
Detesto los lugares oscuros y mal ventilados; por eso mi ventana siempre estaba abierta. Quizá llegaron a mi planta Monstera en una ráfaga de aire, o tal vez adheridos a las patas de un insecto.
No es una plaga cualquiera. Su voracidad ya costó la mitad de sus hojas a la Monstera. Tomé uno y lo puse bajo el microscopio. Son personas diminutas. Hay niños, ancianos, bebés, mujeres y hombres. Van desnudos y sus rostros están deformados por unos enormes dientes en forma de sierra, como los de los tiburones.
Su forma humana me tomó por sorpresa.
Se han extendido a otra de mis macetas y hoy encontré uno vagando por la cocina. Sentí un incipiente dolor de cabeza. Por impulso, apoyé mi dedo índice sobre él y dejó de moverse. Impregné algodón con alcohol y lo pasé con fuerza por las hojas y tallos de mis pobres plantas. Al hacerlo, la torunda se saturó de un líquido rojizo y otras cosas que prefiero no imaginar. Puse mis fumigantes habituales, no solo en mis plantas sino en toda mi casa. Por último decidí poner un mosquitero.
Esta madrugada, el silencio se rompió con un roce metálico contra la ventana.
Me acerqué al mosquitero recién instalado y pude oír el chirrido rítmico y persistente de cientos de dientes tratando de serrar la malla…
Autor: Ana Laura Piera.
Nota: relato inspirado en una lucha real vs. una plaga de cochinilla de escama en mi Monstera deliciosa.
