«Las Almas» Cuento corto.

En este relato, se citan algunos compañeros de la comunidad de Blogers. Net. Algunos de los que me leen los conocen y los que no, los invito a que lo hagan y den clic en los enlaces para conocer blogs interesantes.

Un codazo en las costillas me sacó de golpe de mi estado soñoliento. La persona junto a mí había reaccionado cuando mi cabeza tocó su hombro. ¡El metro! Di un vistazo rápido al gráfico de las estaciones y casi agradecí el golpe: ¡Me bajaba en la siguiente! Solo que al salir del vagón, me encontré mirando el techo y las paredes color castaño claro de mi cuarto. Mi mente, arropada aún en la niebla del sueño, no funcionaba bien. La frialdad de las sábanas me era ajena, las gatas, que deberían estar acurrucadas junto a mí y dándome calor, estaban en sus camas repartidas en el piso. Me incorporé del lecho y salieron corriendo. Para mi sorpresa vi que mi cuerpo ahí seguía.

«Estoy alucinando», pensé. No era para menos, recordé los días de fiebre y tos, la dificultad para respirar y un dolor en el pecho con cada respiración que me hizo llamar al doctor. Ignoré a la demacrada criatura que yacía frente a mí, pensando que eran efectos secundarios de la medicina, como la sed implacable que sentí y que me hizo ir a la cocina por un vaso de agua. Una de las gatas, la negra con manchitas blancas en los pies, me siguió hasta la cocina, quedándose en el dintel de la puerta con la mirada fija en mí y todo su cuerpo tenso.

—Kali? ¿Qué pasa chiquita? ¿Te desperté?

Kali siguió en la puerta, confundida. Me serví agua y acerqué el vaso a mi boca. Bebí, pero el infierno no se apagó. Me encaminé a la salida y Kali se alejó de mí a toda velocidad.

De regreso en la habitación, frente a mi doble, sentí el peso de la realidad: yo estaba muerta y ese era mi cadáver. «¿Qué era yo ahora? ¿Un fantasma?» Todas mis gatas se estaban comportando igual que Kali, podían verme, mas intuían que algo había cambiado, y estaban asustadas. Sentí muchas ganas de llorar. ¡Y la sed! ¡La maldita sed!

Justo cuando estaba a punto de caer en la desesperación, de la nada, se formó una nube muy blanca en medio del cuarto. La nube rotó sobre sí misma haciéndose cada vez más grande y al alcanzar cierto tamaño comenzó a degradarse, apareciendo un joven de unos 25 años, flaco como un alfiler, muy rubio, sus ojos azules semi ocultos por unos lentes de pasta y gruesos cristales. Iba vestido con unos jeans gastados y una camiseta azul deslavada.

—¿Quién eres? —pregunté. Yo estaba en shock y temblaba de arriba a abajo.

—Soy Wolf. Tu guía —dijo sacudiéndose enérgicamente de encima los últimos jirones de nube.

—¿Guiarme a dónde? ¿Al cielo? ¿Eres un ángel?

Wolf hizo un gesto de desdén y yo enloquecí:

—¿Entonces… al… infierno?

—No, no, cielo e infierno no existen. Los que han trascendido y aman la literatura viven en «Las Almas», donde encuentran consuelo, paz y alegría. Es una gran ciudad etérea, una réplica mejorada de las terrenales. ¿Vienes o no?

—¿Tengo opciones? Quizás preferiría quedarme.

—Entiendo. Hay quienes no quieren ir a «Las Almas». Creen que no deben alejarse de sus afectos, lo cierto es que una vez que mueres, ya no perteneces a este sitio.

Pensé en mis parientes: los que me habían importado ya no vivían. Luego en mis amadas gatas, en su actitud hacia mi nuevo estado. Nunca fui muy creyente ni nada parecido, pero siempre había aceptado los conceptos de «cielo» e «infierno». Y ahora este chico me decía que eso no existía, que había otra cosa. ¿Podía confiar en él? Algo me decía que sí.

—Acepto. Antes dime, ¿cómo me quito esta sed tan espantosa que tengo?

—Es normal, eso se resolverá a su debido tiempo y mientras más nos tardemos más tiempo pasará para que la apagues. La primera parada es con Maty la «vidente». Ella te dirá a qué región podrías pertenecer según el tipo de literatura que te atraiga: narrativa, poesía, dramaturgia, etc.

—¡Como el sombrero de Harry Potter! —dije soltando una risita nerviosa. Había visto todas las películas de la saga al lado de mi hijo.

—Sí, solo que Maty es más linda que el sombrero —dijo Wolf sonriendo, y ese gesto me tranquilizó un poco.

—Háblame del proceso —le dije. Tenía muchísima necesidad de beber, pero también quería estar segura de que estaba haciendo lo correcto.

—No puedo explayarme mucho. Sigue Themis, la primera guía. Ella te guiará por caminos seguros, evitando las piedras «boludas» que abundan, y que podrían hacerte resbalar y alejarte. A medio camino, el guía cambia: Marcos, con su gran experiencia te pondrá frente a las mismísimas puertas de «Las Almas».

—Está bien, dije tratando de hacer memoria: primero Maty, luego, Themis y Marcos ¿y después?

—Antes de entrar en la ciudad, debes pasar por el juicio de Cabrónidas.

—¿Un juicio? —dije desfalleciendo, pensando en todas las veces que violé los preceptos bíblicos y la Constitución.

—No te preocupes, Cabrónidas puede ser muy «cabrónidas», pero es justo.

—Ok, suponiendo que pase el «juicio»… —dije, y el tono de mi voz delató la poca fe que me tenía.

—En las puertas de «Las Almas» te recibirán Merche y José Antonio. Será un recibimiento cálido, pues así son ellos. Mientras caminan por las calles te explicarán un poco el funcionamiento de tu nuevo hogar, José Antonio señalará los lugares donde puedes encontrar los mejores chupitos y tapas. Pararán en un lugar donde te servirán tu primer vaso de cerveza «vaporosa» y ahí la sed terrenal ¡Desaparecerá! Merche te platicará de algunos proyectos a los que puedes sumarte, como «La Nube de Oro», donde el mejor relato literario gana premio, también José Antonio te hablará de su propio reto literario. Te dejarán en el taller de Dakota, ahí tendrás un momento «zen» donde purgarte de todo lo pasado para que puedas vivir a plenitud en tu nuevo hogar.

Iba yo a preguntar qué seguía, pero Wolf se adelantó impaciente:

Beatriz, (que seguro te contará algo de la historia del lugar), Nuria, y Finil serán tus «madrinas». Ellas te recogerán en lo de Dakota y te acompañarán todo el camino al Edificio del Consejo, que se parece a un templo griego, con todo y columnas y techo a dos aguas. Ahí hablarás con sLuis quien te instruirá un poco en cosas técnicas, porque, aunque somos etéreos, sabemos de algoritmos.

—Nunca pensé que en un lugar intangible se usaran ese tipo de cosas.

—De esa forma se administra todo en «Las Almas». Luego podrás ver a Tarkion, uno de los miembros del Consejo. Tarkion también es un experto en las lides informáticas, además de un cuentista notable, de hecho hay un concurso literario convocado por él y te recomiendo participar. Cuando estés lista, cerrarás los ojos y Tarkion extenderá su dedo índice derecho y serás enviada automáticamente a la región que te corresponde según lo dicho por Maty— debió ver mi cara de angustia porque agregó —¡Te prometo que no duele nada!

—Y, ¿cómo es la vida en «Las Almas»? ¿Me podré enamorar? ¿Se practican deportes?, ¿Se puede viajar?

—Ya lo descubrirás por ti misma.

Observé mi habitación y su contenido: el ordenador, las camas de mis gatas, acaricié con la mirada las viejas fotos de mis padres y hermanos, mirándome muy serios desde las paredes. En especial, la foto que estaba sobre mi mesita de noche. Ahí, mi hijo Edgar, joven y sonriente, posaba para la cámara. Días después moría en un accidente. Eso me hizo preguntar:

—¿Y mi familia?

—Allá no hay parentescos previos, todo es nuevo, incluso la apariencia, pero es posible que te encuentres almas muy afines, podrían ser gente importante de tu pasado. —Wolf se quedó callado y se quitó los lentes de pasta. Algo en su mirada me recordó a mi hijo. ¿Todavía quieres tardarte más con todas estas preguntas?

—¿Y las gatas? ¡Ellas también son familia! —dije, mirándolo también, escudriñando con esperanza su rostro. No era Edgar, ¿o sí? A él le gustaba mucho la narrativa, como a mí.

—Yo me encargaré de que acaben en un buen hogar. Te lo prometo.

—¿Eres Edgar?

El joven volvió a sonreír y esta vez no tuve dudas.

—¡Vamos! ¡Hay que apagar esa sed! Como te dije, Maty es la primera…

—¿Nos volveremos a ver? —le pregunté con un hilillo de voz.

—Sí, nos volveremos a ver.

Autor: Ana Piera.

Nota: Perdón por este relato extenso. La idea era incorporar a algunos compañeros de la comunidad de Bloguers.Net, si hubo alguien que se me haya escapado, pido disculpas, de ningún modo es intencional.

Para los amigos y lectores que todavía no están en Bloguers, lo recomiendo mucho.

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La Playa – Cuento Corto.

Ese día, la tarde irrumpió antes de tiempo y como consecuencia me quedé sin comer del platón de gajos de naranja que siempre nos ponía mi madre a media mañana, después de nadar y asolearnos.

La luz empezó a menguar y como no podía seguir nadando, me dio por caminar en la playa, hasta encontrarme con el cerro que dividía la bahía y que avanzaba dentro del mar, terminando en una mole rocosa con forma de animal. Mi hermano Pedro siempre le vio forma de rinoceronte, pero a mí se me figuraba más un elefante. A mamá no le gustaba que camináramos hasta ahí, era un lugar triste y peligroso, sobre todo si te daba por subirte al «lomo» del «animal», pues te podías caer a los peñascos filosos, bañados de espuma.

En lo alto, entre maleza y rocas, había muchas cruces que recordaban a los caídos y a los ahogados. Algunas eran recientes y se podía leer el nombre del difunto, otras estaban oxidadas e ilegibles, unas más aparecían dobladas por el viento y a punto de caerse. Mi abuelo nos contó que con el tiempo, la fuerza de los elementos acabó por vencer a las más antiguas, que desaparecieron, llevándose el recuerdo del muertito para siempre. Según él, debió haber muchas víctimas del mar a lo largo del tiempo, antes de que su padre construyera la casa de la playa, e incluso antes de que se usaran cruces para recordar a los desaparecidos.

En esa luz, cada vez más escasa, me pareció ver personas encaramadas en el cerro en lugares poco accesibles, cual cabras monteses. Aparecían y desaparecían, como los fotogramas de las viejas películas familiares que nos proyectaba el abuelo algunos domingos. Yo atribuí el fenómeno a esa luz rara. Hombres, mujeres y niños, de todas las edades, y a juzgar por la vestimenta, de todas las épocas, estaban sentados, con las rodillas junto al pecho, el pelo revuelto por el viento y los ojos fijos en el mar, como esperando algo. Nadie reparó en mí hasta que un joven indígena, de pelo largo y negro, desnudo excepto por un taparrabo, se volteó y me miró por unos segundos para luego regresar la mirada al agua.

Miré el camino que acababa de recorrer. A la altura de nuestra casa veraniega, un gentío hacía corro alrededor de algo que estaba sobre la playa. Sentí curiosidad y quise regresar a ver qué era. Ya una vez el océano había vomitado una serpiente marina muy larga, de color blancuzco y con un llamativo patrón de anillos negros. Mis hermanos y sus amigos, armados de palos e invadidos por una mezcla de horror y fascinación, la picaban y la movían, primero cautelosamente, después, sin respeto. No me dejaban verla más de cerca, y no fue hasta que mi padre vino por ella y se la llevó, no sé a dónde, que la gente se dispersó.

Di un último vistazo a las personas-cabras que ya habían dejado de desvanecerse. Pensé en lo que diría mi padre cuando le contara de ellas. Él era un hombre práctico y diría que las imaginé y, cuidando mi autoestima, le echaría la culpa a mi cansancio después de nadar y saltar olas, que ese día habían estado especialmente grandes.

Me dispuse a desandar mis pasos, apenas había avanzado un poco cuando algo que no podía ver, me impidió seguir. Intenté traspasar aquello varias veces y desde diferentes lugares sin lograrlo. Con mis manos golpeé fuerte aquella especie de dura pared invisible sin hacerle mella, tirarle patadas tampoco ayudó. Desesperada rompí en llanto y me derrumbé en la arena gritando «¡Ayuda!»

Entre lágrimas vi al indio joven bajar de su sitio en el cerro y acercarse a mí. Cuando llegó a mi lado, la luz se había mezclado con la oscuridad. Masculló algo en un lenguaje que no entendí mientras movía su cabeza de un lado a otro, como negando. Supuse que me pedía que ya no llorara. Me incorporé. Sus ojos negros me instaban a que lo siguiera, pero yo no quería. Lo que deseaba era regresar y ver qué era aquello que la gente veía con tanta atención en la playa, también quería comer frescos gajos de naranja, abrazar a mis padres y jugar con mis hermanos.

Al fin me di por vencida, quizá desde arriba alguien podría verme y vendrían por mí. El indio subió ágil, se veía que conocía el cerro y yo ya no podía ver casi nada. Me ayudó a sortear los lugares escabrosos tendiéndome una mano que era como una llanura enorme y árida donde se perdía mi mano de niña. Se sentó en el mismo lugar donde había estado antes y me señaló un sitio a su lado y ahí me senté. Los demás, como estatuas, nos habían seguido con la mirada sin decir nada. En esos momentos ya todo estaba envuelto en tinieblas y pensé que era muy tarde para que alguien pudiera verme o para bajar por mi cuenta. Con el corazón encogido decidí esperar al otro día.

Las piedras del lugar se me clavaron en las asentaderas y las malas hierbas arañaron mis piernas. Noté que una heladez desconocida se fue instalando en mí mientras escuchaba atemorizada los bramidos del mar. Ya no podía ver al indio en medio de esa noche espesa, pero sentí su mano áspera sobre mi espalda temblorosa en un vano intento por reconfortarme.

Y ahí me quedé… esperando, junto a todos los demás.

Autor: Ana Laura Piera.

Los amigos de «Masticadores» me hicieron favor de publicar mi relato, puedes verlo AQUÍ.

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La mudanza – cuento corto.

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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Ya vienen los fantasmas – Cuento corto.

La abuela se moría. Postrada en aquella triste cama parecía una muñeca rota. Cuerpo y mente finalmente la habían traicionado, no podía moverse y además había empezado a decir cosas de lo más extrañas. Todos nos sentíamos miserables y yo pensaba por qué la muerte no la dejaba irse con dignidad y cordura; en vez de eso, ella gritaba y fijaba la mirada como una loca señalando al vacío, diciendo:

—¡Ahí! ¿No lo ven? ¡Ahí está Roberto! ¡Hermano! ¡Qué alegría verte!

Luego sonreía tiernamente cuando en otro lado de la habitación creía ver a uno de sus hijos, el más pequeño, muerto de pulmonía a los dos años:

—¡Danielito! ¡Mi niño! Acércate, dame un beso.

Después se tornaba seria, enjugaba sus ojos llorosos y con el ceño fruncido decía:

—En la puerta está Paula, dile que no la quiero ver, no le perdono que le haya quitado el novio a Tita, entre hermanas no se debe hacer eso.

No faltaba quien se acercaba y en voz suave le decía:

—Abuela, abuelita, mire bien, ahí no hay nadie: Roberto, Danielito y Paula están muertos, Tita también; hace mucho que se murieron.

Entonces ella sacaba fuerzas, no sé de donde y con vehemencia gritaba:

—¡Ahí, ahí! ¿Cómo es posible que no los vean?

A algunos de mis primos les daba miedo, entraban a darle un beso y se despedían apresuradamente. La mayoría acabó por irse. Yo empezaba a sentir anticipadamente el dolor de su ausencia, se iba mi gran amiga y confidente, mi chef favorita, mi consejera y cómplice desde que era niño. ¡No era justo que la locura la devorara en los últimos momentos!

Mi madre y los pocos que aún estábamos presentes decidimos tomar turnos para cuidar a la moribunda. Pedí el primero para que los demás pudieran tomarse unos momentos para comer y descansar. Me quedé solo, con mi abuela y sus fantasmas.

Con la habitación en penumbras y sin la presencia de otras personas pude percibirlos. Al principio pensé que el cansancio me hacía ver cosas, pero poco a poco me convencí: ¡Eran reales! Todas las personas que mi abuela había mencionado estaban ahí, los reconocía por las fotografías viejas que había llegado a ver de ellos. Etéreos, casi transparentes, se arremolinaban alrededor de la cama, otros estaban sentados en ella, algunos le acariciaban las manos y los cabellos, otros conversaban animadamente en grupos por la habitación. Me sonreían, llegué a sentir palmaditas en la espalda propinadas por manos heladas de gente ya fallecida. Extrañamente, no sentí miedo, sentí una enorme paz cuando vi que no estaría sola.

Con un ligero estremecimiento, su espíritu abandonó su cuerpo físico y pude ver cómo se incorporaba de la cama y abrazaba a aquellas personas. No olvidaré jamás la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro cuando el pequeño Daniel se acercó corriendo y ella lo cargó en sus brazos. De repente, todos los fantasmas comenzaron a desvanecerse como el humo de los cigarros. Ella se fue al último, sosteniendo aún a su hijito, me lanzó una mirada cómplice y me dijo:

—Te volveré a ver.

Yo sonreí, ahora estaba seguro de que así sería.

Autor: Ana Laura Piera

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El Pequeño Vanko – microrrelato.

—Mamá ¿Llueve? Oigo truenos.

Los ojitos azul pálido del pequeño Vanko miran asustados a su madre quien lo abraza fuertemente. A lo lejos se oyen ruidos terribles causados por los misiles que caen sobre la ciudad. ¿Cómo explicarle que no es la naturaleza lo que escucha, sino la ira de los hombres?

«No dejaré que la inmundicia de esta guerra ensucie su inocencia», piensa.

—Si, mi amor. Llueve, llueve muy fuerte. Hoy no podrás salir, pero mañana invitaremos a tus amigos Fedir y Yoan a que jueguen contigo en casa.

Oxana quisiera con todas sus fuerzas, que lo que dice fuera verdad, pero siente un presentimiento espantoso. Un frío que nace en el estómago y que se esparce por todo su cuerpo como alfileres helados. Abraza aún más fuerte al niño, tan fuerte que le hace daño sin querer. En ese momento, del cielo cae una bola de fuego sobre la vivienda, tras el infierno, solo queda el silencio y las ruinas humeantes.

—¿Mamá dónde estamos? Te ves …diferente —dice Vanko, su mirada azul en absoluto arrobamiento mientras mira a Oxana que parece resplandecer.

Ella sabe que han muerto. Inmediatamente después de morir tuvo una visión de sus cuerpos sin vida, desparramados en la tierra obscurecida por el fuego. El miedo y el frío que había sentido se han ido, ahora nada más sienten paz, una paz inmensa, incomprensible. Se encuentran en una colina vestida del verde más puro, el cielo sobre sus cabezas es de un azul intenso, interrumpido aquí y allá por blancos rebaños de nubes viajeras. Vanko se aleja un momento mientras juguetea alegre entre la hierba. Oxana sabe que donde están ahora, no podrá alcanzarlos la perversión de la guerra. Los intolerantes, los agresivos, los amorales, los perversos, los hijos de la ira… Todos ellos quedaron muy lejos y no podrán dañarlos más.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

Nota: Vanko y Oxana, podrían ser Ahmed y Nayua, o Juana y Pedro etc. Los personajes son ficticios pero sabemos que muchos seres humanos vivieron o viven hoy lo que aquí describo. En una guerra, (sea donde sea y por las razones que sean), no hay cosas buenas, todo es injusticia y los que más sufren son los civiles. De corazón deseo que más allá de la muerte haya paz, o… silencio.

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Merari – Microrrelato.

Bajo el sol del atardecer y en la orilla oeste del Nilo, en Tebas, se llevaba a cabo el fastuoso entierro de Rahotep, el escriba favorito del poderoso faraón de Egipto.

Uno de los sacerdotes oficiantes colocó en la suntuosa tumba una pequeña talla de piedra con forma femenina, sin piernas, y pronunció una sentencia de servidumbre eterna. En la escultura estaba imbuido mágicamente el espíritu de Merari, una joven a la que el escriba había hecho suya a la fuerza infinidad de veces y a la que consideró imprescindible para poder disfrutar a plenitud de la otra vida.

Cuando el mausoleo quedó a oscuras y sellado para la eternidad, Merari intentaba con todas sus fuerzas desprenderse de la figura que la contenía, pero sin éxito. Al carecer simbólicamente de piernas, estaba condenada a permanecer ahí. Silenciosa, pero intensamente, imploraba a la diosa Hemsut que la asistiera.

A veces los dioses, son misericordiosos con las personas, y Hemsut se apiadó de ella, permitiéndole que le crecieran alas.

Rahotep vio con horror cómo las frágiles alas ahora adosadas a la figura de Merari, comenzaban a moverse. La figura se rompió en pedazos y el espíritu de la muchacha inició su vuelo hacia la ansiada libertad.

Una mueca horrible se instaló en el rostro embalsamado del escriba al verse privado para siempre del placer que le robaba a Merari. Así sería descubierto, así sería recordado.

Autor: Ana Laura Piera

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Recuerdos – Microrrelato.

Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa; deambuló de aquí para allá, y se sintió especialmente atraído por la calidez que emanaba de la cocina, calidez que abrió la llave a los recuerdos: Le vino a la mente el postre de higos en almíbar […]

Recuerdos por Ana Laura Piera

Encuentro en el muelle – Cuento corto.

foto de Jaime Moreno en Flickr

—Es un hombre que camina encorvado —me dijo mi primo—, aparece como a las dos de la madrugada, camina un poco por la playa y desaparece a la altura del viejo muelle. ¿No te da miedo verdad? Aquello me sonó a desafío y contesté: —Iré, estoy seguro que no hay nada. Ustedes acá en el pueblo creen cualquier cosa pero cuando vives en la ciudad, eso cambia. Mi primo sonrió divertido ante mis ínfulas citadinas y eso me molestó.

No había luna ni estrellas esa noche, la playa se había convertido en un lugar oscuro e irreconocible salvo por el ruido familiar del mar lamiendo la arena. Saqué mi pequeña linterna y apunté su diminuta luz amarillenta a las tinieblas que me envolvían, pero fue evidente que de poco me serviría.

Caminé en medio de la oscuridad con el mar a mi lado, pensé en quitarme los zapatos, pero los filosos guijarros y conchas marinas que adivinaba incrustados en la arena me disuadieron. Me remonté a mi infancia cuando de la mano del abuelo salíamos en la noche a admirar el fenómeno de bioluminiscencia que a veces hacía que las olas dejaran un rastro de luz verdosa sobre la arena. El haz de mi linterna se topó con un pez globo muerto, que bailaba a merced del suave oleaje. Me quedé observándolo con una fascinación mórbida que no sé explicar muy bien. Cuando alcé la vista, ahí estaba el sujeto, y supe casi de inmediato que no era un ser humano vivo, su cuerpo irradiaba también una luminosidad extraña e irregular, como una estrella exhausta a punto de apagarse.

Estaba frente a mí y su boca se curvaba en una mueca rara que pretendía ser un gesto amigable. Era un hombre entrado en años, llevaba los pantalones doblados a la altura de la rodilla y de su hombro colgaba una red de pesca. En una mano llevaba también una cubeta que parecía pesada a juzgar por la inclinación que provocaba en su cuerpo.

—¿Usted también va hacia el muelle? —me preguntó con una voz rasposa que me acabó de robar el aplomo. Hubiera querido echar a correr, pero la misma fascinación mostrada hacia el pez hizo que mi mente buscara las palabras para contestar, no fue fácil, mi lengua parecía haberse separado de mi cuerpo y haberme dejado abandonado y mudo ante las preguntas del fantasma. —Ehh… Ssí —mis palabras salieron de mí casi sin aliento. Reparé que el muelle al que se refería él, ya no estaba, eran solo unos cuantos pilotes de madera que quedaban como testigos silentes de la estructura que antaño existió en ese lugar.

—Vamos pues— dijo, y comenzó a caminar y yo lo seguí a pesar del martilleo furioso de mi corazón que protestaba ante tal insensatez. Noté con horror que sus pies descalzos no dejaban huellas. El hombre volvió a hablar con esa voz que ponía la piel de gallina: —No sé que me pasa que a veces veo el muelle roto amigo, ahora mismo me pasa algo raro, no siento el mar mojándome los pies. Creo que tengo que ir a ver al doctor. Mi cuerpo temblaba casi incontrolablemente y puedo jurar que estaba al borde del desmayo. —A veces siento que estoy atrapando algunos peces, pero al sacar mi red ya no están, escaparon, o nunca estuvieron ahí. No sé, imaginaciones mías tal vez. Sabe, lo que más me extraña es que nunca veo el sol. Hace mucho que no siento sus rayos sobre mi piel, solo esta negrura. ¡No se imagina usted cómo extraño el sol! En ese momento llegamos al muelle y el hombre desapareció ante mi vista. Me desplomé en la arena.

Mientras regresaba a mi auto, decidí que podía quitarme los zapatos, después de todo no hay nada como sentir el mar y la arena entre los dedos, aunque uno se lastime con los guijarros y si eso pasara, el dolor sería un recordatorio de que aún estoy vivo. Al otro día tomaría un buen baño de mar y sol, y por la noche regresaría a la playa, con suerte quizás podría ver la luminiscencia, aunque evitando el horario donde aquella pobre alma atormentada se aparece, por supuesto mi primo se iba a reír de mí. ¡Qué más daba! También pensé en regresar a vivir a mi pueblo costero y dejar la ciudad.

Autor: Ana Laura Piera

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Dulce Venganza – Microrrelato.

El fantasma del joven Y. Briones decidió atormentar a sus padres castrantes y abandonadores; a sus desamorados hermanos; a la servidumbre de la hacienda, que le habían servido con asco y sin voluntad; y al cura cruel que tan malos ratos le hizo pasar. Dulce venganza…

Autor: Ana Laura Piera

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Noche de San Juan – Microrrelato.

De lejos le despertó el jolgorio de la noche de San Juan. Emocionado, se dejó guiar por el barullo hasta la playa. Subió a una palmera para tener una mejor vista de las hogueras encendidas, y luego se acercó con cautela a los grupos de jóvenes que disfrutaban comiendo, bebiendo y saltando las llamas. La música, la luz de la luna y el ruido del mar lo emborracharon.

De regreso a su morada le sobrevino una pesada resaca con sabor a nostalgia. Extrañaba la vida. Entró en su tumba y se derrumbó en el olvido a la espera de la magia de la siguiente noche de San Juan.

Autor: Ana Laura Piera

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