
En la oscuridad, busqué a tientas las sábanas que, tibias y relegadas a rincones imposibles, eran testigos de un primer encuentro muy satisfactorio.
Él prendió la lámpara de noche y de un bolsillo de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros. Lo miré alarmada.
La habitación se llenó de un humo odioso y ceniza de tabaco cayó sobre la ropa de cama.
—Creo que esta es una habitación para no fumadores —dije, esperando que se tratara tan solo de un descuido.
No hizo caso y apuntó el control remoto a la televisión. Una serie policiaca con mucha sangre se impuso frente a mí.
—¿No la apagas? —pregunté tras un tiempo que consideré prudente.
—La dejo un rato; es que sin ruido no me puedo dormir. ¿Te molesta?
—No hay problema —dije, y me odié a mí misma por mentir, pero no tenía ánimo para una confrontación. Sentí una fisura interior que me iba quitando las ganas.
Cuando el cansancio me venció y pude cerrar los ojos, el crujido de una madera al romperse me obligó a abrirlos. Era su ronquido, seco y brutal. La fractura resonó en mis huesos.
Me levanté y me vestí en silencio. Lo miré una última vez antes de salir. Ni su cabello perfecto ni la promesa de sus brazos rodeándome pesaron más que aquellos detalles aborrecibles. Mientras me alejaba por el pasillo del hotel, borré su nombre de mi lista de contactos.
Salí a la calle y agradecí el silencio de la ciudad a esa hora de la madrugada.
Autor: Ana Laura Piera.








