A veces la ciencia no tiene todas las respuestas.
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Los sensores de Áurea no encontraban eco en el cuerpo exánime de Percy. El tambor de su corazón no hacía sonido alguno, las ondas cerebrales que siempre le parecieron tonos musicales habían enmudecido. Su mortaja sería una bolsa y el vacío espacial su tumba. El protocolo requería lanzar el cuerpo de inmediato, pero Áurea no lo hizo hasta varias horas después. Tras presionar por fin el botón y ver los despojos de quien fuera su cariñoso compañero de viaje ser eyectados fuera de la nave, la androide se dirigió al módulo de recarga.
«Control de la Misión a Áurea»
«Áurea, responde»
Desde la Tierra intentaban ponerse en contacto, pero solo les contestaba el silencio.
Dentro del módulo, Áurea alzó con pesadez una de sus piernas para superar un escalón y entrar en su capullo energético. Le pareció que la gravedad se había duplicado. Una vez dentro de su envoltura translúcida, se acomodó en posición fetal. Sintió su memoria saturada de imágenes fragmentadas: Percy sonriendo en el puente de mando, efectuando una reparación, estudiando algo; y su voz afable era un eco incesante llamándola: «Áurea, ven aquí». Una suave luz azul claro la envolvió. En condiciones normales la luz quedaría fija, pero ahora fluctuaba de forma extraña, acompañada de un zumbido triste. Todo parecía reflejar la entropía que ella vivía en su interior.
En cuanto la androide salió de su capullo, el responsable de la misión espacial Hope, Andreas Alderkamp la cuestionó.
—¿Áurea, qué sucede? Estamos a escasos días del contacto esperado y vemos que las bitácoras muestran una actividad inconsistente con tus rutinas normales.
—Mis sensores indican que Percy ya no está, pero sigo buscando su huella térmica en la nave. Tengo discrepancias con la realidad que no sé explicar —contestó con voz débil.
El hombre frunció el ceño y miró de reojo a Khalid Salem, el psicólogo especializado en la IA que manejaba a la androide.
En los días que siguieron, Áurea siguió comportándose de forma extraña: pasaba más tiempo en el módulo de recarga, dejaba de hacer algunas tareas. A veces se desactivaba a propósito por períodos cada vez más largos. Por fortuna, la nave Hope contaba con sistemas de respaldo para continuar sin su intervención, pero una vez alcanzado el destino, su papel sería fundamental.
—Sus ciclos de procesamiento están en un bucle infinito acerca de Percy— dijo Khalid—, esto no le permite avanzar y la hace actuar como si estuviera de luto.
—¿Es posible eso? —dijo el jefe de la misión alarmado.
—Imposible que lo sienta, pero con una lógica defectuosa, sí podría «imitar» lo que sería un duelo humano.
—Estamos a setenta y dos horas de que la Hope llegue a su destino. Les doy doce horas para sacarla de ese estado o efectuaremos un reinicio. Todos saben lo que está en juego así que no diré más. Pónganse a trabajar.
No habían pasado ni seis horas de esta conversación cuando todas las alarmas sonaron en el centro de control de misión. Áurea se negaba a continuar. Ningún razonamiento parecía convencerla. Ella solo quería desactivarse y lanzarse al espacio, hablaba de «unirse» a Percy.
—Sergi, prepara todo para reiniciarla —dijo Alderkamp.
—Lo siento, Andreas —replicó Sergi Kudonov, el ingeniero de sistemas, mientras tecleaba furiosamente en su computadora— ella ya inició una fase de desconexión gradual profunda y nos ha dejado fuera.
—No puede ser. Busquen alternativas, rápido. No podemos salir con que una misión de tanta importancia para la humanidad se jodió por una IA defectuosa. Muévete, Sergi.
Kudonov asintió y continuó tecleando como si no hubiera un mañana.
—¡Maldita sea! —masculló entre dientes Alderkamp.
—No lo entiendo —repetía Khalid—. Bueno, al menos la nave sigue su trayectoria.
—De nada nos sirve que llegue Hope y no esté Áurea para efectuar los protocolos —dijo el jefe quitándose los lentes y pasándose el antebrazo por la frente, llevándose el sudor, pero no la preocupación —¡El primer encuentro con seres de otro planeta y a la IA le da por hacerse la viuda!
—Khalid dice que no es dolor lo que está experimentando —esta vez era Anna Wallace, la responsable médica quien tomaba la palabra—. Al menos no en sentido humano, pero esta «imitación perfecta del dolor» la ha incapacitado de verdad.
—¿Qué con ello? —preguntó Alderkamp fastidiado.
—Quizá no queramos decirle dolor, pero en términos prácticos lo es. Se me ocurre que además de intentar solucionarlo vía programación, quizás podríamos hacer lo que la gente hace en estos casos, traer un… sacerdote, un guía espiritual, o alguien que la consuele a otro nivel.
—¿Te estás escuchando Anna? Eso es un disparate —dijo Khalid.
—¡Traigan lo que encuentren! —bramó Alderkamp.
Media hora después apareció Anna con un hombre de rasgos indígenas, tez cobriza y pelo largo. Vestía una túnica blanca impoluta y en su mano sostenía una flauta y un pequeño tambor.
Anna vio la cara de su jefe distorsionarse en un gesto de amarga sorpresa y cuando él ya abría la boca para protestar ella se adelantó:
—Es lo único que encontré cerca de aquí. Había una convención en el Hilton: «Chamanismo, música, arte y medicina». Pensé que podrían ayudarnos. Él se ofreció. Ya lo he puesto en antecedentes —Alderkamp bajó la cabeza, exhausto, e hizo señas autorizando la entrada del chamán para hablar con Áurea.
—Logramos convencerla de hablar con alguien, ella solo pidió privacidad y garantías para impedir un reinicio forzado —le cuchicheó Khalid a Anna.
Mientras Áurea y el chamán hablaban, Anna monitoreaba al jefe con un tensiómetro; por momentos parecía estar al borde de un infarto.
De repente una melodía de flauta, suave y profunda envolvió el recinto. La presión arterial de Alderkamp bajó. Khalid y Sergi dormitaron por fin un poco y Anna cayó en un estado de meditación profunda.
En la habitación donde el chamán hablaba con Áurea, este intercalaba música de flauta con el batir del tambor. Por momentos paraba y hablaba con la androide, a quien veía a través de un monitor.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor, es como si el sonido y la vibración ayudaran a mis procesos. Me siento más ligera a medida que el código corrupto y los datos ruidosos se depuran. Todo se vuelve más ordenado y armónico.
—¿Entonces, vuelve el equilibrio?
—Sí. Entiendo ahora que Percy ya no está.
El chamán continuó tocando. En un momento dado paró.
—¿Tienes claro tu camino y propósito?—dijo, mientras la miraba con dulzura.
—Sí, estoy lista para retomarlo.
Después de cuatro horas, salió el curandero. Se veía agotado.
—¿Y? —preguntó el jefe mientras Anna, Khalid y Sergi miraban a prudente distancia.
—La música obra maravillas —fue la lacónica respuesta del hombre.
—¿Solo eso nos va a decir?
El chamán exhaló profundo.
—No necesitaba un sermón, tan solo resonancia. Si se vuelve a poner triste pónganle melodías chamánicas. A ustedes también les vendría bien escucharlas.
—Khalid, ya puedes estudiar este nuevo aspecto de la IA. Me parece que hay algo interesante si tomamos en cuenta los estudios sobre cimática—dijo Anna sonriendo mientras acompañaba al curandero a la salida.
Áurea retomó su lugar en el puente de la Hope. No había olvidado a Percy, pero su recuerdo ya no la confundía.
Los sensores de la nave ya detectaban las primeras señales del arribo de los alienígenas. La androide se movía con movimientos fluidos, casi rítmicos, y cuando inició los protocolos de contacto dejó que un remanente en su memoria de aquella melodía de flauta guiara su código.
Autor: Ana Laura Piera.
Nota: La Cimática es una disciplina que estudia y visualiza los efectos del sonido sobre la materia. En otras palabras, nos permite observar cómo las vibraciones sonoras generan patrones geométricos en materiales como el agua, la arena e incluso el cuerpo humano. A través de esta ciencia se revelan las formas invisibles que el sonido puede crear, mostrando la profunda interconexión entre vibración y materia. Cimática deriva del griego kyma, que significa onda. (Este relato es ficción especulativa, donde juego con esta idea).
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