Seducción sintética – cuento corto.

Juan Pablo movía, fascinado, su brazo robótico. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro, y hacía que se tocaran entre sí. Sentía como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo iluminado por frías luces de neón. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran. Era la antesala de un gran recinto estéril. Tras gruesas paredes transparentes, se guardaban partes de repuesto sintéticas. En las pupilas dilatadas de Juan Pablo se reflejaron ojos cibernéticos, extremidades biónicas e implantes neuronales. Algunos órganos, como corazones y pulmones, estaban colgados dentro de cápsulas llenas de líquido. Todo estaba organizado en estantes imantados, conectados a la electricidad. Juan Pablo sintió sus vellos erizarse, y una sonrisa de placer se instaló en su rostro.
Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de darles un acabado «natural» a estas piezas. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos; se consideraba de mal gusto ocultar su perfección.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y, a la vez tranquilo y confiado; cualquier parte era reemplazable.

En casa, Juan Pablo procuró hacer todo con su extremidad artificial mientras la de carne colgaba inerte.

En la calle, vio a alguien con dos brazos de alta tecnología. No pudo evitar contraer su mandíbula y apretar los labios. Se quedó observando al afortunado con el ceño fruncido. Cuando el hombre se volteó y sonrió, Juan Pablo respondió con una sonrisa forzada.

En su siguiente revisión médica, Juan Pablo soltó de sopetón:

—¡Necesito otro brazo robótico!

Valencia observó la mirada de desesperación, la prótesis biónica extendida hacia él con la palma abierta y el sudor en el cuello de su paciente, a pesar de que no hacía calor.

—Lo siento, Juan Pablo. Te expliqué ya que, por ahora, las sustituciones son solo en caso de que un accidente o enfermedad arruinen su contraparte humana.

Salió con la respiración acelerada y los hombros y el cuello rígidos. Se introdujo en su automóvil y dejó escapar un gemido. Luego casi rompe el volante tras golpearlo con su brazo robótico. Mientras tanto, su mano humana temblaba sobre la palanca de cambios. Camino a casa, le vino una idea. Cruzó el torso en una maniobra bastante torpe para sacar el brazo biológico por la ventana y aceleró a fondo. Justo antes de chocar contra un edificio, hizo un viraje brusco. Su cabeza se golpeó con violencia dentro del habitáculo y un hilillo de sangre escurrió por su oído. Previo al desmayo, percibió una sensación de calor extremo en el brazo destrozado.

Cuando despertó, las luces blancas y el ambiente aséptico le resultaron familiares. ¡El hospital! Levantó con dificultad ambos brazos, los dos, robóticos. Suspiró complacido. Percibió un sonido de «tic-tac». ¿Qué podía ser? Las habitaciones estaban insonorizadas. Recordaba un reloj antiguo en uno de los consultorios más alejados. Intrigado, se dispuso a tapar primero un oído y luego el otro para ver de qué lado venía el sonido. Cuando llevó su mano al derecho, notó la frialdad y dureza propias del metal. ¡Eso explicaba todo! ¡Ahora tenía un órgano auditivo robótico! Por su oído natural ese sonido no era perceptible. Ahí mismo, en su cama de hospital, al pensar en ese oído imperfecto, sintió un vacío desagradable en su estómago y falta de aire.

El grito de horror de la enfermera retumbó en el hospital. En el baño, el paciente no se inmutó. Siguió metiendo su potente dedo metálico en lo profundo de su oído izquierdo. Hurgando dentro, reventó el tímpano y trituró los delicados huesecillos internos. La sangre resbalaba por el frío y pulido metal del brazo. A través de su flamante oído derecho, Juan Pablo podía escuchar con toda precisión el sonido de cada gota de sangre al caer.

Autor: Ana Laura Piera


Este relato es una versión revisada del relato Ciborg publicado en este blog en 2021. Tras releerlo después de mucho tiempo, caí en cuenta que me faltaba mostrar más en vez de decir; y lo trabajé en ese aspecto. Gracias por leer.

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Ciborg – Cuento corto.

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Juan Pablo movía fascinado su brazo robótico en un intento de conocerlo mejor, saber sus alcances, fuerza y sutilezas. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro y hacía que se tocaran entre sí. Por un momento sintió como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran, quería mostrarle algo. Se trataba de un gran almacén de partes de repuesto para humanos: piernas, cabezas, dedos, ojos… Juan Pablo estaba asombrado, sabía además que, a diferencia de sus contrapartes humanas, aquellas maravillas eran eternas, perfectas, probadas al límite y sobre todo: bellas.

Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de luchar porque sus creaciones se parecieran a las originales, ya no se usaba darles un acabado «natural»: nada de piel, vellos o consistencia de carne. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos, pues se consideraba de mal gusto ocultar la perfección de los mismos y nadie debía negarse el placer que provocaba la contemplación de tanta belleza.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y a la vez tranquilo y confiado, podía perder cualquier otro miembro, no importaba, todo era reemplazable.

Estando en casa, comenzó a molestarle su brazo natural pues al compararlo con el robótico, aquel le parecía una pieza extremadamente debilucha. Procuraba hacer todo con su brazo nuevo y relegaba su propia extremidad. Empezó a sentirse infeliz de tener ese miembro «imperfecto» y cuando salía a la calle sentía envidia de aquellos afortunados que contaban con dos brazos artificiales. Cayó en una aguda depresión.

Una mañana se encontró nuevamente en el consultorio del Dr. Valencia: «Ya no aguanto más doctor, no soporto estar unido a una cosa tan defectuosa y fea, le ruego acceda a mi petición y me lo cambie». Valencia se negó, los implantes eran solo para personas cuyas extremidades no funcionaran o hubieran sufrido una amputación.

Juan Pablo salió más triste que nunca, pero en el camino a su casa una idea comenzó a bailarle en los sesos. No lo pensó mucho: saco su brazo por la ventana del auto y lo dejó colgando; entonces aceleró a fondo y antes de colisionar con un edificio hizo un viraje brusco de manera que el golpe llegara del lado donde estaba su extremidad. Fue trasladado de urgencia a un hospital.

Despertó con múltiples contusiones en el cuerpo mas eso no importaba. ¡No podía creer su suerte!. ¡Había conseguido otro brazo, pero también un oído nuevo!. Ahora escuchaba mejor que nunca con aquella pieza excepcional de ingeniería, y ahí mismo, en su cama de hospital, empezó a molestarle la idea de que su otro oído fuera tan imperfecto…

Aquella mañana, cuando la enfermera entró en la habitación dio un grito de horror; en el baño se encontraba Juan Pablo, quien blandía una navaja filosa y con ella se mutilaba la oreja derecha. No solo cortaba la parte externa, sino que metía la navaja dentro y se aseguraba de dejar inservible su oído interno. Sus brazos y manos metálicos aparecían rojos y chorreando sangre, que ya hacía un charco en el piso.

Autor: Ana Laura Piera


Te invito a que leas una versión actualizada de este relato, donde trabajo más el «show and tell» (mostrar y no decir). Hubo muchos cambios. Si gustas da clic AQUÍ.

https://anapieraescritora.com/2021/07/22/ciborg-ii-microcuento/