La última búsqueda – Microrrelato.

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El viajero de mil caminos se dejó caer en espera de la Muerte, la deseaba. Anhelaba que esta llegara y pusiera fin a su sufrimiento. No lo atormentaba el dolor físico de su cuerpo, maltrecho por tantas jornadas. Le dolía no saber qué sigue tras exhalar el último aliento.

Después de visitar todos los continentes, entrevistarse con sabios y consultado oráculos sin obtener respuestas, lo entendió. Solo ella, que está presente en el instante en que todas las miradas se apagan y que observa, como lo haría una madre, esos primeros y vacilantes pasos hacia el umbral desconocido, podría borrar su ignorancia.


Mucho la había esperado, pero esta dama no llega a capricho nuestro, sino en sus propios tiempos, y a veces, coqueteando con nuestros deseos, nos deja esperando, y otras se aparece de improviso cual intruso en la noche que se sienta a nuestra mesa sin ser invitado.

Gruesas lágrimas de alegría rodaron por las secas mejillas del viajero cuando la vio llegar, engalanada como para un baile. Ella abrió su boca desdentada y oscura. «¡Por fin!, el secreto a punto de ser revelado» —pensó—. Pero de esa boca de tinieblas no salió ni un sonido, solo señaló con su huesudo dedo el tiempo pasado. Él vio toda su vida en un segundo, y entendió que su existencia, con todo lo bueno y con todo lo malo, había sido plena. Ahora conocería los misterios y la plenitud de la muerte, privilegio exclusivo de los que ya no deambulan por la tierra.

Inició su último viaje del brazo de aquella dama, y mudos los dos, atravesaron el abismo.

Autor: Ana Piera

¿Dónde habitan los dioses? – Cuento corto.

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El arquitecto principal del Templo de la Luna hablaba dormido, y reveló sin querer el pasaje secreto que llevaba directamente a la cámara sagrada. Itzel tenía una petición para la Diosa, y tras varias noches de escuchar balbucear a su padre en sueños, reunió la información que necesitaba.

La noche elegida, desde la puerta de su casa, vislumbró la colosal silueta del basamento que se recortaba a la tenue luz del cielo nocturno y hacia allá se encaminó. La chica conocía ya la rutina de los guardias, gracias a muchas horas de observación previa, por lo que pudo burlarlos con relativa facilidad. Encontró el acceso al edificio y se introdujo en las entrañas de piedra sin que nadie lo advirtiese.

Al principio se vio envuelta en tinieblas, pero al acostumbrarse sus ojos, pudo percibir un resplandor fantasmal emitido por un mineral luminiscente incrustado a intervalos en las paredes de roca, estos marcadores señalaban una angosta vía que la llevaría al recinto más importante. Mientras la seguía, notó que el camino iba en descenso, más abajo del nivel del suelo.

El corazón de Itzel latía furiosamente, si la encontraban, ella y su familia estarían automáticamente condenados a una muerte lenta y cruel. Solo a los varones de las jerarquías religiosa y gobernante se les permitía el acceso, y únicamente en fechas muy específicas para realizar rituales de fertilidad. Aún más preocupante que la ira de los hombres, era hacer enojar a la Diosa. ¿Cómo tomaría la Luna su atrevimiento?

Notó que el mineral luminiscente ahora aparecía a menor distancia uno de otro, aumentando la claridad. También empezaron a aparecer «guardianes» de piedra: estatuas de guerreros de tamaño natural que la miraban pasar con ojos pétreos y actitud impasible. El estrecho camino desembocó en una enorme galería inundada de un líquido blanco-plateado; por su padre, sabía que se trataba de mercurio, un metal muy preciado que traían de tierras lejanas en forma de polvo y que luego era tratado hasta convertirlo en un líquido de propiedades raras. Debió haberles llevado mucho tiempo y esfuerzo reunir la cantidad suficiente para poder crear aquel «lago» del cual emergían rocas que parecían montañas. Su mirada se paseó por el recinto y todo él estaba tapizado de puntitos fosforescentes que semejaban el firmamento de noche. Había una monumental media luna tallada en el techo presidiendo aquel extraordinario conjunto, pero no había ninguna presencia. Aquel lugar maravilloso se sentía vacío.

El regreso le resultó más difícil, pues iba cuesta arriba. Itzel no dejaba de pensar en lo fútil que resultaba la construcción de aquel magnífico santuario si la Diosa no lo habitaba. Reflexionó que si la Luna estaba en el cielo quizás era un error pretender que «viviera» bajo la tierra. Cuando emergió del edificio y logró evadir la guardia por segunda vez, se dirigió a su casa, iba triste y desconcertada. Una vez en su habitación, enterró la cara en el lecho y lloró con lágrimas amargas al sentir que su fe se tambaleaba.

A la siguiente noche de luna llena, la joven se escabulló al campo y se sentó a esperar a que el cielo se despejara un poco para ver al astro. Por fin, los jirones de nubes que le arropaban se disiparon y el círculo de plata apareció con gran esplendor; su luz blanquecina, se posaba suavemente en todo lo que tocaba. Itzel sintió su caricia y confirmó que aquella majestad no podía encerrarse en un recinto hecho por los hombres. La chica le reveló el deseo de su corazón: que Canek regresara sano y salvo. La embargó una sensación de paz muy profunda y supo que de algún modo había sido escuchada.

El día del regreso de los guerreros, Itzel atisbaba ansiosa entre la muchedumbre por si lograba distinguir a Canek, y de repente ahí estaba él: venía caminando por su propio pie, lleno de heridas, su noble rostro no revelaba ninguna emoción a pesar de la victoria. Muchos guerreros habían perecido en aquella incursión e Itzel sabía que él estaría triste por los que no habían vuelto. Rodaron por las mejillas de la chica lágrimas de agradecimiento al verle vivo.

La siguiente noche de luna llena, Itzel hizo su propio ritual de adoración y confesó otro anhelo: que Canek fuera su compañero de vida. Ni siquiera tuvo que salir, los hilos de plata entrando e iluminando su cuarto bastaban, la Diosa, sin duda, la escuchaba.

Autor: Ana Laura Piera

Los amigos de Masticadores Sur me hicieron favor de publicar mi relato.

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Los Chaneques – Cuento Corto.

Otra colaboración para Masticadores México. El relato se acaba de leer ahí. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Gracias!

Por nueve días y nueve noches ardió el fuego. Tuvieron que ser muy cuidadosos de que no se apagara y también de que el guardia del sitio no los viera. Por eso fue que caminaron tanto, para alejarse de los lugares frecuentados por turistas y lugareños, adentrándose en […]

Los chaneques por Ana Laura Piera

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Día de Muertos en México – Cuento Corto.

Otra colaboración mía para Masticadores México, en esta ocasión un relato ligero con motivo de las celebraciones del Día de Muertos. Muchas gracias por sus comentarios y apoyo ya sea aquí o en la página de Masticadores (el link aparece abajo), ya que ahí es donde se puede leer completo.

El alegre grupo llegó a México, estaban muy entusiasmados, ya que lo hacían justo a tiempo para las fiestas de muertos. Se trataba de varios espíritus de diferentes partes del mundo. Alguien con gran visión comercial había estado organizando tours para ellos y ahora les tocaba visitar un país con una gran tradición en el […]

Día de Muertos en México por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

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La Magia del Cenote – Cuento Corto.

Una vez dentro del cenote, estuve a punto de gritarle al guía que me arrepentía, que por favor no me dejara sola, pero el orgullo me lo impidió. Llegué a ese lugar buscando experiencias nuevas, no era hora de echarse para atrás.

Había entrado a la concavidad en cuatro patas por la estrecha y baja abertura que daba paso a la caverna. «Tómelo como una reverencia a nuestra madre tierra» me dijo el guía, un joven maya, moreno y esbelto, vestido con un blanquísimo taparrabo, del cuello le colgaba un collar de cuentas verdes tapado parcialmente por el pelo negro y lacio que le llegaba hasta los hombros. El agua helada me lamió las extremidades y no pude evitar soltar un resoplido de sorpresa.

Una vez dentro, fue posible ponerme de pie, pisando aún sobre una plataforma rocosa y con el agua hasta las rodillas. Una débil iluminación azulada me reveló un lugar maravilloso: el techo estaba ubicado unos cinco o seis metros arriba. De lo alto pendían estalactitas, como espadas de Damocles, sobre mi cabeza, y del fondo acuático emergían estalagmitas. En algunos casos, unas y otras se habían encontrado a medio camino y ahora formaban sólidas columnas. Me adentré más, donde ya no sentí el piso. Flotaba ahora sobre un abismo, traté de no pensar en eso y observé las paredes de aquel sitio, que tenían formas peculiares y sugerentes. Me pareció ver un rostro sobre una de ellas, pero en ese momento se apagaron las luces.

«Cuatro minutos» había dicho el guía. «Cuatro minutos en total oscuridad durante los cuales usted solo debe dedicarse a flotar y a dejar que la magia de este recinto sagrado la envuelva».

Oscuridad y un silencio casi total: tan solo se escuchaba el ruido que hacían ocasionalmente las gotas de agua mezcladas con carbonato cálcico que lentamente resbalaban por las estalactitas hasta que alguna de ellas pesaba lo suficiente para precipitarse y chocar contra la superficie líquida. Eso y mi débil chapoteo. Recordé el rostro en la piedra y me llené de inquietud.

Los antiguos mayas apreciaban estos lugares acuáticos debido a que eran su principal fuente de agua y también los consideraban una entrada al inframundo. En muchos casos, algunos eran usados para el desarrollo de rituales. Me pregunté si allí habría tenido lugar en el pasado alguna ceremonia o incluso un sacrificio. Nuevamente alejé aquellos pensamientos y decidí relajarme. Mientras flotaba en esa negrura, acudieron a mi mente imágenes del accidente donde perdí a mi marido e hijo. Pensé tontamente que si hubiera juntado todas las lágrimas derramadas, quizás equivaldrían a buena parte del agua contenida ahí. Habían pasado ya dos años y el dolor seguía siendo inmenso, omnipresente y desgarrador. El dique interior que construí para contener mi tristeza y poder funcionar en el mundo aún guardaba mucha agua.

Me sentí observada y con todo el autocontrol de que era capaz me concentré en las sensaciones que despertaban en mí la humedad y la oscuridad. Me imaginé dentro de un vientre grávido cuyo líquido amniótico me acunaba, amoroso.

Ya no podía ignorar aquella presencia pues ahora me envolvía, abrazándome. Un abrazo líquido, apretado, extrañamente cariñoso. Sentí que el dique se rompía y la tristeza contenida se derramaba en ese lugar. Me sentí conectada con todo: el agua, las piedras, la caverna, la Tierra. Mi mente se limpió de todo pensamiento perturbador y experimenté una sensación de paz, ¡hacía tanto que no la sentía!

Pasados los cuatro minutos las luces se encendieron nuevamente y me quedé un buen rato ahí. Busqué el rostro que creí ver sobre la roca, mas no lo encontré. Tras un tiempo decidí salir.

Esperaba ver al guía y contarle sobre aquella maravillosa experiencia, pero no había rastro de él, ni de las rústicas instalaciones que había visto al llegar al sitio: unos baños, unas regaderas, el anuncio del cenote. No encontré nada. ¡Aquello era imposible! ¡Era como si se hubieran desvanecido en el aire! Confundida y tratando de buscar respuestas intenté entrar de nuevo a la cavidad, pero esta estaba ahora completamente a oscuras. Me alejé y seguí un sendero que se notaba poco transitado en medio de la selva y que me llevó hasta la carretera. Aturdida pero feliz, caminé hasta el pueblo más cercano.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: Los cenotes son cuerpos de agua de gran profundidad que se alimentan por la filtración de la lluvia y por corrientes de los ríos subterráneos. Hay distintos tipos de cenotes: los de caverna, completamente cerrados, los semiabiertos, con una parte de ellos a la intemperie, y los abiertos, que son los más antiguos, ya que con el paso del tiempo el techo que los cubría terminó cayendo y los deja al descubierto.

Este relato está inspirado parcialmente en mi experiencia dentro de un cenote en Yucatán, donde sí me apagaron la luz por cuatro minutos. No fue algo inesperado, era parte de la experiencia que te ofrecen en el lugar y que realmente me encantó. Lo demás es pura ficción.

No se recomienda nadar en un cenote que no haya sido certificado como «seguro» por las autoridades y en ningún caso meterse sin chaleco salvavidas.

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Quetzalpilli – Cuento Corto.

Este cuento ya lo había publicado en mi blog. Fue merecedor de un reconocimiento por parte de El Tintero de Oro en su XXVII edición. Si ya lo leíste y te gustó, te pido que lo apoyes en Masticadores, si aún no lo has leído te invito a que lo hagas y me dejes tu opinión.

Quetzalpilli parecía un bultito color canela en medio de su cuna. Sus rasgos indígenas eran muy armoniosos y el negro de sus ojos tenía el brillo de la piedra de obsidiana. Resultó ser un niño fuera de lo común. A los tres meses yo lo vi moviendo de forma […]

Quetzalpilli por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico Editor: Edgardo Villarreal

Quetzalpilli – Cuento Corto.

Este relato salió ganador del reconocimiento El Tintero de Bronce.

Quetzalpilli parecía un bultito color canela en medio de su cuna. Sus rasgos indígenas eran muy armoniosos y el negro de sus ojos tenía el brillo de la piedra de obsidiana. Resultó ser un niño fuera de lo común. A los tres meses yo lo vi moviendo de forma extraña sus manitas, como si el aire fuera tierra y quisiera moldearlo, se formó un pequeño remolino que se soltó por la casa levantando objetos: un cenicero, un bolígrafo y el libro de mi madre. Sentí mi cabello moverse por las ráfagas que levantaba, de repente el remolino perdió fuerza: el cenicero acabó golpeando a mi padre, el bolígrafo se clavó en una pared y el libro quedó deshojado por la estancia. Alicia corrió para recoger a su hijo y se encerró en su habitación antes de que alguien tuviera tiempo de quejarse por el incidente.

Alicia era mi abuela que, tras siete noches de sueños extraños con un indio muy viejo que le hablaba en una lengua desconocida, en la octava increíblemente recuperó la juventud y también dio a luz a un bebé. Tras escuchar berridos, corrí a su habitación y lo que vi no lo olvidaré jamás: sobre su cama estaba una atractiva mujer de aspecto familiar que me miraba con una mezcla de espanto y sorpresa. De sus magníficos senos manaba un río de leche, y entre sus piernas ensangrentadas se asomaba un recién nacido, unido aún a ella por el cordón umbilical. Alicia lo nombró Quetzalpilli que en náhuatl significa «Hijo del Quetzal».

A todos en casa nos costó trabajo aceptar la nueva realidad de la abuela, que ya no lo era, sino una sobrina de mi madre que había llegado a vivir con nosotros y acababa de dar a luz. «¿Y Doña Alicia?» preguntaban las vecinas. «La abuela se marchó al pueblo». Esa versión acallaba unas sospechas y levantaba otras, pues las vecinas chismosas se escandalizaron de que mi madre aceptara a una joven en la casa sabiendo el tremendo donjuán que era su marido. Y tenían razón. A mi padre se le encendió un apetito voraz por Alicia, la piropeaba, le pellizcaba el trasero, la miraba lascivamente y todo frente a mi madre. Una noche lo sorprendimos queriendo entrar a la habitación donde dormían Alicia y su hijo, pero la cerradura se puso inexplicablemente al rojo vivo y le quemó la mano. Dejó de molestarla, o eso pensamos, hasta el incidente de las culebras.

Alicia me contó que papá había querido darle un beso a la fuerza en la cocina. Fue entonces cuando el piso perdió firmeza y en su lugar había un mar de culebras color agua sucia, tallándose y enredándose unas con otras. Yo estaba en el jardín y entré al oír los gritos ahogados de mi padre a quien las culebras ya habían casi cubierto por completo. Curiosamente, alrededor de Alicia no había ninguna. De repente, desaparecieron todas excepto dos, Quetzalpilli blandía una en cada mano y sonreía.

Después de eso mis padres discutían siempre. Él quería correr a Alicia y a su hijo, ella le reclamaba su actitud. Una noche, además de los usuales gritos, oímos golpes y lamentos. Salimos al pasillo, Alicia llevaba al niño en brazos. Nos pusimos frente a la habitación principal para escuchar mejor. Quetzalpilli —que por esa época ya caminaba— hizo ademán de que lo bajaran al suelo. Con una seriedad y determinación que no correspondían a su edad, extendió un brazo y la puerta se abrió de golpe a pesar de estar con el seguro. Vimos a mi padre a punto de soltarle un puñetazo a mamá que ya estaba malherida y en el suelo. El niño levantó su mano y papá se elevó también, como tirado por una cuerda invisible hasta que quedó casi en el techo. Algo le impedía gritar, pero pataleaba fuertemente y sus ojos parecían querer salírsele de las órbitas. De repente Quetzalpilli movió la cabeza hacia un lado y la triste marioneta se esfumó, exactamente como las culebras, unos días antes.

No crean que lo extraño, todos estamos mejor sin él, pero tengo curiosidad de saber a dónde lo mandó el niño. También me gustaría conocer cuál es la misión de Quetzalpilli en este mundo. Creo que cuando pueda hablar se lo preguntaré. Mientras tanto estoy seguro de que seguirá sorprendiéndonos.

Autor: Ana Laura Piera

La idea del personaje de Quetzalpilli lo inspiró un cuento mío, previo, titulado: El Sueño.

¡Por una cabeza! – Cuento corto.

Ruinas de la antigua ciudad de Tulum (muralla) llamada en su tiempo Zama (amanecer), Quintana Roo, México

Na Balam Chan miró azorado el enorme objeto que se acababa de materializar frente a él en esa noche como boca de lobo. No había visto nunca algo así: tenía la forma de una jícara invertida y el color de las nubes nocturnas. Flotaba a escasos metros del suelo y de la base irradiaba una luz blanca, fría… lunar. Del susto al pobre hombre se le bajó la borrachera que se había puesto con balché.

La «jícara» no emitía ningún ruido que opacara el rumor de las olas rompiendo en la orilla de la playa y que llegaba a sus oídos después de atravesar la ciudad de Zama (hoy Tulum). Na Balam Chan había salido de Zama a media tarde antes de que se cerrara el acceso. Tuvo ganas de emborracharse lejos de las miradas indiscretas de su propia familia y de la élite que habitaba detrás de la blanca muralla de piedra caliza. Hay dolores que solo se pueden curar en soledad y él necesitaba llorar a su hijo, muerto en una escaramuza contra los de Chetumal. Su señor, el sumo sacerdote del culto a Chaac, le había conminado a que cambiara de semblante y se sintiera orgulloso y agradecido por la honrosa muerte de Ah Tok. Pero Na Balam Chan sentía más ganas de gritar su indignación, maldecir a los dioses y dar rienda suelta a su dolor. Por eso salió de la ciudad sabiendo que no podría regresar sino hasta el otro día cuando las puertas se abrieran nuevamente. Estaba preparado a pasar toda la noche en la selva, secretamente deseando que algún animal salvaje, quizás un jaguar, pusiera fin a su miseria; pero ante la extraña visión de aquella enorme «jícara» pensó que quizá las deidades, molestas con su actitud, habían venido a castigarle por ser tan débil. Se quedó esperando su destino, temblando incontrolablemente.

Dentro de la nave exploradora, dos tripulantes intercambiaron negras miradas de ojos parecidos a lágrimas enormes. Su programa de navegación había escogido esas coordenadas indicando que era una zona de ricos yacimientos minerales. Las formas de vida inteligentes aún no estarían en fase avanzada y sería muy fácil iniciar labores de extracción usándolos de mano de obra esclava. Pero el individuo que tenían enfrente tenía un cráneo alargado y proyectado hacia atrás…exactamente como el de ellos, y dudaron… Decidieron no perturbar nada y se abstuvieron de recoger un espécimen. Introdujeron una clave para descartar el planeta. No valía la pena trabarse en guerras innecesarias con posibles sociedades civilizadas. Así como llegaron, partieron para continuar su búsqueda.

Na Balam Chan vio la gran jícara esfumarse delante de sus ojos. Cayó al suelo maravillado. El alba lo encontraría esperando que la ciudad se abriera y lo acogiera de nuevo como a un hijo pródigo. Ya no lloraría, honraría la memoria de Ah Tok viviendo su propia vida cobijado tras las murallas de Zama. ¡Los dioses le habían dado una segunda oportunidad!

Autor: Ana Laura Piera

Definiciones:

Deformación craneana:

Práctica realizada por diferentes culturas del mundo. Entre los mayas, al nacer el niño o la niña, la madre recostaba a la criatura en una cuna compresora atando muy firmemente la cabeza, el abdomen y las piernas. Iniciando así con el proceso de la deformación craneana el cual era fundamental poner en práctica desde los primeros días de nacido el infante para aprovechar la plasticidad del cráneo. Hay diferentes teorías de porque se hacía, desde razones estéticas, sociales hasta religiosas. Culturas que lo practicaron:

Paracas, Nazcas e Incas en Perú.
Hunos, Alanos, y pueblos germánicos orientales
Tribus africanas
Tribus de Tahití, Samoa y Hawai
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Balché: bebida alcohólca ceremonial utilizada por los mayas, Sus ingredientes son la corteza del árbol balché, miel melipona, canela y anís.

Zama: Significa «Amanecer», hoy esta ciudad amurallada de la costa caribeña de México, en la Península de Yucatán es conocida como Tulum (muralla).

Jícara: recipiente de arcilla o bien elaborado a partir del fruto del jícaro. En su definición más antigua aparece como «vasija pequeña de loza» empleada para tomar chocolate.

Chaac: fue un importante dios del panteón maya, vinculado con el agua y sobre todo con la lluvia.

Aquetzalli ( Agua Preciosa) – Cuento corto.

foto: INAH México

«Es una belleza” dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer. Quinientos años antes otras manos más obscuras también la habían acariciado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—Tuvimos peligro de derrumbes, patrón. Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas y nos estábamos regresando cuando sentí algo extraño, como cuando lo miran a uno por detrás, patrón. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado, al que se le leía en la cara el alivio por haber podido encontrar algo que valiese la pena.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa), murió honrosamente dando a luz. De su vientre condenado vio salir a su criatura. Con la vida en retirada, alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño y su cara se iluminó con una sonrisa. Así se hundió dulcemente en los brazos de la muerte.
Su afligido esposo, Mixtle (Nube Oscura), mandó a hacer una imagen que le recordara a su mujer. Cuando el artesano puso en manos de Mixtle la pequeña escultura, éste sintió que el espíritu de Aquetzalli se encontraba en ella y se lamentó de haberla encargado. Ella había renunciado al honor que se confería a todas las mujeres muertas de parto: convertirse en princesas celestes y acompañar a Tonatiuh (el dios sol), en su viaje desde el mediodía hasta el atardecer. Su espíritu decidió seguir junto a Mixtle y el bebé, viviendo en aquella efigie de cerámica.

Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Nemesio y su equipo de profanadores de tumbas esperaban la recompensa tomando cerveza y recordando detalles de la jornada. Nemesio señaló a Vicente, un chamaco larguirucho con cara de caballo.
—Mira Vicente, te tienes que calmar, anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras, no me importan los muertos, pero sí que atraigas la atención de alguna patrulla.
Todos rieron, y eufóricos por el alcohol lanzaron maldiciones por la tardanza del patrón, les urgía sentir el dinero en sus manos para gastárselo en putas y licor.

La presencia de Aquetzalli, llenó de paz a Mixtle y a su pequeño hijo Coyoltzin, (pequeño Cascabel), ambos sintieron que ella los protegía y atraía la suerte para su casa. Le hicieron un pequeño altar a un lado de los dioses principales. Cuando Mixtle se sintió próximo a morir, le pidió a Coyoltzin que su mujer fuera puesta en su tumba para acompañarlo en el largo camino al Mictlán, la tierra de los muertos.

El «hombre-serpiente» hizo llamadas, tomó fotos de Aquetzalli y las mandó a los posibles compradores. Como él esperaba, la figura llamó la atención inmediatamente, era una pieza excepcional. Se generó un interés tremendo alrededor de su posible compra. Llovieron las ofertas. En medio del frenesí, había algo que lo molestaba, una sensación extraña que no le permitió disfrutar el momento, se sentía observado. De reojo, le pareció ver que de la escultura emanaba una luz rojiza, pero al voltearse no vio nada fuera de lo común. Respiró aliviado, pero al poco rato le pareció que la pieza se había movido de sitio, descartó el pensamiento, seguramente no se había fijado bien donde la había colocado en un principio.

Afuera, el alegre grupo de borrachos olfateó un olor extraño. De la oficina del patrón salió un humo blanco y denso, se alarmaron pensando en un posible incendio, pero el humo olía a copal, una resina aromática usada por las culturas precolombinas y que era quemada en ceremonias. Los hombres entraron en tropel y se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos. Por la noche, uno a uno, los profanadores morirían en sus camas, al tiempo que Aquetzalli y Mixtle se dispondrían a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán.

Autor: Ana Laura Piera

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Soñando con Mariposas – Cuento Corto.

Llevo ya algún tiempo colaborando con el proyecto Masticadores a quienes agradezco la confianza: (J.Re Crivello, fundador). Hoy se publicó este cuento mío al que le tengo mucho cariño. Está inspirado en la migración de la mariposa Monarca y primero se publicó en mi blog pildoras para soñar – blog de cuentos y otras cosas (wordpress.com)

Fotografía por Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!  Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:  —Son las mariposas Monarca, Juanito: Papalotl. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto […]

Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico