Como una sombra – Microrrelato.

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Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato, pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego… Se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera

Ella – Microrrelato.

La quise desde siempre, desde que nuestras madres, compañeras en todo, se embarazaron por la misma época y andaban paseando por el pueblo sus vientres preñados de ella y de mí. De niños y luego de adolescentes fuimos inseparables; ella era una rebelde y yo la seguía en sus locuras, más que nada para cuidarla. Luego salí de Todos Santos para estudiar medicina y ya desde mi partida me ilusionaba el regreso y el momento de volver a verla pues siempre pensé que ella y yo estábamos predestinados a estar juntos.

Regresé convertido en una pequeña celebridad: “el hijo de Martina ya es doctor”, “pásele doctor”, “doctorcito, que gusto verlo”, Pero al notar su ausencia se me quemó el alma. Me contaron que después de mi partida, dejó de escuchar buenas razones y le hizo caso a ese diablo insaciable que se rebeló entre sus piernas. Después de dejarse devorar por los hombres de Todos Santos se mudó a otro lugar.

Llegué de noche a San Quintín, lugar miserable. Seguí las instrucciones que me dieron y me encontré tocando a su puerta. Se sorprendió de verme, pero no dijo nada. Seguía hermosa, pero sus ojos, que siempre se habían perdido en los míos, esta vez los evitaron. Me llevó al lecho mientras yo le hablaba en silencio, pues mi voz me había abandonado:

Ven, abrázame, hoy serás mía por primera vez. No me importa que tu cuerpo cobije otros cuerpos, esta noche te quiero como el primer día, como cuando en la oscuridad flotaba en mi tibio lecho de agua y soñaba con nosotros. Te daré lo que todos te dan y aún más, pues mi alma te pertenece. Leeré tus ojos, buscaré una señal, algo que me diga que me quieres, que esto es diferente que vendrás conmigo.

Pero al terminar me señaló un lugar donde dejar el dinero y no dijo nada. Leyó mi rostro que estoy seguro reflejaba decepción y dolor. Ella esbozó una sonrisa extraña. Entonces el sabor de su piel se hizo amargo y mis ojos se volvieron un mar, un mar salado

Autor: Ana Laura Piera

Después de hacer este cuento tan crudo sentí la necesidad de hacer algo diferente con el tema del amor:

https://anapieraescritora.wordpress.com/2021/03/30/amor-sin-pretensiones