Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras que cumpla con ser intertextual. (Inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época…)
Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.
Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermanoÍcaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!
Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera! ¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?
Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.
Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo —apenas un punto insignificante—,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.
Mi competencia: felizmente eliminada.
197 palabras
Autor: Ana Laura Piera.
Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.
Te invito a leer una reflexión sobre este relato en Reflexópolis.
Cliquea en la imagen para ir a la página de El Tintero de Oro donde encontrarás muchas cosas interesantes. Vamos al relato…
Una sombra se introdujo en la habitación del enfermo. Olía a una mezcla de medicinas y orines, un olor que por más que se limpiara permanecía acechando todo el tiempo, como un animal.
Tiempo atrás, como una flor marchita que se deshoja en el viento, Francisco Olvera había empezado a soltar sus más oscuros secretos. Afectada su psique a causa del daño causado por diversas enfermedades debilitantes, salieron a la luz infidelidades sin fin y el hecho de tener, oculta, a otra familia.
A pesar de la oscuridad, la sombra se movió con precisión, pues conocía el dormitorio de memoria tras mucho tiempo de entrar y salir de él llevando alimentos, ropa limpia, medicinas y productos de aseo.
Olvera siempre aparentó ser un hombre intachable y exigió esa misma rectitud a los de su casa. Reaccionaba exageradamente ante cualquier falta, por nimia que fuera, y le hacía la vida imposible a su mujer, Clara, celándola al extremo, temiendo que quizás ella también era capaz de lo mismo que él. Sintiéndose traicionados, y sin poder reclamarle nada, pues Francisco ya no los reconocía, sus dos hijos se negaron a volverle a ver.
La sombra sacó del armario una almohada y se acercó al espantapájaros que dormía en el lecho. Colocó la almohada sobre el rostro que adivinaba enjuto y aplicó toda la fuerza de que era capaz para impedirle la respiración. El hombre comenzó a moverse, pataleó e intentó con débiles esfuerzos quitarse aquello que lo ahogaba.
Mientras aquella boca vomitaba los escabrosos detalles de su doble vida, Clara se perdía en preguntas sin respuesta: ¿Por qué ella no había sido nunca suficiente? Recordaba cuando él regresaba de alguna de sus continuas ausencias, siempre buscando la menor excusa para acusarla de deslealtad. Y después, cuando tenían sexo, ¿estaría él pensando en alguna otra mujer? A veces, asqueada, dejaba de atenderlo con el esmero que siempre había puesto desde el momento en que cayó enfermo, hacía ya varios años.
En minutos, el cuerpo quedó laxo. Cuidadosamente, la sombra devolvió la almohada a su lugar y salió para dirigirse a la cocina donde se preparó un té. Por primera vez en mucho tiempo Clara sintió paz. Ahora solo faltaba organizar el funeral.
Al cesar el flujo de información, la detectiveGreta Sánchez se tambaleó y tuvo que apoyarse en la reja del jardín, que crujió ante el embate de su cuerpo, que además de alto, cargaba algunos kilos de más. Clara, la viuda, pensó que aquella enorme mujer que se había presentado como una nueva vecina se estaba sintiendo mal y le ofreció agua. Greta siempre se mareaba cuando leía en los ojos de las personas y todo tipo de datos comenzaban a llegarle de la nada, como si su mente fuera una antena. Los ojos cansados y tristes de Clara le habían revelado muchas cosas. Clara insistía que pasara al interior de la casa y tomara un poco el fresco. Envez de eso, Greta se despidió precipitadamente y retornó a su diminuto y caótico departamento, donde se puso a calentar comida congelada, que acompañó con varias cervezas mientras rumiaba sus pensamientos. Con la información que tenía no sería difícil hacer confesar a la viuda.
Esa noche a Greta le costó mucho trabajo conciliar el sueño.¡Francisco se parecía tanto a su propio padre! Un hombre vil y mentiroso que siempre antepuso su placer a su propia familia.Recordó a su madre y todas las penas sufridas a causa de su marido.
Al otro día se entrevistó con la mujer que la había contratado: Luz Olvera. Era un personaje desagradable y nervioso, con cara de halcón, que no paraba de pasar unas llaves de una mano a la otra.
—Y bien detective… ¿Qué pudo averiguar? ¿Lo mató la perra de mi cuñada verdad?
Greta fingió repasar las notas de su libreta, luego se pasó la mano por su melena corta y descuidada y en la que ya se asomaban algunas canas, después miró fijamente a su interlocutora, tratando de que su «antena» no captara nada, esto requería a veces de un gran esfuerzo, pero era necesario para no enloquecer.
—Lo siento, no encontré nada extraño, su hermano murió de un paro respiratorio, tal como lo determinó el médicode la familia.
Luz hizo un mohín de disgusto y decepción y sacó su cartera para pagar los honorarios de Greta. Mientras lo hacía, esta pensaba en que debería de dejar los sentimentalismos de lado, su negocio como detective psíquica no marchaba bien y este tipo de cosas no la ayudaba. La mujer salió de su oficina dando un portazo pero Greta se sintió aliviada. Su mano buscó en un cajón de su viejo escritorio y sacó una botellita de whisky, le dio un trago largo y pensó: «Mañana será otro día».
801 palabras.
Autor: Ana Laura Piera
Relato ganador de El Tintero de Plata XXXI edición.
De todos los infames lugares donde ha estado nuestro circo, Santa Rosa ha sido el peor. Ahí el aire es puro polvo que se mete en la boca y cuando menos te das cuenta lo estás masticando. El calor es atroz y el trabajo que exige nuestro oficio hace que sudes todo el tiempo. Ha sido en Santa Rosa que me he descubierto en el cuerpo olores desconocidos y tan nauseabundos que poco ha faltado para desmayarme. Los animales sufren también y exigen agua todo el tiempo. Ricardo la ha pasado mal acarreándola de quién sabe dónde para mantenerlos frescos. Recuerdo que cuando Ricardo llegó al circo con sueños de ser payaso, mi padre, un matador de sueños nato, le dio empleo como cuidador de animales; ya que en su opinión, no tenía la gracia necesaria para ser un buen payaso y le recomendó que en sus tiempos libres practicara con los trapecistas, cosa que el pobre hombre jamás intentó. Por cierto, le pusimos de apodo «el chino», precisamente por tener el pelo demasiado lacio. Lo sé, son bromas que solo a los mexicanos nos hacen reír. En una ocasión me declaró su amor y yo lo mandé a la «chingada» como decimos acá. El «chino» nunca me agradó.
A pesar de ser un pueblo de mierda (o tal vez por eso), nuestro circo ha causado furor. Hacía mucho no teníamos tal aforo. Para alegría de mi padre y pesar de todos los demás, nos quedaremos una buena temporada. «Santa Rosa es una mina de oro», dice el viejo mientras se frota las manos pensando en las ganancias, y brinda con una cerveza tibia, aunque al acabársela disimule no sentir entre los dientes el inevitable polvo de este pueblo ingrato.
En una de nuestras funciones noté a un joven que me miraba con insistencia. Al principio pensé que mi número como domadora le había impresionado. Pero cuando lo volví a ver en la segunda y tercera función y luego al otro día en las dos primeras, ya no podía negar que aquello era bastante inusual y que definitivamente no eran los tigres y los leones lo que lo atraían. Antes de empezar la tercera función lo busqué entre el público que hacía fila y cuando nuestras miradas se encontraron, le hice señas que me siguiera. Caminé con prisa mal disimulada hasta detrás de uno de nuestros maltrechos tráileres y cuando me alcanzó nos fundimos en un beso que me dejó las piernas temblorosas y la mente tan distraída que aquella noche casi olvido sacar la cabeza de las apestosas fauces de un tigre de bengala.
Era tan perfecto como un ángel y en el colmo de la perfección su nombre era Gabriel. A veces, en vez de practicar con mis felinos, me iba con él a hacer exquisitos malabares boca a boca y locas acrobacias corporales. Fue «el chino» el que se dio cuenta de lo que pasaba un día que nos sorprendió haciendo un «triple mortal» en mi tráiler. A pesar de que la gente del circo es bastante unida, este hijo de puta le fue con el chisme a mi padre. Se armó un alboroto tremendo ya que, no es bien visto que la gente de circo tenga amoríos con los de «afuera». La idea es que ellos no entienden la vida del cirquero y es difícil que se adapten a las duras condiciones de vida e incomodidades que conlleva. Uno de «afuera» puede desestabilizar la vida del circo, cosa que mi padre no estaba dispuesto a arriesgar. Me exigió que no le viera más y no contento con eso, él mismo habló con Gabriel y le prohibió pararse en el circo a buscarme.
Nunca había sentido necesidad por nada o nadie excepto el circo mismo, pero cuando dejé de ver a Gabriel fue como si mi sangre no tuviera ya la fuerza para seguir corriendo por mis venas. Me tumbé en mi cama y no quise salir. No había nadie que me supliera y mi número era uno de los «fuertes». La gente se quejaba por no ver a la «Güerita de los Leones».
Pasaron los días y me repuse a medias, la vida en el circo te enseña a ser duro y uno aprende de todo: de los animales que viven lejos de su hábitat, de los extranjeros que viven lejos de sus familias, de los payasos que, envueltos en una gran pena aún saben salir a hacer reír. Volví a meter mi cabeza en las fauces de mis tigres y a pasar a mis leones por aros ardientes. Disimuladamente buscaba a mi ángel entre el público, aunque sin éxito, y supuse con tristeza que él me había empezado a olvidar. Afortunadamente los nutridos aplausos que recibía, me hacían sentir un poquito menos miserable.
Llegó el día en que nuestro circo por fin se despedía de Santa Rosa, yo tenía el corazón dividido, la parte que aún pensaba en Gabriel deseaba quedarse y la otra parte deseaba irse lo más lejos posible. Los cirqueros recogieron todo: animales, carpas, escenografía, alistaron los tráileres. Pronto estábamos en movimiento alejándonos del pueblo. «El chino» me miraba con sonrisa de satisfacción. De repente, alguien gritó. Señalaban el camino recién recorrido, algo pasaba. Todos volteamos desde nuestros carros para ver una figura diminuta seguida por una nubecilla de polvo; eso fue al principio, luego se fue haciendo más visible. Aminoramos el paso, los elefantes barritaron, los monos aplaudieron. ¡Gabriel venía haciendo malabares sobre un monociclo!, vestía de blanco y traía dos alas pegadas a la espalda que se movían disparejas con el viento. Sonreí toda, ¿saben lo que es eso?, sentir TODO tu ser sonreír, desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie. Mi padre me miró aprobatoriamente y al «chino» no lo vimos más.