La Caja – Microrrelato

Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando»: Hacer un relato no mayor a cien palabras inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado (interrogante/duda) y opcional que aparezca algo relacionado con la flor aspen (chopo / álamo tembloroso). Flor de Bach indicada para aquellas personas que tienen miedo a lo desconocido.

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Una vez en el desván, el ruido la alertó. Hizo un mohín y buscó la caja que encontrara un día en el bosque. La abrió y aquello parecía un hervidero de hormigas: hombres, mujeres y niños diminutos intentaban trepar por las paredes de cartón y amenazaban con desbordarla. No recordaba que hubiera tantos. Sus pequeños, ridículos, rostros reflejaban todos los estados de ánimo: cólera, indignación, desesperación… Le entró la duda sobre qué hacer. Cerró el paquete bruscamente y decidió enterrarlo bajo el álamo temblón. Arrancó un poco de aspen y la colocó sobre esa improvisada tumba. Se alejó silbando.

99 palabras sin contar el título.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/la-caja-microrrelato-de-cien-palabras/

Como una sombra – Microrrelato.

Photo by Gregory Pappas on Unsplash

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato, pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego… Se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera