¡Es domingo! – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: hacer un relato de no más de 250 palabras que tenga como protagonista un día de la semana.

Llegó a la cocina esperando el aroma de churros recién hechos y chocolate. En vez de eso, la recibieron una tostada poco apetitosa y el amargor del café.

—¿Pero qué coño es esto? —le gritó a Alejandro.

El tintineo de las llaves de su marido en la puerta le confirmó que estaba por salir.

—¿A dónde vas, si es domingo?

—¡¿Otra vez, Alba?! ¡Se me hace tarde! Ya hablaremos.

Deslizó el dedo por la pantalla de bloqueo del móvil que decía lunes 7 de septiembre. ¡Vaya fallo de software! Tendría que corregir eso. La bandeja de correo de su trabajo colapsaba. Era domingo, así que mejor encendió la televisión. El título de «en vivo» de un partido de tenis mentía. Ella estaba segura de haberlo visto ayer sábado. Se asomó a la ventana y constató que hasta la escuela del barrio falsificaba un lunes. ¡Qué locura!

Decidió salir en pijama a regar. El olor a tierra mojada le sacó un suspiro de placer. El calor agobiaba y, con su conjunto fresco y corto, ella se burlaba de quienes se dirigían al trabajo, sudando bajo sus trajes, vestidos o uniformes.

—Alba, ¿no vas a la oficina? —le preguntó un vecino apurado.

—¡Hoy es domingo! —gritó ella, y la cara de extrañeza de su interlocutor la mató de risa. Había algo delicioso en verlo dudar. Terminó el riego y entró en su casa. Ella misma se prepararía unos buenos churros caseros. Por suerte, tenía todo el domingo por delante.

249 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

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Este relato, publicado en la revista digital Masticadores, puedes visitar la revista AQUÍ.

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Deseo bajo el tablado – Cuento corto ambientado en el Siglo de Oro Español.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro de junio. Hacer un relato de no más de 900 palabras ambientado en el Siglo de Oro. Si deseas ver el resultado del concurso da clic AQUÍ.

—¿Dónde está Mencía? ¡Estamos por iniciar!

Baltasar de Prado, el autor de comedias, se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del pueblo llano que se encuentran en el patio.

Pasan unos minutos antes de que haga su aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.

—¿Pero por qué tardas tanto, mujer?

—¡Pardiez, que no es mi culpa! —replica ella, acomodándose el jubón—. El culpable es el mozo, que se ha demorado en fijar mis calzas.

—¡Todos en posición! ¡Música!

Detrás del paño que separa el escenario de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y las miradas se clavan en el tablado, aún vacío, del Corral de la Cruz.

Termina la música y sale Mencía, interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.

Hombres y mujeres enmudecen mientras miran fascinados el jubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.

En lo alto, desde su aposento privado y alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas, expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras, lejos de su mujer.

Debajo de los soportales del patio, otro hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el pliego de censura de la Inquisición.

La obra avanza hacia su final: Mateo desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público. Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía, tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece. También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud al fraile. Ya no está.

Músicos y actores salen y bailan con energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño. El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unos reales de plata.

—Hay un caballero adentro. ¡Trátalo bien! —le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.

—¡Te exijo que dejes el teatro para siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! —le dice su amante, Álvaro de Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.

Antes de que ella conteste, irrumpe fray Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta impedirle el paso.

—¡Esto es intolerable! —dice el religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía—. Me gustaría saber qué pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.

—Vuestra reverencia, le ruego reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro —suplica Baltasar.

—¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!

Don Álvaro titubea, lanza una mirada de preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con Baltasar, que tiene el rostro desencajado.

—¿Qué desea vuestra merced? —pregunta Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.

—Sabes que puedo enterrarte en vida en los calabozos de la Inquisición.

—No hacemos nada malo.

—Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.

Mencía obedece extrañada.

—Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?

—Mateo

—Ven, acércate, «Mateo». Mencía se acerca. El fraile la mira embelesado—. Dame un beso en la boca.

—Pero… padre…

—¡Si no lo haces te mandaré a la hoguera!

Mencía acerca sus labios a los del fraile y en el último momento gira hacia su oreja.

—¡Es usted un hipócrita y arderá en el fuego eterno!

—¡Bruja! ¡Súcubo del infierno!

—Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios y su juicio no puede esconderse.

El fraile se achica, se derrumba y llora mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse del posesivo Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera


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Notas:

En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral. Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.

En el Siglo de Oro español, los mosqueteros eran los hombres del pueblo llano que ocupaban de pie el patio central de los corrales de comedias. Eran el público más numeroso, bullicioso y temido, ya que tenían el poder de consagrar o hundir una obra mediante sus reacciones inmediatas.

Si quieres saber más y ver una foto de un corral de comedias, da clic ACÁ.

Esta vez mi relato obtuvo mención honorífica. Muy agradecida a mis compañeros del Tintero de Oro que me otorgaron su voto. Les invito a leer otras participaciones.

Destino. Cuento Corto.

Mi propuesta para el concurso de relatos de El Tintero de Oro, con tema «el destino y cómo influye este, positiva o negativamente en nuestra vida» Límite: 900 palabras. Actualización: relato ganador del concurso.

Damián Pardo tenía diecisiete años cuando mató a un hombre y perturbó al tranquilo pueblo de San Andrés.

—¡Fue en defensa propia! —gritaba mientras lo llevaban a la cárcel. Como el muerto no era de por esos lares, y a falta de mejor lugar, lo metieron a la misma celda que Damián, en espera de que alguien lo reclamara. Los guardias contarían con estupor cómo el muchacho tomó el cadáver, lo sentó frente a él y empezó un monólogo extraño:

—¿Ya ves? Para qué te pusiste celoso de que yo le hablara a Almita Gutiérrez. Ni modo que yo me quedara tan tranquilo luego de que me soltaste un trancazo.

Cuando le llevaron la cena, el muchacho puso la comida sobre el cuerpo, usándolo como mesa.

—Ahora ya ni un taquito te puedes comer. ¿Qué se siente estar difunto?

Como era menor de edad, y nadie había reclamado al occiso, lo liberaron después de una arenga y la promesa de su único pariente, su tío, Abel Pardo, de que lo vigilaría y lo llevaría por el buen camino. Los vecinos de San Andrés vieron todo con preocupación; decían que el muchacho estaba marcado por las desgracias, recordando que cuando nació, sus padres murieron: la madre en el parto y el padre ahogado en una inundación que se llevó medio pueblo.

Abel lo mandó a la capital, a estudiar en un colegio militar. Tras un «accidente» mal aclarado, lo expulsaron, a pesar de ser un prodigio con las armas.

—Ese muchacho no es bueno, Don Abel, trae mala suerte —le decía la gente al tío.

Una tarde tormentosa, regresó Damián Pardo al pueblo y lo primero que hizo fue buscar a Abel.

—Ya ni la amuelas, sobrino. Puedes quedarte conmigo siempre y cuando encuentres un trabajo y no causes problemas.

Después de su llegada mataron al gerente del banco, luego al farmacéutico. En cada caso, se le vio después en el camposanto, entablando diálogos macabros con los recién enterrados. La policía no encontró evidencia de que él fuera el asesino, pero la gente se guardaba en sus casas a hora más temprana y si lo veían pasar se santiguaban. Se decía que el destino lo marcó para la fatalidad y que la Muerte caminaba junto a él.

—¿Todo este tiempo has sido tú? —le preguntó una noche Abel con un hilo de voz mientras le mostraba un casquillo de bala que había encontrado en un pantalón.

—Sí —dijo Damián con tranquilidad—, pero me pagaron. Fue a su habitación y regresó con un fajo de billetes.

—Me voy a otro lado para no causarle quebrantos —dijo mientras le extendía una buena cantidad de dinero. Quédese calladito, al fin y al cabo somos familia.

Abel se quedó unos segundos con el dinero en la mano, temblando. Le asqueaba aquel fajo manchado de sangre y lo dejó sobre la mesa. Damián paseó su mirada fría, como la de las serpientes, del dinero a su tío, pero no dijo nada.

—Esta vida que has escogido no te va a llevar por buen camino. Te ruego que reconsideres. Vete de aquí, inicia de nuevo en otro lugar, lleva una vida honrada o un día también vas a aparecer muerto.

—Si no quiere el dinero, allá usted, pero no me estorbe.

Damián compró una casa abandonada en las afueras y hasta ahí llegaba el sonido de las campanas repicando por tanto muerto. La policía se hacía de la vista gorda. A menudo se veían fuereños indeseables tratando asuntos con él. Otras veces viajaba fuera y el pueblo contenía la respiración, con la certeza de que vendrían más desgracias.

La familia de Almita Gutiérrez tembló cuando supo que Damián Pardo andaba enamorando otra vez a la joven. Engatusada por él, un día anunció que estaba embarazada. Damián se presentó en casa de los Gutiérrez y pidió su mano.

—¡Sobre mi cadáver! —fue la respuesta de Félix Gutiérrez.

Ocho días después se vio a Damián en el cementerio, sentado sobre la tumba del que hubiera sido su suegro.

A pesar del horror de su familia, el asesinato de su padre tras negarse al compromiso y sus propias y ominosas sospechas, Almita se casó en una ceremonia marcada por el miedo y el desaire del pueblo. Luego de eso, los recién casados se fueron a vivir juntos. No pasó mucho tiempo antes de que el flamante esposo se ausentara por periodos cada vez más largos, dejando a su mujer en completa soledad.

Un día lo encontraron muerto, con una bala en mitad de la frente. Los asesinatos cesaron.

Almita murió dando a luz y Abel se hizo cargo de su sobrino-nieto. El hombre había observado con cuidado el desarrollo de la criatura, con la esperanza de quien busca un milagro. Lo llamó Lucas —nombre vinculado a la luz—, augurándole un futuro de claridad.

Lucas Pardo tenía diecisiete años cuando salvó a los infantes de una escuela que se quemaba. Tras el aviso del incendio, todo el pueblo corrió para ayudar y se encontraron con que el muchacho ya los había sacado de entre las llamas. Las madres y padres le abrazaban, la gente elevaba oraciones bendiciéndolo. Abel suspiró aliviado.

Mientras el pueblo celebraba al héroe, en sus bolsillos se escondían los cerillos que revelaban la verdad. El destino de los Pardo parecía ser una llama que no se podía acabar.

891 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Carnaval. Microrrelato.

Relato que participa en el microrreto de marzo de El Tintero de Oro: (Microrrelatos de la bestia). El requisito es que el diablo sea protagonista o personaje secundario. También participa en el VadeReto de febrero, siendo el requisito que incluya un disfraz y ocurra en carnavales.

250 palabras.

Desde el púlpito, el padre Gabriel exhortaba a sus feligreses a portarse bien durante el carnaval:

—¡No quiero enterarme de que alguno ande borracho y en malas compañías! ¡Mujeres, quédense en sus casas pidiendo por los pecadores en estas festividades de dudoso provecho!

La gente salió de misa sintiéndose regañada. Las tres beatas del pueblo: Dolores, Refugio y Patrocinio, miraban a todos con caras de: «ya lo dijo el padre, ¡compórtense!»

El cura se quedó guardando objetos litúrgicos, mandó decir que ese día no habría confesiones, pues se sentía mal, y salió corriendo a la casa parroquial.

Una vez en su sencilla habitación, impregnada de humedad y aroma a cirios, sacó de una cómoda una prenda envuelta en papel oscuro. La retiró con delicadeza de su envoltorio mientras su respiración se hacía más agitada. La tela de satín rojo atrajo las manos de Gabriel como un imán. La acarició con manos trémulas y pasó sus dedos por los cuernos plateados de la capucha. Luego miró con ojos entornados la máscara de gesto maligno. Se puso el disfraz con devoción, como cuando se vestía para la homilía, y se contempló en un espejo. Su rostro se ensombreció cuando vio reflejado el crucifijo de su cabecera, donde un afligido Cristo lo miraba con dureza. Gabriel lo descolgó y lo guardó en un cajón. Luego se puso la máscara. El espejo reflejó un demonio de ojos ardientes.

De lejos le llegaron la música y el jolgorio. El carnaval acababa de iniciar.

Autor: Ana Laura Piera.

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El otro hijo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras que cumpla con ser intertextual. (Inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época…)

Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.

Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermano Ícaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!

Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera!
¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?

Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.

Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo —apenas un punto insignificante—,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.

Mi competencia: felizmente eliminada.

197 palabras

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.

Te invito a leer una reflexión sobre este relato en Reflexópolis.

El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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Tortuga celeste.

Microrrelato de fuego, estrellas y tradiciones.

Mi propuesta para el microrreto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras inspirado en una constelación.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Las noches eran más frescas y Ah Kin, envuelto en su manta de algodón, aguardaba la aparición de la tortuga celeste, como llamaban los mayas a la constelación de Orión. Su hija Ix Muyal, de cuatro años, le preguntó:

—¿Qué buscas, ta?

—La señal para iniciar los ritos de cosecha. Son tres luces brillantes, que forman parte de «la tortuga». Representan las tres piedras del fogón del universo y de ellas surge el dios del maíz, pero este año ya se tardó.

En la milpa, el padre observaba el equilibrio ancestral: al frijol trepando al maíz, la calabaza cubriendo la tierra. Todo parecía en orden, menos el cielo.

Ix Muyal y su padre caminaron hacia el cenote sagrado con ofrendas: granos secos y pozol con miel. El sendero entre la selva estaba lleno de murmullos, aroma de copal y plegarias. Los sacerdotes repetían: “Hay que recordar el mito”.

De regreso, Ah Kin narró cómo la tortuga nadaba en el océano primigenio, sosteniendo el mundo sobre su caparazón. Ix Muyal, notó las piedras del fogón de su vivienda desalineadas. Las acomodaron.

—Quizá la tortuga no podía nadar y el dios seguía dormido —dijo esperanzada.

—Nuestro fuego es muy humilde como para que los dioses se fijen, hija.

Pero esa noche, los gritos de júbilo de Ah Kin anunciaron el regreso de la tortuga.

Desde entonces, Ix Muyal se asegura de que las piedras del hogar estén alineadas. Sabe que los dioses también toman en cuenta los gestos pequeños.

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

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El abrigo que no seduce.

La ex-niñera que aprendió a elegir.

Mi participación para el concurso de relatos de El Tintero de Oro. La condición es que sea un relato ambientado en Nueva York, donde la ciudad tenga cierto protagonismo en la historia.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Queens, N.Y., 2025.

Despertó con el maquillaje corrido y un abrigo de leopardo en la puerta. Fran Fine ahora tenía 56 años y ya no trabajaba de niñera. Después de darse un baño, se sentó frente al tocador de su habitación y, ante el espejo, dibujó con un dedo un corazón aprovechando el vaho húmedo sobre el cristal.

—Fran, ¿qué demonios querías ser?— dijo con esa característica voz nasal que los años no habían podido borrar.

Recordó los días en los que soñaba con atrapar un marido rico, vivir en un pent-house en Manhattan, asistir a estrenos glamorosos, conciertos y galas, para después cenar en «Daniel», en el Upper East Side, o en «Le Bernardin», en Midtown Manhattan. Saboreando no solo los cocteles, sino las miradas de envidia y admiración de mujeres y hombres. No había quedado en un sueño, lo había obtenido y al final, lo había regresado, como una chaqueta que no sienta bien.

Sonó el móvil, era Maggie, la hija mayor del productor de teatro Maxwell Sheffield. Fran había sido su niñera hacía muchos años.

—¿Fran? ¡Qué alegría escucharte de nuevo! ¡Te perdí la pista por un tiempo!

—¿Maggy? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

—No muy bien, Fran. ¿Recuerdas a Carlo?

Claro que lo recordaba. Era guapísimo y además hijo de un afamado actor de cine. Fran le había aconsejado a Maggie que lo conquistara a cualquier precio.

—Carlo es incapaz de serme fiel, Fran. Solo soy el adorno que lo acompaña, no me falta nada, pero me siento como un mueble costoso en una casa vacía.

Fran lamentó con todo su ser haber sido el modelo de un ideal equivocado para Maggie. Ojalá ella nunca le hubiera hecho caso. Mientras la joven se desahogaba, Fran escuchó a un repartidor que gritaba algo en italiano afuera de su departamento, otro más allá decía algo en bengalí. El tren de la línea 7 pasaba a lo lejos, vibrando. ¡Había tanta vida en Queens! Contrastaba con la rigidez del Upper East Side donde vivía Maggie.

—Escucha preciosa, tengo un proyecto encantador y pronto te mandaré una invitación. Espero que puedas estar presente. Después podemos tomarnos algo juntas, como en los viejos tiempos.

Tras la llamada, Fran pensó que ella misma ya no buscaba ser elegida. Tras su divorcio, y en el caos encantador que era Queens, se preparó para su siguiente desafío: ser curadora de un museo de estética «Kitsch». Aún no tenía sede, pero ella y su amiga de la juventud Val Toriello ya estaban buscando un lugar y recopilando los objetos que exhibirían. El museo sería inaugurado con una chaqueta de «animal print» de cebra, con detalles en terciopelo y lentejuelas.

Terminó de vestirse y se puso el abrigo de leopardo, ya no para seducir a nadie, solo porque le gustaba como rugía contra el gris del mundo.

Autor: Ana Piera.

Nota: Fran Fine fue el personaje ficticio de una serie de televisión de los noventas. Quise imaginar que el personaje evolucionaba sin perder su esencia, aunque esta implicara conservar esa estética estridente, la «kitsch», pero que era tan de ella y que aunque la criticaran, ella la lucía orgullosa. Espero que el relato no precise, para entenderlo, de haber visto la serie. Gracias por leer.

En Reflexópolis, ciudad de pensamientos, te cuento cómo se me ocurrió esta historia.

Fue en el mar – Cuento Corto.

Mi participación para el reto de El Tintero de Oro, que en esta ocasión fue en modalidad anónima. No podíamos publicar los relatos hasta que terminara el concurso. Mi relato entró dentro de las «menciones honoríficas» lo cual agradezco infinitamente. Si quieres ver los resultados y la gala de premios da clic ACÁ

El «Sarsia» zozobró en medio de la noche y al apagarse sus luces, las tinieblas intensificaron el terror. En medio del caos, identifiqué a otros dos marineros, que como yo, se encontraron en el camino de tablas y aparejos que flotaban. Los gritos de quienes se ahogaban, ya nada tenían de humanos, confundiéndose con los ruidos que hacía la nave al hundirse: estertores de un animal herido de muerte. Nada podíamos hacer. Aferrados a nuestros salvavidas improvisados y sin visibilidad, nuestra propia situación era precaria. Pronto solo quedó el ruido del oleaje chocando contra nuestros cuerpos.

—¡Resistan! —gritó uno de los tres castañeteándole los dientes. ¡Soy Ju…Julio Gia…nni!

Supongo que su nombre debía darnos valor. Sería quizás el capellán. Sobre lo de resistir, más fácil era decirlo, que hacerlo. Empapados, ateridos de frío, con sed y miedo, debíamos tratar de distraer nuestra mente para no caer en la desesperación. Repasé lo sucedido poco antes de embarcarme: tras cinco años encarcelado, por fin pude sobornar al guarda. Paladeé, como un buen vino, esa primera noche de libertad. De algún lado robé ropa y me fui al embarcadero, donde subí al Sarsia como polizón…

Al amanecer, los restos del naufragio eran escasos y el océano había reclamado a Gianni.

El hombre que quedaba, con su barba y cabello empapados, y el rostro acartonado por la sal, se me figuró un extraño animal marino. Señaló con el dedo algo que flotaba a lo lejos.

—¿Ves eso?

—Una tortuga quizás —contesté cansado.

—No. Es uno de los botes salvavidas, está boca abajo.

Agucé la vista. Sí, podía ser.

—¿Puedes nadar hasta él?

—¿Por qué no nadas tú hacia él?

—Soy mayor, debo ahorrar fuerzas. Yo te cuido el madero.

Dudé. Aquel objeto era mi salvavidas y no debía perderlo.

—¡Vamos! ¡Debemos intentarlo!

Braceé en dirección al supuesto bote. En algún momento paré y miré hacia atrás. ¡Mi madero flotaba alejándose! «¡Hijo de puta!». Con el corazón desbocado nadé con más ahínco hasta tocar lo que parecía ser, en efecto, uno de los botes salvavidas. Era demasiado pesado para voltearlo yo solo. Le hice señas al marinero, quien nadó lento hasta donde me encontraba. Entre ambos, y con muchos trabajos, maniobramos hasta que pudimos subirnos a él.

—Te lo dije muchacho —dijo sonriendo—. Soy Ross.

Su cara avejentada me era familiar, quizá le había visto entrar en la bodega donde me oculté. Y luego, ¡la coincidencia de nombres!, pues yo también me llamaba Ross, aunque no se lo dije. Nadie debía saber mi identidad.

—¡Soltaste el madero! —le reproché.

—¡Se me zafó! No tiene importancia. ¡Tenemos esto! —dijo golpeando el bote dos veces con los nudillos mientras me mostraba sus dientes en una extraña mueca —No eres parte de la tripulación, ¿verdad?

No contesté. Ross, el viejo, me lanzó una mirada inquietante. Me pareció que se asomaba a mis secretos, que conocía mi identidad.

Cuando el hambre, la sed y el sol parecían insoportables, se quitó la camisa, usándola cual red para atrapar peces. Le miraba incrédulo, pero al final sacó un pez, al que embistió a dentelladas hasta que este dejó de moverse en su boca. Me miró mientras su barba espesa chorreaba sangre. Traté de imitarlo fracasando muchas veces, cuando por fin pude sacar un pez diminuto y me lo eché en la boca, este se escapó y cayó en el piso del bote mientras yo tuve amagos de arcadas. Lo recogió sonriendo, burlon. Pensé que me lo daría, pero lo engulló sin miramientos.

Pasábamos la mayor parte del día guareciéndonos como podíamos del sol y por las noches el frío nos calaba los huesos. Me sentía débil y un día la desesperación me hizo tomar agua de mar.

—¡Eso es chico! ¡Acábatela toda! ¡Hay que acelerar lo inevitable!

Después de dar unos cuantos tragos, no pude más y me eché a llorar sin lágrimas.

—La juventud no sabe enfrentarse a las adversidades. ¡Mírate! ¡Estás hecho un guiñapo!

—Por… favor… ayúdame.

—Los asesinos no merecen vivir —dijo.

Quise gritarle que el hombre que maté había tundido a golpes a mi madre y que uno de mis hermanos había nacido muerto por las palizas, pero ya no tenía voz.

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No lo ayudé. Al otro día aquel debilucho estaba muerto. Lo desnudé y lo tiré por la borda. Su cuerpo blanquecino, como un fantasma, se alejó del bote a merced de las corrientes. «Ya era hora, pedazo de estúpido».

Quiso la suerte que esa noche lloviera. Saqué la lengua para beber con fruición aquel regalo y por primera vez en días tuve la certeza de que sobreviviría. Días después, al ser rescatado, me preguntaron si había habido otros sobrevivientes, conté sobre un infortunado Ross, un polizón que no había durado ni doce horas. Me identifiqué como Julio Gianni y pedí que me dejaran en el siguiente puerto.

Nadie sabría sobre la lucha que se libró en ese bote, donde tuve que dejar morir la parte joven e inocente de mí mismo, para dar paso a este adulto triste que ahí enfrentó a sus propios fantasmas y a la misma muerte. La gente que hoy me mira a los ojos intuye esa pérdida, muchos la reconocen en ellos mismos, pero no saben precisar cuando sucedió. Yo sí, fue en el mar, tras el hundimiento del «Sarsia».

884 palabras.

Autor: Ana Piera

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Desamor. Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de marzo 2025: Escribir un relato de desamor en no más de 250 palabras.

Con los ojos empañados, las manos temblorosas y sintiéndose una estúpida, digitó la intrincada contraseña que en un tiempo significó la puerta a la felicidad.

El blog privado había sido idea de él. ¡Tantos mensajes! Aunque ninguno reciente, y los últimos eran entradas propias, preñadas de preguntas, lamentos y tristeza que no encontraban eco en ninguna parte.

Esta vez supo resistirse al impulso de leer los del tiempo de la dicha, donde una frase hacía la diferencia entre un día de mierda y uno glorioso. Suspiró. Lo que fue bello, ahora la dañaba. Después de cinco años, reconoció que todo había sido una mentira, un juego cruel. Con el corazón roto eliminó aquel blog, y con su desaparición, supo dar por fin el primer paso para sanar: amarse primero a sí misma.

Autor: Ana Laura Piera.

133 palabras.

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