El umbral de la soledad – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de Junio: Escenario: Japón. Incluir dos palabras originales japonesas. Explicarlas al final del relato.
Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.

Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.

—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.

—No saldré.

—¿Qué? ¿Estás enfermo?

—No.

—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.

Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.

No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.

Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.

—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.

—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.

Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».

Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.

—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!

Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.

Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.

Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.

Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.

Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori

Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».

Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.

Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.

Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.

Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.

Me acerco a ella e inclino la cabeza.

—Hola Misaki.

Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.

—¡Haru!

Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».

Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.

—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.

Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.

—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.

La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.

—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?

—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.

—Lo siento mucho.

—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.

—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.

—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.

Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.

—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.

¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.

—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.

—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.

—Entiendo.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.

—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?

—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.

Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.

Autor: Ana Laura Piera.


Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.

Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.

Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.

Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.

Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.

Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.


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