El abrazo de la bestia – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando, de Lidia Castro. Se trata de hacer un micorrelato de no más de cien palabras inspirado en la imagen, que incluya la piedra cuarzo rosa y de forma opcional tenga algo sobre la flor de bach: beech (esencia de haya)

Cerró los ojos tras inyectarse en el brazo; un cuarzo rosa rodó de su mano mientras el sofá desvencijado se hundía en un lecho de hojas. La envolvió una esencia de hayas en un claro luminoso.

Lo vio dormido y se acurrucó junto a él. Un fuerte olor animal se impuso. El musculoso cuerpo y su fuerte respiración le recordaron su peligrosidad.

En esa realidad sintética hallaba lo que no tenía afuera: aceptación, paz…

Sintió al león desperezarse. El día había llegado. Siempre supo que terminaría devorada. Sería como disolverse en el sueño, nunca despertar.

100 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en la revista Masticadores Sur AQUÍ

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El enano y la mariposa de luz.

En su blog, Lidia Castro nos reta a hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en la imagen, que incluya el elemento del dado: «enano minero» y opcional, que aparezca algo relacionado con el cinematógrafo.

Atrapada en una bombilla sin filamento, la mariposa de las minas brillaba con furia. Zimri, el enano minero, la miraba fascinado: su luz proyectaba sombras danzantes sobre su pared desnuda. «No tengo nada que envidiarles a los parisinos con su cinematógrafo» —pensaba mientras la mariposa iluminaba su soledad. El resplandor fue menguando y Zimri temió perder su espectáculo. Una mañana la encontró muerta. Enfermo de tristeza, comprendió que la verdadera función estaba en la mina: allí las mariposas volaban libres y centelleaban como constelaciones. Nunca más volvió a encerrarlas en bombillas.

98 palabras.

Autor: Ana Piera

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Tortuga celeste.

Microrrelato de fuego, estrellas y tradiciones.

Mi propuesta para el microrreto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras inspirado en una constelación.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Las noches eran más frescas y Ah Kin, envuelto en su manta de algodón, aguardaba la aparición de la tortuga celeste, como llamaban los mayas a la constelación de Orión. Su hija Ix Muyal, de cuatro años, le preguntó:

—¿Qué buscas, ta?

—La señal para iniciar los ritos de cosecha. Son tres luces brillantes, que forman parte de «la tortuga». Representan las tres piedras del fogón del universo y de ellas surge el dios del maíz, pero este año ya se tardó.

En la milpa, el padre observaba el equilibrio ancestral: al frijol trepando al maíz, la calabaza cubriendo la tierra. Todo parecía en orden, menos el cielo.

Ix Muyal y su padre caminaron hacia el cenote sagrado con ofrendas: granos secos y pozol con miel. El sendero entre la selva estaba lleno de murmullos, aroma de copal y plegarias. Los sacerdotes repetían: “Hay que recordar el mito”.

De regreso, Ah Kin narró cómo la tortuga nadaba en el océano primigenio, sosteniendo el mundo sobre su caparazón. Ix Muyal, notó las piedras del fogón de su vivienda desalineadas. Las acomodaron.

—Quizá la tortuga no podía nadar y el dios seguía dormido —dijo esperanzada.

—Nuestro fuego es muy humilde como para que los dioses se fijen, hija.

Pero esa noche, los gritos de júbilo de Ah Kin anunciaron el regreso de la tortuga.

Desde entonces, Ix Muyal se asegura de que las piedras del hogar estén alineadas. Sabe que los dioses también toman en cuenta los gestos pequeños.

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Los Tres Reinos.

Microrrelato de fantasía épica.

Mi propuesta para el reto de Escribir Jugando de Noviembre: un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imagen, que incluya la runa Sowilo y opcional algo relacionado con la Flor del Paraíso.

Con la runa de la victoria en el cuello, Gwendal selló el abismo donde yacen los impíos. Tierra, Mar y Cielo respiran al fin, libres del hedor del mal. Desde lo alto, un halcón desciende portando la Flor del Paraíso, la recompensa para los justos.
Ya no hay guerra, ni vigilia. Es tiempo de multiplicar la bondad.
Gwendal baja la guardia. Por primera vez, la guerrera piensa en sí misma. Los Tres Reinos la bendicen en silencio.

80 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

Los Tres Reinos también son metáfora de nosotros mismos; sobre ello escribí una reflexión en Reflexópolis, te invito a leerla.

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Momentos Colgate. Microrrelato.

El reto Escribir Jugando de octubre, nos pide un relato de no más de 100 palabras. Inspirado en la imagen y que incluya el dado. Opcional que aparezca algo relacionado con la pasta de dientes.

Uno pensaría que ser una criatura de la oscuridad te libraba del miedo. ¿Qué puede dar más miedo que un vampiro? Ahora creo que solo soy un bufón.

Siempre traté de no matar, solo succionar un poco, ir de aquí a allá, mal comiendo sin destruir. Pero ahora, me acechan fantasmas con sepsis. Sus órganos ennegrecidos, sus alientos rancios y sus quejidos de dolor me hielan la sangre.

Debí haber usado pasta de dientes.

76 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Persistencia sin Memoria. Microrrelato.

Una mosca camina sobre mí. Sus repulsivas patas mancillan mi superficie derretida como si no importara. A mi lado, un compañero ha claudicado del todo. Las hormigas están sobre él. Aún conserva su forma, pero tiene mal color. Supongo que eso nos espera: a mí, al que pende de una rama, y al que está encima del personaje extraño.

No sé qué ha pasado. Alguien cree que somos irrelevantes, que medir el tiempo no importa, pero no es lo mismo comer a las 3 que a las 6. A las 6 rugen las tripas. Quizás te desmayes. Tal vez eso le ocurrió al que yace acostado sobre la arena.

¡Vaya ironía! Somos medidores del tiempo, y aquí estamos, detenidos en una hora que ya no significa nada. No sé cuánto falta para que las hormigas se suban también en mí. Si pudiera, registraría ese intervalo. ¿Cuántos segundos para que la primera hormiga descubra que yo también me derrito? Si alguien pasara por aquí, podría darle ese último dato que deje constancia de mi existencia.

No guardo memoria anterior. No recuerdo haber estado sobre algún mueble o vitrina. Solo este momento. ¿Será que la figura postrada nos está soñando? ¿Acaso nunca hemos existido fuera de su sueño?

Moriré con la duda de si alguna vez fui útil. Solo sé que este instante se derrite lentamente. Quizá eso sea todo lo que quede de mí: una persistencia sin memoria.

240 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Otros relatos con temática de «relojes»

Polifemo, Othila y la Lotus Magnolia

Microrrelato para Escribir Jugando — septiembre 2025

El relato de no más de 100 palabras, debe estar inspirado en la imagen, incluir la runa Othila, y opcional, la flor Lotus Magnolia.

Tiempo de lectura: menos de un minuto.

El cíclope Polifemo, borracho e invidente tras la astucia de Ulises, talló torpemente la runa Othila: «lazos familiares».

De su cuenca vacía, rezumaban sangre y sal. Daba grandes voces: «¡Poseidón, padre mío, véngame!»

Galatea pasó, altiva, y le dijo:

«Tan grandote y tan llorón, ¿así esperas que me enamore?»

Pero al verlo temblar, su corazón se conmovió. Conjuró espuma marina y en medio del salitre brotó la flor Lotus Magnolia, imposible, blanca y protectora. Y aunque el cíclope no la podía ver, le llegaba su aroma y se consolaba.

95 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Piera

Nota: elegí el nombre Ulises (romano) en vez de Odiseo (griego) para evitar un sonido repetitivo después de leer «Polifemo».

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La Mujer del Humedal: Microrrelato de metamorfosis y deseo.

Esta es una segunda versión. La primera tenía solo 100 palabras. A veces, lo breve no basta para decir todo lo que uno quiere. Esta vez me permití quedarme un poco más.


Con cada inundación, desde hacía dos años, la mujer sentía un latido fuerte que ascendía por su cuerpo y se instalaba, insoportable, en sus oídos. Solo menguaba al encontrarse cerca del humedal y desaparecía cuando se metía en él, siempre de noche.

Ayudándose con la luz de la luna, su mirada inquieta iba de los juncos, a los nenúfares, a las isletas. Tocaba y revolvía todo con desesperación, buscando alguna pista que pudiera llevarle a él. Su sentido del oído estaba siempre presto a reconocerle entre el croar de cientos de sapos y ranas que en medio de la oscuridad buscaban pareja.

Cada temporada de lluvias era lo mismo, hasta que una tarde, un sonido fuerte, grave y anhelante, resultó inequívoco. Ella buscó el origen de aquel canto y le vio encima de una isleta. El pequeño y repulsivo ser inflaba su saco bucal, produciendo aquel sonido que tenía un efecto hipnotizante.

Instintivamente, se llevó la mano al collar de calcedonia que pendía del cuello, el instrumento mágico que impedía su transformación. Hizo ademán de quitárselo.

Alguna vez, cuando ella aún era una criatura anfibia, había saltado sin querer sobre aquella joya que yacía en la charca, envuelta en cieno, e inmediatamente su cuerpo de batracio mutó, de pequeño, rugoso y regordete, a una grácil figura de mujer humana. Conmocionada, se había alejado hasta encontrarse un caserío cercano, donde unas mujeres la encontraron, chorreando agua y desnuda, a excepción de aquel collar misterioso. Con ayuda de ellas, había podido hacer una nueva vida ahí.

La noche que lo encontró, jugueteó la piedra entre sus dedos y estuvo a punto de despojarse del collar bajo el influjo de aquella melodía encantadora, mas algo la detenía, algo que se abría paso en su interior con desesperación. No sabía bien de qué se trataba, hasta que su mente se iluminó al recordar a un bebé acostado en una cunita hecha de juncos. Lloraba a todo pulmón y ese llanto opacó el bullicio de la charca.

Como saliendo de un ensueño, se dirigió a la orilla, resistiendo el impulso de mirar atrás. Una vez fuera, corrió presurosa hacia el caserío.

360 palabras.

Autor: Ana Piera

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Creadores – Cuento Corto.

433 palabras. Tiempo de lectura: 3 minutos.

En el laboratorio reinaba una blancura que cegaba. El ambiente era aséptico. Los científicos iban y venían con tabletas transparentes llenas de datos parpadeantes en color naranja. Se detenían en pulcras y futuristas estaciones de trabajo donde ingresaban o consultaban información. No había nadie bebiendo café o platicando con algún compañero. Todo era eficiente y preciso, como una maquinaria de reloj antiguo. Todos tenían un propósito y lo cumplían con eficiencia y una extraña serenidad en los rostros. De tanto en tanto, cuando sus movimientos se hacían más pausados y pesados, desaparecían tras unas puertas grises por unos cuantos minutos y luego salían vigorizados y reanudaban labores.

El director, un espigado hombre de mediana edad y rasgos orientales, iba pausadamente de aquí para allá. Supervisando, checando parámetros, hablando con los demás. Un director de orquesta carente de la pasión desbordante de estos, aunque eso no le quitaba eficiencia.

—¿Los últimos resultados? —preguntó con voz suave y modulada a una mujer, vestida, igual que todos, con mono médico y encima una bata blanca impoluta.

—Negativos —replicó ella—. Hay que desechar los lotes. Nuevamente, no hemos podido alcanzar el estándar mínimo.

—¿Edades?

—Tenemos grupos desde tres hasta diez años. En ambientes controlados, óptimos para su desarrollo.

—Repasemos los valores —dijo él.

La científica recitó de memoria lo que buscaban:

Alta capacidad de razonamiento y pensamiento crítico

Empatía y ética

Comunicación clara y efectiva

Curiosidad

Adaptabilidad

Orientación a la mejora colectiva

Conciencia de los límites tecnológicos

—En suma —dijo el director—, un ser racional, empático, ético, comunicativo, curioso y consciente del equilibrio entre tecnología y humanidad.

—No lo estamos logrando —dijo ella, y en su voz no se asomaba el mínimo rasgo de emoción—, es como si ya vinieran con algún fallo crítico.

—Debemos persistir. Depurar el ADN hasta alcanzar el ideal. Es nuestra misión —hizo una pausa para mirar de arriba a abajo a su interlocutora—. Detecto que su unidad de energía está baja doctora, sugiero vaya al módulo de carga y la intercambie.

La mujer asintió y se retiró hasta desaparecer detrás de una de las puertas grises.

El director miró todo a su alrededor con sus ojos rasgados, detrás de los cuales había sofisticadas cámaras de altísima resolución. Caminó con naturalidad hasta un cubículo, con piernas impulsadas por servomotores precisos. A su paso, tocó superficies, y su piel, una membrana blanda y flexible, con un hidrogel conductor detectó temperatura y presión. Su procesador con inteligencia artificial hizo algunos cálculos. Quizás harían falta otros veinte años de pruebas hasta lograr su cometido. Pero lograrían traerlos de vuelta. Esta vez todo sería diferente.

Autor: Ana Piera.

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¿Cómo iban a saber? – Microrrelato.

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