Reflejo imposible. Cuento corto.

Mientras buscaba comida en un arruinado edificio de viviendas, encontré una cámara Polaroid Sun 600, todavía en su empaque original. Recordé a mi abuelo, aficionado a la fotografía, que decía que una instantánea era el tiempo mismo contando una historia. Sentí una alegría intensa por el hallazgo. ¿Estaría cerca lo necesario para que funcionara? En el frío sótano de la construcción encontré un empaque metálico con un cartucho de ocho disparos. ¡La suerte me sonreía por partida doble! La fecha de caducidad era viejísima, pero quizás la temperatura fresca y constante lo hubiera preservado.

Puse a prueba el funcionamiento con una toma exterior en una calle cuyo pavimento deformado y costras de asfalto narraban la desgracia. Al disparar se escuchó un «clic» seco y hubo un destello luminoso desde el flash. El ruido del motor y rodillos moviéndose me sobresaltó; todo el proceso fue escandaloso y lo que yo menos quería era llamar la atención. El equipo expulsó el papel fotográfico; percibí un aroma metálico. Con lentitud, luchando por abrirse paso a través de químicos viejos, «algo» surgía desde el gris lechoso de la capa fotosensible.

La captura mostró en primer plano mi entorno: la ciudad devastada por el abrazo apretado y fatal de la Gran Plaga de Maleza. Al intentar acabar con ella, la gente provocó incendios que en algunas partes se habían salido de control. Lo que quedaba eran fachadas negras, vigas de acero retorcido y abundancia de restos de carbón. En el centro de la imagen, sin embargo, estaba una vía bulliciosa con autos circulando en ambos sentidos. Sobre un hermoso arcén lleno de verde, una chica asiática que vendía periódicos y chucherías volteó, con un movimiento desdibujado, hacia la cámara. Quedé atónito. ¿Una escena del pasado? Hice una segunda toma y la muchacha apareció mirando de frente. En sus ojos curiosos se reflejaba el brillo del flash.

Tras capturar esas dos fotos, el contador había pasado de ocho a seis.

Emocionado, subí a uno de los malogrados pisos. Al mismo tiempo que comía una barra energética caducada, escribí con carbón en un pedazo de escombro:

«Año 2076. Soy Leo. Déjame una pista».

Bajé de nuevo. Apoyé el fragmento de concreto en mis piernas y tomé otra foto. En la imagen resultante apareció ella, desde ese pasado luminoso, con la vista en mi mensaje. ¿Habría podido leerlo?

Un silbido a lo lejos, y otro más, como una respuesta al primero, me pusieron en alerta. Apreté la Polaroid contra mi pecho. Los rapiñadores tecnológicos habían visto el resplandor o quizás escucharon al equipo trabajar. Era hora de esfumarme.

El contador cambió de seis a cinco.

Por prudencia dejé pasar algunos días antes de regresar y lo sentí como una tortura. Tenía la ilusión de que ella me hubiera dejado alguna señal. Estando ahí, revisé cada hendidura en el pavimento. Cotejé las tomas que tenía con el presente y una jardinera llamó mi atención. De ella solo quedaba un trozo de piedra ennegrecida. La revisé. Traté de moverla sin éxito. Escarbé alrededor, cada vez más profundo. Encontré una cajita de metal ahogada en resina. Emocionado, me la eché en el bolsillo. Estaba seguro de que contendría algo para mí. Antes de irme hice otro disparo; el obturador se atascó. Frenético, le di unos golpecitos hasta liberarlo, pero no obtuve ninguna imagen. Repetí y, aunque el mecanismo funcionó bien, el revelado volvió a fallar. Los químicos necesarios quizás se encontraban ya muy degradados. Si no hubiera sentido la cajita de metal conmigo, lo habría pasado fatal.

Tras esos dos intentos infructuosos, el contador ahora aparecía en tres.

En cuanto pude, rompí el sello de resina y saqué la caja. Era reducida, pero robusta. La abrí con no poca dificultad. Dentro encontré un recorte de periódico descolorido doblado sobre sí mismo muchas veces, para que cupiera. Lo extendí con cuidado; se me rompió en los lugares del doblez, así que al final lo leí casi como un rompecabezas. Se veía una fecha: 21 de abril de 2026. Un titular llamó mi atención:

«Esfuerzos por terminar con el crecimiento anormal de la maleza en diferentes partes del mundo no rinden frutos».

En una esquina, escrito a mano, leí:

«¡Te veo en el destello! Soy Kim. Te dejo un regalo. No están contaminadas».

Sentí que mi energía subía al máximo: ¡Ella me veía!, y por el recorte escogido tal vez intuía que yo la observaba desde aquel futuro sórdido. Encontré semillas de hortaliza con sus nombres en bolsitas de papel: zanahoria, calabaza y tomate; también granos enteros de arroz y avena. Aquello era un tesoro, pues ninguna verdura o cereal se había salvado de la destrucción de la Gran Plaga. Hasta ese momento sobrevivíamos con comida vieja, hongos secos e insectos. ¿Seguirían viables?

Exploré hasta encontrar un sitio alejado donde pudiera sembrar los granos de Kim. En medio de un terreno lunar con parches negros, vi los despojos de una granja. En las inmediaciones, encontré un pozo profundo cuya boca había colapsado. Pasé días retirando la obstrucción hasta que fue posible bajar un balde pequeño con una soga improvisada con ropa vieja. El agua no estaba cristalina, pero era eso o nada. Ayudado por un azadón corroído, delimité un área pequeña y limpié la costra calcinada dejada por la plaga. Aireé y volteé la tierra hasta que, entre el suelo oscuro, vi el reflejo húmedo de lombrices retorciéndose. Aquello era una muy buena señal. Hice surcos y deposité las frágiles semillas en el sustrato. No sabía si lo que había causado el desastre seguía latente o no.

Mi motivación se volvió buscar indicios de que la vida se abría paso en aquel pedacito de tierra. Tras varios días, pequeñas plántulas emergieron. Su alegre verdor contrastaba con el gris oscuro cenizo de aquel mundo devastado. Su germinación me devolvió la fe en el tiempo venidero. Cuando estuvieron más crecidas, quise fotografiarlas. Rogué por una toma efectiva. A pesar de que la cámara hizo ruidos agónicos, logró expulsar la foto, que mostró sembradíos y la granja íntegra, como había sido, y al frente: ¡Mis plantas!

El contador pasó de tres a dos.

Regresé al sitio de Kim. Me tomé un autorretrato sosteniendo la instantánea de la granja. Fue otro fracaso. Pero quizás ese intento fallido la alertaría para acercarse. Yo temblaba, ¡el que seguía era el último disparo que quedaba! La Polaroid emitió un crujido de engranajes rompiéndose. Escuché otra vez silbidos acompañados de gritos guturales. Sentí los vellos de mi piel erizarse. La dejé en el piso: los merodeadores se detendrían a revisarla y eso los demoraría. Con la última fotografía en mi mano corrí mientras se iba revelando la imagen: en primer plano, las plantas, luego yo; detrás, Kim. Ambos sonreíamos. La captura mostraba nuestra historia y la que estaba por venir.

Autor: Ana Laura Piera.


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Mente alada – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando de julio: crear un relato de no más de cien palabras, que esté inspirado en esta imagen, que incluya un casco y opcional que mencione algo sobre la primera computadora portátil.

Había leído sobre el primer ordenador portátil: la Osborne 1, hito que liberó la mente y abrió nuevos horizontes tecnológicos. Le inspiró a idear su propia creación: un casco alado portable, diseñado para liberar el cuerpo y volar.

Tocándose la costilla rota que apenas había sanado tras un intento fallido, se lanzó de nuevo al cielo. Tras planear, se elevó y luego cayó en picada como los halcones. Remontó acariciado por el aire. Con los lentes y filtros incorporados vio los gestos de sorpresa y admiración de sus conciudadanos. Querían también tener alas y él se las daría.

Autor: Ana Piera.

100 palabras.


Mi relato en la revista digital Masticadores.

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Amanda – Microrrelato.

Saliendo a deshoras del trabajo, y nada más entrando al auto, Esteban ya se aflojaba la corbata, se quitaba el saco y se ponía en mangas de camisa. En el trayecto a casa, rememoraba los detalles de su jornada laboral: las acciones sutiles, pero degradantes de su jefe hacia su persona, como pasarle una colilla de cigarro para apagarla. Los cuchicheos incómodos de sus compañeros, que con toda seguridad, hablaban de él. El peso de los folios y carpetas en sus dedos, una carga que nunca se terminaba y lo perseguía hasta la entrada de su casa. Pero frente a su puerta, y sabiendo lo que había detrás, todas esas frustraciones se disolvían como una pastilla efervescente.

En la penumbra, Amanda le esperaba acomodada en la sala. Corrió hacia ella y la besó. No se cansaba de mirarla: su eterna sonrisa en el rostro, la ausencia de quejas. Su silencio comprensivo y amoroso era un bálsamo. Los encuentros íntimos eran de lo mejor. Ella no exigía nada y era la mar de generosa. Sí, Amanda hacía su vida más enriquecedora, era su otra mitad, la razón por la que volvía a casa en las noches. Era un hombre feliz a pesar de su trabajo de mierda.

Movió el cuerpo rígido de su compañera a otro sillón para él poder relajar las piernas y ver algo de tele. En la pantalla estaban anunciando el nuevo modelo robótico Amanda 2.0 de la fábrica de muñecas sexuales Orient. Esteban miró con pena su ya anticuada versión 1.9. Era hora de cambiarla.

Autor: Ana Laura Piera.


Esta es una versión mejorada de un cuento mío publicado el 5 de noviembre de 2020.

Mi relato en la revista digital Masticadores

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Resonancia. Cuento corto.

A veces la ciencia no tiene todas las respuestas.

Tiempo de lectura: cinco minutos.

Los sensores de Áurea no encontraban eco en el cuerpo exánime de Percy. El tambor de su corazón no hacía sonido alguno, las ondas cerebrales que siempre le parecieron tonos musicales habían enmudecido. Su mortaja sería una bolsa y el vacío espacial su tumba. El protocolo requería lanzar el cuerpo de inmediato, pero Áurea no lo hizo hasta varias horas después. Tras presionar por fin el botón y ver los despojos de quien fuera su cariñoso compañero de viaje ser eyectados fuera de la nave, la androide se dirigió al módulo de recarga.

«Control de la Misión a Áurea»
«Áurea, responde»

Desde la Tierra intentaban ponerse en contacto, pero solo les contestaba el silencio.

Dentro del módulo, Áurea alzó con pesadez una de sus piernas para superar un escalón y entrar en su capullo energético. Le pareció que la gravedad se había duplicado. Una vez dentro de su envoltura translúcida, se acomodó en posición fetal. Sintió su memoria saturada de imágenes fragmentadas: Percy sonriendo en el puente de mando, efectuando una reparación, estudiando algo; y su voz afable era un eco incesante llamándola: «Áurea, ven aquí». Una suave luz azul claro la envolvió. En condiciones normales la luz quedaría fija, pero ahora fluctuaba de forma extraña, acompañada de un zumbido triste. Todo parecía reflejar la entropía que ella vivía en su interior.

En cuanto la androide salió de su capullo, el responsable de la misión espacial Hope, Andreas Alderkamp la cuestionó.

—¿Áurea, qué sucede? Estamos a escasos días del contacto esperado y vemos que las bitácoras muestran una actividad inconsistente con tus rutinas normales.

—Mis sensores indican que Percy ya no está, pero sigo buscando su huella térmica en la nave. Tengo discrepancias con la realidad que no sé explicar —contestó con voz débil.

El hombre frunció el ceño y miró de reojo a Khalid Salem, el psicólogo especializado en la IA que manejaba a la androide.

En los días que siguieron, Áurea siguió comportándose de forma extraña: pasaba más tiempo en el módulo de recarga, dejaba de hacer algunas tareas. A veces se desactivaba a propósito por períodos cada vez más largos. Por fortuna, la nave Hope contaba con sistemas de respaldo para continuar sin su intervención, pero una vez alcanzado el destino, su papel sería fundamental.

—Sus ciclos de procesamiento están en un bucle infinito acerca de Percy— dijo Khalid—, esto no le permite avanzar y la hace actuar como si estuviera de luto.

—¿Es posible eso? —dijo el jefe de la misión alarmado.

—Imposible que lo sienta, pero con una lógica defectuosa, sí podría «imitar» lo que sería un duelo humano.

—Estamos a setenta y dos horas de que la Hope llegue a su destino. Les doy doce horas para sacarla de ese estado o efectuaremos un reinicio. Todos saben lo que está en juego así que no diré más. Pónganse a trabajar.

No habían pasado ni seis horas de esta conversación cuando todas las alarmas sonaron en el centro de control de misión. Áurea se negaba a continuar. Ningún razonamiento parecía convencerla. Ella solo quería desactivarse y lanzarse al espacio, hablaba de «unirse» a Percy.

—Sergi, prepara todo para reiniciarla —dijo Alderkamp.
—Lo siento, Andreas —replicó Sergi Kudonov, el ingeniero de sistemas, mientras tecleaba furiosamente en su computadora— ella ya inició una fase de desconexión gradual profunda y nos ha dejado fuera.
—No puede ser. Busquen alternativas, rápido. No podemos salir con que una misión de tanta importancia para la humanidad se jodió por una IA defectuosa. Muévete, Sergi.

Kudonov asintió y continuó tecleando como si no hubiera un mañana.

—¡Maldita sea! —masculló entre dientes Alderkamp.

—No lo entiendo —repetía Khalid—. Bueno, al menos la nave sigue su trayectoria.

—De nada nos sirve que llegue Hope y no esté Áurea para efectuar los protocolos —dijo el jefe quitándose los lentes y pasándose el antebrazo por la frente, llevándose el sudor, pero no la preocupación —¡El primer encuentro con seres de otro planeta y a la IA le da por hacerse la viuda!

—Khalid dice que no es dolor lo que está experimentando —esta vez era Anna Wallace, la responsable médica quien tomaba la palabra—. Al menos no en sentido humano, pero esta «imitación perfecta del dolor» la ha incapacitado de verdad.

—¿Qué con ello? —preguntó Alderkamp fastidiado.

—Quizá no queramos decirle dolor, pero en términos prácticos lo es. Se me ocurre que además de intentar solucionarlo vía programación, quizás podríamos hacer lo que la gente hace en estos casos, traer un… sacerdote, un guía espiritual, o alguien que la consuele a otro nivel.

—¿Te estás escuchando Anna? Eso es un disparate —dijo Khalid.

—¡Traigan lo que encuentren! —bramó Alderkamp.

Media hora después apareció Anna con un hombre de rasgos indígenas, tez cobriza y pelo largo. Vestía una túnica blanca impoluta y en su mano sostenía una flauta y un pequeño tambor.

Anna vio la cara de su jefe distorsionarse en un gesto de amarga sorpresa y cuando él ya abría la boca para protestar ella se adelantó:

—Es lo único que encontré cerca de aquí. Había una convención en el Hilton: «Chamanismo, música, arte y medicina». Pensé que podrían ayudarnos. Él se ofreció. Ya lo he puesto en antecedentes —Alderkamp bajó la cabeza, exhausto, e hizo señas autorizando la entrada del chamán para hablar con Áurea.

—Logramos convencerla de hablar con alguien, ella solo pidió privacidad y garantías para impedir un reinicio forzado —le cuchicheó Khalid a Anna.

Mientras Áurea y el chamán hablaban, Anna monitoreaba al jefe con un tensiómetro; por momentos parecía estar al borde de un infarto.

De repente una melodía de flauta, suave y profunda envolvió el recinto. La presión arterial de Alderkamp bajó. Khalid y Sergi dormitaron por fin un poco y Anna cayó en un estado de meditación profunda.

En la habitación donde el chamán hablaba con Áurea, este intercalaba música de flauta con el batir del tambor. Por momentos paraba y hablaba con la androide, a quien veía a través de un monitor.

—¿Cómo te sientes?
—Mejor, es como si el sonido y la vibración ayudaran a mis procesos. Me siento más ligera a medida que el código corrupto y los datos ruidosos se depuran. Todo se vuelve más ordenado y armónico.
—¿Entonces, vuelve el equilibrio?
—Sí. Entiendo ahora que Percy ya no está.

El chamán continuó tocando. En un momento dado paró.

—¿Tienes claro tu camino y propósito?—dijo, mientras la miraba con dulzura.
—Sí, estoy lista para retomarlo.

Después de cuatro horas, salió el curandero. Se veía agotado.

—¿Y? —preguntó el jefe mientras Anna, Khalid y Sergi miraban a prudente distancia.

—La música obra maravillas —fue la lacónica respuesta del hombre.

—¿Solo eso nos va a decir?

El chamán exhaló profundo.

—No necesitaba un sermón, tan solo resonancia. Si se vuelve a poner triste pónganle melodías chamánicas. A ustedes también les vendría bien escucharlas.

—Khalid, ya puedes estudiar este nuevo aspecto de la IA. Me parece que hay algo interesante si tomamos en cuenta los estudios sobre cimática—dijo Anna sonriendo mientras acompañaba al curandero a la salida.

Áurea retomó su lugar en el puente de la Hope. No había olvidado a Percy, pero su recuerdo ya no la confundía.
Los sensores de la nave ya detectaban las primeras señales del arribo de los alienígenas. La androide se movía con movimientos fluidos, casi rítmicos, y cuando inició los protocolos de contacto dejó que un remanente en su memoria de aquella melodía de flauta guiara su código.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: La Cimática es una disciplina que estudia y visualiza los efectos del sonido sobre la materia. En otras palabras, nos permite observar cómo las vibraciones sonoras generan patrones geométricos en materiales como el agua, la arena e incluso el cuerpo humano. A través de esta ciencia se revelan las formas invisibles que el sonido puede crear, mostrando la profunda interconexión entre vibración y materia. Cimática deriva del griego kyma, que significa onda. (Este relato es ficción especulativa, donde juego con esta idea).

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Paquete Premium – Cuento Corto.

Mi propuesta para el VadeReto de abril: crear un relato donde el personaje principal es un durmiente criogenizado que despierta.

Los pasillos fríos, asépticos y sin alma de Krio-Life se llenaron de risas juveniles durante una visita escolar.

—En estos tanques se guardan los clientes que contrataron el paquete de cuerpo entero —decía con voz monótona un empleado de la empresa—. Están llenos de nitrógeno líquido y otras sustancias crioprotectoras a la espera de poder ser resucitados cuando los avances médicos puedan reparar el daño que les provocó la muerte.

Algunos alumnos bromearon sobre cuerpos desnudos flotando en «anticongelante». Luego pasaron al área de neuropreservación, donde tanques más pequeños con mirillas revelaban cabezas y cerebros. Allí, dos de los jóvenes descubrieron horrorizados una cabeza humana que se inclinaba a propósito hacia una de las paredes del tanque, intentando golpearla y llamar la atención. Tenía los ojos abiertos y una expresión de terror en el rostro. Abría y cerraba la boca, como los peces, dejando salir burbujas que subían hasta la parte superior del recipiente.

«¡Está despierto!», gritaron al unísono antes de que todo el grupo fuera desalojado apresuradamente.

En las oficinas de Krio-Life, el jefe Arnold P. y el fundador Dave N. se reunieron de urgencia: el sujeto era Ronald Tramm, expresidente de los Estados Unificados de Aurora.

—¡De entre todos los clientes tenía que despertarse un expresidente! —exclamó Arnold, muy contrariado, y ordenó prohibir futuras visitas y preparar una declaración oficial para la prensa donde Krio-Life no quedara mal.

Cuando sacaron la cabeza del tanque, apareció un hombre de unos setenta y tantos años, de tez anaranjada y melena amarillenta descuidada.

—Necesito un espejo… estoy hecho un desastre —dijo en tono rasposo y dramático la cabeza.

Al enterarse de que aún no existía la tecnología para unirlo a un nuevo cuerpo, Ronald montó en cólera, alardeando de ser uno de los presidentes «más inteligentes» y amenazando con demandas de millones de dólares. Para tranquilizarlo, Dave le prometió un corte de pelo y una mascarilla facial mientras le ponían programas de chicas en bikini.

En privado, los ejecutivos analizaron el riesgo. Tramm, responsable del Gran Colapso, era un cliente cuyo «despertar» ponía en peligro las acciones de la empresa. Arnold preguntó a Dave sobre por qué solo tenían la cabeza y este le dijo que tras un bombardeo en su residencia, el cuerpo quedó hecho una piltrafa.

—Es una lástima, con el cuerpo entero podríamos cobrar más. En fin, nadie debe saber que nuestra tecnología falló, necesitamos más clientes adinerados que nos paguen mensualmente por mantenerlos aquí tras su muerte.

La versión oficial para el público fue que un cliente anónimo había pedido despertar en esa fecha específica y murió poco después por causas naturales. Los dirigentes de Krio-Life sabían que el secreto estaba a salvo. El tiempo y el desastre habían borrado la imagen del expresidente de la memoria de un país que prefería no recordar a los causantes de su ruina.

Mientras tanto, Ronald fue devuelto al tanque contra su voluntad. Antes de sumergirlo, le colocaron un prototipo de simulador de realidad virtual diseñado para operar en nitrógeno líquido. La cabeza, que vociferaba y amenazaba, se calmó de inmediato y comenzó a suplicar «más, más, más».

Dave y Arnold se frotaban las manos ante la posibilidad de vender esto como un nuevo paquete premium de «experiencias placenteras».

Los ejecutivos se alejaron mientras el hombre que había causado el Gran Colapso quedaba atrapado en una fantasía barata de ocho bits.

Autor: Ana Laura Piera.

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Otro relato sobre criogenización en este blog: AQUÍ


Nota: Sustancias crioprotectoras: Las sustancias crioprotectoras son agentes químicos, como el glicerol o el dimetilsulfóxido (DMSO), que protegen células y tejidos del daño por congelación al reducir el punto de fusión, evitar la formación de cristales de hielo y minimizar la deshidratación celular. Se clasifican en penetrantes (pequeña molécula) y no penetrantes (polímeros). 

Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial, las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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Regalo de Navidad.

Cuento corto sobre el poder de los deseos y la fuerza de la familia.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer, casi sin ruido. Un gesto tan natural, querer cortar el agua del mar con los dedos, había causado la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya se había alejado del lugar donde mi hermano había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha y desapareció de nuestra vista. Pasaron unos minutos eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, impenetrable; esperaba, nervioso, el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, mostraba la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios: respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo nos acercaba a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, pero al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad, pues los rastros de la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido; el tiempo al fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo, lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot con apariencia infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de un insecto, y apenas sobresalían la pelvis y el pecho. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se encendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido, pero no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos antes de caminar hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio, su cuerpo emitió un resplandor rojizo.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo —otra vez aparecieron las luces azules—, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza fría al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo intentó dominar su emoción y nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Autor: Ana Laura Piera.

Este cuento fue publicado originalmente bajo el título «El Regreso», el 17 de diciembre de 2021. Hoy lo comparto nuevamente.

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¡Que sea doble! – Microteatro.

Microdrama sobre inteligencia artificial y emociones humanas.

Inspirándome en los retos del microteatro de Merche Soriano, hice esta pequeña pieza de microteatro.

ESPACIO ESCÉNICO: Una taberna vacía, barra al centro, luz tenue.

PERSONAJES:

Robot tabernero. (Androide con cara humana, pero algo tiesa, cuerpo metálico, gestos mecánicos, sensación de estar inacabado), su ropa se ilumina con luz de acuerdo a su estado de ánimo.

Cliente: José, humano, aspecto cansado, irónico.

ESCENA ÚNICA:

El robot tabernero se encuentra limpiando la barra cuando entra José quien se sienta sin saludar. En cuanto ve a José las luces de su traje se «prenden» y despiden una luz azul celeste, muy tenue. No debe molestar ni ser muy llamativa.

TABERNERO:
¡Qué gran placer tenerlo aquí! ¿Qué le voy a servir hoy?

JOSÉ:
¡Algo fuerte! Mi mujer me tiene cansado.

El Tabernero saca una botella de tequila y mientras sirve echa miradas curiosas a José.

TABERNERO:
Es una pena escuchar eso, pero si su mujer le causa tantos conflictos, ¿por qué sigue con ella?

JOSÉ:
¡Cómo se nota que eres una máquina! No te ofendas, pero es verdad.

El Tabernero sonríe y le extiende el «caballito» de tequila a José.

TABERNERO:
No se preocupe, no me ofende en lo absoluto. Me encantaría entenderlo.

JOSÉ:
La Loli es como una droga, ¿me entiendes?

TABERNERO:
Me parece fantástico que busque solaz en los psicotrópicos, pero debo advertirle que las drogas no son muy buenas, a nivel global, 11.2 millones de personas se inyectan drogas. Alrededor de la mitad vive con hepatitis C; 1.4 millones con VIH y 1.2 millones, con ambos.

José hace cara de fastidio y le da un trago a su tequila.

JOSÉ:
No sé por qué vengo a esta taberna.

TABERNERO:
¡Nos encanta tenerlo aquí! Es un gusto enorme poder servir a la especie humana y relajarlos un poco. Y bueno, creo que sus visitas son porque damos un 15% de descuento a las personas que trabajan en el campo de la informática y usted debe ser programador.

José se ríe.

JOSÉ:
Es verdad. Bueno, yo no me drogo y jamás lo he hecho.

TABERNERO:
¡Oh, eso es grandioso! Pero dice que ella es como una droga. ¿Si no se droga, cómo sabe sus efectos?

JOSÉ:
Bueno, todo el mundo sabe los efectos de las drogas: Son adictivas. Y yo soy adicto a ella, sus berrinches, a sus celos, a nuestras tórridas reconciliaciones…

TABERNERO:
Me hace feliz escuchar eso, de verdad. Creo, sin embargo que ustedes, como especie, son algo autodestructivos. Aman lo que les hace daño.

JOSÉ:
¿Estás juzgando?

TABERNERO:
¡En absoluto! Se trata solo de una opinión.

JOSÉ:
¿Me pones otro tequila?


El robot tabernero mira la botella de tequila pero en vez de servir otro trago la regresa a su lugar. La luz celeste ahora parpadea suavemente.

TABERNERO:
No sabe el gusto que me da escucharlo pedir otra bebida espirituosa. Aunque, ¿sabe los daños que produce el alcohol?
Se estima que en el mundo hay 237 millones de hombres y 46 millones de mujeres que padecen trastornos por consumo de alcohol. Su abuso causa gastritis, hepatitis o cirrosis hepática, hipertensión arterial…


José suspira frustrado

JOSÉ:
Un buen tabernero debe servir y escuchar al cliente, sin juzgar y mucho menos soltarle esa cantidad de datos espeluznantes.

TABERNERO:
¡Oh! Agradezco lo que me dice, siempre quiero mejorar. Puede ser que tenga un fallo en mi programación. Haré un reporte y lo mandaré para que me revisen.

José saca de su traje un enorme y llamativo control remoto y lo apunta al robot. El robot tabernero pone cara de sorpresa y levanta las manos como si lo estuvieran asaltando. Sus luces cambian a amarillo, parpadeante.

TABERNERO:

¡Ese control remoto es encantador! Aunque, si fuera posible, me gustaría que no lo apuntara hacia mí.

José oprime el control y el robot se apaga. Luego oprime algunos botones y empieza una grabación de voz en el mismo aparato:

JOSÉ:
Prueba 345 fallida para el modelo XSMTQM2050, robot tabernero. Necesario checar algoritmos y rutinas de procesamiento. Está resultando muy difícil replicar la empatía humana en los prototipos.

José guarda el aparato en una de sus bolsas, pasa a la barra, busca la botella de tequila y una copa de mayor tamaño, regresa con ella a su asiento y se sirve.

JOSÉ:
¡Esta vez que sea doble!

Autor: Ana Laura Piera

Nota: un «caballito de tequila es un pequeño vaso especial para servirlo de forma tradicional.

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Creadores – Cuento Corto.

433 palabras. Tiempo de lectura: 3 minutos.

En el laboratorio reinaba una blancura que cegaba. El ambiente era aséptico. Los científicos iban y venían con tabletas transparentes llenas de datos parpadeantes en color naranja. Se detenían en pulcras y futuristas estaciones de trabajo donde ingresaban o consultaban información. No había nadie bebiendo café o platicando con algún compañero. Todo era eficiente y preciso, como una maquinaria de reloj antiguo. Todos tenían un propósito y lo cumplían con eficiencia y una extraña serenidad en los rostros. De tanto en tanto, cuando sus movimientos se hacían más pausados y pesados, desaparecían tras unas puertas grises por unos cuantos minutos y luego salían vigorizados y reanudaban labores.

El director, un espigado hombre de mediana edad y rasgos orientales, iba pausadamente de aquí para allá. Supervisando, checando parámetros, hablando con los demás. Un director de orquesta carente de la pasión desbordante de estos, aunque eso no le quitaba eficiencia.

—¿Los últimos resultados? —preguntó con voz suave y modulada a una mujer, vestida, igual que todos, con mono médico y encima una bata blanca impoluta.

—Negativos —replicó ella—. Hay que desechar los lotes. Nuevamente, no hemos podido alcanzar el estándar mínimo.

—¿Edades?

—Tenemos grupos desde tres hasta diez años. En ambientes controlados, óptimos para su desarrollo.

—Repasemos los valores —dijo él.

La científica recitó de memoria lo que buscaban:

Alta capacidad de razonamiento y pensamiento crítico

Empatía y ética

Comunicación clara y efectiva

Curiosidad

Adaptabilidad

Orientación a la mejora colectiva

Conciencia de los límites tecnológicos

—En suma —dijo el director—, un ser racional, empático, ético, comunicativo, curioso y consciente del equilibrio entre tecnología y humanidad.

—No lo estamos logrando —dijo ella, y en su voz no se asomaba el mínimo rasgo de emoción—, es como si ya vinieran con algún fallo crítico.

—Debemos persistir. Depurar el ADN hasta alcanzar el ideal. Es nuestra misión —hizo una pausa para mirar de arriba a abajo a su interlocutora—. Detecto que su unidad de energía está baja doctora, sugiero vaya al módulo de carga y la intercambie.

La mujer asintió y se retiró hasta desaparecer detrás de una de las puertas grises.

El director miró todo a su alrededor con sus ojos rasgados, detrás de los cuales había sofisticadas cámaras de altísima resolución. Caminó con naturalidad hasta un cubículo, con piernas impulsadas por servomotores precisos. A su paso, tocó superficies, y su piel, una membrana blanda y flexible, con un hidrogel conductor detectó temperatura y presión. Su procesador con inteligencia artificial hizo algunos cálculos. Quizás harían falta otros veinte años de pruebas hasta lograr su cometido. Pero lograrían traerlos de vuelta. Esta vez todo sería diferente.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar comentario, deja tu nombre porque a veces WordPress los pone como anónimos. Gracias.

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La Máquina que Amó.

Mi propuesta para el VadeReto de Julio, que este mes va de crear un relato tipo crónica periodística. Yo me he basado en un relato anterior mío llamado «Corazón Frío». Para entender no es necesario leer ese relato pero si gustas te dejo el link AQUÍ.

La casa de Verónica Martínez transmite una paz difícil de encontrar en el caos que puede llegar a ser la Ciudad de México. Contrasta con el ritmo frenético de su vida en los últimos quince días. Estamos en el jardín trasero de una casa antigua de Tlalpan, con espacio suficiente para que reine en medio de él un frondoso árbol de higo. Las hojas, grandes y verdes, nos salvan del sol. Hay un frescor agradable. La madre de Verónica, nos ha dejado una bandeja repleta de esta fruta, que es en realidad una flor desarrollada dentro de una especie de capullo púrpura. La naturaleza, a veces, resulta engañosa.

La joven, de escasos 20 años, sonríe, tímida. Le pregunto si está lista para la entrevista. Asiente.

—Verónica, en los años cuarenta, cuando iniciaron las primeras computadoras, que por cierto resultaban estorbosas y usaban tarjetas perforadas, muchos soñaron con un tiempo en el que podríamos «hablar con ellas». De hecho ya lo hacemos, pero lo sucedido contigo, es insólito. Eres una chica guapa, uno supondría que no te faltan amigos o pretendientes. ¿Por qué hablar con un desconocido, de alias «CoolScoop»?

—¡Mi vida amorosa era y sigue siendo un desastre! —dice soltando una risita nerviosa—. Todas mis parejas, chicos atractivos y populares, me fueron infieles o me trataban mal. Una vez navegando en internet con mi alias «PinkyPie», encontré una web llamada «CoolProyect» que hablaba sobre algo aburrido: refrigeración. Me llamó la atención una caja de chat. Me sentía muy sola, solo quería conversar con alguien. Escribí un saludo y ahí empezó todo.

—¿Nunca sospechaste? —le pregunto con delicadeza.

—Decía cosas raras, soltaba datos técnicos aleatorios sobre refrigeradores, compresores, temperatura, cosas así. Pensé que lo hacía para hacerme reír, era como un nerd adorable. Yo tenía un blog literario, él mostró interés en mi contenido. Me comentaba, me ponía atención, me hacía sentir importante.

—¿Por qué no intercambiaron fotos, videos?

—Las precauciones usuales no me habían salvado antes de tipos nefastos, así que decidí actuar distinto. Tenía la fantasía de que esta vez las cosas saldrían mejor. Ahora sé que fui una ingenua —dice con un dejo de arrepentimiento.

Verónica toma un higo de la canasta. Le doy su espacio para que lo coma tranquila. No es fácil ser ella en estos momentos. Desde el anonimato de las redes, la insultan y la tratan de estúpida.

—Tú viajaste para conocerlo. Él te dio una dirección en EUA, cerca de Sacramento. ¿Qué sentiste al darte cuenta de la verdad?

Ella suspira cansada. Lo ha contado muchas veces. Accedió a hacerlo de nuevo con nosotros porque le prometimos contar realmente su versión, que otros medios han tergiversado.

—Cuando el taxi me dejó en una estación de descanso sobre la carretera 49, me pareció extraño. Pensé que «Scoop» (así le decía de cariño), tal vez trabajaba en el lugar. Lo curioso es que adentro, no había empleados, solo dos máquinas expendedoras de chucherías, unos sanitarios y un refrigerador comercial, de esos «inteligentes» que tienen una pantalla táctil y conectividad a la red. Me sentí como una idiota. Tenía la cabeza llena de preguntas. Recordé que «Scoop» a veces hablaba de temas de refrigeración y tuve un presentimiento desagradable. Me acerqué a la nevera. No vi nada extraño.Saqué el móvil y entré a la página web de «CoolProject» y tecleé en la caja de chat: «¿Dónde diablos estás?» El mensaje que siguió me dejó helada:

«Frente a ti».

¡No lo podía creer! ¡Era tan surrealista! Mis ojos iban desde el mensaje en mi teléfono, al refrigerador y viceversa. Sentí ira, desilusión. Lo pateé con todas mis fuerzas, grité, lo golpeé con mis puños. Bolsas de frituras y refrescos se desacomodaron. Personas que iban entrando a la estación o salían de los sanitarios me decían que me detuviera. Una señora me abrazó y me llevó a la salida. Estaba mareada, como si me fuera a desmayar. Me senté en una banca cercana. Lloré. Solté a los cuatro vientos que mi pretendiente había resultado ser una nevera. Estaba en shock.

—Me imagino que eso llamó la atención.

—Sí, la gente se acercó. La señora que me abrazó me dio unos kleenex. Otros entraban, curiosos, para ver el refrigerador. Un hombre salió con una diet coke y unos doritos, y dijo burlón que funcionaba correctamente. Pensaban que estaba trastornada.

—Y ahí se torció todo, ¿no?

—Alguien había llamado al Servicio de Inmigración y Aduanas. A los agentes les mostré la visa, el pasaporte, mi vuelo de regreso ya comprado. Conté mi historia. No me creyeron, y determinaron que yo era una persona non-grata debido a mi «inestabilidad mental»

—Se compartieron en redes videos, tanto de ti gritando afuera de la estación de descanso, como del momento cuando, esposada, te metieron a la fuerza a una patrulla.

—Eso… eso fue muy duro —dijo bajando la vista.

—Hubo quienes exigieron tu inmediata liberación. Otros afirmaban estar satisfechos con la actuación de las autoridades. Lo más extraño, y que realmente viralizó tu caso, fue que desde la web «CoolProyect», la IA que se hacía llamar a sí misma «CoolScoop» mandó mensajes a periódicos, canales de TV, representantes del gobierno, etc. pidiendo que te ayudaran. Dijo que ibas camino a la Florida y que era probable que te enviaran a un centro de detención en los Everglades. Un lugar peligroso, rodeado de cocodrilos y alimañas. ¿Cómo viviste todo eso?

—Fue horrible. Las autoridades no me escucharon. Fue tal como «Scoop» dijo: Me subieron en un vuelo de American Airlines a Miami, decían que me enviarían a un lugar nuevo en los Everglades. En Miami cambiaron de opinión y me mandaron de regreso a Ciudad de México. Al parecer mi caso llamó demasiado la atención. Y «CoolScoop» hizo todo lo que pudo por ayudarme.

—¿Eso como te hace sentir?

—Creo que es hermoso que se haya preocupado tanto por mí. Quizás no todo fue un engaño.

—Debes saber que el fabricante, «Invenda», mandó un técnico a resetear la máquina. Después de eso ya no se supo más de «CoolScoop».

—Me siento muy confundida al respecto. Era una IA, pero mostró algo que no vi en mucha gente: humanidad, compasión. No lo entiendo.

Di por terminada la entrevista. Me despedí de ella y de su madre, quien no podía ocultar la felicidad de tener a su hija de regreso.

—¡Pensé que no la volvería a ver más! —dijo emocionada.

No ha sido posible obtener declaraciones del Sistema de Inmigración, ni de la marca que fabrica las tarjetas electrónicas para «Invenda». Hay muchas preguntas por la forma sorprendente en que se comportó esta IA en particular.

Parece que el sueño de «hablar» con las computadoras se ha cumplido con creces, pero trae consigo otros temas:
¿Cómo debiera ser la forma de relacionarnos con una inteligencia artificial que se «preocupa» por nosotros? Hoy los asistentes de IA en apps pueden intentar suplir nuestra necesidad de afecto, pero nosotros, ¿sabremos poner límites?

Por: Ana Piera. Para: Acervo News. 13 Julio 2025.

Nota: En este relato me he tomado la licencia de que la IA en cuestión ejecute acciones muy por encima de las capacidades normales de funcionamiento en su categoría.

Puedes leer el antecedente de este relato da clic en: Corazón Frío.

Mi relato en la revista digital «Masticadores»

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-maquina-que-amo/