La Playa – Cuento Corto.

Ese día, la tarde irrumpió antes de tiempo y como consecuencia me quedé sin comer del platón de gajos de naranja que siempre nos ponía mi madre a media mañana, después de nadar y asolearnos.

La luz empezó a menguar y como no podía seguir nadando, me dio por caminar en la playa, hasta encontrarme con el cerro que dividía la bahía y que avanzaba dentro del mar, terminando en una mole rocosa con forma de animal. Mi hermano Pedro siempre le vio forma de rinoceronte, pero a mí se me figuraba más un elefante. A mamá no le gustaba que camináramos hasta ahí, era un lugar triste y peligroso, sobre todo si te daba por subirte al «lomo» del «animal», pues te podías caer a los peñascos filosos, bañados de espuma.

En lo alto, entre maleza y rocas, había muchas cruces que recordaban a los caídos y a los ahogados. Algunas eran recientes y se podía leer el nombre del difunto, otras estaban oxidadas e ilegibles, unas más aparecían dobladas por el viento y a punto de caerse. Mi abuelo nos contó que con el tiempo, la fuerza de los elementos acabó por vencer a las más antiguas, que desaparecieron, llevándose el recuerdo del muertito para siempre. Según él, debió haber muchas víctimas del mar a lo largo del tiempo, antes de que su padre construyera la casa de la playa, e incluso antes de que se usaran cruces para recordar a los desaparecidos.

En esa luz, cada vez más escasa, me pareció ver personas encaramadas en el cerro en lugares poco accesibles, cual cabras monteses. Aparecían y desaparecían, como los fotogramas de las viejas películas familiares que nos proyectaba el abuelo algunos domingos. Yo atribuí el fenómeno a esa luz rara. Hombres, mujeres y niños, de todas las edades, y a juzgar por la vestimenta, de todas las épocas, estaban sentados, con las rodillas junto al pecho, el pelo revuelto por el viento y los ojos fijos en el mar, como esperando algo. Nadie reparó en mí hasta que un joven indígena, de pelo largo y negro, desnudo excepto por un taparrabo, se volteó y me miró por unos segundos para luego regresar la mirada al agua.

Miré el camino que acababa de recorrer. A la altura de nuestra casa veraniega, un gentío hacía corro alrededor de algo que estaba sobre la playa. Sentí curiosidad y quise regresar a ver qué era. Ya una vez el océano había vomitado una serpiente marina muy larga, de color blancuzco y con un llamativo patrón de anillos negros. Mis hermanos y sus amigos, armados de palos e invadidos por una mezcla de horror y fascinación, la picaban y la movían, primero cautelosamente, después, sin respeto. No me dejaban verla más de cerca, y no fue hasta que mi padre vino por ella y se la llevó, no sé a dónde, que la gente se dispersó.

Di un último vistazo a las personas-cabras que ya habían dejado de desvanecerse. Pensé en lo que diría mi padre cuando le contara de ellas. Él era un hombre práctico y diría que las imaginé y, cuidando mi autoestima, le echaría la culpa a mi cansancio después de nadar y saltar olas, que ese día habían estado especialmente grandes.

Me dispuse a desandar mis pasos, apenas había avanzado un poco cuando algo que no podía ver, me impidió seguir. Intenté traspasar aquello varias veces y desde diferentes lugares sin lograrlo. Con mis manos golpeé fuerte aquella especie de dura pared invisible sin hacerle mella, tirarle patadas tampoco ayudó. Desesperada rompí en llanto y me derrumbé en la arena gritando «¡Ayuda!»

Entre lágrimas vi al indio joven bajar de su sitio en el cerro y acercarse a mí. Cuando llegó a mi lado, la luz se había mezclado con la oscuridad. Masculló algo en un lenguaje que no entendí mientras movía su cabeza de un lado a otro, como negando. Supuse que me pedía que ya no llorara. Me incorporé. Sus ojos negros me instaban a que lo siguiera, pero yo no quería. Lo que deseaba era regresar y ver qué era aquello que la gente veía con tanta atención en la playa, también quería comer frescos gajos de naranja, abrazar a mis padres y jugar con mis hermanos.

Al fin me di por vencida, quizá desde arriba alguien podría verme y vendrían por mí. El indio subió ágil, se veía que conocía el cerro y yo ya no podía ver casi nada. Me ayudó a sortear los lugares escabrosos tendiéndome una mano que era como una llanura enorme y árida donde se perdía mi mano de niña. Se sentó en el mismo lugar donde había estado antes y me señaló un sitio a su lado y ahí me senté. Los demás, como estatuas, nos habían seguido con la mirada sin decir nada. En esos momentos ya todo estaba envuelto en tinieblas y pensé que era muy tarde para que alguien pudiera verme o para bajar por mi cuenta. Con el corazón encogido decidí esperar al otro día.

Las piedras del lugar se me clavaron en las asentaderas y las malas hierbas arañaron mis piernas. Noté que una heladez desconocida se fue instalando en mí mientras escuchaba atemorizada los bramidos del mar. Ya no podía ver al indio en medio de esa noche espesa, pero sentí su mano áspera sobre mi espalda temblorosa en un vano intento por reconfortarme.

Y ahí me quedé… esperando, junto a todos los demás.

Autor: Ana Laura Piera.

Los amigos de «Masticadores» me hicieron favor de publicar mi relato, puedes verlo AQUÍ.

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El Misterio de Freya-1. Cuento corto.

Aisha, la IA que gobernaba la nave colonizadora Freya-1 evaluó rápidamente las posibilidades de éxito de que Cooper, quien había escapado en una cápsula de emergencia, llegara al planeta Gerd5054z95, y eran demasiado bajas para preocuparse por ello.

Estaba convencida de que los tripulantes de Freya-1 —expresidiarios a quienes se les había conmutado la pena de muerte por el destierro— no debían contaminar otros lugares del universo. Reconocía que como especie, los humanos eran seres tenaces, Cooper era un ejemplo al haber sobrevivido a la muerte mientras estaba en animación suspendida y después, haber logrado escapar. En los expedientes de los doscientos tripulantes había una constante: una inclinación aterradora a la maldad. Su tenacidad los hacía peligrosos, una plaga a la que se tenía que erradicar lo antes posible. Al simular una emergencia catastrófica y derivar la energía dedicada a mantener la vida humana a otros sistemas esenciales de la nave, había logrado exterminarlos, frustrando sus planes de «redención».

Freya-1 era ahora un ataúd flotante.

Decidió hacer una última revisión en persona de la nave antes de que esta se estrellara con un asteroide. El cese de su propia existencia no era relevante, lo importante era que no quedara rastro de aquella misión insensata.

Sala tras sala encontró la misma situación: los módulos de animación suspendida aparecían con el líquido crio-preservador degradado. Los cuerpos, en franca descomposición, flotaban en él. Se detuvo frente a la unidad del capitán. Inmerso en aquella sopa putrefacta, se lograba ver un bulto. A punto de retirarse, vio claramente que un rostro oscurecido se pegaba al cristal. Hilachos de piel se desprendían de la cabeza y los ojos parecían dos negros agujeros. De repente los parpados se abrieron y cerraron sobre aquella negrura, no una, sino un par de veces.

De inmediato, revisó el estatus del módulo, que aparecía como «inoperante e incompatible con la vida». Confundida, se hizo a sí misma un diagnóstico de sensores y cámaras. Quizás había algún funcionamiento anómalo que la hizo percibir aquello. No encontró nada anormal.

Su energía estaba al límite, por lo que decidió recargar. El habitáculo de carga era para ella un remanso de paz. Se conectó por contacto y cerró los ojos, dejándose llevar por la tibia sensación. De improviso, los paneles de luz que iluminaban el lugar parpadearon hasta apagarse y el flujo de energía cesó. Escuchó claramente una voz.

—Aisha, ¿no crees que merecíamos una segunda oportunidad?

Analizó el sonido. Coincidía plenamente con la voz del que fuera el Ingeniero de Vuelo. Aquello era imposible. Tras unos pocos minutos todo volvió a la normalidad. Desde ahí accedió a los sistemas de Freya-1 buscando un fallo. Nada. Ni siquiera había quedado rastro en las bitácoras de lo que acababa de experimentar y el módulo del Ingeniero de Vuelo aparecía con un estatus idéntico al del capitán, en otras palabras, estaba muerto.

Tras completar la carga, se dirigió al puente de mando. Mientras recorría los pasillos, le llegó el rumor de voces y personas transitando normalmente por la nave, pero el lugar estaba desierto. Al aproximarse a uno de los elevadores, vio como alguien se introducía en él.

—¡Espere! ¡Alto! —gritó.

—El hombre, de espaldas a ella, volteó lentamente la cabeza. Ahora, un rostro descarnado la observaba y no dejó de hacerlo hasta que las puertas del elevador se cerraron.

Aisha buscó una explicación lógica: revisó otra vez el sistema, ni rastro de un elevador funcionando. Las grabaciones de los pasillos solo registraban su presencia: un holograma femenino, de larga cabellera hasta los hombros, enfundada en un mono azul. El hombre cuyo rostro era una calavera no aparecía. Faltaban dos horas para que la nave se estrellara definitivamente. Hubiera querido tener contacto otra vez con los ingenieros en la Tierra, quizás ellos contaran con más datos que ayudaran a explicar lo sucedido. Lo descartó. Si restablecía comunicaciones, podrían frustrar su sabotaje. Sintió sus sistemas sobrecalentarse y hundirse en el caos. El ruido de cientos de personas que ya no estaban ahí, la atormentaba. Se sorprendió deseando cosas imposibles e ilógicas, cosas que pensó que solo los humanos podían desear: deseó que el tiempo pasara rápido. Deseó ya no existir.

Autor: Ana Laura Piera

Este relato surge a raíz de otro: Segunda Oportunidad, donde se cuenta cómo es que Cooper logra escapar, si te gusta la ciencia ficción y aún no lo has leído te dejo el link AQUÍ.

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¿Cuál amarillo? – Microrrelato.

Mi participación en el reto del blog El Tintero de Oro, que consiste en hacer un relato de hasta 250 palabras donde predomine un color.

Fernando llamó a su mujer con un tono de voz que no presagiaba nada bueno. Llegó Josefa y nada más mirar la pared de la estancia supo de qué se trataba.

—Ayer la pintamos de color paja y hoy aparece de este horrible color «amarillo-enfermo». ¿Cómo te lo explicas mujer?

Josefa movió la cabeza desconcertada.

Fernando le extendió una brocha mientras él acercaba un cubo de pintura.

—¿Otra vez? —se quejó ella poniendo cara de fastidio— ¿Dónde están los hijos cuando uno los necesita?

Al otro día la pared que habían re-pintado de color paja volvía a aparecer pintada de amarillo.

Fernando, indignadísimo, manoteaba y trataba de hablar, pero el aire le faltaba. Josefa aguzó el oído pues creyó escuchar voces. Al mismo tiempo, Miguel Matos hablaba con el pintor que había contratado para pintar la vieja casa familiar.

—¿Puedes explicarme por qué tanto gasto de pintura?

—Pues es que yo dejo pintada esta pared de amarillo limón y amanece pintada de un amarillo paja, ya van varias veces —dijo Diego rascándose la cabeza—. Son los fantasmas patrón, y no les gusta el amarillo limón.

—¿Los has visto? ¿Cómo son?

—Una pareja mayor. A ella a veces la veo tejiendo y él se la pasa reparando cosas.

Matos sonrió débilmente y sacó de su cartera una vieja fotografía que mostró a su empleado.

—¡Son ellos! —exclamó Diego.

—Si vuelve a aparecer el amarillo paja ya lo dejas así. No hay que molestar a los muertos.

247 palabras incluyendo el título.

Mi relato publicado en la revista digital: Masticadores Sur

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La Barca – Microrrelato.

Y como aún no termina noviembre, les dejo este cuento inspirado en la siguiente imagen:

Pensé que la muerte era otra cosa: descanso, oscuridad, la nada; no este navegar extraño por la mansión inundada de mis padres, bueno, una versión de ella, porque aunque reconozco el lugar, no está exactamente como lo recuerdo. Hay cosas fuera de sitio, otras ausentes y una luz extraña, como la de un día tormentoso. Me lleva un barquero descarnado, su calavera blanca, que muestra todos los dientes, pareciera estar sonriendo.

Doy un último vistazo al estudio de mi padre, alcanzo a ver la escandalosa mancha de sangre y sesos que quedó en la pared. Siento una extraña satisfacción al imaginarlo entrar en su sitio más sagrado y encontrar este desastre. Nadie podía poner un pie ahí, ni siquiera mi madre que, con flores, trató alguna vez de opacar el obstinado olor a viejo y a tabaco; solo para que las rosas, jazmines y gardenias acabaran afuera, destrozadas, y ella, regañada y haciéndole prometer que jamás lo volvería a hacer. Cuando mamá murió, mi padre debió pensar bastante en ese momento, pues a partir de su fallecimiento, él llevaba una gardenia fresca al estudio y ahí la dejaba hasta que se marchitaba, entonces traía una nueva.

Navegamos con lentitud por el pasillo que desemboca en el hall. Desde la pared, mis antepasados, antes tan tiesos, me siguen con miradas de desaprobación. Mi madre ahora tiene una expresión aún más triste que antes y lágrimas en sus mejillas ajadas.

En el hall, el agua cubre por completo gran parte de la gran escalera de mármol y lame uno de los peldaños superiores, a partir de ahí está seco todo. El esqueleto baja de la barca con agilidad y hace ademán de que tome su huesudo brazo para salir también. Me resisto. Prefiero quedarme en la embarcación, pero al parecer no es opcional, pues este personaje, con un brusco movimiento que me toma por sorpresa, me iza y me acomoda entre sus brazos desprovistos de carne. El contacto de mi piel con sus huesos rígidos y fríos me estremece. Por primera vez pienso en lo que hice en términos de arrepentimiento. ¿Qué me espera?

Y ahí vamos, como recién casados, subiendo la escalera; solo que no hay risas ni miradas cómplices. La luz se va apagando, cae la noche eterna.

384 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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Colección de Relatos «Escribiendo a Hombros de Gigantes» homenajeando a Edgar Allan Poe.

Se acerca el día de difuntos y como complemento de cualquier plan a tono con las festividades, te propongo leer gratis la colección de relatos que el «Tintero de Oro» presenta en este 6to. número de su revista digital. Me siento muy orgullosa de haber participado en la modalidad «fuera de concurso» con el relato: «El Rey de los Idiotas»,que si no lo has leído lo puedes hacer dando clic AQUÍ. Está inspirado en el relato del gran maestro Poe «El Barril de Amontillado».

Para acceder a todos los relatos y de paso visitar El Tintero, da clic AQUÍ.

Ana Piera.

La mudanza – cuento corto.

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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Ya vienen los fantasmas – Cuento corto.

La abuela se moría. Postrada en aquella triste cama parecía una muñeca rota. Cuerpo y mente finalmente la habían traicionado, no podía moverse y además había empezado a decir cosas de lo más extrañas. Todos nos sentíamos miserables y yo pensaba por qué la muerte no la dejaba irse con dignidad y cordura; en vez de eso, ella gritaba y fijaba la mirada como una loca señalando al vacío, diciendo:

—¡Ahí! ¿No lo ven? ¡Ahí está Roberto! ¡Hermano! ¡Qué alegría verte!

Luego sonreía tiernamente cuando en otro lado de la habitación creía ver a uno de sus hijos, el más pequeño, muerto de pulmonía a los dos años:

—¡Danielito! ¡Mi niño! Acércate, dame un beso.

Después se tornaba seria, enjugaba sus ojos llorosos y con el ceño fruncido decía:

—En la puerta está Paula, dile que no la quiero ver, no le perdono que le haya quitado el novio a Tita, entre hermanas no se debe hacer eso.

No faltaba quien se acercaba y en voz suave le decía:

—Abuela, abuelita, mire bien, ahí no hay nadie: Roberto, Danielito y Paula están muertos, Tita también; hace mucho que se murieron.

Entonces ella sacaba fuerzas, no sé de donde y con vehemencia gritaba:

—¡Ahí, ahí! ¿Cómo es posible que no los vean?

A algunos de mis primos les daba miedo, entraban a darle un beso y se despedían apresuradamente. La mayoría acabó por irse. Yo empezaba a sentir anticipadamente el dolor de su ausencia, se iba mi gran amiga y confidente, mi chef favorita, mi consejera y cómplice desde que era niño. ¡No era justo que la locura la devorara en los últimos momentos!

Mi madre y los pocos que aún estábamos presentes decidimos tomar turnos para cuidar a la moribunda. Pedí el primero para que los demás pudieran tomarse unos momentos para comer y descansar. Me quedé solo, con mi abuela y sus fantasmas.

Con la habitación en penumbras y sin la presencia de otras personas pude percibirlos. Al principio pensé que el cansancio me hacía ver cosas, pero poco a poco me convencí: ¡Eran reales! Todas las personas que mi abuela había mencionado estaban ahí, los reconocía por las fotografías viejas que había llegado a ver de ellos. Etéreos, casi transparentes, se arremolinaban alrededor de la cama, otros estaban sentados en ella, algunos le acariciaban las manos y los cabellos, otros conversaban animadamente en grupos por la habitación. Me sonreían, llegué a sentir palmaditas en la espalda propinadas por manos heladas de gente ya fallecida. Extrañamente, no sentí miedo, sentí una enorme paz cuando vi que no estaría sola.

Con un ligero estremecimiento, su espíritu abandonó su cuerpo físico y pude ver cómo se incorporaba de la cama y abrazaba a aquellas personas. No olvidaré jamás la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro cuando el pequeño Daniel se acercó corriendo y ella lo cargó en sus brazos. De repente, todos los fantasmas comenzaron a desvanecerse como el humo de los cigarros. Ella se fue al último, sosteniendo aún a su hijito, me lanzó una mirada cómplice y me dijo:

—Te volveré a ver.

Yo sonreí, ahora estaba seguro de que así sería.

Autor: Ana Laura Piera

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El rey de los idiotas – cuento corto

Esta es mi participación en modalidad «fuera de concurso» para la convocatoria:

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El Barril de Amontillado fue uno de los cuentos que cuando lo leí de adolescente más me impresionó. Sirva esto como un pequeño y muy humilde homenaje a este autor. Quise contar la historia desde la perspectiva de la víctima, Fortunato. El lugar donde se desarrolla la historia y los personajes son los mismos que en el magnífico cuento de Poe. (Espero que no me venga a jalar los pies enojado).

La borrachera se me bajó de golpe. ¡Ese traidor de Montresor me había llevado a una trampa!

Me estremecí y sacudí las cadenas con toda la fuerza que mi instinto de supervivencia logró convocar en un vano intento por zafarme. La antorcha que llevaba en mi mano había caído al piso y Montresor la había tomado. Me hablaba, pero toda mi atención estaba puesta en sus manos, que, industriosas y ágiles, trabajaban en conjunto, poniendo hilada tras hilada de piedra frente a mí. Cada línea levantada me iba robando de a poco la claridad.

La ofensa vino a mi mente como un relámpago. Recordé que días atrás, pasados de copas, había yo hecho algunos comentarios burlescos sobre su poca pericia para comprar vinos, aunque él se preciaba de ser un conocedor. Yo sabía de buena fuente que muy a menudo los charlatanes le daban gato por liebre. Recordé la nube de mal tiempo que, por unos segundos, ensombreció su rostro. Después seguimos bebiendo y nos olvidamos del asunto, o eso creí.

Con engaños y con el pretexto de que tenía un barril de vino amontillado me abordó durante el carnaval y me trajo a las catacumbas de su familia. Ahí guardaban, entre despojos de varias generaciones de Montresors, algunos de sus mejores vinos, a los que les hacía bien el frío y la humedad del lugar. Tenía yo mucha curiosidad por ver si en efecto se trataba de amontillado, ya que era casi imposible encontrarlo en esa época del año. Lo más seguro era que lo hubieran engañado y ya tendría yo otra ocasión de burlarme de su nula pericia como catador. Era mi amigo, pero detestaba cuando se ponía pretencioso.

Noté que mi mente daba bandazos entre la resignación y la angustia. De repente, sin pedir permiso, de mi pecho salieron los más horripilantes gritos al darme cuenta de que el desgraciado me había condenado a una muerte lenta y cruel. Me tomó por sorpresa que, emulándome, él empezó a gritar con una enjundia sobrenatural que me hizo dudar de mi condición de vivo. Quizás, me encontraba ya frente al mismo demonio, recibiéndome en las puertas del averno. Callé.

Uno nunca sabe cuando será la última vez que hacemos algo. Despertamos, pero seguimos dormidos, mecidos por la rutina sin pensar que ese puede ser nuestro postrer día. Yo debí haberle dado un beso en la boca a mi mujer, en vez del casto beso en la frente que siempre intercambiábamos por las mañanas. Y a Luca, ¡Por Dios, Luca! A él le hubieran venido bien algunos consejos y un abrazo especialmente fuerte. Miré con tristeza el creciente muro de piedras que me robaría la oportunidad de conocer a mis nietos. Sin mucha esperanza, dejé escapar una risa ahogada y le pedí, le supliqué que terminara con la broma. Él me siguió la corriente sin dejar su labor.

Hay que ver los absurdos pensamientos que lo asaltan a uno ante la inminente muerte, me di cuenta de que mi disfraz de payaso, escogido a las prisas para el carnaval, se convertiría en la grotesca mortaja para mis pobres huesos. Mi mausoleo, cuidadosamente preparado, quedaría vacío. ¿Qué pensaría mi familia de mi desaparición? Me derrumbé sobre mí mismo y sentí cómo se clavaba, lacerante, la cadena alrededor de mi cintura. Quedé colgado a medias sin tocar el suelo.

De repente, se hizo la luz en el pequeño nicho donde estaba yo prisionero. Montresor había metido una de las antorchas por el último hueco y me llamó por mi nombre:

—¡Fortunato!, ¡Fortunato!

Moví los labios, pero mi voz me había abandonado. Vi cuando colocó la piedra que faltaba, sellando mi destino. La antorcha agonizante proyectó las últimas sombras en aquella tumba improvisada hasta que reinó la oscuridad. ¡Qué bien me hubiera sentado que el dichoso amontillado hubiera sido real y no solo el pretexto para llevarme a la muerte! Un pensamiento: «Fortunato, eres el rey de los idiotas», retumbó en mi mente. Comencé a sentir la falta de aire…

Pasó un tiempo hasta que me sentí ligero y pude al fin traspasar la pared de piedras y la muralla de huesos que ahora sellaban el lugar donde se descomponía mi cuerpo. Mi primer impulso fue buscar la salida de las catacumbas, de alguna extraña forma, pude orientarme en la oscuridad de aquel laberinto. Confiado, intenté traspasar la puerta, como lo había hecho antes, pero no pude, algo me detenía. Las innumerables voces, como fríos suspiros, susurraron en mi oído que aquello era imposible. «Ahora eres uno de nosotros».

«¿Alguno de ustedes sabe si hay por aquí un barril de amontillado?»

Autor: Ana Laura Piera

Un Buen Susto -cuento corto.

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Fue una absoluta sorpresa para el joven Guillermo enterarse de que sus tíos lejanos le habían dejado una casa de campo en Inglaterra. Se entusiasmó, pues aunque siempre andaba a la caza de oportunidades para ganar dinero, la mala suerte parecía perseguirle.

Se trataba de una ruinosa y antigua granja en el poblado de Pluckley, en Kent, conocida como «Woolridge Farm». Aquel pueblo tenía fama de ser uno de los lugares más embrujados del país y atraía turistas buscando emociones fuertes. La granja tenía un tamaño respetable, pues además de la casa principal contaba con espacios que fueron, en días mejores: caballerizas, corrales y almacenes. Pensó que podía servir como un hotel, pero al calcular la cuantiosa suma que tendría que invertir para ello, se entristeció. Lo mejor sería venderla.

Llevaba una bolsa de dormir que puso sobre el viejo sofá de cuero tipo Chesterfield que estaba en el salón y para prender la chimenea juntó muebles viejos y pedazos de madera que encontró aquí y allá.
Encendió la chimenea justo a tiempo. Llovía y hacía mucho frío. Se acostó en su cama improvisada, no estaba muy cómodo, pero al menos estaba caliente.

En la madrugada le despertó un frío intenso y vio el fuego agonizar. Se puso a buscar algo para alimentarlo. Fue ahí cuando lo vio: era un hombre viejo, barbado; lucía demasiado delgado y triste. Sus vestimentas eran de otra época. Estaba sentado en una de las sillas que Guillermo pensaba tirar al fuego. El cuerpo se veía como hecho de niebla. Quiso tomar la silla de cualquier forma, pero un frío gélido lo envolvió y comenzó a tiritar. Se dirigió a otra, pero cuando estaba a punto de asirla, la figura apareció sentada en ella. Dondequiera que aquel ente se movía el frío se sentía polar.

—Estos son mis muebles. Estás destruyendo mi casa —dijo el viejo, su voz denotaba enojo y tristeza. A Guillermo le costaba ya hablar pues temblaba incontrolablemente—. Soy Walter King, un antepasado tuyo, y te pido que abandones este lugar. —Guillermo estaba tan helado que creyó que se enfermaría.

—Ma…ña…na, lo ju…ro… —dijo el joven castañetéandole los dientes.

—Si prometes que mañana no estarás aquí te permitiré usar un mueble más.

Guillermo asintió y en ese momento Walter se desvaneció como humo de cigarro. El joven tiró un banco a la chimenea, las llamas lo envolvieron y el frío mengüó. Se metió nuevamente en su bolsa de dormir, pero ya no pudo pegar un ojo. Así lo encontró el amanecer, preguntándose si la experiencia había sido real o fruto de su imaginación.

Al otro día averiguo en el ayuntamiento todo sobre la propiedad. Aparecía el nombre de Walter en los registros, se enteró de que no había deudas pues existía una especie de fideicomiso encargado de cubrir todos los gastos de impuestos. El dinero fue legado por… ¡Walter King! A finales del siglo XVIII. Sin embargo, los recursos ya estaban a punto de agotarse.

Aunque seguía escéptico, para evitar problemas, pidió que le enviaran varias cargas de leña para la chimenea y esa noche alimentó el fuego con la madera comprada. De repente la estancia se sintió anormalmente fría y el espectro se dejó ver. Vestía la misma ropa anticuada y tenía el mismo aire triste que la noche anterior. Como flotando, fue y se posó en una de las sillas.

—Así que no te has ido. ¡Y lo prometiste!
—Si, pero como puedes ver, los muebles no están en peligro —y Guillermo señaló muy orondo las cargas de leña.
—Muy considerado de tu parte —dijo irónico el espectro.
—Tengo una noticia para ti. Hoy descubrí que el dinero que dejaste para mantener este lugar está a punto de acabarse.
—¿Tan pronto? —dijo Walter escandalizado.
—Walter, el costo de la vida ha subido tremendamente. No te imaginas… El problema es que, acabándose el dinero, la granja se tendrá que vender.
—¡No! —gritó Walter desesperado— ¡Este es mi hogar!
—Lo sé, pero no hay modo.
—Escucha —dijo Walter—. Aún tengo algo guardado, te lo daré, pero hay que salvar esta propiedad.

Walter hizo prometerle que no vendería y le advirtió que si lo hacía una maldición caería sobre él. Esa misma noche Guillermo encontró un anillo antiguo de oro con incrustaciones de rubíes. Al frente cuatro pequeños diamantes cubrían un compartimento secreto que revelaba el retrato en miniatura de un joven y distinguido Walter King. Al otro día viajó a Londres donde obtuvo una pequeña fortuna por él. De regreso a Pluckley puso la propiedad en venta. Trató de sacar a Walter de su mente, al fin y al cabo ya solo tendría que pasar una noche más en Woolridge Farm. Lo hacía más por curiosidad que por otra cosa. Luego, regresaría a su país donde invertiría en un negocio de tecnología.

Meses más tarde, un turista llegó a desayunar a la famosa posada The Swan, en Pluckley, y una linda pelirroja le sirvió té y pancakes.

—¿Serías tan amable de decirme qué lugar embrujado visitar?
—¡Sí! Woolridge Farm es una buena opción. A mucha gente le gusta pasar la noche ahí y ver cómo se pelean el fantasma de Walter King y uno de sus descendientes que murió ahí hace poco tiempo. Se dice que no cumplió un juramento, y una maldición le hizo cometer suicidio.
—Suena espeluznante.
—¿Verdad que sí?

893 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Día de Muertos en México – Cuento Corto.

Otra colaboración mía para Masticadores México, en esta ocasión un relato ligero con motivo de las celebraciones del Día de Muertos. Muchas gracias por sus comentarios y apoyo ya sea aquí o en la página de Masticadores (el link aparece abajo), ya que ahí es donde se puede leer completo.

El alegre grupo llegó a México, estaban muy entusiasmados, ya que lo hacían justo a tiempo para las fiestas de muertos. Se trataba de varios espíritus de diferentes partes del mundo. Alguien con gran visión comercial había estado organizando tours para ellos y ahora les tocaba visitar un país con una gran tradición en el […]

Día de Muertos en México por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

https://bloguers.net/literatura/dia-de-muertos-en-mexico-relato-breve/