Reflejo imposible. Cuento corto.

Mientras buscaba comida en un arruinado edificio de viviendas, encontré una cámara Polaroid Sun 600, todavía en su empaque original. Recordé a mi abuelo, aficionado a la fotografía, que decía que una instantánea era el tiempo mismo contando una historia. Sentí una alegría intensa por el hallazgo. ¿Estaría cerca lo necesario para que funcionara? En el frío sótano de la construcción encontré un empaque metálico con un cartucho de ocho disparos. ¡La suerte me sonreía por partida doble! La fecha de caducidad era viejísima, pero quizás la temperatura fresca y constante lo hubiera preservado.

Puse a prueba el funcionamiento con una toma exterior en una calle cuyo pavimento deformado y costras de asfalto narraban la desgracia. Al disparar se escuchó un «clic» seco y hubo un destello luminoso desde el flash. El ruido del motor y rodillos moviéndose me sobresaltó; todo el proceso fue escandaloso y lo que yo menos quería era llamar la atención. El equipo expulsó el papel fotográfico; percibí un aroma metálico. Con lentitud, luchando por abrirse paso a través de químicos viejos, «algo» surgía desde el gris lechoso de la capa fotosensible.

La captura mostró en primer plano mi entorno: la ciudad devastada por el abrazo apretado y fatal de la Gran Plaga de Maleza. Al intentar acabar con ella, la gente provocó incendios que en algunas partes se habían salido de control. Lo que quedaba eran fachadas negras, vigas de acero retorcido y abundancia de restos de carbón. En el centro de la imagen, sin embargo, estaba una vía bulliciosa con autos circulando en ambos sentidos. Sobre un hermoso arcén lleno de verde, una chica asiática que vendía periódicos y chucherías volteó, con un movimiento desdibujado, hacia la cámara. Quedé atónito. ¿Una escena del pasado? Hice una segunda toma y la muchacha apareció mirando de frente. En sus ojos curiosos se reflejaba el brillo del flash.

Tras capturar esas dos fotos, el contador había pasado de ocho a seis.

Emocionado, subí a uno de los malogrados pisos. Al mismo tiempo que comía una barra energética caducada, escribí con carbón en un pedazo de escombro:

«Año 2076. Soy Leo. Déjame una pista».

Bajé de nuevo. Apoyé el fragmento de concreto en mis piernas y tomé otra foto. En la imagen resultante apareció ella, desde ese pasado luminoso, con la vista en mi mensaje. ¿Habría podido leerlo?

Un silbido a lo lejos, y otro más, como una respuesta al primero, me pusieron en alerta. Apreté la Polaroid contra mi pecho. Los rapiñadores tecnológicos habían visto el resplandor o quizás escucharon al equipo trabajar. Era hora de esfumarme.

El contador cambió de seis a cinco.

Por prudencia dejé pasar algunos días antes de regresar y lo sentí como una tortura. Tenía la ilusión de que ella me hubiera dejado alguna señal. Estando ahí, revisé cada hendidura en el pavimento. Cotejé las tomas que tenía con el presente y una jardinera llamó mi atención. De ella solo quedaba un trozo de piedra ennegrecida. La revisé. Traté de moverla sin éxito. Escarbé alrededor, cada vez más profundo. Encontré una cajita de metal ahogada en resina. Emocionado, me la eché en el bolsillo. Estaba seguro de que contendría algo para mí. Antes de irme hice otro disparo; el obturador se atascó. Frenético, le di unos golpecitos hasta liberarlo, pero no obtuve ninguna imagen. Repetí y, aunque el mecanismo funcionó bien, el revelado volvió a fallar. Los químicos necesarios quizás se encontraban ya muy degradados. Si no hubiera sentido la cajita de metal conmigo, lo habría pasado fatal.

Tras esos dos intentos infructuosos, el contador ahora aparecía en tres.

En cuanto pude, rompí el sello de resina y saqué la caja. Era reducida, pero robusta. La abrí con no poca dificultad. Dentro encontré un recorte de periódico descolorido doblado sobre sí mismo muchas veces, para que cupiera. Lo extendí con cuidado; se me rompió en los lugares del doblez, así que al final lo leí casi como un rompecabezas. Se veía una fecha: 21 de abril de 2026. Un titular llamó mi atención:

«Esfuerzos por terminar con el crecimiento anormal de la maleza en diferentes partes del mundo no rinden frutos».

En una esquina, escrito a mano, leí:

«¡Te veo en el destello! Soy Kim. Te dejo un regalo. No están contaminadas».

Sentí que mi energía subía al máximo: ¡Ella me veía!, y por el recorte escogido tal vez intuía que yo la observaba desde aquel futuro sórdido. Encontré semillas de hortaliza con sus nombres en bolsitas de papel: zanahoria, calabaza y tomate; también granos enteros de arroz y avena. Aquello era un tesoro, pues ninguna verdura o cereal se había salvado de la destrucción de la Gran Plaga. Hasta ese momento sobrevivíamos con comida vieja, hongos secos e insectos. ¿Seguirían viables?

Exploré hasta encontrar un sitio alejado donde pudiera sembrar los granos de Kim. En medio de un terreno lunar con parches negros, vi los despojos de una granja. En las inmediaciones, encontré un pozo profundo cuya boca había colapsado. Pasé días retirando la obstrucción hasta que fue posible bajar un balde pequeño con una soga improvisada con ropa vieja. El agua no estaba cristalina, pero era eso o nada. Ayudado por un azadón corroído, delimité un área pequeña y limpié la costra calcinada dejada por la plaga. Aireé y volteé la tierra hasta que, entre el suelo oscuro, vi el reflejo húmedo de lombrices retorciéndose. Aquello era una muy buena señal. Hice surcos y deposité las frágiles semillas en el sustrato. No sabía si lo que había causado el desastre seguía latente o no.

Mi motivación se volvió buscar indicios de que la vida se abría paso en aquel pedacito de tierra. Tras varios días, pequeñas plántulas emergieron. Su alegre verdor contrastaba con el gris oscuro cenizo de aquel mundo devastado. Su germinación me devolvió la fe en el tiempo venidero. Cuando estuvieron más crecidas, quise fotografiarlas. Rogué por una toma efectiva. A pesar de que la cámara hizo ruidos agónicos, logró expulsar la foto, que mostró sembradíos y la granja íntegra, como había sido, y al frente: ¡Mis plantas!

El contador pasó de tres a dos.

Regresé al sitio de Kim. Me tomé un autorretrato sosteniendo la instantánea de la granja. Fue otro fracaso. Pero quizás ese intento fallido la alertaría para acercarse. Yo temblaba, ¡el que seguía era el último disparo que quedaba! La Polaroid emitió un crujido de engranajes rompiéndose. Escuché otra vez silbidos acompañados de gritos guturales. Sentí los vellos de mi piel erizarse. La dejé en el piso: los merodeadores se detendrían a revisarla y eso los demoraría. Con la última fotografía en mi mano corrí mientras se iba revelando la imagen: en primer plano, las plantas, luego yo; detrás, Kim. Ambos sonreíamos. La captura mostraba nuestra historia y la que estaba por venir.

Autor: Ana Laura Piera.


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El umbral de la soledad – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de Junio: Escenario: Japón. Incluir dos palabras originales japonesas. Explicarlas al final del relato.
Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.

Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.

—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.

—No saldré.

—¿Qué? ¿Estás enfermo?

—No.

—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.

Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.

No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.

Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.

—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.

—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.

Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».

Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.

—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!

Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.

Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.

Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.

Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.

Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori

Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».

Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.

Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.

Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.

Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.

Me acerco a ella e inclino la cabeza.

—Hola Misaki.

Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.

—¡Haru!

Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».

Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.

—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.

Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.

—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.

La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.

—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?

—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.

—Lo siento mucho.

—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.

—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.

—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.

Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.

—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.

¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.

—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.

—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.

—Entiendo.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.

—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?

—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.

Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.

Autor: Ana Laura Piera.


Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.

Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.

Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.

Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.

Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.

Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.


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Navegante Eterno. Cuento Corto.

Tiempo de lectura: 5 minutos.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de Agosto 2025, donde hay que hacer un relato basado en una imagen que escojamos de una galería que se nos presenta. Yo he escogido la que acompaña al texto (más abajo).


El océano era su vida. Había nacido en un velero, y seguía, de adulto, viviendo en uno, convertido a la vez en su hogar y medio de transporte. Sentir el rostro salpicado de brisa marina y su melena larga ondeando al viento mientras el casco blanco del «Ola Azul» atravesaba raudo la inmensidad líquida, era uno de sus más grandes placeres.

Se acercaba a tierra solo para abastecerse de agua dulce y algunos artículos necesarios: frutas, vegetales e implementos para reparar su embarcación. La proteína de su dieta venía de la pesca con arpón o red.

Se consideraba un nómada de océanos y mares. Siempre viajaba solo, evitando el contacto humano al máximo, desde que de niño sufrió la muerte de sus padres a manos de piratas que les abordaron para robarles. Su madre le salvó ocultándolo tras un gabinete.

La poca gente que le conocía, por sus infrecuentes arribos a pueblos costeros le tenían por loco y le auguraban una muerte solitaria y trágica.

Él no temía a esa muerte. Infinidad de veces se enfrentó a tormentas sin haber tenido tiempo de guarecerse. Maniobraba lo mejor que podía y aunque tenía fe en sí mismo y en el «Ola Azul», sabía que la suerte alguna vez acabaría y estaba listo para eso.

Nunca imaginó lo que el destino le tenía reservado:

Una tarde tormentosa, bajó a su camarote por un impermeable. De improviso, el violento vaivén de las olas dejó de sentirse y la embarcación toda crujió. Alarmado, escuchó el mástil romperse. Siguió un silencio ominoso. Emergió del camarote a una noche helada y oscura como boca de lobo. El barco parecía estar encallado en tierra firme. Con las primeras horas de la mañana sus ojos encontraron un paisaje surreal: su barco arruinado en medio de un vasto desierto.

Dawn Rose / Pixabay /Imagen elegida para inspirar el relato.

Bajó del velero, y sus pies, acostumbrados a la frescura del mar, se encontraron apresados por una arena seca y fina que le causó una sensación desagradable. Avanzó con dificultad, revisando el casco del «Ola Azul», que estaba roto en varios sitios. Desolado, miró a lo lejos y hasta donde alcanzaba la vista todo era yermo. Se derrumbó, incapaz de comprender lo sucedido. Así estuvo un buen rato, hasta que sintió que la arena, calentada por un sol inmisericorde, le quemaba la piel. La temperatura, que por la noche había estado tan baja, ahora subía hasta volverse insoportable. Al incorporarse, vio el árido paisaje a lo lejos desdibujarse entre ondas de calor. Buscó refugio en el camarote de su malograda embarcación, sacó una botella de whisky y se puso a beber.

Cayó en un sueño agitado inducido por la combinación de alcohol y calor. Soñaba que buceaba, arpón en mano, arropado por el mar. Sus ojos grandes observaban a las criaturas maravillosas que vivían en aquel vasto mundo: cardúmenes de peces, tiburones, rayas… Despertó justo cuando lanzaba el arpón a un pez, que en circunstancias normales se hubiera vuelto su comida. Reencontrarse con aquella realidad de pesadilla le afectó. ¿Qué había sucedido? Recordó la noche de la tormenta… quizás la fortuna se le había agotado y estaba muerto. O tal vez cruzó un umbral a otra dimensión. Esto último lo desechó, pues siempre fue un hombre práctico que no creía en esas cosas. La muerte tenía más sentido aunque le sorprendía el hecho de seguir experimentando hambre y sed. Le hubiera gustado ver a sus padres, pero la soledad le había seguido hasta en la muerte.

Al atardecer decidió explorar un poco alejándose del barco. Como adivinando su intención, un viento insidioso que barría la arena con movimientos de serpiente lo desalentó. Pronto el viento se volvió tormenta, levantando arenilla que le cegaba y golpeaba como alfileres. Tuvo que encerrarse en el camarote. Tapó ventanas con lo que pudo, pues las pequeñas y finas partículas se colaban por todos lados. ¿Qué clase de infierno era aquel? ¿Qué dios podía ser tan cruel que le cambiara su amado océano por un desierto estéril y su amado velero, donde había sentido la libertad más hermosa por una cárcel?

Cuando el agua y el vino se acabaron, se preguntó, ¿qué seguiría? ¿Morir de nuevo? Presa de la desesperación, deseó con vehemencia algo imposible: que lloviera sobre aquel arenal inclemente. A lo lejos escuchó sobresaltado el ruido inconfundible de un relámpago. Miró en esa dirección, y observó incrédulo nubes oscuras, cargadas de líquido, que pronto estaban encima, derramando generosamente su contenido. Rió como un loco, bailó y saltó en medio de aquella lluvia. Luego reaccionó y sacó recipientes para recolectar el agua. La lluvia terminó pronto, pero fue suficiente para llenar sus reservas y refrescar su maltratado cuerpo. Trató de encontrarle lógica a lo que acababa de pasar. Desconocía casi todo sobre los desiertos, no sabía si era posible que lloviera en ellos, aunque fueran desiertos del inframundo. ¿Acaso su deseo había tenido algo que ver? Bebió aquella agua de lluvia, definitivamente se sentía real.

Al acabarse la comida deseó tener peces entre sus manos, para cocinarles y comer. Tras unos segundos, escuchó de nuevo un tronido que venía del cielo. Primero, cayó un pez sobre la cubierta. Escéptico, lo tomó. El animal se retorcía furioso, sintió la humedad de la escamosa y acerada piel. La boca se abría y cerraba en un vano intento por respirar. Luego, cayeron otros cuatro más. Estupefacto, miró aquella bonanza inesperada. Si aquello era la vida después de la muerte, quizás él todavía podía influir en ella.

La tristeza cambió a expectación. Tal vez él tenía potencial para cambiar su realidad. ¿Hasta dónde podría transformar aquello que le rodeaba? Imaginó el mar, se vio a bordo del «Ola Azul», disfrutando días de calma y también sorteando tempestades, necesarias para templar el espíritu.
Poco a poco, la seca arena se humedeció. Se formaron charcos que gradualmente se interconectaron, y el nivel del agua subió lentamente. La embarcación, antes fracturada, ahora flotaba sin problemas sobre un mar imaginado. Se dispuso a navegar en aquel imposible. No sintió mucha diferencia con los mares que había conocido antes. Un agradable viento le acarició el rostro. Volvió a ser feliz. Decidió cambiarle el nombre a su velero, de «Ola Azul» a «Navegante Eterno».

La muerte no era el fin de todo, sino el inicio de algo nuevo, algo sobre lo cual él todavía tenía algo que decir.

Ana Piera.

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Ecos en el Agua – Cuento Corto

Mi propuesta para el concurso de Tarkion en su blog IAdicto Digital, el tema oficial es «relatos desde el otro lado del espejo».

El recipiente de tosco barro negro se sentía húmedo mientras lo sostenía con sus dedos nudosos y arrugados. Le había tirado el agua usada con una clienta que deseaba saber si su marido infiel regresaría a ella.

Vertió con cuidado agua nueva, proveniente de un odre de cuero que contenía el líquido, recolectado en noche de Luna llena.

En su humilde cuarto del barrio de indios de San Sebastián, no había gran cosa, apenas un petate donde dormía, un poco de loza de arcilla y un solitario crucifijo de madera en una pared. Se acomodó en la burda estera y tomó la vasija entre sus manos. El espejo líquido la reflejó: la cara marchita, los rasgos indígenas, sus ojos, dos pozos de melancolía, tapados por mechones de pelo lacio, escapados de la cinta que los sujetaba.

Su propia imagen le causaba curiosidad, a veces se detenía demasiado mirándose y olvidaba su propósito. Y es que los espejos, los de verdad, resultaban inalcanzables, decían que venían de un lugar lejano llamado Italia y solo podían costeárselos los ricos. Antes de la caída de Tenochtitlán, se hacían con mosaicos de pirita pulida, o de obsidiana. Los artesanos tardaban mucho tiempo en hacerlos y únicamente los sacerdotes y la nobleza podían permitírselos.
«Igual que ahora» —pensó. Solo que en aquella época no se usaban para mirarse en ellos, eran puertas de comunicación con los dioses o ancestros y una fuente de conocimientos ocultos.

Se dijo a sí misma que debía concentrarse.

Pequeñas ondas en el líquido desdibujaron su rostro, luego el agua se aquietó.

Se vio joven, huérfana, regresando a la vencida Tenochtitlán y buscando la casa familiar. Anhelaba verla en pie, con sus dos cuartos de fresco adobe alrededor de un pequeño patio, y el techo plano formado de carrizo recubierto con barro. Ya no existía. Lo que fue su hogar era un terreno ganado por la maleza. Se metió en ella buscando la huella de cada lugar amado. Le llamó la atención algo en la tierra, un pedazo de roca blanquecina, lo recogió y al mirarlo de cerca se dio cuenta de que era un trozo de hueso humano. Lo soltó con horror y salió corriendo. Meses atrás se habían retirado los cadáveres, reparado los puentes y calzadas e iniciado el nuevo trazo de la ciudad, mas aún se podían encontrar estos mudos testigos de la lucha cruenta que se libró.

Un par de sacerdotes que pasaban la llevaron a la fuerza a un colegio para indias. Ahí le impusieron la nueva religión y la nueva lengua. Después, fue criada personal de una monja tirana, en el triste y oscuro convento de Nuestra Señora de la Expectación.

Carmen se desesperó, no quería ver su vida, sino saber cuando moriría. Tenía 76 años.

El agua, que con los clientes obedecía mansa sus deseos, no le hizo caso y siguió mostrándole el pasado:

Su casamiento con otro indio. Este tenía una casa con una parcela en el barrio de Santa María, que se había salvado parcialmente de la destrucción. Las autoridades indias y españolas se la reconocieron después de que muchos testigos indígenas dieran fe de que esas tierras eran de los padres y abuelos de su marido y de que «siempre las habían tenido». Al quedar viuda, el alcalde le «aconsejó» que vendiera la propiedad. Vender la tierra era un concepto nuevo, que no se sentía bien. La tierra siempre había tenido un valor de uso, su fin era para el propio mantenimiento, pero con la llegada de los europeos, pasó a ser una mercancía más. La vendió presionada y a muy bajo precio a un español. Carmen entonces se fue a vivir a San Sebastián. Sus ahorros y su don de leer en el agua la sostuvieron. Un don peligroso, pues la adivinación estaba muy penada. Siempre se arriesgó a acabar en la temida cárcel inquisitorial, pero había tenido suerte.

Su vida, siendo mujer, nunca fue fácil, ni en Tenochtitlán ni en Ciudad de México. A causa de la conquista del imperio mexica, había sido testigo de la derrota espiritual de los suyos, que sabía peor incluso que la derrota material. Vio a su pueblo diezmado por la violencia y las epidemias, obligados a adaptarse a nuevas formas de vida. Ya no había un sentido fuerte de comunidad como antes. Se había quedado sola. La tristeza, que la carcomía, y la continua sensación de no pertenecer, la habían acompañado desde el momento en el que ya nada volvió a ser igual.

Las escenas cesaron y quedó su cara que cambiaba, de la cansada mujer actual, a la que fue, y se preguntaba cuál de las dos era la más genuina.

Pidió, con todas sus ganas, al espejo de agua que le revelara cuándo moriría, pues estaba cansada de transitar entre dos mundos y formas de hacer las cosas. El líquido vibró, como burlándose de su deseo.

Ella dejó el cuenco a un lado y miró pensativa el crucifijo de la pared. Ahí, sacrificado en un madero, el dios cristiano, el «verdadero», cuyos acólitos predicaban su amor inconmensurable y que solo había traído caos, muerte y sufrimiento.
Luego, desmontó un pedazo de piso falso. Sacó una efigie en barro de la diosa Chalchiuhtlicue, la de la «falda de jade», consorte de Tláloc el dios de la lluvia, y ella misma, diosa del agua terrestre, de manantiales y lagos; la que tenía poder sobre todas las manifestaciones acuáticas de la naturaleza. Le pidió que la próxima vez que consultara el «agua de luna», esta le revelara, sin rodeos, lo que en verdad quería saber.

935 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Nota: Soy mexicana y me fascinan los temas prehispánicos. Soy consciente de que toda conquista trae consigo violencia y cambios. Los mexicas mismos fueron un pueblo conquistador y por ello los pueblos bajo su dominio, se aliaron a Hernán Cortes. Los tlaxcaltecas y totonacas fueron clave para lograr la derrota de los mexicas. Lo más irónico de todo es, que al final, terminarían sirviendo a sus antiguos aliados y perdiendo su propia cultura y religión. Los mexicanos de hoy somos el fruto de ese choque entre dos mundos. De mi parte yo abrazo tanto mi herencia española, como mi herencia indígena. Los respeto a ambos.

Si gustas saber más de cómo se organizó la Ciudad de México luego de la derrota de Tenochtitlán, puedes entrar AQUÍ.

Si tienes curiosidad te dejo este video sobre cómo eran los diferentes tipos de viviendas prehispánicas, da clic AQUÍ.

Otros de mis relatos con el tema de El Espejo:

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ecos-en-el-agua-cuento-corto/

El Año Enmascarado – Microrrelato.

Viendo hacia atrás en el tiempo, he decidido republicar este relato, con algunos cambios.

Photo by Yaroslav Danylchenko on Pexels.com


Las ciudades pensaron que algo andaba muy mal cuando sobre sus lomos dejaron de pasar los usuales contingentes de personas, tanto en vehículos como caminando. Los pequeños pueblos turísticos languidecieron al ver que ya pocas personas acudían a admirarlos. Los animales también se habían confundido, perros y gatos sobre todo, vieron con extrañeza cómo sus amos se ponían lentes protectores y «bozal» para salir, actividad que cada vez hacían con menos frecuencia.

Las aves del cielo, atónitas, vieron disminuir los objetivos para depositar sus excreciones. Los muebles de las casas, al sentir el peso de sus dueños a todas horas tuvieron ganas de desaparecer. Las viviendas se cansaron de la constante presencia de sus habitantes: “¿cuándo volveremos a estar solas?” se habían preguntado mientras lanzaban suspiros pesarosos que salían por las ventanas.


Las madres, tratando de volver normal lo anormal, inventaron relatos para sus hijos pequeños: «este año todos nos volvimos bandoleros, por eso nos tapamos los rostros»


En suma 2020, fue un año extraño, un año anómalo donde todo estuvo al revés. Sin embargo, para algunas personas aquello fue un sueño hecho realidad: a los que les costaba trabajo dar un beso o un abrazo estaban fascinados pues ya no tendrían que fingir. ¡Por fin se respetarían los espacios vitales! La distancia y el enmascaramiento ocultaban convenientemente las muecas de disgusto, aunque también, las sonrisas. Para los que añoraban el contacto piel a piel y la cercanía con sus semejantes se trató de una verdadera pesadilla.


La humanidad había tenido que aprender a hacer las cosas cotidianas de otra manera. Ciudades, pueblos, casas, mascotas también tendrían que resignarse a una nueva vida. En los anales de la historia de los animales domésticos, aquel año 2020 se conoció como “El Año Enmascarado”.


Y, sin embargo, al final de ese año desastroso, de la mano de la resiliencia humana llegó un atisbo de esperanza… Las mascotas compartieron, junto a sus dueños, ese sentimiento tímido de que todo iría mejor en los años por venir.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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