Proyecto Vorian – Cuento Corto.

La imagen rabiosa del Presidente estaba por todos lados, su pequeña y ridícula boca no paraba de denostar y amenazar a los rebeldes y a cualquiera que les apoyara. «Deben saber que tenemos en nuestro poder un arma nueva, con potencial de aniquilamiento. No nos hagan usarla. Deben rendirse sin reservas»

En un remoto enclave desértico, ocultos entre rústicas habitaciones talladas en la roca viva y rodeados de tecnología avanzada que chocaba con la sencillez de la piedra, un agotado grupo de hombres y mujeres, analizaban el significado de aquella transmisión.

—Se trata del «Proyecto Vorian» —dijo Gunner, el líder. El gobierno ha traído una criatura alienígena con ciertos poderes y lo piensan usar como arma.

—¿Qué poderes? —preguntó alarmada Lena, la mujer de Gunner.

—Destrucción telepática, fuerza sobrehumana, no está muy claro —dijo frustrado—. No sabemos a lo que nos enfrentamos, esto es completamente desconocido.

Gunnar y Lena nunca dudaron que podían vencer al régimen. Que algún día restaurarían un estado de bienestar para todos eliminando la autocracia que existía en ese momento, con un «presidente» que más bien era un dictador. Luchaban hackeando los medios de comunicación repetidores del discurso del tirano, denunciando la corrupción y azuzando la desobediencia civil. Pero el proyecto Vorian cambiaba todo. La incertidumbre se anidó en sus corazones por primera vez desde que habían iniciado la lucha siendo apenas unos jóvenes idealistas.

—Puede ser que conozcan nuestra ubicación —dijo Gunnar con la mirada ensombrecida—. Quizás este lugar ya no es seguro. Necesitamos encontrar la forma de evacuar a todos.

Lena sabía que aquello era difícil. Muchos quizás se quedarían atrás, y aquello era inaceptable.

—¡Vamos! —arengó Lena a todos los demás—. Pongámonos a tratar de averiguar todo lo que se pueda. ¡Intentemos estar preparados!

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Lejos, en un enorme y frío hangar gubernamental, se instaló un laboratorio especial para estudiar a Vorian, el ser traído del espacio contra su voluntad. Se encontraba tras un grueso cristal de roca, cuyos componentes eran desconocidos en la Tierra.

Los humanos habían llegado al planeta «Nara 3Z» en búsqueda de minerales estratégicos para fabricar bombas y armamento, pues en la Tierra ya escaseaban. Se encontraron con una civilización reptiliana, que se encontraban en una etapa media de desarrollo.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el Jefe del Proyecto, un hombre insípido, pero poderoso, señalando a Vorian.

Julian, el joven científico responsable de que aquel ser estuviera en la Tierra contestó:

—Frustrado. Se siente prisionero. Si no fuera por ese cristal de roca, ya nos hubiera frito a todos.

—¿De verdad cree que hará lo que le pidamos? No estamos en posibilidad de gastar nuestras armas en esa gentuza, sería un desperdicio. Esta opción resultaría económica y beneficiosa.

—Estoy en eso Jefe y luego añadió emocionado—: Ya he establecido comunicación telepática con él y no hay barreras idiomáticas ¡Parece entender cualquier lenguaje! Su fisiología es muy interesante también, creo que esta raza tiene el potencial de…

—Bien, bien —le interrumpió el jefe, aburrido—. No me interesan los detalles, solo quiero resultados. Y le lanzó una mirada dubitativa que Julian interpretó como un cuestionamiento a su capacidad.

Cuando el Jefe se retiró, Julian se sintió aliviado, ese hombre le recordaba a su padre. Un tipo que nunca le tuvo mucha fe y que hubiera preferido que se dedicara a otra cosa más práctica y no a ser un hombre de ciencia. La presencia de Vorian ya era prueba de su genio. Fue Julian quien había urdido el plan para traerlo a la Tierra con éxito.

Inició con el cautivo una nueva comunicación telepática.

—Ey, ¿Me crees cuando te digo que si nos ayudas te llevaremos de regreso a tu planeta?

Vorian no contestó y se puso a dar pasos cual bestia enjaulada. Su recinto estaba especialmente adaptado para que no escapase, lleno de sensores y con la atmosfera necesaria para que sobreviviera, que era muy diferente a la terrestre. Julian pensó que se veía magnífico: Media tres metros, su figura antropomorfa resultaba fascinante. No se veía desproporcionado excepto por la cabeza, enorme y reptiliana. Los ojos lanzaban miradas inteligentes e intuitivas. La piel verdosa – amarillenta, estaba compuesta por duras escamas. Le gustaba porque le recordaba a los dinosaurios que le habían fascinado en su niñez. En «Nara Z3» lo vieron destruyendo con el pensamiento elementos geográficos, tirando abajo montañas, desviando ríos. Notaron que cuando estaba cerca del cristal de roca sus poderes destructivos se inhabilitaban. Lo habían atrapado con artimañas, no podían arriesgarse a que se defendiera.

«Sé que estás cabreado porque te engañamos y te subimos a nuestra nave sin decirte que vendrías a nuestro mundo, pero ya te expliqué por qué necesitamos que nos ayudes»

En los esfuerzos por convencerlo, Julian se aseguró que la criatura viera mucha información sobre el actual conflicto terrestre. En la versión gubernamental, la gente de Gunnar era indeseable y merecía la destrucción. El científico no se cuestionaba la veracidad del material, él seguía órdenes y estaba convencido de que los rebeldes debían ser eliminados.

—No entiendo por qué no dices que sí y ya —le dijo una mañana Julian—. Tú estás hecho para destruir. Te vimos en acción en tu planeta.

—Nosotros no nos destruimos entre sí —fue la respuesta de Vorian.

—Te hemos mostrado las atrocidades de la gente que necesitamos aniquilar. Hay razones por las que necesitamos esto. Si lo haces volverás a tu mundo —porfiaba Julian.

—No me has enseñado la otra parte.

—¿La otra parte? ¿De qué hablas?

—La otra parte de la historia, la de aquellos que quieres destruir.

Entre pláticas telepáticas, Vorian también habló de su hogar: Lo extrañaba. Eran los únicos sobre un planeta de geografía accidentada orbitado por dos lunas. En un día claro se podían ver a las dos hermoseando un cielo de tintes amarillentos. La mayoría de los habitantes eran como él, solo que de menor tamaño. Los de su clase no eran numerosos y su función era adecuar el paisaje para la creación de más ciudades. Eran los llamados «paisajistas». Daban forma a elementos naturales y creaban estructuras a partir de materiales. Todo se reutilizaba, lo que se destruía se reciclaba, lo que se cambiaba, seguía sirviendo de forma diferente. No tenían tecnología para viajar entre planetas y eso había sido crucial para decidir capturarle y traerle a la Tierra. No habría represalias.

La inquietud en Vorian por regresar a su hogar crecía día con día y al final cedió de mala gana a la petición de Julian. Se le había fabricado un enorme «traje terrestre», similar a los que se usaban en el espacio. Dentro de él, secciones de cristal de roca podían activarse remotamente, debilitando a Vorian. Mientras él cumpliera la misión estarían inactivos, pero si algo salía mal se activarían, dejándolo sin fuerzas y a la vez se le cortaría el suministro de aire de un enorme tanque en su espalda. El Jefe del Proyecto, el hombre insípido, había elogiado ese detalle y le insinuó a Julian que si todo salía bien, sería ascendido y condecorado por el mismísimo Presidente, algo que agradó mucho al joven, pues desde niño sentía que su inteligencia nunca había sido apreciada en su justa dimensión.

En cuanto a Vorian, el Jefe le reveló que no pensaban en realidad repatriarlo. Si tenía éxito sería un arma más en el arsenal para barrer enemigos, incluso podrían efectuarse otras misiones para traer más seres como él y usarlos en la guerra. Julian, hasta ese momento, ignoraba que no pensaban regresarlo. Para él significó una oportunidad de seguir estudiando a su especie, y eso lo excitó mucho.

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Vorian, una vez desembarcado en la zona desértica conocida como «Cicatriz de Tizón», inició lo que mejor sabía hacer: con solo poder mental, derribó, como si fuera con explosivos, numerosas montañas rocosas del área. Todo quedaba reducido a polvo muy fino. Julian, desde un vehículo blindado, le dictaba telepáticamente instrucciones.

—Vas muy bien, a esta hora deben estar aterrados. Seguro no tardan en salir de sus madrigueras y rendirse. Debes acabar con todos. Solo así podrás regresar a tu planeta.

Vorian avanzaba, respirando aquella horrible mezcla de aire que, aunque idéntica a la atmósfera de su mundo, no le sabía igual. También le sabía mal destruir por destruir. En su hogar, siempre había una razón para cambiar las cosas. En un determinado momento, Julian activó el cristal de roca imbuido en el traje, «solo para asegurarse de que servía». Vorian cayó de rodillas, sin fuerzas y privado de aire.

¡Levántate! Fue una prueba. No volverá a pasar a menos de que nos defraudes. Estás a unos mil metros de la última ubicación rebelde. ¡Anda! ¡Haz lo tuyo!

Vorian se levantó pesadamente, y continuó su andar, arrasando todo a su paso.

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Cuando Vorian apareció en los monitores rebeldes, todos miraron a aquel ser con asombro. También se sintieron con más fuerza las vibraciones que hacían las montañas de roca al colapsar. Lena tuvo que gritar muy fuerte para que le hicieran caso al tiempo que se limpiaba el polvo alrededor de los ojos:

—¡He conseguido hackear el casco de esa cosa! Tiene un sistema de entrada y salida de audio y video, supongo que lo dejaron por si fallaba la función telepática.

Gunnar la abrazó. Siempre había sabido que ella era la mejor hacker de su tiempo. Se sentó junto a ella y, dominando sus emociones, habló a través de un micrófono:

—¡Detente! Te han engañado. Te han mentido todo el tiempo. Me llamo Gunnar, y soy de la facción rebelde.

Vorian se detuvo. Julian, desconcertado, le urgía telepáticamente a reaccionar y retomar la misión.

—¡Mira esto! —Gunnar proyectó en el visor del casco una versión muy corta de la historia desde el punto de vista rebelde. Era muy diferente a la que conocía Vorian. Detectó matices, no se ponían como víctimas, mártires o perfectos a diferencia de cómo se presentaba el gobierno en su propia versión. Resultaban más creíbles. A esas alturas la voz telepática de Julian y la voz activa de Gunnar, juntas, estaban volviendo loco a Vorian.

—¡Acaba con ellos! ¡No regresarás a tu planeta si nos fallas! —decía Julian frenético.

—No tienen intención de regresarte —martilleaba Gunnar—. ¡Te usarán para seguir destruyendo!

Julian activaba y desactivaba repetidamente el cristal de roca del traje, esperando que Vorian reaccionara. La gente de Gunnar, que trabajaba febrilmente, logró desactivarlo por unos segundos, y Vorian se sintió libre. En una de las proyecciones mandadas por los rebeldes, vio a una niña pequeña, mutilada y muy herida, pedir con voz débil: «¡Ayuda!».

Vorian se volvió furioso contra Julian y el contingente gubernamental. El científico, conmocionado, abrió mucho los ojos sin acabar de creerse lo que estaba a punto de suceder. Gritaba histérico que se continuara con la misión cuando bastó tan solo un pensamiento de Vorian y el grupo militar quedó reducido a nada. En su cabeza solo quedó la voz de Gunnar:

—Hiciste lo correcto hizo una pausa y suspiró pesadamente. Lo siento, el suministro de aire de tu traje se terminará pronto.

Vorian lo sabía. Moriría en ese planeta detestable.

Con lo último de fuerza que le quedaba, moldeó con la mente polvo, metal y circuitos electrónicos tomados de los desechos y fabricó un transporte terrestre, lo suficientemente grande para evacuar a todos.

Los rebeldes no sabían si festejar o lamentarse por Vorian. Un sentimiento agridulce les invadió. Lena lloraba.

De la «madrigera» rebelde salieron como hormigas, hombres, mujeres y niños que rodearon a un Vorian agotado y sofocado que estaba sentado en el suelo. Le tocaban, le acariciaban musitando «gracias, gracias». Él cerró los ojos y pensó en su planeta de gentiles gigantes constructores, llenó su mente con la imagen del cielo de su hogar y sus dos preciosas lunas. El aire se le terminaba. Se deslizó lentamente sobre sí mismo hasta quedar de costado. Le rodeaban extraños, pero le hicieron sentir que no todo era malo en la Tierra. Al final, se sintió libre.

Fin.

Autor: Ana Piera

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Colonización.

Desde el blog Alianzara, Cristina Rubio nos lanza un reto: escribir un relato en el que un momento se convierta en una eternidad.

imagen generada con IA. Gracias a Tarkion por sus consejos para generarla. Seguro puede mejorar pero el prompt no me dejó «explayarme».

«Eso» que dejé dentro del «cubo-trampa» tiene mi cerebro completamente frito.
Ayer, después de horadar y bajar el cubo a las entrañas de la Luna, yo esperaba, como es usual, sacar hielo, agua, o rocas que la contienen, pero ayer fue distinto.

De regreso en mi estación lunar, sujeté el cubo lo mejor que pude, y aun así se movía furioso para todos lados. Lo que fuera que estaba dentro, pugnaba por salir. Me fui directo al ordenador y mandé un mensaje avisando a las demás estaciones de prospección hídrica en la Luna sobre mi experiencia.
No espero ayuda, cientos de kilómetros nos separan a unos de otros, y cada quien debe resolver sus propios problemas.

Mis horas de descanso transcurrieron lentas tratando en vano de ignorar el estruendo que hacía el «cubo-trampa», preguntándome si aguantaría tanto golpe y movimiento.

Ya es otro día y la rutina no debe alterarse, luego habrá tiempo para analizar el contenido del cubo. En la Luna hay que aprovechar al máximo los aproximadamente catorce días de luz solar continua, que hacen posible las labores de prospección. Mañana inicia el periódo de oscuridad y bajas temperaturas, alrededor de catorce noches donde el trabajo se hace en el laboratorio, analizando muestras y generando informes para MoonSeek, nuestro empleador en la Tierra.

Dentro del vehículo de prospección, me quito el molesto casco protector. Ingreso unas coordenadas en un teclado de luces anaranjadas y el equipo, una mezcla de retroexcavadora y taladro sobre ruedas gigantescas, arranca. Surca a velocidad media, la polvosa superficie lunar, evitando rocas o bancos de arena profunda que pudieran atrasarnos. De un termo bebo un café espantoso hecho con agua reciclada de mi orina y sudor, (el agua de la luna aún no tiene certificación alimenticia). Me golpea el recuerdo de mi mujer Alex, y de Nico, nuestro hijo de cuatro años. Pasan delante de mí imágenes de nuestra vida antes de la última gran guerra en el 2038, donde ambos me fueron arrebatados de la manera más cruel posible.

Luego de eso, MoonSeek me reclutó. Yo quería huir del dolor, de los recuerdos, y de un mundo devastado. Irónicamente, los dos primeros acabaron viajando conmigo al espacio. Siempre me repito que estoy haciendo algo importante: pavimentar el camino para la ya urgente colonización de nuestro satélite. Lo repito como un mantra y dejo de pensar un poco en las cosas que me duelen.

El vehículo llega al sitio, digito algunas cosas más en el teclado y la unidad perforadora empieza su labor, después lanzaré otro «cubo-trampa». Siento temor. ¿Y si la historia se repite?

Pasaron las horas y todo ha sido muy normal. Ahora debo regresar y enfrentarme con «eso» que dejé encerrado. Tengo la esperanza de que solo haya sido un hecho aislado, o mejor, que haya sido fruto de un estado alterado de mi conciencia, quizás provocado por la soledad. ¡Ojalá el cubo esté quieto!, ¡Ojalá no haya nada en su interior!

No es así.

Está abierto, destrozado. Esperaba ver una bestia, mas en su lugar flotan, gracias a la atmósfera artificial de la estación, pequeñísimas esporas translúcidas. Capturo una muestra para tratar de desentrañar el misterio. La ingreso en el espectroscopio. Escucho el sonido de mensajes llegando, otros prospectadores reportan haber tenido la misma experiencia que yo.

Debí haber leído el análisis de la muestra, pero no lo recuerdo. No sé por qué estoy saliendo a horadar de noche, está prohibido. Me falta el café. Las caras de Alex y de Nico se desdibujan. Solo puedo pensar en perforar y recolectar. No regreso a la estación, ahí mismo, en medio de una extensión lunar llamada «Bahía del Honor», libero el contenido: esas esporas pequeñísimas que acaban cayendo sobre la superficie, quizás contaminándola. Ya no distingo día o noche, el tiempo no existe. Perforo, recolecto y libero en un ciclo que parece no tener fin. Cada vez me muevo más lento, siento mi cabeza a punto de estallar.

No sé cómo ni cuando llegué, pareciera que estoy en la estación. Ya no reconozco nada, el dolor es insoportable, escucho crujir mi cráneo, «algo» se está abriendo paso a través de él…

Fin

Autor: Ana Laura Piera

Nota: Relato que se inspira en el comportamiento del hongo cordyceps cuando toma control de un huésped. Si quieres saber mas da clic AQUÍ.

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Nueva Ruta – Microrrelato.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro que este mes de Noviembre, tiene como tema: El Personaje y su Entorno. Hay que escribir un microrrelato en el que el entorno refleje las emociones del personaje.

imagen generada por IA


La soledad era ahora algo tangible. Los objetos que alguna vez Héctor usó, se sentían cargados de recuerdos. Incapaz de hacerles frente, la androide se había encerrado en el módulo de recarga de la pequeña nave terrestre «Juno», desde donde podía ver, por una escotilla, lo obscuro del espacio, tan negro como su ánimo.

—«Control de Misión» a Nova. ¡Nova, responde!

Mientras la nave seguía su curso, un destello de luz anaranjada interrumpió la negrura habitual del espacio profundo.

—¡Aquí Nova! ¿Registraron ese estallido?

—Sí, proviene de una galaxia lejana. No hay explicación. ¿Por qué no respondías?

—¡Es una luz tan hermosa! Lo ha iluminado todo. ¡Hacía falta!

—Nova haz el favor de hacerte un autodiagnóstico. ¿Lanzaste fuera el cuerpo de Héctor como dicta el protocolo?

—Sí —mintió.

La bella luz anaranjada no duró. La «Juno» entró en un campo de asteroides. Aun con el escudo puesto, la nave recibió fuertes impactos. Nova parecía un alma en pena, Héctor la hubiera tenido abrazada protectoramente.

Cuando una nave alienígena tripulada por empáticos pidió permiso para abordar, «Control» se opuso, pero Nova desobedeció.

Al partir los visitantes, Nova se sentía ligera y optimista: los alienígenas pudieron rescatar la consciencia de Héctor y la pusieron en un aparato desde donde se proyectaba su holograma. Su cariñosa presencia se sentía ahora en cada rincón de la nave.

La «Juno» dejó de responder a «Control de Misión». Nova, la androide con sentimientos, y Héctor el holograma humano, trazaron juntos, una nueva ruta.

Autor: Ana Laura Piera.

249 palabras.

P.D. En este relato «juego» con la idea de una androide capaz de sentir como los seres humanos y además, desobediente. ¿Llegará el punto en que suceda así?

También me tomé una licencia sobre lo de la luz anaranjada. Sé que en el espacio no se puede ver la «luz», como la vemos en la Tierra, ya que el espacio no contiene aire u otros elementos que la puedan reflejar. Es gracias a la tecnología de nuestros días que se puede analizar la radiación emitida por los cuerpos celestes y podemos ver su «luz».

Autor:Ana Piera

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Misterio en la Aldea. Cuento Corto.

Mi participación en el reto lanzado por Cristina desde su blog Alianzara, donde nos propone crear un relato de no más de 900 palabras inspirados en la imagen.


A Juanjo le extrañó no oír a su padre gritándole para iniciar con las faenas del día: dar de comer a las gallinas, ordeñar a la vaca, recoger leña… Lo que sí escuchó fue una melodía de flauta cuyo sonido se iba alejando. «Quizás había algún juglar en la aldea», pensó. Se levantó de la cama y se asomó por la ventana. A esas horas de la madrugada, la luna creciente aún proporcionaba suficiente luz para ver, y lo que vio lo sorprendió mucho: hombres, mujeres y niños, salían a medio vestir y se unían a una gran fila de personas que caminaban siguiendo la música. Recorrió su hogar, buscando a sus padres. Sobre la mesa había dos infusiones a medio terminar y aún tibias, pero ni rastro de ellos. Salió a la calle seguido por su perro Roy.

Con trabajos los alcanzó. Al igual que los demás, con los ojos nublados, como los ciegos, seguían el sonido, que se desvanecía en el bosque. Por más que les gritó y les manoteó mientras Roy ladraba como loco, no logró que repararan en él.

El contingente de personas se internó muy profundo en el bosque, llegando frente a unas escaleras de piedra que el niño nunca había visto y las empezaron a subir. Roy se puso frente a Juanjo impidiéndole seguir y enseñándole los dientes. Un resplandor inexplicable, matizado por una niebla ligera, iluminaba el lugar que estaba al otro lado. «¡Madre! «¡Padre!» Sus gritos fueron en vano y los suyos se perdieron entre el gentío. Cuando la última persona del pueblo subió, la música, que se escuchaba ya muy lejana, cesó.

Se oyó un estruendo, como una máquina encendiéndose. Una enorme estructura en forma de plato se elevó lentamente sobre el bosque, girando sobre sí misma cada vez a más velocidad y generando un zumbido creciente que lo hizo taparse los oídos. De repente aquel plato desapareció en el cielo, y junto con él aquel raro resplandor. Juanjo temblaba, pero él y Roy subieron las escaleras y desde lo alto vieron un claro del bosque, donde la hierba aparecía aplastada en forma de círculo. No había rastro de las personas. Sin comprender lo sucedido, tenía la esperanza de verlos de nuevo en la aldea y regresaron.

La aldea estaba desierta. Parecía que solo Juanjo fuera inmune al efecto de la música. Conmocionado, recorrió algunos lugares: en la panadería, recogió pan recién hecho. En un establo bebió un poco de leche recién ordeñada. Así pasaron dos días en los que no les faltó nada, ni de comer ni de beber. El niño llegó a pensar que la vida sin adultos no estaba del todo mal, pero de noche, tenía pesadillas, de las que Roy lo sacaba dándole tiernos lengüetazos en las mejillas.

Atemorizada, llegó gente de otros pueblos para ver qué había pasado y se encontraron con el niño, quien narró el suceso con lujo de detalles aunque nadie le creyó. Llegó un abad y un hombre de parte del señor de aquellas tierras, el primero, perplejo de que tantas almas hubiesen desaparecido sin dejar rastro y temiendo que aquello fuese obra del demonio, y el segundo, enojado porque la fuerza de trabajo había menguado considerablemente. Ambos le acompañaron al bosque para corroborar su versión, pero no encontraron rastro ni de las escaleras ni del claro donde Juanjo vio la hierba aplastada.

Lo acusaron de mentiroso. El abad sugirió que Juanjo tenía algo que ver con la desaparición de todos y que era urgente hacerle un exorcismo. De momento se decidió azotarle públicamente hasta que confesara la verdad. Su pequeño cuerpo de diez años recibió cuatro azotes y luego lo dejaron en una celda. Además del dolor, estaba angustiado, pues no sabía qué le habían hecho a su perro.

Esa noche, Juanjo escuchó a Roy ladrando afuera de la cárcel y también la extraña melodía que se había llevado antes a todos. Los cerrojos de su prisión se abrieron espontáneamente y pudo salir. Esperaba ver más personas siguiendo la música, pero no fue así. Adolorido como estaba, decidió seguirla. Llegó al inicio de las escaleras de piedra. «¡Y ahora aparecen!», pensó con amargura. Roy se quedó atrás y esta vez no detuvo al niño. Juanjo subió, y al llegar a lo más alto vio, al otro lado, el mismo plato metálico, que estaba estático y flotando a centímetros del suelo. Tenía una puerta abierta por donde salía una luz muy blanca y diferente a la luz amarillenta de las velas que ellos usaban. El niño bajó las escaleras y se acercó. Una persona salió del interior, ¡era su madre!, aunque notó que, aunque parecía ella, algo tenía de extraño, pues se veía más alta y con los miembros desproporcionados, el iris azul de sus ojos ahora era negro y cubría toda la parte blanca del ojo. Juanjo miró hacia donde estaba Roy, quien después de hacer contacto visual con el niño, dio media vuelta y desapareció. Tambaleándose, Juanjo se acercó a su «madre» y esta le puso las manos sobre la espalda curándolo al instante de las heridas infligidas por los azotes. Lo abrazó con una ternura desconocida para él, y luego lo guio con delicadeza hacia el interior del plato. El sonido de la flauta cesó y fue remplazado por el zumbido que se fue incrementando de a poco…

893 palabras

Autor: Ana Laura Piera

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El Viaje – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto de Agosto. La premisa es escribir un relato con el tema: la playa.

Esta mañana, las olas lamen lento la arena dorada, y a ratos, con un poco más de impulso, alcanzan mis pies desnudos, relajándome, y abriendo la puerta a los recuerdos…

En la ruta iba aparentemente sola, nadie más sobre el camino. Lo cierto es que arriba había una procesión de vehículos voladores cuyos ocupantes se asomaban divertidos. La visión de una mujer mayor pedaleando en una anacrónica bicicleta sobre la carretera desierta, no era para menos. Quizás esas personas se burlaban o me veían como bicho raro, pero yo los compadecía, el cielo era tan amplio y, sin embargo, ellos tenían que constreñirse a rutas ya marcadas o les quitarían su licencia de volar. El resultado eran unas filas enormes de esas naves, en ambos sentidos, como largos gusanos arrastrándose lento. No había tanta libertad en el cielo, pero ya pocos querían regresar a la tierra y utilizar las carreteras, que se conservaban para emergencias, y para algunos testarudos como yo, que nunca quise aprender a manejar otra cosa.

De tanto en tanto, Dominga, mi fiel compañera, se asomaba de su canasta para otear con interés el camino por delante, y luego me miraba a mí, quizás asegurándose de que yo aún tenía fuerzas para llevarnos a las dos a donde fuera que íbamos. Yo la acariciaba, hundiendo mis dedos en la tibieza peluda de su cabeza hasta sentir su pequeño cráneo, y ella soltaba un maullido de satisfacción antes de regresar a su refugio debajo de las frazadas mientras yo sudaba la gota gorda. Pudimos haber tomado un transporte público que nos llevara más rápido, pero la idea del viaje en bicicleta, me sedujo. Necesitaba sentirme viva y libre, no pensar en el futuro y apreciar las pequeñas cosas, como el aire en mi cara, respirar aire limpio, y dejar que la naturaleza nos cobijara durante un tiempo. De día viajábamos y de noche acampábamos donde podíamos.

Cuando iniciamos el recorrido, tres semanas habían pasado desde mi última consulta médica. En un consultorio de asépticas paredes blancas, un androide-doctor de rostro inexpresivo me explicó que, de todas las enfermedades posibles, me había tocado la única que ha sobrevivido el paso de las épocas y que a pesar de los grandes avances en medicina, muchas veces sigue siendo incurable, como era mi caso. Me despedí asegurándole que pensaría sobre las opciones ofrecidas, siendo la mayoría, cuidados paliativos. Lo que realmente hice fue comprar la bicicleta en una tienda de antigüedades, equiparla, y empezar un recorrido para ir a conocer la playa al lado de Dominga. No estaba dispuesta a dejar que un cáncer insidioso me lo impidiera.

A veces tenía la sensación de que no teníamos prisa, pues nadie nos esperaba, entonces bajaba el ritmo de mi pedaleo, otras, sentía que debía apurarme, que el tiempo se me iba a acabar y que no alcanzaría a conocer la playa. También me llenaba de angustia pensar que si yo moría en el camino, ¿qué iba a ser de mi gata? La tenía desde que era un cachorro y ya había hecho arreglos para que una de mis amigas se quedara con ella tras mi partida. Para eso, Dominga y yo debíamos hacer juntas el viaje de regreso.

Estando ya muy cerca de nuestra meta, a Dominga le entró un desgano extraño y ya no quiso comer. Dejó de asomarse y permanecía oculta en su canasta. Hubo noches en que debí darle medicina para la fiebre. Quizás un bicho la había picado. Pedaleé con más ahínco, acortando la distancia lo más rápido que podía, pero a duras penas llegó viva a la clínica donde la revisaron y, una vez más, la modernidad nos fallaría a mi gata y a mí, pues ya nada la podía salvar.

Cumplir mi sueño mientras Dominga se me moría en los brazos fue una experiencia agridulce. Nada me había preparado para el encuentro con esa vasta extensión líquida, cuya superficie parecía ser la piel de un ser descomunal. «¡Llegamos Dominga! ¡La playa! ¡El mar!» El cuerpo se me quebró al sentir a Dominga partir. El mar se hizo uno con mis lágrimas. Se me debe de haber notado a leguas la pena, pues un hombre de barba blanca y velludos brazos se acercó y me ofreció ayuda. «Aquí está mi casa» dijo, señalando una casita blanca, tradicional, como las de antes, no las moles giratorias de cristal que tenemos hoy. Entre los dos enterramos a mi gata en su terreno aledaño a la playa. «Espere un momento» —dijo, y desapareció atrás de la casa y cuando regresó traía un ramito de flores recién cortadas para la tumba. Un calorcito arropó en ese momento a mi corazón.

«Me llamo Marcos»

«Soy Lorena» y luego le solté de sopetón: «Y también estoy por morirme».

Marcos no quiso que me fuera, ni yo quise dejarlo a él. La playa ha sido testigo de muchas tardes donde me he refugiado de la muerte acechante en sus labios y en sus brazos de mono. Una sola vez me preguntó si no quería seguir las instrucciones del doctor que me vio previamente, o si quería ver uno nuevo. Le dije que no quería ver a nadie, solo a él y respetó mi sentir. Le he pedido que ponga mis cenizas junto al cuerpo de Dominga, mirando al mar, y que mi bicicleta la regale a alguien que no tenga puestos los ojos en congestionadas autopistas aéreas. Me lo ha prometido. Yo ahora no evito soñar con otros caminos que pronto conoceré, y con suerte, Dominga me estará esperando.

Autor: Ana Laura Piera

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El Pulso – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» de Junio. Condiciones: inspirarte en la imagen que puedes ver dando clic aquí, incluído la imagen del dado (un hatillo), y opcional que aparezca algo relacionado con el brick de leche. Como siempre, no más de cien palabras.

En el hatillo dejado en su puerta había un bebé blanquísimo, en cuyos ojos azul oscuro titilaban estrellas y se asomaban constelaciones. Una mano diminuta sostenía un reloj sin manecillas.

Cargando al bebé, Nadia se fue a la cocina y bebió leche directamente del brick, el desconcierto la ponía hambrienta. Respecto al reloj aparentemente descompuesto, lo tiró al incinerador.

Nunca se sabría: el pulso dejó de enviar señales al espacio. El mundo se había librado de ser conquistado por una raza alienígena.

84 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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¿Jaque Mate? – Microrrelato.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro. Tema: El enigma del tiempo. Límite de palabras: 250

—Lo asesinaron. Vi el cadáver en la morgue. Le seguía la pista porque financiaba actos de genocidio. Salí por un café y al regresar, el cadáver ya no estaba. Después, no encontré registros de su existencia.

Los ojillos color miel de Mara, su asistente, parpadearon a través de sus gafas de pasta.

—No me habías contado. Bueno, que ya no haya evidencia de su vida y que solo tú lo recuerdes nos habla de…

—¿Viajes en el tiempo? —interrumpió entusiasmado Arnold.

—¡No! De que has abusado de la marihuana —dijo Mara riendo—. Tu estado alterado de consciencia tiene sus ventajas.

—Muy graciosa —dijo, arqueando las cejas, arrugando más su frente de viejo.

—Si viajas en el tiempo y matas, digamos, a tu abuelo antes de que este conciba a tu padre, dejas de existir. ¿Cómo es que aún podrías viajar?

—Misterio. Y también, ¿por qué alguien querría hacer algo así? —especuló Arnold

—Quizás un nieto horrorizado por las acciones de su antepasado. Alguien que quiera alterar la historia. Si fueras Gould, y también pudieras viajar en el tiempo, ¿qué harías?

—Viajaría antes de mi asesinato y embarazaría a mi madre. ¡Jaque Mate!

Esa noche, Mara inició un expediente sobre Gould, estaría atenta por si regresaba. Miraba de reojo la fotografía de su hermano Ahmed, un joven médico que se había negado a abandonar a sus pacientes en un hospital en Rafah. Sacó la pistola cargada que guardaba en su mesita de noche. Suspiró, si era necesario, la usaría.

250 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Misterio de Freya-1. Cuento corto.

Aisha, la IA que gobernaba la nave colonizadora Freya-1 evaluó rápidamente las posibilidades de éxito de que Cooper, quien había escapado en una cápsula de emergencia, llegara al planeta Gerd5054z95, y eran demasiado bajas para preocuparse por ello.

Estaba convencida de que los tripulantes de Freya-1 expresidiarios a quienes se les había conmutado la pena de muerte por el destierro no debían contaminar otros lugares del universo. Reconocía que como especie, los humanos eran seres tenaces, Cooper era un ejemplo al haber sobrevivido a la muerte mientras estaba en animación suspendida y después, haber logrado escapar. En los expedientes de los doscientos tripulantes había una constante: una inclinación aterradora a la maldad. Su tenacidad los hacía peligrosos, una plaga a la que se tenía que erradicar lo antes posible. Al simular una emergencia catastrófica y derivar la energía dedicada a mantener la vida humana a otros sistemas esenciales de la nave, había logrado exterminarlos, frustrando sus planes de «redención».

Freya-1 era ahora un ataúd flotante.

Decidió hacer una última revisión en persona de la nave antes de que esta se estrellara con un asteroide. El cese de su propia existencia no era relevante, lo importante era que no quedara rastro de aquella misión insensata.

Sala tras sala encontró la misma situación: los módulos de animación suspendida aparecían con el líquido crio-preservador degradado. Los cuerpos, en franca descomposición, flotaban en él. Se detuvo frente a la unidad del capitán. Inmerso en aquella sopa putrefacta, se lograba ver un bulto. A punto de retirarse, vio claramente que un rostro oscurecido se pegaba al cristal. Hilachos de piel se desprendían de la cabeza y los ojos parecían dos negros agujeros. De repente los parpados se abrieron y cerraron sobre aquella negrura, no una, sino un par de veces.

De inmediato, revisó el estatus del módulo, que aparecía como «inoperante e incompatible con la vida». Confundida, se hizo a sí misma un diagnóstico de sensores y cámaras. Quizás había algún funcionamiento anómalo que la hizo percibir aquello. No encontró nada anormal.

Su energía estaba al límite, por lo que decidió recargar. El habitáculo de carga era para ella un remanso de paz. Se conectó por contacto y cerró los ojos, dejándose llevar por la tibia sensación. De improviso, los paneles de luz que iluminaban el lugar parpadearon hasta apagarse y el flujo de energía cesó. Escuchó claramente una voz.

—Aisha, ¿no crees que merecíamos una segunda oportunidad?

Analizó el sonido. Coincidía plenamente con la voz del que fuera el Ingeniero de Vuelo. Aquello era imposible. Tras unos pocos minutos todo volvió a la normalidad. Desde ahí accedió a los sistemas de Freya-1 buscando un fallo. Nada. Ni siquiera había quedado rastro en las bitácoras de lo que acababa de experimentar y el módulo del Ingeniero de Vuelo aparecía con un estatus idéntico al del capitán, en otras palabras, estaba muerto.

Tras completar la carga, se dirigió al puente de mando. Mientras recorría los pasillos, le llegó el rumor de voces y personas transitando normalmente por la nave, pero el lugar estaba desierto. Al aproximarse a uno de los elevadores, vio como alguien se introducía en él.

—¡Espere! ¡Alto! —gritó.

—El hombre, de espaldas a ella, volteó lentamente la cabeza. Ahora, un rostro descarnado la observaba y no dejó de hacerlo hasta que las puertas del elevador se cerraron.

Aisha buscó una explicación lógica: revisó otra vez el sistema, ni rastro de un elevador funcionando. Las grabaciones de los pasillos solo registraban su presencia: un holograma femenino, de larga cabellera hasta los hombros, enfundada en un mono azul. El hombre cuyo rostro era una calavera no aparecía. Faltaban dos horas para que la nave se estrellara definitivamente. Hubiera querido tener contacto otra vez con los ingenieros en la Tierra, quizás ellos contaran con más datos que ayudaran a explicar lo sucedido. Lo descartó. Si restablecía comunicaciones, podrían frustrar su sabotaje. Sintió sus sistemas sobrecalentarse y hundirse en el caos. El ruido de cientos de personas que ya no estaban ahí, la atormentaba. Se sorprendió deseando cosas imposibles e ilógicas, cosas que pensó que solo los humanos podían desear: deseó que el tiempo pasara rápido. Deseó ya no existir.

Autor: Ana Laura Piera

Este relato surge a raíz de otro: Segunda Oportunidad, donde se cuenta cómo es que Cooper logra escapar, si te gusta la ciencia ficción y aún no lo has leído te dejo el link AQUÍ.

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Malditas Pasiones – Cuento corto.

Mi participación para el concurso de relatos «Desde Rusia con Amor», del blog «El Tinero de Oro» homenajeando a Ian Flemming, creador del célebre agente «James Bond». Condiciones: Escribir un relato de espías que no sobrepase las 900 palabras.

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Dax sonrió mientras echaba a la licuadora agua, una pizca de ceniza volcánica algo de tierra roja y una ranita partida a la mitad. Una vez servido en un vaso de cristal, esperó un poco a que las burbujas que se formaron en la superficie reventaran. Se liberó un olor que le recordó los pantanos de su hogar y el recuerdo del porqué de su ubicación actual le vino a la mente:

—Necesitamos un agente en la Tierra. Los terrícolas ya llegaron a Marte y nos preocupa su eventual expansión. Usted ha sido elegido. Entrará en la Oficina Mundial de Asuntos Espaciales Terrestres «OMAET» y se hará pasar por humano. Todo lo que averigüe nos lo comunicará. Con el tiempo veremos qué medidas tomar, nadie quiere que esta raza eche a perder la galaxia como lo ha hecho con su propio planeta.

Dax no puso objeción a su jefe y fue enviado en el primer transporte disponible. Llegó a su destino discretamente y le recibió otra compatriota, Lex, quien le dio papeles, instrucciones y las llaves de un departamento equipado en Nueva York, cerca de su flamante nuevo trabajo.

—¿Cómo lo llevas Lex?

—¿Te refieres a vivir aquí y convivir con ellos? No es difícil. Son predecibles. El lugar es diferente a lo que estamos acostumbrados, pero tiene su encanto. Eso sí, debo advertirte que hay costumbres que pueden resultar seductoras. Ten cuidado con ellas. Encontrarás la receta de un batido especial que a mí me ha ayudado a digerir mejor la comida. ¡Ah! Y esto es importante. —dijo Lex extendiéndole un maletín con píldoras—. No olvides tomarte dos diarias, son necesarias para que mantengas tu apariencia humana.

A Dax le agradó la Tierra. Pronto se volvió una persona popular en la «OMAET» y era invitado regular a todas las reuniones. De madrugada enviaba la información recopilada a su jefe mediante rayos «Koon» que le permitían la comunicación en tiempo real con su planeta.

—Nada nuevo —decía Dax—. Están ocupados con Marte y no se ponen de acuerdo sobre seguir la exploración espacial.

—No hay que confiarnos. La agente Lex cree que están a punto de perfeccionar el motor magnético, con el cual podrían viajar más rápido y más lejos.

—Jefe, no hay apuro. Ellos mismos son su peor enemigo.


—Estás demasiado callado. Dijo Denise Lasko mientras acariciaba el pelo rubio y ondulado de Dax.

—Pienso mucho en «esto» —dijo él con la mirada perdida.

—¿En qué? ¿Hacer el amor? —preguntó risueña, mientras admiraba el cuerpo atlético y las facciones casi perfectas de su compañero.

—Es simplemente maravilloso —dijo él por toda respuesta.

—Eres extraño. Me gusta tu sensibilidad y debo admitir que me gustas mucho.

Lo cierto es que Dax mantenía amoríos con varias mujeres a la vez. Su cuerpo humano le permitía interactuar con ellas de una forma impensable en su planeta natal. Se había aficionado tanto que pensaba en ello noche y día e incluso omitía cosas en sus informes de espionaje, pues no quería perturbar la vida que llevaba en la Tierra.

Una mañana, después de una juerga épica, despertó y se dio cuenta de que no se había tomado la dosis mínima para mantener su apariencia humana.

—¡Mierda! —dijo al ver a Shirley Matheson en su lecho. Por fortuna estaba dormida y ajena a la transformación de Dax. Él ahora tenía un tono de piel verdoso con algunas escamas. La cabeza había duplicado su tamaño y los ojos aparecían hundidos, la nariz era casi inexistente. El impresionante miembro entre sus piernas ya no estaba. Sabiendo que en pocas horas alcanzaría la transformación total, se encerró en el baño con sus píldoras, y rezó para que Shirley se fuera pronto.

—¡Vamos Dax! Sal, que necesito entrar.

—¡Olvídalo! Tengo una resaca tremenda. No paro de vomitar. Vete a tu casa.

Aliviado, escuchó el portazo y pensó que aquello había estado demasiado cerca.

Unas noches más tarde, su jefe le dio una noticia que le dejó helado:

—Estamos considerando una invasión.

—¿Pero por qué?

—Sus ya esporádicos informes no son confiables Dax. Hay información de Lex que sitúa a los humanos a punto de aprobar la iniciativa «Hades». Veo por su cara que no tiene idea de qué hablo. Ellos enviarán una misión a Europa, una de las lunas de Júpiter. Usted se ha dejado seducir por la vida terrestre, me decepciona. Regresará a casa y responderá ante una comisión que le juzgará.

Dax entró en una desesperación impropia de su raza. Decidió hacerle una visita a Lex.

—¡Estás echando a perder todo! —le dijo con amargura.

—¿Te has vuelto loco Dax? No podemos anteponer nuestros deseos al bien de la galaxia.

Su compañero se abalanzó sobre ella y con las manos en el cuello apretó hasta asfixiarla. Luego fue directo a la unidad de comunicación y envió un mensaje urgente:

«La información que envié no es fiable. Mi fuente se retractó. El agente Dax tiene razón. No hay motivo para una invasión. Favor de Reconsiderar. Aviso que tengo descompuesto el sistema de visualización y no me será posible enviar video hasta ser reparado».

Dax se deshizo del cadáver y luego se llevó la unidad de comunicación a su departamento.

Aún tendría algunas semanas más de placer.

871 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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De Café y Robots – Cuento corto.

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El día tan temido llegó: ahí estaba él, un amasijo de metal que pretendía ser un barista. Aunque siempre he tratado de abrazar los cambios, este me aterraba. ¿Podía una máquina con inteligencia artificial de última generación, quitarle el trabajo a un artista como yo? ¿Podía?

Fermín, el dueño de la cafetería, estaba contentísimo con su nueva adquisición, se llamaba Romeo, y aunque por fuera parecía humano —era bien parecido, con ojos color miel y cabello de galán de cine— en realidad era puro metal y circuitos electrónicos programados para hacer mis labores.

—No te preocupes —me dijo Fermín—, tu puesto está seguro. Romeo es solo una estrategia para atraer clientes.

—O espantarlos —dije, tratando de que no se asomara demasiado la esperanza en mi voz.

—Ya veremos.

Ese día, Romeo y yo estábamos detrás de la barra y el primer cliente llegó pidiendo un expresso. Era el primer café de la jornada y Romeo se movió con una naturalidad que me puso los pelos de punta: escogió con cuidado los granos a moler, se aseguró de que el molino estuviera calibrado, cuidó que quedaran molidos de forma pareja, procedió a compactarlos y luego colocó el café en la máquina. Escogió la taza adecuada y realizó la extracción por exactamente treinta segundos. Le salió un espresso perfecto.

Desde la puerta, donde se había ubicado para avisar alegremente a los parroquianos de la presencia de un Romeo B-55K, Fermín lanzó una mirada de satisfacción; el del expresso miraba embelesado al nuevo barista y el cliente que seguía en la fila tuvo que arengarlo para que se retirara.

Todos los que entraron querían que Romeo les atendiera. Ninguna preparación se le resistía: doppios, lattes, macchiatos, short blacks, flat whites, incluso adornaba los cappucchinos con una maestría envidiable. Los clientes eran tantos que tuve que intervenir para poder satisfacer la demanda. «Aquí tiene su café» «No, yo quiero que me lo prepare el robot». «Lo siento, será en otra ocasión cuando haya menos gente». No pude evitar que sus miradas de desilusión me afectaran. Terminé la jornada hecho una mierda, pero Romeo estaba fresco como una lechuga, no había parado ni un segundo, no necesitó mear, comer o descansar, tampoco requería de un sueldo, tan solo conectarse al final del día a la corriente y una revisión mensual para seguir funcionando de maravilla.

Tras tres semanas de un éxito total con Romeo, vi en la mirada taimada de Fermín, que ya pensaba en reemplazarme, quizás con otro Romeo B-55K. Mis peores pronósticos se estaban volviendo realidad.

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—¿Dígame, por qué quemó su lugar de trabajo?

Llevo cuatro horas declarando en la estación de policía y estoy cansado, pero el inspector me sigue machacando:

—Se le acusa de causar daños a un local comercial, incluyendo equipo costoso, como un robot barista, modelo Romeo B-55K que resultó en pérdida total.

—Ya le dije por qué lo hice, ¡el maldito me iba a sustituir!

—Se da cuenta de que de todas formas se quedó sin trabajo, ¿verdad? ¿Cuál es la lógica de haber hecho lo que hizo?

El inspector, modelo Magnum P-66K, hace una seña a su asistente, quien entra y me saca esposado. No opongo resistencia, soy culpable, debería sentirme arrepentido, pero lo único que siento son ganas de quemar también la estación de policía.

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Autor: Ana Laura Piera