El Desmadre – Cuento Corto.

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Pedro regresó de la iglesia con tres saquitos que parecían ser de arena. Cuando su mujer, Remedios, los vio se persignó. Eran las cenizas del hijo de ambos, «Pedrito», muerto en un accidente a los veintiún años. Los otros dos sacos correspondían a la madre de Remedios y al padre de Pedro. La iglesia no toleró el retraso de más de cuatro meses en el pago de las criptas por lo que ahora tenían que buscarles otro lugar de descanso. Los cónyuges de ambos ancianos, fallecidos también hacía ya bastante tiempo, se encontraban, por azares del destino, en otro lugar.

Pedro se fue derechito al jardín seguido de Remedios. Decir «jardín» era una exageración, se trataba de un diminuto parche verde en la parte trasera de la pequeña casa de dos pisos que tenían en Ciudad de México.

—¿Cómo? ¿En el jardín? —preguntó su mujer escandalizada.
—No hay lugar mejor, Remedios. Además dicen que es buen abono, podemos esparcirlos sobre el pasto, crecerá bonito —replicó su marido, que era un hombre muy práctico.
—No creo que a mi mamá y a tu papá les guste estar ahí mezclados. Acuérdate el día del pleito. Y hay que pensar en Pedrito, no me lo imagino aguantando broncas. Hay que darle paz
—dijo Remedios retorciéndose las manos de preocupación.

Pedro se quedó pensando. Recordaba aquel altercado: los dos viejos se habían peleado por defender cada uno cosas de su tierra, empezaron con la comida y acabaron con el baile:

—La gente de Jalisco baila mejor que la de Veracruz. La prueba está en el Jarabe Tapatío, que es conocido en todo el mundo —había dicho la anciana con aire de suficiencia y la ácida respuesta no se hizo esperar: —Los de Jalisco bailan con las manitas atrás, como amanerados, mientras que los de Veracruz con las manos sueltas, ¡como verdaderos hombres! La anciana había tomado el bastón y hubiera golpeado sin piedad a su interlocutor, quien era unos años más viejo que ella; pero Pedrito, quien aún vivía, había intervenido oportunamente: —Vamos abuelos, dejen de pelear, por favor.

—Quizás tengas razón mujer —dijo Pedro—. Sería bueno separarlos. Mañana vamos por tres macetas y tierra y los sembramos con alguna planta.

Remedios sonrió, le gustó la idea.

Al otro día compraron tres macetas baratas y geranios de diferentes colores para cada una, que estaban en oferta. Por la tarde, en el jardín, además del pasto había tres macetitas, cada una con las cenizas de un difunto. Remedios las marcó para saber quién era quién. Puso a Pedrito en medio de los abuelos para evitar problemas.

—¿Nos quedó bien no? Así no se pelean —dijo Pedro medio en broma y se fueron a dormir.

Por la noche ruidos extraños los despertaron; bajaron las escaleras muy asustados y encontraron las sillas del comedor desacomodadas y tres vasitos tequileros a medio llenar.

Otra noche oyeron música, y a la siguiente oyeron plática sabrosa y carcajadas.

—Creo que se caen bien después de todo —dijo Remedios frotándose los ojos que ya mostraban unas tremendas ojeras por las desveladas.
—El problema es que no nos dejan dormir —dijo Pedro y pensando en poner orden bajó muy decidido y encontró el desbarajuste usual, entonces dijo a voz en cuello: —Nos encanta que se la pasen bien, pero procuren hacer su desmadre afuera y sin tanto ruido. Gracias.

Desde ese día los difuntos procuraron hacer sus reuniones sin molestar demasiado a los vivos. Nunca se enojaron; en el más allá se olvidan las rencillas y solo queda acompañarse mutuamente. Remedios y Pedro vieron complacidos crecer los geranios que añadieron color y vida al «jardín».

Autor: Ana Laura Piera

Desmadre: juerga desenfrenada

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Frío Despertar – Cuento corto.

Photo by Veit Hammer on Unsplash

Las veredas son angostas, a los lados hay pequeños jardines bien cuidados y extrañas edificaciones, pequeñas para ser casas. La luz proviene de faroles viejos que a duras penas alejan las tinieblas.

Siento frío y no sé bien por qué estoy aquí. Me acerco a una pareja, son un hombre y una mujer, ella lo sostiene a él que parece sumido en un sueño muy profundo. En el rostro de ella se ve una gran aflicción, pienso en hablarle, pero me arrepiento, ¡se ve tan triste!, así que sigo caminando.

Más adelante, el sendero dobla y desemboca en una calle muy amplia bordeada de altos cipreses que parecen gigantes oscuros y vigilantes. Me encuentro enormes cúpulas, arcos y ventanales por los cuales me asomo, sin poder ver nada. Solo escucho el eterno eco de los sueños y se percibe el olor de los recuerdos. Hay un joven parado frente a uno de estos singulares edificios, es bello, su cara también refleja una tristeza melancólica, mira hacia abajo, como con pesar. Quisiera hablarle, pero temo incomodarlo.

A ratos me encuentro con estas personas. Una mujer hincada abraza una cruz, paso a su lado y siento que su mirada me sigue, pero no estoy segura. ¿Quién me dirá donde estoy? Todos los que veo están en posturas extrañas, algunos tienen los ojos hacia el cielo como preguntándose cosas, otros ven hacia el suelo, como queriendo encontrar la respuesta en la tierra. Manos en el pecho, brazos levantados, hombres y mujeres semi-acostados, como dormidos, como en un sueño dulce y triste a la vez. Veo una niña muy pequeña sentada sobre unos escalones, su pelo le cae en cascada sobre los pequeños hombros y sonríe. Me acerco y me siento junto a ella, la toco, pero está fría y rígida: es de piedra. Asustada, me levanto y me alejo. Corro.

Nadie me ayuda, ni los ángeles de alas extendidas y ojos manchados. Ya no sé si son lágrimas o es el tiempo que destila por sus ojos. Todos tan fríos, tan solemnes, estoy a punto de llorar y gritar de desesperación cuando alguien me toma de la mano. La sensación es de una piel áspera y callosa, pero tibia. Aprieta mi mano en la suya y ese calor me reconforta. Por su andar cansino adivino que es un hombre viejo, su rostro esta semi-oculto con una capa. Parece conocer este laberinto a la perfección. Caminamos en silencio. Advierto que regresamos a la vereda donde inicié mi peregrinaje. Hay una chica que no había visto antes, tiene una flor en la mano, como ofrendándola al cielo, está recostada sobre una pared en la cual hay algo escrito, tiene los ojos cerrados. El lugar es bastante reciente, hay flores frescas, el hombre señala las letras, es un nombre… Mi nombre. Suelta mi mano y me da un golpecito en la espalda, como animándome a entrar. Comprendo

Autor: Ana Laura Piera

Malena – Cuento corto.

Un viudo falta a su promesa.

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Cuando a Alfonso le entregaron las cenizas de su mujer tibias aún, soltó un suspiro nacido del alma. No tanto de pesar sino porque hasta hacía poco tiempo tenía la impresión de que ese momento no iba a llegar nunca y que primero se iba a morir él que Malena.

Malena llevó su largo matrimonio de treinta y cinco años con modos dictatoriales pero efectivos. Durante todo ese tiempo Alfonso simplemente se había limitado a orbitar a su alrededor. Hasta en sus últimos momentos lo tuvo por noventa días en jaque pensando en que ese día se moría y a la mera hora… No.

Malena, la de las manos frías y voz rasposa de fumadora empedernida. Invariablemente todas las mañanas se despertaba y le decía: «Poncho, mi café», y él, siempre obediente, corría a la cocina y le preparaba un expresso como a ella le gustaba: mezclado con un poco de azúcar y una rodaja de limón en el borde de la taza. También le había advertido que si ella se moría antes que él, no quería a ninguna mujer metida en su casa. «¡Prométemelo Poncho!», decía con vehemencia y él asentía con cara de perrito fiel.

Pasó un tiempo antes de que Alfonso se fijara en alguien más y entrándole el entusiasmo juvenil que da el amor, se olvidó de aquella promesa. Un buen día se encontró despertando con otra en la cama que había compartido con Malena.

Los dos amantes cruzaron miradas. Alfonso estaba embobado con el brillo de unos ojos verdes que habían visto pasar tan solo veintidós primaveras; en la maravilla que era la visión de su pelo largo y sexy desparramado en la almohada y en la cordillera perfecta que dibujaba su cuerpo en las sábanas. Empezó a sentir una erección.

La muchacha sonrió y le tocó con manos heladas, para luego, con voz rasposa decir: «Poncho, mi café».

Autor: Ana Laura Piera.

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El hechizo – Cuento corto.

«RECREACIÓN» del cuadro «Ofelia» de John Everett Millais

El río que corría tranquilo cambió de ritmo repentinamente. Se observó una pequeña perturbación en el fluir del agua, un burbujeo que se fue haciendo cada vez más notorio. Después el agua se aquietó y la perturbación había tomado la forma de Marie, que aparecía transparente, líquida y en la misma posición en que la habían encontrado sin vida: semi-sumergida boca arriba, sus ojos mirando al cielo, sus ropas flotando como algas en el agua cristalina.

La hoguera que ardía frente a Isabeau, liberaba un humo negro y nauseabundo, como las cosas que se consumían en ella, pero faltaba el componente que haría toda la diferencia: unas gotas de su propia sangre.

«Marie, hermana eras un ser excepcional, en ti no solo había belleza física sino una hermosura interior que hacía que todos te amaran. Bernard te amó como nadie. ¿Sabes Marie?, a mí también me gustaba él. Envidiaba esos besos tan largos que se daban detrás de la casa. Pero ni él ni nadie reparó jamás en mí».

«¡Espíritus del agua, devuelvan a Marie!»

«Regresarás a casa. Mamá enjugará sus lágrimas en tu pelo y papá no se cansará de mirarte. Tendrás a Bernard y todo lo tuyo regresará a ti.
Se quedó callada unos instantes y luego añadió en tono más bajo: «También seguiré siendo una niña estúpida creciendo a la sombra del ser más perfecto»

Con una espina pinchó uno de sus dedos. Una perla rojísima brotó de él. Solo faltaba agregar al fuego un par de gotas rojas y Marie regresaría a la vida, pero la joven aprendiz de hechicera titubeó…

«No quiero volver a ser infeliz» — pensó.

Entonces tomó su dedo herido y lo metió a su boca, negando a la hoguera hambrienta la sangre vivificante. Las llamas se fueron apagando y la forma aparecida en el río se disipó lentamente. Isabeau miraba todo muy seria y muy triste, también se escuchó un llanto, el llanto de Marie al morir por segunda vez.

Autor: Ana Laura Piera

Este cuento fue inspirado en el cuadro «Ofelia» de John Everett Millais. Si gustan ver el cuadro original: https://es.wikipedia.org/wiki/Ofelia_(Millais)

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Las carpas – Microrrelato.

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El discurso hueco de su padre le resultaba de lo más irritante y sin embargo, arrancaba lágrimas a los asistentes. Más de uno tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse los ojos y sonarse la nariz haciendo ruidos infames. El orador cautivaba a su audiencia y los sumía a todos en un estado de mortificación difícil de superar. A todos menos a él, que lo conocía y sabía de su propensión crónica al abandono. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había visto antes de esto? Tristemente no podía recordarlo.

Decidió dejar la ceremonia para caminar un poco y encontró un estanque. Le llamó la atención un pedazo de pan en el piso y lo recogió; alguien había estado antes alimentando a las carpas japonesas que vivían en él. Comenzó a aventarles migas de pan.

Observó fascinado cómo los peces, cual flechazos de fuego, se abalanzaban para ganar la recompensa. De repente oyó música de mariachi, escogida por su padre. Él hubiera preferido música clásica alegre, quizás Vivaldi. Echó un último vistazo al estanque, ahora tranquilo, después del frenesí. Extrañamente sintió que debía regresar al ataúd y ser uno con su cuerpo una vez más. Una especie de despedida en medio del frío cobijo de la tierra. Sería por poco tiempo pues tenía pensado regresar a terminar de darle de comer a las carpas.

Autor: Ana Laura Piera

Xoloitzcuintle – Cuento corto.

Un perro entabla un diálogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de México. ¿De qué hablarán?

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX


La vida en la Ciudad de México es muy ajetreada: todos los días por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehículos y perros callejeros. Un día por la esquina de las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condición que no se advertía a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endémica de México, muy apreciada y con una estrecha relación con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y después se convirtió en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispánica con la imagen de una cabeza de serpiente. Esta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo están ocultos.

La serpiente de piedra olió al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en México a esta raza en particular), y se estremeció, pero no dijo nada. El animal empezó a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Así pasó un rato.

—¿No te molesta no poder ver? —preguntó al fin el “xolo”.

—No —dijo la serpiente—, me dejaron libre lo más importante, mi nariz. A través de ella puedo oler y así percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso —dijo refiriéndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlán, capital de los Mexicas.

—¿Hueles la ciudad? —preguntó el “xolo”.

—Sí. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte.

El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear también aquellos recuerdos.

—Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. Se refería a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que había estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra exactamente iguales a su interlocutora.

La serpiente suspiró. Fue un suspiro largo y nostálgico. Llevaba casi quinientos años «incrustada» de forma humillante en aquel edificio colonial.

—Si quieres —dijo el “xolo”—, te puedo liberar. Lo sabes bien.

—No, déjame un rato más aquí. Tengo la esperanza que un día caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, saborear con mi lengua su destrucción.

—No apostaría a eso —respondió el “xolo”—, pero bueno, es tu elección. Me voy. Regresaré después a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo seré quien te guíe. Ese día descansarás.

La serpiente suspiró nuevamente y luego calló. La gente que pasaba no advirtió que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacía se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza, llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufrió otra transformación: su cuerpo de perro cambió a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xólotl, el dios prehispánico del ocaso y de los espíritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, el inframundo.

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

Autor: Ana Laura Piera

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Anís o café – Cuento corto.

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Cipriano sorbía su anís lentamente, le gustaba mojar sus labios con el dulce licor y luego pasar su lengua por ellos. Todas las tardes sacaba su botella de Chinchón y se sentaba en su sillón favorito en la terraza de su cabaña. Mientras paladeaba el licor, miraba el volcán. Le fascinaban los cambios que “Don Goyo”, que era como llamaban los lugareños a la noble montaña, presentaba: en ocasiones aparecía envuelto en un manto níveo y otras aparecía sin nieve y exhalando humo como si estuviera fumando.

La esposa de Cipriano a veces se sentaba con él, ella prefería un licor de tequila que le mandaban desde Guadalajara. Ambos disfrutaban sus respectivas bebidas y de cuando en cuando, el silencio era interrumpido por un diálogo entre ellos, que casi siempre era precedido por un aroma que parecía surgir de la nada.

—Cipriano, ahí esta otra vez tu mamá. Cipriano hacía una respiración profunda llenando sus pulmones con el aroma a nardos que se percibía en el ambiente.

— Sí, es mi mamá —decía convencido—, cuando huele a vainilla es la tuya.

—Hace mucho que no viene mi mamá —decía Refugio compungida.

—Estos muertos caprichosos, mira que venir a manifestarse con olores. Yo siempre había pensado que los espíritus no tenían olor.

—Son los misterios de la muerte, viejo.

Se quedaban en silencio los dos, reflexionando en su propia mortalidad.

—Cipriano dile a tu madre que su olor ya me está mareando.

—Seguro ya te escuchó, a ver si no se enoja.

—El que peor huele es tu hermano Facundo, ese olor a flores mustias es muy desagradable. Me pregunto si a ellos les gusta nuestro olor… Bueno, supongo que sí porque si no, no estarían viniendo donde los vivos ¿verdad?

Cipriano asintió —¿Sabes mujer? Cuando me muera me gustaría oler a anís o a café recién hecho ¿Y tú?

—Tal vez a canela, me encanta.

A veces, si la plática se ponía buena se servían otra copa.

—Si todos los espíritus tienen un olor particular, ¿a qué olerá Dios?

—Mujer pues no sé… tal vez en él se concentren todos los olores del mundo y no huela a nada en particular.

—Ustedes los hombres no tienen mucha imaginación, yo pienso que tal vez huela a algo que no existe en este mundo, un olor celestial, algo que solo puedes conocer si eres un espíritu.

El olor a nardos se intensificó como si la madre de Cipriano quisiera dar su versada opinión sobre el tema.

—Una cosa es segura, a veces los muertos huelen mejor que los vivos —dijo Refugio convencida—, ahí está Román el que nos trae los víveres semanales, ese huele a pescado podrido.

Cipriano rio de buena gana.

—Tú me encantas como hueles mujer.

—No empieces…

—Anda, vamos a la cama, todavía falta mucho para que estemos muertos.

—No, no, a nuestra edad no deberíamos, y luego con todos nuestros muertos alrededor…

—Estás loca, no me vengas con eso.

Luego los dos viejos entraban lentamente a su cabaña y en su alcoba, juntos, inventaban olores exquisitos que los muertos envidiaban. Después, satisfechos, continuaban con su plática.

—Mujer, ¿en verdad quieres oler a canela?

—No sé… Fíjate que últimamente me gusta el olor de mi prima, la Magda, ¿te acuerdas de ella? La que murió de parto. A veces viene y trae un olor a jazmín que me agrada mucho.

—Sí, recuerdo a Magda. Bueno pues yo sigo prefiriendo el anís, o si no, el olor a café recién hecho.

—Olerás muy rico.

—Se me está antojando olerte otra vez.

—¡Ay Cipriano! No empieces de nuevo…

Autor: Ana Laura Piera

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