El «combo» de Tenzin – Microrrelato.

Microrrelato para el reto de Lidia Castro: hacer un relato de no más de cien palabras inspirado en la imagen y que incluya el elemento de dado (cofre del tesoro). Opcional que mencione algo relacionado con una pista de aterrizaje.

De lejos le llegó el sonido del helicóptero descendiendo sobre la pista de aterrizaje. Del cofre con tesoros, el monje Tenzin sacó las llaves de oro.

Al tocar la del corazón, lloró por todo lo que estaba en juego; con la de la espada, sintió ganas de acabar con la amenaza de forma violenta; cuando sus dedos rozaron la de la calavera, le sobrevino la calma y se llenó de sabiduría. No había mejor arma que la palabra justa.

Disuadiría a aquellos miserables que querían poner un McDonald’s en las inmediaciones del templo Jokhang en Lhasa.

100 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Templo Jokhang. Autor: onwardtibet.org/ usado bajo licencia Creative Commons/ Esta imagen fue reducida en tamaño para usarse en esta entrada.

Nota: Yo pensaba que en el Tíbet no había McDonald´s, pero sí, hay dos en la capital, Lhasa. Pero dentro de Lhasa también hay lugares donde por preservación cultural no es posible instalarlos. Uno de ellos es el mencionado en el relato.


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Frío despertar – Cuento corto.

Me pregunto por qué ando deambulando por este lugar. La cabeza me da vueltas y siento mucho frío. Tal vez tengo fiebre. La vereda es angosta, bordeada de árboles y setos. A intervalos encuentro fuentes, bancas para descansar y plantas.
¿Estoy internada en algún hospital? ¿Qué me pasó?

Veo una pareja. La mujer lo sostiene a él, que parece sumido en un sueño muy profundo. Habrán salido a tomar el fresco. La aflicción que transmite el rostro de ella duele. Pienso que él debe estar muy enfermo. Pensaba preguntarles dónde me pueden dar informes, pero mejor sigo de largo.

La vereda dobla y desemboca en una calle muy amplia bordeada de árboles muy altos y delgados que se mecen con el viento. Generan un rumor que rompe un poco con el silencio y la calma de este sitio.

Frente a mí encuentro un edificio con una cúpula, arcos y ventanales; parece una capilla. Me asomo y un desagradable olor a flores mustias toma por asalto mi nariz. Me marcho de prisa. Paso junto a un joven hermoso. Su cara refleja una tristeza melancólica y mira hacia abajo. Me parece extraña su falta de reacción. ¿Acaso no escuchó mis pasos? ¿No sintió el revuelo del aire al caminar yo cerca de él?

Noto que me ahogo y mi corazón esta acelerado. ¿Qué es este lugar? ¿Qué me sucedió?

Una mujer hincada abraza una cruz. Creo que su mirada me sigue, pero no estoy segura. Todos están en posturas extrañas; algunos tienen los ojos hacia el cielo, como preguntándose cosas. Otros miran el suelo, queriendo encontrar una respuesta en la tierra. Manos en el pecho, brazos levantados, hombres y mujeres semiacostados, dormidos, sumidos en un sueño dulce y triste a la vez.
Veo a una niña sentada en unos escalones; su pelo le cae en cascada sobre sus hombros menudos y sonríe. ¿Qué hace una pequeña paciente por aquí? ¿Se habrá escapado? ¿O será parte de algún grupo familiar que está de visita? Me siento junto a ella y, al tocarla, percibo la frialdad y rigidez de la piedra. Un estremecimiento me recorre. Me alejo sintiendo que mi cabeza va a explotar.

Voy dejando atrás lo que ahora sé que son estatuas. No entiendo por qué no me había dado cuenta. Quizá deseaba que fueran personas de verdad. Hay ángeles solemnes, con las alas extendidas y los ojos manchados. No sé si son lágrimas o es el tiempo que destila por ellos. Estoy a punto de llorar y gritar de desesperación cuando veo una figura que emerge detrás de un arco y camina hacia mí. Una bufanda le cubre gran parte del rostro y lleva una vieja boina. Es un hombre mayor; no parece ser un sanitario, quizá un jardinero. Toma mi mano y la aprieta contra la suya, que es áspera y callosa, pero tibia y reconfortante. Caminamos en silencio. Advierto que regresamos a la vereda donde inicié. Hay una escultura que no había visto antes; tiene una flor en la mano, como si la ofrendara al cielo. Está recostada sobre una pared en la cual hay algo escrito; tiene los ojos cerrados. El lugar es bastante reciente; hay flores frescas. El hombre señala las letras: es un nombre… ¡el mío! Suelta mi mano y me da un golpecito en la espalda, como animándome a entrar.

—¡No! —grito con todas mis fuerzas e irrumpe en mi mente el recuerdo del chirrido de unos frenos, la frialdad del pavimento de piedra contra mi cara y un breve momento de lucidez donde pienso que debo parecer una muñeca rota. Luego, en medio de la oscuridad, una voz amada que me habla con desesperación hasta que lo que sea que está diciendo se diluye en el silencio.

Me acerco al monumento. Alguien puso un dije de plata junto a mi efigie. Lo recojo y siento la cálida energía de mi madre. Me sobreviene la calma. Ahora sé dónde estoy y también sé que debo descansar.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión revisada de mi publicación del 2 de enero de 2021 y hubo muchos cambios. Me pareció apropiado postearla, ya que iniciamos el mes de octubre, donde a finales del mismo inician en México las festividades de «Día de Muertos».

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Seducción sintética – cuento corto.

Juan Pablo movía, fascinado, su brazo robótico. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro, y hacía que se tocaran entre sí. Sentía como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo iluminado por frías luces de neón. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran. Era la antesala de un gran recinto estéril. Tras gruesas paredes transparentes, se guardaban partes de repuesto sintéticas. En las pupilas dilatadas de Juan Pablo se reflejaron ojos cibernéticos, extremidades biónicas e implantes neuronales. Algunos órganos, como corazones y pulmones, estaban colgados dentro de cápsulas llenas de líquido. Todo estaba organizado en estantes imantados, conectados a la electricidad. Juan Pablo sintió sus vellos erizarse, y una sonrisa de placer se instaló en su rostro.
Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de darles un acabado «natural» a estas piezas. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos; se consideraba de mal gusto ocultar su perfección.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y, a la vez tranquilo y confiado; cualquier parte era reemplazable.

En casa, Juan Pablo procuró hacer todo con su extremidad artificial mientras la de carne colgaba inerte.

En la calle, vio a alguien con dos brazos de alta tecnología. No pudo evitar contraer su mandíbula y apretar los labios. Se quedó observando al afortunado con el ceño fruncido. Cuando el hombre se volteó y sonrió, Juan Pablo respondió con una sonrisa forzada.

En su siguiente revisión médica, Juan Pablo soltó de sopetón:

—¡Necesito otro brazo robótico!

Valencia observó la mirada de desesperación, la prótesis biónica extendida hacia él con la palma abierta y el sudor en el cuello de su paciente, a pesar de que no hacía calor.

—Lo siento, Juan Pablo. Te expliqué ya que, por ahora, las sustituciones son solo en caso de que un accidente o enfermedad arruinen su contraparte humana.

Salió con la respiración acelerada y los hombros y el cuello rígidos. Se introdujo en su automóvil y dejó escapar un gemido. Luego casi rompe el volante tras golpearlo con su brazo robótico. Mientras tanto, su mano humana temblaba sobre la palanca de cambios. Camino a casa, le vino una idea. Cruzó el torso en una maniobra bastante torpe para sacar el brazo biológico por la ventana y aceleró a fondo. Justo antes de chocar contra un edificio, hizo un viraje brusco. Su cabeza se golpeó con violencia dentro del habitáculo y un hilillo de sangre escurrió por su oído. Previo al desmayo, percibió una sensación de calor extremo en el brazo destrozado.

Cuando despertó, las luces blancas y el ambiente aséptico le resultaron familiares. ¡El hospital! Levantó con dificultad ambos brazos, los dos, robóticos. Suspiró complacido. Percibió un sonido de «tic-tac». ¿Qué podía ser? Las habitaciones estaban insonorizadas. Recordaba un reloj antiguo en uno de los consultorios más alejados. Intrigado, se dispuso a tapar primero un oído y luego el otro para ver de qué lado venía el sonido. Cuando llevó su mano al derecho, notó la frialdad y dureza propias del metal. ¡Eso explicaba todo! ¡Ahora tenía un órgano auditivo robótico! Por su oído natural ese sonido no era perceptible. Ahí mismo, en su cama de hospital, al pensar en ese oído imperfecto, sintió un vacío desagradable en su estómago y falta de aire.

El grito de horror de la enfermera retumbó en el hospital. En el baño, el paciente no se inmutó. Siguió metiendo su potente dedo metálico en lo profundo de su oído izquierdo. Hurgando dentro, reventó el tímpano y trituró los delicados huesecillos internos. La sangre resbalaba por el frío y pulido metal del brazo. A través de su flamante oído derecho, Juan Pablo podía escuchar con toda precisión el sonido de cada gota de sangre al caer.

Autor: Ana Laura Piera


Este relato es una versión revisada del relato Ciborg publicado en este blog en 2021. Tras releerlo después de mucho tiempo, caí en cuenta que me faltaba mostrar más en vez de decir; y lo trabajé en ese aspecto. Gracias por leer.

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El médium – Cuento corto

Mi propuesta para el reto Literautas. Un relato de no más de 750 palabras con una frase inicial y una final obligatorias. Tema libre.

Todos guardaban algún secreto. Sus ojos huidizos y sus caras de sufrimiento los delataban. Noté que se movían raro, flotaban al ras del piso. Entonces recordé… Había sentido la gelidez del espíritu que me poseyó la última ocasión y de inmediato me faltó el aire. Era como si aquel ente no cupiera en mí del todo y mis costuras internas colapsaran. Una punzada de dolor se clavó en mi pecho. Luego, negrura.

Cuando desperté, me encontraba rodeado de aquellos espectros. Uno de ellos me reconoció:

—¡Tú eras el médium! —me dijo emocionado. Yo no lo recordaba… Tuve tantos clientes.

El lugar donde estábamos era una casa triste y vetusta. El que me habló me explicó que no podíamos salir de ella. Algo nos retenía, pero ninguno sabía qué era. Yo intuía que tenía que ver con los secretos. ¿Cuál era el mío? No podía recordarlo.

Me dediqué a recorrer la mansión, un alma en pena que intentaba escapar. El entorno era deprimente, oscuro, olía a humedad y hacía frío siempre. En uno de los pasillos superiores, sin querer, mi cuerpo rozó el de la mujer. Sentí que me recorría fuego, como cuando uno tiene una descarga eléctrica. Tuve una visión: unas manos que apretaban con fuerza una mantita infantil. Un llanto agudo que se apagó de golpe.

—Tuviste un bebé que falleció —le dije.

Sus ojos se abrieron mucho; se asomaron las lágrimas mientras se permitía recordar.

—No fue un descuido tuyo. Tus padres apretaron la manta.

Ella lloró, asintiendo.

—Se avergonzaban de él, pero yo lo amaba.

Sentí el pesar de aquella mujer, pero al mismo tiempo, su alivio. Sonrió débilmente y su cuerpo se fue haciendo niebla ligera hasta desvanecerse.

Entendí que mi don de médium no se había extinguido al morir. Quizás mi destino era liberarlos a todos y, tal vez al final, yo también sería libre.

Quedábamos cuatro.

Se corrió la voz. El primero que vino a mí fue el adolescente. Lo toqué y, tras el latigazo eléctrico, llegó la visión: el chico parado en uno de los pisos de un edificio inacabado mirando al vacío. No estaba solo.

—No te suicidaste —dije—. Te empujaron.

El chico lloró desconsolado un buen rato.

—¡Todos creyeron que me había matado! ¡Hasta yo! ¡Gracias!

Despacio, su cuerpo se deshizo en volutas de humo.

Tras la partida del joven, la casa se volvió aún más silenciosa y triste. Vino a mí un hombre muy mayor; su actitud era hosca, como si me buscara muy a su pesar. Cuando extendí mi mano para tocarlo, se apartó.

—¿Quieres que te ayude o no?

Por fin permitió el contacto. Esta vez la sensación se amplificó. La visión que me sobrevino no estaba del todo clara. Sentí un olor metálico, a hierro y muerte, dentro de una humilde vivienda y nada más. Lo volví a tocar. Esta vez vi cuerpos sin vida encharcados en su propia sangre y, en la esquina, aquel hombre salpicado de rojo y con la mirada vacía. En sus manos tenía un puñal. Solté al viejo, asqueado, y él me vio con miedo. Dudé en revelarle la verdad, pues ello supondría su liberación de aquel limbo. ¿La merecía acaso?
Decidí hablar.

—Eres un asesino. Mataste a tu familia.

El hombre abrió la boca en una mueca de horror. Se miró las manos.

—¡No! ¡No!

Esta vez no sentí alivio de parte de aquel ser. Había mucha angustia, y su cuerpo desapareció en medio de nubes tormentosas.

Solo quedaba uno.

Lo encontré junto a la puerta principal. Era el que me había reconocido.

—Se han ido todos —le dije—. Faltas tú.

—¿De verdad no te acuerdas de mí? —me preguntó divertido mientras me extendía su mano.

Lo toqué y, tras el efecto habitual, lo vi escondiendo dinero.

—Tu secreto es una fortuna que ocultaste. ¡Espera! Veo más cosas: quisiste decirle a tu mujer sobre esos fondos y requeriste los servicios de un médium. ¡Tú! ¡Tú fuiste el que entró en mí el día que morí!

—Tienes cierto don, pero en vida fuiste un vulgar estafador. Ese día, el pánico de sentir una posesión verdadera detuvo tu corazón.

La verdad dolió más que el infarto que me había llevado ahí. Mi vida entera había sido una farsa. Al igual que el asesino, quizá yo tampoco merecía salir.

Nuestros cuerpos empezaron a esfumarse. El hombre apagó las luces y contó hasta diez.

730 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Viernes – microrrelato.

Un segundo aporte para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras con un día de la semana como protagonista

Viernes tejía cestas a la sombra de una palmera. Hacía calor y de lejos le llegaba el bramido de las olas rompiendo en la playa. Su ritmo se hizo lento, desgarrando las fibras vegetales con desgano. Las dejó de lado y con el dedo, en la arena tibia, trazó con delicadeza el glifo de su nombre verdadero.

Pasó Robinson por ahí cargado de troncos y se detuvo. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, borró con el pie la figura en la arena.

—¿Otra vez escribías esa palabra horrenda?

—Nombre ser bello —dijo el indígena indignado—. Kairi ser «isla».

—Y mira a dónde te trajo ese apelativo del demonio. A esta isla olvidada en la que ibas a ser devorado por los caníbales. Pero Dios fue misericordioso y te salvé. El día que te encontré fue un viernes, así que eres Viernes y ya.

—Entonces tú también ser Viernes. Yo encontrarte ese mismo día.

Robinson lanzó un suspiro de hartazgo.

—Mi nombre no necesitaba cambiarse, el tuyo sí.

Se instaló el silencio entre ambos, roto solo por los ruidos propios de la selva.

A partir de ahí, todas las mañanas cuando el indígena despertaba, trazaba en el aire la figura de una isla y susurraba bajito: «Kairi»

Autor: Ana Laura Piera.

209 palabras.

Si eres tan amable de comentar, pon tu nombre en él porque a veces wordpress los deja como anónimos. Gracias.

Como saben, Robinson Crusoe y Viernes son los personajes de la novela de Daniel Defoe: Robinson Crusoe.


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¡Es domingo! – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras que tenga como protagonista un día de la semana.

Llegó a la cocina esperando el aroma de churros recién hechos y chocolate. En vez de eso, la recibieron una tostada poco apetitosa y el amargor del café.

—¿Pero qué coño es esto? —le gritó a Alejandro.

El tintineo de las llaves de su marido en la puerta le confirmó que estaba por salir.

—¿A dónde vas, si es domingo?

—¡¿Otra vez, Alba?! ¡Se me hace tarde! Ya hablaremos.

Deslizó el dedo por la pantalla de bloqueo del móvil que decía lunes 7 de septiembre. ¡Vaya fallo de software! Tendría que corregir eso. La bandeja de correo de su trabajo colapsaba. Era domingo, así que mejor encendió la televisión. El título de «en vivo» de un partido de tenis mentía. Ella estaba segura de haberlo visto ayer sábado. Se asomó a la ventana y constató que hasta la escuela del barrio falsificaba un lunes. ¡Qué locura!

Decidió salir en pijama a regar. El olor a tierra mojada le sacó un suspiro de placer. El calor agobiaba y, con su conjunto fresco y corto, ella se burlaba de quienes se dirigían al trabajo, sudando bajo sus trajes, vestidos o uniformes.

—Alba, ¿no vas a la oficina? —le preguntó un vecino apurado.

—¡Hoy es domingo! —gritó ella, y la cara de extrañeza de su interlocutor la mató de risa. Había algo delicioso en verlo dudar. Terminó el riego y entró en su casa. Ella misma se prepararía unos buenos churros caseros. Por suerte, tenía todo el domingo por delante.

249 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Por favor, si eres tan amable de comentar, deja tu nombre en el mismo comentario.


Este relato, publicado en la revista digital Masticadores, puedes visitar la revista AQUÍ.

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La Decisión – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando de septiembre: hacer un relato de no más de cien palabras, que incluya la runa Isa y se inspire en esta carta. Opcional que incluya la flor de bach Agrimony.

Fue al humedal a arrojar la runa Isa, que simbolizaba hielo y freno. Ya no deseaba sentirse paralizada. Quería tomar una decisión. De su ánfora bebió la infusión de Agrimonia mientras contemplaba el agua serena y transparente.

Su corazón se calmó.

Una libélula de ojos azules se posó en su hombro y le susurró la verdad.
Se levantó decidida: no huiría con Damián, el hombre prohibido.

Caminó hacia su casa, dejando en la ribera, como una cáscara vacía, la versión de ella misma que ya no le servía.

90 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.


Otro relato mío con un humedal de fondo y el tema de la transformación, aquí.

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Reflejo imposible. Cuento corto.

Mientras buscaba comida en un arruinado edificio de viviendas, encontré una cámara Polaroid Sun 600, todavía en su empaque original. Recordé a mi abuelo, aficionado a la fotografía, que decía que una instantánea era el tiempo mismo contando una historia. Sentí una alegría intensa por el hallazgo. ¿Estaría cerca lo necesario para que funcionara? En el frío sótano de la construcción encontré un empaque metálico con un cartucho de ocho disparos. ¡La suerte me sonreía por partida doble! La fecha de caducidad era viejísima, pero quizás la temperatura fresca y constante lo hubiera preservado.

Puse a prueba el funcionamiento con una toma exterior en una calle cuyo pavimento deformado y costras de asfalto narraban la desgracia. Al disparar se escuchó un «clic» seco y hubo un destello luminoso desde el flash. El ruido del motor y rodillos moviéndose me sobresaltó; todo el proceso fue escandaloso y lo que yo menos quería era llamar la atención. El equipo expulsó el papel fotográfico; percibí un aroma metálico. Con lentitud, luchando por abrirse paso a través de químicos viejos, «algo» surgía desde el gris lechoso de la capa fotosensible.

La captura mostró en primer plano mi entorno: la ciudad devastada por el abrazo apretado y fatal de la Gran Plaga de Maleza. Al intentar acabar con ella, la gente provocó incendios que en algunas partes se habían salido de control. Lo que quedaba eran fachadas negras, vigas de acero retorcido y abundancia de restos de carbón. En el centro de la imagen, sin embargo, estaba una vía bulliciosa con autos circulando en ambos sentidos. Sobre un hermoso arcén lleno de verde, una chica asiática que vendía periódicos y chucherías volteó, con un movimiento desdibujado, hacia la cámara. Quedé atónito. ¿Una escena del pasado? Hice una segunda toma y la muchacha apareció mirando de frente. En sus ojos curiosos se reflejaba el brillo del flash.

Tras capturar esas dos fotos, el contador había pasado de ocho a seis.

Emocionado, subí a uno de los malogrados pisos. Al mismo tiempo que comía una barra energética caducada, escribí con carbón en un pedazo de escombro:

«Año 2076. Soy Leo. Déjame una pista».

Bajé de nuevo. Apoyé el fragmento de concreto en mis piernas y tomé otra foto. En la imagen resultante apareció ella, desde ese pasado luminoso, con la vista en mi mensaje. ¿Habría podido leerlo?

Un silbido a lo lejos, y otro más, como una respuesta al primero, me pusieron en alerta. Apreté la Polaroid contra mi pecho. Los rapiñadores tecnológicos habían visto el resplandor o quizás escucharon al equipo trabajar. Era hora de esfumarme.

El contador cambió de seis a cinco.

Por prudencia dejé pasar algunos días antes de regresar y lo sentí como una tortura. Tenía la ilusión de que ella me hubiera dejado alguna señal. Estando ahí, revisé cada hendidura en el pavimento. Cotejé las tomas que tenía con el presente y una jardinera llamó mi atención. De ella solo quedaba un trozo de piedra ennegrecida. La revisé. Traté de moverla sin éxito. Escarbé alrededor, cada vez más profundo. Encontré una cajita de metal ahogada en resina. Emocionado, me la eché en el bolsillo. Estaba seguro de que contendría algo para mí. Antes de irme hice otro disparo; el obturador se atascó. Frenético, le di unos golpecitos hasta liberarlo, pero no obtuve ninguna imagen. Repetí y, aunque el mecanismo funcionó bien, el revelado volvió a fallar. Los químicos necesarios quizás se encontraban ya muy degradados. Si no hubiera sentido la cajita de metal conmigo, lo habría pasado fatal.

Tras esos dos intentos infructuosos, el contador ahora aparecía en tres.

En cuanto pude, rompí el sello de resina y saqué la caja. Era reducida, pero robusta. La abrí con no poca dificultad. Dentro encontré un recorte de periódico descolorido doblado sobre sí mismo muchas veces, para que cupiera. Lo extendí con cuidado; se me rompió en los lugares del doblez, así que al final lo leí casi como un rompecabezas. Se veía una fecha: 21 de abril de 2026. Un titular llamó mi atención:

«Esfuerzos por terminar con el crecimiento anormal de la maleza en diferentes partes del mundo no rinden frutos».

En una esquina, escrito a mano, leí:

«¡Te veo en el destello! Soy Kim. Te dejo un regalo. No están contaminadas».

Sentí que mi energía subía al máximo: ¡Ella me veía!, y por el recorte escogido tal vez intuía que yo la observaba desde aquel futuro sórdido. Encontré semillas de hortaliza con sus nombres en bolsitas de papel: zanahoria, calabaza y tomate; también granos enteros de arroz y avena. Aquello era un tesoro, pues ninguna verdura o cereal se había salvado de la destrucción de la Gran Plaga. Hasta ese momento sobrevivíamos con comida vieja, hongos secos e insectos. ¿Seguirían viables?

Exploré hasta encontrar un sitio alejado donde pudiera sembrar los granos de Kim. En medio de un terreno lunar con parches negros, vi los despojos de una granja. En las inmediaciones, encontré un pozo profundo cuya boca había colapsado. Pasé días retirando la obstrucción hasta que fue posible bajar un balde pequeño con una soga improvisada con ropa vieja. El agua no estaba cristalina, pero era eso o nada. Ayudado por un azadón corroído, delimité un área pequeña y limpié la costra calcinada dejada por la plaga. Aireé y volteé la tierra hasta que, entre el suelo oscuro, vi el reflejo húmedo de lombrices retorciéndose. Aquello era una muy buena señal. Hice surcos y deposité las frágiles semillas en el sustrato. No sabía si lo que había causado el desastre seguía latente o no.

Mi motivación se volvió buscar indicios de que la vida se abría paso en aquel pedacito de tierra. Tras varios días, pequeñas plántulas emergieron. Su alegre verdor contrastaba con el gris oscuro cenizo de aquel mundo devastado. Su germinación me devolvió la fe en el tiempo venidero. Cuando estuvieron más crecidas, quise fotografiarlas. Rogué por una toma efectiva. A pesar de que la cámara hizo ruidos agónicos, logró expulsar la foto, que mostró sembradíos y la granja íntegra, como había sido, y al frente: ¡Mis plantas!

El contador pasó de tres a dos.

Regresé al sitio de Kim. Me tomé un autorretrato sosteniendo la instantánea de la granja. Fue otro fracaso. Pero quizás ese intento fallido la alertaría para acercarse. Yo temblaba, ¡el que seguía era el último disparo que quedaba! La Polaroid emitió un crujido de engranajes rompiéndose. Escuché otra vez silbidos acompañados de gritos guturales. Sentí los vellos de mi piel erizarse. La dejé en el piso: los merodeadores se detendrían a revisarla y eso los demoraría. Con la última fotografía en mi mano corrí mientras se iba revelando la imagen: en primer plano, las plantas, luego yo; detrás, Kim. Ambos sonreíamos. La captura mostraba nuestra historia y la que estaba por venir.

Autor: Ana Laura Piera.


Este relato en la revista digital Masticadores, AQUÍ.

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La plaga – Microrrelato.

Detesto los lugares oscuros y mal ventilados; por eso mi ventana siempre estaba abierta. Quizá llegaron a mi planta Monstera en una ráfaga de aire, o tal vez adheridos a las patas de un insecto.

No es una plaga cualquiera. Su voracidad ya costó la mitad de sus hojas a la Monstera. Tomé uno y lo puse bajo el microscopio. Son personas diminutas. Hay niños, ancianos, bebés, mujeres y hombres. Van desnudos y sus rostros están deformados por unos enormes dientes en forma de sierra, como los de los tiburones.
Su forma humana me tomó por sorpresa.

Se han extendido a otra de mis macetas y hoy encontré uno vagando por la cocina. Sentí un incipiente dolor de cabeza. Por impulso, apoyé mi dedo índice sobre él y dejó de moverse. Impregné algodón con alcohol y lo pasé con fuerza por las hojas y tallos de mis pobres plantas. Al hacerlo, la torunda se saturó de un líquido rojizo y otras cosas que prefiero no imaginar. Puse mis fumigantes habituales, no solo en mis plantas sino en toda mi casa. Por último decidí poner un mosquitero.

Esta madrugada, el silencio se rompió con un roce metálico contra la ventana.
Me acerqué al mosquitero recién instalado y pude oír el chirrido rítmico y persistente de cientos de dientes tratando de serrar la malla…

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: relato inspirado en una lucha real vs. una plaga de cochinilla de escama en mi Monstera deliciosa.


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El enfermero – Microrrelato.

Voy vestido con un traje de enfermero y un gafete de identificación falso. Me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado: mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado que el personal me vea como uno de los suyos. Me he librado de sus gestos de recelo, pero no de mi problema. Si no fuera por eso, sería perfecto.

He pasado incontables horas observando y escuchando todo a mi alrededor. Así he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos. La mañana que inyecté a alguien por primera vez sucedió de nuevo: me sentí flotar y desde arriba me veía a mí y al paciente. Por suerte, una de las enfermeras que pasaba detuvo mi brazo y lo movió hacia la zona correcta del glúteo donde debía entrar la aguja.

—¿Qué te sucede? ¿Estás enamorado? ¡No querrás dejarlo cojo!

El contacto hizo que «regresara a mi cuerpo». A pesar de pequeñeces como esta, ya no pienso que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad de Medicina.

Casi no recuerdo ya mi vida de antes. Pero una vez, recién llegado al hospital, me quedé encerrado sin querer en el cuarto de la limpieza. El olor de algunos desinfectantes trajo a mi mente, de forma vívida, mi pasado: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Menos mal que uno de los conserjes escuchó mis gritos de desesperación y me sacó.

Me anima mucho que el «Gastro», el Dr. Cortés, me salude siempre. La gente dice que es un arrogante, pero yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un enfermo, ayudarlo con el interminable papeleo. ¡Hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortés me ha pedido que lo asista en una apendicectomía. No se acordaba de mi nombre; en vez de Axel, dijo Miguel, pero no importa. Casi no lo puedo creer: ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado. Me ha sobrevenido un persistente temblor en las manos, supongo que es por los nervios. He pasado por el quirófano donde haremos la operación. No pude resistirme y me acosté en la mesa quirúrgica. Vi una copia exacta de mí con un escalpelo en la mano y a punto de hacer una incisión en mi carne. Me levanté de prisa. Iré a Psiquiatría, solo necesito saber qué medicamento tomar para que se vayan las alucinaciones y los temblores. Ya no puedo posponerlo. Los pacientes merecen lo mejor. Creo que si me lo propongo, podré hacer la transición a médico y, ¿por qué no? Quizás llegue a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

Versión revisada de un relato publicado en este blog el 24 de junio de 2021


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