Desamor. Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de marzo 2025: Escribir un relato de desamor en no más de 250 palabras.

Con los ojos empañados, las manos temblorosas y sintiéndose una estúpida, digitó la intrincada contraseña que en un tiempo significó la puerta a la felicidad.

El blog privado había sido idea de él. ¡Tantos mensajes! Aunque ninguno reciente, y los últimos eran entradas propias, preñadas de preguntas, lamentos y tristeza que no encontraban eco en ninguna parte.

Esta vez supo resistirse al impulso de leer los del tiempo de la dicha, donde una frase hacía la diferencia entre un día de mierda y uno glorioso. Suspiró. Lo que fue bello, ahora la dañaba. Después de cinco años, reconoció que todo había sido una mentira, un juego cruel. Con el corazón roto eliminó aquel blog, y con su desaparición, supo dar por fin el primer paso para sanar: amarse primero a sí misma.

Autor: Ana Laura Piera.

133 palabras.

Si eres tan amable de comentar, deja tu nombre en el comentario, wordpress a veces los pone como anónimos. Gracias.

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Un Cadáver en el Ascensor – microrrelato.

Mi participación en el microrreto del blog El Tintero de Oro. Requisitos: que aparezca un cadáver en un ascensor y de máximo 250 palabras.

Si quieres participar en el reto, dale clic en la foto, te llevará al blog El Tintero de Oro

Debo reconocerlo, siempre fui débil y sensual y me entregaba sin empacho a los placeres furtivos. Eso no cambió al casarme y ante los dramáticos reclamos de Ester, mi fuerza y autoridad hacían que se replegara. Llevarle casi veinte años tenía sus ventajas.

Poco antes de cumplir setenta intuí que las cosas cambiaban. Mientras ella aún estaba en la flor de la edad madura, yo ya necesitaba ayuda para todo. Ahí comenzó su asedio brutal hacia mi persona con indudable sabor a venganza. Confieso que nunca lo vi venir.

Con el cuerpo en franca retirada de esta vida, no hay mucho que pueda hacer para enfrentarla. He propuesto que nos divorciemos y se ha reído. Sé que encuentra placer en ver mi decadencia y sufrimiento.

Los micro infartos y los disgustos se van sucediendo a diario, los primeros, los mitigo con una pastilla sublingual que me hace sentir mejor en minutos, pero anoche tomé una decisión.

Reconozco el dolor y no me tomo el medicamento. Trato de salir lo más calmadamente del departamento y me enfilo con paso vacilante al elevador. Haciendo un esfuerzo, manoteo tratando torpemente de pisar el botón y cuando las puertas se abren me precipito dentro de ese espacio, milagrosamente vacío de gente, e iluminado con luz neón. La punzada en el pecho es intolerable, me derrumbo y la frialdad del piso es de las últimas sensaciones que percibo. Me estoy muriendo, pero no le daré a la maldita la satisfacción de verme agonizar.

248 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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La Mujer Pájaro – Cuento Corto.

Photo by Ava Sol on Unsplash

Amanecí gorjeando, y no se trata de prosa poética. Amanecí gorjeando como un ave. No me di cuenta al principio; como siempre, yo comencé a repartir órdenes e instrucciones a diestra y siniestra: «¡Vístanse! ¡Ya es hora!»¡No dejen la ropa tirada!» «¿Se lavaron los dientes?» «¿Alfredo, vas a querer huevos tibios o fritos?» Pero la cara de absoluto asombro de mis hijas y esposo, así como la falta de respuesta a mis arengas me indicaron que algo andaba mal. Fue entonces cuando me escuché. De mi boca no salían palabras, sino gorjeos como los de los pájaros. Cerré los ojos pensando que en realidad aún no me había despertado y estaba inmersa en alguna especie de sueño extraño, causado quizá por la mala digestión de la lasaña de la cena anterior. Los abrí de nuevo, pero el sueño seguía. Miré a mi esposo y pronuncié su nombre, en mi mente dije «Alfredo», mas lo que se escuchó fue una voz de pájaro que hizo que me desmayara.

Traté de buscarle sentido a lo que me ocurría, en mi mente repasaba yo todas las posibilidades: desde alguna mala reacción a las pastillas para la dieta, hasta haber pescado algún extraño virus —ahora tan en boga— en la tienda de mascotas donde había ido con mis hijas por unas tortugas japonesas. Busqué una respuesta médica, pero los doctores que me examinaron, entre asombrados y divertidos, no encontraron ninguna explicación, y para mi desgracia, tampoco ninguna cura a mi problema. Me sentí devastada.

De alguna forma, junto con mi voz, también perdí mi autoridad. En casa, mis gorjeos solo lograban risitas y burlas. Comencé a usar un pequeño pizarrón donde escribía lo que quería decir y evitaba hablar. Mis labios se cerraron excepto para comer el alpiste que día con día se me iba antojando más por sobre cualquier otro alimento. Mi familia comenzó a avergonzarse de mí. Dejé de frecuentar a mis amistades y parientes y mi condición la mantuvimos en secreto por el bien de todos. Si alguien preguntaba, se le decía que sufría una afectación en la voz y que había enmudecido temporalmente. Yo aceptaba todo con resignación, de nada servía rebelarse, pero comencé a sentir cómo mi alma se iba saturando de tristeza.

Un día, cuando Alfredo vio que había traído del supermercado unos huesos de jibia, semillas de linaza y un libro sobre canarios, además del alpiste habitual, me increpó. Me amenazó con mandarme a un manicomio, luego su tono cambió y se hizo suplicante, deseaba con todas sus fuerzas que yo volviera a la normalidad. Me pidió hiciera un esfuerzo, él pensaba que el problema estaba en mi mente, traté de concentrarme y hablar como una persona, pero de mi boca solo salió un débil y triste gorjeo. Alfredo salió aventando la puerta y yo me derrumbé en la mesa llorando lágrimas mudas.

Las noté mientras me duchaba, dos protuberancias extrañas en mi espalda, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo. Entré en pánico, salí desnuda y chorreando agua hacia el espejo, me vi… Las vi. «Algo» me estaba creciendo. A partir de ese momento evité hacer el amor con Alfredo, no podía permitir que me viera sin ropa. También evité cualquier contacto físico con mis hijas por temor a que las descubrieran. Las protuberancias crecían día con día, no podía ignorar que se trataba de dos alas incipientes, me aislé de todos y de todo y me encerré en el cuarto de huéspedes.

Hoy una urgencia irracional me ha obligado a salir sin avisar en medio de la noche. El corazón se me quiere salir del pecho mientras me dirijo a toda prisa al Cerro de la Cruz. Subo con rapidez, como si mis pies conocieran la urgencia de mi alma y cooperaran gustosos. Por fin estoy en la cima, ¡qué bueno que no hay nadie!. Me desnudo al tiempo que veo el sol anunciarse en el horizonte, de mi garganta surge un canto de bienvenida para él, las notas son hermosas, dulces y tristes a la vez. Me acerco a la orilla del cerro, la que da al océano. Abajo, las filosas rocas son ahogadas sin misericordia en espuma de mar. Unas gaviotas revolotean sin prisa, prefiero mirarlas a ellas, las miro largamente, casi con envidia. En mi espalda siento un movimiento involuntario de mis jóvenes alas. Primero un aleteo tímido, luego un batir furioso, por momentos me levanto unos centímetros del suelo para volver a bajar. Ignoro si ya están listas, quizás les falte crecer. Delante de mí se extiende el cielo, sin límites ni fronteras. Las nubes no piden explicaciones, el viento no distingue entre aves o aviones. Me retiro de la orilla y retrocedo, tomo impulso…

790 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Relato participante en el concurso del blog El Tintero de Oro correspondiente a Junio 2024. Se homenajea al escritor Franz Kafka y su conocida obra La Metamorfosis. Se trata de escribir un relato cuyo protagonista despierte a un mundo o realidad que no acabe de entender.

Actualización: La Mujer Pájaro salió ganadora en el concurso, me siento muy honrada y muy feliz.

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Florifagia – Cuento corto.

Devorando flores

Photo by Sabina Tone on Unsplash

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era como si cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?, anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa, pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un colibrí descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nos fuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

AUTOR: Ana Laura Piera

Si te gustó este cuento puedes compartirlo o rebloguearlo. Sólo te pido darme crédito como su autora y si es posible mencionar este blog. ¡Gracias por leer!

Tengo otro cuento con la misma temática por si gustas pasar: https://anapieraescritora.com/2020/12/04/florifagia-ii/

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Historia de Amor – Microrrelato.

Amores aparentemente imposibles que sobrepasan el tiempo.

Photo by mododeolhar on Pexels.com

«Pueblo chico, infierno grande», dice el dicho popular. A las pocas horas de haberlas encontrado a punto de morir en la vieja mina, todo el mundo sabía que aquel par de muchachas adolescentes casi pierde la vida buscando quién sabe qué. Las habladurías decían que eran pareja y habían ido a la mina a cosas innombrables. Después de decir tal cosa, las personas se persignaban y pedían perdón a Dios, no fuera que del cielo les mandara una lluvia de fuego y destruyera todo, emulando el episodio bíblico de Sodoma y Gomorra.

Un mes después, ya recuperadas físicamente y además, curadas del susto, nunca volverían a la mina; disfrutaban de un helado en el parque. Sin decir nada, dejaban que sus ojos hablaran por ellas y se juraban amor eterno. Algún día emigrarían a otro lugar menos hostil que su pueblo natal.

Ya adultas, bien entradas en la tercera edad, recordaban aquel incidente entre risas y banderas, mientras marchaban, tomadas de la mano, en el día del orgullo gay 2045.

Autor: Ana Laura Piera

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Los amantes – Microrrelato.

Una tarea: escribir sobre un cuadro.

Cuadro Los Amantes . Autor: Rene Magritte.

—¡Despierten! ¿Qué carajos ven en ese maldito cuadro? —el golpe propinado en la mesa fue lo suficientemente fuerte para llamar la atención de sus compañeras.

Tina hizo una mueca de hastío mientras observaba “Los Amantes” de René Magritte. La mirada de Renata denotaba un poco más de interés. Antonio había perdido la paciencia. Debían terminar entre los tres un relato inspirado en aquel cuadro extraño y no habían avanzado nada. Renata salió de la habitación y Antonio, molesto, empezó a guardar sus cosas. Pero la chica regresó con dos pañuelos blancos y se envolvió el rostro con uno de ellos mientras le lanzaba a Antonio la otra prenda. Tina comenzó a reír estúpidamente, pero luego calló al ver que el joven imitaba a Renata. Luego ambos se acercaron torpemente y unieron sus bocas cubiertas de tela. Así estuvieron mucho rato, tanto, que Tina acabó por irse.

Fue un beso extraño, revelador. La experiencia les habló de pérdidas y no solo sensoriales, también de amigos, amores y libertades. Acabaron llorando y comenzaron a escribir sobre un amor imposible. Al terminar el borrador, Renata se acercó a Antonio, esta vez con deseo. —Nosotros no somos ellos —le dijo mirando el cuadro. Él se acercó y unió su boca desnuda a la de ella, primero tiernamente y luego con fuerza.

Años después, viviendo juntos, una pandemia azotó la Tierra y la proximidad con otros se consideraba una amenaza. Abrazados en su cama durante el estricto confinamiento, recordaban esa experiencia:

—Fue una suerte encontrarte —dijo él acariciándola.

Ella apagó la televisión con el control remoto y acercó su boca a la de Antonio. Afuera, el mundo estaba oculto, pero ellos podían verse y amarse.

Autor: Ana Laura Piera

Rituales – Microrrelato.

Photo by Damir Spanic on Unsplash

Me miró con sueño, luego de participar en el juego del amor. Era la primera vez y había sido genial. Lo que seguía eran los rituales que no siempre uno tiene ánimo de defender o explicar.

—¿No apagas el televisor?— pregunté casual, pero en realidad era una súplica. Demoró su respuesta mientras fingía acomodar las almohadas.

—La tele… ¡Ah! Me arrulla. ¿Te molesta? La dejaré solo un rato más.

«Su casa, sus reglas. Nota mental: No quedarme a dormir»

No volví a escuchar su voz, solo sus suaves ronquidos, más parecidos al ronroneo de un gato, animal que no soporto, emparejados con el movimiento de sus magníficos pechos.

«Desgraciada»—pensé mientras tomaba el control del televisor y buscaba con deseperación algo de paz.

Autor: Ana Laura Piera

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Por qué no quiero ser princesa – Cuento corto.

Para Paula, de ocho años, el día estaba resultando extremadamente aburrido, se encontraba enferma con paperas, obligada a quedarse en cama y faltar a la escuela, (lo cual no era muy desagradable, por lo menos podía dejar de ver al grupo de niñas insoportables de su salón, quienes se burlaban de ella y le decían “rara” por no jugar a las “Barbies” y por preferir hablar de lo que había visto la noche anterior en el “Discovery channel” a hablar de moda, accesorios o novios). Extrañaba sin embargo a sus maestras; sobre todo a Miss Alice, la “teacher” de Inglés, (que dicho sea de paso, era su materia favorita), pero como se suponía que no debía pararse de la cama más que para ir a hacer pipí, Paula se encontraba ya francamente desesperada.

Llegó la abuela Margarita para ayudar un poco a la mamá de Paula con la pequeña enfermita. Cuando la abuela vio y sintió con los dedos las dos enormes bolas en el cuello de Paula se espantó:

—¡Por Dios, niña!, no te levantes para nada, no te muevas, no pestañees, no respires… ¡Ay diosito, que esta niña no quede estéril o nos quedamos sin bisnietos!

Paula se rio ante las ocurrencias de su abuela, pero luego se quejó:

—Abuela, estoy muy aburrida.

—Ay niña, ustedes los jóvenes teniendo tantas cosas que antes no teníamos, se aburren con una facilidad tremenda. Pero mira, ahora remediamos eso, ¡te contaré un cuento!, así hacía mi abuela conmigo en el tiempo en que no había celulares, tabletas, juegos de computadora y demás cosas modernas. ¿Qué tal Blanca Nieves o la Bella Durmiente?

Paula puso cara de susto

—No abuela, ya conozco esas historias, por cierto… tengo una duda.

La abuela Margarita pidió paciencia al Señor, ya que sabía que las “dudas” de su nieta podían llegar a dar dolor de cabeza.

—¿Qué duda tienes? —preguntó esperando en parte que la niña cerrara el pico.

—Abuela, siempre me he preguntado… ¿Qué pasa después?

La buena señora puso cara de extrañeza

—¿Cómo?, ¿después de qué?

—Después de que se casan y viven felices para siempre. ¿Cómo sigue el cuento?

La pregunta tomó por sorpresa a la abuela:

— Pues supongo que siguen viviendo felices. ¿Qué otra cosa podría pasar? ¡Ay niña! ¡Pero qué preguntas haces!, mira mejor te traeré un jugo.

Y así Doña Margarita salió a toda prisa del cuarto de su nieta pensando que debía localizar la caja de aspirinas por si acaso. Paula se quedó esperando el jugo y se quedó dormida, tuvo un sueño de lo más loco que según contaría después, fue más o menos así:

Se vio asimisma haciendo la tarea en su habitación cuando de repente entraba Blancanieves, si, la misma del cuento, pero… algo andaba mal, sus ropas estaban viejas, su peinado se veía descuidado, se veía bastante acabada y no había nada que denotara que uno se encontraba ante una verdadera princesa. Con voz cansada se dirigió a la niña:

—Paula querida, tú querías saber que pasaba después de que el cuento termina con la frase “y vivieron felices para siempre” ¿no? Pues yo te lo diré: mi apuesto príncipe se volvió gordo y calvo, perdió todo su reino en juegos de cartas y tuve que recurrir a mis buenos amigos los siete enanos para sobrevivir. Mira mis manos, están hechas un asco de tanto lavar ropa y fregar pisos, porque no nos alcanza para pagar alguien que nos ayude con la limpieza. Mi ex príncipe se la pasa viendo televisión, no ayuda en nada, él que mató dragones y monstruos ahora le da flojera matar cucarachas. Mira, ahora vendrá una buena amiga a contarte su experiencia.

Blancanieves salió de la habitación con aire cansado y tomó su lugar La Bella Durmiente, que de bella ya no le quedaba nada y de “durmiente” menos pues se le veían unas ojeras y unas patas de gallo tremendas.

—Mi querida Paula, vete en mi espejo, en vez de estudiar matemáticas o química, me especialicé en fregar pisos y quitar polvo en casa de mi madrastra. No estudié idiomas, pero ¡ah! ¡qué bien bailé aquella noche que conocí a mi príncipe azul! A las cumbias y merengues nadie me ganaba. ¿Recuerdas que perdí mi zapatilla y él fue y la recogió y me anduvo buscando por todo su reino hasta que me encontró? Pues creo que andaba drogado o no sé, porque nunca jamás volvió a recoger ni un calzón tirado, se dedicó a sus negocios y yo pasé a ser un mueble más de su castillo. Yo pensé tontamente que teniendo hijitos las cosas mejorarían, pero no fue así, con el tiempo le dio por coquetear con otras princesas de otros reinos mientras yo cuidaba de los hijos que tuvimos, que fueron bastantitos, ya que él nunca creyó en la planificación familiar. Finalmente me desterró de sus tierras y ahora me gano la vida en una granja limpiando excremento de vaca pues por estar a su lado nunca me preparé para tener un trabajo y ganarme la vida. No dejes de estudiar niña, o te las verás negras aunque las tengas blancas. Se despidió la Bella Durmiente y entró volando Campanita.

Su tamaño era diminuto, además era insoportablemente hiperactiva, Paula tuvo que apresarla entre sus manos para que dejara de revolotear por todo el cuarto.

—¿Y tú, qué me vas a contar Campanita?

La pequeña hada contestó con voz chillona:

—Soy muy desgraciada. ¡Descubrí que Peter Pan es gay!, no le gustan las mujeres, lo cual no tiene nada de malo excepto por el hecho de que yo me ilusioné mucho con él, pero ahora resulta que sus gustos van por otro lado.

—¡Ay Campanita, ánimo!

Campanita lanzó un suspiro lastimero y luego dijo:

—Dejé de concentrarme en la escuela por pensar en él, me olvidé de mis gustos y aficiones por él, lo seguí para todos lados y ahora mira lo que resulta. ¡Anda con uno de los piratas del capitán Garfio! Por otro lado quizás fue lo mejor que me pudo pasar, ya que por el tamaño nunca hubiéramos podido funcionar como pareja. Y… bueno… también yo me encuentro confundida, hay una hada por ahí que me cierra el ojo y no sé en qué parará todo esto. Paula la vio alejarse moviendo las alas con tristeza.

Una voz la sacó de sus sueños, era su abuela:

—Ten mi niña, tu jugo. Me tardé porque me quedé platicando con tu mamá.

Paula sonrió de oreja a oreja mientras bebía el jugo con deleite.

—Abuelita, ya sé que pasó después del “y vivieron felices para siempre”

—¡Ay niña! ¿Sigues con lo mismo?

—No te apures abuelita, no tiene importancia. ¿Me haces un favor, pásame mi mochila, me pondré a repasar para no atrasarme, ¡ah! Y dame mi diario, no seas mala, quiero escribir mil veces que yo valgo por mí misma y no por estar con alguien más. Y también que debo estudiar y ser autosuficiente así ningún príncipe azul tendrá oportunidad de arruinarme la vida, también que debo vivir, tener experiencias y que no debo depender de nadie. ¿Abuela… Abuela? ¿Sigues ahí o ya fuiste por tus aspirinas? ¡Ay dios mío! ¡Mamáaa! ¡La abuela se nos acaba de desmayarrr!

Autor: Ana Laura Piera

Viaje frustrado – cuento corto.

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Cuando Ángela abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz, «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool!, se escuchaban a cada roto. Buscó el control del aparato y activó el «mute».

Entró al baño y se encontró con el desastre habitual: calzones tirados, sandalias de baño desperdigadas, el bote de basura hasta el copete. Aquello era demasiado. Miró la imagen maltratada y seca que le devolvía el espejo, se concentró en las arrugas y en los ojos cansados y sin brillo, «¿quién es esta?», pensó con amargura «¿dónde quedé yo?».

De regreso en la recámara intentó mover el cuerpo inerte de Rogelio para poder acostarse, pero no pudo. «Desgraciado, tendré que dormir otra vez en el sofá». Tras de sí dejó el uniforme de enfermera y en pantaleta y sin brasier, se dirigió al cuarto de la computadora. Primero había pensado en acostarse, se sentía cansadísima después de una dura jornada en el hospital donde trabajaba, pero decidió que al menos checaría su buzón de correo electrónico. Tenía ocho mensajes, casi todos intrascendentes, el único que le llamó la atención era uno que decía: «Reunión Familiar», lo leyó con avidez y sonrió.

La luz del día la despertó sin misericordia. En el cuarto de la computadora no había cortina así que el sol no pedía permiso para entrar. Ángela recordó el e-mail y se levantó rápidamente, tenía que hablar con Rogelio. Este aún estaba durmiendo, pero el portazo que dio Ángela a propósito, lo despertó.

—No la amueles, estoy durmiendo —dijo él con la voz pastosa de quien amanece todo crudo.

— El próximo sábado salgo para Monterrey —dijo ella en tono resuelto.

— ¿De qué hablas?

—Recibí un correo de mi primo Gustavo, toda mi familia se reunirá en Monterrey, todos, hasta la tía Doris que vive en Mérida, no puedo faltar. Gustavo guardó silencio unos segundos y luego volviéndole la espalda a Ángela dijo:

—No puedes, no tenemos dinero.

—No me importa, daré el tarjetazo, ya hice la reservación anoche. Gustavo ya no dijo nada y minutos después Ángela lo escuchó roncar de nuevo.

La perspectiva del viaje era emocionante, salir de la rutina, dejar de aguantar aunque fuera por unos días a su esposo. También se sorprendió varias veces fantaseando con no regresar. El lunes pidió permiso en su trabajo para ausentarse el fin de semana y se lo concedieron. El martes comenzó a planear lo que iba a empacar y ese mismo día por la noche un cambio extraño se operó en Rogelio, cuando Ángela llegó de trabajar lo encontró sentado en la sala en vez de tirado en la cama.

—¿Ya cenaste?, mira que preparé un espagueti, no quedó muy bueno, pero si tienes hambre…

Aquello era algo inédito, el espagueti sí estaba horrible, pero el simple hecho de que el fardo de Rogelio hiciera algo ya era mucho decir. El miércoles le habló al hospital:

—Te invito unos tacos.

Hacía ya tanto que no salían, aunque fuera a echarse unos mugres tacos, que Ángela estaba sorprendida.

El jueves fueron a bailar, entre cumbias y merengues Ángela se sentía en las nubes. El viernes Rogelio la esperó bien despierto, bañado, y perfumado y después de un largo beso hicieron el amor. Por cierto hacía ya tanto que no hacían nada, que Ángela no conocía la sensación de besar al ahora bigotón Rogelio, y por lo espeso del bigote se le figuraba que estaba besando un mapache o algo parecido. Después de hacer el amor Rogelio se portó muy tierno y caballeroso y Ángela empezó a sentirse tan amada y querida como al principio de su relación. De repente la perspectiva del viaje ya no resultaba tan atractiva. ¿Para qué irse a Monterrey y desperdiciar esta buena racha con él?, decidió que no iría a la reunión familiar.

El sábado por la mañana canceló todo y avisó a sus familiares de su ausencia, en vez del viaje organizaría una cena romántica para los dos. Rogelio estaba muy complacido del cambio de planes, Ángela se fue a hacer las compras de la cena y Rogelio dijo que iba a la farmacia a comprar unos condones.

El paquete con las fotos de la reunión llegó pocos días después, Ángela las abrió con tristeza y lloró al ver a toda su familia reunida y feliz, solo había faltado ella. Guardó las fotos en un cajón y se dirigió a la habitación que compartía con su esposo. Tuvo la sensación de estar viviendo un déjà vu:

Cuando ella abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool! Se escuchaban a cada roto, buscó el control del aparato y activó el «mute».

Autor: Ana Laura Piera

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Este relato, en la revista Masticadores Sur.