Resonancia. Cuento corto.

A veces la ciencia no tiene todas las respuestas.

Tiempo de lectura: cinco minutos.

Los sensores de Áurea no encontraban eco en el cuerpo exánime de Percy. El tambor de su corazón no hacía sonido alguno, las ondas cerebrales que siempre le parecieron tonos musicales habían enmudecido. Su mortaja sería una bolsa y el vacío espacial su tumba. El protocolo requería lanzar el cuerpo de inmediato, pero Áurea no lo hizo hasta varias horas después. Tras presionar por fin el botón y ver los despojos de quien fuera su cariñoso compañero de viaje ser eyectados fuera de la nave, la androide se dirigió al módulo de recarga.

«Control de la Misión a Áurea»
«Áurea, responde»

Desde la Tierra intentaban ponerse en contacto, pero solo les contestaba el silencio.

Dentro del módulo, Áurea alzó con pesadez una de sus piernas para superar un escalón y entrar en su capullo energético. Le pareció que la gravedad se había duplicado. Una vez dentro de su envoltura translúcida, se acomodó en posición fetal. Sintió su memoria saturada de imágenes fragmentadas: Percy sonriendo en el puente de mando, efectuando una reparación, estudiando algo; y su voz afable era un eco incesante llamándola: «Áurea, ven aquí». Una suave luz azul claro la envolvió. En condiciones normales la luz quedaría fija, pero ahora fluctuaba de forma extraña, acompañada de un zumbido triste. Todo parecía reflejar la entropía que ella vivía en su interior.

En cuanto la androide salió de su capullo, el responsable de la misión espacial Hope, Andreas Alderkamp la cuestionó.

—¿Áurea, qué sucede? Estamos a escasos días del contacto esperado y vemos que las bitácoras muestran una actividad inconsistente con tus rutinas normales.

—Mis sensores indican que Percy ya no está, pero sigo buscando su huella térmica en la nave. Tengo discrepancias con la realidad que no sé explicar —contestó con voz débil.

El hombre frunció el ceño y miró de reojo a Khalid Salem, el psicólogo especializado en la IA que manejaba a la androide.

En los días que siguieron, Áurea siguió comportándose de forma extraña: pasaba más tiempo en el módulo de recarga, dejaba de hacer algunas tareas. A veces se desactivaba a propósito por períodos cada vez más largos. Por fortuna, la nave Hope contaba con sistemas de respaldo para continuar sin su intervención, pero una vez alcanzado el destino, su papel sería fundamental.

—Sus ciclos de procesamiento están en un bucle infinito acerca de Percy— dijo Khalid—, esto no le permite avanzar y la hace actuar como si estuviera de luto.

—¿Es posible eso? —dijo el jefe de la misión alarmado.

—Imposible que lo sienta, pero con una lógica defectuosa, sí podría «imitar» lo que sería un duelo humano.

—Estamos a setenta y dos horas de que la Hope llegue a su destino. Les doy doce horas para sacarla de ese estado o efectuaremos un reinicio. Todos saben lo que está en juego así que no diré más. Pónganse a trabajar.

No habían pasado ni seis horas de esta conversación cuando todas las alarmas sonaron en el centro de control de misión. Áurea se negaba a continuar. Ningún razonamiento parecía convencerla. Ella solo quería desactivarse y lanzarse al espacio, hablaba de «unirse» a Percy.

—Sergi, prepara todo para reiniciarla —dijo Alderkamp.
—Lo siento, Andreas —replicó Sergi Kudonov, el ingeniero de sistemas, mientras tecleaba furiosamente en su computadora— ella ya inició una fase de desconexión gradual profunda y nos ha dejado fuera.
—No puede ser. Busquen alternativas, rápido. No podemos salir con que una misión de tanta importancia para la humanidad se jodió por una IA defectuosa. Muévete, Sergi.

Kudonov asintió y continuó tecleando como si no hubiera un mañana.

—¡Maldita sea! —masculló entre dientes Alderkamp.

—No lo entiendo —repetía Khalid—. Bueno, al menos la nave sigue su trayectoria.

—De nada nos sirve que llegue Hope y no esté Áurea para efectuar los protocolos —dijo el jefe quitándose los lentes y pasándose el antebrazo por la frente, llevándose el sudor, pero no la preocupación —¡El primer encuentro con seres de otro planeta y a la IA le da por hacerse la viuda!

—Khalid dice que no es dolor lo que está experimentando —esta vez era Anna Wallace, la responsable médica quien tomaba la palabra—. Al menos no en sentido humano, pero esta «imitación perfecta del dolor» la ha incapacitado de verdad.

—¿Qué con ello? —preguntó Alderkamp fastidiado.

—Quizá no queramos decirle dolor, pero en términos prácticos lo es. Se me ocurre que además de intentar solucionarlo vía programación, quizás podríamos hacer lo que la gente hace en estos casos, traer un… sacerdote, un guía espiritual, o alguien que la consuele a otro nivel.

—¿Te estás escuchando Anna? Eso es un disparate —dijo Khalid.

—¡Traigan lo que encuentren! —bramó Alderkamp.

Media hora después apareció Anna con un hombre de rasgos indígenas, tez cobriza y pelo largo. Vestía una túnica blanca impoluta y en su mano sostenía una flauta y un pequeño tambor.

Anna vio la cara de su jefe distorsionarse en un gesto de amarga sorpresa y cuando él ya abría la boca para protestar ella se adelantó:

—Es lo único que encontré cerca de aquí. Había una convención en el Hilton: «Chamanismo, música, arte y medicina». Pensé que podrían ayudarnos. Él se ofreció. Ya lo he puesto en antecedentes —Alderkamp bajó la cabeza, exhausto, e hizo señas autorizando la entrada del chamán para hablar con Áurea.

—Logramos convencerla de hablar con alguien, ella solo pidió privacidad y garantías para impedir un reinicio forzado —le cuchicheó Khalid a Anna.

Mientras Áurea y el chamán hablaban, Anna monitoreaba al jefe con un tensiómetro; por momentos parecía estar al borde de un infarto.

De repente una melodía de flauta, suave y profunda envolvió el recinto. La presión arterial de Alderkamp bajó. Khalid y Sergi dormitaron por fin un poco y Anna cayó en un estado de meditación profunda.

En la habitación donde el chamán hablaba con Áurea, este intercalaba música de flauta con el batir del tambor. Por momentos paraba y hablaba con la androide, a quien veía a través de un monitor.

—¿Cómo te sientes?
—Mejor, es como si el sonido y la vibración ayudaran a mis procesos. Me siento más ligera a medida que el código corrupto y los datos ruidosos se depuran. Todo se vuelve más ordenado y armónico.
—¿Entonces, vuelve el equilibrio?
—Sí. Entiendo ahora que Percy ya no está.

El chamán continuó tocando. En un momento dado paró.

—¿Tienes claro tu camino y propósito?—dijo, mientras la miraba con dulzura.
—Sí, estoy lista para retomarlo.

Después de cuatro horas, salió el curandero. Se veía agotado.

—¿Y? —preguntó el jefe mientras Anna, Khalid y Sergi miraban a prudente distancia.

—La música obra maravillas —fue la lacónica respuesta del hombre.

—¿Solo eso nos va a decir?

El chamán exhaló profundo.

—No necesitaba un sermón, tan solo resonancia. Si se vuelve a poner triste pónganle melodías chamánicas. A ustedes también les vendría bien escucharlas.

—Khalid, ya puedes estudiar este nuevo aspecto de la IA. Me parece que hay algo interesante si tomamos en cuenta los estudios sobre cimática—dijo Anna sonriendo mientras acompañaba al curandero a la salida.

Áurea retomó su lugar en el puente de la Hope. No había olvidado a Percy, pero su recuerdo ya no la confundía.
Los sensores de la nave ya detectaban las primeras señales del arribo de los alienígenas. La androide se movía con movimientos fluidos, casi rítmicos, y cuando inició los protocolos de contacto dejó que un remanente en su memoria de aquella melodía de flauta guiara su código.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: La Cimática es una disciplina que estudia y visualiza los efectos del sonido sobre la materia. En otras palabras, nos permite observar cómo las vibraciones sonoras generan patrones geométricos en materiales como el agua, la arena e incluso el cuerpo humano. A través de esta ciencia se revelan las formas invisibles que el sonido puede crear, mostrando la profunda interconexión entre vibración y materia. Cimática deriva del griego kyma, que significa onda. (Este relato es ficción especulativa, donde juego con esta idea).

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Amnesia – Cuento Corto.

Hacía algunas semanas sospechábamos de algún fallo, pues cuando el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas.

El puente era nuestro hogar, nuestro refugio en las crueles noches de la capital. Abajo de él dormíamos: el Tilingas, bajito y preocupón; el Elvis, le pusimos así por su copete al estilo del Rey del Rock; Sebas, ese no tenía nada de especial pero era buen amigo; al Huevo, lo habíamos “bautizado” así porque estaba calvo. A mí me decían «la Lupita» a pesar de ser hombre, por llamarme Guadalupe. Entre todos nos cuidábamos y nos hacíamos compañía.

Una noche, después de que pasara el tren, el Huevo decidió irse a dormir a otro lado.

—Esta madre se va a caer, ya verán —farfullaba mientras recogía sus escasas pertenencias: una cobija, unos cartones para protegerse del frío y una mochila pequeña y muy sucia con quién sabe qué adentro.

—No manches, Huevo, ni aguantas nada, seguramente ya te jodió que te llueva el polvo en la pelona, pero nosotros sí tenemos amortiguador en la cabeza —dijo el Elvis, jocoso.

Todos reímos. Huevo se nos quedó viendo sin enojo, su mirada suplicante, pero nadie le hizo caso, ni siquiera el Tilingas que sí era bien aprensivo.

El día que ocurrió el desastre yo iba algo retrasado después de pasar el día recolectando latas de aluminio que luego vendo para poder comer. A lo lejos apareció el puente, para mí su vista significaba el descanso bajo la sombra y la plática sabrosa con mis amigos. En ese momento iba pasando el tren y se escuchó un estruendo horrible; el piso tembló y sentí que me caía. Vi con espanto cómo se venía abajo al faltarle el sostén de la estructura que se desmoronaba. Los gritos de la gente que iba en los vagones me dejaron frío. Una nube de polvo quería cerrarme el paso, mientras sentía vidrios en la garganta y una picazón canija en los ojos. Me preocupaban mis compañeros, a esa hora de la tarde ya estarían todos reunidos en nuestro refugio.

“¡En la madre! ¡En la madre!” iba repitiendo dentro de mí.

Para cuando el polvo se disipó y llegaron los polis y las ambulancias, era evidente que habría muchos muertos: dos carros del tren quedaron colgados en el aire y un tercero se había impactado en el suelo. El lugar donde dormíamos no era visible y sobre él había una montaña de escombros. Me encontré al Huevo, frenético, retirando el cascajo con las manos y dando voces llamando a los nuestros. Al verme, gritó:

—¡Ándale, Lupita! ¡Ayúdame!

Me uní a sus esfuerzos, pero un policía nos ordenó evacuar la zona.

—¡Déjennos! ¡Aquí está nuestra familia!

De nada sirvieron los ruegos.

Las autoridades marcaron un perímetro infranqueable. Fuera de él permanecíamos los que queríamos noticias de las víctimas. Mucha gente vino a dejar flores, otros llegaron con cartelones exigiendo justicia. Los que esperábamos sobrevivimos gracias a que las señoras de la colonia y de los puestos aledaños nos regalaban comida, ropa y cobijas. Pero conforme se fue despejando el lugar, la generosidad se hizo más escasa; todos querían borrar de su memoria lo sucedido. Les urgía regresar a la normalidad y supongo que nosotros, esperando un milagro, les recordábamos la tragedia.

Los equipos de rescate sacaron los cuerpos, las máquinas movieron escombros, los de limpieza retiraron los cartelones descoloridos por el sol. No hubo rastro de nuestros amigos y tuvimos la la certeza de que se habían ido en medio de esa pena arenosa transportada por los camiones.

Un día nos quedamos viendo la calle: el tráfico reanudado, las personas yendo y viniendo como si nada. Amnésicas.
Sin la presión de la gente, las autoridades ya no hablaban de castigar culpables. El Huevo y yo tuvimos que seguir con nuestra vida; sabíamos que la amnesia también nos iba a pegar pronto. Escribimos en un trozo de papel estraza: «Tilingas», «Sebas» y «Elvis». Lo enterramos en un parche verde aledaño al lugar de la tragedia. Luego nos pusimos a buscar un nuevo sitio para dormir.

Autor: Ana Laura Piera.

Este relato se publicó originalmente en la revista digital Masticadores el 28 de Junio 2021, esta es una versión revisada.

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Error de principiante – Cuento corto.


El abordaje del avión fue caótico como siempre. En el estrecho pasillo, que olía ligeramente a combustible, los cuerpos sudorosos de los pasajeros se rozaban batallando para acomodar maletas en los compartimentos superiores.

La mujer junto a mí, sentada del lado de la ventanilla, era una joven treintañera de pelo largo y facciones agradables. Meditaba o rezaba, pues tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil. Me llamó la atención un anillo plateado en su mano izquierda, con una enorme piedra negra que bien podía ser ónix u obsidiana.

El avión carreteó hacia la pista. Se detuvo, y los motores rugieron preparándose para el despegue. Miré de reojo a mi compañera, quien seguía en «meditación». La aeronave aceleró y en el momento en que se elevaba, sentí su mano buscando la mía y, al encontrarla, ejercer una presión desagradable y húmeda contra mi piel. La volteé a ver, extrañado. Ella me miraba con los ojos muy abiertos y una expresión de terror en el rostro. Retiré mi mano con brusquedad.

La nave se estabilizó en el aire. Los viajeros se relajaron, dejándose mecer por el suave murmullo de los motores. Ella empezó a hablar en voz baja:

—Creo que he cometido un error de principiante.

La miré sin entender. Ella bajó la mirada y acarició la enorme piedra negra de su anillo, casi con devoción.

—Este anillo es una reliquia mágica que potencia conjuros. Yo creí lanzar uno de protección, pero pienso que lo dije mal, e hice lo contrario. Quizás no lleguemos a destino.

El aire se espesó entre nosotros. Afuera, el avión sobrevolaba un banco de nubes blancas y algodonosas.

—Me toma el pelo —dije, aunque su angustia era convincente.

—Soy una aprendiz de bruja. No ponga esa cara; la brujería existe. Son prácticas espirituales que…

—Le ruego que no siga, por favor.

Se encendió el aviso de cinturones y el capitán anunció que tendríamos turbulencia. La luz menguó, el avión dio varios saltos y por la ventanilla vimos relámpagos. Los rebotes y giros se intensificaron. Aquello se estaba descontrolando. Cayeron las mascarillas de oxígeno y la gente se lamentaba. Ella me miró como diciendo: «¿Lo ve?».

Jalé la mascarilla y me la coloqué. La aeronave vibraba, se oían golpes sordos, fuertes. A ratos los motores hacían un sonido agudo, como de sirena. Cerré los ojos; sentía sequedad en la boca y noté que transpiraba. Algo helado rozó mi brazo derecho, ¡era el anillo! Y ahora, no era negro, sino blanco azulado.

—¡Aleje eso de mí! —le dije quitándome la mascarilla y señalando el extraño objeto. Ella lo miró asustada y se lo quitó.

—¡Hay que deshacernos de él! —dijo gritando.

Ignoré lo que consideré una locura. Miré hacia la ventanilla. Entre las ráfagas de lluvia, vi algo caminar sobre el ala. Era una figura pequeña, como un niño, y volteaba a verme con ojos llameantes. Me estremecí. Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí, ya no estaba. ¿Lo había acaso imaginado? Las luces parpadeaban y las sobrecargos pedían a gritos que nadie se levantara de su asiento.

La chica había envuelto su mano en el cinturón de seguridad y con la hebilla trataba, frenética, de golpear la piedra. Abrí la mesa de servicio, solo un poco, y le hice señas de que pusiera el anillo en uno de los bordes. Cerré la mesa de golpe contra el seguro. La piedra estalló en pedazos y, junto con un crujido seco y potente, se oyó también un grito extraño que no tenía nada de humano y que me heló la sangre. Terminamos cubiertos por astillas de cristal de color oscuro.
Las sacudidas persistieron un poco más, pero con menor intensidad; las nubes oscuras dieron paso a un cielo limpio y luminoso. La gente suspiró aliviada.
El resto del vuelo la chica se lo pasó dormida y yo me preguntaba: ¿Qué diablos había sucedido?

Ahora procuro abordar al último momento después de observar bien a todos los pasajeros; siempre temo encontrarme a alguien portando un anillo parecido.

677 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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Paquete Premium – Cuento Corto.

Mi propuesta para el VadeReto de abril: crear un relato donde el personaje principal es un durmiente criogenizado que despierta.

Los pasillos fríos, asépticos y sin alma de Krio-Life se llenaron de risas juveniles durante una visita escolar.

—En estos tanques se guardan los clientes que contrataron el paquete de cuerpo entero —decía con voz monótona un empleado de la empresa—. Están llenos de nitrógeno líquido y otras sustancias crioprotectoras a la espera de poder ser resucitados cuando los avances médicos puedan reparar el daño que les provocó la muerte.

Algunos alumnos bromearon sobre cuerpos desnudos flotando en «anticongelante». Luego pasaron al área de neuropreservación, donde tanques más pequeños con mirillas revelaban cabezas y cerebros. Allí, dos de los jóvenes descubrieron horrorizados una cabeza humana que se inclinaba a propósito hacia una de las paredes del tanque, intentando golpearla y llamar la atención. Tenía los ojos abiertos y una expresión de terror en el rostro. Abría y cerraba la boca, como los peces, dejando salir burbujas que subían hasta la parte superior del recipiente.

«¡Está despierto!», gritaron al unísono antes de que todo el grupo fuera desalojado apresuradamente.

En las oficinas de Krio-Life, el jefe Arnold P. y el fundador Dave N. se reunieron de urgencia: el sujeto era Ronald Tramm, expresidente de los Estados Unificados de Aurora.

—¡De entre todos los clientes tenía que despertarse un expresidente! —exclamó Arnold, muy contrariado, y ordenó prohibir futuras visitas y preparar una declaración oficial para la prensa donde Krio-Life no quedara mal.

Cuando sacaron la cabeza del tanque, apareció un hombre de unos setenta y tantos años, de tez anaranjada y melena amarillenta descuidada.

—Necesito un espejo… estoy hecho un desastre —dijo en tono rasposo y dramático la cabeza.

Al enterarse de que aún no existía la tecnología para unirlo a un nuevo cuerpo, Ronald montó en cólera, alardeando de ser uno de los presidentes «más inteligentes» y amenazando con demandas de millones de dólares. Para tranquilizarlo, Dave le prometió un corte de pelo y una mascarilla facial mientras le ponían programas de chicas en bikini.

En privado, los ejecutivos analizaron el riesgo. Tramm, responsable del Gran Colapso, era un cliente cuyo «despertar» ponía en peligro las acciones de la empresa. Arnold preguntó a Dave sobre por qué solo tenían la cabeza y este le dijo que tras un bombardeo en su residencia, el cuerpo quedó hecho una piltrafa.

—Es una lástima, con el cuerpo entero podríamos cobrar más. En fin, nadie debe saber que nuestra tecnología falló, necesitamos más clientes adinerados que nos paguen mensualmente por mantenerlos aquí tras su muerte.

La versión oficial para el público fue que un cliente anónimo había pedido despertar en esa fecha específica y murió poco después por causas naturales. Los dirigentes de Krio-Life sabían que el secreto estaba a salvo. El tiempo y el desastre habían borrado la imagen del expresidente de la memoria de un país que prefería no recordar a los causantes de su ruina.

Mientras tanto, Ronald fue devuelto al tanque contra su voluntad. Antes de sumergirlo, le colocaron un prototipo de simulador de realidad virtual diseñado para operar en nitrógeno líquido. La cabeza, que vociferaba y amenazaba, se calmó de inmediato y comenzó a suplicar «más, más, más».

Dave y Arnold se frotaban las manos ante la posibilidad de vender esto como un nuevo paquete premium de «experiencias placenteras».

Los ejecutivos se alejaron mientras el hombre que había causado el Gran Colapso quedaba atrapado en una fantasía barata de ocho bits.

Autor: Ana Laura Piera.

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Otro relato sobre criogenización en este blog: AQUÍ


Nota: Sustancias crioprotectoras: Las sustancias crioprotectoras son agentes químicos, como el glicerol o el dimetilsulfóxido (DMSO), que protegen células y tejidos del daño por congelación al reducir el punto de fusión, evitar la formación de cristales de hielo y minimizar la deshidratación celular. Se clasifican en penetrantes (pequeña molécula) y no penetrantes (polímeros). 

Destino. Cuento Corto.

Mi propuesta para el concurso de relatos de El Tintero de Oro, con tema «el destino y cómo influye este, positiva o negativamente en nuestra vida» Límite: 900 palabras.

Damián Pardo tenía diecisiete años cuando mató a un hombre y perturbó al tranquilo pueblo de San Andrés.

—¡Fue en defensa propia! —gritaba mientras lo llevaban a la cárcel. Como el muerto no era de por esos lares, y a falta de mejor lugar, lo metieron a la misma celda que Damián, en espera de que alguien lo reclamara. Los guardias contarían con estupor cómo el muchacho tomó el cadáver, lo sentó frente a él y empezó un monólogo extraño:

—¿Ya ves? Para qué te pusiste celoso de que yo le hablara a Almita Gutiérrez. Ni modo que yo me quedara tan tranquilo luego de que me soltaste un trancazo.

Cuando le llevaron la cena, el muchacho puso la comida sobre el cuerpo, usándolo como mesa.

—Ahora ya ni un taquito te puedes comer. ¿Qué se siente estar difunto?

Como era menor de edad, y nadie había reclamado al occiso, lo liberaron después de una arenga y la promesa de su único pariente, su tío, Abel Pardo, de que lo vigilaría y lo llevaría por el buen camino. Los vecinos de San Andrés vieron todo con preocupación; decían que el muchacho estaba marcado por las desgracias, recordando que cuando nació, sus padres murieron: la madre en el parto y el padre ahogado en una inundación que se llevó medio pueblo.

Abel lo mandó a la capital, a estudiar en un colegio militar. Tras un «accidente» mal aclarado, lo expulsaron, a pesar de ser un prodigio con las armas.

—Ese muchacho no es bueno, Don Abel, trae mala suerte —le decía la gente al tío.

Una tarde tormentosa, regresó Damián Pardo al pueblo y lo primero que hizo fue buscar a Abel.

—Ya ni la amuelas, sobrino. Puedes quedarte conmigo siempre y cuando encuentres un trabajo y no causes problemas.

Después de su llegada mataron al gerente del banco, luego al farmacéutico. En cada caso, se le vio después en el camposanto, entablando diálogos macabros con los recién enterrados. La policía no encontró evidencia de que él fuera el asesino, pero la gente se guardaba en sus casas a hora más temprana y si lo veían pasar se santiguaban. Se decía que el destino lo marcó para la fatalidad y que la Muerte caminaba junto a él.

—¿Todo este tiempo has sido tú? —le preguntó una noche Abel con un hilo de voz mientras le mostraba un casquillo de bala que había encontrado en un pantalón.

—Sí —dijo Damián con tranquilidad—, pero me pagaron. Fue a su habitación y regresó con un fajo de billetes.

—Me voy a otro lado para no causarle quebrantos —dijo mientras le extendía una buena cantidad de dinero. Quédese calladito, al fin y al cabo somos familia.

Abel se quedó unos segundos con el dinero en la mano, temblando. Le asqueaba aquel fajo manchado de sangre y lo dejó sobre la mesa. Damián paseó su mirada fría, como la de las serpientes, del dinero a su tío, pero no dijo nada.

—Esta vida que has escogido no te va a llevar por buen camino. Te ruego que reconsideres. Vete de aquí, inicia de nuevo en otro lugar, lleva una vida honrada o un día también vas a aparecer muerto.

—Si no quiere el dinero, allá usted, pero no me estorbe.

Damián compró una casa abandonada en las afueras y hasta ahí llegaba el sonido de las campanas repicando por tanto muerto. La policía se hacía de la vista gorda. A menudo se veían fuereños indeseables tratando asuntos con él. Otras veces viajaba fuera y el pueblo contenía la respiración, con la certeza de que vendrían más desgracias.

La familia de Almita Gutiérrez tembló cuando supo que Damián Pardo andaba enamorando otra vez a la joven. Engatusada por él, un día anunció que estaba embarazada. Damián se presentó en casa de los Gutiérrez y pidió su mano.

—¡Sobre mi cadáver! —fue la respuesta de Félix Gutiérrez.

Ocho días después se vio a Damián en el cementerio, sentado sobre la tumba del que hubiera sido su suegro.

A pesar del horror de su familia, el asesinato de su padre tras negarse al compromiso y sus propias y ominosas sospechas, Almita se casó en una ceremonia marcada por el miedo y el desaire del pueblo. Luego de eso, los recién casados se fueron a vivir juntos. No pasó mucho tiempo antes de que el flamante esposo se ausentara por periodos cada vez más largos, dejando a su mujer en completa soledad.

Un día lo encontraron muerto, con una bala en mitad de la frente. Los asesinatos cesaron.

Almita murió dando a luz y Abel se hizo cargo de su sobrino-nieto. El hombre había observado con cuidado el desarrollo de la criatura, con la esperanza de quien busca un milagro. Lo llamó Lucas —nombre vinculado a la luz—, augurándole un futuro de claridad.

Lucas Pardo tenía diecisiete años cuando salvó a los infantes de una escuela que se quemaba. Tras el aviso del incendio, todo el pueblo corrió para ayudar y se encontraron con que el muchacho ya los había sacado de entre las llamas. Las madres y padres le abrazaban, la gente elevaba oraciones bendiciéndolo. Abel suspiró aliviado.

Mientras el pueblo celebraba al héroe, en sus bolsillos se escondían los cerillos que revelaban la verdad. El destino de los Pardo parecía ser una llama que no se podía acabar.

891 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Cliente – Cuento Corto.

Photo by Kyle Cleveland on Unsplash

Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento, quizás. Dejé el oscuro cuartucho que me servía de morada y donde vivía sola. Estaba acostumbrada: fui hija única, mis padres murieron jóvenes y nunca me casé ni tuve hijos. La familia que me quedaba me repudió cuando supieron a lo que me dedicaba.

Al llegar al trabajo me encontré a mi única amiga, la “Güera”. Su carácter jovial era como un bálsamo cuando nos preguntábamos si nuestras vidas podrían haber sido diferentes y siempre lograba sacarme la tristeza con sus ocurrencias.

El lugar era conocido como el “Rincón de las Putas Viejas”. Éramos un grupo de mujeres que esperaban clientes sentadas en sillas de plástico bajo un toldo improvisado con sábanas rotas. De lejos nos llegaba el rumor de los autos que iban por la carretera. Ahí únicamente acudían aquellos que no podían pagar las tarifas más elevadas de las jóvenes, o uno que otro hombre que únicamente podía excitarse con una mujer mayor.

Percibí su mirada de lejos, estudiándome.

—¿Cuánto? —preguntó al abordarme. Aquella voz tenía la frescura de las voces jóvenes, pero también había un dejo de nostalgia, de alguien que ha vivido cosas más allá de lo que aparenta su edad. Le di mi tarifa; a los sesenta y pico no podía cobrar mucho. Asintió. Era un atractivo treintañero, alto y delgado, con facciones agradables y armoniosas. Advertí que la Güera me jalaba la falda, volteé y me guiñó el ojo, traviesa, mientras las demás compañeras me miraban con envidia. Lo llevé al cuarto donde trabajábamos, el olor a humedad hizo que se llevara la mano a la nariz, yo ya no lo percibía. Una cortina vieja y polvosa impedía que entrara la luz.

—¿Quieres que me quite la ropa? —pregunté en voz muy baja mientras él se sentaba al borde de la desvencijada cama. Tenía la mirada en el suelo. No me contestó, así que me quité la blusa y el brasier, pero él alzó la mirada y, casi suplicante, me hizo señas de que parara. Me acerqué.

Me rodeó el cuerpo con los brazos y, cual niño pequeño, apoyó el rostro en mi vientre flácido. Comenzó a besar mi piel con devoción, sus labios apenas rozándome. Me arriesgué a tocarle la cabeza, al ver que no protestaba, le acaricié los cabellos con ternura. Me vino a la mente la caricia de los dedos huesudos de mi abuela haciendo lo mismo en mi cabeza cuando yo era una niña. Mi abuela, la única persona con la que yo llegué a sentir felicidad. Su cuerpo se estremeció y me sacó de mis pensamientos. Ahora lloraba como un bebé y sus ojos húmedos se encontraron con los míos.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? —dijo con la voz enronquecida de dolor. Comprendí. Lo abracé muy fuerte. No era mi hijo, pero en ese momento yo era su madre. Lloramos juntos, él por la que tuvo y le abandonó, y yo por todas las cosas que nunca tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

Publicado originalmente en la revista digital Masticadores el 8 de nov. 2021. Esta es una versión revisada.

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La diosa que sangra – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de marzo: hacer un relato donde haya un eclipse lunar

En las entrañas del observatorio, el astrólogo Akbal pasó la noche estudiando códices. Tras muchos katunes de observación astronómica, su pueblo sabía predecir con exactitud cuándo Ixchel, la diosa lunar, se mancharía de sangre. Movió la cabeza preocupado, el siguiente eclipse coincidiría con la fecha en que el anciano rey designaría a su sucesor de entre sus dos hijos. Por la mañana, le visitó Iktan el menor de los príncipes.

—¿Qué tienes ahí, Akbal?
—Los códices del cielo, mi señor. Se avecina un eclipse.
—¿Puedes mostrarme? —Akbal asintió complacido, mientras desdoblaba con cuidado el códice para que el muchacho lo observara. Frente a él se desplegaron varias hojas de amate estucadas y sobre el estuco había coloridos glifos e imágenes.
—Akbal, ¿alguna vez mi hermano se ha interesado por estas cosas?
—No, mi señor. Él está enfocado en otras cuestiones.
—A veces me gustaría ser un gran guerrero como él, pero nunca he sido bueno con las armas, y no soy lo bastante fuerte.
—¡Oh, mi señor! Hay muchas formas de serlo. Atesorar conocimiento y aplicarlo con sabiduría es una de ellas.

Y así, Akbal le enseñó todo lo que pudo sobre los eclipses al príncipe Iktan.

Otro día, el rey mandó llamar a sus hijos.

—Akbal me ha informado que viene un eclipse. ¿Qué proponen? ¿Cómo debemos prepararnos?

Aj Koo, el mayor, fuerte e imponente como una ceiba, fue el primero en responder.

—¡Traigamos muchos prisioneros para sacrificar a la luna y así la fortaleceremos!

El rey entornó los ojos, concentrado, sopesando la propuesta. Luego interrogó con la mirada a Iktan.

—No hay necesidad de buscar conflictos con nuestros vecinos ni de derramar sangre. Lo que veremos es un abrazo celestial que se ha repetido innumerables veces desde que se guardan registros. Ixchel prevalecerá. No alarmemos a la gente, solo pidamos que estén en oración y recogimiento.

Aj Koo vio mortificado cómo el rey lanzaba una mirada de aprobación hacia Iktan.

Cuando la luz se batió en retirada las calles quedaron desiertas. La ciudad se envolvió en quedas plegarias que emanaban desde las casas. Desde su habitación en el palacio, el príncipe Aj Koo observaba molesto el fenómeno a través de una ventana. La luna perdió su resplandor y no pudo evitar pensar que lo mismo pasaba con el favor de su padre hacia él. Se sentía humillado de que, siendo el mayor, su padre prefiriera a Iktan el «debilucho», quien siempre acababa opacándolo y robándole brillo.

Una sombra «mordió» la luna y Aj Koo se desesperó. La luna estaba herida y sin la sangre de sacrificios que le dieran fuerza, no podría recuperarse. Maldijo tanto a su padre como a su hermano.

Cuando Ixchel se tiñó de rojo cobrizo, una calma tensa lo envolvió todo, pero la ira de Aj Koo se desbordó. Ofuscado, se dirigió a la habitación de Iktan.

Aj Koo entró con sigilo, en su mano sostenía un frío cuchillo de obsidiana. Fue directo al lecho de su hermano y respirando rápido y forzado, como un animal, hundió la obsidiana varias veces, desgarrando el bulto sobre la cama. Fue ahí cuando se dio cuenta de que solo se trataba de un señuelo. Antes, Akbal, guiado por un presentimiento, había dispuesto que en la recámara del joven príncipe Iktan hubiera guardias apostados. Aj Koo fue apresado justo en el momento en que un borde de la luna recuperaba su brillo de plata.

La ciudad respiró aliviada: Ixchel había regresado, y en su viaje, había revelado lo que había en el corazón de Aj Koo. Ahora solo quedaría seguir la luz de Iktan.

Autor. Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

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La casa apagada. Cuento corto.

Género: fantástico.

Regresamos del viaje agotados. Manuel se quejó de que su dolor de rodilla crónico estaba molestándolo mucho.

—Debiste dejar que te ayudara a manejar, pero eres bastante terco.

La casa se hallaba como la dejamos, pero la luz se percibía extraña, apagada. Las flores del jardín se veían mustias, un manto de tristeza las cubría.

—¡Tan solo fueron cinco días! —me quejé mientras las regaba.

—Estamos cansados, mujer, deja eso. Yo también quisiera ponerme a terminar la casita del árbol que le prometí a Lucy. Mañana será otro día.

Más tarde, mientras deshacíamos maletas, yo pensaba en nuestra hija Valeria. «Debo encontrar el momento adecuado para hablar con ella. Ya lo he pospuesto mucho».

A la mañana siguiente, pasé a ver mis plantas. No habían revivido como yo esperaba. Entré en la cocina y preparé café. Me serví una taza y me acerqué a la ventana. Recordé otras tazas de café junto a ese ventanal y extrañé la luz diáfana y cálida que lo hacía a uno sentirse vivo. Acerqué la taza a mis labios y le di un sorbo. Lo primero que pensé es que el café debía estar viejo. Luego, de la nada, mi nariz percibió, ya no el apagado aroma del café, sino un olor punzante a gasolina y a plástico quemado.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi esposo, que acababa de entrar, al ver que yo dejaba la taza a un lado, con repulsión.

—No es nada —dije, tratando de sonreír— ¿Qué tal tu rodilla?

—Es curioso, hoy amanecí sin dolor.

—¡Suertudo! —le dije, y él rio, travieso.

Escuchamos el ruido de un auto que se estacionaba frente a la casa.

—¡Es Valeria! —exclamó Manuel emocionado—. ¡Iré a abrirle!
—¿Viene sola? —pregunté esperando que así fuera. Lo que quería tratar con ella era algo delicado.
—No. Viene con su amiga, Julieta.
Me sentí contrariada.

Cuando él llegó al portón, ella ya había entrado. Tenía los ojos llorosos y una mueca de dolor le cruzaba la cara. Julieta también tenía mal semblante. No parecían vernos, iban de un lado a otro sin reparar en nosotros. Manuel se cansó de gritar—¡Valeria!
Yo me desesperé y me interpuse en su camino, y fue cuando la realidad nos golpeó a fondo: el cuerpo de nuestra hija pasó a través de mí, como si yo fuera un gas y no ofreciera resistencia. Manuel y yo nos miramos sin comprender.

—De repente me ha parecido atravesar un frío glacial —le dijo mi hija a su amiga.
—Tranquila, Valeria, todo está tan reciente. ¿Quieres que volvamos?
—Aún no ¡Hay que encontrar a Nico!

El día anterior no nos preocupamos mucho de no ver a nuestro gato, le habíamos dejado comida y agua suficiente. Nico solía desaparecer, pero siempre volvía.

Valeria rebuscó por todos lados y luego salió al jardín trasero. Mientras ella inspeccionaba, notamos una tonalidad azulada al fondo del terreno.

—¿Qué es eso? —pregunté a Manuel extrañada.
—No sé. ¿Quizá una distorsión de la luz?

Valeria caminó hacia Julieta con una tiesa bola de pelos en los brazos. Sollozaba y le costaba hablar.

—Está… muerto. Igual que…

Julieta se acercó y la abrazó, luego las dos se fundieron en un breve beso en los labios, tierno, pero no de amigas. Manuel me miró, tenía los ojos como platos.

Se marcharon llevándose el cuerpo de Nico, y antes de irse, fuimos testigos de otro beso, ahora no tan tierno.

Más tarde salimos los dos a ver las estrellas, pero la noche era un lienzo oscuro donde las tinieblas reinaban, a excepción del jardín, donde el extraño resplandor azul no se iba.

—No recuerdo las noches así de sombrías. ¿Qué le pasaría a nuestro Nico? —dijo Manuel con la voz quebrada—. Y ese beso entre Valeria y Julieta…
—Siempre parecía querer contarme algo, para al final no atreverse. Pensaba hablar con ella y… ahora es muy tarde.
—Es triste pensar que no sintió confianza para contarnos. ¡La hubiéramos apoyado! —dijo con vehemencia.
Yo asentí. Nos abrazamos llorando por todo lo que dejamos de hacer en vida.
—¿Y nosotros? —me preguntó. Su mirada reflejó la desolación que compartíamos. No supe qué decirle.

Manuel trabajaba todos los días buscando terminar la casita para nuestra nieta, Lucy, pero todo avance desaparecía al día siguiente. Daba pena verlo, su cuerpo doblado por la frustración, para luego respirar hondo e iniciar de nuevo.

Otro día vinieron nuestras dos hijas con un agente de bienes raíces. El hombre recorrió nuestra casa haciendo fríos cálculos. Donde había recuerdos él solo veía dinero.

Valeria y su hermana Lucía salieron al jardín, las seguía la pequeña Lucy, de tres años. Para nuestra sorpresa, nuestra nieta nos reconoció y su carita se iluminó de felicidad.

¡Abi! ¡Abu! —gritó y caminó hacia nosotros. La primera reacción de Manuel fue abrirle los brazos, pero yo le hice señas de que se alejara. Su cara se ensombreció, pero entendió que no debíamos perturbarla haciéndola pasar por la misma experiencia que había tenido Valeria. Nos partió el corazón la mirada de extrañeza de nuestra nieta.

—Es una pena que papá no la terminara —dijo Valeria señalando la casita del árbol.
—Bueno, ella igual la disfruta —dijo Lucía mirando a su niña que se asomaba sonriente por un hueco que debía ser una pequeña ventana.
—¿Crees que ellos estarían de acuerdo en que vendamos su casa? —preguntó Valeria.

Nosotros gritamos al unísono «¡¡¡No!!!» Un grito que no movió ni una hoja del jardín, tampoco hizo que nuestras hijas voltearan, y Lucy, ahora concentrada jugando en la casita, ni se dio por enterada.

—¿Sabes Manuel? La vida sigue sin nosotros. Esta… ya no es nuestra casa.

En ese momento el odioso agente se asomó señalando la casita inacabada.

—¡Tendremos que tumbar eso! —gritó.

Vi que Manuel estaba a punto de estallar. Lucía lanzó un resoplido de disgusto, tomó a Lucy y entró en la casa seguida de Valeria.

Manuel gritó con todas sus fuerzas, de pura frustración. Un grito que solo pudimos escuchar él y yo, sin ninguna repercusión en el mundo. Lo abracé fuerte hasta que se calmó.

Un ronroneo familiar hizo que volteáramos para todos lados hasta que lo vimos. Ahí, con su apariencia distinguida, estaba Nico: esbelto cuerpo negro, pecho y patitas blancas, como si portara un esmoquin. Un aura azulada lo envolvía. Caminó hacia el fondo del jardín y nos volteó a ver, quería que lo siguiéramos. La tonalidad azul en el terreno, conforme nos acercamos, tomó la forma de una enigmática puerta. Nico se paró frente a ella.

—Creo que debemos abrirla —le dije a Manuel.
—No estoy seguro. Me gustaría ver a las chicas de nuevo. Y a Lucy. ¿Viste qué simpática estaba? ¡Quisiera verla crecer!
—Yo también, pero…

Nico maulló fuerte y claro, como dando su opinión en el asunto. Manuel y yo nos miramos mientras las lágrimas se asomaban en nuestros ojos.

Me acerqué a la puerta y la abrí tímidamente, del otro lado se filtró una luz intensa que nos recordó cómo era la luz «normal» y no ese remedo gris en el que habíamos estado viviendo los últimos días. Volteamos para despedirnos de todo y, desde una ventana del segundo piso, vimos a Lucy que movía su manita diciendo adiós. Agitamos nuestras manos y le tiramos besos.

Nico avanzó primero, como si siempre hubiera sabido el camino. Nosotros le seguimos tomados de la mano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista: Masticadore Sur: AQUÍ

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Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial, las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Tesoro

A veces la providencia tiene sus propios tiempos y caminos…

Lucas Rodríguez cerró su carpintería y empezó a andar hacia su casa. Iba distraído, pensaba en su último trabajo: la cuna para su hijo. Aún faltaban algunos detalles para terminarla.

«El niño se llamará Mateo», había decidido Lucas, pero también lo habían decidido las innumerables y antiguas voces de sus antepasados, susurrándole al oído. Poner nombres tomados de la Biblia era toda una tradición, en especial los de los evangelistas. Por eso en la familia de Lucas abundaban los «Mateos», «Marcos», «Lucas» y «Juanes». Su niño no sería la excepción y tendría la cuna más linda de todas.

Absorto en la elaboración de la cuna, apenas había reparado en las dificultades de la pequeña isla donde vivía. San José era un lugar remoto y dependía del gobierno para recibir la gasolina necesaria para salir a pescar y sostener a las familias. La situación era mala: el suministro llevaba meses fallando y la gente estaba desesperada.

Su mujer, Socorro, lo recibió en la puerta, agitando nerviosa su panza de ocho meses. —¡Lucas, por fin llegas! ¡Vete para la playa! —Había urgencia en su voz. Lucas tenía ganas de descansar un poco y quizá tomarse una cerveza, así que puso los ojos en blanco y preguntó:

—¿Qué pasa ahora, mujer?

—¡Están encontrando oro en la playa! —dijo emocionada—. Ildefonso fue el primero: halló una esclava de oro. Luego Servando encontró un anillo. ¡Apúrate, hombre, o no nos tocará nada! —Lo empujó hacia la puerta con la fuerza de un tren.

Sin entender mucho, Lucas se encaminó a la playa. El camino era cuesta abajo y parecía una carrera: mucha gente del pueblo también iba hacia allá. Vio rodar a Heliodoro, el panadero, que tras un paso en falso acabó con su obesa humanidad contra el monumento que señalaba la entrada al embarcadero. Quiso detenerse a ayudarlo, pero la inercia de la muchedumbre se lo impidió. Todos terminaron a la orilla del mar, moviendo aquella arena dorada con pies y manos. Cavaban enormes hoyos con la esperanza de encontrar algo.

En un rincón estaba doña Angustias, una de las beatas del pueblo, recitando a pleno pulmón versículos de la Biblia que se sabía de memoria, con voz aguda como graznidos de pájaro:

«El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda…»

Gritos de júbilo: alguien había encontrado una pulsera.

«Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido…»

Parecía como si la arena pariera oro. Lucas escarbaba también y se topó con una copa de oro macizo.

«Te doy gracias de todo corazón; me alegro contigo.
¡Cuántas maravillas has realizado en mi vida, Señor mío!»

Hasta el golpeado Heliodoro estaba sentado, llorando de alegría, con varias monedas doradas entre sus manos.

«… Quiero dar testimonio de tu bondad y ternura para conmigo y cantar,
Señor Jesús, lo que tú has hecho con mi historia…»

Lucas pensó que el verdadero milagro era que nadie golpeara a nadie, que todos se alegraran por los hallazgos de los demás. En verdad, aquel hecho inexplicable daría de comer a la gente del pueblo por varios meses, hasta que se regularizara la escasez de combustible. Él tendría dinero para enfrentar los tiempos que se avecinaban y el nacimiento de Mateo.


En otro tiempo y en otra vida, unos sabios lanzaban maldiciones. El tesoro para el niño, cargado trabajosamente en los camellos, se había desparramado inadvertidamente en una playa del Golfo Pérsico por la que pasaron camino a Belén. Las embestidas del mar ya lo habían devorado. Solo quedaba incienso, mirra y casi nada de oro.

Autor: Ana Laura Piera

Este relato fue publicado originalmente en este blog el 24 de diciembre del 2020.

Reflexión sobre este relato en Reflexópolis.