La picadura – Microrrelato.


Y cuando llegó la tercera noche, ella dijo que iría al hospital, pero se arrepintió, rindiéndose a lo inevitable. El dolor irradiaba hasta su antebrazo; la extremidad le punzaba y un molesto hormigueo la recorría.

El alacrán la había picado al mover una silla rota, la favorita de Alfredo, con la que él había dañado su pierna una tarde de alcohol. Mirarla arrumbada le impedía olvidar y, a la vez, sentía placer; tal como estaba aquel objeto, así debía estar él.

El dolor del piquete fue atroz, y cuando vio al alacrán caer al piso como un destello anaranjado y desafiante, una premonición de fatalidad le mordió el alma.

Su cojera se acentuó. Todo le dolía. Intentó hacerse un chocolate caliente y ni siquiera pudo bajar la taza. Una rigidez extraña se instaló en su organismo. Su visión ahora se limitaba a percibir luces y sombras, aunque había ganado en sensibilidad táctil. Trató de contestar una llamada y ya no tuvo voz.

A la quinta noche salió de su casa percibiendo el resplandor de la luna. Buscó abrigo entre las grietas, tardando mucho en recorrer las apenas dos cuadras que la separaban de su destino. La maleza crecida le acarició la armadura que era ahora su piel. La luna iluminó su perfecto aguijón, hinchado de veneno sin usar. Se quedaría ahí, junto a la tumba de Alfredo, convertida en alacrán. Picaría sin misericordia a cualquiera que se acercara y, si al desgraciado se le ocurría regresar, lo pincharía hasta que se volviera a morir.

Autor: Ana Laura Piera.

248 palabras sin la frase inicial.


En la traducción de Vicente Blasco Ibáñez de «Las mil y una noches», la tercera noche comienza con la frase: «Y cuando llegó la tercera noche, ella dijo«, dando paso a la continuación de la historia del mercader y el efrit.

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La Mujer del Humedal: Microrrelato de metamorfosis y deseo.

Esta es una segunda versión. La primera tenía solo 100 palabras. A veces, lo breve no basta para decir todo lo que uno quiere. Esta vez me permití quedarme un poco más.


Con cada inundación, desde hacía dos años, la mujer sentía un latido fuerte que ascendía por su cuerpo y se instalaba, insoportable, en sus oídos. Solo menguaba al encontrarse cerca del humedal y desaparecía cuando se metía en él, siempre de noche.

Ayudándose con la luz de la luna, su mirada inquieta iba de los juncos, a los nenúfares, a las isletas. Tocaba y revolvía todo con desesperación, buscando alguna pista que pudiera llevarle a él. Su sentido del oído estaba siempre presto a reconocerle entre el croar de cientos de sapos y ranas que en medio de la oscuridad buscaban pareja.

Cada temporada de lluvias era lo mismo, hasta que una tarde, un sonido fuerte, grave y anhelante, resultó inequívoco. Ella buscó el origen de aquel canto y le vio encima de una isleta. El pequeño y repulsivo ser inflaba su saco bucal, produciendo aquel sonido que tenía un efecto hipnotizante.

Instintivamente, se llevó la mano al collar de calcedonia que pendía del cuello, el instrumento mágico que impedía su transformación. Hizo ademán de quitárselo.

Alguna vez, cuando ella aún era una criatura anfibia, había saltado sin querer sobre aquella joya que yacía en la charca, envuelta en cieno, e inmediatamente su cuerpo de batracio mutó, de pequeño, rugoso y regordete, a una grácil figura de mujer humana. Conmocionada, se había alejado hasta encontrarse un caserío cercano, donde unas mujeres la encontraron, chorreando agua y desnuda, a excepción de aquel collar misterioso. Con ayuda de ellas, había podido hacer una nueva vida ahí.

La noche que lo encontró, jugueteó la piedra entre sus dedos y estuvo a punto de despojarse del collar bajo el influjo de aquella melodía encantadora, mas algo la detenía, algo que se abría paso en su interior con desesperación. No sabía bien de qué se trataba, hasta que su mente se iluminó al recordar a un bebé acostado en una cunita hecha de juncos. Lloraba a todo pulmón y ese llanto opacó el bullicio de la charca.

Como saliendo de un ensueño, se dirigió a la orilla, resistiendo el impulso de mirar atrás. Una vez fuera, corrió presurosa hacia el caserío.

360 palabras.

Autor: Ana Piera

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