Historia secreta del viejo de rojo. Cuento Corto.

Lo que no sabíamos de»Santa»

(Historia no apta para menores de edad, esto no es un cuento infantil. Es una sátira Navideña)

Una fría mañana en el Polo, en vísperas del «Gran Viaje», Santa Claus se dio cuenta de que uno de sus preciados renos había desertado. El asunto le dolió en el alma, no tanto por el aprecio al animal sino porque el reno fugado era uno de los pocos que conocían su “historia secreta”. Ahora que los medios pagaban buen dinero por chismes de la farándula, temió que sus intimidades le dieran la vuelta al mundo. No estaba tan equivocado.

Conocí a Rodolfo en un bar de mala muerte en la ciudad rusa de Kirovsk, al norte del círculo Polar Ártico. Aceptó hablar conmigo a condición de no tomar fotos, pagar unas cuantas rondas de vodka y darle el dinero suficiente para viajar más al sur. «Un lugar calentito, donde pueda andar en pantalones cortos» —me dijo.

Desde su fuga había cambiado bastante; el hechizo con que Santa mantenía a todos los renos «apentontados» había desaparecido y frente a mí tenía a un enano negro. Se caracterizan por una barba de color negro azabache y una piel del color de la nieve más pura. De su antiguo estado como “Rodolfo el Reno” solo conservaba la nariz roja, aunque por el tufo a alcohol que despedía, pensé que más que por el frío, su «peculiar nariz» se debía a la infinidad de tragos que traía encima.
Olfateando una gran exclusiva, inicié la entrevista preguntándole si los renos de Santa eran todos enanos hechizados como lo había sido él.

—Mira, el grupo de renos del «Viejo de Rojo» —así le decimos todos los que lo conocemos en persona— fuimos una banda de enanos mal portados: fumadores, adictos al sexo y a las fiestas. Fuimos desterrados de nuestro reino y condenados a ser sus servidores, ese fue nuestro castigo.

Otra de las cuestiones que abordé era si Santa era un hechicero o tenía conocimientos sobre el tema; pregunta lógica dadas las circunstancias de sus ayudantes. En ese momento el camarero se hizo presente con las bebidas y traía también un típico pan aromático que Rodolfo rechazó con un gesto.

—No es hechicero, pero un ancestro de él sí lo fue y conserva un libro de artes oscuras que en su familia han venido conservando de generación en generación. Cuando vio que éramos demasiado rebeldes para ayudarlo, decidió lanzar un encantamiento que nos convirtió a todos en renos. Por cierto que el viejo vendió ese hechizo por muy buen dinero y próximamente va a salir en una serie épica de Netflix que va a opacar todo lo visto hasta ahora. ¡Imagínate, no serán efectos especiales sino algo real!

Hice una anotación mental para averiguar más sobre la dichosa serie. Ante la pregunta inevitable de cómo había logrado escapar y se encontraba ahora en Kirovsk contestó:

—Aproveché un descuido del viejo. En vísperas del «Gran Viaje», (la gira mundial anual repartiendo regalos), al pobre hombre le entraron unas ganas inmensas de platicar. Desde que su mujer lo dejó por “voyeur” —últimamente le gustaba mirar dentro de los iglús a horas inapropiadas de la noche; los esquimales casi lo linchan— al viejo le entró una nostalgia enfermiza y como siempre he sido yo su paño de lágrimas…

—¿Su paño de lágrimas? —interrumpí —¿Cómo podías platicar con él siendo tú un reno?

—El viejo me daba un bebedizo, mezclado con un poco de vodka y en cuestión de minutos el embrujo que hacía que yo fuera un animal, comenzaba a desaparecer hasta que dejaba de serlo. Entonces nos poníamos a platicar y a beber como cosacos, y él me confiaba sus cosas. La última vez que esto sucedió, decidí escaparme, y así en cuanto sentí que podía discernir entre derecha e izquierda, aproveché que el viejo había ido a hacer pis y me fugué.

Al ver que Rodolfo ya había terminado la ronda de vodkas, le hice una seña al camarero para que trajera otra. Decidí lanzarle una pregunta inofensiva y le pregunté cuál había sido el último gran disgusto de Santa.

—No estuve presente, pero seguro que cuando descubrió mi fuga debió ponerse como energúmeno. Pero bueno, si he de recordar algún otro momento, creo que jamás lo vi tan enojado como cuando Luis Miguel sacó su disco “Navidades”. Cuando escuchó “Santa Claus está en la Ciudad” se puso como loco, gritó que solo faltaba que el fulano sacara un sencillo titulado “Pimpón es un Muñeco” y que prefería mil veces a Raphael con “El Niño del Tambor”.

Sonreí. Venía ahora una pregunta que, dado el nivel de alcohol que Rodolfo ya traía en la sangre estaba seguro me respondería sin empacho.

—¿Cómo es Santa en la intimidad?

—Muy tierno y cariñoso… ¡Eh!¡No! ¡No pongas eso!

Decidí entonces pedirle que para entender mejor la personalidad de Santa me detallara lo que había en su mesita de noche y debajo de su cama. Medio atolondrado ya por los vodkas contestó:

— A ver, mesita de noche: viagra, una revista Play Boy del año del caldo, una tanga que usó un verano en la playa, cuando tenía 20 años. Un retrato de sus papás y hermanos jugando en la nieve; una foto de la Tierra tomada desde la Estación Espacial Internacional. Debajo de su cama: unos calzones olvidados tamaño “casa de campaña” de la Sra. Claus. Una noche de copas se quedaron ahí atorados y no han vuelto a ver la luz del sol. También hay unas trusas de hombre —seguro, segurísimo son de él—, unos patines de hielo, pues adora patinar, también una caja llena de fotos de niños de todo el mundo. ¡Ah! y su AB Shaper para bajar panza, que por cierto jamás ha vuelto a usar después de una breve sesión de 5 minutos.

—¿Y tú cómo sabes tanto?

Con voz pastosa de borracho y con la lengua ya estorbándole en la boca contestó:

—Ah, este… Bueno es que yo era personal de confianza, no sindicalizado. Mejor ya no sigas preguntando…

Autor: Ana Laura Piera

Esta historia la publiqué originalmente el 21 de Diciembre del 2006. Le he dado una «manita de gato» para actualizarla un poco.

Xoloitzcuintle – Cuento corto.

Un perro entabla un diálogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de México. ¿De qué hablarán?

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX


La vida en la Ciudad de México es muy ajetreada: todos los días por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehículos y perros callejeros. Un día por la esquina de las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condición que no se advertía a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endémica de México, muy apreciada y con una estrecha relación con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y después se convirtió en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispánica con la imagen de una cabeza de serpiente. Esta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo están ocultos.

La serpiente de piedra olió al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en México a esta raza en particular), y se estremeció, pero no dijo nada. El animal empezó a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Así pasó un rato.

—¿No te molesta no poder ver? —preguntó al fin el “xolo”.

—No —dijo la serpiente—, me dejaron libre lo más importante, mi nariz. A través de ella puedo oler y así percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso —dijo refiriéndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlán, capital de los Mexicas.

—¿Hueles la ciudad? —preguntó el “xolo”.

—Sí. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte.

El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear también aquellos recuerdos.

—Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. Se refería a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que había estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra exactamente iguales a su interlocutora.

La serpiente suspiró. Fue un suspiro largo y nostálgico. Llevaba casi quinientos años «incrustada» de forma humillante en aquel edificio colonial.

—Si quieres —dijo el “xolo”—, te puedo liberar. Lo sabes bien.

—No, déjame un rato más aquí. Tengo la esperanza que un día caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, saborear con mi lengua su destrucción.

—No apostaría a eso —respondió el “xolo”—, pero bueno, es tu elección. Me voy. Regresaré después a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo seré quien te guíe. Ese día descansarás.

La serpiente suspiró nuevamente y luego calló. La gente que pasaba no advirtió que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacía se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza, llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufrió otra transformación: su cuerpo de perro cambió a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xólotl, el dios prehispánico del ocaso y de los espíritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, el inframundo.

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

Autor: Ana Laura Piera

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De Magos y Estrellas – Microrrelato.

Una vez hubo un mago enamorado de una estrella…

El anciano miraba desde la torre más alta del viejo castillo. Iba de cuarto en cuarto, asomándose en todos los balcones, esperando tener una mejor perspectiva del cielo nocturno, pero todo era en vano. Llevaba varias noches buscándola y no encontraba su estrella, esa que era la luz de sus noches, la blancura de sus horas, la frialdad gaseosa que a pesar de su naturaleza gélida, mantenía tibio y latiendo su corazón. «Alhena, Alhena, ¿dónde te has metido? ¡Esto es horrible!»

Alhena la brillante, la hermosa, la rebelde que una noche dejó su nación de estrellas y bajó a la tierra, enamorada de un mago. Consumada su unión, ella tuvo que regresar a su puesto en el cielo y desde ahí lo había amado fiel y constante. Fue testigo de los estragos del tiempo en su amante, vio la noble barba oscura convertirse en una cascada nívea, el liso de su frente volverse barrancas de sal. Él había cambiado tanto, pero el amor que se tenían era inmutable. Vencido por una tristeza mortal el mago se dirigió a su habitación. Tras incontables horas de derramar lágrimas, estas hicieron un río debajo de su lecho, diminutos peces nadaban en él siguiendo el curso del agua hasta el sótano. Libros y muebles flotaban en aquella tristeza acuática que minaba los cimientos de la antigua construcción.

De repente, en medio de la oscuridad, un tímido destello se hizo presente dentro del dormitorio del anciano. Este mantenía cerrados los ojos y no lo percibió sino hasta que el fulgor se había vuelto tan brillante que era imposible ignorarlo. «Oh mi amor, mi dulce amor. Thuban, no llores, mírame, aquí estoy, ya es hora». Thuban, el mago, abrió los ojos y de inmediato fue cegado por la luz de Alhena. Sus ropas se vaporizaron y quedó desnudo. Oleadas de un placer celestial inundaron al viejo, su cansado cuerpo se estremecía y con cada movimiento la juventud perdida regresaba a él. Entonces, carne, huesos y gases helados, se fundieron gozosos para siempre y se elevaron despacio rumbo a su lugar eterno en la noche del mundo.

Autor: Ana Laura Piera

Este cuento tiene un relato derivado, si gustas echarle un vistazo da clic AQUÍ.

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Nahual Enamorado – Microrrelato.

Dentro de las culturas mesoamericanas un nahual es un brujo o ser sobrenatural que tiene el poder de transformarse en un animal. El término se refiere tanto a la persona como al animal en que se transforma. Este cuento habla sobre un nahual:

Me llamo Adolfo: soy feo, bajito e insignificante. Tengo ojos pequeños, casi inexistentes. Mi piel es del color del cacao y mis cabellos negros y tiesos se elevan al cielo como púas. Un ser ordinario por fuera, pero por mis adentros fluye como savia una sabiduría ancestral mágica y profunda.

Tú no reparas en mí cuando te veo a la salida de la iglesia y una horda de admiradores te sale al paso y las beatas y solteronas del pueblo te miran con envidia mal disimulada. También me ignoras cuando te observo atendiendo tu puesto del mercado, envuelta en el dulce aroma de los melones y las naranjas. Tu belleza opaca la de las frutas más hermosas, como el durazno o la pitahaya. Tampoco te percatas de mi existencia cuando admiro tu grácil figura mientras le das de comer a las palomas en la Plaza Grande.

No sabes que existo…ni quieres saber.

Porque también soy un perro negro de ojos rojos que se mete en tu casa cuando estás dormida. Entro muy despacito, sin hacer ruido, guiado por el olor de las frutas que vendes y que impregna tu piel. ¡Cómo me gusta verte como te estoy viendo ahora! Tendida en tu blanco lecho, respirando agitada, sudando y temblando de angustia cuando intuyes en tus sueños mi presencia. Ahí no puedes ignorarme más. Y yo me enfermo de ganas de ti. Me da miedo estarte viendo como perro, el deseo que me ha traído hasta aquí de repente se desdibuja y me entra un hambre atroz, quisiera darte de mordiscos en los muslos, masticar tu suave carne y que formes parte de mí. Pero luego recobro la lucidez y recuerdo que soy Adolfo, me olvido de mordiscos y pienso en besos y caricias.

Afortunadamente para ti no puedo tocarte. Las tijeras en cruz, el romero y las agujas que siempre pone tu madre debajo de tu cama te protegen. Soy un nahual, un nahual enamorado y algún día serás mía para siempre.

Autor: Ana Laura Piera

Este cuento inspiró un cortometraje de: D MENTE PRODUCTIONS «Un amor de Nahual» de Eli Rosales Santiago que fue registrado para participar en Cannes 2012. La página de DMente productions https://www.dmenteproductions.com/newpage

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Diálogos Fantásticos: Stalin y el Chavo del Ocho

Este tipo de ejercicio es muy divertido, imaginar una situación imposible, un “diálogo fantástico”

Stalin: Camarada, ¿no quieres un poco de vodka?

(se oye una voz de mujer, alterada, gritando)

— ¡Josef! ¿Te has vuelto loco? No enseñes a beber al chico.

Chavo: ¿No tendrá mejor una torta de jamón? (pone carita de angelito).

Stalin: ¿Torta de jamón? No sé qué es eso pero, ya que estas en mi país, ¿por qué no pruebas alguna delicia local? ¡Tráiganme a Irinia Nikolayevska!—grita.

Chavo: ¿Es un platillo tradicional?

(Entra una rusa despampanante y con poca ropa)

Stalin: (Sonriendo) Ahora si camarada, probarás algo genuinamente ruso.

(La voz de mujer se escucha de nuevo, aún más alterada)

—¡Josef! ¡No enseñes al niño esas cosas!

Stalin se encoge de hombros y dice: ¡Vamos mujer! Yo a su edad ya había librado varias batallas, ¡déjalo que se haga hombre!

Chavo: (Asustado y llorando) ¿No tendrán mejor una torta de jamón? Pipipipipipi…

Autor: Ana Laura Piera

Diálogos fantásticos: Mulder (X Files) y el inspector Clouseau (Pink Panther)

Mulder:

Llega tarde inspector. Hemos removido el cuerpo, le haremos una autopsia y veremos a qué se debe ese extraño color verde en su piel. Mi opinión por supuesto, es que se trata de un alienígena.

Clouseau:

Cher, déjame ver. (Abre la bolsa negra que contiene el cuerpo) ¡Par Dieu il est vert! (se queda pensando) ¿No se tratará de algún personaje de caricatura? Después de todo mon cher ami… la pantera era ROSA.

Autor: Ana Laura Piera / 13 mayo, 2010

Diálogos Fantásticos. (Dalí y Donald Trump)

 

 

Dalí: Querido Donald, debo decir que has arruinado por completo este día de campo.

Trump: Solo quería estar cómodo.

Dalí: ¿Por eso te trajiste a la mitad de tu servidumbre, montaste un restaurante de lujo en medio del bosque y en vez de hacer un poco de senderismo insististe en que nos trajera tu helicóptero privado?

Trump: No te quejes. A ti también te gusta la buena vida… Oye, tienes un poco de mostaza en el bigote.

(Dalí toma con los dedos la mostaza y la utiliza para poner aún más tiesas las puntas de su característico bigote).

Trump: Y bien, cuéntame genio, ¿qué dice Gala?

Dalí: Enojada de que estoy contigo. El fantasma de Federico aún ronda por su cabeza. ¿Y ?, ¿qué cuenta tu mujer? Trump: yo no tengo más mujer que mis negocios.

(Dalí ríe ante esta afirmación. Se oye el timbre del móvil de Trump, este contesta y pasan dos minutos durante los cuales escucha muy serio a alguien del otro lado de la línea)

Trump: Querido Dalí, debo irme urgentemente a hacer el amor a mi mujer…

Dalí: (sonriendo) ¿Surgió alguna buena oportunidad de hacer más dinero?

Trump: ¡Exacto!

Autor: Ana Laura Piera 

Update 2020: Donald Trump llegaría a ser el Presidente de los Estados Unidos.

DIALOGOS FANTASTICOS: Shrek y Ned Flanders (los Simpson) en el cumple de Bugs Bunny.

Ned: ¡Pero qué animada fiestirijilla!

Shrek: Demasiado escándalo para mí, mejor me regreso a mi pantano.

Ned: No seas aguafiestas y por favor no te vayas a comer al conejo.

Shrek: Mejor me comeré uno de estos pastelillos de zanahoria… ¡Chomp… Chomp!

Un rato después:

Bugs: ¡Qué onda viejo!

Ned: Bugs, no sé que le pasa a Shrek, se comporta rarísimo, le está coqueteando a todo el mundo… Y el gato silvestre ya anda «emocionadirijillo».

Bugs: Viejo, es por el efecto de mi pastel de zanahoria al que le puse un poco de cannabis.

Ned: ¡Bugs! ¡No me digas eso! ¿Qué dirá mi pastor?

Bugs: ¿Tu pastor? Él ya se comió tres… Mìralo ahí está bailando sobre la barra con el coyote.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Kukulkán – Microrrelato.

Photo by Marv Watson on Unsplash

—Mi señor, ¿ha visto lo que sucede en la tierra? Kukulkán el noble dios de los mayas, deja de observar la enorme y bella esfera azul que cuelga en la noche sin fin del universo.

—Lo he visto mi querido Ah Kin Xoc, tú sabes que siempre estoy al pendiente de los míos, aunque pocos me recuerden.

—Señor, la gente moderna tiene en alta estima a los Mayas y a la noble Ciudad de Chichén Itzá, han declarado el templo de mi señor como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.

Kukulkán, la Serpiente Emplumada, suelta una carcajada sonora y mira fijamente a su servidor:

—Ah Kin Xoc, eso es ridículo. Mi pirámide no necesita que la nombren maravilla, siempre lo ha sido. Lo mismo que quienes fundaron, construyeron y habitaron las grandes ciudades del Mundo Maya. Ese nombramiento no nos hace más maravilla de lo que ya éramos.

El fiel sirviente asiente y no puede dejar de observar una nube de tristeza que empaña la mirada del dios.

—Ak Kin Xoc, ¡extraño nuestro antiguo mundo!

—Fueron buenos tiempos sin duda, mi señor.

—Ya me hace falta visitar mi tierra personalmente. ¿Cuánto falta para el próximo equinoccio?

—Muy poco, ya podrá usted descender por su templo y fecundar la tierra, como siempre.

Kukulkán suspira y luego masculla entre dientes: “Tantas otras maravillas creadas por gente excepcional en otras partes de la Tierra, que siéndolo no son reconocidas ni recordadas. ¿Con qué autoridad se ponen a decidir estas cosas? Estos hombres modernos y sus ocurrencias…”

Autor: Ana Laura Piera

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Por qué no quiero ser princesa – Cuento corto.

Para Paula, de ocho años, el día estaba resultando extremadamente aburrido, se encontraba enferma con paperas, obligada a quedarse en cama y faltar a la escuela, (lo cual no era muy desagradable, por lo menos podía dejar de ver al grupo de niñas insoportables de su salón, quienes se burlaban de ella y le decían “rara” por no jugar a las “Barbies” y por preferir hablar de lo que había visto la noche anterior en el “Discovery channel” a hablar de moda, accesorios o novios). Extrañaba sin embargo a sus maestras; sobre todo a Miss Alice, la “teacher” de Inglés, (que dicho sea de paso, era su materia favorita), pero como se suponía que no debía pararse de la cama más que para ir a hacer pipí, Paula se encontraba ya francamente desesperada.

Llegó la abuela Margarita para ayudar un poco a la mamá de Paula con la pequeña enfermita. Cuando la abuela vio y sintió con los dedos las dos enormes bolas en el cuello de Paula se espantó:

—¡Por Dios, niña!, no te levantes para nada, no te muevas, no pestañees, no respires… ¡Ay diosito, que esta niña no quede estéril o nos quedamos sin bisnietos!

Paula se rio ante las ocurrencias de su abuela, pero luego se quejó:

—Abuela, estoy muy aburrida.

—Ay niña, ustedes los jóvenes teniendo tantas cosas que antes no teníamos, se aburren con una facilidad tremenda. Pero mira, ahora remediamos eso, ¡te contaré un cuento!, así hacía mi abuela conmigo en el tiempo en que no había celulares, tabletas, juegos de computadora y demás cosas modernas. ¿Qué tal Blanca Nieves o la Bella Durmiente?

Paula puso cara de susto

—No abuela, ya conozco esas historias, por cierto… tengo una duda.

La abuela Margarita pidió paciencia al Señor, ya que sabía que las “dudas” de su nieta podían llegar a dar dolor de cabeza.

—¿Qué duda tienes? —preguntó esperando en parte que la niña cerrara el pico.

—Abuela, siempre me he preguntado… ¿Qué pasa después?

La buena señora puso cara de extrañeza

—¿Cómo?, ¿después de qué?

—Después de que se casan y viven felices para siempre. ¿Cómo sigue el cuento?

La pregunta tomó por sorpresa a la abuela:

— Pues supongo que siguen viviendo felices. ¿Qué otra cosa podría pasar? ¡Ay niña! ¡Pero qué preguntas haces!, mira mejor te traeré un jugo.

Y así Doña Margarita salió a toda prisa del cuarto de su nieta pensando que debía localizar la caja de aspirinas por si acaso. Paula se quedó esperando el jugo y se quedó dormida, tuvo un sueño de lo más loco que según contaría después, fue más o menos así:

Se vio asimisma haciendo la tarea en su habitación cuando de repente entraba Blancanieves, si, la misma del cuento, pero… algo andaba mal, sus ropas estaban viejas, su peinado se veía descuidado, se veía bastante acabada y no había nada que denotara que uno se encontraba ante una verdadera princesa. Con voz cansada se dirigió a la niña:

—Paula querida, tú querías saber que pasaba después de que el cuento termina con la frase “y vivieron felices para siempre” ¿no? Pues yo te lo diré: mi apuesto príncipe se volvió gordo y calvo, perdió todo su reino en juegos de cartas y tuve que recurrir a mis buenos amigos los siete enanos para sobrevivir. Mira mis manos, están hechas un asco de tanto lavar ropa y fregar pisos, porque no nos alcanza para pagar alguien que nos ayude con la limpieza. Mi ex príncipe se la pasa viendo televisión, no ayuda en nada, él que mató dragones y monstruos ahora le da flojera matar cucarachas. Mira, ahora vendrá una buena amiga a contarte su experiencia.

Blancanieves salió de la habitación con aire cansado y tomó su lugar La Bella Durmiente, que de bella ya no le quedaba nada y de “durmiente” menos pues se le veían unas ojeras y unas patas de gallo tremendas.

—Mi querida Paula, vete en mi espejo, en vez de estudiar matemáticas o química, me especialicé en fregar pisos y quitar polvo en casa de mi madrastra. No estudié idiomas, pero ¡ah! ¡qué bien bailé aquella noche que conocí a mi príncipe azul! A las cumbias y merengues nadie me ganaba. ¿Recuerdas que perdí mi zapatilla y él fue y la recogió y me anduvo buscando por todo su reino hasta que me encontró? Pues creo que andaba drogado o no sé, porque nunca jamás volvió a recoger ni un calzón tirado, se dedicó a sus negocios y yo pasé a ser un mueble más de su castillo. Yo pensé tontamente que teniendo hijitos las cosas mejorarían, pero no fue así, con el tiempo le dio por coquetear con otras princesas de otros reinos mientras yo cuidaba de los hijos que tuvimos, que fueron bastantitos, ya que él nunca creyó en la planificación familiar. Finalmente me desterró de sus tierras y ahora me gano la vida en una granja limpiando excremento de vaca pues por estar a su lado nunca me preparé para tener un trabajo y ganarme la vida. No dejes de estudiar niña, o te las verás negras aunque las tengas blancas. Se despidió la Bella Durmiente y entró volando Campanita.

Su tamaño era diminuto, además era insoportablemente hiperactiva, Paula tuvo que apresarla entre sus manos para que dejara de revolotear por todo el cuarto.

—¿Y tú, qué me vas a contar Campanita?

La pequeña hada contestó con voz chillona:

—Soy muy desgraciada. ¡Descubrí que Peter Pan es gay!, no le gustan las mujeres, lo cual no tiene nada de malo excepto por el hecho de que yo me ilusioné mucho con él, pero ahora resulta que sus gustos van por otro lado.

—¡Ay Campanita, ánimo!

Campanita lanzó un suspiro lastimero y luego dijo:

—Dejé de concentrarme en la escuela por pensar en él, me olvidé de mis gustos y aficiones por él, lo seguí para todos lados y ahora mira lo que resulta. ¡Anda con uno de los piratas del capitán Garfio! Por otro lado quizás fue lo mejor que me pudo pasar, ya que por el tamaño nunca hubiéramos podido funcionar como pareja. Y… bueno… también yo me encuentro confundida, hay una hada por ahí que me cierra el ojo y no sé en qué parará todo esto. Paula la vio alejarse moviendo las alas con tristeza.

Una voz la sacó de sus sueños, era su abuela:

—Ten mi niña, tu jugo. Me tardé porque me quedé platicando con tu mamá.

Paula sonrió de oreja a oreja mientras bebía el jugo con deleite.

—Abuelita, ya sé que pasó después del “y vivieron felices para siempre”

—¡Ay niña! ¿Sigues con lo mismo?

—No te apures abuelita, no tiene importancia. ¿Me haces un favor, pásame mi mochila, me pondré a repasar para no atrasarme, ¡ah! Y dame mi diario, no seas mala, quiero escribir mil veces que yo valgo por mí misma y no por estar con alguien más. Y también que debo estudiar y ser autosuficiente así ningún príncipe azul tendrá oportunidad de arruinarme la vida, también que debo vivir, tener experiencias y que no debo depender de nadie. ¿Abuela… Abuela? ¿Sigues ahí o ya fuiste por tus aspirinas? ¡Ay dios mío! ¡Mamáaa! ¡La abuela se nos acaba de desmayarrr!

Autor: Ana Laura Piera