El Sabor del Poder. Cuento Corto.

Mi segunda participación para el VadeReto de Junio, con el tema: «La receta».

Es de madrugada y todas se están levantando. Yo estoy hecha trizas, no creo haber dormido más de tres horas. Recuerdo haber llegado ya muy avanzada la noche, después de un viaje de días caminando desde mi pueblo hasta Tenochtitlan. Me hicieron entrar en un recinto amplio, bien encalado y de techo alto, iluminado débilmente por unas antorchas. Ahí dormían muchas mujeres sobre petates. Yaotl, el hombre que me trajo, me explicó que eran las cocineras reales. Una vez que me indicó un lugar, me derrumbé ahí. Mi cansancio me hizo ignorar el dolor de mis pies ampollados y doloridos y caí en un sueño profundo.

Esta mañana, todo me es extraño: la prisa, la sofisticación de los aposentos, amplios y bien equipados, las personas tan solemnes.

—¿Así que tú eres la nueva?—. Aquella mujer mayor, de vientre abultado, que sonríe burlona y con un aire malintencionado mientras me pregunta, es Citlalli, la jefa de las cocineras y la amabilidad no parece ser su fuerte. —Yaotl me dijo que sabes cocinar. Debe ser verdad, si no, no te hubieran traído de tu pueblo apestoso para cocinar en la casa del gran Tlatoani Moctezuma. Veremos qué tan buena eres.

El envoltorio frente a mí se siente ominoso. Es un paño blanco de algodón con manchas de sangre fresca proveniente de lo que sea que se encuentra en el interior. Lo desenvuelvo con cuidado, consciente de que las miradas del personal de cocina están puestas en mis movimientos. Al deshacer el último nudo no puedo evitar dar un salto hacia atrás, lo que tengo frente a mí es un muslo humano ensangrentado, todavía con piel y vellos.

Escucho las risas y cuchicheos de los que apostaban por mi reacción. Citlalli se acerca y me dice de mal modo:

—¡Prepara un tlacatlaolli para el Tlatoani! ¡Ni se te ocurra probar nada o lo pagarás con tu vida!

Asiento atolondrada. A decir verdad, nunca he preparado el tlacatlaolli, pero sí sé lo que lleva: agua, maíz y carne. Tampoco he cocinado, ni he visto cocinar nunca carne humana, ¿qué tan difícil puede ser? Desde niña aprendí de mi madre el arte de la cocina y con el tiempo demostré que tenía una habilidad especial para ello. Cada vez que los militares mexicas pasaban por mi pueblo, mi madre y yo fuimos las encargadas de alimentarlos. Así me conoció Yaotl, un jefe militar quien sugirió que yo los acompañara para servir como cocinera del rey en la capital. Mi madre sabía que aquella «sugerencia» era en realidad una orden, y con los ojos arrasados de lágrimas me pidió que no me negara.

Con asco levanto el muslo para llevarlo a lavar y me sorprendo observando unos tatuajes que llaman mi atención. Mi mente retrocede a un día aciago, cuando trajeron los cuerpos de mi padre y de mi hermano mayor, asesinados mientras trabajaban la milpa.

—¿Quién los mató?—. Preguntaba mi madre entre lamentos.

—El «guerrero de los mil tatuajes» —dijo mi tío—. A ellos y a otros más. Ya se dio aviso a la guarnición mexica para que vengan a poner orden.

Mi madre y yo quedamos devastadas. Yo no podía imaginar la vida sin mi querido padre y sin mi hermano. El dolor de la orfandad mordió mi corazón y ya nunca lo soltó. Respecto al asesino, se sabía que era un guerrero de la etnia tarasca, fiero y hábil con las armas y que todo su cuerpo estaba decorado con tatuajes geométricos, los mismos que estaba yo viendo ahora en aquel pesado muslo, al que debía quitarle la piel y luego ponerlo a cocer en agua.

Una vez desollado, aviento la pieza a la olla, con ganas, todo resquemor me abandona, siento placer de ver la carne del asesino de mi familia cocerse furiosamente en la olla de barro. Mientras se cuece, en otro cazo pongo maíz cacahuacintle a cocerse por dos horas con agua y cal viva para que se ablande, poder retirarle la piel y las «cabecitas» de cada grano, lo cual es un proceso laborioso. Luego, se seguirá cociendo y cuando esté listo, el maíz «reventará», ese es el momento en el que ya se puede agregar a la carne, que para entonces debe estar muy blanda y desprendiéndose del hueso.

Uno de los mayordomos, de cara bondadosa, se me acerca. Sabe que soy nueva y quiere hacer plática:

—¿Sabes por qué han traído esta carne para que la prepares? —sin esperar respuesta continúa—. Este muslo es del guerrero Zuanga, capitán de un regimiento enemigo, responsable de muchas incursiones en territorio conquistado por nosotros. Lo capturaron vivo y anoche lo sacrificaron en el templo de Huitzilopochtli, su energía vital alimentará al Sol. El resto del cuerpo será cocinado y comido en casa del guerrero que lo capturó. Han mandado este muslo a nuestro gran Tlatoani como muestra de respeto, y ya que el sacrificado, una vez muerto, pertenece a la divinidad, a la fuente de toda vida, su ingestión es una fuente de la energía originaria, aquella que mantiene con vida al universo. Siéntete muy honrada de estar cocinando esta ofrenda para nuestro rey.

Lo veo alejarse mientras agrego sal y especias. No puedo dejar de pensar en la muerte de Zuanga y lo que eso significa para mí. Una idea se clava en mi mente: comer su carne. Sus acciones trastornaron mi vida y, sería justo que yo, al igual que Moctezuma, pudiera beneficiarme de su energía. Hay un problema, no se puede siquiera probar la comida que viene como ofrenda ritual para el soberano. Miro la carne que baila al ritmo del agua en la olla, hay partes que se han separado ya del hueso, ¿quién echará en falta un pedacito? Observo a mi alrededor, las otras cocineras se encuentran cada una trabajando en sus repectivos guisos, pero los ojos de Citlalli están fijos en mí y en mis movimientos. No será fácil.

El mayordomo que anteriormente me explicó sobre la muerte de Zuanga ha regresado. Le gusta conversar y parece que le agrado. Noto que mientras él platica conmigo, la jefa de cocineras se relaja y atiende otras cosas. El mayordomo se llama Tepiltzin y me platica que al gran Tlatoani se le ofrecen a diario unos trescientos platillos que se acomodarán en braseros para que estén calientes y listos para comer. Gallinas, faisanes, palomas, liebres, conejos, patos, venado, codornices, guajolote, perdices y otras aves, guisadas de diferentes maneras, componen el menú. Lo escucho con interes y le hago preguntas, lo distraigo, y de forma muy casual muevo con una cuchara la olla y sin que nadie se dé cuenta, aparto un buen trozo de carne que oculto tras unas jícaras. Noto mi corazón acelerado, casi no puedo creer lo que acabo de hacer.

Ha llegado el momento de integrar todo. Tepiltzin sonríe al constatar el grato olor que se desprende de la preparación. Tengo que confiar en mi habilidad para sazonar, pues ni siquiera el caldo pude probar.

A estas alturas la cocina se ha vuelto un hormiguero. Tepiltzin se pone a dar órdenes a diestra y siniestra, todo ha de salir perfecto. Un grupo de jóvenes muy agraciadas, sale para disponer los petates y esteras donde se ha de sentar el Tlatoani y sus invitados. Citlalli se asegura que a las mujeres que se pondrán a hacer tortillas en una esquina del comedor real, no les falte nada. Hay un problema con la cantidad de masa de maíz y sale a arreglarlo. Tepiltzin se disculpa conmigo, debe llevar las servilletas de manta nuevas y sin usar para la ceremonia del lavado de manos y también para que el rey se limpie los labios. Una vez usadas se desecharán y nadie las podrá volver a usar. Otras personas llevan la vajilla, de dos diferentes tipos de barro, así como copas de oro. Es el momento que aprovecho para tomar entre mis dedos a Zuanga y metérmelo en la boca. «¡Te capturé!», pienso. Lo mastico disimuladamente, pero con deleite. En verdad quedó muy bien. Sé de primera mano que no acabaré en desgracia por haber guisado mal el Tlacatlaolli.

Imagino que la fuerza de Zuanga ahora corre por mi cuerpo, me siento capaz de enfrentar todo y también me parece que he vengado a los míos. No puedo dejar de pensar que hoy probé lo mismo que comerá el gran Tlatoani Moctezuma, y eso no es poca cosa. Citlalli ha regresado a la cocina y me reprende por sonreír como una boba.

Autor: Ana Laura Piera.

Glosario:

Tenochtitlán: la capital del imperio mexica (mal llamado azteca).

Moctezuma: Moctezuma Xocoyotzin fue «huey tlatoani», (que significa: gran gobernante, gran orador) de México-Tenochtitlán y emperador del imperio mexica. Durante su reinado se dio el primer contacto entre una nación europea, la Corona de Castilla y naciones mesoamericanas. Su imperio fue conquistado por los españoles y tlaxcaltecas bajo el mando del capitán Hernán Cortes.

Petate: estera tejida de hojas de la palma llamada «palma de petate»

Tlacatlaolli: es el precursor del actual «pozole» que se come sobre todo en las fiestas de la Independencia de México. Se sigue haciendo con maíz cacahuacintle y carne de cerdo. Hay diferentes formas de prepararlo: rojo, verde, blanco.

Milpa: Sistema agrícola tradicional conformado por policultivo. La especie principal es el maíz, se acompaña de distintas especies de frijol, calabazas, chiles, tomates,

Huitzilopochtli: Deidad mexica de la guerra.

Jícaras: Cuencos de arcilla o elaborados a partir del fruto del jícaro

Notas:

¿Quiénes fueron los mexicas?

El imperio mexica floreció entre el 1345 y 1521 d.c. y su máxima extensión cubría la mayor parte del norte de Mesoamérica. El estado mexica estaba centrado alrededor de la expansión militar y del predominio político sobre otros pueblos.

Hacer juicios basados solo en el tema de la antropofagia RITUAL, y desde nuestro concepto moderno de moral y ética no es justo. Hay que considerar también otras cosas en las cuales los mexicas destacaron, algunos ejemplos:

Sistema de escritura que les permitió la administración de un Estado complejo.
Educación obligatoria.
Poesía, pintura, arte plumario, música.
Medición del tiempo mediante un calendario.
Sistema legal complejo con tribunales y jueces.
Arquitectura monumental.
Obras de ingeniería hidráulica, como acueductos.
Herbolaria y medicina.
El chocolate.
Joyería de alto nivel en oro y plata, filigranas.
Técnicas agrícolas novedosas como las «chinampas»
Fútbol al estilo mexica con el «juego de pelota»
Obtención de tinte rojo proveniente de insectos como la cochinilla.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

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Florifagia II – Cuento Corto.

Ésta es mi propuesta para el VadeReto de Julio cuyo tema gira en torno a una receta de cocina.

Ella tenía ya algo de tiempo dedicándose a sus cultivos de flores. Era este un pasatiempo que había llegado a su vida sin querer. En una ocasión una malva había irrumpido la aridez de su jardín trasero con su espectacular belleza y deliciosas variaciones de violeta. En vez de cortarla, decidió conservarla y cuidarla. Descubrió que mirarla le traía paz y sentía que algo de la belleza de la flor pasaba a su ser maltrecho. Buscando más bienestar, a la malva siguieron crisantemos, rosas, lilas… aprendió a cultivarlas y luego se sorprendió creando recetas con ellas como ingrediente principal, tenía la esperanza de que al ingerir tanta belleza ésta la saturara y la transformara por completo.

Desde su niñez no había sido más que un ser feo por dentro y por fuera, una criatura maldita. Sabía de sobra que toda hermosura es efímera y la del mundo vegetal lo es aún más que la humana. Con todo, algo había de cierto en su teoría, y la belleza le duraba unos cuantos días: su piel marchita rejuvenecía y se ponía suave y tersa como pétalos de flores. Despedía también un aroma peculiar según el tipo de flor que hubiera comido; por ejemplo, el olor a rosas la metía en problemas: el viejo Augusto, el jardinero del rumbo, se sentía atraído por los efluvios de rosa que percibía en el aire e intentaba saltar la enorme verja de la casona inflamado por el deseo de encontrarse con la fuente de aquel olor embriagador. Invariablemente, unos gritos horripilantes lo despertaban del embrujo.

—¡Largo, largo! ¿No sabe que esto es propiedad privada? ¡Fuera! —El pobre hombre se alejaba corriendo, no sin antes hacer la señal de la cruz.

Como siempre, el efecto de las flores no duraba mucho y toda ella se empezaba a marchitar. Era hora de alimentarse otra vez.

Trabajó mucho intentando cultivar flores cuya belleza perdurara durante más tiempo, en sus recetas mezcló variedades, pero todo fue en vano. Un día, en medio de la frustración decidió dejar a un lado las tiernas flores para comer espinas y malas hierbas: lirios, adelfas, belladonas. Mientras se alimentaba escuchó una risa diabólica que flotaba en el ambiente. Intentó parar, pero aquello se volvió compulsión y mientras más comía, una rigidez espantosa empezó a invadirla, filosas espinas la recubrieron de pies a cabeza y sintió sus adentros fibrosos y secos. Quiso gritar, mas de su boca no salió ya ni un sonido. Esta vez el efecto no duró tan solo unas horas, duró semanas y fue lo más parecido a una muerte lenta y cruel.

Cuando el envenenamiento pasó y volvió a su fealdad de costumbre, aquella que la había acompañado desde su nacimiento y que se había exacerbado con la edad; destruyó los cultivos tanto de flores como de malas hierbas y ya nunca intentó ninguna receta floral para transformarse en otra cosa. Simplemente, se quedó con ella misma.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este cuento lo publiqué hace unos años, cuando apenas había «revivido» mi blog, y no mucha gente lo leyó, pero me pareció que encajaba para el reto y como mi inspiración no anda en su mejor momento lo estoy re-publicando. Si te gustó tengo otro relato con el mismo tema, lo puedes encontrar aquí https://anapieraescritora.com/2020/11/29/florifagia/

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Resurrección – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de Junio, con el temá «oráculo»

—¡Huiste niña! ¿Valió la pena?

—¿Me conoces?

Había entrado a la tienda de la adivina itinerante en busca de un remedio o una explicación a los extraños síntomas que venía experimentando. Aunque al entrar, deseé no haberlo hecho. Era un lugar oscuro y claustrofóbico. Comencé a sudar y por momentos sentí náuseas. Una anciana de mirada ladina y cabellos largos, blancos y desordenados, que asemejaba más una hechicera, parecía esperarme.

—Tú y yo ya nos conocemos, aunque no quieras recordarlo. Me llamo Maurila— dijo con voz rasposa.

Es la primera vez que te veo —respondí molesta, a mí no me iban a decir cosas que no eran. Me volví hacia la puerta para salir.

—Te llamas Laira, y sueñas que sales con mucha dificultad de la negrura, a tu alrededor solo hay muertos.

Tragué saliva, conocía mi nombre y el sueño recurrente que me estaba atormentando. Bueno, después de todo era una adivina, pero al parecer, sí era una de las buenas. Voltee para mirarla.

—No has querido enfrentar tu destino. Sentenció.

—¿De qué hablas? —dije, secándome la frente con el dorso de la mano.

—Hace dos años tres guerreros legendarios fueron despertados de entre los muertos para ayudar a salvar la ciudad de Fadonia, luego, solo dos regresaron a sus tumbas. Tú te negaste a volver a los brazos de la muerte y elegiste no recordar nada, pero nadie burla al destino, niña, nadie.

Casi de inmediato mi mente conjuró escenas que se me antojaban ajenas, a pesar de, en el fondo, saber que yo las había experimentado: la deliciosa, vivificante, sangre recién recolectada de guerreros vivos filtrándose en una tumba. Un cuerpo, no del todo consumido, abriéndose furioso paso a través de la tierra hasta emerger en medio de la noche fría. Presentir, temblando de placer, el cielo nocturno, pues desde unas cuencas oculares, casi vacías de tejido, no se podía ver gran cosa. Esa mujer, Maurila, frente a mis despojos, pronunciando un hechizo impronunciable que restauró mi cuerpo. Más tarde, una batalla que trajo el triunfo, días de alegría y celebraciones, y luego…

—Te fuiste, subiste a tu caballo dejando atrás tus insignias de guerrera y nadie supo de tu paradero —en su voz había reproche—. Nadie, excepto yo, que te he seguido de cerca. Mírate ahora, el tiempo extra que has tomado a la fuerza, tiene un costo, ya no puedes comer y estás casi en los huesos, apenas toleras beber agua, las fuerzas te abandonan, y, ¡esos sueños! Créeme, no tendrás paz hasta que regreses a donde perteneces.

—No quiero regresar —dije débilmente— ¡No soporto la desolación del sepulcro! La vida es demasiado preciosa. Me preguntaste si había valido la pena. ¡Sí! ¡Mil veces sí! Por sentir el aire y el calor del sol sobre mi piel, lo volvería a hacer. No quiero privarme de eso ni de todo lo que aún no he podido volver a experimentar.

—¡Debes hacerlo! De aquí a ocho años te volveré a despertar, pues Fadonia nuevamente necesitará toda la ayuda posible. Volverás a saborear la vida, será un periodo de gracia, unos días de plenitud, una dádiva negada a la mayoría, y luego…

—¡Regresaré a esa horrible tumba!

La mirada de Maurila ahora se había suavizado con una mezcla de lástima y ternura. Puso frente a mí un frasco de cristal con un líquido blancuzco dentro.

—Bébelo, te prometo que la transición será indolora. Yo me ocuparé de tu cuerpo.

—No… —mi voz sonó como el débil aullido de un animal moribundo.

—Si no lo haces, de todas maneras te alcanzará el destino, mas no habrá nadie que haga lo necesario para asegurar que puedas volver. Donde te pille la muerte, ahí quedarás y no podrás nunca más salvar a tu amada ciudad.

Durante un rato que se me antojó una eternidad miré el frasco, luego lo tomé con manos temblorosas, lo acerqué a mis labios.

—Prométeme algo —le supliqué—, entiérrame de nuevo en Fadonia. Busca un lugar alegre, al que nunca le falten las flores, donde me llegue el bullicio de la vida.

—Lo prometo —dijo Maurila—. No te preocupes, nos volveremos a ver. Los muertos no tienen consciencia del tiempo, aunque, lamentablemente, sí de su estado. Descansa. Confía en mí. Volverás a ver la luz de un nuevo día.

Bebí la pócima y me deslicé suavemente en la muerte, a la espera de mi siguiente resurrección.

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Autor: Ana Laura Piera.

El Asedio – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto de Mayo.

Género: Terror. Protagonista: un animal. Tema: horror animal.

—Señora, ahí está otra vez ese animal del demonio.

A través de la puerta de cristal de la cocina, Estela se asomó al pequeño patio de servicio. Sobre el techo del cuarto donde dormía Jovita, su ayudante doméstica, había un bulto negro, erizado, con unos ojos amarillos relampagueantes que la miraban mientras profería un maullido prolongado, fuerte, ronco…

—Hiela la sangre patrona. Cada noche es lo mismo. Creo es una hembra, tiene los pechos abultados, como si estuviera amamantando.

—No hagas caso Jovita. Ya se cansará. No pasa nada.

—Pero…

—¡Que no pasa nada, no seas estúpida!

Jovita torció la boca en desagrado, menos mal que su patrona no se dio cuenta.

El viernes, mientras su empleada le hacía el desayuno, Estela le pidió que no se fuera a su pueblo, como lo hacía cada fin de semana.

—Mira, si te quedas te pago triple —le ofreció con un atisbo de esperanza en sus cansados ojos de vieja.

—Lo siento patrona, debo ir a ver a los míos. Además, me vendrá bien el descanso porque ese animal me tiene muy desvelada.

A las seis de la tarde, pesarosa, Estela vio partir a Jovita. Pensó que debió haberla obligado a quedarse. Quizás hubiera bastado amenazarla con despedirla. Después bajó a la cocina para prepararse un té de tila para los nervios mientras fuertes maullidos y bufidos le llegaban desde fuera.

—¡Vete! ¡Ya me tienes harta! —gritó Estela acercándose a la puerta, con la taza de agua caliente en una mano y la bolsita de té en la otra. Con un movimiento inesperado y violento, el felino saltó desde el techo del cuarto hacia el piso sin dejar de clavarle la mirada. Estela, respingó y dio un paso hacia atrás. Parte del agua caliente se derramó y le salpicó las piernas sacándole un grito. El animal maulló aún más fuerte y golpeó repetidamente el cristal, arañándolo. Asustada, Estela abandonó la cocina dejando el té a medio preparar.

Esa noche ya no cenó nada con tal de no bajar. Se despertaba a cada rato y aguzaba el oído. Fue solo hasta la madrugada que hubo paz.

El sábado por la mañana, desvelada y hambrienta, marcó a la cafetería del barrio y pidió un croissant y un latte. Mientras recibía la comida, sintió que algo pasaba, veloz, entre sus piernas. Miró hacia atrás y le pareció que una sombra oscura subía las escaleras.

—¿Vio eso? —le preguntó alarmada al repartidor, quien negó con la cabeza.

Intranquila decidió desayunar en el elegante comedor que no usaba mas que en contadas ocasiones. Del piso superior no se escuchaba ruido alguno. «Quizás lo imaginé» —pensó, y deseó con todas sus fuerzas que Jovita regresara anticipadamente.

Más tarde tuvo que subir a su habitación. Al entrar, un olor a amoniaco le confirmó sus sospechas, el animal se encontraba dentro de la casa y se había meado sobre su cama. Se le aceleró el corazón. Abrió el clóset y sacó un palo de golf de su difunto marido. Pensó en salirse, irse a un hotel, al menos hasta que llegara Jovita el lunes; sin embargo, la idea le chocaba. ¿Cómo iba a poder más esa bola de pelos que ella? No se iba a dejar correr tan fácil. Envalentonada y blandiendo el palo de golf, fue de cuarto en cuarto, moviendo, no sin dificultad, los pesados muebles, abriendo puertas y armarios, corriendo las gruesas cortinas, sin encontrar nada.

Conforme pasaban las horas del día y se instalaba la tarde, sintió que ya no podía más con la angustia. Buscó su móvil, pero estaba descargado, así que lo puso a cargar. Luego quiso marcar al número de Protección Civil por el teléfono fijo, pero el aparato que había funcionado bien en la mañana, ahora parecía muerto. Revisó la instalación y con horror encontró los cables mordisqueados. Sudó frío.

Aterrorizada, decidió encerrarse en otra habitación para estar a salvo y al menos poder echarse sobre una cama limpia. Tras revisar todo, puso llave a la puerta. Seguramente no pegaría un ojo, todo su ser estaba en alerta. Eran las nueve de la noche cuando escuchó maullidos furiosos, que por momentos parecían los gritos de un ser humano poseído por algún espíritu maligno. También oyó ruido de cosas estrellándose contra el piso. ¡Su vajilla de Limoges! ¡Sus copas de cristal de Bohemia! No podía creer que su casa estuviera bajo asedio. Desesperada, tomó el móvil a medio cargar y marcó un número.

—No sé si me recuerde, soy la señora de Farallón 24, lo llamé la semana pasada, el domingo. Le di una bolsa amarilla, y le pedí que la tirara en algún sitio lejos. ¿Se acuerda? ¿Sí? ¡Qué bien! Mire, necesito que regrese a donde la tiró y vea si me la puede traer de nuevo. ¿Qué? ¿No recuerda el lugar? ¡Haga memoria por favor! ¿Qué tenía la bolsa? Eran unos cachorros de gato, recién nacidos. Sí, estoy consciente de que no han de haber sobrevivido, pero aun así, quizás alguno este vivo. ¿Bueno? ¿Bueno?

¡El desgraciado taxista le había colgado! Fue entonces cuando una pata negra y peluda se asomó por debajo de la puerta. La memoria es extraña, en los momentos menos propicios nos recuerda cosas. Estela recordó cómo el domingo anterior, en un rincón del patio grande, había descubierto a la gata y a sus recién paridos hijos. De entre la camada, Estela había tomado a un cachorro blanco con manchitas negras. La mamá la dejó hacer, parecía bastante mansita. Mientras ella pensaba qué hacer con tantos gatos, la madre se dedicaba a lamer a sus pequeños con amorosos lengüetazos. Nada que ver con el engendro que ahora quería pasar por debajo de su puerta.

Vio con horror cómo, tras la pata, siguió parte del cuerpo. Parecía una mancha negra extendiéndose por el piso. ¡El palo de golf! Lo buscó sin encontrarlo. Se estremeció. La mancha se hacía más grande mientras la gata iba metiéndose a su cuarto en un movimiento imposible, aun para el flexible cuerpo de un felino. En poco tiempo estaba dentro, magnífica, incluso parecía más grande, como una pantera. Sus ojos amarillos estaban fijos en ella. Estela temblaba como una hoja, quiso gritar para que alguien la auxiliara, pero su garganta fue incapaz de articular sonido alguno. El animal maulló retándola, reclamándole por sus hijos. De nada sirve arrepentirse tarde por las malas decisiones. Se oyó un sonido de flecha rasgando el aire. Estela alcanzó a ver a la gata saltando sobre ella y cerró los ojos.

El lunes por la mañana Jovita se encontró una escena espeluznante, su patrona tirada sobre un charco de sangre, con cortes profundos en todo el cuerpo y la cara semi-devorada. No quiso averiguar si estaba muerta, que era lo más seguro. Se santiguó. No tenía que avisar a nadie, pues Estela no tenía familia. Jovita se fue directo a la policía.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista «Masticadores Sur»

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Vigilia Nocturna – Cuento corto.

Mi participación para el VadeReto del mes de Abril. Crear un relato inspirado en esta imagen:

Recuerdo bien ese día, al llegar a San Blas vi extrañado que el paisaje en los alrededores había cambiado. Algunos cerros aparecían desprovistos de verdor y en su lugar, había solo tierra calcinada. El olor a quemado y la tristeza se mezclaban. Mi abuelo me esperaba en la parada del camión.

—¡Ha pasado algo terrible Josué!

Me llegó un ruido desconocido, como el bramido terrible de un animal.

—¡Acompáñame!

Fuimos al cerro alto, donde hay unas cruces muy viejas, y que por eso le dicen «el cerro de las cruces». Llevaba yo cargando mi mochila escolar y hubiera preferido pasar antes a la casa, pero el viejo me había contagiado de urgencia. Desde ahí vimos una fila compuesta de retroexcavadoras y camiones de volteo que avanzaban generando polvo y estruendo por el sinuoso camino de acceso a San Blas.

—Parece una víbora— dije.

—Una víbora ponzoñosa —replicó él.

Esa tarde, frente al ayuntamiento, la gente del pueblo escuchábamos el discurso de las autoridades. Pedían que nos fuéramos. Hablaban de hacer un gran complejo de parques industriales. «No debíamos obstaculizar el progreso». Parecía que la suerte de la tierra, y la nuestra, se había decidido ya en lejanos despachos, entre café, licores y bocadillos, con muchos sobres de dinero en la mesa.

—¡Tomen sus cosas y váyanse a la chingada o sufran las consecuencias!

De los ojos marchitos de mi abuelo brotaban lágrimas. Tenía los puños crispados de impotencia.

—¡Nos vendieron estos cabrones! ¡Nos vendieron! —repetía entre dientes.

Esa misma noche algunos se fueron caminando pesarosos entre los cerros humeantes, con las cosas más necesarias en la espalda. Nosotros nos quedamos.

—¿Y ahora qué abuelo?

—Ahora defendemos lo que es nuestro.

La voz resuelta contrastaba con su fragilidad: una delgadez de ramita de árbol, cabello completamente blanco y el corazón en hilachos. Todo consecuencia del tiempo, que no perdona nada, pero también agravada por la pérdida prematura de su mujer y de mis padres.

La defensa del pueblo la coordinó la doctora Victoria, que era muy respetada por la comunidad. Fue toda una sorpresa porque ella ni era de San Blas. Le preguntaban qué por qué se quedaba y ella decía que consideraba al pueblo su hogar. El amor a veces es un pegamento muy fuerte que nos une a causas desesperadas.

La doctora primero mandó a alguien de confianza a la ciudad, a contar lo que estaba pasando. Luego organizó una «resistencia civil pacífica» igual a la que había hecho un tal Gandhi en un país que ahora no me acuerdo el nombre. Fuimos a la plaza a sentarnos, algunos en bancas, otros en el suelo, unos más en el kiosco central. Las personas parecían nobles estatuas de ceño adusto y ojos como embalses a punto de desbordarse. El ruido de las máquinas no cesaba y todos supimos cuando empezaron a derribar casas porque el ruido se escuchó diferente y el aire se volvió polvoso y respirarlo dolía, aunque no tanto como nos dolía el corazón.

—¿En qué piensas abuelo? —le pregunté.

—En que estás por soltar tu niñez —dijo.

—Ya no soy un niño. ¡Tengo once! —dije, simulando estar ofendido, y lo abracé.

Las máquinas llegaron hasta la plaza y los operarios mantuvieron los motores encendidos y desde sus cabinas amagaban con avanzar haciendo movimientos violentos para luego pararse en seco. También meneaban las cucharas de sus retroexcavadoras en nuestra dirección, amedrentándonos. Yo observaba a los demás resistir en unidad y eso me daba fuerzas. Toda la noche luchamos contra la angustia. «La vigilia nocturna más larga y desgastante de que tengo memoria» diría después mi abuelo.

En la madrugada llegó más gente del gobierno junto con algunos militares. Hablaron con la doctora y querían negociar, pero el mensaje fue claro: no íbamos a renunciar a San Blas. Siguió una serie de amenazas y dijeron muchas cosas que no entendí, pero que sonaban muy desagradables.

—No te preocupes Josué. No nos va a pasar nada.

—¿Cómo es que estás tan seguro?

—La justicia está de nuestro lado, ella ve todo.

—¿Justicia no es la señora que tiene los ojos vendados? ¿Cómo es que nos puede ver?

—Ella ve cosas que los ojos físicos no pueden, y tarde o temprano prevalece. Pero no podemos esperar que ella haga todo el trabajo, por eso estamos aquí, resistiendo.

Más tarde llegó gente con cámaras de televisión a documentar el hecho y entrevistaron a varios. Ahí fue donde las máquinas se apagaron y tuvimos un poco de paz. Poco a poco se fueron yendo: las retroexcavadoras, los militares y los trabajadores. Cuando salía el sol ya estábamos tranquilos. Las mujeres repartían pan y café y los hombres se abrazaban aliviados.

—¿Ganamos? —pregunté.

—Esta batalla sí —dijo—. Ven.

Fuimos otra vez al cerro de las cruces y vimos a la serpiente ponzoñosa alejarse reptando de San Blas.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

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La Cita – Cuento Corto.

Mi participación para el VadeReto del mes de Marzo. Este mes se parte de una invitación a cenar bastante misteriosa y donde se deben cumplir ciertas condiciones. Te invito a que visites el blog Acervo de Letras.

Me pareció extraño que en el restaurante Al Rashid la única persona presente fuera el concierge. A esas horas el lugar siempre estaba lleno de gente rica cenando o tomando alguna copa. El concierge me saludó por mi nombre y me dijo que me esperaban. Llena de nervios lo seguí hasta una de las zonas más exclusivas del lugar y señaló una mesa para dos personas, donde ya aguardaba quién me había enviado la invitación. Hasta antes de ese momento no sabía nada de esa persona, si era hombre o mujer, joven o viejo…

—¡Bienvenida! Siéntate. ¿Todo bien? Su voz tenía un acento extraño, pero era amable y cálida. Se había levantado para recibirme.

—Sí, sí —contesté aliviada al comprobar que se trataba de un hombre agradable. Tenía tez aceitunada y un cuerpo fuerte y proporcionado. Llevaba una barba de candado muy cuidada e iba vestido con una túnica larga del color del desierto que lo hacía ver muy elegante. Complementando su atuendo, tenía un pañuelo cuadrado en la cabeza, sujetado por una cuerda negra. «Debe ser un ejecutivo de negocios del medio oriente» —pensé, y supuse que la invitación sería para hacerme alguna propuesta laboral. Las expectativas que yo tenía eran más de índole romántica pero ahora lo veía improbable y me sentí algo desilusionada. Lo que siguió no me lo esperaba: frente a mí, y de la nada, aparecieron varios platos con comida exótica, primorosamente presentada. También varias copas llenas de diferentes vinos y licores. Abrí mucho los ojos y él me miró complacido.

—¿Te agrada?

Solo acerté a mover mi cabeza afirmativamente mientras trataba de asimilar lo que acababa de ver. ¿Un acto de magia? Por mi mente pasó la idea de salir corriendo pero mi intuición me decía que me quedara.

—Te preguntarás por qué te mandé esa invitación. ¿Qué tal la caligrafía? ¡Una belleza! Las personas han perdido muchas cosas y una de esas es la caligrafía, que revela mucho de quien la escribe. Asentí torpemente.

—Bueno, te escribí y te invité acá porque te has olvidado de mí.

—¿Cómo? —tenía en mi mano una copa de vino que ya acercaba mis labios, pero la bajé inmediatamente a la mesa.

—¿Te conozco?

Por toda respuesta señaló el libro elegido por mí para esa cita: en la portada de color rojo un genio imponente salía de la lámpara de Aladino. Su cuerpo era negro y sus rasgos y contorno estaban en dorado. Había sido un regalo de mi abuela cuando cumplí diez años y que por mucho tiempo fue mi libro de cabecera y en el que me refugiaba cuando los gritos de mis padres al pelear alcanzaban niveles insoportables.

—¿Acaso eres…? —No terminé la frase y me llevé las manos a la cabeza, pues no podía creer lo que estaba pensando.

El hombre sonrió ampliamente, dejando ver una hilera de dientes demasiado blancos.

—¡Bravo! Te acordaste, aunque tuve que ayudarte un poco. ¿Y la flor? En mi invitación te pedía que trajeras un libro y una flor que fueran especiales para ti.

Abrí el libro y le mostré un jazmín seco al que el tiempo que llevaba entre las páginas le había robado su belleza original, dejándolo amarillento y quebradizo, pero bello igualmente a pesar de esos cambios. De pequeña leí que era una flor procedente de Arabia y me había parecido apropiado que reposara en aquel compendio de historias orientales.

—¡Sabía que los traerías! ¿Puedo ver la dedicatoria? Sé que hay una.

¡La dedicatoria! Mi abuela escribió una dedicatoria que estaba al revés y solo se podía leer si la leías reflejada en un espejo. Le mostré la página. Yo sabía de memoria lo que decía: «Para mi querida nieta. Que nunca le falten buenas historias»

—¡Hermoso! Últimamente, no ha habido buenas historias en tu vida, ¿verdad? —sus ojos me miraron con bondad y su voz se hizo suave y tersa, como una caricia—. Sí, tu corazón está triste. Creo que sufres de un «exceso de realidad».

Era verdad. La vida adulta con sus desazones y su ritmo frenético me había apartado de la fantasía y me había robado tiempo para perderme en mis libros. La invitación que había llegado a mi casa decía que sería «la oportunidad de mi vida» y que «no me arrepentiría al acudir». ¿Acaso el propósito de la cita era tan solo una amable invitación a retomar la lectura? Como si leyera mis pensamientos me dijo:

—No se trata solo de leer. Tienes que recordar cómo era emocionarte con lo que lees. Te lo mostraré.

En menos de lo que toma un parpadeo, ya no nos encontrábamos en el restaurante, el hombre ya no parecía un jeque árabe, sino un verdadero genio de Las Mil y Una Noches, con vestimenta más sencilla y con la parte inferior de su cuerpo desvanecida en un humo blanco y denso. El viento pegaba en mi cara y alborotaba mi cabello. Me di cuenta de que me encontraba encima de una alfombra voladora. Lancé un grito de placer.

—Esa cara que traes ahora es la que me gustaría verte siempre —dijo.

—¿A dónde vamos?

—Visitaremos cada una de las historias del libro y luego te llevaré a casa.

—Son muchas historias…

—Es mucho lo que hay que sanar —dijo, y nos perdimos los dos durante «mil y una noches».

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

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El Saxo – Cuento Corto.

Mi participación para el reto de febrero del blog Acervo de Letras, con la premisa de escribir algo relacionado con el Jazz, en este caso yo escogí el instrumento por excelencia de este género, el saxofón.

En invierno y de noche, las calles del centro de Oaxaca son recorridas por el frío y por turistas trasnochados en busca de diversión. En una esquina, enfundado en un viejo gabán, un joven músico de pelo largo y mirada triste se dispuso a tocar su destartalado saxofón. Cual moderno flautista de Hamelín, la música logró que turistas y locales salieran de todas partes y se arremolinaran en torno a él. Las suaves notas se paseaban entre la gente acariciando corazones sin pedir permiso. La audiencia, emocionada hasta las lágrimas, le retribuyó con propinas que aventaban a la desvencijada carcasa de su instrumento.

Con el rabillo del ojo, el músico miró a una chica de rasgos indígenas que le escuchaba embelesada y con los ojos cerrados. Al final de la sesión, ella era la única que quedaba. Mientras él recogía las monedas, ella se presentó:

—Soy María. Me encantó como tocaste. Sabes sacarle partido a tu saxo a pesar de su estado.

—Qué bueno que te gustó. Me llamo Mateo.

Las facciones de María eran armoniosas, tenía los ojos negros como la noche y la piel del color de la canela. Mateo pensó que quizás con un poco más de plática podían acabar ambos en su humilde cuarto haciendo el amor. Por la mañana ella sería tan solo un recuerdo, como tantas otras.

—Tu saxo tuvo antes otro dueño, intuyo que fue tu padre.

—¿Perdón? —la miró extrañado, pues aquello era verdad.

—Hay algo de tu padre en él.

—Eres muy rara —dijo el joven, ya no tan seguro de querer compartir la noche con la chica.

—Lo sé porque yo percibo esas cosas. Por un lado, amas tocar y por el otro odias el recuerdo de tu padre. Quizás por eso no cuidas tu instrumento.

—¡Basta! —dijo Mateo molesto—. ¡Tú no me conoces!

—Perdón. A veces me dejo llevar por lo que percibo. Escucha, yo te puedo ayudar a tocar aún mejor. ¿Qué dices? —dijo María.

A él lo único que le interesaba en la vida era tocar y lo dicho por María picó su curiosidad. Aunque al final no resultó como el joven lo había imaginado, ambos sí acabaron en su habitación, pero sentados en el piso de cemento, con María sacando un envoltorio de papel periódico, revelando unos extraños hongos de cabeza alargada y de color marrón. Cuando el chico los vio abrió mucho los ojos y frunció el ceño en señal de preocupación.

—No te preocupes, estoy entrenada para usarlos y guiarte.

—¿Quién te enseñó a usar hongos alucinógenos?

—Mi abuela, ella era una curandera famosa. Es una historia larga que ya te contaré o quizás no. ¿Te animas?

—¿Dices que tocaré mejor?

—Sí, te lo puedo garantizar—, dijo apartando una porción de hongos para ella y otra para Mateo.

La joven primero rezó en un dialecto indígena y luego se puso a ingerir los hongos despacio. A una señal de ella, él empezó a comer sus hongos. En poco tiempo se sintió flotando entre nubes, gritaba y reía mientras intentaba elevarse más.

—Tranquilo. Visualiza tu saxo. ¿Lo ves? Asómate por la campana.

Mateo vio su viejo y desdorado saxo suspendido en el aire. «¡De verdad que está bien jodido!» pensó. Nunca se había preocupado mucho por cuidarlo, solo de vez en cuando lo limpiaba por dentro. Nada quedaba del brillo esplendoroso que tenía cuando era de su padre y que tanto le llamaba la atención de niño. Había sido su papá quien le había enseñado a tocarlo. Cuando éste desapareció para nunca más volver, había dejado atrás el saxo con una nota diciendo que era para su hijo. Mateo había jurado no tocarlo, sin embargo, la necesidad había podido más que su orgullo.

Ahora, con cada segundo que pasaba el saxo se iba haciendo más y más grande mientras él se encogía. Era una sensación extraña, pero no tenía miedo. Al final, se vio del tamaño de un pequeño mosquito y pudo introducirse en él. Se sorprendió mucho de encontrar a su padre dentro del saxo. Era fácil reconocerlo por la enorme cicatriz que le cruzaba la frente. Parecía estarlo esperando y al verle sus ojos se llenaron de lágrimas. Mateo se sintió muy incómodo.

—Perdóname —fue todo lo que dijo el hombre de la cicatriz.

El joven soltó una carcajada burlona y la figura de su padre se desvaneció. Mateo trató de salir, pero algo se lo impedía. La voz preocupada de María le llegaba de lejos. «Algo está muy mal», pensó. Le vinieron a la mente el recuerdo de conocidos que se habían «quedado en el viaje». ¿Le pasaría eso a él? Sintió pánico y su corazón empezó a palpitar enloquecido.

—¡Papá! —gritó al fin—, ¡ayúdame!

El saxo emitió una melodía tranquilizadora y Mateo notó que podía elevarse de nuevo, era como si la música lo empujara suavemente fuera del instrumento. Cuando salió escuchó a María quien con voz aliviada le decía:

—Eso es, ven, no pasa nada, abre los ojos, estás en tu habitación.

Empapado en sudor, Mateo tomó el vaso de agua que ella le extendía y lo bebió hasta la última gota. Luego, jadeando, le contó lo que había sucedido.

—Debes perdonar a tu papá y cuidar más el saxo.

—¿Y eso en qué me ayudará a tocar mejor?

—Ya lo descubrirás.

Otra noche, por las calles de Oaxaca, se escuchaba la melodía que salía de un hermoso y brillante saxofón. El chico que tocaba era un virtuoso y la música solo podía considerarse de «sublime». María, que escuchaba de lejos, sonrió, supo que Mateo había perdonado a su padre, pues él ahora estába tocando mejor que nunca.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en la revista Masticadores Sur

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Horizontes Compartidos – Cuento Corto.

Mi aportación para el VadeReto del mes de Enero, con el tema «horizontes compartidos» e inspiración en esta imagen:

En el patio de recreo de la escuela, reinaba el sol, y explotaban los gritos, las risas y el sudor. El ruido de las pelotas rebotando en las paredes y en el piso hacían difícil la conversación y tuve que subir la voz para que mi amiga Pilar me escuchara:

—Alberto no puede ser hijo de la maestra Cristina, si es negrito y ella es blanca. Además, es bien raro, no habla. Míralo, se la pasa en un rincón del patio sin hablar con nadie. Tampoco es muy inteligente, tiene malas calificaciones, ¡y eso que es hijo de una maestra!

Las cejas de Pilar se arquearon de una forma rara y su mirada inquieta me hizo voltear. ¡Ahí estaba Cristina! Ella había oído toda mi retahíla. Su mirada era una mezcla de enojo y tristeza, movió la cabeza desaprobatoriamente y se alejó. Pilar rio histéricamente y yo sentí mortificación. Lo siguiente que pasó fue que mi madre me dijo que yo estaría yendo a la casa de la maestra unas cuantas tardes a hacer tareas allá. A pesar de mis reclamos dejó en claro que no había forma de evitarlo.

La primera tarde Cristina no mencionó el penoso incidente del patio del colegio, lo cual agradecí. Tampoco hice tarea, nos puso a Alberto y a mí a hacer unas galletas. Yo leía la receta mientas Alberto sacaba todos los ingredientes. Luego fue su turno de leer las instrucciones mientras yo hacía la mezcla.

—A…gre…gar los hue…vos.

Alberto no leía muy bien y empezó a pasarla mal. Así que a mitad de la preparación propuso que cambiáramos de nuevo los papeles y para mi sorpresa vi que era bastante hábil para cocinar. Al final nos reímos mucho pues acabamos los dos con harina por todos lados. Tenía una risa hermosa y sus ojos negrísimos transmitían mucho cuando estaba feliz. Fue agradable conocerlo un poco más.

La siguiente tarde Cristina nos puso a hacer, ahora sí, la tarea. Fue evidente que Alberto necesitaba ayuda extra, la maestra me pidió que lo apoyara y yo lo intenté. Traté de explicarle una multiplicación que al final entendió, aunque con muchos trabajos. Sentí bonito cuando pudo hacerla, por él y por mí que se la había explicado.

Los días pasaron demasiado rápido y llegó el fin del «castigo». Esa tarde me animé a disculparme por lo que yo había dicho en el patio de la escuela y Cristina me abrazó.

—Sé que tienes dudas sobre si Alberto es mi hijo y te voy a responder —me dijo—, efectivamente no es hijo mío, yo lo adopté. No sabemos nada de las personas que lo trajeron al mundo, pero yo lo escogí. Es un privilegio poder escoger a quien será tu hijo, los padres naturales no pueden hacer eso. Es verdad que tiene algunos desafíos intelectuales, pero está trabajando duro en eso. Me gustaría que los chicos de la escuela fueran más amables con él.

Por días la respuesta de la maestra dio vueltas en mi cabeza, también extrañé la compañía de ambos por las tardes, pero Alberto y yo seguimos frecuentándonos. En la escuela lo presenté con algunos de mis conocidos y se volvió parte de nuestro grupo de amigos.

Hoy Alberto es mi esposo, una moderna prueba de ADN reveló que sus ancestros vienen de Senegal. Sus problemas de aprendizaje se subsanaron con el tiempo y hoy es un exitoso chef. Mi suegra me inspiró a ser maestra. Entre nuestros planes está el adoptar un niño o niña, y si tenemos hijos propios, espero que alguno sea como Alberto, de tez oscura, pelo rizado y que tenga una mirada limpia y generosa como la de él.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en Masticadores Sur

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La Reina Inolvidable – Cuento Corto.

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Mi participación en el VadeReto del mes de diciembre que va sobre re-escribir un relato a partir de una fábula clásica. Al final te revelo, si es que no lo adivinaste, de qué fábula se trata.

Todo lo que voy a contar, sucedió en un reino antiguo cuyo recuerdo el tiempo se ha encargado de borrar casi todo, excepto lo relacionado con Talis, una de sus últimas gobernantes. Quiso la suerte, los hados, el destino o como lo quieran llamar, que a esta mujer no le faltara nada: pues además de ser bellísima, era sabia y prudente. Sus padres murieron cuando ella aún era una niña, así que se convirtió en reina muy joven, a pesar de su juventud supo ejercer una administración eficaz, siempre escuchando a sus sabios consejeros y aprendiendo de ellos, logrando un reino próspero donde nadie padecía ni hambre ni injusticias. Su pueblo la amaba.

Cuando Talis cumplió 28 años, quienes la guiaban en la toma de decisiones, llevaban ya mucho tiempo pidiéndole que buscara un esposo, pues el tema de la sucesión apremiaba. A ella no le entusiasmaba la idea, pero finalmente aceptó.

Siendo muy sabia, ideó una prueba para determinar la valía de los pretendientes. Llegando ellos al reino, algunas personas disfrazadas de indigentes se les acercarían y pedirían ayuda, la reacción que tuvieran sería clave para escoger al que sería su consorte.Algunos, nada más ver al grupo de pobres, se regresaban a sus lugares de origen, pues imaginaban que las cosas en el reino de Talis no estaban tan bien como pensaban. Otros, asqueados, pedían que les retiraran de la vista a los necesitados y solo hubo uno, el príncipe Oto, que se interesó por la situación y bondadoso, les ofreció su ayuda. ¡Talis había encontrado a su compañero! Tan solo había un «pero», y era que él tenía una hermana gemela de la cual nunca se había separado y que no podría quedarse atrás . La reina aceptó la situación y consintió que su cuñada fuera a vivir cerca de ellos.

Amber era una copia exacta de su hermano Oto. Los dos era poco atractivos, rechonchos y de muy baja estatura, casi enanos, y la gente del reino siempre se preguntó qué le había gustado a Talis de él, mas como ya dijimos, ella era inteligente y sabía que la riqueza del alma y del intelecto eran más importantes que la apariencia física. Sin embargo, las buenas cualidades del príncipe no eran compartidas por su hermana.

Desde el primer momento, Amber quedó deslumbrada con Talis y, envidiosa, se preguntaba cómo era posible que tanta belleza y perfección se concentraran en una sola persona. Su sueño era ser como ella, o mejor, eclipsarla. Tenía dentro de su séquito a varias doncellas que día a día le procuraban información sobre cómo se vestiría la reina, qué zapatos y qué joyas usaría, y Amber intentaba parecerse a su cuñada poniéndose ropa, calzado y joyas similares. De igual manera, había sobornado a los cocineros para que le prepararan los mismos platillos que comería la soberana. En los eventos públicos imitaba sus gestos y su porte, aunque sus esfuerzos resultaban estériles, pues por más que lo intentara nunca podría replicar aquello que a la reina le salía tan natural.

A Talis le sentaba mal la actitud de Amber y la llenaba de tristeza que su cuñada no podía ser feliz siendo ella misma, pero nunca profirió hacia ella una palabra dura o hiriente, también se guardó de juzgarla pues entendía que cada persona lidia con sus muy particulares demonios.

Con el tiempo, Amber resintió incluso el cariño que Oto le tenía a su mujer y sentió celos. Todo ello la llevó a tratar mal a todos los que la rodeaban, aunque con Talis siempre se comportó sumisa y aduladora. Cuando salía a pasear, a menudo escuchaba a la gente burlarse de ella, lo que la mortificaba aún más.

Un día se le ocurrió que quizás su baja estatura, que siempre odió, fuera un impedimento para parecerse a Talis, así que mandó que le construyeran unos zancos para caminar.

El día que se presentó delante de la reina y del príncipe, usando sus zancos, todas las miradas se posaron en ella. Sin duda estaba más alta, aunque caminaba con torpeza e incluso se veía cómica. Oto pensó que esa obsesión de su hermana ya estaba yendo demasiado lejos y después de eso habló muchas veces con ella rogándole que reconsiderara su actitud, pero Amber no hizo caso.

La altura que le proporcionaron los zancos alivió un poco su infelicidad, pero era difícil caminar sobre ellos. Un día en que quiso ir al mismo paso que la reina en un desfile, se tropezó con su propio vestido y calló de cabeza, muriendo en el acto.

Pasado un tiempo la reina quedó embarazada, lo cual fue motivo de júbilo y celebraciones. Talis siempre lamentó la muerte absurda de Amber y el hecho de que se hubiera perdido de toda la alegría que trajo el pequeño principe al reino. Hoy casi nadie recuerda a Amber, pero el recuerdo de la reina Talis sigue fuerte.

La fábula que inspiró este relato es «La Rana y el Buey», de Esopo, que nos enseña sobre los peligros de la envidia y la importancia de la humildad.

Autor: Ana Piera

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Xiuhcóatl. Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, donde la condición es que uno de los personajes tiene que ser un dragón. Jasc escribió que le gustaría ver cómo eran los dragones de mi tierra así que aquí va:

Llevaba días con una apatía tremenda, ni mis amigos, ni mis actividades y ni siquiera Tizoc, mi perrito faldero, lograban sacarme de ese estado. Ansiaba que «algo» sucediera que me hiciera reaccionar. Buscando un poco de dicha y también para no caer en depresión, comencé a hacer largos paseos al bosque cercano a mi hogar. Esperaba que el contacto con la naturaleza me distrajera un poco, pero ni eso parecía aliviarme.

Un día mientras estaba en el bosque sucedió algo sorprendente: De un paso a otro me vi fuera del idílico, fresco y siempre verde bosque nuboso, a una llanura de sequedad amarillenta. Desconcertada, miré hacia atrás y por un segundo vi la imagen del bosque diluyéndose hasta desaparecer en el aire. Eché de menos la sombra de los frondosos árboles cuando el sol cayó inclemente sobre mí y comencé a sentir calor. Mientras me despojaba de mi chaqueta me di cuenta que no estaba sola, en medio de charcos de sangre, yacían personas muertas. Mi corazón empezó a palpitar muy rápido y cuando de lejos me llegó el ruido de gritos y cosas chocando con violencia me sentí paralizada y sin saber qué hacer. Fue entonces cuando alguien me tómo con violencia por el cabello y me arrastró sin miramientos.

De nada sirvió retorcerme tratando de zafarme, ya que el brazo de mi asaltante, a quien no podía ver, desplegaba una fuerza de grúa. Sentí las piedras del suelo desgarrando mi espalda, y durante el arrastre pasé a un lado de aquellos cuerpos inmóviles, que miraban con ojos vacíos y desolados, como miran los muertos que ya no pueden contar su historia. Supe que no eran contemporáneos míos por la vestimenta: algunos apenas tenían un taparrabos sencillo, otros un mono de cuerpo entero de algodón. Tirados en el campo, había yelmos con formas de animales, lanzas, escudos redondos adornados con plumas de ave, también mazos de madera bordeados con puntas de filosa obsidiana; algunos de estos filos ya no estaban, se habían caído igual que se caen los dientes de la boca de un viejo. Identifiqué el creciente ruido como el de una batalla campal.

De repente mi captor soltó mi cabeza, que cayó fuerte contra el suelo, luego él se desplomó delante de mí, herido de muerte por una flecha. Me incorporé con dificultad y vi la vida escapándose de un cuerpo magnífico. Su boca se torció en un espasmo doloroso y la mueca quedó congelada para siempre.

Una flecha pasó rozándome la mejilla. A mi alrededor fuertes y feroces guerreros blandían aquellos mazos, destripando abdómenes y cortando cabezas con facilidad. El aire tenía un regusto a sangre. Yo estaba aterrorizada.

Una figura imponente se me acercó, el sol estaba detrás y a contraluz pude ver que del tocado de su cabeza salían plumas que ondeaban al capricho del viento, y de uno de sus brazos surgía algo que se movía de forma sinuosa, pero independiente del viento, parecido a una serpiente. Con voz apremiante y varonil me preguntó:

—¿¡Kampa tihuala!? ¿¡Tlen motokaz!? *

La lengua en la que había hablado me era desconocida, él repitió la pregunta y ahora parecía muy molesto. Hubiera querido entenderle. Una nube pasó y ocultó el sol y vi que era un guerrero de extraña tez azulada y ojos fieros. Una especie de reptil robusto color esmeralda aparecía enroscado en una de sus manos. No era una serpiente, pues a pesar de tener enormes colmillos curvados el hocico era demasiado alargado. Aquel reptil se estiró para mirarme, y yo retrocedí impresionada por sus ojos flamígeros.

Por detrás del guerrero, alguien se acercó amenazador, pero el se volvió y blandió al animal como si se tratase de un arma. De la boca del reptil salió fuego que vaporizó al enemigo al instante. Después ambos se volvieron hacia mí. Yo temblaba. El guerrero azul recitó otra frase ininteligible en voz alta y el dragón abrió su hocico de nuevo. Bajé la cabeza esperando la muerte. Solo que esta vez la criatura no lanzó fuego, sino niebla fría. El fragor de la batalla se fue atenuando hasta desaparecer y cuando la niebla se disipó me encontraba nuevamente en el bosque.

Si no hubiera sido por la herida de flecha en mi mejilla, hubiera pensado que todo había sido un sueño. Hasta el día de hoy no tengo explicación para lo que me pasó, pero cuando me siento aburrida, cuido mucho mis pensamientos y trato de no desear que suceda «algo» fuera de lo común, no me gustaría encontrarme nuevamente frente a frente con Xiuhcóatl, el dragón de fuego y su amo, el gran dios Huitzilopochtli.

Autor: Ana Laura Piera

Huitzilopochtli es uno de los dioses creadores en la cultura mexica y fue su guía para llegar al lugar donde fundaron la gran ciudad de Tenochtitlán.

El Macahuitl era una de las armas en el mundo prehispánico. Fue el arma principal de lucha cuerpo a cuerpo.

*¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu nombre? en náhuatl, (aproximado), si alguien puede hacer una traducción más exacta lo agradeceré.

Si me dejas algún comentario (que me encantaría) ponme tu nombre junto a él pues WordPress a veces los deja como anónimos. Gracias.

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