Frío despertar – Cuento corto.

Me pregunto por qué ando deambulando por este lugar. La cabeza me da vueltas y siento mucho frío. Tal vez tengo fiebre. La vereda es angosta, bordeada de árboles y setos. A intervalos encuentro fuentes, bancas para descansar y plantas.
¿Estoy internada en algún hospital? ¿Qué me pasó?

Veo una pareja. La mujer lo sostiene a él, que parece sumido en un sueño muy profundo. Habrán salido a tomar el fresco. La aflicción que transmite el rostro de ella duele. Pienso que él debe estar muy enfermo. Pensaba preguntarles dónde me pueden dar informes, pero mejor sigo de largo.

La vereda dobla y desemboca en una calle muy amplia bordeada de árboles muy altos y delgados que se mecen con el viento. Generan un rumor que rompe un poco con el silencio y la calma de este sitio.

Frente a mí encuentro un edificio con una cúpula, arcos y ventanales; parece una capilla. Me asomo y un desagradable olor a flores mustias toma por asalto mi nariz. Me marcho de prisa. Paso junto a un joven hermoso. Su cara refleja una tristeza melancólica y mira hacia abajo. Me parece extraña su falta de reacción. ¿Acaso no escuchó mis pasos? ¿No sintió el revuelo del aire al caminar yo cerca de él?

Noto que me ahogo y mi corazón esta acelerado. ¿Qué es este lugar? ¿Qué me sucedió?

Una mujer hincada abraza una cruz. Creo que su mirada me sigue, pero no estoy segura. Todos están en posturas extrañas; algunos tienen los ojos hacia el cielo, como preguntándose cosas. Otros miran el suelo, queriendo encontrar una respuesta en la tierra. Manos en el pecho, brazos levantados, hombres y mujeres semiacostados, dormidos, sumidos en un sueño dulce y triste a la vez.
Veo a una niña sentada en unos escalones; su pelo le cae en cascada sobre sus hombros menudos y sonríe. ¿Qué hace una pequeña paciente por aquí? ¿Se habrá escapado? ¿O será parte de algún grupo familiar que está de visita? Me siento junto a ella y, al tocarla, percibo la frialdad y rigidez de la piedra. Un estremecimiento me recorre. Me alejo sintiendo que mi cabeza va a explotar.

Voy dejando atrás lo que ahora sé que son estatuas. No entiendo por qué no me había dado cuenta. Quizá deseaba que fueran personas de verdad. Hay ángeles solemnes, con las alas extendidas y los ojos manchados. No sé si son lágrimas o es el tiempo que destila por ellos. Estoy a punto de llorar y gritar de desesperación cuando veo una figura que emerge detrás de un arco y camina hacia mí. Una bufanda le cubre gran parte del rostro y lleva una vieja boina. Es un hombre mayor; no parece ser un sanitario, quizá un jardinero. Toma mi mano y la aprieta contra la suya, que es áspera y callosa, pero tibia y reconfortante. Caminamos en silencio. Advierto que regresamos a la vereda donde inicié. Hay una escultura que no había visto antes; tiene una flor en la mano, como si la ofrendara al cielo. Está recostada sobre una pared en la cual hay algo escrito; tiene los ojos cerrados. El lugar es bastante reciente; hay flores frescas. El hombre señala las letras: es un nombre… ¡el mío! Suelta mi mano y me da un golpecito en la espalda, como animándome a entrar.

—¡No! —grito con todas mis fuerzas e irrumpe en mi mente el recuerdo del chirrido de unos frenos, la frialdad del pavimento de piedra contra mi cara y un breve momento de lucidez donde pienso que debo parecer una muñeca rota. Luego, en medio de la oscuridad, una voz amada que me habla con desesperación hasta que lo que sea que está diciendo se diluye en el silencio.

Me acerco al monumento. Alguien puso un dije de plata junto a mi efigie. Lo recojo y siento la cálida energía de mi madre. Me sobreviene la calma. Ahora sé dónde estoy y también sé que debo descansar.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión revisada de mi publicación del 2 de enero de 2021 y hubo muchos cambios. Me pareció apropiado postearla, ya que iniciamos el mes de octubre, donde a finales del mismo inician en México las festividades de «Día de Muertos».

Apóyame votando en https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/frio-despertar-cuento-corto

El médium – Cuento corto

Mi propuesta para el reto Literautas. Un relato de no más de 750 palabras con una frase inicial y una final obligatorias. Tema libre.

Todos guardaban algún secreto. Sus ojos huidizos y sus caras de sufrimiento los delataban. Noté que se movían raro, flotaban al ras del piso. Entonces recordé… Había sentido la gelidez del espíritu que me poseyó la última ocasión y de inmediato me faltó el aire. Era como si aquel ente no cupiera en mí del todo y mis costuras internas colapsaran. Una punzada de dolor se clavó en mi pecho. Luego, negrura.

Cuando desperté, me encontraba rodeado de aquellos espectros. Uno de ellos me reconoció:

—¡Tú eras el médium! —me dijo emocionado. Yo no lo recordaba… Tuve tantos clientes.

El lugar donde estábamos era una casa triste y vetusta. El que me habló me explicó que no podíamos salir de ella. Algo nos retenía, pero ninguno sabía qué era. Yo intuía que tenía que ver con los secretos. ¿Cuál era el mío? No podía recordarlo.

Me dediqué a recorrer la mansión, un alma en pena que intentaba escapar. El entorno era deprimente, oscuro, olía a humedad y hacía frío siempre. En uno de los pasillos superiores, sin querer, mi cuerpo rozó el de la mujer. Sentí que me recorría fuego, como cuando uno tiene una descarga eléctrica. Tuve una visión: unas manos que apretaban con fuerza una mantita infantil. Un llanto agudo que se apagó de golpe.

—Tuviste un bebé que falleció —le dije.

Sus ojos se abrieron mucho; se asomaron las lágrimas mientras se permitía recordar.

—No fue un descuido tuyo. Tus padres apretaron la manta.

Ella lloró, asintiendo.

—Se avergonzaban de él, pero yo lo amaba.

Sentí el pesar de aquella mujer, pero al mismo tiempo, su alivio. Sonrió débilmente y su cuerpo se fue haciendo niebla ligera hasta desvanecerse.

Entendí que mi don de médium no se había extinguido al morir. Quizás mi destino era liberarlos a todos y, tal vez al final, yo también sería libre.

Quedábamos cuatro.

Se corrió la voz. El primero que vino a mí fue el adolescente. Lo toqué y, tras el latigazo eléctrico, llegó la visión: el chico parado en uno de los pisos de un edificio inacabado mirando al vacío. No estaba solo.

—No te suicidaste —dije—. Te empujaron.

El chico lloró desconsolado un buen rato.

—¡Todos creyeron que me había matado! ¡Hasta yo! ¡Gracias!

Despacio, su cuerpo se deshizo en volutas de humo.

Tras la partida del joven, la casa se volvió aún más silenciosa y triste. Vino a mí un hombre muy mayor; su actitud era hosca, como si me buscara muy a su pesar. Cuando extendí mi mano para tocarlo, se apartó.

—¿Quieres que te ayude o no?

Por fin permitió el contacto. Esta vez la sensación se amplificó. La visión que me sobrevino no estaba del todo clara. Sentí un olor metálico, a hierro y muerte, dentro de una humilde vivienda y nada más. Lo volví a tocar. Esta vez vi cuerpos sin vida encharcados en su propia sangre y, en la esquina, aquel hombre salpicado de rojo y con la mirada vacía. En sus manos tenía un puñal. Solté al viejo, asqueado, y él me vio con miedo. Dudé en revelarle la verdad, pues ello supondría su liberación de aquel limbo. ¿La merecía acaso?
Decidí hablar.

—Eres un asesino. Mataste a tu familia.

El hombre abrió la boca en una mueca de horror. Se miró las manos.

—¡No! ¡No!

Esta vez no sentí alivio de parte de aquel ser. Había mucha angustia, y su cuerpo desapareció en medio de nubes tormentosas.

Solo quedaba uno.

Lo encontré junto a la puerta principal. Era el que me había reconocido.

—Se han ido todos —le dije—. Faltas tú.

—¿De verdad no te acuerdas de mí? —me preguntó divertido mientras me extendía su mano.

Lo toqué y, tras el efecto habitual, lo vi escondiendo dinero.

—Tu secreto es una fortuna que ocultaste. ¡Espera! Veo más cosas: quisiste decirle a tu mujer sobre esos fondos y requeriste los servicios de un médium. ¡Tú! ¡Tú fuiste el que entró en mí el día que morí!

—Tienes cierto don, pero en vida fuiste un vulgar estafador. Ese día, el pánico de sentir una posesión verdadera detuvo tu corazón.

La verdad dolió más que el infarto que me había llevado ahí. Mi vida entera había sido una farsa. Al igual que el asesino, quizá yo tampoco merecía salir.

Nuestros cuerpos empezaron a esfumarse. El hombre apagó las luces y contó hasta diez.

730 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Si eres tan amable de comentar, por favor deja tu nombre también. WordPress a veces los pone como anónimos. Mil gracias.


Apóyame votando en bloguers.net https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-medium-cuento-corto

El privilegio de los difuntos – Cuento corto.

El intenso frío me pegó como patada de mula; después fui consciente de la tierra, granulosa y húmeda, que me envolvía cual mortaja. “Ni siquiera fui digno de una caja”, pensé. Abrí la boca y quise gritar de indignación y toda esa tierra se precipitó a mis entrañas. Sentí como si me asfixiara, pero yo ya estaba muerto. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberarme de aquel frágil envoltorio que me contuvo durante treinta y ocho años. Traté de no imaginar el futuro que le aguardaba y mejor me concentré en mi nuevo estado; supuse que ahora era un… fantasma.

Primero pensé que el mundo de los vivos estaría lleno de muertos en mi misma situación, pero no es así; pareciera que soy el único y la soledad me agobia. ¿Dónde andarán los demás? Me siento olvidado, como quien ha perdido un tren. Le doy vueltas en mi cabeza a la razón de por qué sigo aquí. Nunca fui muy creyente. ¿Sería que Dios me estaba castigando? Mi abuela siempre me quiso enseñar a rezar; si hubiera aprendido, quizá hoy sabría qué decir para que Él me socorra.

Trato de distraerme un poco recorriendo mi pueblo, San Javier; aquí abundan los techos de teja, las paredes blancas, las calles empedradas, y aunque no lo puedo respirar, sé que se pasea un aire limpio y vigorizante que sopla desde la montaña.

Es irónico, los que me conocieron en vida siempre pensaron que la bebida me llevaría a la tumba y en realidad fue así, aunque no del modo que ellos se imaginaron. Fue Pascual Rodríguez, que acababa de regresar de Estados Unidos, el que empezó todo. Estábamos en la cantina, echándonos nuestros tragos, recordando viejos tiempos. Dijo que yo siempre le había tenido ganas a la esposa del licenciado Castro, el gerente del único banco de San Javier, un tipo calvo, panzón y pedante con quien yo nunca había cruzado palabra. Aunque recuerdo que mi abuela hablaba bien de él. En su banco le guardaban sus ahorritos. Al calor del alcohol le seguí la broma a Pascual, y debo reconocer que dije cosas bastante indecentes al respecto; lo malo era que Castro estaba en otra mesa y al oír mis comentarios se me vino encima; él también traía sus copitas. Sacó una pistola pequeñita que me pareció de juguete. Me reí. Su cara se tornó feroz. Traté de arrancarle el arma y, en medio del forcejeo, se escuchó un disparo. Sentí algo caliente que derretía mis entrañas; todo empezó a desvanecerse y sobrevino la oscuridad.

Llevo varios días jugando con una idea que, primero deseché porque yo nunca he sido vengativo, pero la falta de propósito hace que me den ganas de volverme a morir. Además, sí me da coraje estar en el limbo por culpa del licenciado. Esta noche de luna llena me dirijo a la casa de mi asesino. Floto sobre las calles, añoro oír el eco de mis pasos y sentir el frescor nocturno en la piel. No quiero ser pesimista, pienso en una de las ventajas de mi nueva realidad, que es poder atravesar muros y puertas; subo por la escalera y encuentro el dormitorio principal. Ahí en el lecho, su gorda silueta lo delata; junto a él está su esposa; de verdad que la vieja se ve muy bien. ¿Harán el amor los fantasmas? No lo creo, el cuerpo carece de la consistencia necesaria para eso. El muy cabrón duerme en su casa cuando debería estar en la cárcel; después de todo, quizás sí se merezca que le toque los pies con mis manos heladas. Se estremece, pero no despierta; ahora se los zarandeo muy fuerte, con ganas, y se incorpora con rapidez. El rostro desencajado; su mujer se sienta de golpe y, de tan pálida, me hace dudar si también ella es un fantasma.

Ya llevo una semana visitando la casa del licenciado y cada vez lo disfruto más. Ahora el pobre duerme solo, su esposa se ha ido a otro cuarto. Él ha intentado de todo: ha traído a un curita a “limpiar” el domicilio, ha dormido en otras habitaciones, casas y hasta en el hotel. Yo lo sigo; esto ya es algo personal. Ahora mismo lo estoy viendo, sus ojos abiertos como platos y con unas ojeras inmensas; ya sabe lo que viene. Él no sospecha quién es el que lo visita. ¡Privilegio de los difuntos!

Autor: Ana Laura Piera.

Este relato es una versión revisada del que se publicó en la revista digital Masticadores el 15 de junio de 2021

Por favor deja tu nombre porque a veces los comentarios salen como anónimos. Tip: el problema se resuelve si inicias sesión. (Google, MSN, WordPress...)

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-privilegio-de-los-difuntos-cuento-corto

La casa apagada. Cuento corto.

Género: fantástico.

Regresamos del viaje agotados. Manuel se quejó de que su dolor de rodilla crónico estaba molestándolo mucho.

—Debiste dejar que te ayudara a manejar, pero eres bastante terco.

La casa se hallaba como la dejamos, pero la luz se percibía extraña, apagada. Las flores del jardín se veían mustias, un manto de tristeza las cubría.

—¡Tan solo fueron cinco días! —me quejé mientras las regaba.

—Estamos cansados, mujer, deja eso. Yo también quisiera ponerme a terminar la casita del árbol que le prometí a Lucy. Mañana será otro día.

Más tarde, mientras deshacíamos maletas, yo pensaba en nuestra hija Valeria. «Debo encontrar el momento adecuado para hablar con ella. Ya lo he pospuesto mucho».

A la mañana siguiente, pasé a ver mis plantas. No habían revivido como yo esperaba. Entré en la cocina y preparé café. Me serví una taza y me acerqué a la ventana. Recordé otras tazas de café junto a ese ventanal y extrañé la luz diáfana y cálida que lo hacía a uno sentirse vivo. Acerqué la taza a mis labios y le di un sorbo. Lo primero que pensé es que el café debía estar viejo. Luego, de la nada, mi nariz percibió, ya no el apagado aroma del café, sino un olor punzante a gasolina y a plástico quemado.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi esposo, que acababa de entrar, al ver que yo dejaba la taza a un lado, con repulsión.

—No es nada —dije, tratando de sonreír— ¿Qué tal tu rodilla?

—Es curioso, hoy amanecí sin dolor.

—¡Suertudo! —le dije, y él rio, travieso.

Escuchamos el ruido de un auto que se estacionaba frente a la casa.

—¡Es Valeria! —exclamó Manuel emocionado—. ¡Iré a abrirle!
—¿Viene sola? —pregunté esperando que así fuera. Lo que quería tratar con ella era algo delicado.
—No. Viene con su amiga, Julieta.
Me sentí contrariada.

Cuando él llegó al portón, ella ya había entrado. Tenía los ojos llorosos y una mueca de dolor le cruzaba la cara. Julieta también tenía mal semblante. No parecían vernos, iban de un lado a otro sin reparar en nosotros. Manuel se cansó de gritar—¡Valeria!
Yo me desesperé y me interpuse en su camino, y fue cuando la realidad nos golpeó a fondo: el cuerpo de nuestra hija pasó a través de mí, como si yo fuera un gas y no ofreciera resistencia. Manuel y yo nos miramos sin comprender.

—De repente me ha parecido atravesar un frío glacial —le dijo mi hija a su amiga.
—Tranquila, Valeria, todo está tan reciente. ¿Quieres que volvamos?
—Aún no ¡Hay que encontrar a Nico!

El día anterior no nos preocupamos mucho de no ver a nuestro gato, le habíamos dejado comida y agua suficiente. Nico solía desaparecer, pero siempre volvía.

Valeria rebuscó por todos lados y luego salió al jardín trasero. Mientras ella inspeccionaba, notamos una tonalidad azulada al fondo del terreno.

—¿Qué es eso? —pregunté a Manuel extrañada.
—No sé. ¿Quizá una distorsión de la luz?

Valeria caminó hacia Julieta con una tiesa bola de pelos en los brazos. Sollozaba y le costaba hablar.

—Está… muerto. Igual que…

Julieta se acercó y la abrazó, luego las dos se fundieron en un breve beso en los labios, tierno, pero no de amigas. Manuel me miró, tenía los ojos como platos.

Se marcharon llevándose el cuerpo de Nico, y antes de irse, fuimos testigos de otro beso, ahora no tan tierno.

Más tarde salimos los dos a ver las estrellas, pero la noche era un lienzo oscuro donde las tinieblas reinaban, a excepción del jardín, donde el extraño resplandor azul no se iba.

—No recuerdo las noches así de sombrías. ¿Qué le pasaría a nuestro Nico? —dijo Manuel con la voz quebrada—. Y ese beso entre Valeria y Julieta…
—Siempre parecía querer contarme algo, para al final no atreverse. Pensaba hablar con ella y… ahora es muy tarde.
—Es triste pensar que no sintió confianza para contarnos. ¡La hubiéramos apoyado! —dijo con vehemencia.
Yo asentí. Nos abrazamos llorando por todo lo que dejamos de hacer en vida.
—¿Y nosotros? —me preguntó. Su mirada reflejó la desolación que compartíamos. No supe qué decirle.

Manuel trabajaba todos los días buscando terminar la casita para nuestra nieta, Lucy, pero todo avance desaparecía al día siguiente. Daba pena verlo, su cuerpo doblado por la frustración, para luego respirar hondo e iniciar de nuevo.

Otro día vinieron nuestras dos hijas con un agente de bienes raíces. El hombre recorrió nuestra casa haciendo fríos cálculos. Donde había recuerdos él solo veía dinero.

Valeria y su hermana Lucía salieron al jardín, las seguía la pequeña Lucy, de tres años. Para nuestra sorpresa, nuestra nieta nos reconoció y su carita se iluminó de felicidad.

—¡Abi! ¡Abu! —gritó y caminó hacia nosotros. La primera reacción de Manuel fue abrirle los brazos, pero yo le hice señas de que se alejara. Su cara se ensombreció, pero entendió que no debíamos perturbarla haciéndola pasar por la misma experiencia que había tenido Valeria. Nos partió el corazón la mirada de extrañeza de nuestra nieta.

—Es una pena que papá no la terminara —dijo Valeria señalando la casita del árbol.
—Bueno, ella igual la disfruta —dijo Lucía mirando a su niña que se asomaba sonriente por un hueco que debía ser una pequeña ventana.
—¿Crees que ellos estarían de acuerdo en que vendamos su casa? —preguntó Valeria.

Nosotros gritamos al unísono «¡¡¡No!!!» Un grito que no movió ni una hoja del jardín, tampoco hizo que nuestras hijas voltearan, y Lucy, ahora concentrada jugando en la casita, ni se dio por enterada.

—¿Sabes Manuel? La vida sigue sin nosotros. Esta… ya no es nuestra casa.

En ese momento el odioso agente se asomó señalando la casita inacabada.

—¡Tendremos que tumbar eso! —gritó.

Vi que Manuel estaba a punto de estallar. Lucía lanzó un resoplido de disgusto, tomó a Lucy y entró en la casa seguida de Valeria.

Manuel gritó con todas sus fuerzas, de pura frustración. Un grito que solo pudimos escuchar él y yo, sin ninguna repercusión en el mundo. Lo abracé fuerte hasta que se calmó.

Un ronroneo familiar hizo que volteáramos para todos lados hasta que lo vimos. Ahí, con su apariencia distinguida, estaba Nico: esbelto cuerpo negro, pecho y patitas blancas, como si portara un esmoquin. Un aura azulada lo envolvía. Caminó hacia el fondo del jardín y nos volteó a ver, quería que lo siguiéramos. La tonalidad azul en el terreno, conforme nos acercamos, tomó la forma de una enigmática puerta. Nico se paró frente a ella.

—Creo que debemos abrirla —le dije a Manuel.
—No estoy seguro. Me gustaría ver a las chicas de nuevo. Y a Lucy. ¿Viste qué simpática estaba? ¡Quisiera verla crecer!
—Yo también, pero…

Nico maulló fuerte y claro, como dando su opinión en el asunto. Manuel y yo nos miramos mientras las lágrimas se asomaban en nuestros ojos.

Me acerqué a la puerta y la abrí tímidamente, del otro lado se filtró una luz intensa que nos recordó cómo era la luz «normal» y no ese remedo gris en el que habíamos estado viviendo los últimos días. Volteamos para despedirnos de todo y, desde una ventana del segundo piso, vimos a Lucy que movía su manita diciendo adiós. Agitamos nuestras manos y le tiramos besos.

Nico avanzó primero, como si siempre hubiera sabido el camino. Nosotros le seguimos tomados de la mano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista: Masticadore Sur: AQUÍ

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-casa-apagada-cuento-corto/

Turismo espectral.

Relato corto sobre el Día de Muertos en México.

Tiempo de lectura: 4 minutos.

El alegre grupo llegó a México. Eran espíritus venidos de distintas partes del mundo a los que el señor Wu, un espíritu japonés con gran visión comercial, había traído en plan turístico para que experimentaran las tradicionales fiestas de muertos.

Se rieron mucho con las calaveritas de azúcar, presentes en casi todas las panaderías del país. Estaban adornadas con papelitos brillantes y filigrana de azúcar de diferentes colores, y algunas tenían nombres escritos en la frente. Uno de los viajeros, un ruso de nombre Igor, estuvo buscando entre ellas su nombre, sin éxito.

También probaron el delicioso pan de muerto. Bueno, probar es un decir, porque aunque podían comerlo, el pan se salía de sus cuerpos en forma de migas secas conforme lo iban consumiendo. Los dueños de los establecimientos quedaban perplejos ante el reguero de migajas que parecía brotar del aire.

La actitud de los mexicanos ante la muerte los hizo sentir como en casa, especialmente se sintieron reconfortados ante la visión de los grandes altares que se levantaban amorosamente dentro de los hogares y en algunos lugares públicos. Los altares estaban adornados con papel picado de diferentes colores y llenos de las cosas que les gustaban a los difuntos en vida, sus platillos y bebidas preferidas: mole, tamales, pozole, mezcal, tequila y vino. Gunhild, un espíritu femenino de Escandinavia, le pidió al señor Wu que le consiguiera la receta de los tamales. Todos en el grupo estuvieron de acuerdo en que era notable que la muerte se viera de forma tan natural y no fuera tabú como en otros lugares. El Sr. Wu dijo que aquellas tradiciones le recordaban un poco las de su país e insistió en prender incienso en algunos lugares.

La madrugada del primero de noviembre, escucharon mucha algarabía y gritos infantiles. Del cielo comenzaron a bajar en tropel miles de almas de niños fallecidos que regresaban por una noche a disfrutar nuevamente con sus familias. ¡Había que ver aquellas caritas llenas de felicidad! Los pequeños descendían a una velocidad asombrosa y casi derribaron al señor Wu cuando este daba instrucciones a su grupo para evitar ser arrollados. Todos se divirtieron con ese detalle.

Tras la algarabía infantil, la ciudad se preparó, con reverencia, para la llegada de las ánimas adultas, el día dos de noviembre. Los adultos, aunque contentos, venían más calmados que los niños. Formaban pequeños corros que platicaban animados y luego se diseminaban por la ciudad para entrar a sus respectivas casas y disfrutar de la hospitalidad de los vivos.

Un fantasma local, Crescencio, se ofreció a llevarlos a visitar un cementerio esa noche, y no podían creer lo que sus ojos huecos veían: gente comiendo y bebiendo junto a las tumbas, envueltos en el aroma de unas flores amarillas, la “flor de muertos” o, en náhuatl, cempasúchil. Había canto y jolgorio de vivos y difuntos. Los viajeros pudieron apreciar cómo los fallecidos abrazaban a sus familiares vivos aunque estos no lo notaran. Igor se apartó del grupo, con la mirada perdida entre las velas, y el señor Wu le preguntó qué le pasaba. Resultó que Igor se había acordado de su abuelito Vladimir y su abuelita Irina, lo que lo había puesto melancólico. Crescencio insistió en que lo mejor para la tristeza era que probaran el mezcal. El señor Wu les advirtió que las bebidas alcohólicas se comportaban distinto de la comida, y que podrían «absorberlas» completamente. Aunque les aconsejó prudencia, más de uno de los espíritus viajeros acabó borrachito.

Partieron al alba y México se quedó flotando en sus memorias como el aroma del cempasúchil: dulce, persistente e inolvidable.

Autor: Ana Piera.

Este relato fue publicado en la Revista digital «Masticadores» el 28 de octubre del 2021. En esta ocasión lo republico con algunos cambios.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/turismo-espectral/

Genio y figura… cuento corto.

Una historia de culpa, misterio y un fantasma.

Soñé vívidamente que mi madre difunta regresaba a su casa. La veía tan clara como el agua: regordeta, en el nido blanco que era su cabeza, una de sus manos se acomodaba el cabello mientras la otra descansaba apoyándose en un bastón que no reconocí. El suyo, el original, tenía una empuñadura de marfil, había sido de mi padre y tenía un gran valor sentimental para ella. Yo se lo regalé a un vagabundo que pasó.

—Hola, hija, ya regresé.

—¿Cómo que regresaste? —le decía sorprendida.

—Sí, solo estuve fuera un poco de tiempo, pero ya regresé.

—Este bastón no es mío. ¿Dónde están mis cosas?

Un sudor frío recorrió mi espalda y desperté empapada. El sueño rondó en mis pensamientos por varios días. “Es la culpa de deshacerme de sus pertenencias”, pensé.

Cuando por fin lo superé, situaciones extrañas sucedieron en la casa:

Sentí que alguien nos observaba. También oí el ruido de un cuerpo pesado dejándose caer en una de las sillas de mi comedor nuevo, solo para levantarse casi de inmediato. Se escuchaba el rumor de pantuflas arrastrándose por toda la casa. Puertas y cajones se abrían como si alguien los inspeccionara, para luego cerrarse con un golpe seco, malhumorado. Habitaciones que bajaban de temperatura hasta llegar a un frío glacial que hacía que a uno le castañetearan los dientes.

—Es mamá —le dije a mi hija Eugenia.

—Debe haber otra explicación.

—Parece un alma en pena buscando sus cosas. ¿Por qué nos deshicimos de ellas?

—Porque eso se hace cuando alguien muere.

—Le llamaré a Paquita Bermúdez, ella sabrá qué hacer.

Paquita la espiritista hizo su entrada en mi casa una noche. Era una mujer muy intensa, todo lo hacía como en una obra de teatro.

—Definitivamente, siento una presencia —dijo, tocándose la cabeza con dos dedos y los otros parados como antenas—. Una mujer mayor, pelo blanco, gorda…

—¡Es mi mamá!—solté de sopetón.

—¿Quieren hablar con ella?

—Sí —dijo resuelta Eugenia.

Nos sentamos en el comedor. Paquita invocó al espíritu. Su cuerpo se retorció con violencia hasta que habló con una voz que era la fusión de su propia voz nasal con la aguda de mamá.

—Estoy muy sorprendida y molesta. ¿Qué han hecho con mis pertenencias?

Yo me persigné. Eugenia, aunque nerviosa, tuvo el aplomo de hablar.

—Abuela, tú no debes estar acá.

—Mira hija, no sé por qué sigo aquí. Solo quiero sentirme feliz rodeada de lo que es mío.

—Eso no es posible. Ya todo se fue. La mayoría acabó en residencias para ancianos donde los vivos pueden darles un buen uso.

—¡Ustedes prometieron que eso no pasaría!

Paquita se estremeció de nuevo. Al recuperarse, miró en todas direcciones, embelesada, como escuchando la ovación de un público imaginario. Después habló con su propia voz:

—Son 800 pesos. Les aconsejo poner velas blancas y pedirle a su mamacita que trascienda. Si eso no funciona, habrá que traer un cura.

Después de la sesión, todo pareció calmarse, pero luego mamá volvió a las andadas: arrojaba objetos, desaparecía cosas y enrarecía el ambiente. A la semana siguiente, Paquita volvió y mi madre habló a través de ella:

—¡Estoy cansada! ¡Harta de su mal gusto! La lámpara de la sala, ¿dónde la encontraron? Parece que se la robaron de un hotel de carretera. ¿Y esa pintura? ¡Por favor! Eugenia, ese muchachito que te viene a ver… debes terminar con él porque no vale un centavo.

Al final de la sesión, Eugenia se fue a su cuarto enojada, y yo le pregunté a Paquita qué debíamos hacer.

—Recuperen todo. No tendrán paz hasta que lo hagan.

—¡Ay, Paquita! ¿No hay otra forma?

—Lo siento.

Mi hija y yo discutimos. Eugenia decía que no debíamos ceder.

Los episodios se volvieron más violentos. El novio de mi hija no podía pisar la casa, pues le llovían objetos. Nuestra ropa interior desaparecía. Cerraba las llaves del gas. Dejaba el refrigerador abierto. Decidí que era suficiente y me lancé a recuperar lo donado. Recorrí residencias, hablé con amigos y hasta fui al basurero municipal. No pude encontrar casi nada.

Al final, hice un altar con las pocas fotografías, adornos y prendas que encontré. La actividad paranormal cesó por completo. Cuando Paquita fue por última vez, me confirmó que mi madre ya no estaba ahí. Me dijo que lo más seguro era que hubiera trascendido y que el altar la ayudó.

Dos semanas después, recibí la llamada del director de un hogar de ancianos. El hombre me pidió encarecidamente que les llevara el bastón de mi madre. Le expliqué que era casi imposible de recuperar. Su respuesta me dejó de una pieza: un fantasma femenino creaba caos en el edificio, espantando a todos y pidiendo su bastón.

Mi madre, después de encontrar algunas de sus cosas en el altar, se dio a la tarea de buscar las otras. Cuando se lo platiqué a mi hija, se rió mucho. Luego me dijo con sarcasmo que quizá el vagabundo podría mandarnos el bastón por mensajería. Ante mi cara de pocos amigos solo agregó que la abuela no cambiaba ni en la muerte. Al final yo le di al director el teléfono de Paquita, y si no funcionaba tendríamos que pedir los servicios de un padre experto en exorcismos.

Esa tarde, reflexionando en todo lo que estaba pasado, comprendí que mamá había encontrado la forma de seguir apegada a lo suyo y atormentando a todos. Genio y figura, ¡hasta la sepultura!

Autor: Ana Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/genio-figura-cuento-corto/

«Las Almas» Cuento corto.

En este relato, se citan algunos compañeros de la comunidad de Blogers. Net. Algunos de los que me leen los conocen y los que no, los invito a que lo hagan y den clic en los enlaces para conocer blogs interesantes.

Un codazo en las costillas me sacó de golpe de mi estado soñoliento. La persona junto a mí había reaccionado cuando mi cabeza tocó su hombro. ¡El metro! Di un vistazo rápido al gráfico de las estaciones y casi agradecí el golpe: ¡Me bajaba en la siguiente! Solo que al salir del vagón, me encontré mirando el techo y las paredes color castaño claro de mi cuarto. Mi mente, arropada aún en la niebla del sueño, no funcionaba bien. La frialdad de las sábanas me era ajena, las gatas, que deberían estar acurrucadas junto a mí y dándome calor, estaban en sus camas repartidas en el piso. Me incorporé del lecho y salieron corriendo. Para mi sorpresa vi que mi cuerpo ahí seguía.

«Estoy alucinando», pensé. No era para menos, recordé los días de fiebre y tos, la dificultad para respirar y un dolor en el pecho con cada respiración que me hizo llamar al doctor. Ignoré a la demacrada criatura que yacía frente a mí, pensando que eran efectos secundarios de la medicina, como la sed implacable que sentí y que me hizo ir a la cocina por un vaso de agua. Una de las gatas, la negra con manchitas blancas en los pies, me siguió hasta la cocina, quedándose en el dintel de la puerta con la mirada fija en mí y todo su cuerpo tenso.

—Kali? ¿Qué pasa chiquita? ¿Te desperté?

Kali siguió en la puerta, confundida. Me serví agua y acerqué el vaso a mi boca. Bebí, pero el infierno no se apagó. Me encaminé a la salida y Kali se alejó de mí a toda velocidad.

De regreso en la habitación, frente a mi doble, sentí el peso de la realidad: yo estaba muerta y ese era mi cadáver. «¿Qué era yo ahora? ¿Un fantasma?» Todas mis gatas se estaban comportando igual que Kali, podían verme, mas intuían que algo había cambiado, y estaban asustadas. Sentí muchas ganas de llorar. ¡Y la sed! ¡La maldita sed!

Justo cuando estaba a punto de caer en la desesperación, de la nada, se formó una nube muy blanca en medio del cuarto. La nube rotó sobre sí misma haciéndose cada vez más grande y al alcanzar cierto tamaño comenzó a degradarse, apareciendo un joven de unos 25 años, flaco como un alfiler, muy rubio, sus ojos azules semi ocultos por unos lentes de pasta y gruesos cristales. Iba vestido con unos jeans gastados y una camiseta azul deslavada.

—¿Quién eres? —pregunté. Yo estaba en shock y temblaba de arriba a abajo.

—Soy Wolf. Tu guía —dijo sacudiéndose enérgicamente de encima los últimos jirones de nube.

—¿Guiarme a dónde? ¿Al cielo? ¿Eres un ángel?

Wolf hizo un gesto de desdén y yo enloquecí:

—¿Entonces… al… infierno?

—No, no, cielo e infierno no existen. Los que han trascendido y aman la literatura viven en «Las Almas», donde encuentran consuelo, paz y alegría. Es una gran ciudad etérea, una réplica mejorada de las terrenales. ¿Vienes o no?

—¿Tengo opciones? Quizás preferiría quedarme.

—Entiendo. Hay quienes no quieren ir a «Las Almas». Creen que no deben alejarse de sus afectos, lo cierto es que una vez que mueres, ya no perteneces a este sitio.

Pensé en mis parientes: los que me habían importado ya no vivían. Luego en mis amadas gatas, en su actitud hacia mi nuevo estado. Nunca fui muy creyente ni nada parecido, pero siempre había aceptado los conceptos de «cielo» e «infierno». Y ahora este chico me decía que eso no existía, que había otra cosa. ¿Podía confiar en él? Algo me decía que sí.

—Acepto. Antes dime, ¿cómo me quito esta sed tan espantosa que tengo?

—Es normal, eso se resolverá a su debido tiempo y mientras más nos tardemos más tiempo pasará para que la apagues. La primera parada es con Maty la «vidente». Ella te dirá a qué región podrías pertenecer según el tipo de literatura que te atraiga: narrativa, poesía, dramaturgia, etc.

—¡Como el sombrero de Harry Potter! —dije soltando una risita nerviosa. Había visto todas las películas de la saga al lado de mi hijo.

—Sí, solo que Maty es más linda que el sombrero —dijo Wolf sonriendo, y ese gesto me tranquilizó un poco.

—Háblame del proceso —le dije. Tenía muchísima necesidad de beber, pero también quería estar segura de que estaba haciendo lo correcto.

—No puedo explayarme mucho. Sigue Themis, la primera guía. Ella te guiará por caminos seguros, evitando las piedras «boludas» que abundan, y que podrían hacerte resbalar y alejarte. A medio camino, el guía cambia: Marcos, con su gran experiencia te pondrá frente a las mismísimas puertas de «Las Almas».

—Está bien, dije tratando de hacer memoria: primero Maty, luego, Themis y Marcos ¿y después?

—Antes de entrar en la ciudad, debes pasar por el juicio de Cabrónidas.

—¿Un juicio? —dije desfalleciendo, pensando en todas las veces que violé los preceptos bíblicos y la Constitución.

—No te preocupes, Cabrónidas puede ser muy «cabrónidas», pero es justo.

—Ok, suponiendo que pase el «juicio»… —dije, y el tono de mi voz delató la poca fe que me tenía.

—En las puertas de «Las Almas» te recibirán Merche y José Antonio. Será un recibimiento cálido, pues así son ellos. Mientras caminan por las calles te explicarán un poco el funcionamiento de tu nuevo hogar, José Antonio señalará los lugares donde puedes encontrar los mejores chupitos y tapas. Pararán en un lugar donde te servirán tu primer vaso de cerveza «vaporosa» y ahí la sed terrenal ¡Desaparecerá! Merche te platicará de algunos proyectos a los que puedes sumarte, como «La Nube de Oro», donde el mejor relato literario gana premio, también José Antonio te hablará de su propio reto literario. Te dejarán en el taller de Dakota, ahí tendrás un momento «zen» donde purgarte de todo lo pasado para que puedas vivir a plenitud en tu nuevo hogar.

Iba yo a preguntar qué seguía, pero Wolf se adelantó impaciente:

—Beatriz, (que seguro te contará algo de la historia del lugar), Nuria, y Finil serán tus «madrinas». Ellas te recogerán en lo de Dakota y te acompañarán todo el camino al Edificio del Consejo, que se parece a un templo griego, con todo y columnas y techo a dos aguas. Ahí hablarás con sLuis quien te instruirá un poco en cosas técnicas, porque, aunque somos etéreos, sabemos de algoritmos.

—Nunca pensé que en un lugar intangible se usaran ese tipo de cosas.

—De esa forma se administra todo en «Las Almas». Luego podrás ver a Tarkion, uno de los miembros del Consejo. Tarkion también es un experto en las lides informáticas, además de un cuentista notable, de hecho hay un concurso literario convocado por él y te recomiendo participar. Cuando estés lista, cerrarás los ojos y Tarkion extenderá su dedo índice derecho y serás enviada automáticamente a la región que te corresponde según lo dicho por Maty— debió ver mi cara de angustia porque agregó —¡Te prometo que no duele nada!

—Y, ¿cómo es la vida en «Las Almas»? ¿Me podré enamorar? ¿Se practican deportes?, ¿Se puede viajar?

—Ya lo descubrirás por ti misma.

Observé mi habitación y su contenido: el ordenador, las camas de mis gatas, acaricié con la mirada las viejas fotos de mis padres y hermanos, mirándome muy serios desde las paredes. En especial, la foto que estaba sobre mi mesita de noche. Ahí, mi hijo Edgar, joven y sonriente, posaba para la cámara. Días después moría en un accidente. Eso me hizo preguntar:

—¿Y mi familia?

—Allá no hay parentescos previos, todo es nuevo, incluso la apariencia, pero es posible que te encuentres almas muy afines, podrían ser gente importante de tu pasado. —Wolf se quedó callado y se quitó los lentes de pasta. Algo en su mirada me recordó a mi hijo. —¿Todavía quieres tardarte más con todas estas preguntas?

—¿Y las gatas? ¡Ellas también son familia! —dije, mirándolo también, escudriñando con esperanza su rostro. No era Edgar, ¿o sí? A él le gustaba mucho la narrativa, como a mí.

—Yo me encargaré de que acaben en un buen hogar. Te lo prometo.

—¿Eres Edgar?

El joven volvió a sonreír y esta vez no tuve dudas.

—¡Vamos! ¡Hay que apagar esa sed! Como te dije, Maty es la primera…

—¿Nos volveremos a ver? —le pregunté con un hilillo de voz.

—Sí, nos volveremos a ver.

Autor: Ana Piera.

Nota: Perdón por este relato extenso. La idea era incorporar a algunos compañeros de la comunidad de Bloguers.Net, si hubo alguien que se me haya escapado, pido disculpas, de ningún modo es intencional.

Para los amigos y lectores que todavía no están en Bloguers, lo recomiendo mucho.

Si me dejas comentario asegúrate de dejar tu nombre, a veces wordpress los pone como anónimos.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/las-almas-5/

Ensalmo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro, escribir un relato donde la «espera» sea el protagonista o el detonante de la historia. Límite de palabras: 250.

Cuando Rosy alumbró un niño saludable, pidió con vehemencia que se lo mostraran desde todos los ángulos hasta quedar satisfecha.

En casa no dejaba de observarlo y pasaba sus trémulos dedos por la diminuta faz esperando que abriera los ojos. «Solo falta eso» se repetía.

Aún guardaba el ensalmo de Zaida: un papel amarillo doblado muchas veces sobre sí mismo, mantenido bajo la almohada por siete noches. Las primeras seis, el perfume de Rogelio, su marido, inundó la habitación. Lo sentía ponerse encima de ella y mientras disfrutaba de añoradas caricias pensaba tan solo en quedar embarazada. La séptima sintió algo muy diferente: no hubo olores agradables, solo violencia, arañazos, golpes y mordiscos, pero al despertar, su cuerpo no mostraba evidencia de agresión.

«A veces los espíritus se alocan» le dijo Zaida. «¿No abriste el papel, verdad?». «No», mintió. «Entonces, quédate tranquila».

Le contó a su hermana Chayito.

«¿No era más fácil que te embarazaras de un vivo? No sé cómo te atreviste. ¿Y si la última noche no fue Rogelio?»

La espera era insoportable. «Sus ojos me sacarán de dudas».

Luego de 48 horas, el niño miró el mundo con una esclerótica negra y una llama bailando en lugar de pupila. Una sonrisa siniestra, impropia de un bebé se instaló en la pequeña boca. Esa noche, Rosy abrió todas las llaves del gas, cerró ventanas y se puso a amamantarlo. El recién nacido succionaba con crueldad.

Ambos se fueron deslizando en la muerte, o eso esperaba ella…

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

Por favor, si eres tan amable de comentar, deja tu nombre, a veces WordPress pone los comentarios como anónimos. Gracias.

Mi relato en la revista digital Masticadores AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ensalmo-microrrelato/

Lo que no pudo ser. Cuento corto.

Mi participación para el VadeReto del mes de Noviembre, (el mes del terror). Este reto tiene como título «El Espacio», refiriéndose al lugar donde sucede la historia y que debe de influir en todos los aspectos de la misma.

No pude reprimir un grito tan entusiasta que despertó a mi mujer, ella me lanzó una mirada asesina, eran las 4.00 a.m.

—Lo siento cariño, ¡encontré el medio motor 1600 de reemplazo para la combi! Está en un depósito de autos chocados.

—¡Cierra ese maldito iPad y deja dormir! —dijo, dándome la espalda.

Si algo me enorgullecía especialmente, era esa combi Deluxe 1968. Había sido el auto familiar en mi niñez y mi padre solía llevarnos en ella a acampar. (Una actividad que siempre sufrí y de la que no podía escapar). Mi hermano mayor, Julián, solía burlarse diciendo que yo le tenía «alergia a la naturaleza» o que era «un cobarde» y bueno, razón no le faltaba, siempre preferí la ciudad al campo, este último me daba desconfianza, prefería mil veces quedarme en casa y hojear revistas sobre autos, mi pasatiempo favorito. Mi hermano acabó heredándola, pero en una ocasión en que necesitó dinero, se la compré. Poco a poco me fui deshaciendo de todas las modificaciones que me traían malos recuerdos: techo elevable, sillón cama, mesa plegable, cortinas, etc. Se trataba de un modelo clásico, construido en Alemania y quería dejarla totalmente original, sin rastro de su pasado campista.

Emprendí el viaje a media mañana, prometiendo regresar al día siguiente. Mi Camaro 1969 salvó la distancia que me separaba del medio motor en exactamente cuatro horas y media. Llegué al lugar que marcaba el GPS un poco antes de las cinco de la tarde.

El depósito estaba rodeado de un muro rústico de ladrillo asediado por ortigas, cardos y otros tipos de maleza. Estaba algo alejado de la ciudad más cercana y ubicado sobre la carretera. Muy a mi pesar, estacioné el auto en una franja de terreno angosta y peligrosamente pegada al acotamiento. Me bajé y caminé buscando la puerta de acceso. Cada paso que daba producía una desagradable nube de tierra muy fina que se depositaba en mis inmaculados zapatos deportivos blancos. Rodeé el lugar hasta dar con un enorme portón metálico. Toqué varias veces y grité hasta que después de diez minutos, escuché a alguien detrás de la puerta metiendo una llave con parsimonia. La puerta se abrió con un crujido que evidenciaba abandono. Frente a mí apareció un hombre mayor de pelo y bigote completamente blancos y desaliñados, con aspecto soñoliento.

—Vengo por el medio motor 1600 de combi que anuncian en internet. Mandé un mensaje.
—No sé nada de eso, amigo.
—¿Cómo? ¡Aquí está el anuncio y el mensaje que envié! —saqué el móvil para mostrarle, pero para mi mala suerte en aquellos parajes no había señal.
—Puede pasar y buscarlo, creo que hay una al fondo. Siga el sendero principal.
—Ok —contesté molesto.
—Yo ando siempre por aquí. Soy Anselmo —abrió la boca, como a punto de decir algo más, pero no lo hizo.

El hombre se alejó con paso cansino, y un par de veces volteó a verme, luego se metió en una oficina ruinosa.

El lugar era enorme, reinaba el polvo y una suciedad grasienta lo impregnaba todo. Vehículos de todo tipo, la mayoria siniestrados y en muy mala condición estaban acomodados sin mucho orden. Más de una vez, mientras lo recorría, me pregunté si los ocupantes de tal o cual unidad, habían sobrevivido, claramente en algunos casos, eso parecía imposible. Recuerdo una vieja camioneta Toyota Corona 1969 blanca, muy maltrecha, que parecía haberse volteado. Por un hueco grande en el cristal estrellado de una de sus ventanas me asomé a la cabina. En el interior había manchas ominosas sobre la tapicería y en el techo vi «algo» pegado; parecía un pequeño papel arrugado y seco de color café claro, cubierto de pelos negros. Tardé un poco en darme cuenta de que se trataba de piel humana con cabello adherido. Me alejé muy impresionado.

«Al fondo», había dicho el tal Anselmo, y yo caminaba y caminaba por el sendero principal, rodeado de aquella desolación y el bendito «fondo» parecía inalcanzable. ¿Tan grande era ese sitio? La luz transitaba ya de la tarde a la noche. Con seguridad tendría que echar mano de la linterna del móvil.

Noté que ahora me encontraba en la parte más antigua del depósito y que los autos ahí tendrían muchísimo tiempo, quizá décadas. ¿Por qué nadie los había reclamado? Los espacios entre ellos se habían reducido considerablemente. Deseaba encontrar ya la combi, revisar que el motor me sirviera y largarme.

El silencio se interrumpió por el sonido de un claxon agudo que me sobresaltó. Provenía de un viejo Renault 4 1963, que de por sí había sido un modelo pequeño, pero este, con su parte posterior comprimida como acordeón, se veía diminuto. «Debe ser la batería, quizás un falso contacto» —pensé. El Renault aullaba cada vez más fuerte y a intervalos más cortos, conforme me iba acercando, pero al pasar yo frente a él, enmudeció. Por curiosidad, abrí la cubierta del motor y me invadió el desconcierto, pues no tenía batería, ni máquina, ni nada, era solo un cascarón. Me fui de ahí tratando de pensar en una explicación sin encontrar ninguna que fuera lógica. Me embargó una sensación de desasosiego.

Si quería evitar que me pillara la noche, debía darme vuelta ya, pero no quería irme con las manos vacías. De repente vi a alguien caminando entre los autos, primero supuse que era Anselmo, sin embargo, el hombre iba vestido con un mono azul de mecánico y al viejo lo había visto portando mezclilla y camisa blanca. Quizás sería algún trabajador del lugar.

—¡Ey! ¡Ayuda!

El tipo no se inmutó y fui tras él, aunque eso implicó salirme del sendero principal y meterme de lleno en el laberinto de autos malogrados.

—¡Espere! ¡Necesito ayuda!

Ahora los autos estaban acomodados todavía más juntos y apenas se podía circular entre ellos, podía ver la espalda del hombre, quien se movía con sorprendente facilidad. Yo seguía gritándole y siguiéndole a duras penas, con mi ropa rozando las sucias carrocerías y recogiendo aquel asqueroso y añejo polvo. Vi que adelante estaba ya la pared perimetral de ladrillos. El hombre tendría que detenerse, sin embargo, su cuerpo atravesó el muro y ya no le vi más. Se me heló la sangre. Temblando y sudando frío, intenté regresar al sendero principal, pero ya no lo encontré.

Con la noche encima, mis pasos se volvieron frenéticos, ya no me importaba encontrar la camioneta, solo quería salir de ahí. Se escuchaban ruidos extraños, desde los normales crujidos de los metales al cambiar la temperatura, hasta débiles sollozos y quejidos que salían del interior de las tristes unidades por las que iba yo pasando. Percibí olor a gasolina quemada y algunas chatarras aparecían envueltas en humo. Desde su interior se oía el golpeteo de manos desesperadas, y gritos horripilantes de gente quemándose y queriendo salir. Sentí angustia y mi corazón y respiración se aceleraron. ¡Aquel lugar estaba lleno de fantasmas!

Luego de un giro, me tope con la combi. ¡No podía creerlo! ¡Por fin tenía delante el objeto de mi deseo! Traté de calmarme, respiré hondo aquel aire enrarecido y me concentré. Estaba entera y parecía no haber estado involucrada en ningún accidente. Coincidía en año con la mía, y a juzgar por la poca pintura original que le quedaba, alguna vez tuvo el mismo color azul pálido. No tenía ya la puerta corrediza y desde afuera se podía ver el arruinado interior. Sin pensarlo mucho, subí a ella.

—Papá, no quiero.

La combi familiar recorría lentamente la carretera que serpenteaba en medio del bosque. Yo tenía frío.

—Deja de ser un mariquita —dijo Julián, quien estaba en el asiento del copiloto —no volteó hacia mí, pero yo imaginaba su mirada burlona. Lo odié con todas mis fuerzas en ese momento.

—Detesto estos viajes, prefiero quedarme en casa. ¿Por qué me obligan?

La camioneta llegó al lugar donde solíamos pararnos a acampar. Mientras mi padre y Julián preparaban todo para dormir, mi deber era recoger leña seca para la fogata.

—Asegúrate de que no estén húmedas como la otra vez —dijo mi padre sin voltear a verme.

Por experiencia sabía que de nada servía protestar. Con una linterna en la mano, un saco para guardar la madera y una navaja suiza en el bolsillo, me aventuré en los alrededores. Era noche cerrada y yo tenía miedo, temblaba de pies a cabeza, pensaba en animales salvajes, en caerme o perderme. Alguna vez escuché a mamá cuestionar a su marido sobre aquellos paseos, pues yo tenía apenas 11 años y ningún gusto por el campismo o la vida al aire libre. Él contestó que aquellas excursiones fortalecerían mi carácter.

Traté de darme prisa recogiendo la madera que encontraba. Al levantar un leño noté una humedad pegajosa en mi mano, alumbré con la linterna; era un líquido viscoso y rojizo. Casi de inmediato, sentí que una gota me caía en la frente. Dirigí la luz hacia arriba, de un pino colgaba un cuerpo humano que se balanceaba y chorreaba sangre. Grité como un poseído, solté el saco y traté de regresar a toda velocidad al campamento. Alguien me alzó violentamente mientras corría, perdí la linterna y sentí una mano pesada y rasposa sobre la boca.

Como despertando de un trance, y siguiendo una corazonada, miré el piso desnudo de la camioneta, busqué en un rincón una «X» que alguna vez, ocioso y sin que me vieran, hice, levantando la parte plástica y rasguñando el metal con mi navaja suiza. Ahí estaba, ennegrecida por el tiempo, pero aún se veía. Bajé sintiéndome muy confundido. Encendí la linterna de mi móvil y fui a la parte de atrás para abrir la tapa del motor. Frente a mí tenía un viejo 1600, envuelto en un sudario de óxido. Alguien se me acercó por detrás y extrañamente no me sobresalté. Dirigí la luz hacia él, era Anselmo. Observé con detenimiento su ropa: el pantalón de mezclilla era ahora un guiñapo y la camisa blanca estaba desgarrada y tenía manchas de sangre; su cara, del lado izquierdo, era una masa sanguinolenta.

—¡Lo encontró! ¡Bueno, siempre lo encuentra!— dijo, y su rostro deformado esbozó una media sonrisa.
—Sí —dije, recordando que no era la primera vez que me encontraba en ese lugar.

—Yo ya estaba aquí cuando la trajeron —dijo refiriéndose a la combi—. Encontraron gente muerta dentro —hizo una pausa mientras yo digería la información—. Amigo, regrese a «su ciudad» y siga soñando la vida que no tuvo —su respiración era entrecortada y dificultosa—. En una de esas se le «olvida» este sitio tan malo, aunque he de confesarle que aunque usted nunca me recuerda, siempre me da mucho gusto verle.

Autor: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/lo-que-no-pudo-ser-cuento-corto/

La Celebración – Cuento corto.

Mi participación en el reto lanzado por el blog AcervodeLetras que este mes cumple ya cinco años. (¡Felicidades!). Condiciones: la trama se ha de desarrollar alrededor de una celebración y tiene que aparecer el número cinco. Tono festivo y de buen rollo. (No estoy muy segura que mi propuesta encaje al cien por ciento con esto último, jejeje).

Cuando Thomas hizo acto de presencia, la mesa del comedor estaba vestida para una celebración por todo lo alto: platos y copas de cristal, cubiertos de plata, flores frescas y un delicioso aroma de comida marina flotaba en el ambiente y despertaba el apetito.

Su mujer, Victoria, le miró divertida mientras daba los últimos toques a la decoración en compañía de Amy, la mucama, quien hizo una torpe reverencia ante su patrón.

—¡Querido! ¿Acaso te olvidaste? ¡Hoy se cumplen cinco años! En la cocina Jane está preparando un festín: langosta, ostiones, caviar… Le pedí a Murray que traiga unas botellas de Chardonnay, quizás quieras supervisar eso.

Thomas se encaminó al sótano, pero Murray, el mayordomo, ya venía subiendo las escaleras con el vino.

—¡Oh! Señor, ¿le parecen bien estas? —dijo Murray con una sonrisa de oreja a oreja mientras le ofrecía una de las botellas a Thomas para su visto bueno.

—¡Perfectas! ¡Buena elección! Llévaselas a mi mujer, yo bajaré por algo más.

Mientras bajaba, sonrió al recordar cómo habían logrado correr a aquellos intrusos hacía cinco años. Victoria, que era terca al igual que una mula y no se resignaba a ver su hogar invadido por gente extraña, planeó cada detalle. Por supuesto Jane, la cocinera, Amy la mucama y Murray el mayordomo habían hecho su parte. Cada aniversario, los cinco se sentaban a la mesa para celebrar. Thomas al principio tuvo objeciones sobre cenar con la servidumbre, pero nuevamente su mujer se impuso. «Thomas, querido, sin ellos aún tendríamos a esas personas tan desagradables aquí. Se merecen festejar con nosotros». Y así había surgido aquella tradición.

—Se acuerdan de la noche que salieron corriendo? ¡Ya ni regresaron a hacer mudanza! —dijo Amy, que ya andaba algo achispada, mientras le hincaba el diente a una cola de langosta.

—¡Cómo olvidarlo! Recuerdo vívidamente esa noche, la familia completa se subió al auto a trompicones, me parece que uno de los adolescentes se iba meando encima. —dijo Murray a punto de soltar una carcajada.

Todos rieron de buena gana, Thomas, colorado por el esfuerzo y tosiendo preguntó:

—Fueron… Cof, los que más duraron, ¡jajaja! ¿Cuánto tiempo… Cof, cof, tuvimos que aguantarlos?

—¡Un mes! ¡Se me hizo eterno! —dijo Victoria alzando su copa.

—¡Brindemos por nuestra tranquilidad! ¡Que dure mucho tiempo! —dijo Thomas.

Tras la copiosa cena y varios brindis, todos le pidieron a Jane que era la más entendida en esos menesteres, que pusiera música para bailar en el fonógrafo.

Fuera, resguardados en sus respectivas casas y llenos de inquietud, los vecinos habían sido testigos de cómo la mansión abandonada desde hacía décadas, se iluminaba y se llenaba de risas y música. Como cada cinco de octubre, sentían la necesidad de santiguarse. Los más pequeños eran confinados en sus habitaciones y nadie, ni el más valiente, se atrevía a salir a la calle.

Autor: Ana Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-celebracion-cuento-corto/