Mi propuesta para el VadeReto de noviembre: hacer un relato de terror «clásico».
Cuando salí de mi casa la noche era tibia y serena. El resplandor plateado de la luna llena iluminaba mis pasos. Rumbo al cementerio, metí mi mano en uno de los bolsos de mi saco hasta encontrarme con la cajita de madera que contenía las cenizas de Río. Mi tío le había puesto ese nombre porque decía que ese perro, con su energía inagotable, era como un torrente, siempre fluyendo, siempre en movimiento.
Habían pasado semanas desde su muerte y yo ya no quería dilatar más el cumplir la promesa hecha a su dueño de reunirlos. Conforme me iba acercando al panteón se levantó un aire frío y endemoniado que cortaba la piel como cuchillo. Los árboles crujían protestando por aquellos embates helados. Jirones de nubes negras ocultaron la luna sumiendo todo en la casi total oscuridad. «¡Qué mala suerte!» Estuve a punto de darme la vuelta y regresar a casa, pero la cajita de madera parecía quemarme la mano, obligándome a seguir.
A esa hora de la noche, el vigilante del cementerio estaría dormido, no me haría preguntas incómodas. Tampoco habría miradas indiscretas de personas que me vieran enterrando a Río, lo cual estaba prohibido. ¡Hasta podrían quitarme las cenizas y multarme! Saqué una pequeña linterna de bolsillo y me adentré en el camposanto buscando la lápida de Andoni Riera.
Seis años antes, yo había estado presente en su funeral, junto con su perro, y por ello había estado seguro de que podía encontrar la tumba, pero ahora dudaba. De repente, la luna llena se despojó de su sudario de nubes e iluminó todo con su luz blanquecina, en ese momento, un aullido rasgó la noche y me heló la sangre: ¡un lobo! No había pensado en la fama que tenía el lugar de ser guarida de lobos. Tenía que darme prisa.
Ayudado por la luna, me pareció ver más adelante lo que buscaba: un monumento de granito gris, de líneas puras, sin más ornamentos que una simple cruz. Me acerqué, ¡ahí estaba el nombre de mi tío! Saqué con dedos trémulos la cajita con las cenizas y cavé rápidamente un hueco en la tierra. Otro aullido, esta vez más cercano, hizo que me detuviera en seco. Se oía como la fusión de un grito humano y el aullido de un lobo. Temblando, coloqué la cajita en el hueco y la cubrí lo mejor que pude.
Los bramidos iracundos de la criatura se escuchaban muy cerca. Una sombra abominable se proyectaba sobre las tumbas, el aire olía a piel y excrementos de animal. Yo buscaba la salida frenético, pero parecía que estaba en un laberinto y que cada paso me adentraba más en él. La intensidad de su asqueroso olor me indicaba su cercanía. Me escondí detrás de una lápida y lo escuché pasar, olfateando el aire y deteniéndose justo donde yo me encontraba. Salí corriendo, queriendo escapar de lo que fuera que me estaba persiguiendo; una tumba recién cavada se atravesó en mi camino y caí de bruces. Sentí una respiración pesada sobre mí. Al voltearme, vi a un licántropo que me miraba ávido desde el borde de la fosa: era unas tres veces más alto que un hombre normal, su pelaje era espeso, negrísimo, y estaba erizado por la rabia. Su mandíbula, enorme y grotesca dejaba ver unos colmillos amarillos y babeantes. Levantó la cabeza y aulló una última vez a la luna antes de hacer amago de abalanzarse hacia mí. Fue entonces cuando, como una exhalación gaseosa, Río saltó por encima y se prendió del cuello de aquel ser repugnante. Río no era carne, sino más bien, una ráfaga helada que había logrado detener al monstruo. Este se revolvía furioso de un lado a otro buscando sacárselo de encima. Me incorporé y aprovechando los minutos que el perro me había regalado, corrí hasta traspasar la verja, y con el corazón en la boca, seguí corriendo. No me detuve hasta llegar frente a mi casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de mí. Fue entonces cuando me invadió una sensacion de alivio sin igual y pude musitar «gracias, Río».
En la jornada siguiente, mientras tomaba café, pensé que volvería en otra ocasión al cementerio a visitar a Andoni y a Río, pero sería de día, ¡nunca más de noche!Supe con certeza que el torrente que había sido Río en vida, en realidad nunca se había detenido, había fluído hasta el final para cuidar de mí.
El reto Escribir Jugando de octubre, nos pide un relato de no más de 100 palabras. Inspirado en la imagen y que incluya el dado. Opcional que aparezca algo relacionado con la pasta de dientes.
Uno pensaría que ser una criatura de la oscuridad te libraba del miedo. ¿Qué puede dar más miedo que un vampiro? Ahora creo que solo soy un bufón.
Siempre traté de no matar, solo succionar un poco, ir de aquí a allá, mal comiendo sin destruir. Pero ahora, me acechan fantasmas con sepsis. Sus órganos ennegrecidos, sus alientos rancios y sus quejidos de dolor me hielan la sangre.
Desde el blog Alianzara, Cristina Rubio nos lanza un reto: escribir un relato en el que un momento se convierta en una eternidad.
imagen generada con IA. Gracias a Tarkion por sus consejos para generarla. Seguro puede mejorar pero el prompt no me dejó «explayarme».
«Eso» que dejé dentro del «cubo-trampa» tiene mi cerebro completamente frito. Ayer, después de horadar y bajar el cubo a las entrañas de la Luna, yo esperaba, como es usual, sacar hielo, agua, o rocas que la contienen, pero ayer fue distinto.
De regreso en mi estación lunar, sujeté el cubo lo mejor que pude, y aun así se movía furioso para todos lados. Lo que fuera que estaba dentro, pugnaba por salir. Me fui directo al ordenador y mandé un mensaje avisando a las demás estaciones de prospección hídrica en la Luna sobre mi experiencia. No espero ayuda, cientos de kilómetros nos separan a unos de otros, y cada quien debe resolver sus propios problemas.
Mis horas de descanso transcurrieron lentas tratando en vano de ignorar el estruendo que hacía el «cubo-trampa», preguntándome si aguantaría tanto golpe y movimiento.
Ya es otro día y la rutina no debe alterarse, luego habrá tiempo para analizar el contenido del cubo. En la Luna hay que aprovechar al máximo los aproximadamente catorce días de luz solar continua, que hacen posible las labores de prospección. Mañana inicia el periódo de oscuridad y bajas temperaturas, alrededor de catorce noches donde el trabajo se hace en el laboratorio, analizando muestras y generando informes para MoonSeek, nuestro empleador en la Tierra.
Dentro del vehículo de prospección, me quito el molesto casco protector. Ingreso unas coordenadas en un teclado de luces anaranjadas y el equipo, una mezcla de retroexcavadora y taladro sobre ruedas gigantescas, arranca. Surca a velocidad media, la polvosa superficie lunar, evitando rocas o bancos de arena profunda que pudieran atrasarnos. De un termo bebo un café espantoso hecho con agua reciclada de mi orina y sudor, (el agua de la luna aún no tiene certificación alimenticia). Me golpea el recuerdo de mi mujer Alex, y de Nico, nuestro hijo de cuatro años. Pasan delante de mí imágenes de nuestra vida antes de la última gran guerra en el 2038, donde ambos me fueron arrebatados de la manera más cruel posible.
Luego de eso, MoonSeek me reclutó. Yo quería huir del dolor, de los recuerdos, y de un mundo devastado. Irónicamente, los dos primeros acabaron viajando conmigo al espacio. Siempre me repito que estoy haciendo algo importante: pavimentar el camino para la ya urgente colonización de nuestro satélite. Lo repito como un mantra y dejo de pensar un poco en las cosas que me duelen.
El vehículo llega al sitio, digito algunas cosas más en el teclado y la unidad perforadora empieza su labor, después lanzaré otro «cubo-trampa». Siento temor. ¿Y si la historia se repite?
Pasaron las horas y todo ha sido muy normal. Ahora debo regresar y enfrentarme con «eso» que dejé encerrado. Tengo la esperanza de que solo haya sido un hecho aislado, o mejor, que haya sido fruto de un estado alterado de mi conciencia, quizás provocado por la soledad. ¡Ojalá el cubo esté quieto!, ¡Ojalá no haya nada en su interior!
No es así.
Está abierto, destrozado. Esperaba ver una bestia, mas en su lugar flotan, gracias a la atmósfera artificial de la estación, pequeñísimas esporas translúcidas. Capturo una muestra para tratar de desentrañar el misterio. La ingreso en el espectroscopio. Escucho el sonido de mensajes llegando, otros prospectadores reportan haber tenido la misma experiencia que yo.
Debí haber leído el análisis de la muestra, pero no lo recuerdo. No sé por qué estoy saliendo a horadar de noche, está prohibido. Me falta el café. Las caras de Alex y de Nico se desdibujan. Solo puedo pensar en perforar y recolectar. No regreso a la estación, ahí mismo, en medio de una extensión lunar llamada «Bahía del Honor», libero el contenido: esas esporas pequeñísimas que acaban cayendo sobre la superficie, quizás contaminándola. Ya no distingo día o noche, el tiempo no existe. Perforo, recolecto y libero en un ciclo que parece no tener fin. Cada vez me muevo más lento, siento mi cabeza a punto de estallar.
No sé cómo ni cuando llegué, pareciera que estoy en la estación. Ya no reconozco nada, el dolor es insoportable, escucho crujir mi cráneo, «algo» se está abriendo paso a través de él…
Fin
Autor: Ana Laura Piera
Nota: Relato que se inspira en el comportamiento del hongo cordyceps cuando toma control de un huésped. Si quieres saber mas da clic AQUÍ.
Mi participación para el VadeRetodel mes de Noviembre, (el mes del terror). Este reto tiene como título «El Espacio», refiriéndose al lugar donde sucede la historia y que debe de influir en todos los aspectos de la misma.
No pude reprimir un grito tan entusiasta que despertó a mi mujer, ella me lanzó una mirada asesina, eran las 4.00 a.m.
—Lo siento cariño, ¡encontré el medio motor 1600 de reemplazo para la combi! Está en un depósito de autos chocados.
—¡Cierra ese maldito iPad y deja dormir!—dijo, dándome la espalda.
Si algo me enorgullecía especialmente, era esa combi Deluxe 1968. Había sido el auto familiar en mi niñez y mi padre solía llevarnos en ella a acampar. (Una actividad que siempre sufrí y de la que no podía escapar). Mi hermano mayor, Julián, solía burlarse diciendo que yo le tenía «alergia a la naturaleza» o que era «un cobarde» y bueno, razón no le faltaba, siempre preferí la ciudad al campo, este último me daba desconfianza, prefería mil veces quedarme en casa y hojear revistas sobre autos, mi pasatiempo favorito. Mi hermano acabó heredándola, pero en una ocasión en que necesitó dinero, se la compré. Poco a poco me fui deshaciendo de todas las modificaciones que me traían malos recuerdos: techo elevable, sillón cama, mesa plegable, cortinas, etc. Se trataba de un modelo clásico, construido en Alemania y quería dejarla totalmente original, sin rastro de su pasado campista.
Emprendí el viaje a media mañana, prometiendo regresar al día siguiente. Mi Camaro 1969 salvó la distancia que me separaba del medio motor en exactamente cuatro horas y media. Llegué al lugar que marcaba el GPS un poco antes de las cinco de la tarde.
El depósito estaba rodeado de un muro rústico de ladrillo asediado por ortigas, cardos y otros tipos de maleza. Estaba algo alejado de la ciudad más cercana y ubicado sobre la carretera. Muy a mi pesar, estacioné el auto en una franja de terreno angosta y peligrosamente pegada al acotamiento. Me bajé y caminé buscando la puerta de acceso. Cada paso que daba producía una desagradable nube de tierra muy fina que se depositaba en mis inmaculados zapatos deportivos blancos. Rodeé el lugar hasta dar con un enorme portón metálico. Toqué varias veces y grité hasta que después de diez minutos, escuché a alguien detrás de la puerta metiendo una llave con parsimonia. La puerta se abrió con un crujido que evidenciaba abandono. Frente a mí apareció un hombre mayor de pelo y bigote completamente blancos y desaliñados, con aspecto soñoliento.
—Vengo por el medio motor 1600 de combi que anuncian en internet. Mandé un mensaje. —No sé nada de eso, amigo. —¿Cómo? ¡Aquí está el anuncio y el mensaje que envié! —saqué el móvil para mostrarle, pero para mi mala suerte en aquellos parajes no había señal. —Puede pasar y buscarlo, creo que hay una al fondo. Siga el sendero principal. —Ok —contesté molesto. —Yo ando siempre por aquí. Soy Anselmo —abrió la boca, como a punto de decir algo más, pero no lo hizo.
El hombre se alejó con paso cansino, y un par de veces volteó a verme, luego se metió en una oficina ruinosa.
El lugar era enorme, reinaba el polvo y una suciedad grasienta lo impregnaba todo. Vehículos de todo tipo, la mayoria siniestrados y en muy mala condición estaban acomodados sin mucho orden. Más de una vez, mientras lo recorría, me pregunté si los ocupantes de tal o cual unidad, habían sobrevivido, claramente en algunos casos, eso parecía imposible. Recuerdo una vieja camioneta Toyota Corona 1969 blanca, muy maltrecha, que parecía haberse volteado. Por un hueco grande en el cristal estrellado de una de sus ventanas me asomé a la cabina. En el interior había manchas ominosas sobre la tapicería y en el techo vi «algo» pegado; parecía un pequeño papel arrugado y seco de color café claro, cubierto de pelos negros. Tardé un poco en darme cuenta de que se trataba de piel humana con cabello adherido. Me alejémuy impresionado.
«Al fondo», había dicho el tal Anselmo, y yo caminaba y caminaba por el sendero principal, rodeado de aquella desolación y el bendito «fondo» parecía inalcanzable. ¿Tan grande era ese sitio? La luz transitaba ya de la tarde a la noche. Con seguridad tendría que echar mano de la linterna del móvil.
Noté que ahora me encontraba en la parte más antigua del depósito y que los autos ahí tendrían muchísimo tiempo, quizá décadas. ¿Por qué nadie los había reclamado? Los espacios entre ellos se habían reducido considerablemente. Deseaba encontrar ya la combi, revisar que el motor me sirviera y largarme.
El silencio se interrumpió por el sonido de un claxon agudo que me sobresaltó. Provenía de un viejo Renault 4 1963, que de por sí había sido un modelo pequeño, pero este, con su parte posterior comprimida como acordeón, se veía diminuto. «Debe ser la batería, quizás un falso contacto» —pensé. El Renault aullaba cada vez más fuerte y a intervalos más cortos, conforme me iba acercando, pero al pasar yo frente a él, enmudeció. Por curiosidad, abrí la cubierta del motor y me invadió el desconcierto, pues no tenía batería, ni máquina, ni nada, era solo un cascarón. Me fui de ahí tratando de pensar en una explicación sin encontrar ninguna que fuera lógica.Me embargó una sensación de desasosiego.
Si quería evitar que me pillara la noche, debía darme vuelta ya, pero no quería irme con las manos vacías. De repente vi a alguien caminando entre los autos, primero supuse que era Anselmo, sin embargo, el hombre iba vestido con un mono azul de mecánico y al viejo lo había visto portando mezclilla y camisa blanca. Quizás sería algún trabajador del lugar.
—¡Ey! ¡Ayuda!
El tipo no se inmutó y fui tras él, aunque eso implicó salirme del sendero principal y meterme de lleno en el laberinto de autos malogrados.
—¡Espere! ¡Necesito ayuda!
Ahora los autos estaban acomodados todavía más juntos y apenas se podía circular entre ellos, podía ver la espalda del hombre, quien se movía con sorprendente facilidad. Yo seguía gritándole y siguiéndole a duras penas, con mi ropa rozando las sucias carrocerías y recogiendo aquel asqueroso y añejo polvo. Vi que adelante estaba ya la pared perimetral de ladrillos. El hombre tendría que detenerse, sin embargo, su cuerpo atravesó el muro y ya no le vi más. Se me heló la sangre. Temblando y sudando frío, intenté regresar al sendero principal, pero ya no lo encontré.
Con la noche encima, mis pasos se volvieron frenéticos, ya no me importaba encontrar la camioneta, solo quería salir de ahí. Se escuchaban ruidos extraños, desde los normales crujidos de los metales al cambiar la temperatura, hasta débiles sollozos y quejidos que salían del interior de las tristes unidades por las que iba yo pasando. Percibí olor a gasolina quemada y algunas chatarras aparecían envueltas en humo. Desde su interior se oía el golpeteo de manos desesperadas, y gritos horripilantes de gente quemándose y queriendo salir. Sentí angustia y mi corazón y respiración se aceleraron. ¡Aquel lugarestaba lleno de fantasmas!
Luego de un giro, me tope con la combi. ¡No podía creerlo! ¡Por fin tenía delante el objeto de mi deseo! Traté de calmarme, respiré hondo aquel aire enrarecido y me concentré. Estaba entera y parecía no haber estado involucrada en ningún accidente. Coincidía en año con la mía, y a juzgar por la poca pintura original que le quedaba, alguna vez tuvo el mismo color azul pálido. No tenía ya la puerta corrediza y desde afuera se podía ver el arruinado interior. Sin pensarlo mucho, subí a ella.
—Papá, no quiero.
La combi familiar recorría lentamente la carretera que serpenteaba en medio del bosque. Yo tenía frío.
—Deja de ser un mariquita —dijo Julián, quien estaba en el asiento del copiloto —no volteó hacia mí, pero yo imaginaba su mirada burlona.Lo odié con todas mis fuerzas en ese momento.
—Detesto estos viajes, prefiero quedarme en casa. ¿Por qué me obligan?
La camioneta llegó al lugar donde solíamos pararnos a acampar. Mientras mi padre y Julián preparaban todo para dormir, mi deber era recoger leña seca para la fogata.
—Asegúrate de que no estén húmedas como la otra vez —dijo mi padre sin voltear a verme.
Por experiencia sabía que de nada servía protestar. Con una linterna en la mano, un saco para guardar la madera y una navaja suiza en el bolsillo, me aventuré en los alrededores. Era noche cerrada y yo tenía miedo, temblaba de pies a cabeza, pensaba en animales salvajes, en caerme o perderme. Alguna vez escuché a mamá cuestionar a su marido sobre aquellos paseos, pues yo tenía apenas 11 años y ningún gusto por el campismo o la vida al aire libre. Él contestó que aquellas excursiones fortalecerían mi carácter.
Traté de darme prisa recogiendo la madera que encontraba. Al levantar un leño noté una humedad pegajosa en mi mano, alumbré con la linterna; era un líquido viscoso y rojizo. Casi de inmediato, sentí que una gota me caía en la frente. Dirigí la luz hacia arriba, de un pino colgaba un cuerpo humano que se balanceaba y chorreaba sangre. Grité como un poseído, solté el saco y traté de regresar a toda velocidad al campamento. Alguien me alzó violentamente mientras corría, perdí la linterna y sentí una mano pesada y rasposa sobre la boca.
Como despertando de un trance, y siguiendo una corazonada, miré el piso desnudo de la camioneta, busqué en un rincón una «X» que alguna vez, ocioso y sin que me vieran, hice, levantando la parte plástica y rasguñando el metal con mi navaja suiza. Ahí estaba, ennegrecida por el tiempo, pero aún se veía.Bajé sintiéndome muy confundido. Encendí la linterna de mi móvil y fui a la parte de atrás para abrir la tapa del motor. Frente a mí tenía un viejo 1600, envuelto en un sudario de óxido. Alguien se me acercó por detrás y extrañamente no me sobresalté. Dirigí la luz hacia él, era Anselmo. Observé con detenimiento su ropa: el pantalón de mezclilla era ahora un guiñapo y la camisa blanca estaba desgarrada y tenía manchas de sangre; su cara, del lado izquierdo, era una masa sanguinolenta.
—¡Lo encontró! ¡Bueno, siempre lo encuentra!— dijo, y su rostro deformado esbozó una media sonrisa. —Sí —dije, recordando que no era la primera vez que me encontraba en ese lugar.
—Yo ya estaba aquí cuando la trajeron —dijo refiriéndose a la combi—. Encontraron gente muerta dentro—hizo una pausa mientras yo digería la información—. Amigo, regrese a «su ciudad» y siga soñando la vida que no tuvo —su respiración era entrecortada y dificultosa—. En una de esas se le «olvida» este sitio tan malo, aunque he de confesarle que aunque usted nunca me recuerda, siempre me da mucho gusto verle.
Género: Terror. Protagonista: un animal. Tema: horroranimal.
—Señora, ahí está otra vez ese animal del demonio.
A través de la puerta de cristal de la cocina, Estela se asomó al pequeño patio de servicio. Sobre el techo del cuarto donde dormía Jovita, su ayudante doméstica, había un bulto negro, erizado, con unos ojos amarillos relampagueantes que la miraban mientras profería un maullido prolongado, fuerte, ronco…
—Hiela la sangre patrona. Cada noche es lo mismo. Creo es una hembra, tiene los pechos abultados, como si estuviera amamantando.
—No hagas caso Jovita. Ya se cansará. No pasa nada.
—Pero…
—¡Que no pasa nada, no seas estúpida!
Jovita torció la boca en desagrado, menos mal que su patrona no se dio cuenta.
El viernes, mientras su empleada le hacía el desayuno, Estela le pidió que no se fuera a su pueblo, como lo hacía cada fin de semana.
—Mira, si te quedas te pago triple —le ofreció con un atisbo de esperanza en sus cansados ojos de vieja.
—Lo siento patrona, debo ir a ver a los míos. Además, me vendrá bien el descanso porque ese animal me tiene muy desvelada.
A las seis de la tarde, pesarosa, Estela vio partir a Jovita. Pensó que debió haberla obligado a quedarse. Quizás hubiera bastado amenazarla con despedirla. Después bajó a la cocina para prepararse un té de tila para los nervios mientras fuertes maullidos y bufidos le llegaban desde fuera.
—¡Vete! ¡Ya me tienes harta! —gritó Estela acercándose a la puerta, con la taza de agua caliente en una mano y la bolsita de té en la otra. Con un movimiento inesperado y violento, el felino saltó desde el techo del cuarto hacia el piso sin dejar de clavarle la mirada. Estela, respingó y dio un paso hacia atrás. Parte del agua caliente se derramó y le salpicó las piernas sacándole un grito. El animal maulló aún más fuerte y golpeó repetidamente el cristal, arañándolo. Asustada, Estela abandonó la cocina dejando el té a medio preparar.
Esa noche ya no cenó nada con tal de no bajar. Se despertaba a cada rato y aguzaba el oído. Fue solo hasta la madrugada que hubo paz.
El sábado por la mañana, desvelada y hambrienta, marcó a la cafetería del barrio y pidió un croissant y un latte. Mientras recibía la comida, sintió que algo pasaba, veloz, entre sus piernas. Miró hacia atrás y le pareció que una sombra oscura subía las escaleras.
—¿Vio eso? —le preguntó alarmada al repartidor, quien negó con la cabeza.
Intranquila decidió desayunar en el elegante comedor que no usaba mas que en contadas ocasiones. Del piso superior no se escuchaba ruido alguno. «Quizás lo imaginé» —pensó, y deseó con todas sus fuerzas que Jovita regresara anticipadamente.
Más tarde tuvo que subir a su habitación. Al entrar, un olor a amoniaco le confirmó sus sospechas, el animal se encontraba dentro de la casa y se había meado sobre su cama. Se le aceleró el corazón. Abrió el clóset y sacó un palo de golf de su difunto marido. Pensó en salirse, irse a un hotel, al menos hasta que llegara Jovita el lunes; sin embargo, la idea le chocaba. ¿Cómo iba a poder más esa bola de pelos que ella? No se iba a dejar correr tan fácil. Envalentonada y blandiendo el palo de golf, fue de cuarto en cuarto, moviendo, no sin dificultad, los pesados muebles, abriendo puertas y armarios, corriendo las gruesas cortinas, sin encontrar nada.
Conforme pasaban las horas del día y se instalaba la tarde, sintió que ya no podía más con la angustia. Buscó su móvil, pero estaba descargado, así que lo puso a cargar. Luego quiso marcar al número de Protección Civil por el teléfono fijo, pero el aparato que había funcionado bien en la mañana, ahora parecía muerto. Revisó la instalación y con horror encontró los cables mordisqueados. Sudó frío.
Aterrorizada,decidió encerrarse en otra habitación para estar a salvo y al menos poder echarse sobre una cama limpia. Tras revisar todo, puso llave a la puerta. Seguramente no pegaría un ojo, todo su ser estaba en alerta. Eran las nueve de la noche cuando escuchó maullidos furiosos, que por momentos parecían los gritos de un ser humano poseído por algún espíritu maligno. También oyó ruido de cosas estrellándose contra el piso. ¡Su vajilla de Limoges! ¡Sus copas de cristal de Bohemia! No podía creer que su casa estuviera bajo asedio. Desesperada, tomó el móvil a medio cargar y marcó un número.
—No sé si me recuerde, soy la señora de Farallón 24, lo llamé la semana pasada, el domingo. Le di una bolsa amarilla, y le pedí que la tirara en algún sitio lejos. ¿Se acuerda? ¿Sí? ¡Qué bien! Mire, necesito que regrese a donde la tiró y vea si me la puede traer de nuevo. ¿Qué? ¿No recuerda el lugar? ¡Haga memoria por favor! ¿Qué tenía la bolsa? Eran unos cachorros de gato, recién nacidos. Sí, estoy consciente de que no han de haber sobrevivido, pero aun así, quizás alguno este vivo. ¿Bueno? ¿Bueno?
¡El desgraciado taxista le había colgado! Fue entonces cuando una pata negra y peluda se asomó por debajo de la puerta. La memoria es extraña, en los momentos menos propicios nos recuerda cosas. Estela recordó cómo el domingo anterior, en un rincón del patio grande, había descubierto a la gata y a sus recién paridos hijos.De entre la camada, Estela había tomado a un cachorro blanco con manchitas negras. La mamá la dejó hacer, parecía bastante mansita. Mientras ella pensaba qué hacer con tantos gatos, la madre se dedicaba a lamer a sus pequeños con amorosos lengüetazos. Nada que ver con el engendro que ahora quería pasar por debajo de su puerta.
Vio con horror cómo, tras la pata, siguió parte del cuerpo. Parecía una mancha negra extendiéndose por el piso. ¡El palo de golf! Lo buscó sin encontrarlo. Se estremeció. La mancha se hacía más grande mientras la gata iba metiéndose a su cuarto en un movimiento imposible, aun para el flexible cuerpo de un felino. En poco tiempo estaba dentro, magnífica, incluso parecía más grande, como una pantera. Sus ojos amarillos estaban fijos en ella. Estela temblaba como una hoja, quiso gritar para que alguien la auxiliara, pero su garganta fue incapaz de articular sonido alguno. El animal maulló retándola, reclamándole por sus hijos. De nada sirve arrepentirse tarde por las malas decisiones. Se oyó un sonido de flecha rasgando el aire. Estela alcanzó a ver a la gata saltando sobre ella y cerró los ojos.
El lunes por la mañana Jovita se encontró una escena espeluznante, su patrona tirada sobre un charco de sangre, con cortes profundos en todo el cuerpo y la cara semi-devorada. No quiso averiguar si estaba muerta, que era lo más seguro. Se santiguó. No tenía que avisar a nadie, pues Estela no tenía familia. Jovita se fue directo a la policía.
Se acerca el día de difuntos y como complemento de cualquier plan a tono con las festividades, te propongo leer gratis la colección de relatos que el «Tintero de Oro» presenta en este 6to. número de su revista digital. Me siento muy orgullosa de haber participado en la modalidad «fuera de concurso» con el relato: «El Rey de los Idiotas»,que si no lo has leído lo puedes hacer dando clic AQUÍ.Está inspirado en el relato del gran maestro Poe «El Barril de Amontillado».
Para acceder a todos los relatos y de paso visitar El Tintero, da clicAQUÍ.
Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también.Más información al final del relato.
Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo carguéy lo llené de mimos mientras le hablaba:
—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.
Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:
—No llegó todo.
—¿En serio?
Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.
—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez.Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.
—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.
—Al menos sí llegó la cuna de Santi.
—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dijemientras le limpiaba las lágrimas.
Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.
Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.
En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.
—¿Qué pasó amor?
—No lo sé, no lo sé —dije temblando.
—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.
—Ya pasó, no es nada —mentí.
Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.
—¿Se puede saber qué te pasó?
Le costó responder.
—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.
—Eso me pasó el otro día.
—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?
Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.
Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.
La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:
«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».
Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.
Mi participación en elVadeReto del mes de Septiembre, cuyo tema es un «puente» y según las instrucciones, en la historia debe aparecer este elemento arquitectónico, bien en su forma física o bien en su aspecto simbólico, y al menos una vez la palabra PUENTE.
Lleguéa El Triunfo por accidente. Mi coche se descompuso en la carretera y tenía urgencia por llegar a destino y entregar la carga. De la guantera saqué una linterna y la Glock 25. La noche era fresca, así que extendí mi brazo a la parte trasera del automóvil y jalé mi chamarra de cuero, luego tomé la linterna, pero olvidé la pistola.
Tras una hora de caminata, me topé con un letrero en el camino indicando que me aproximaba a un poblado: «El Triunfo». Me adentré en un camino de terracería. Tras unos veinte minutos alcancé a ver las luces de un caserío, suspiré aliviado, pero al tocar las puertas de las humildes viviendas, las luces se apagaban y nadie abría. De nada me sirvió gritar hasta desgañitarme, el pueblo eran dos calles, y tras recorrerlas y no encontrar respuesta me fui a sentar frustrado bajo un zaguán. Si hubiera tenido conmigo mi pistola, los hubiera obligado a salir. Saqué un cigarro y me dispuse a esperar el alba. Trataba de tranquilizarme pensando en que la vía donde había dejado el carro era poco transitada y nadie se pondría a husmear, al menos por unas horas.
Con el amanecer vi salir de una casa al que resultó ser el panadero del pueblo. Se me quedó viendo con pena y me ofreció un pan de su bandeja. En otras circunstancias me hubiera hecho gracia ver a un hombre delgado como un palillo, usando una redecilla para el cabello, portando un delantal harinoso y un bigote a lo Charles Chaplin.
—¿Usted andaba tocando y gritando en la noche?
—Asentí mientras le dabauna ansiosa mordida a un pan recién hecho.
—Perdone, no acostumbramos recibir visitas a esas horas.
Supuse que dada la insignificancia de aquel lugar, lo más acertado sería decir que nunca recibían visitas.
—Entiendo. ¿Hay alguien que me pueda ayudar? Mi carro se averió, lo dejé en la carretera, a una hora y media caminando. Me urge.
—Ahora es muy temprano. Alrededor de las 11:00 se levanta Raymundo, ese le sabe a la mecánica, seguro le ayuda.
—Necesito a Raymundo ahora mismo. ¿Me puede indicar dónde vive?
El hombre me miró extrañado, pero me dio indicaciones. Fui a tocar a la puerta del «mecánico», mas no obtuve respuesta. El panadero pasó nuevamente por donde estaba yo.
—Le dije que se levanta a las 11.00 — murmuró recalcando cada palabra, y siguió su camino, sin prisas.
En contraste con la excesiva calma de aquel pueblo de mierda, sentí desesperación. El sol levantándose en el horizonte era un signo ominoso. Tenía que orinar en algún lado, así que caminé alejándome de las casas. Escuché un rumor de agua y me dejé guiar por el sonido. Iba pensando que El Triunfo era un nombre demasiado rimbombante para aquel pueblucho. Oriné bajo un árbol, muy cerca de la orilla de un río de caudal importante. Llamaron mi atención las ruinas de un puente bastante antiguo que se elevaba sobre el río, pero a medio camino se había desplomado. Al otro lado se veían los despojos del mismo puente, y luego, más allá, otro caserío. Me emocioné, quizás ahí podría encontrar alguien más dispuesto a auxiliarme.
Regresé y tras intentar sin éxito despertar a Raymundo, me encaminé a la casa del «principal» del pueblo, un hombre llamado Avelino Cruz. De nuevo, el panadero, quien parecía estar en todo, fue quien me informó sobre él:
—Es un hombre de baja estatura, pero este año fue elegido como la máxima autoridad, o «principal» de nuestro pueblo —detecté en su voz un dejo de envidia—. Le atiende en su casa, esa azul que se ve ahí, ya sabe, somos un pueblo pequeñito y nuestras mismas moradas fungen como edificios públicoso negocios.
Avelino me recibió muy serio en su comedor. En verdad resultó un hombre muy bajito, la expresión dura de su rostro hablaba de alguien con el que no se juega, curtido quizá por las burlas hacia su persona. Le expuse mi caso y le pedí que me dijera cómo llegar al otro poblado.
—No se puede llegar ahí. No hay forma, además, es un lugar maldito —dijo tajante. Sin querer, esbocé una sonrisa burlona.
Avelino me lanzó una mirada fulminante y continuó:
—Ese sitio se llama «La Falla» y nosotros mismos tiramos el puente que nos unía con él.
—¿Pero, por qué?
—Cuando se fundó «El Triunfo», el puente que vio ya existía, pero no «La Falla». Ese pueblo fue surgiendo conforme se iba construyendo el nuestro. ¿Me entiende?
—La verdad es que no…
—Mire, se construía una casa acá, pues al otro lado aparecía otra igual. No inmediatamente, tampoco veíamos a nadie allá trabajando, pero de repente aparecía la réplica exacta. Algunos de nosotros fuimos varias veces a investigar, pero aquello estaba desierto, sinrastro de nadie. Dejamos de ir, nos dio miedo. Luego, cuando «El Triunfo» ya estaba acabado, yo mismo me di una vuelta y efectivamente, allá aparecía todo lo que teníamos. Con el tiempo empezó a aparecer gente. Las mismas personas que habitábamos «El Triunfo», estaban ahí: había una maestra igualita a la nuestra, un doctor, los niños, yo mismo…
Suprimí la risa y traté de controlar mi cara, sin mucho éxito, pues Avelino se levantó súbitamente, como dando por terminada la conversación.
—¡Por favor! —supliqué—. Debo entregar algo muy importante y ya me detuve demasiado. Quizás en «La Falla» alguien me ayude.
Ahora fue él quien se rio en mis narices. Se sentó de nuevo y me miró como se mira a un niño al que hay que tenerle mucha paciencia.
—A pesar del temor, algunos de nosotros regresamos, y esas personas parecían no vernos a nosotros. Era como si fuéramos invisibles. Ellos tampoco intentaban pasar a nuestro pueblo, o quizás lo hacían y tampoco los veíamos.
El muy desgraciado ignoraba mi urgencia y seguía con el cuento, pero yo lo escuchaba porque al final también estaba un poco intrigado y no perdía la esperanza de obtener información útil.
—Observar a nuestros dobles resultó inquietante. Hubo gente que, tras pasar unas cuantas horas en «La Falla», regresaba a «El Triunfo», empacaba sus cosas y se iba para no volver jamás. Otros acabaron con alguna enfermedad mental. Así que todos decidimos tumbar el puente para no tener nada que ver con ese lugar. Ahora, respecto a su problema, Raymundo es el único que sabe algo de mecánica, es un alcohólico empedernido y empieza a reaccionar después de las 11.00 Usted tendrá que tener paciencia. Váyase a la casa de doña Consuelo, que está frente a la Plaza, a esta hora ella vende desayunos, tómese un café. ¡Ah! Y ya no haga barullo, por favor.
Salí muy consternado, pero no me iba a dar por vencido. Regresé al río y observé cada detalle para ver si había alguna forma de librarlo y alcanzar la otra orilla que distaba unos cuarenta metros. No había cómo, yo no nadaba muy bien y la corriente era fuerte. Frustrado fui a sentarme en el borde del puente colapsado y me quedé mirando hacia «La Falla» esperando ver a alguien y poder pedir ayuda.
Pasaron unos quince minutos cuando vi movimiento del otro lado: una persona se había sentado también en su respectivo borde de la malograda estructura. Emocionado, comencé a manotear tratando de llamar su atención y él hizo lo mismo, me paré y él me imitó, caí en cuenta que copiaba mis movimientos. Intrigado, fijé mi vista en él y algo extraordinario pasó, pues mis ojos se comportaron como el zoom de una cámara fotográfica y pude verlo hasta en el más mínimo detalle: llevaba ropa igual a la mía y en sus facciones distorsionadas me reconocí. Tenía incluso una cicatriz en la frente de la que yo alardeaba. Sus ojos tenían una mirada diabólica y sus labios esbozaban una mueca maligna que me dio escalofrío. Sus manos manchadas de sangre me recordaron el cuerpo sin vida que guardaba en el maletero de mi auto y que debía entregar a quien me pagaría una fortuna tras asegurarse de que ese pobre infeliz ya no le estorbaría. Se me hizo un nudo en el estómago. Sentí repugnancia de mí mismo, lloré y gemí sin control, una gran pena se había apoderado de mi ser. Nunca volví a ser el mismo.
Autor: Ana Laura Piera
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Estoy aquí con la horrible sensación de que ya viene. Es un presentimiento que nace en mi vientre y me recorre todo el cuerpo hasta que empiezo a temblar sin control. La gente no entiende, ellos no la ven, pero yo la siento. Piensan que estoy enfermo o loco, […]
Éste es un reto lanzado por la cuenta de twitter @AsiloOscuro: En un tweet inspirarse en la imagen, usar la frase sin modificar, citar #AsiloOscuro. (Éste es un relato extendido de mi tweet original)
Imagen tomada de @AsiloOscuro
Fuiste hecho para reflejar belleza. Solo los más hábiles artesanos intervinieron en tu creación. Adornaste habitaciones reales reflejando siempre bellísimos rostros y objetos de granvalor.
Pasaste de mano en mano como una preciada herencia pero por azares del destino acabaste en el Asilo Oscuro. Fue ahí cuando María apareció en tu reflejo, su calavera perpleja observándolo todo desde cuencas descarnadas. Entonces supiste que estabas reflejando otro tipo de hermosura: la más honesta, la más profunda… ladefinitiva.