Pies de tierra. Microrrelato.

Siempre recordaremos ese día.

El estruendo, semejante a un estallido, reverberó hasta el fin del mundo. Antes hubo señales: grietas como abismos sobre el terreno, animales con pupilas dilatadas huyendo hacia las zonas bajas, ríos de colores diáfanos que mutaban a un verde parecido al de la bilis.

Arrogantes, no quisimos escuchar: construimos al lado de las insondables hendiduras recién aparecidas; nada se hizo por salvar los ríos. Nadie movió un dedo cuando el viento dejó de acunar el canto de las aves.

Al levantarse, las grandes masas de tierra no tenían la intención de herirnos, pero fue ineludible. De los lomos de los cerros y montañas cayó todo aquello con lo que pretendemos conquistarles. En medio del caos, los nobles monstruos se lamentaron con vibraciones que hicieron temblar nuestro pecho. Se fueron con los pies de tierra envueltos en una polvareda espesa mientras caminaban haciendo llanura. Al desaparecer, nada fue igual. El paisaje se hizo plano, monótono. El clima se volvió caprichoso. Los ríos sometieron a las poblaciones. Los animales ya no tuvieron cobijo y la gente quedó desnuda.

Desde entonces, los viejos enseñan a los niños canciones para atraer a los cerros otra vez. En ellas se habla del compromiso de no volver a enseñorearse de la naturaleza y de la nostalgia que da la falta de su sombra y la ausencia del viento azotando sus picos. Si los ves, trátalos bien y diles que la espera nos está matando.

Ana Laura Piera

Este relato en la revista digital Masticadores

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