Deseo bajo el tablado – Cuento corto ambientado en el Siglo de Oro Español.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro de junio. Hacer un relato de no más de 900 palabras ambientado en el Siglo de Oro. Si deseas ver el resultado del concurso da clic AQUÍ.

—¿Dónde está Mencía? ¡Estamos por iniciar!

Baltasar de Prado, el autor de comedias, se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del pueblo llano que se encuentran en el patio.

Pasan unos minutos antes de que haga su aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.

—¿Pero por qué tardas tanto, mujer?

—¡Pardiez, que no es mi culpa! —replica ella, acomodándose el jubón—. El culpable es el mozo, que se ha demorado en fijar mis calzas.

—¡Todos en posición! ¡Música!

Detrás del paño que separa el escenario de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y las miradas se clavan en el tablado, aún vacío, del Corral de la Cruz.

Termina la música y sale Mencía, interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.

Hombres y mujeres enmudecen mientras miran fascinados el jubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.

En lo alto, desde su aposento privado y alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas, expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras, lejos de su mujer.

Debajo de los soportales del patio, otro hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el pliego de censura de la Inquisición.

La obra avanza hacia su final: Mateo desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público. Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía, tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece. También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud al fraile. Ya no está.

Músicos y actores salen y bailan con energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño. El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unos reales de plata.

—Hay un caballero adentro. ¡Trátalo bien! —le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.

—¡Te exijo que dejes el teatro para siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! —le dice su amante, Álvaro de Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.

Antes de que ella conteste, irrumpe fray Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta impedirle el paso.

—¡Esto es intolerable! —dice el religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía—. Me gustaría saber qué pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.

—Vuestra reverencia, le ruego reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro —suplica Baltasar.

—¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!

Don Álvaro titubea, lanza una mirada de preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con Baltasar, que tiene el rostro desencajado.

—¿Qué desea vuestra merced? —pregunta Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.

—Sabes que puedo enterrarte en vida en los calabozos de la Inquisición.

—No hacemos nada malo.

—Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.

Mencía obedece extrañada.

—Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?

—Mateo

—Ven, acércate, «Mateo». Mencía se acerca. El fraile la mira embelesado—. Dame un beso en la boca.

—Pero… padre…

—¡Si no lo haces te mandaré a la hoguera!

Mencía acerca sus labios a los del fraile y en el último momento gira hacia su oreja.

—¡Es usted un hipócrita y arderá en el fuego eterno!

—¡Bruja! ¡Súcubo del infierno!

—Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios y su juicio no puede esconderse.

El fraile se achica, se derrumba y llora mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse del posesivo Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera


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Notas:

En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral. Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.

En el Siglo de Oro español, los mosqueteros eran los hombres del pueblo llano que ocupaban de pie el patio central de los corrales de comedias. Eran el público más numeroso, bullicioso y temido, ya que tenían el poder de consagrar o hundir una obra mediante sus reacciones inmediatas.

Si quieres saber más y ver una foto de un corral de comedias, da clic ACÁ.

Esta vez mi relato obtuvo mención honorífica. Muy agradecida a mis compañeros del Tintero de Oro que me otorgaron su voto. Les invito a leer otras participaciones.

El Carnaval. Microrrelato.

Relato que participa en el microrreto de marzo de El Tintero de Oro: (Microrrelatos de la bestia). El requisito es que el diablo sea protagonista o personaje secundario. También participa en el VadeReto de febrero, siendo el requisito que incluya un disfraz y ocurra en carnavales.

250 palabras.

Desde el púlpito, el padre Gabriel exhortaba a sus feligreses a portarse bien durante el carnaval:

—¡No quiero enterarme de que alguno ande borracho y en malas compañías! ¡Mujeres, quédense en sus casas pidiendo por los pecadores en estas festividades de dudoso provecho!

La gente salió de misa sintiéndose regañada. Las tres beatas del pueblo: Dolores, Refugio y Patrocinio, miraban a todos con caras de: «ya lo dijo el padre, ¡compórtense!»

El cura se quedó guardando objetos litúrgicos, mandó decir que ese día no habría confesiones, pues se sentía mal, y salió corriendo a la casa parroquial.

Una vez en su sencilla habitación, impregnada de humedad y aroma a cirios, sacó de una cómoda una prenda envuelta en papel oscuro. La retiró con delicadeza de su envoltorio mientras su respiración se hacía más agitada. La tela de satín rojo atrajo las manos de Gabriel como un imán. La acarició con manos trémulas y pasó sus dedos por los cuernos plateados de la capucha. Luego miró con ojos entornados la máscara de gesto maligno. Se puso el disfraz con devoción, como cuando se vestía para la homilía, y se contempló en un espejo. Su rostro se ensombreció cuando vio reflejado el crucifijo de su cabecera, donde un afligido Cristo lo miraba con dureza. Gabriel lo descolgó y lo guardó en un cajón. Luego se puso la máscara. El espejo reflejó un demonio de ojos ardientes.

De lejos le llegaron la música y el jolgorio. El carnaval acababa de iniciar.

Autor: Ana Laura Piera.

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«Tartufa» – Microteatro.

Mi participación en el reto del microteatro de Merche, escribir una pequeña pieza que incluya un personaje parecido al «Tartufo», de Moliere.

Escenario: El comedor de una casa

Personajes: Altagracia, Adelinay Manuel (marido de Adelina)

Altagracia y Adelina entran en escena, vienen de la calle, secándose el sudor.

Adelina: ¡Uff! ¡Qué alivio llegar a casa! Hacía un calor tremendo y el padre Benigno se extendió demasiado en el sermón ¿No te parece Altagracia?

Altagracia: (Persignándose exageradamente) ¡Calla! Eso que dices ofende a Dios. No hay nada mejor que pasar nuestro tiempo en la iglesia escuchando el mensaje que nuestro Señor tiene para nosotros. Yo en tu lugar reflexionaría mucho sobre esto y me arrepentiría de tan malos pensamientos. Te vendría bien rezar unos cuantos rosarios y padres-nuestros para que te des cuenta de lo mal que estás.

Adelina: (Avergonzada). Sí, tienes razón.(Animada) ¿Te ofrezco algo de tomar? Tengo agua simple o también te puedo convidar de las cervezas de mi marido. ¡Están bien heladitas!

Altagracia: (Persignándose) ¿Estás loca? ¿Cerveza? Sé que no nos conocemos de hace mucho y quizá por eso te atreves a tentarme con cerveza. (Se saca del pecho un crucifijo y se lo pone frente a la cara a Adelina, tipo escena de El Exorcista). ¡No me vuelvas a ofrecer esas bebidas del diablo! Es más, ¿dónde están? Ahorita mismo te ayudo a vaciarlas por el excusado.

Adelina: (Asustada). No, no, si no son mías, son de Manuel ¡No se las puedo tirar! Perdóname por ofrecértelas, pensé que con el calor…

Altagracia: (Interrumpe, indignada). ¡Pensaste mal! ¡Y para colmo en Domingo, que es día del Señor! (Levanta los ojos al cielo y luego se vuelve a persignar). Yo creo que te equivocas al tolerar que tu marido guarde esa bebida satánica en tu hogar.

Adelina: (Ofreciéndole a Altagracia un vaso de agua). Espero que esto sí sea de tu agrado.

Altagracia: (Muy digna acepta el agua y bebe). Bueno, y a todo esto, ¿en qué trabaja tu marido?

Adelina: Manuel es el gerente de un supermercado.

Altagracia: ¡Con razón! Los supermercados están llenos de tentaciones: vino, licores, cervezas, ¡condones! No me extraña que tu marido sea un alcohólico.

Adelina: (Molesta) ¡Oye! ¡Manuel no es alcohólico!

En ese momento se abre la puerta y entra Manuel. Altagracia se asombra y trata de taparse la cara con las manos. Sus esfuerzos resultan cómicos.

Adelina: (Extrañada de los movimientos de Altagracia). Mira Altagracia, llegó Manuel, ahora lo vas a conocer. Amor, te presento a mi amiga de la iglesia, Altagracia.

Manuel: ¡Hola! ¡Pero si yo ya conozco a esta señora! ¡Es Altagracia Carreño! La dueña de «Vinos y Licores Los Carreño»

Adelina: (Asombrada) ¿¿¿¡¡¡Quéeee!!!???

Manuel: Todas las semanas nos surte. ¿Verdad doña Altagracia? Por cierto, muchas gracias por esas muestras gratis del nuevo anís que me recomendó, está muy bueno, le voy a encargar varias cajas. Estoy seguro que se venderá muy bien.

Altagracia: (Tapándose la cara y haciendo graciosa huida). Perdón, perdón, debo irme, se me hace un poco tarde…

Autor: Ana Laura Piera

Este relato en Masticadores Sur

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«Agua de Fuego» – Microteatro

Mi participación en el «reto del Microteatro del mes de Abril» de la compañera Merche desde el blog «Literature and Fantasy blogspot.com» deberá versar sobre el agua ya que se inspira en el refrán: » En abril, aguas mil».

Escenario:

La escena es una selva tropical.

Personajes:

Robinson Crusoe y Viernes, sentados en un claro de la selva

Viernes (haciendo seña de que necesita beber algo, Robinson toma un coco y le ofrece, pero Viernes la rechaza con vehemencia y vuelve a hacer seña de que necesita beber)

Robinson:

—¿Y ahora qué mosca te ha picado Viernes? ¡Decídete!

Viernes: (Haciendo un gran esfuerzo en hablar y haciendo señas de que necesita beber)

—Yo… Necesitar… Agua, agua de fuego.

Robinson: (Extrañado)

—¿«Agua de fuego?» ¿De qué hablas?

Viernes:

—Agua de… Fuego… ¡Yo querer!

Robinson:

—No te entiendo.

Viernes: (Se para)

—Yo querer… Agua que… Se siente… Como fue…go (se toca la garganta de forma dramática como si le quemara) y también… Te pone… Feliz (y hace un bailecito torpe con cara de tonto)

Robinson se le queda viendo aun sin entender.

Viernes:

—¡Agua de… Fue…go! (Y hace gesto de que bebe algo y luego se pone a caminar tambaleándose, luego va y simula vomitar, luego se acuesta en el piso y hace como que duerme y ronca, luego se levanta y mira a Robinson, expectante).

Robinson:

—¡Vaya! (Robinson se levanta enojado) Agua de fuego… Agua de fuego… ¡Granuja! Seguramente me has espiado y a mis espaldas te has echado tus tragos. ¡Quieres alcohol! Creo que te he dado un muy mal ejemplo Viernes. No te puedo dar de esa agua, es mala para ti. (Dice enfático)

Viernes: (Enojado)

—Amo… ¿Por qué… Tu… Sí y yo no?

Robinson:

—Ya te lo dije Viernes, el agua de fuego es dañina. No quiero que te envicies. (Luego, mirando al público y diciendo como un secreto), «además las pocas botellas que pude rescatar del naufragio son limitadas y si Viernes se aficiona se acabarán antes de que me rescaten». (Se dirige a Viernes) ¡Te prohíbo que tomes «agua de fuego»! ¡Y deja de espiarme o te golpearé tan fuerte que te dejaré sin dientes!

Viernes baja la cabeza y luego camina hacia el público:

—Amo malo, yo… No… Entender.

Viernes recoge un coco y se pone a cortarlo (de mala gana) para poder beber agua de coco, Robinson aprovecha que está distraído y saca una botella con «agua de fuego» y toma un trago a escondidas y luego guarda la botella con rapidez. Mira al público y pide discreción a señas.

Autor: Ana Laura Piera

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Lobos vestidos de ovejas – cuento corto.

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Mi participación en el Va de Reto, que este mes va del género epistolar, la idea es escribir una carta y yo he decidido montarme en mi máquina del tiempo a la época de los primeros cristianos. No soy nada religiosa pero de chica me hicieron leer mucho ese libro enigmático que es la Biblia, y decidí que mi carta tendría lugar nada más y nada menos que entre el apóstol Pablo y un fiel de la ciudad de Colosas, llamado Filemón a quien Pablo antes ya le había escrito una misiva (La Epístola a Filemón) pidiéndole que aceptara a un esclavo fugado llamado Onésimo. La carta que escribo es totalmente ficticia, aunque Pablo, Filemón, Onésimo, Silas, Apia y Arquipo son nombres mencionados en el Nuevo Testamento.

Filemón, siervo de Jesucristo, a Pablo, apóstol y amigo. Gracia y paz para ti.

Sé por Silas que te encuentras muy fatigado, que tu situación no es buena y que Roma te ha tratado mal. A pesar de todo, sé que eres fuerte y que vives tu prisión con la fortaleza que solo puede darnos la fe en nuestro Señor, a quien tú me presentaste cuando era aún un gentil* y por quien caí de rodillas para servirle eternamente.

En tu última carta me pedías que recibiera de nuevo a Alejandro, el último esclavo fugado. Me pediste que, al igual que había sucedido con Onésimo, lo recibiera, ya no como esclavo, sino como hermano amado. Por el amor que te tengo, y la positiva experiencia vivida con Onésimo —a quien vi crecer en fe, amor y lealtad—, decidí darle de nuevo a Alejandro un lugar en mi casa.

Alejandro regresó con una actitud sumisa que tomé por buen augurio. Pensé que, seguramente el Señor había cambiado su corazón. Consciente estaba yo de que ya no podía tratarlo como esclavo, pero aún tenía que ganarse el pan bajo mi techo. Le puse de encargado de la bodega y mi sorpresa fue mayúscula al encontrármelo borracho en horas de trabajo. Mandé que lo llevaran a su aposento y al otro día, tomando en cuenta su situación de recién converso, le recriminé tiernamente sobre su actitud. Me pidió perdón, oramos juntos y pedimos al Señor que le diera la fortaleza necesaria para vencer las tentaciones con las que el enemigo nos quiere hacer flaquear.

Debo decir que quedé tranquilo hasta que otro día me reportaron otro incidente en el almacén: trigo, vino y miel faltaban en cantidades importantes. Alguien había visto a Alejandro vendiendo estas cosas en el mercado. Lo mandé traer y con gran aspaviento me recriminó que lo que yo le pagaba no era suficiente, me acusó de cometer el pecado de la avaricia y de no dejarle otro camino mas que robar. Quedé atónito, pero decidí que quizás tenía algo de razón. Le pedí perdón y pactamos un mejor sueldo para él. Nos arrodillamos y sellamos ese nuevo trato pidiendo la bendición divina.

La gota que derramó el vaso fue cuando mi mujer, Apia, me dijo que Alejandro había sido visto saliendo en paños menores de la habitación donde duermen las esclavas. Haciendo indagaciones descubrí que había forzado a una de ellas, con tanta violencia que la pobre muchacha quedó marcada en el rostro de por vida. Pedí que lo trajeran a mi presencia y cuando lo tuve frente a mí ya no pude tratarle con amor, le azoté y le recriminé actos tan reprobables. Me pidió en tu nombre que le perdonara nuevamente, pero decidí llevarlo ante las autoridades, donde presenté acusación por su fuga anterior, por robo y abuso de confianza.

De la noche a la mañana me convertí en la comidilla de todos por este penoso asunto. Muchos gentiles que estaban a punto de volverse cristianos, recularon de su decisión. Los cristianos me acusaron de no saber llevar las riendas de mi casa y de no haber hecho lo suficiente por Alejandro. Yo mismo he visto mi fe mermada por este incidente. Me duele mucho darte estas noticias, sabiendo lo frágil que te encuentras, pero era preciso que supieras esto de mi puño y letra. Espero entiendas mis razones. No temas por mi fe, estoy pidiéndole a Dios que me fortalezca y me afirme aún más que antes.

Con Silas te mando algo de dinero para paliar un poco tus necesidades. Le pido a Dios incansablemente por tu liberación y que me conceda verte pronto aquí, en Colosas**, donde está tu casa.

Te saludan mi mujer, Apia y nuestro hijo, Arquipo. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con tu espíritu. Amén.

Autor: Ana Laura Piera

*Gentil: pagano

**Colosas: antigua ciudad de Frigia, en la península de Anatolia. (Actual Turquía).