el 5 de noviembre de 2020.

Mi relato en la revista digital Masticadores

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La promesa – microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando. Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imagen, que incluya la runa Kaunaz y la flor de bach hornbeam (hojarazo).

Bricio arrojó las herramientas de trabajo y gruñó.

—¡Estamos malditos! Arwen está en la luna. Debimos tener un varón; al menos sabría ganarse el sustento.

—Ella ayuda—objetó Hilda.

—Las mujeres no sirven de mucho. ¡Dame de cenar!

De noche, Hilda puso entre los dedos dormidos de Arwen la runa Kaunaz para que la iluminara espiritualmente.

—¡Volveré! —susurró besándole la mejilla.

Fue al fogón y bebió una infusión de hojarazo que le quitó un poco el cansancio del alma. Necesitaba fuerza para dejar a su pequeña. Regresaría por ella en cuanto tuviera algo seguro.

95 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Este micro aparece en Masticadores Latinos


La runa Kaunaz es la sexta runa del Futhark antiguo. Su forma es similar a la de un boomerang o un signo «<«. Simboliza el fuego creador, la iluminación espiritual, la inspiración artística, el conocimiento y la pasión humana.

Flor de bach hornbeam: Para los que se sienten demasiado agotados. Cansancio más mental que físico. Persona apática, sin ánimo para cumplir con sus rutinas, “no puedo más”. Falta de entusiasmo.


Sobre el género del microrrelato:

Un microrrelato es un texto narrativo de ficción extremadamente breve (desde una línea hasta un par de párrafos) que cuenta una historia intensa. Exige un lector activo que colabore en su construcción mental, ya que omite descripciones y detalles para que el lector los deduzca (elipsis).

Aunque sea breve, el microrrelato suele contener una situación inicial, un incidente o quiebre y un desenlace (muchas veces sorpresivo). No es simplemente el fragmento de un momento; es una historia en sí misma.


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Fractura – Microrrelato.

Mi propuesta para el VadeReto: Hacer un relato con el tema «fractura»

En la oscuridad, busqué a tientas las sábanas que, tibias y relegadas a rincones imposibles, eran testigos de un primer encuentro muy satisfactorio.

Él prendió la lámpara de noche y de un bolsillo de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros. Lo miré alarmada.

La habitación se llenó de un humo odioso y ceniza de tabaco cayó sobre la ropa de cama.

—Creo que esta es una habitación para no fumadores —dije, esperando que se tratara tan solo de un descuido.

No hizo caso y apuntó el control remoto a la televisión. Una serie policiaca con mucha sangre se impuso frente a mí.

—¿No la apagas? —pregunté tras un tiempo que consideré prudente.

—La dejo un rato; es que sin ruido no me puedo dormir. ¿Te molesta?

—No hay problema —dije, y me odié a mí misma por mentir, pero no tenía ánimo para una confrontación. Sentí una fisura interior que me iba quitando las ganas.

Cuando el cansancio me venció y pude cerrar los ojos, el crujido de una madera al romperse me obligó a abrirlos. Era su ronquido, seco y brutal. La fractura resonó en mis huesos. 

Me levanté y me vestí en silencio. Lo miré una última vez antes de salir. Ni su cabello perfecto ni la promesa de sus brazos rodeándome pesaron más que aquellos detalles aborrecibles. Mientras me alejaba por el pasillo del hotel, borré su nombre de mi lista de contactos.

Salí a la calle y agradecí el silencio de la ciudad a esa hora de la madrugada.

Autor: Ana Laura Piera.


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