La plaga – Microrrelato.

Detesto los lugares oscuros y mal ventilados; por eso mi ventana siempre estaba abierta. Quizá llegaron a mi planta Monstera en una ráfaga de aire, o tal vez adheridos a las patas de un insecto.

No es una plaga cualquiera. Su voracidad ya costó la mitad de sus hojas a la Monstera. Tomé uno y lo puse bajo el microscopio. Son personas diminutas. Hay niños, ancianos, bebés, mujeres y hombres. Van desnudos y sus rostros están deformados por unos enormes dientes en forma de sierra, como los de los tiburones.
Su forma humana me tomó por sorpresa.

Se han extendido a otra de mis macetas y hoy encontré uno vagando por la cocina. Sentí un incipiente dolor de cabeza. Por impulso, apoyé mi dedo índice sobre él y dejó de moverse. Impregné algodón con alcohol y lo pasé con fuerza por las hojas y tallos de mis pobres plantas. Al hacerlo, la torunda se saturó de un líquido rojizo y otras cosas que prefiero no imaginar. Puse mis fumigantes habituales, no solo en mis plantas sino en toda mi casa. Por último decidí poner un mosquitero.

Esta madrugada, el silencio se rompió con un roce metálico contra la ventana.
Me acerqué al mosquitero recién instalado y pude oír el chirrido rítmico y persistente de cientos de dientes tratando de serrar la malla…

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: relato inspirado en una lucha real vs. una plaga de cochinilla de escama en mi Monstera deliciosa.


https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-plaga-microrrelato

El enfermero – Microrrelato.

Voy vestido con un traje de enfermero y un gafete de identificación falso. Me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado: mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado que el personal me vea como uno de los suyos. Me he librado de sus gestos de recelo, pero no de mi problema. Si no fuera por eso, sería perfecto.

He pasado incontables horas observando y escuchando todo a mi alrededor. Así he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos. La mañana que inyecté a alguien por primera vez sucedió de nuevo: me sentí flotar y desde arriba me veía a mí y al paciente. Por suerte, una de las enfermeras que pasaba detuvo mi brazo y lo movió hacia la zona correcta del glúteo donde debía entrar la aguja.

—¿Qué te sucede? ¿Estás enamorado? ¡No querrás dejarlo cojo!

El contacto hizo que «regresara a mi cuerpo». A pesar de pequeñeces como esta, ya no pienso que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad de Medicina.

Casi no recuerdo ya mi vida de antes. Pero una vez, recién llegado al hospital, me quedé encerrado sin querer en el cuarto de la limpieza. El olor de algunos desinfectantes trajo a mi mente, de forma vívida, mi pasado: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Menos mal que uno de los conserjes escuchó mis gritos de desesperación y me sacó.

Me anima mucho que el «Gastro», el Dr. Cortés, me salude siempre. La gente dice que es un arrogante, pero yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un enfermo, ayudarlo con el interminable papeleo. ¡Hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortés me ha pedido que lo asista en una apendicectomía. No se acordaba de mi nombre; en vez de Axel, dijo Miguel, pero no importa. Casi no lo puedo creer: ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado. Me ha sobrevenido un persistente temblor en las manos, supongo que es por los nervios. He pasado por el quirófano donde haremos la operación. No pude resistirme y me acosté en la mesa quirúrgica. Vi una copia exacta de mí con un escalpelo en la mano y a punto de hacer una incisión en mi carne. Me levanté de prisa. Iré a Psiquiatría, solo necesito saber qué medicamento tomar para que se vayan las alucinaciones y los temblores. Ya no puedo posponerlo. Los pacientes merecen lo mejor. Creo que si me lo propongo, podré hacer la transición a médico y, ¿por qué no? Quizás llegue a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

Versión revisada de un relato publicado en este blog el 24 de junio de 2021


https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-enfermero-microrrelato

Descanso – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando: Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imágen bucólica (un hombre navegando en un río). Incluir el signo Escorpio y opcional, la flor de Bach «Gentian» (genciana).

La suave corriente del río me lleva al lugar elegido. Cantan las aves y el verdor del paisaje me llena los ojos. En el fondo de mi embarcación está Elena. Uno de mis dedos, trémulo, destapa su cara y roza su mejilla helada.

Mil veces le dije que nadie podía arreglarme. Ni siquiera el amargor de la infusión de genciana diluyó mi sombra. Elena era intensidad y tozudez escorpianas. Su omnipresencia buscando ayudarme fue demasiado.

La lancha encalla en el lecho arenoso de una isleta. «Aquí descansarás, amor» —pienso feliz, anticipando el silencio que me espera.

97 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato publicado en la revista digital Masticadores

En el ámbito de la astrología, el signo zodiacal de Escorpio se erige como un torbellino de emociones, intensidad y misterio. Nacidos entre el 23 de octubre y el 21 de noviembre, los escorpio son conocidos por su naturaleza enigmática y su inquebrantable pasión por la vida.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/descanso-microrrelato

Error de principiante – Cuento corto.


El abordaje del avión fue caótico como siempre. En el estrecho pasillo, que olía ligeramente a combustible, los cuerpos sudorosos de los pasajeros se rozaban batallando para acomodar maletas en los compartimentos superiores.

La mujer junto a mí, sentada del lado de la ventanilla, era una joven treintañera de pelo largo y facciones agradables. Meditaba o rezaba, pues tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil. Me llamó la atención un anillo plateado en su mano izquierda, con una enorme piedra negra que bien podía ser ónix u obsidiana.

El avión carreteó hacia la pista. Se detuvo, y los motores rugieron preparándose para el despegue. Miré de reojo a mi compañera, quien seguía en «meditación». La aeronave aceleró y en el momento en que se elevaba, sentí su mano buscando la mía y, al encontrarla, ejercer una presión desagradable y húmeda contra mi piel. La volteé a ver, extrañado. Ella me miraba con los ojos muy abiertos y una expresión de terror en el rostro. Retiré mi mano con brusquedad.

La nave se estabilizó en el aire. Los viajeros se relajaron, dejándose mecer por el suave murmullo de los motores. Ella empezó a hablar en voz baja:

—Creo que he cometido un error de principiante.

La miré sin entender. Ella bajó la mirada y acarició la enorme piedra negra de su anillo, casi con devoción.

—Este anillo es una reliquia mágica que potencia conjuros. Yo creí lanzar uno de protección, pero pienso que lo dije mal, e hice lo contrario. Quizás no lleguemos a destino.

El aire se espesó entre nosotros. Afuera, el avión sobrevolaba un banco de nubes blancas y algodonosas.

—Me toma el pelo —dije, aunque su angustia era convincente.

—Soy una aprendiz de bruja. No ponga esa cara; la brujería existe. Son prácticas espirituales que…

—Le ruego que no siga, por favor.

Se encendió el aviso de cinturones y el capitán anunció que tendríamos turbulencia. La luz menguó, el avión dio varios saltos y por la ventanilla vimos relámpagos. Los rebotes y giros se intensificaron. Aquello se estaba descontrolando. Cayeron las mascarillas de oxígeno y la gente se lamentaba. Ella me miró como diciendo: «¿Lo ve?».

Jalé la mascarilla y me la coloqué. La aeronave vibraba, se oían golpes sordos, fuertes. A ratos los motores hacían un sonido agudo, como de sirena. Cerré los ojos; sentía sequedad en la boca y noté que transpiraba. Algo helado rozó mi brazo derecho, ¡era el anillo! Y ahora, no era negro, sino blanco azulado.

—¡Aleje eso de mí! —le dije quitándome la mascarilla y señalando el extraño objeto. Ella lo miró asustada y se lo quitó.

—¡Hay que deshacernos de él! —dijo gritando.

Ignoré lo que consideré una locura. Miré hacia la ventanilla. Entre las ráfagas de lluvia, vi algo caminar sobre el ala. Era una figura pequeña, como un niño, y volteaba a verme con ojos llameantes. Me estremecí. Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí, ya no estaba. ¿Lo había acaso imaginado? Las luces parpadeaban y las sobrecargos pedían a gritos que nadie se levantara de su asiento.

La chica había envuelto su mano en el cinturón de seguridad y con la hebilla trataba, frenética, de golpear la piedra. Abrí la mesa de servicio, solo un poco, y le hice señas de que pusiera el anillo en uno de los bordes. Cerré la mesa de golpe contra el seguro. La piedra estalló en pedazos y, junto con un crujido seco y potente, se oyó también un grito extraño que no tenía nada de humano y que me heló la sangre. Terminamos cubiertos por astillas de cristal de color oscuro.
Las sacudidas persistieron un poco más, pero con menor intensidad; las nubes oscuras dieron paso a un cielo limpio y luminoso. La gente suspiró aliviada.
El resto del vuelo la chica se lo pasó dormida y yo me preguntaba: ¿Qué diablos había sucedido?

Ahora procuro abordar al último momento después de observar bien a todos los pasajeros; siempre temo encontrarme a alguien portando un anillo parecido.

677 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/error-de-principiante-cuento-corto

Destino. Cuento Corto.

Mi propuesta para el concurso de relatos de El Tintero de Oro, con tema «el destino y cómo influye este, positiva o negativamente en nuestra vida» Límite: 900 palabras. Actualización: relato ganador del concurso.

Damián Pardo tenía diecisiete años cuando mató a un hombre y perturbó al tranquilo pueblo de San Andrés.

—¡Fue en defensa propia! —gritaba mientras lo llevaban a la cárcel. Como el muerto no era de por esos lares, y a falta de mejor lugar, lo metieron a la misma celda que Damián, en espera de que alguien lo reclamara. Los guardias contarían con estupor cómo el muchacho tomó el cadáver, lo sentó frente a él y empezó un monólogo extraño:

—¿Ya ves? Para qué te pusiste celoso de que yo le hablara a Almita Gutiérrez. Ni modo que yo me quedara tan tranquilo luego de que me soltaste un trancazo.

Cuando le llevaron la cena, el muchacho puso la comida sobre el cuerpo, usándolo como mesa.

—Ahora ya ni un taquito te puedes comer. ¿Qué se siente estar difunto?

Como era menor de edad, y nadie había reclamado al occiso, lo liberaron después de una arenga y la promesa de su único pariente, su tío, Abel Pardo, de que lo vigilaría y lo llevaría por el buen camino. Los vecinos de San Andrés vieron todo con preocupación; decían que el muchacho estaba marcado por las desgracias, recordando que cuando nació, sus padres murieron: la madre en el parto y el padre ahogado en una inundación que se llevó medio pueblo.

Abel lo mandó a la capital, a estudiar en un colegio militar. Tras un «accidente» mal aclarado, lo expulsaron, a pesar de ser un prodigio con las armas.

—Ese muchacho no es bueno, Don Abel, trae mala suerte —le decía la gente al tío.

Una tarde tormentosa, regresó Damián Pardo al pueblo y lo primero que hizo fue buscar a Abel.

—Ya ni la amuelas, sobrino. Puedes quedarte conmigo siempre y cuando encuentres un trabajo y no causes problemas.

Después de su llegada mataron al gerente del banco, luego al farmacéutico. En cada caso, se le vio después en el camposanto, entablando diálogos macabros con los recién enterrados. La policía no encontró evidencia de que él fuera el asesino, pero la gente se guardaba en sus casas a hora más temprana y si lo veían pasar se santiguaban. Se decía que el destino lo marcó para la fatalidad y que la Muerte caminaba junto a él.

—¿Todo este tiempo has sido tú? —le preguntó una noche Abel con un hilo de voz mientras le mostraba un casquillo de bala que había encontrado en un pantalón.

—Sí —dijo Damián con tranquilidad—, pero me pagaron. Fue a su habitación y regresó con un fajo de billetes.

—Me voy a otro lado para no causarle quebrantos —dijo mientras le extendía una buena cantidad de dinero. Quédese calladito, al fin y al cabo somos familia.

Abel se quedó unos segundos con el dinero en la mano, temblando. Le asqueaba aquel fajo manchado de sangre y lo dejó sobre la mesa. Damián paseó su mirada fría, como la de las serpientes, del dinero a su tío, pero no dijo nada.

—Esta vida que has escogido no te va a llevar por buen camino. Te ruego que reconsideres. Vete de aquí, inicia de nuevo en otro lugar, lleva una vida honrada o un día también vas a aparecer muerto.

—Si no quiere el dinero, allá usted, pero no me estorbe.

Damián compró una casa abandonada en las afueras y hasta ahí llegaba el sonido de las campanas repicando por tanto muerto. La policía se hacía de la vista gorda. A menudo se veían fuereños indeseables tratando asuntos con él. Otras veces viajaba fuera y el pueblo contenía la respiración, con la certeza de que vendrían más desgracias.

La familia de Almita Gutiérrez tembló cuando supo que Damián Pardo andaba enamorando otra vez a la joven. Engatusada por él, un día anunció que estaba embarazada. Damián se presentó en casa de los Gutiérrez y pidió su mano.

—¡Sobre mi cadáver! —fue la respuesta de Félix Gutiérrez.

Ocho días después se vio a Damián en el cementerio, sentado sobre la tumba del que hubiera sido su suegro.

A pesar del horror de su familia, el asesinato de su padre tras negarse al compromiso y sus propias y ominosas sospechas, Almita se casó en una ceremonia marcada por el miedo y el desaire del pueblo. Luego de eso, los recién casados se fueron a vivir juntos. No pasó mucho tiempo antes de que el flamante esposo se ausentara por periodos cada vez más largos, dejando a su mujer en completa soledad.

Un día lo encontraron muerto, con una bala en mitad de la frente. Los asesinatos cesaron.

Almita murió dando a luz y Abel se hizo cargo de su sobrino-nieto. El hombre había observado con cuidado el desarrollo de la criatura, con la esperanza de quien busca un milagro. Lo llamó Lucas —nombre vinculado a la luz—, augurándole un futuro de claridad.

Lucas Pardo tenía diecisiete años cuando salvó a los infantes de una escuela que se quemaba. Tras el aviso del incendio, todo el pueblo corrió para ayudar y se encontraron con que el muchacho ya los había sacado de entre las llamas. Las madres y padres le abrazaban, la gente elevaba oraciones bendiciéndolo. Abel suspiró aliviado.

Mientras el pueblo celebraba al héroe, en sus bolsillos se escondían los cerillos que revelaban la verdad. El destino de los Pardo parecía ser una llama que no se podía acabar.

891 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/destino-cuento-corto/

Río

Cuento corto de lealtad y terror.

Mi propuesta para el VadeReto de noviembre: hacer un relato de terror «clásico».

Cuando salí de mi casa la noche era tibia y serena. El resplandor plateado de la luna llena iluminaba mis pasos. Rumbo al cementerio, metí mi mano en uno de los bolsos de mi saco hasta encontrarme con la cajita de madera que contenía las cenizas de Río. Mi tío le había puesto ese nombre porque decía que ese perro, con su energía inagotable, era como un torrente, siempre fluyendo, siempre en movimiento.

Habían pasado semanas desde su muerte y yo ya no quería dilatar más el cumplir la promesa hecha a su dueño de reunirlos. Conforme me iba acercando al panteón se levantó un aire frío y endemoniado que cortaba la piel como cuchillo. Los árboles crujían protestando por aquellos embates helados. Jirones de nubes negras ocultaron la luna sumiendo todo en la casi total oscuridad. «¡Qué mala suerte!» Estuve a punto de darme la vuelta y regresar a casa, pero la cajita de madera parecía quemarme la mano, obligándome a seguir.

A esa hora de la noche, el vigilante del cementerio estaría dormido, no me haría preguntas incómodas. Tampoco habría miradas indiscretas de personas que me vieran enterrando a Río, lo cual estaba prohibido. ¡Hasta podrían quitarme las cenizas y multarme! Saqué una pequeña linterna de bolsillo y me adentré en el camposanto buscando la lápida de Andoni Riera.

Seis años antes, yo había estado presente en su funeral, junto con su perro, y por ello había estado seguro de que podía encontrar la tumba, pero ahora dudaba. De repente, la luna llena se despojó de su sudario de nubes e iluminó todo con su luz blanquecina, en ese momento, un aullido rasgó la noche y me heló la sangre: ¡un lobo! No había pensado en la fama que tenía el lugar de ser guarida de lobos. Tenía que darme prisa.

Ayudado por la luna, me pareció ver más adelante lo que buscaba: un monumento de granito gris, de líneas puras, sin más ornamentos que una simple cruz. Me acerqué, ¡ahí estaba el nombre de mi tío! Saqué con dedos trémulos la cajita con las cenizas y cavé rápidamente un hueco en la tierra. Otro aullido, esta vez más cercano, hizo que me detuviera en seco. Se oía como la fusión de un grito humano y el aullido de un lobo. Temblando, coloqué la cajita en el hueco y la cubrí lo mejor que pude.

Los bramidos iracundos de la criatura se escuchaban muy cerca. Una sombra abominable se proyectaba sobre las tumbas, el aire olía a piel y excrementos de animal. Yo buscaba la salida frenético, pero parecía que estaba en un laberinto y que cada paso me adentraba más en él. La intensidad de su asqueroso olor me indicaba su cercanía. Me escondí detrás de una lápida y lo escuché pasar, olfateando el aire y deteniéndose justo donde yo me encontraba. Salí corriendo, queriendo escapar de lo que fuera que me estaba persiguiendo; una tumba recién cavada se atravesó en mi camino y caí de bruces. Sentí una respiración pesada sobre mí. Al voltearme, vi a un licántropo que me miraba ávido desde el borde de la fosa: era unas tres veces más alto que un hombre normal, su pelaje era espeso, negrísimo, y estaba erizado por la rabia. Su mandíbula, enorme y grotesca dejaba ver unos colmillos amarillos y babeantes. Levantó la cabeza y aulló una última vez a la luna antes de hacer amago de abalanzarse hacia mí. Fue entonces cuando, como una exhalación gaseosa, Río saltó por encima y se prendió del cuello de aquel ser repugnante. Río no era carne, sino más bien, una ráfaga helada que había logrado detener al monstruo. Este se revolvía furioso de un lado a otro buscando sacárselo de encima. Me incorporé y aprovechando los minutos que el perro me había regalado, corrí hasta traspasar la verja, y con el corazón en la boca, seguí corriendo. No me detuve hasta llegar frente a mi casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de mí. Fue entonces cuando me invadió una sensacion de alivio sin igual y pude musitar «gracias, Río».

En la jornada siguiente, mientras tomaba café, pensé que volvería en otra ocasión al cementerio a visitar a Andoni y a Río, pero sería de día, ¡nunca más de noche! Supe con certeza que el torrente que había sido Río en vida, en realidad nunca se había detenido, había fluído hasta el final para cuidar de mí.

Autor: Ana Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/rio-cuento-corto/

Momentos Colgate. Microrrelato.

El reto Escribir Jugando de octubre, nos pide un relato de no más de 100 palabras. Inspirado en la imagen y que incluya el dado. Opcional que aparezca algo relacionado con la pasta de dientes.

Uno pensaría que ser una criatura de la oscuridad te libraba del miedo. ¿Qué puede dar más miedo que un vampiro? Ahora creo que solo soy un bufón.

Siempre traté de no matar, solo succionar un poco, ir de aquí a allá, mal comiendo sin destruir. Pero ahora, me acechan fantasmas con sepsis. Sus órganos ennegrecidos, sus alientos rancios y sus quejidos de dolor me hielan la sangre.

Debí haber usado pasta de dientes.

76 palabras.

Autor: Ana Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/momentos-colgate-microrrelato/

¿Cómo iban a saber? – Microrrelato.

Photo by Clay LeConey on Unsplash

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/como-iban-saber-microrrelato/

Ensalmo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro, escribir un relato donde la «espera» sea el protagonista o el detonante de la historia. Límite de palabras: 250.

Cuando Rosy alumbró un niño saludable, pidió con vehemencia que se lo mostraran desde todos los ángulos hasta quedar satisfecha.

En casa no dejaba de observarlo y pasaba sus trémulos dedos por la diminuta faz esperando que abriera los ojos. «Solo falta eso» se repetía.

Aún guardaba el ensalmo de Zaida: un papel amarillo doblado muchas veces sobre sí mismo, mantenido bajo la almohada por siete noches. Las primeras seis, el perfume de Rogelio, su marido, inundó la habitación. Lo sentía ponerse encima de ella y mientras disfrutaba de añoradas caricias pensaba tan solo en quedar embarazada. La séptima sintió algo muy diferente: no hubo olores agradables, solo violencia, arañazos, golpes y mordiscos, pero al despertar, su cuerpo no mostraba evidencia de agresión.

«A veces los espíritus se alocan» le dijo Zaida. «¿No abriste el papel, verdad?». «No», mintió. «Entonces, quédate tranquila».

Le contó a su hermana Chayito.

«¿No era más fácil que te embarazaras de un vivo? No sé cómo te atreviste. ¿Y si la última noche no fue Rogelio?»

La espera era insoportable. «Sus ojos me sacarán de dudas».

Luego de 48 horas, el niño miró el mundo con una esclerótica negra y una llama bailando en lugar de pupila. Una sonrisa siniestra, impropia de un bebé se instaló en la pequeña boca. Esa noche, Rosy abrió todas las llaves del gas, cerró ventanas y se puso a amamantarlo. El recién nacido succionaba con crueldad.

Ambos se fueron deslizando en la muerte, o eso esperaba ella…

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

Por favor, si eres tan amable de comentar, deja tu nombre, a veces WordPress pone los comentarios como anónimos. Gracias.

Mi relato en la revista digital Masticadores AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ensalmo-microrrelato/

Colonización.

Desde el blog Alianzara, Cristina Rubio nos lanza un reto: escribir un relato en el que un momento se convierta en una eternidad.

imagen generada con IA. Gracias a Tarkion por sus consejos para generarla. Seguro puede mejorar pero el prompt no me dejó «explayarme».

«Eso» que dejé dentro del «cubo-trampa» tiene mi cerebro completamente frito.
Ayer, después de horadar y bajar el cubo a las entrañas de la Luna, yo esperaba, como es usual, sacar hielo, agua, o rocas que la contienen, pero ayer fue distinto.

De regreso en mi estación lunar, sujeté el cubo lo mejor que pude, y aun así se movía furioso para todos lados. Lo que fuera que estaba dentro, pugnaba por salir. Me fui directo al ordenador y mandé un mensaje avisando a las demás estaciones de prospección hídrica en la Luna sobre mi experiencia.
No espero ayuda, cientos de kilómetros nos separan a unos de otros, y cada quien debe resolver sus propios problemas.

Mis horas de descanso transcurrieron lentas tratando en vano de ignorar el estruendo que hacía el «cubo-trampa», preguntándome si aguantaría tanto golpe y movimiento.

Ya es otro día y la rutina no debe alterarse, luego habrá tiempo para analizar el contenido del cubo. En la Luna hay que aprovechar al máximo los aproximadamente catorce días de luz solar continua, que hacen posible las labores de prospección. Mañana inicia el periódo de oscuridad y bajas temperaturas, alrededor de catorce noches donde el trabajo se hace en el laboratorio, analizando muestras y generando informes para MoonSeek, nuestro empleador en la Tierra.

Dentro del vehículo de prospección, me quito el molesto casco protector. Ingreso unas coordenadas en un teclado de luces anaranjadas y el equipo, una mezcla de retroexcavadora y taladro sobre ruedas gigantescas, arranca. Surca a velocidad media, la polvosa superficie lunar, evitando rocas o bancos de arena profunda que pudieran atrasarnos. De un termo bebo un café espantoso hecho con agua reciclada de mi orina y sudor, (el agua de la luna aún no tiene certificación alimenticia). Me golpea el recuerdo de mi mujer Alex, y de Nico, nuestro hijo de cuatro años. Pasan delante de mí imágenes de nuestra vida antes de la última gran guerra en el 2038, donde ambos me fueron arrebatados de la manera más cruel posible.

Luego de eso, MoonSeek me reclutó. Yo quería huir del dolor, de los recuerdos, y de un mundo devastado. Irónicamente, los dos primeros acabaron viajando conmigo al espacio. Siempre me repito que estoy haciendo algo importante: pavimentar el camino para la ya urgente colonización de nuestro satélite. Lo repito como un mantra y dejo de pensar un poco en las cosas que me duelen.

El vehículo llega al sitio, digito algunas cosas más en el teclado y la unidad perforadora empieza su labor, después lanzaré otro «cubo-trampa». Siento temor. ¿Y si la historia se repite?

Pasaron las horas y todo ha sido muy normal. Ahora debo regresar y enfrentarme con «eso» que dejé encerrado. Tengo la esperanza de que solo haya sido un hecho aislado, o mejor, que haya sido fruto de un estado alterado de mi conciencia, quizás provocado por la soledad. ¡Ojalá el cubo esté quieto!, ¡Ojalá no haya nada en su interior!

No es así.

Está abierto, destrozado. Esperaba ver una bestia, mas en su lugar flotan, gracias a la atmósfera artificial de la estación, pequeñísimas esporas translúcidas. Capturo una muestra para tratar de desentrañar el misterio. La ingreso en el espectroscopio. Escucho el sonido de mensajes llegando, otros prospectadores reportan haber tenido la misma experiencia que yo.

Debí haber leído el análisis de la muestra, pero no lo recuerdo. No sé por qué estoy saliendo a horadar de noche, está prohibido. Me falta el café. Las caras de Alex y de Nico se desdibujan. Solo puedo pensar en perforar y recolectar. No regreso a la estación, ahí mismo, en medio de una extensión lunar llamada «Bahía del Honor», libero el contenido: esas esporas pequeñísimas que acaban cayendo sobre la superficie, quizás contaminándola. Ya no distingo día o noche, el tiempo no existe. Perforo, recolecto y libero en un ciclo que parece no tener fin. Cada vez me muevo más lento, siento mi cabeza a punto de estallar.

No sé cómo ni cuando llegué, pareciera que estoy en la estación. Ya no reconozco nada, el dolor es insoportable, escucho crujir mi cráneo, «algo» se está abriendo paso a través de él…

Fin

Autor: Ana Laura Piera

Nota: Relato que se inspira en el comportamiento del hongo cordyceps cuando toma control de un huésped. Si quieres saber mas da clic AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/colonizacion/