Viernes – microrrelato.

Un segundo aporte para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras con un día de la semana como protagonista

Viernes tejía cestas a la sombra de una palmera. Hacía calor y de lejos le llegaba el bramido de las olas rompiendo en la playa. Su ritmo se hizo lento, desgarrando las fibras vegetales con desgano. Las dejó de lado y con el dedo, en la arena tibia, trazó con delicadeza el glifo de su nombre verdadero.

Pasó Robinson por ahí cargado de troncos y se detuvo. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, borró con el pie la figura en la arena.

—¿Otra vez escribías esa palabra horrenda?

—Nombre ser bello —dijo el indígena indignado—. Kairi ser «isla».

—Y mira a dónde te trajo ese apelativo del demonio. A esta isla olvidada en la que ibas a ser devorado por los caníbales. Pero Dios fue misericordioso y te salvé. El día que te encontré fue un viernes, así que eres Viernes y ya.

—Entonces tú también ser Viernes. Yo encontrarte ese mismo día.

Robinson lanzó un suspiro de hartazgo.

—Mi nombre no necesitaba cambiarse, el tuyo sí.

Se instaló el silencio entre ambos, roto solo por los ruidos propios de la selva.

A partir de ahí, todas las mañanas cuando el indígena despertaba, trazaba en el aire la figura de una isla y susurraba bajito: «Kairi»

Autor: Ana Laura Piera.

209 palabras.

Si eres tan amable de comentar, pon tu nombre en él porque a veces wordpress los deja como anónimos. Gracias.

Como saben, Robinson Crusoe y Viernes son los personajes de la novela de Daniel Defoe: Robinson Crusoe.


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Una alegría efímera. Cuento corto.

Imagen inspirada en la estética del muralista mexicano José Clemente Orozco.

Este relato participa en el Concurso de El Tintero de Oro de Octubre. Condiciones: Crear un relato de no más de 900 palabras donde el medio o el contexto social en que viven sus personajes, condiciones de algún modo su comportamiento.


En la obra de la calle Galeana, el trabajo duro transfigura a los albañiles. Entran siendo personas para acabar convertidos en criaturas rasposas recubiertas de polvo de cemento surcado por el sudor. Tras la jornada, Pedro Cortés, el más joven de todos, apenas dieciocho años, observa a sus compañeros. Algunos están sentados, otros se recuestan con pesadez. Hombros caídos, respiración profunda y mirada cansada. Las manos ásperas, recubiertas de callos y pequeñas heridas, reposan al fin. Flota en el aire el alivio por haber concluido el trabajo.

Ha llegado el patrón y por primera vez trae a su hija. Dicen que apenas inició a estudiar arquitectura; se llama Isabel. Hablan con Tomás, el jefe de la obra. El patrón gesticula molesto, algo no le gusta; la muchacha tiene cara de aburrimiento hasta que su mirada se posa en Pedro. A ella le recuerda los personajes masculinos que pintó el muralista José Clemente Orozco. Tiene el cuerpo fuerte, moldeado por el trabajo; los rasgos de su rostro tienen cierta tosquedad que en vez de afearlo lo hacen extrañamente atractivo. Él también la mira por breves segundos y luego baja la mirada. Es menuda, bajita y delicada. Pareciera que el casco de protección le queda grande.

Otro día, Isabel espera a que termine la jornada y, cuando todos los empleados han tomado rumbos distintos, alcanza a Pedro. Baja la ventanilla del coche y le habla. Hay ansiedad en su voz:

—Sube.
—Mejor no —dice sorprendido, mientras una sonrisa de nervios y pena le cuelga de los labios.
—¡Que te subas! No te hagas del rogar.
—Pero…
—Nada de peros. ¡Súbete ya! —El tono altanero de quien está acostumbrado a que se le cumplan sus más nimios caprichos y la predisposición del muchacho a obedecer órdenes, hacen que al final suba al vehículo.

En cuanto entra, Pedro percibe el perfume delicado de Isabel. Lo mullido del asiento lo toma por asalto. Parece como si estuviera en otro mundo.

—¿Dónde vamos? —pregunta con ingenuidad.
—Ya verás.

El paisaje se desdibuja con rapidez y Pedro se maravilla de que el trayecto se sienta suave, como si fueran flotando. Luego la mira; sus ojos negros se detienen en esa piel tan blanca que, de seguro, si se mete a la construcción, acabará tostada. Lleva el pelo de color miel hasta los hombros. Ahora se entretiene en las piernas bien torneadas que una falda corta revela sin tapujos. A pesar de que el vehículo está climatizado, Pedro suda y se agita. Isabel le toma la mano con seguridad.

—Ya casi llegamos.
—¿Vas a trabajar en lo mismo que tu papá? —Pedro intenta controlarse haciendo conversación.
—Él quiere eso, yo no. No me gusta.
—¿Qué te gusta?
—El arte.
—¿El qué?
—Olvídalo.
—Si no quieres ser arquitecta, ¿por qué no haces lo que deseas?
—¿Te gusta ser albañil?

Pedro calla. Piensa que realmente nunca se lo ha planteado. Solo repite lo que los hombres de su familia han hecho toda la vida.

—No sé —responde al fin.
—Vaya respuesta.

El carro se detiene y una nube de polvo y tierra desciende sobre él, ensuciándolo. Están en una urbanización que apenas inicia, donde casi todo es terreno baldío. Ahora ella lo observa, se acerca con lentitud. El olor fuerte que despide aquel cuerpo de hombre le alborota los sentidos. Cierra los ojos y acerca su boca a la de él, fundiéndose ambos en un beso húmedo y cálido. Él la acaricia con suavidad, como si temiera romperla. Sus dedos endurecidos y callosos parecen flotar sobre la piel de ella, con reverencia. Para Pedro, su mundo de cemento y cal queda atrás y se interna en uno suave y placentero. Ella ansía perderse en esa rudeza tan auténtica, tan diferente de su propia realidad.

Pedro tiene los ojos cerrados, pero el hechizo se rompe con el clic del cinturón de seguridad que ella abrocha con precisión. Enciende el coche y hay un silencio incómodo entre los dos hasta que alcanzan una esquina. Desde el tablero ella abre la puerta del lado de Pedro.

—Esto no significa nada, ¿me oyes? —le dice muy seria. El joven asiente mirándola a los ojos y luego inicia su camino sin voltear atrás.

Al otro día en la mañana, el jefe de obra recibe a los trabajadores y reparte órdenes a diestra y siniestra:

—«Mantecas», llévate al «negro» y afilen esos perfiles.

—¡«Tuercas», apúrate! Tenemos que echar el firme en el patio de servicio.

Luego llega Pedro:

—Ay, chamaco, ¿y esa sonrisa de oreja a oreja? ¡Ya déjate de tonterías y sigue cargando lo necesario para la cúpula!

Pedro sonríe; el peso del material le parece más ligero. El recuerdo de ese encuentro secreto, de esa alegría efímera, lo sostiene por el momento y le hace más llevadera la jornada.

798 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.


Mi relato en la revista digital Masticadores Te recomiendo que te pases por la revista, tiene cosas muy interesantes.

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El umbral de la soledad – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de Junio: Escenario: Japón. Incluir dos palabras originales japonesas. Explicarlas al final del relato.
Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.

Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.

—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.

—No saldré.

—¿Qué? ¿Estás enfermo?

—No.

—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.

Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.

No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.

Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.

—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.

—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.

Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».

Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.

—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!

Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.

Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.

Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.

Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.

Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori

Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».

Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.

Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.

Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.

Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.

Me acerco a ella e inclino la cabeza.

—Hola Misaki.

Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.

—¡Haru!

Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».

Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.

—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.

Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.

—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.

La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.

—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?

—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.

—Lo siento mucho.

—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.

—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.

—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.

Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.

—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.

¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.

—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.

—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.

—Entiendo.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.

—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?

—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.

Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.

Autor: Ana Laura Piera.


Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.

Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.

Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.

Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.

Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.

Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.


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Paquete Premium – Cuento Corto.

Mi propuesta para el VadeReto de abril: crear un relato donde el personaje principal es un durmiente criogenizado que despierta.

Los pasillos fríos, asépticos y sin alma de Krio-Life se llenaron de risas juveniles durante una visita escolar.

—En estos tanques se guardan los clientes que contrataron el paquete de cuerpo entero —decía con voz monótona un empleado de la empresa—. Están llenos de nitrógeno líquido y otras sustancias crioprotectoras a la espera de poder ser resucitados cuando los avances médicos puedan reparar el daño que les provocó la muerte.

Algunos alumnos bromearon sobre cuerpos desnudos flotando en «anticongelante». Luego pasaron al área de neuropreservación, donde tanques más pequeños con mirillas revelaban cabezas y cerebros. Allí, dos de los jóvenes descubrieron horrorizados una cabeza humana que se inclinaba a propósito hacia una de las paredes del tanque, intentando golpearla y llamar la atención. Tenía los ojos abiertos y una expresión de terror en el rostro. Abría y cerraba la boca, como los peces, dejando salir burbujas que subían hasta la parte superior del recipiente.

«¡Está despierto!», gritaron al unísono antes de que todo el grupo fuera desalojado apresuradamente.

En las oficinas de Krio-Life, el jefe Arnold P. y el fundador Dave N. se reunieron de urgencia: el sujeto era Ronald Tramm, expresidente de los Estados Unificados de Aurora.

—¡De entre todos los clientes tenía que despertarse un expresidente! —exclamó Arnold, muy contrariado, y ordenó prohibir futuras visitas y preparar una declaración oficial para la prensa donde Krio-Life no quedara mal.

Cuando sacaron la cabeza del tanque, apareció un hombre de unos setenta y tantos años, de tez anaranjada y melena amarillenta descuidada.

—Necesito un espejo… estoy hecho un desastre —dijo en tono rasposo y dramático la cabeza.

Al enterarse de que aún no existía la tecnología para unirlo a un nuevo cuerpo, Ronald montó en cólera, alardeando de ser uno de los presidentes «más inteligentes» y amenazando con demandas de millones de dólares. Para tranquilizarlo, Dave le prometió un corte de pelo y una mascarilla facial mientras le ponían programas de chicas en bikini.

En privado, los ejecutivos analizaron el riesgo. Tramm, responsable del Gran Colapso, era un cliente cuyo «despertar» ponía en peligro las acciones de la empresa. Arnold preguntó a Dave sobre por qué solo tenían la cabeza y este le dijo que tras un bombardeo en su residencia, el cuerpo quedó hecho una piltrafa.

—Es una lástima, con el cuerpo entero podríamos cobrar más. En fin, nadie debe saber que nuestra tecnología falló, necesitamos más clientes adinerados que nos paguen mensualmente por mantenerlos aquí tras su muerte.

La versión oficial para el público fue que un cliente anónimo había pedido despertar en esa fecha específica y murió poco después por causas naturales. Los dirigentes de Krio-Life sabían que el secreto estaba a salvo. El tiempo y el desastre habían borrado la imagen del expresidente de la memoria de un país que prefería no recordar a los causantes de su ruina.

Mientras tanto, Ronald fue devuelto al tanque contra su voluntad. Antes de sumergirlo, le colocaron un prototipo de simulador de realidad virtual diseñado para operar en nitrógeno líquido. La cabeza, que vociferaba y amenazaba, se calmó de inmediato y comenzó a suplicar «más, más, más».

Dave y Arnold se frotaban las manos ante la posibilidad de vender esto como un nuevo paquete premium de «experiencias placenteras».

Los ejecutivos se alejaron mientras el hombre que había causado el Gran Colapso quedaba atrapado en una fantasía barata de ocho bits.

Autor: Ana Laura Piera.

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Otro relato sobre criogenización en este blog: AQUÍ


Nota: Sustancias crioprotectoras: Las sustancias crioprotectoras son agentes químicos, como el glicerol o el dimetilsulfóxido (DMSO), que protegen células y tejidos del daño por congelación al reducir el punto de fusión, evitar la formación de cristales de hielo y minimizar la deshidratación celular. Se clasifican en penetrantes (pequeña molécula) y no penetrantes (polímeros). 

Otra forma de ser valiente.

Microrrelato de cien palabras.

Mi propuesta para el reto «Escribir Jugando», de Lidia Castro: Inspirarse en la carta, incluir la piedra de jaspe rojo y opcional mencionar algo relacionado con la flor de bach clematis. No deberá exceder las cien palabras.

Cuando el centurión ordenó al legionario Publio Corvus explorar el territorio, este se alegró. Sentía ya insoportable el peso de su armadura y la sangre derramada le ahogaba los sueños. Decidió cruzar el Danubius.

Al salir de un tupido bosque, vio un brillo que llamó su atención. Junto a un desfiladero, y debajo de una mata de la delicada flor clematis, resplandecía una piedra de jaspe rojo. Lo tomó por señal de que no le faltarían fuerzas. Lanzó su gladius y armadura al vacío. No era un cobarde, solo buscaba otra forma de ser valiente.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Piera.

Nota: Gladius es la espada romana utilizada por las legiones. Danubius, el nombre romano del río Danubio.

Este micro en la revista digital Masticadores Sur.

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Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial, las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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El enano y la mariposa de luz.

En su blog, Lidia Castro nos reta a hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en la imagen, que incluya el elemento del dado: «enano minero» y opcional, que aparezca algo relacionado con el cinematógrafo.

Atrapada en una bombilla sin filamento, la mariposa de las minas brillaba con furia. Zimri, el enano minero, la miraba fascinado: su luz proyectaba sombras danzantes sobre su pared desnuda. «No tengo nada que envidiarles a los parisinos con su cinematógrafo» —pensaba mientras la mariposa iluminaba su soledad. El resplandor fue menguando y Zimri temió perder su espectáculo. Una mañana la encontró muerta. Enfermo de tristeza, comprendió que la verdadera función estaba en la mina: allí las mariposas volaban libres y centelleaban como constelaciones. Nunca más volvió a encerrarlas en bombillas.

98 palabras.

Autor: Ana Piera

Por favor, deja tu nombre si eres tan amable de comentar, a veces wordpress me los pone como anónimos. Gracias.

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Turismo espectral.

Relato corto sobre el Día de Muertos en México.

Tiempo de lectura: 4 minutos.

El alegre grupo llegó a México. Eran espíritus venidos de distintas partes del mundo a los que el señor Wu, un espíritu japonés con gran visión comercial, había traído en plan turístico para que experimentaran las tradicionales fiestas de muertos.

Se rieron mucho con las calaveritas de azúcar, presentes en casi todas las panaderías del país. Estaban adornadas con papelitos brillantes y filigrana de azúcar de diferentes colores, y algunas tenían nombres escritos en la frente. Uno de los viajeros, un ruso de nombre Igor, estuvo buscando entre ellas su nombre, sin éxito.

También probaron el delicioso pan de muerto. Bueno, probar es un decir, porque aunque podían comerlo, el pan se salía de sus cuerpos en forma de migas secas conforme lo iban consumiendo. Los dueños de los establecimientos quedaban perplejos ante el reguero de migajas que parecía brotar del aire.

La actitud de los mexicanos ante la muerte los hizo sentir como en casa, especialmente se sintieron reconfortados ante la visión de los grandes altares que se levantaban amorosamente dentro de los hogares y en algunos lugares públicos. Los altares estaban adornados con papel picado de diferentes colores y llenos de las cosas que les gustaban a los difuntos en vida, sus platillos y bebidas preferidas: mole, tamales, pozole, mezcal, tequila y vino. Gunhild, un espíritu femenino de Escandinavia, le pidió al señor Wu que le consiguiera la receta de los tamales. Todos en el grupo estuvieron de acuerdo en que era notable que la muerte se viera de forma tan natural y no fuera tabú como en otros lugares. El Sr. Wu dijo que aquellas tradiciones le recordaban un poco las de su país e insistió en prender incienso en algunos lugares.

La madrugada del primero de noviembre, escucharon mucha algarabía y gritos infantiles. Del cielo comenzaron a bajar en tropel miles de almas de niños fallecidos que regresaban por una noche a disfrutar nuevamente con sus familias. ¡Había que ver aquellas caritas llenas de felicidad! Los pequeños descendían a una velocidad asombrosa y casi derribaron al señor Wu cuando este daba instrucciones a su grupo para evitar ser arrollados. Todos se divirtieron con ese detalle.

Tras la algarabía infantil, la ciudad se preparó, con reverencia, para la llegada de las ánimas adultas, el día dos de noviembre. Los adultos, aunque contentos, venían más calmados que los niños. Formaban pequeños corros que platicaban animados y luego se diseminaban por la ciudad para entrar a sus respectivas casas y disfrutar de la hospitalidad de los vivos.

Un fantasma local, Crescencio, se ofreció a llevarlos a visitar un cementerio esa noche, y no podían creer lo que sus ojos huecos veían: gente comiendo y bebiendo junto a las tumbas, envueltos en el aroma de unas flores amarillas, la “flor de muertos” o, en náhuatl, cempasúchil. Había canto y jolgorio de vivos y difuntos. Los viajeros pudieron apreciar cómo los fallecidos abrazaban a sus familiares vivos aunque estos no lo notaran. Igor se apartó del grupo, con la mirada perdida entre las velas, y el señor Wu le preguntó qué le pasaba. Resultó que Igor se había acordado de su abuelito Vladimir y su abuelita Irina, lo que lo había puesto melancólico. Crescencio insistió en que lo mejor para la tristeza era que probaran el mezcal. El señor Wu les advirtió que las bebidas alcohólicas se comportaban distinto de la comida, y que podrían «absorberlas» completamente. Aunque les aconsejó prudencia, más de uno de los espíritus viajeros acabó borrachito.

Partieron al alba y México se quedó flotando en sus memorias como el aroma del cempasúchil: dulce, persistente e inolvidable.

Autor: Ana Piera.

Este relato fue publicado en la Revista digital «Masticadores» el 28 de octubre del 2021. En esta ocasión lo republico con algunos cambios.

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El abrigo que no seduce.

La ex-niñera que aprendió a elegir.

Mi participación para el concurso de relatos de El Tintero de Oro. La condición es que sea un relato ambientado en Nueva York, donde la ciudad tenga cierto protagonismo en la historia.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Queens, N.Y., 2025.

Despertó con el maquillaje corrido y un abrigo de leopardo en la puerta. Fran Fine ahora tenía 56 años y ya no trabajaba de niñera. Después de darse un baño, se sentó frente al tocador de su habitación y, ante el espejo, dibujó con un dedo un corazón aprovechando el vaho húmedo sobre el cristal.

—Fran, ¿qué demonios querías ser?— dijo con esa característica voz nasal que los años no habían podido borrar.

Recordó los días en los que soñaba con atrapar un marido rico, vivir en un pent-house en Manhattan, asistir a estrenos glamorosos, conciertos y galas, para después cenar en «Daniel», en el Upper East Side, o en «Le Bernardin», en Midtown Manhattan. Saboreando no solo los cocteles, sino las miradas de envidia y admiración de mujeres y hombres. No había quedado en un sueño, lo había obtenido y al final, lo había regresado, como una chaqueta que no sienta bien.

Sonó el móvil, era Maggie, la hija mayor del productor de teatro Maxwell Sheffield. Fran había sido su niñera hacía muchos años.

—¿Fran? ¡Qué alegría escucharte de nuevo! ¡Te perdí la pista por un tiempo!

—¿Maggy? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

—No muy bien, Fran. ¿Recuerdas a Carlo?

Claro que lo recordaba. Era guapísimo y además hijo de un afamado actor de cine. Fran le había aconsejado a Maggie que lo conquistara a cualquier precio.

—Carlo es incapaz de serme fiel, Fran. Solo soy el adorno que lo acompaña, no me falta nada, pero me siento como un mueble costoso en una casa vacía.

Fran lamentó con todo su ser haber sido el modelo de un ideal equivocado para Maggie. Ojalá ella nunca le hubiera hecho caso. Mientras la joven se desahogaba, Fran escuchó a un repartidor que gritaba algo en italiano afuera de su departamento, otro más allá decía algo en bengalí. El tren de la línea 7 pasaba a lo lejos, vibrando. ¡Había tanta vida en Queens! Contrastaba con la rigidez del Upper East Side donde vivía Maggie.

—Escucha preciosa, tengo un proyecto encantador y pronto te mandaré una invitación. Espero que puedas estar presente. Después podemos tomarnos algo juntas, como en los viejos tiempos.

Tras la llamada, Fran pensó que ella misma ya no buscaba ser elegida. Tras su divorcio, y en el caos encantador que era Queens, se preparó para su siguiente desafío: ser curadora de un museo de estética «Kitsch». Aún no tenía sede, pero ella y su amiga de la juventud Val Toriello ya estaban buscando un lugar y recopilando los objetos que exhibirían. El museo sería inaugurado con una chaqueta de «animal print» de cebra, con detalles en terciopelo y lentejuelas.

Terminó de vestirse y se puso el abrigo de leopardo, ya no para seducir a nadie, solo porque le gustaba como rugía contra el gris del mundo.

Autor: Ana Piera.

Nota: Fran Fine fue el personaje ficticio de una serie de televisión de los noventas. Quise imaginar que el personaje evolucionaba sin perder su esencia, aunque esta implicara conservar esa estética estridente, la «kitsch», pero que era tan de ella y que aunque la criticaran, ella la lucía orgullosa. Espero que el relato no precise, para entenderlo, de haber visto la serie. Gracias por leer.

En Reflexópolis, ciudad de pensamientos, te cuento cómo se me ocurrió esta historia.