El Mediador. Cuento Corto.

Mi participación en la convocatoria de El Tintero de Oro que este mes de octubre homenajea al escritor Miguel Delibes y su obra «El Camino». Condiciones: escribir un relato que no exceda las 900 palabras, ambientado en un medio rural o donde la naturaleza desempeñe un papel fundamental.

Ya eran mediados de junio y no llovía. Lorenzo Temich acercó un humeante pocillo de barro a sus labios y tras un sorbo paladeó con gusto su café negro. «Un pequeño placer ante las adversidades de la vida» —pensó. Su mirada traspasó la ventana, hacia el campo, donde cobijadas en la tierra seca, las semillas esperaban que del cielo les llegara la vida. Para empeorar las cosas, Facundo Cacahua, el «tiempero», quien se había encargado de mediar entre la divinidad del volcán, guardiana del agua, y los hombres, había muerto hacía tres meses y no se sabía quién sería su sucesor.

Lorenzo miró con disgusto los trastes sucios dejados por su hijo Fabián desde la noche anterior. Ya hablaría con él cuando regresara del campo.

En la plaza abarrotada del poblado, la viuda Soledad, que tenía fama de adivina, aseguraba haber visto el día anterior al mismísimo «Gregorio Chino Popocatépetl», y que este le había revelado quién sería el nuevo «tiempero».

—Se presentó como un anciano vestido de blanco, descalzo, con un sombrero de paja todo deshilachado. Ya ven que le gusta pasar desapercibido.

—¿Segura que era Él?

—¡Sí! Era el volcán en su forma humana, paseándose entre nosotros, como lo hace a veces. Me dijo que no llovería hasta que Fabián Temich lo visitara.

En ese momento se fueron a ver a Fabián, que andaba pastoreando vacas. Era apenas un joven de 17 años, juguetón, de rostro agradable y mirada melancólica. Le llamaron y él se acercó.

—¡Debe ser un error! —dijo sorprendido.

—El mismísimo volcán se lo dijo a Soledad.

—¡No puedo! ¡No quiero!

—¿Cómo que no quieres? ¡Necesitamos el agua! Tienes un deber, como lo tuvo antes Facundo Cacahua.

—¡Ni siquiera sé leer las nubes! Yo solo quiero cuidar a mis animales, busquen a otro.

Los de la comitiva dejaron escapar un bufido de disgusto casi al unísono. Mas ignorando la negativa de Fabián empezaron a pedirle cosas: «En mi parcela tengo semilla de haba, dile que no me olvide» «Yo tengo maíz, frijol y calabaza, si no llueve mis hijos se morirán de hambre»…

Cuando Fabián regresó a su hogar, lo esperaba Lorenzo, quien lo abrazó con fuerza.

—No te puedes negar mijo. Tienes un deber. ¡Ah! Y por muy «tiempero» que te vuelvas, no me andes dejando tus platos sin lavar.

Esa noche el joven no podía dormir por miedo a escuchar de verdad la voz de la montaña. Cuando al fin el cansancio lo venció, «Gregorio Chino Popocatépetl» se hizo presente en sus sueños, como una voz vieja, que conjuraba autoridad y ternura a la vez.

—Te necesito para que me visites y me lleves lo que necesito, como hacía Facundo.

—Debe haber alguien más digno.

—¡No me hagas enojar! A ver, necesito fruta, mezcal, mole, y tortillas. ¿Estás poniendo atención?

—Es que…

—No se te olviden las veladoras. También quiero tamales, pan dulce, flores y música.

—Pero…

—La ofrenda me la dejarás en la cueva. Solo tú entrarás y ahí hablaremos.

Fabián tenía miedo. El peso de la responsabilidad por las lluvias era demasiado. Si fracasaba, todos lo culparían. Dudaba entre aceptar ese destino o buscarse la vida en otro sitio. Hizo un hatillo con algo de ropa y pensó en escapar al amanecer. A las cinco de la mañana, todavía oscuro, escuchó ruido de personas afuera de su casa. Soledad y otras mujeres coordinaban la recepción de las ofrendas que llevaban los pobladores. Su padre, Lorenzo, servía café para todos. La esperanza era mucha. En ese momento sintió que al menos debía intentarlo.

Entre vítores y aplausos, salió el nuevo «tiempero» acompañado de un grupo de hombres, mujeres y tres mulas que cargaban lo más pesado. Su objetivo era subir al volcán, que majestuoso, presidía sobre el valle. Conforme ascendían, los pies se hundían en la ceniza suelta y los aires de la montaña la aventaban a los ojos, dificultando el avance.

Fabián iba recordando sus sueños de niño, mismos que nunca contó a nadie, cuando se veía asimismo arriba del volcán. ¿Sería que desde entonces Gregorio lo había escogido? ¿El volcán sería de fiar?

A seiscientos metros del cráter, divisaron la cueva. Cruces blancas y restos de ofrendas pasadas marcaban el sitio. La entrada era una rajadura angosta en la piedra. Fabián entró, y le fueron pasando todo.

Adentro de la cueva hacía calor y se oían ruidos extraños. Torpemente, encendió velas, acomodó la ofrenda y esperó. Una ráfaga de aire apagó las luces y en completa oscuridad sintió que una mano helada se posaba en su hombro y un escalofrío lo recorrió de arriba a abajo.

—Gracias por venir. A partir de ahora te visitaré más seguido. Te enseñaré a leer las nubes, a estorbar el granizo y a sanar dolencias. Afuera harás una oración a Dios nuestro Señor y a la Virgen, y luego me pedirás lluvia. Confía en mí.

Fabián hizo como Gregorio le pidió y al terminar la oración se escuchó un fuerte tronido. Alzaron la vista al cielo, que estaba azul y sin nubes. Inexplicablemente, empezó a llover con fuerza. Todos cayeron de rodillas, dando gracias.

El regreso se dificultó por la lluvia, pero a la gente no le importó. En cuanto a Fabián, ya no sentía miedo, estaba listo para abrazar sus nuevas responsabilidades aunque tendría que negociar con su padre, porque aquello de lavar trastes no se le daba muy bien.

899 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

En este relato aparece el nombre de Facundo Cacahua, si quieres leer una historia donde él fue el protagonista te dejo el enlace AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-mediador-cuento-corto/

Notas:

«Tiemperos», «graniceros» o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen es un sincretismo entre creencias pre-hispánicas y cristianismo. Esta tradición expresada en el relato, sigue viva hasta el día de hoy.

¿Qué conexión tiene la montaña con el clima? En gran parte de Mesoamérica se creía que las montañas «guardaban» todo lo necesario para la subsistencia: lluvias, semillas, vientos, aguas, manantiales, nubes, rayos, granizo etc.

«Gregorio Chino Popocatépetl, o cariñosamente: Don Goyo» es el nombre que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, (en lengua náhuatl: «el cerro que humea»), un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de México. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto

Si dejas tu comentario te pido que me pongas tu nombre o el de tu blog para ubicarte. A veces WordPress pone los comentarios como «anónimos». Gracias.

La Soledad de los Vencidos. – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de septiembre, donde se nos propone explorar las distintas formas de soledad, escoger la que más nos inspire y construir un relato. La palabra «soledad» deberá estar incluída en el texto.

Toma de Tenochtitlan, autor desconocido.

Camaxtli sintió frío y se pegó por detrás al cuerpo de su hermana menor, Ameyalli, quien temblaba como un pajarillo asustado. El huipil de Ameyalli olía al humo de la ciudad prendida fuego y la cual habían tenido que atravesar para ponerse a salvo. El muchacho pasó su mano libre a ciegas por el rostro de ella, acarició con ternura su frente y al pasar por sus ojos, sus dedos se humedecieron con lágrimas. Más allá, en cuclillas, y asomado al barranco, estaba su abuelo Maxtla. Ahora parecía más viejo de lo que realmente era. Él hubiera preferido quedarse a morir en Tenochtitlán, pero algo le había impelido a intentar salvar a sus dos jóvenes nietos.

Horas antes, estremecidos luego de ver a sus padres morir flechados cuando tiraban piedras desde la azotea de su casa a los invasores, los chicos siguieron las instrucciones de Maxtla para intentar salir de la ciudad. Se habían escurrido como sombras entre las casas ahora desiertas de vida, las calles ensangrentadas y llenas de cadáveres, y los templos derruídos. La venganza se paseaba por las calles de Tenochtitlán y no respetaba a nada ni a nadie. Del cuello de Camaxtli pendía un dije con la imagen de la diosa protectora Cihuacóatl y cuando sentía que sus fuerzas estaban al límite lo envolvía con sus manos, aunque ya sin mucha fe, pues los dioses habían sido sacados de sus templos, arrojados desde lo alto y hechos añicos.

A duras penas lograron salir a una de las riberas del lago y abordaron una canoa cuyos ocupantes, guerreros mexicas, ya llevaban al menos un día muertos. Camuflados entre los cuerpos inertes, que ya hedían, y con la canoa a la deriva sobre el lago de Texcoco, lograron evadir la vigilancia que los hombres barbados ejercían desde los bergantines y también la de los feroces adversarios tlaxcaltecas y de otras etnias enemigas, que patrullaban en otras embarcaciones. En un momento dado, escucharon el silbido característico de una lluvia de flechas, que se clavaron en las carnes macilentas de los que ya no vivían. Los fugitivos encallaron en una orilla poco vigilada del lago. Salió primero Maxtla, y después de asegurarse que nadie los viera, ayudó a los muchachos a desembarcar. Haciendo un gran esfuerzo, pues no se habían alimentado bien los últimos días, caminaron muchas horas rumbo a la sierra y no pararon hasta llegar, al atardecer, a un lugar alto desde donde se podía ver agonizar a la capital del otrora poderoso imperio mexica.

Camaxtli reunió coraje para hacer la pregunta que venía bullendo en su corazón desde que se dieron cuenta que la ciudad, sitiada hacía más de ochenta días, ya estaba condenada.

—Abuelo, ¿por qué los dioses permitieron nuestra ruina? ¿Acaso no somos nada?—dijo con voz trémula mientras seguía abrazando a su hermana, que no decía nada, solo lloraba y tenía los ojos muy abiertos mirando al vacío.

Maxtla se levantó y se acercó al lugar donde sus nietos se encontraban, abrió la boca, parecía que iba a decir algo, pero no pudo, entonces bajó la cabeza y cayó al suelo, lamentándose como un animal herido. Mientras miraba a su abuelo llorar desconsoladamente en posición fetal, Camaxtli comprendió la magnitud de la soledad en la que se encontraban, el desamparo que sintió fue como un golpe en el pecho que por breves momentos le impidió respirar. Ya nada sería igual. Tomó su dije arrancándolo del cuello y se levantó hacia el despeñadero, ahí lo lanzó al vacío con todas sus fuerzas. Todo en lo que había creído se disipaba, como el humo de los incendios de su amada Tenochtitlán elevándose hacia el cielo.

Autor: Ana Piera.

El asedio de Tenochtitlán desde el lago de Texcoco es la batalla naval librada a más altitud de la historia antigua (2250 mts, snm.) y la primera en tierras continentales de América. El sentir de los vencidos quedó manifestado en poemas tristes sobre la conquista de la ciudad escritos en náhuatl, los puedes leer traducidos al español AQUÍ.

Entrada muy completa sobre la caída de Tenochtitlán

Trece bergantines y dieciséis mil canoas en el asedio a Tenochtitlán

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-soledad-de-los-vencidos-cuento-corto/

Si eres tan amable de comentar, déjame tu nombre al final para saber yo quién eres y poder responderte. A veces wordpress pone los comentarios como anónimos.

El Sabor del Poder. Cuento Corto.

Mi segunda participación para el VadeReto de Junio, con el tema: «La receta».

Es de madrugada y todas se están levantando. Yo estoy hecha trizas, no creo haber dormido más de tres horas. Recuerdo haber llegado ya muy avanzada la noche, después de un viaje de días caminando desde mi pueblo hasta Tenochtitlan. Me hicieron entrar en un recinto amplio, bien encalado y de techo alto, iluminado débilmente por unas antorchas. Ahí dormían muchas mujeres sobre petates. Yaotl, el hombre que me trajo, me explicó que eran las cocineras reales. Una vez que me indicó un lugar, me derrumbé ahí. Mi cansancio me hizo ignorar el dolor de mis pies ampollados y doloridos y caí en un sueño profundo.

Esta mañana, todo me es extraño: la prisa, la sofisticación de los aposentos, amplios y bien equipados, las personas tan solemnes.

—¿Así que tú eres la nueva?—. Aquella mujer mayor, de vientre abultado, que sonríe burlona y con un aire malintencionado mientras me pregunta, es Citlalli, la jefa de las cocineras y la amabilidad no parece ser su fuerte. —Yaotl me dijo que sabes cocinar. Debe ser verdad, si no, no te hubieran traído de tu pueblo apestoso para cocinar en la casa del gran Tlatoani Moctezuma. Veremos qué tan buena eres.

El envoltorio frente a mí se siente ominoso. Es un paño blanco de algodón con manchas de sangre fresca proveniente de lo que sea que se encuentra en el interior. Lo desenvuelvo con cuidado, consciente de que las miradas del personal de cocina están puestas en mis movimientos. Al deshacer el último nudo no puedo evitar dar un salto hacia atrás, lo que tengo frente a mí es un muslo humano ensangrentado, todavía con piel y vellos.

Escucho las risas y cuchicheos de los que apostaban por mi reacción. Citlalli se acerca y me dice de mal modo:

—¡Prepara un tlacatlaolli para el Tlatoani! ¡Ni se te ocurra probar nada o lo pagarás con tu vida!

Asiento atolondrada. A decir verdad, nunca he preparado el tlacatlaolli, pero sí sé lo que lleva: agua, maíz y carne. Tampoco he cocinado, ni he visto cocinar nunca carne humana, ¿qué tan difícil puede ser? Desde niña aprendí de mi madre el arte de la cocina y con el tiempo demostré que tenía una habilidad especial para ello. Cada vez que los militares mexicas pasaban por mi pueblo, mi madre y yo fuimos las encargadas de alimentarlos. Así me conoció Yaotl, un jefe militar quien sugirió que yo los acompañara para servir como cocinera del rey en la capital. Mi madre sabía que aquella «sugerencia» era en realidad una orden, y con los ojos arrasados de lágrimas me pidió que no me negara.

Con asco levanto el muslo para llevarlo a lavar y me sorprendo observando unos tatuajes que llaman mi atención. Mi mente retrocede a un día aciago, cuando trajeron los cuerpos de mi padre y de mi hermano mayor, asesinados mientras trabajaban la milpa.

—¿Quién los mató?—. Preguntaba mi madre entre lamentos.

—El «guerrero de los mil tatuajes» —dijo mi tío—. A ellos y a otros más. Ya se dio aviso a la guarnición mexica para que vengan a poner orden.

Mi madre y yo quedamos devastadas. Yo no podía imaginar la vida sin mi querido padre y sin mi hermano. El dolor de la orfandad mordió mi corazón y ya nunca lo soltó. Respecto al asesino, se sabía que era un guerrero de la etnia tarasca, fiero y hábil con las armas y que todo su cuerpo estaba decorado con tatuajes geométricos, los mismos que estaba yo viendo ahora en aquel pesado muslo, al que debía quitarle la piel y luego ponerlo a cocer en agua.

Una vez desollado, aviento la pieza a la olla, con ganas, todo resquemor me abandona, siento placer de ver la carne del asesino de mi familia cocerse furiosamente en la olla de barro. Mientras se cuece, en otro cazo pongo maíz cacahuacintle a cocerse por dos horas con agua y cal viva para que se ablande, poder retirarle la piel y las «cabecitas» de cada grano, lo cual es un proceso laborioso. Luego, se seguirá cociendo y cuando esté listo, el maíz «reventará», ese es el momento en el que ya se puede agregar a la carne, que para entonces debe estar muy blanda y desprendiéndose del hueso.

Uno de los mayordomos, de cara bondadosa, se me acerca. Sabe que soy nueva y quiere hacer plática:

—¿Sabes por qué han traído esta carne para que la prepares? —sin esperar respuesta continúa—. Este muslo es del guerrero Zuanga, capitán de un regimiento enemigo, responsable de muchas incursiones en territorio conquistado por nosotros. Lo capturaron vivo y anoche lo sacrificaron en el templo de Huitzilopochtli, su energía vital alimentará al Sol. El resto del cuerpo será cocinado y comido en casa del guerrero que lo capturó. Han mandado este muslo a nuestro gran Tlatoani como muestra de respeto, y ya que el sacrificado, una vez muerto, pertenece a la divinidad, a la fuente de toda vida, su ingestión es una fuente de la energía originaria, aquella que mantiene con vida al universo. Siéntete muy honrada de estar cocinando esta ofrenda para nuestro rey.

Lo veo alejarse mientras agrego sal y especias. No puedo dejar de pensar en la muerte de Zuanga y lo que eso significa para mí. Una idea se clava en mi mente: comer su carne. Sus acciones trastornaron mi vida y, sería justo que yo, al igual que Moctezuma, pudiera beneficiarme de su energía. Hay un problema, no se puede siquiera probar la comida que viene como ofrenda ritual para el soberano. Miro la carne que baila al ritmo del agua en la olla, hay partes que se han separado ya del hueso, ¿quién echará en falta un pedacito? Observo a mi alrededor, las otras cocineras se encuentran cada una trabajando en sus repectivos guisos, pero los ojos de Citlalli están fijos en mí y en mis movimientos. No será fácil.

El mayordomo que anteriormente me explicó sobre la muerte de Zuanga ha regresado. Le gusta conversar y parece que le agrado. Noto que mientras él platica conmigo, la jefa de cocineras se relaja y atiende otras cosas. El mayordomo se llama Tepiltzin y me platica que al gran Tlatoani se le ofrecen a diario unos trescientos platillos que se acomodarán en braseros para que estén calientes y listos para comer. Gallinas, faisanes, palomas, liebres, conejos, patos, venado, codornices, guajolote, perdices y otras aves, guisadas de diferentes maneras, componen el menú. Lo escucho con interes y le hago preguntas, lo distraigo, y de forma muy casual muevo con una cuchara la olla y sin que nadie se dé cuenta, aparto un buen trozo de carne que oculto tras unas jícaras. Noto mi corazón acelerado, casi no puedo creer lo que acabo de hacer.

Ha llegado el momento de integrar todo. Tepiltzin sonríe al constatar el grato olor que se desprende de la preparación. Tengo que confiar en mi habilidad para sazonar, pues ni siquiera el caldo pude probar.

A estas alturas la cocina se ha vuelto un hormiguero. Tepiltzin se pone a dar órdenes a diestra y siniestra, todo ha de salir perfecto. Un grupo de jóvenes muy agraciadas, sale para disponer los petates y esteras donde se ha de sentar el Tlatoani y sus invitados. Citlalli se asegura que a las mujeres que se pondrán a hacer tortillas en una esquina del comedor real, no les falte nada. Hay un problema con la cantidad de masa de maíz y sale a arreglarlo. Tepiltzin se disculpa conmigo, debe llevar las servilletas de manta nuevas y sin usar para la ceremonia del lavado de manos y también para que el rey se limpie los labios. Una vez usadas se desecharán y nadie las podrá volver a usar. Otras personas llevan la vajilla, de dos diferentes tipos de barro, así como copas de oro. Es el momento que aprovecho para tomar entre mis dedos a Zuanga y metérmelo en la boca. «¡Te capturé!», pienso. Lo mastico disimuladamente, pero con deleite. En verdad quedó muy bien. Sé de primera mano que no acabaré en desgracia por haber guisado mal el Tlacatlaolli.

Imagino que la fuerza de Zuanga ahora corre por mi cuerpo, me siento capaz de enfrentar todo y también me parece que he vengado a los míos. No puedo dejar de pensar que hoy probé lo mismo que comerá el gran Tlatoani Moctezuma, y eso no es poca cosa. Citlalli ha regresado a la cocina y me reprende por sonreír como una boba.

Autor: Ana Laura Piera.

Glosario:

Tenochtitlán: la capital del imperio mexica (mal llamado azteca).

Moctezuma: Moctezuma Xocoyotzin fue «huey tlatoani», (que significa: gran gobernante, gran orador) de México-Tenochtitlán y emperador del imperio mexica. Durante su reinado se dio el primer contacto entre una nación europea, la Corona de Castilla y naciones mesoamericanas. Su imperio fue conquistado por los españoles y tlaxcaltecas bajo el mando del capitán Hernán Cortes.

Petate: estera tejida de hojas de la palma llamada «palma de petate»

Tlacatlaolli: es el precursor del actual «pozole» que se come sobre todo en las fiestas de la Independencia de México. Se sigue haciendo con maíz cacahuacintle y carne de cerdo. Hay diferentes formas de prepararlo: rojo, verde, blanco.

Milpa: Sistema agrícola tradicional conformado por policultivo. La especie principal es el maíz, se acompaña de distintas especies de frijol, calabazas, chiles, tomates,

Huitzilopochtli: Deidad mexica de la guerra.

Jícaras: Cuencos de arcilla o elaborados a partir del fruto del jícaro

Notas:

¿Quiénes fueron los mexicas?

El imperio mexica floreció entre el 1345 y 1521 d.c. y su máxima extensión cubría la mayor parte del norte de Mesoamérica. El estado mexica estaba centrado alrededor de la expansión militar y del predominio político sobre otros pueblos.

Hacer juicios basados solo en el tema de la antropofagia RITUAL, y desde nuestro concepto moderno de moral y ética no es justo. Hay que considerar también otras cosas en las cuales los mexicas destacaron, algunos ejemplos:

Sistema de escritura que les permitió la administración de un Estado complejo.
Educación obligatoria.
Poesía, pintura, arte plumario, música.
Medición del tiempo mediante un calendario.
Sistema legal complejo con tribunales y jueces.
Arquitectura monumental.
Obras de ingeniería hidráulica, como acueductos.
Herbolaria y medicina.
El chocolate.
Joyería de alto nivel en oro y plata, filigranas.
Técnicas agrícolas novedosas como las «chinampas»
Fútbol al estilo mexica con el «juego de pelota»
Obtención de tinte rojo proveniente de insectos como la cochinilla.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-sabor-del-poder-cuento-corto/

Xiuhcóatl. Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, donde la condición es que uno de los personajes tiene que ser un dragón. Jasc escribió que le gustaría ver cómo eran los dragones de mi tierra así que aquí va:

Llevaba días con una apatía tremenda, ni mis amigos, ni mis actividades y ni siquiera Tizoc, mi perrito faldero, lograban sacarme de ese estado. Ansiaba que «algo» sucediera que me hiciera reaccionar. Buscando un poco de dicha y también para no caer en depresión, comencé a hacer largos paseos al bosque cercano a mi hogar. Esperaba que el contacto con la naturaleza me distrajera un poco, pero ni eso parecía aliviarme.

Un día mientras estaba en el bosque sucedió algo sorprendente: De un paso a otro me vi fuera del idílico, fresco y siempre verde bosque nuboso, a una llanura de sequedad amarillenta. Desconcertada, miré hacia atrás y por un segundo vi la imagen del bosque diluyéndose hasta desaparecer en el aire. Eché de menos la sombra de los frondosos árboles cuando el sol cayó inclemente sobre mí y comencé a sentir calor. Mientras me despojaba de mi chaqueta me di cuenta que no estaba sola, en medio de charcos de sangre, yacían personas muertas. Mi corazón empezó a palpitar muy rápido y cuando de lejos me llegó el ruido de gritos y cosas chocando con violencia me sentí paralizada y sin saber qué hacer. Fue entonces cuando alguien me tómo con violencia por el cabello y me arrastró sin miramientos.

De nada sirvió retorcerme tratando de zafarme, ya que el brazo de mi asaltante, a quien no podía ver, desplegaba una fuerza de grúa. Sentí las piedras del suelo desgarrando mi espalda, y durante el arrastre pasé a un lado de aquellos cuerpos inmóviles, que miraban con ojos vacíos y desolados, como miran los muertos que ya no pueden contar su historia. Supe que no eran contemporáneos míos por la vestimenta: algunos apenas tenían un taparrabos sencillo, otros un mono de cuerpo entero de algodón. Tirados en el campo, había yelmos con formas de animales, lanzas, escudos redondos adornados con plumas de ave, también mazos de madera bordeados con puntas de filosa obsidiana; algunos de estos filos ya no estaban, se habían caído igual que se caen los dientes de la boca de un viejo. Identifiqué el creciente ruido como el de una batalla campal.

De repente mi captor soltó mi cabeza, que cayó fuerte contra el suelo, luego él se desplomó delante de mí, herido de muerte por una flecha. Me incorporé con dificultad y vi la vida escapándose de un cuerpo magnífico. Su boca se torció en un espasmo doloroso y la mueca quedó congelada para siempre.

Una flecha pasó rozándome la mejilla. A mi alrededor fuertes y feroces guerreros blandían aquellos mazos, destripando abdómenes y cortando cabezas con facilidad. El aire tenía un regusto a sangre. Yo estaba aterrorizada.

Una figura imponente se me acercó, el sol estaba detrás y a contraluz pude ver que del tocado de su cabeza salían plumas que ondeaban al capricho del viento, y de uno de sus brazos surgía algo que se movía de forma sinuosa, pero independiente del viento, parecido a una serpiente. Con voz apremiante y varonil me preguntó:

—¿¡Kampa tihuala!? ¿¡Tlen motokaz!? *

La lengua en la que había hablado me era desconocida, él repitió la pregunta y ahora parecía muy molesto. Hubiera querido entenderle. Una nube pasó y ocultó el sol y vi que era un guerrero de extraña tez azulada y ojos fieros. Una especie de reptil robusto color esmeralda aparecía enroscado en una de sus manos. No era una serpiente, pues a pesar de tener enormes colmillos curvados el hocico era demasiado alargado. Aquel reptil se estiró para mirarme, y yo retrocedí impresionada por sus ojos flamígeros.

Por detrás del guerrero, alguien se acercó amenazador, pero el se volvió y blandió al animal como si se tratase de un arma. De la boca del reptil salió fuego que vaporizó al enemigo al instante. Después ambos se volvieron hacia mí. Yo temblaba. El guerrero azul recitó otra frase ininteligible en voz alta y el dragón abrió su hocico de nuevo. Bajé la cabeza esperando la muerte. Solo que esta vez la criatura no lanzó fuego, sino niebla fría. El fragor de la batalla se fue atenuando hasta desaparecer y cuando la niebla se disipó me encontraba nuevamente en el bosque.

Si no hubiera sido por la herida de flecha en mi mejilla, hubiera pensado que todo había sido un sueño. Hasta el día de hoy no tengo explicación para lo que me pasó, pero cuando me siento aburrida, cuido mucho mis pensamientos y trato de no desear que suceda «algo» fuera de lo común, no me gustaría encontrarme nuevamente frente a frente con Xiuhcóatl, el dragón de fuego y su amo, el gran dios Huitzilopochtli.

Autor: Ana Laura Piera

Huitzilopochtli es uno de los dioses creadores en la cultura mexica y fue su guía para llegar al lugar donde fundaron la gran ciudad de Tenochtitlán.

El Macahuitl era una de las armas en el mundo prehispánico. Fue el arma principal de lucha cuerpo a cuerpo.

*¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu nombre? en náhuatl, (aproximado), si alguien puede hacer una traducción más exacta lo agradeceré.

Si me dejas algún comentario (que me encantaría) ponme tu nombre junto a él pues WordPress a veces los deja como anónimos. Gracias.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/xiuhcoatl-el-dragon-de-fuego/

Lágrimas – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Septiembre. Hay que hacer un relato inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado «Leo» y opcional algo relacionado con la goma de borrar. Yo he incluído el árbol que dio origen a este invento: el árbol del caucho, originario de América.

Ix Yatzil robó el tesoro, y tomando la forma de una tortuga carey se alejó de la isla nadando. En la noche, la constelación de Leo la guio hasta su hogar.

Al pisar la suave arena, la tortuga se transformó otra vez en Ix Yatzil, quien corrió a ofrecer el oro que salvaría a su gente.

Llegó tarde. Los hombres barbados no esperaron. Gruesas lágrimas brotan de sus ojos, como las lágrimas del árbol del caucho. La niña se derrumba y las figurillas de oro se desparraman en la arena ensangrentada, donde quedarán en el olvido.

97 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: «Ix» es un prefijo que usaban los mayas antes del nombre de una mujer. «Yatzil» en maya se traduce como «la cosa amada». Para hombres el prefijo que se usaba era «Ah». Así por ejemplo un hombre podía ser «Ah Balam» (Jaguar).

Si me dejas algún comentario asegúrate de poner tu nombre o tu blog para que yo te identifique, estos días WordPress me está poniendo algunos comentarios como anónimos, disculpa las molestias y gracias por tu visita.

https://bloguers.net/literatura/lagrimas-microrrelato-de-menos-de-100-palabras/

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

El mito de la luna – Cuento Corto

Mi participación para el VadeReto de Agosto, donde la luna debe ser un personaje importante en el relato. Te invito a que entres al enlace para que visites el blog Acervo de Letras.

El Monolito de la diosa de la luna Coyolxauhqui. Su descubrimiento, durante la construcción del metro de la Ciudad de México, fue el preámbulo para la excavación masiva de lo que fue el Templo Mayor de los mexicas

La tarde era gris y soplaba un viento encanijado que revolvía el cabello de María, metiéndoselo en la boca y en los ojos, impidiéndole ver a sus muñecas. Su hermano Alonso pateaba piedras y conforme pasaba el tiempo lo hacía cada vez con más *muina, tanta que una de ellas voló con tal fuerza que acabó rompiendo la maceta de la monstera que reinaba en el patio.

—¡Alonso! —gritó María—. Mamá, te va a…

—¡No me importa! —interrumpió el niño—, y como para que no hubiera duda, se acercó a la malograda maceta y la pateó con furia, terminándola de quebrar y derramando parte de la tierra en las baldosas de piedra. En ese momento salió su madre acompañada de Fermín, el hombre que no era su marido y que a veces la acompañaba. Los niños odiaban esas visitas, pues era cuando tenían prohibido entrar a la casa hasta que Fermín se fuera.

—¡Por fin! —exclamó Alonso airado y se dirigió a su habitación.

María se quedó todavía un rato en el patio, mirando con pena la maceta y a la pobre Monstera, partida en pedazos y con las raíces a la intemperie. Le recordó la foto de Coyolxauhqui que venía en el libro que les había regalado el tío Sergio, que era arqueólogo, acerca de mitos mexicas.

—«Coatlicue, la madre de todos los dioses, se embarazó con una bola de plumas coloridas que cayó del cielo y se la guardó en el pecho. De ahí nacería Huitzilopochtli». Leyó María esa noche.

Alonso le lanzó una mirada de pocos amigos y estuvo a punto de decirle que lo más seguro era que Coatlicue se hubiera embarazado de otra forma, pero se calló. La niña siguió leyendo:

—«Los hijos de Coatlicue, encabezados por la diosa Coyolxauhqui se sintieron ofendidos por lo que consideraraban una deshonra y decidieron matarla». No entiendo, ¿qué hizo de malo Coatlicue?

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! —gritó Alonso y volvió la cara a la pared para ocultar sus mejillas húmedas de coraje.

Al otro día se encontraron con que su madre había salido temprano y los había dejado al cuidado de Valentina. La joven niñera les había calentado tamales y atole de vainilla y los niños se sentaron a la mesa gustosos.

—Leí que en el preciso momento en que sus hijos la iban a matar, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli. Él venía ya vestido como guerrero, equipado con sus armas y con ellas dio muerte a todos sus hermanos —dijo María con la boca llena de tamal.

—¿De qué hablas niña? —dijo Valentina, alarmada, sentándose también a la mesa con un café negro como sus ojos.

—Es del libro que el tito Sergio nos regaló —dijo María.

—Lo he visto, no lo lean, habla de cosas raras y tiene unos dibujos muy feos —advirtió Valentina. ¿Sabe su mamá que lo están leyendo? Ese libro no es apto para niños de su edad.

Por la noche María no encontró el libro y comenzó a llorar desconsolada.

—Te diré lo que sigue, pero calla esos berridos de una buena vez —le dijo Alonso—. Huitzilopochtli le cortó la cabeza a su hermana y arrojó su cuerpo desde lo alto, que al caer, quedó en pedazos. También mató a sus otros hermanos. Coyolxauhqui, entonces, se convirtió en la luna y sus hermanos en las estrellas del cielo. Así, la luna libra siempre una batalla contra el sol durante la noche y la pierde al amanecer.

—¿Y Huitzilopochtli? —preguntó María con los ojos muy abiertos.

—Él se convirtió en el dios del sol y de la guerra.

María fue hasta la ventana de la habitación y desplazó las cortinas para poder ver la luna, que estaba en su fase llena.

—Su madre Coatlicue se salvó, pero Coyolxauhqui no —dijo con pena. Pero es una suerte que la podamos ver ahí, colgada del cielo, como una gran perla. ¿Tú crees que papá la mira también desde el cielo? ¡Quizás él está ahí, viviendo sobre ella!

—¡Ya duérmete! —le dijo Alonso con brusquedad.

Cuando Alonso escuchó la respiración fuerte y rítmica de su hermana que le indicaba que esta dormía, se levantó de la cama y como había hecho antes María, descorrió las cortinas para observar a la luna. Ahí se quedó mucho… mucho rato.

Autor: Ana Laura Piera

*Muina: enojo (México)

Para saber más del mito de Coyolxauhqui y Huitzilopochtli clic AQUI

Nota: Pese a que suelen usarse como sinónimos, los aztecas y los mexicas no eran el mismo pueblo: los primeros eran los habitantes de la mítica Aztlán; los segundos, un grupo que se separó de ellos y que finalmente fundaron y ampliaron el imperio Mexica. Lo más correcto es llamarles mexicas.

https://bloguers.net/literatura/el-mito-de-la-luna/

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

La hazaña del Tlacuache – Microrrelato.

Una segunda participación para el reto del blog El Tintero de Oro, hay que escribir un micro de hasta 250 palabras inspirado en algún mito. Yo me he basado en un mito prehispánico que tiene como protagonista a un tlacuache, que es un tipo de zarigüeya.

Con sigilo, el tlacuache se acercó a la hoguera de los dioses. No era la primera vez; ya que era adicto a ese calorcito que le calentaba los huesos y el alma, muy parecido al efecto de su otra gran adicción: el aguamiel robado a los hombres y del que tanto gustaba.

«Si la gente tuviera un poco de este fuego, no morirían de frío y no cazarían tantos animales para cubrirse con sus pieles, ¡y quién sabe qué otras cosas podrían hacer con él!» —pensó, y siendo muy impulsivo, metió su cola en la lumbre; al contacto con las brasas, chilló de forma tan aguda y escandalosa que varias de las divinidades voltearon y lo descubrieron, pero lo vieron tan insignificante que no le hicieron mucho caso.

El tlacuache corrió con la cola encendida como una estrella titilante. Aquella luz le levantó ampollas, que luego se reventaron causándole dolores horribles, pero no paró hasta llegar a la aldea de los hombres, donde, desfallecido, les ofreció aquel regalo. Encendiendo a toda prisa ramas y grasa animal, recolectaron aquella dádiva y luego sofocaron el incendio de la extremidad del animalito y lo curaron; este vio con tristeza que su cola estaba completamente pelada y en carne viva.

Agradecidos, las personas le prometieron no cazar tlacuaches, se hicieron figuras de arcilla del héroe y murales para que nadie olvidara su hazaña. Además, le premiaron, dándole permiso de beber todo el aguamiel que quisiera.

Autor: Ana Laura Piera

245 palabras.

Notas:

El tlacuache es un animal que habita exclusivamente en América. Se le llama de esta manera particularmente en México, en otros países se conoce, entre otros nombres, como zarigüeya.es uno de los tipos de marsupiales que habitan en el nuevo mundo.
En México, el tlacuache tiene un importante significado legendario que forma parte de la cultura popular en algunas áreas de la región. En principio, podemos mencionar que el nombre proviene de la lengua náhuatl, pero, ¿cuál es el significado de tlacuache? Originalmente era “tlacuatzin”, donde «tla» significa «fuego»; «cua» es «comer» y «tzin» se traduce como «chico». En este sentido, el significado hace alusión al «pequeño que come fuego» El mito del tlacuache que roba el fuego y lo regala a los hombres seguramente se inspiró en su cola que carece de pelo a diferencia del resto de su cuerpo.

Aguamiel: es una bebida mexicana tradicional. Esta se extrae del maguey desde el año 200 a. C. y se puede beber directamente de la planta o dejar que se fermente y convertirla en pulque. 

https://bloguers.net/literatura/la-hazana-del-tlacuache-cuento-corto/

La Llorona – Microrrelato.

Mi participación en el reto del blog El Tintero de Oro, hay que escribir un micro de hasta 250 palabras inspirado en algún mito. Yo me he basado en el mito prehispánico de La Llorona.

Foto de Mukul Kumar en Unsplash

La Llorona vio acabarse noviembre, su mes favorito, y tembló ante la perspectiva del festivo diciembre.

Ella no estaba para villancicos. Recordó con nostalgia cómo había inspirado terror en las noches previas a la conquista de la gran capital de los mexicas: Tenochtitlán. Conociendo lo que se avecinaba, no había podido más que llorar por la suerte de «sus hijos»: la gente de la ciudad. Sus aullidos de dolor se habían reflejado en las pirámides, circulado por las calzadas, y se habían colado en las casas y los palacios provocando temor. Después de la derrota, había llorado todavía con más ganas, hasta el presente.

Ana Paula, de seis años, la encontró en un rincón del patio.

—¿Qué haces?—preguntó la niña y la avejentada mujer alzó la mirada llena de lágrimas:

—Lloro por mis hijos.

Ante esa respuesta, la pequeña salió corriendo.

—¡Vaya! ¡La he asustado! —pensó satisfecha La Llorona, pero la niña regresó con un pañuelo para que se limpiara los mocos.

—Ten. Entonces, ¿perdiste a tus hijitos?

—Sí.

—Te puedes quedar aquí conmigo, no llores.

—Niña, yo no puedo dejar de llorar. Es mi naturaleza.

—Bueno, entonces lloremos juntas. La próxima vez que me regañen o que mis padres peleen, podemos ponernos a llorar muy fuerte.

La Llorona aceptó, aunque pidió que no contara con ella en noviembre, pues era el único mes donde podía explayarse a gusto, y tampoco quería participar de las fiestas decembrinas. Ana Paula sonrió y le guiñó un ojo. Se pusieron a practicar su plañir juntas.

250 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Los amigos de «Masticadores Sur», me han hecho el honor de publicar este relato, puedes verlo AQUÍ. De paso aprovechas y ves la gran oferta de lectura que tienen.

https://bloguers.net/literatura/la-llorona-microrrelato/

El pequeño nagual.

Desde el blog Acervo de Letras, Jascnet nos reta a participar en el VadeReto del mes de Diciembre con un cuento donde haya fantasía, donde aparezcan obligatoriamente, un niño o niña y una criatura fantástica. Nos sugiere también que esta criatura salga de nuestras tradiciones locales y finalmente, el cuento debe contar con un final feliz,

En las creencias mesoamericanas, un nahual (también llamado nagual, del náhuatl: nahualli ‘oculto, escondido, disfraz​) es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.

Foto de Jan Kopřiva en Unsplash

Pedro miró a Don Luis y con los ojos negros arrasados de lágrimas le dijo:

—Abuelo, ¡algo extraño me pasa! —el hombre dejó a un lado el libro que estaba leyendo, alzó al pequeño sin dificultad y lo sentó sobre sus piernas. —A ver, cuéntame… —La voz, tranquila y el cálido abrazo de ese hombre, todavía fuerte a pesar de las canas y de las arrugas, hicieron que Pedro se tranquilizara un poco.

—De noche me convierto en «algo», dejo de ser yo y siento urgencia de salir de casa. —Pedro acomodó su cabeza coronada por pelo muy corto y grueso en el pecho de Don Luis, el cual, como un volcán, soltó una larga exhalación.

—Hijito, eso que experimentas, también me pasa a mí desde que tenía tu edad. Somos «naguales» y tenemos la capacidad de transformarnos en un animal.

—¿Tú también? —dijo el niño abriendo mucho los ojos. —¿En qué animal te conviertes?

—Yo me vuelvo un búho. ¡Me encanta surcar el cielo nocturno! ¿Y tú?

—No estoy seguro, pero cuando sucede, camino en cuatro patas, escucho y veo mejor que nunca, y a mi nariz llegan olores de muy lejos.

—Quizás seas un lobo, o un perro. ¿Y a dónde has ido?

Pedro bajó la cabeza, avergonzado. —No me he atrevido a salir, me escondo en mi cuarto y espero que se me pase. Don Luis acarició con ternura aquellos cabellos parecidos a púas que tenía su nieto.

—¡Ay Pedro! ¡Ser «nagual» es un privilegio! Y hay una razón por la cual tú eres uno; debes averiguarla. La próxima vez que te conviertas, deja que tu instinto te diga qué hacer, no tengas miedo.

Otra noche, Pedro empezó a sentir un curioso hormigueo en todo su cuerpo y supo que vendría uno de sus «cambios». Siguieron calambres y espasmos que, curiosamente, no le causaron dolor. En medio de crujidos, sus miembros se alargaron o acortaron, según el caso; su piel morena y lampiña se cubrió de pelo. Al cesar la transformación, recordó las palabras del abuelo y con un ágil salto alcanzó la ventana de la habitación y de ahí, con otro salto, aun más osado, aterrizó en la calle.

Era una noche de luna llena, y aunque se moría de ganas de correr, se dirigió cauteloso a la salida del pueblo y cuando vio que iniciaba el bosque arrancó con un paso veloz que pronto se convirtió en una carrera: saltó árboles caídos, brincó cañadas y salvó pequeños cuerpos de agua; en uno de ellos se detuvo a beber y pudo ver su reflejo: ¡Era un lobo! Tenía un hermoso pelaje acerado y ojos color del fuego. Sintió una euforia indescriptible y continuó corriendo, saboreando aquella libertad recién descubierta.

Sus pasos le llevaron a un claro del bosque donde había una cabaña bastante descuidada. Sintió el impulso de asomarse y no le fue difícil entrar por la puerta desvencijada. Adentro dormían una mujer y un niño más o menos de su misma edad. Supo que algo raro pasaba con él y se prometió volver a la luz del día, ya no en su forma de lobo, sino como humano.

En la primera oportunidad, Pedro volvió. El niño se llamaba Rubén y no podía caminar, su madre lo cuidaba, pero la señora no tenía fuerzas para moverlo. Rubén se arrastraba por el piso de la cabaña para trasladarse de un lugar a otro, mas nunca salía al exterior. Se hicieron amigos, y otro día Pedro regresó con Don Luis y ambos ayudaron a la señora con algunas reparaciones muy necesarias en la vivienda, sobre todo porque el invierno se acercaba. También hicieron un trineo para divertirse en la nieve.

—¡Está increíble! —dijo Rubén al verlo—, pero no tengo a nadie que me jale.

—Tú no te preocupes por eso —dijo Pedro guiñándole un ojo.

Algunas noches de invierno, un joven y enérgico lobo jala un pequeño trineo ocupado por un niño que ríe a carcajadas, mientras desde el aire los sigue un búho muy viejo y muy sabio, que sabe que el pequeño «nagual» va descubriendo su razón de ser en el mundo.

Autor: Ana Piera.

Tengo otro cuento que habla de un nagual, se titula «Nahual Enamorado» si te interesa puedes leerlo AQUÍ.

https://bloguers.net/literatura/el-pequeno-nagual-cuento-corto/

El Viaje de Nochipa – Cuento Corto

Nochipa: en náhuatl significa «Eterna»

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, con la muerte como tema. Tiene algunas condiciones: el escenario deberá ser bastante tétrico y segundo, dentro de la trama debe de haber algún elemento mágico o fantástico. Como buena mexicana y a petición de JascNet, el dueño del blog Acervo de Letras, quien convoca a este reto, traté de explicar un poco de las celebraciones en mi país. Si hay alguna duda no dudes en dejármela en los comentarios y con mucho gusto responderé.

Lo último que recordaba Nochipa, era estar en cuclillas, empapada en sudor. El humo de la resina aromática de copal era tan denso, que ni siquiera podía ya distinguir su vientre embarazado. Algo estaba mal, pues ya no sentía dolor y las desesperadas voces de la comadrona y sus ayudantas le llegaban de muy lejos. Aguzó el oído, pero tampoco escuchó el llanto de su bebé. La envolvió la oscuridad y pensó con resignación que ambos habían muerto en el parto.

Siempre estuvo consciente de que la existencia humana incluía la vida y la muerte. Así como en tiempo de secas todo moría para renacer con la lluvia, la muerte no era absoluta, simplemente se seguía existiendo de otra forma. Por todo lo anterior, se sentía tranquila. Si el fruto de su vientre había fallecido, a él le esperaba un tiempo en el Chichihuacuauhco, donde un árbol nodriza acabaría por amamantarlo y después los dioses lo enviarían de nuevo al mundo de los vivos para que tuviera una segunda oportunidad; y en caso de haber sobrevivido, su padre, Mázatl, le cuidaría con esmero.

En cuanto a ella, dar a luz se consideraba un combate, si perecía en el trance, se volvía una guerrera, y su destino no podía ser más glorioso: acompañar al dios Sol, desde el mediodía hasta que este desaparecía en el horizonte. Antes de eso, correspondía a los guerreros muertos en la guerra o sacrificados ritualmente, escoltar al astro.

Pensó en Mázatl. Su esposo estaría supervisando muy serio que los ritos funerarios se cumplieran a cabalidad. Organizaría a la familia, a las parteras y a las ancianas para resguardar con fiereza sus restos, pues se consideraba que incluso un dedo suyo podía conferir gran poder en la batalla y no faltaría quien quisiera hacerse con una parte de ella para obtener protección y victoria. Lavarían su cuerpo con agua de flores aromáticas y lo depositarían en un templo, junto a ofrendas que le asegurarían su paso y subsistencia en el más allá. La cremación, que era la norma, no aplicaría para ella. Conociendo a Mazatl, estaba segura de que este sentiría un poquito de envidia de su destino junto al Sol.

Nochipa reflexionó que ya era hora de que vinieran a buscarla las Cihuateteo, otras mujeres muertas en la labor de parto, y que serían sus compañeras. Deseaba salir ya de aquella negrura y silencio. La inquietaba no saber dónde se encontraba.

¿Se habrán equivocado los dioses?—se preguntó—. Quizás creían que había muerto ahogada, en cuyo caso iría al Tlallocan, reino de Tláloc, dios del agua. O quizás pensaban que había muerto de cualquier otra cosa y entonces tendría que hacer el temido viaje al Mictlán, donde viajaría por cuatro años, pasando retos y dificultades hasta alcanzar por fin la residencia de la pareja creadora de todos los dioses: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl quienes liberarían finalmente su alma. Esperaba de corazón que los dioses no fueran tan atolondrados y que no la mandaran donde no era.

Estaba atenta por si sentía llegar al perro que acompañaba a los muertos en su viaje al Mictlán y que solo aparecía si en vida, la persona había sido buena con los canes. De repente, como si alguien prendiera una lámpara, apareció una diminuta luz en medio de aquellas tinieblas y hacia allá se dirigió. Conforme se acercaba, aquel resplandor iba en aumento. Se encontró de frente con una ofrenda fuera de lo común: Estaba compuesta por flores amarillas, que reconoció como la tradicional flor de Cempasúchil. La luz provenía de unas «antorchas» muy pequeñitas de color blanco y con una llama insignificante, pero que en conjunto alumbraban bastante. Había también «estandartes» de vivos colores, alusivos a la muerte, hechos de un finísimo papel picado, desconocido para ella. Vió símbolos extraños: unos maderos cruzados, parecidos al nahui ollin, que representaba el eje del cual partían los rumbos del universo. Abundaba la comida y la bebida, algunas servidas en las familiares jícaras, pero otras estaban presentadas en formas tan raras que su idioma no tenía las palabras para describirlas.

¿Se encontraba acaso en su propia tumba? ¿Rodeada de sus ofrendas fúnebres? Parecía improbable dada la cantidad de cosas que no reconocía, además, no veía su cuerpo extendido, o un fardo funerario. Su corazón conoció un nuevo nivel de angustia cuando se dio cuenta de que todo a su alrededor le era ajeno: ni el mobiliario, ni el tipo de construcción, ni los adornos. ¿Y qué clase de magia era esa, que se veían imágenes de personas, como si estuvieran vivas? ¿Dónde se encontraba?

De repente escuchó pisadas suaves y el jadeo de un perro. Se alegró de ver por fin a un Xoloitzcuintle, un perro pelón con tan solo una mecha rebelde de pelo en la coronilla. Soltó un suspiro de alivio: prefería ir al Mictlán y pasar los cuatro años de penurias que asustada en un lugar tan extraño. El «Xolo» se le quedó mirando atenta e inteligentemente y comenzó a caminar hacia las oscuridad, por donde Nochipa había llegado. Daba unos cuantos pasos y luego se volvía hacia ella, parecía querer asegurarse de que lo seguía. «Me está guiando hacia el Mictlán» —pensó, pero estaba equivocada.

Ya no podía distinguir nada, solo escuchaba al perro, pero ese ruido reconfortante, combinación de pisadas y respiración, cesó de repente. Sintió pánico de haberse quedado sin su guía. «Estoy igual que al principio» —supuso desconsolada—.Luego, escuchó música: sonidos de flauta, tambores, y dulces cánticos de mujeres. El corazón se le llenó de regocijo al sentirse rodeada de muchos brazos femeninos que la elevaron y comenzó a vislumbrar finalmente la cálida luz del Sol del atardecer dándole la bienvenida.

Lejos de ahí un par de dioses discutían:

—¡Fue tu culpa!

—Me distraje un poco, pero ya pasó.

—¡Nochipa tuvo un atisbo del futuro!

—No lo entendió, no te preocupes.

—Ya no queda mucho futuro, ¿lo sabes, verdad?

—Claro que lo sé. Pero algo de nosotros, permanecerá por siempre…

Autor: Ana Laura Piera

Nota:

Antes de la conquista española, los mexicas y su imperio, que dominaba en gran parte de Mesoamérica, dedicaba todo un mes de celebraciones funerarias dedicadas a los muertos adultos y otro mes dedicado a los niños de tierna edad o no nacidos. Con la conquista, se da un sincretismo: se juntan las celebraciones prehispánicas con la celebración europea de «Todos los Santos» y se «acortan» las fechas, quedando el 1 y el 2 de noviembre, para celebrar a los que ya partieron.

Gran parte de las celebraciones que vemos hoy, tienen un trasfondo europeo: por ejemplo, el pan de muerto: en la época prehispánica no se conocía el trigo, sino el maíz. También las velas, las cruces cristianas, y otros elementos religiosos que trajeron los españoles. Lo que sí tiene un eco prehispánico son las ofrendas a los muertos, inspiradas en las ofrendas funerarias indígenas que se hacían posterior a la muerte y se repetían anualmente por cuatro años.

Por último, ese concepto de que el mexicano se «ríe» de la muerte, es erróneo. Cualquier mexicano al que se le muere su madre o algún familiar llorará y se sentirá triste. No nos reímos de la muerte, pero la incorporamos a la vida, y le hacemos sus fiestas y bromeamos con ella. Durante las celebraciones de difuntos, se cree que ellos «bajan» y conviven con nosotros. Se «alimentan» de las ofrendas que dejamos. No es tanto que «coman», sino que disfrutan de los olores de las viandas, (esencias volátiles, un poco como ellos) y de los colores vivos (elemento prehispánico) que los guía hacia los hogares de sus descendientes. Reflexión: Con cada persona que fallece, muchas otras quedan en el olvido, aquellas que eran recordadas por el fallecido, quizás ya no quede nadie más que las tenga en la memoria. Mientras recordemos a nuestros muertos, ellos seguirán viviendo.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en Masticadores.

https://bloguers.net/literatura/el-viaje-de-nochipa-cuento-corto/