
Los aburridos cubículos del enorme piso de oficinas se le antojaban cual angostas trincheras, los ordenadores eran caballos sudados por mil batallas y los diversos accesorios, filosas espadas capaces de partir a un hombre por la mitad. Su jefe encarnaba a un maligno magistrado quien, desde un lugar seguro, alejado de la matanza, firmaba sentencias de muerte. Mas cuando María, la Asistente de Recursos Humanos se acercaba, aquel encarnizado campo de combate mudaba a la más hermosa catedral. Desde el mismo cielo, bajaba una deidad resplandeciente y benévola que lo hacía descansar de tanta fatiga pues con tan solo verla, su pobre cuerpo retomaba fuerzas para continuar.
Una mañana cuando vio que la diosa venía directamente hacia él, en su cabeza sonaron melodías heroicas y triunfales que casi le impidieron escucharla, implacable y burlona:
—Martínez, ¡qué imbécil eres! Ya te despidieron por andar siempre distraído.
Autor: Ana Laura Piera
¡Ay Tigrilla! El pobre, con su escaso espíritu de combate, su romanticismo y enamoramiento, desentonaba tanto en la oficina, como un gato chino de la suerte en una casa minimalista. Un saludo cordial.
Así es, hay gente así. Saludos!
Pobre Martínez el sueño no acabó como él esperaba. A veces pasan estas cosas en las oficinas, un se distrae fácilmente. Abrazos.
Hola! Sí, pobre, quizá debió vivir en otra época. Saludos y gracias por comentar .
Que épico, y él enamoriscado de la diosa de la desilusión.
Muy bien contado, está de diez.
Un abrazo y feliz sábado.
Feliz sábado Ángel, gracias x pasarte
La única forma de sobrevivir al triste mundo de los cuellos azules…
Qué haríamos sin la imaginación, la fantasía? Desgraciadamente existen los matadores de sueños. Gracias por pasar!
Quizá sin sus sueños la vida en esa oficina hubiese sido insoportable. Me pregunto lo que sentía al mirar su cuerpo, ¿Tendrá todo que terminar en el terreno del erotismo?
Queda en el misterio… O en mi misterio.
Gracias Ana, saludos!
Hola Maty, interesante tu comentario. Sin duda las ensoñaciones a veces nos hacen sobrellevar la vida, en este caso lo salvó un buen tiempo pero también pienso que no veía la realidad y al final lo mejor es que lo echaran. Hay personas que debieron vivir en otra época. No se me ocurrió meterle contenido erótico pero tal vez hubiera sido un acierto, aunque más bien lo imaginé como todo un caballero de los de antes, casto y puro jajaja. (Nadie creo en realidad que haya sido así jamás). Saludos y gracias por comentar.
Genial, Ana. Muy bueno en verdad.
Muchas gracias Edgar. Saludos.
De nada. Es lo que es. Abrazo.
¡Ay, el pobre soñador! Lo bajaron a la realidad de un bastonazo.
Me ha recordado mucho a mí, en mis tiempos mozos, cuando la ensoñación y, sobre todo, la imaginación me hacía vivir en mundos etéreos. Muchos cates me llegaron por mis distracciones. Luego comprendí que era más positivo atender en clase y dejar los viajes oníricos para el disfrute con los libros. 😇
Esa diosa fantástica del relato me recuerda a alguna profesora que provocaba tímidos suspiros nada más entrar en clase. 😝
Maravilloso relato, Ana. Un texto lleno de ricas metáforas y lindos juegos mentales.
Felicidades, 👏🏼👏🏼👏🏼
Un Abrazo.
Muchas gracias por pasar y comentar. Qué bueno que te hizo recordar tiempos mozos. Recordar es volver a vivir, dicen. Un abrazo y feliz inicio de semana…
Vaya despertar bajado del mismo cielo, da risa, gracias por ello, un abrazo
Abrazo Themis, gracias por pasar.
Escapó del campo de batalla de la manera más insospechada. La verdugo , objeto de sua mor , lo despacho. No te enamores de un verdugo aunque sea bueno contigo. La cabrá siempre tira al monte
Saludoss
Muchas gracias por tu visita y comentario.
Algunos dioses son implacables y su culto implica sacrificio, y Martínez Martínez es un genio, jajaja muy bueno Ana , saludos un abrazo
Por lo menos se libró de estar en un lugar donde no encaja. Un abrazote Mik.
¡Ay! Es que los dioses no tienen por qué ser misericordiosos ni conocen de romanticismos de oficina. Divertido micro, Ana. Un abrazo!
Gracias David! Saludos!
Excelente!!
Gracias Oswaldo…saludos.