Paquete Premium – Cuento Corto.

Mi propuesta para el VadeReto de abril: crear un relato donde el personaje principal es un durmiente criogenizado que despierta.

Los pasillos fríos, asépticos y sin alma de Krio-Life se llenaron de risas juveniles durante una visita escolar.

—En estos tanques se guardan los clientes que contrataron el paquete de cuerpo entero —decía con voz monótona un empleado de la empresa—. Están llenos de nitrógeno líquido y otras sustancias crioprotectoras a la espera de poder ser resucitados cuando los avances médicos puedan reparar el daño que les provocó la muerte.

Algunos alumnos bromearon sobre cuerpos desnudos flotando en «anticongelante». Luego pasaron al área de neuropreservación, donde tanques más pequeños con mirillas revelaban cabezas y cerebros. Allí, dos de los jóvenes descubrieron horrorizados una cabeza humana que se inclinaba a propósito hacia una de las paredes del tanque, intentando golpearla y llamar la atención. Tenía los ojos abiertos y una expresión de terror en el rostro. Abría y cerraba la boca, como los peces, dejando salir burbujas que subían hasta la parte superior del recipiente.

«¡Está despierto!», gritaron al unísono antes de que todo el grupo fuera desalojado apresuradamente.

En las oficinas de Krio-Life, el jefe Arnold P. y el fundador Dave N. se reunieron de urgencia: el sujeto era Ronald Tramm, expresidente de los Estados Unificados de Aurora.

—¡De entre todos los clientes tenía que despertarse un expresidente! —exclamó Arnold, muy contrariado, y ordenó prohibir futuras visitas y preparar una declaración oficial para la prensa donde Krio-Life no quedara mal.

Cuando sacaron la cabeza del tanque, apareció un hombre de unos setenta y tantos años, de tez anaranjada y melena amarillenta descuidada.

—Necesito un espejo… estoy hecho un desastre —dijo en tono rasposo y dramático la cabeza.

Al enterarse de que aún no existía la tecnología para unirlo a un nuevo cuerpo, Ronald montó en cólera, alardeando de ser uno de los presidentes «más inteligentes» y amenazando con demandas de millones de dólares. Para tranquilizarlo, Dave le prometió un corte de pelo y una mascarilla facial mientras le ponían programas de chicas en bikini.

En privado, los ejecutivos analizaron el riesgo. Tramm, responsable del Gran Colapso, era un cliente cuyo «despertar» ponía en peligro las acciones de la empresa. Arnold preguntó a Dave sobre por qué solo tenían la cabeza y este le dijo que tras un bombardeo en su residencia, el cuerpo quedó hecho una piltrafa.

—Es una lástima, con el cuerpo entero podríamos cobrar más. En fin, nadie debe saber que nuestra tecnología falló, necesitamos más clientes adinerados que nos paguen mensualmente por mantenerlos aquí tras su muerte.

La versión oficial para el público fue que un cliente anónimo había pedido despertar en esa fecha específica y murió poco después por causas naturales. Los dirigentes de Krio-Life sabían que el secreto estaba a salvo. El tiempo y el desastre habían borrado la imagen del expresidente de la memoria de un país que prefería no recordar a los causantes de su ruina.

Mientras tanto, Ronald fue devuelto al tanque contra su voluntad. Antes de sumergirlo, le colocaron un prototipo de simulador de realidad virtual diseñado para operar en nitrógeno líquido. La cabeza, que vociferaba y amenazaba, se calmó de inmediato y comenzó a suplicar «más, más, más».

Dave y Arnold se frotaban las manos ante la posibilidad de vender esto como un nuevo paquete premium de «experiencias placenteras».

Los ejecutivos se alejaron mientras el hombre que había causado el Gran Colapso quedaba atrapado en una fantasía barata de ocho bits.

Autor: Ana Laura Piera.

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Otro relato sobre criogenización en este blog: AQUÍ


Nota: Sustancias crioprotectoras: Las sustancias crioprotectoras son agentes químicos, como el glicerol o el dimetilsulfóxido (DMSO), que protegen células y tejidos del daño por congelación al reducir el punto de fusión, evitar la formación de cristales de hielo y minimizar la deshidratación celular. Se clasifican en penetrantes (pequeña molécula) y no penetrantes (polímeros). 

Genio y figura… cuento corto.

Una historia de culpa, misterio y un fantasma.

Soñé vívidamente que mi madre difunta regresaba a su casa. La veía tan clara como el agua: regordeta, en el nido blanco que era su cabeza, una de sus manos se acomodaba el cabello mientras la otra descansaba apoyándose en un bastón que no reconocí. El suyo, el original, tenía una empuñadura de marfil, había sido de mi padre y tenía un gran valor sentimental para ella. Yo se lo regalé a un vagabundo que pasó.

—Hola, hija, ya regresé.

—¿Cómo que regresaste? —le decía sorprendida.

—Sí, solo estuve fuera un poco de tiempo, pero ya regresé.

—Este bastón no es mío. ¿Dónde están mis cosas?

Un sudor frío recorrió mi espalda y desperté empapada. El sueño rondó en mis pensamientos por varios días. “Es la culpa de deshacerme de sus pertenencias”, pensé.

Cuando por fin lo superé, situaciones extrañas sucedieron en la casa:

Sentí que alguien nos observaba. También oí el ruido de un cuerpo pesado dejándose caer en una de las sillas de mi comedor nuevo, solo para levantarse casi de inmediato. Se escuchaba el rumor de pantuflas arrastrándose por toda la casa. Puertas y cajones se abrían como si alguien los inspeccionara, para luego cerrarse con un golpe seco, malhumorado. Habitaciones que bajaban de temperatura hasta llegar a un frío glacial que hacía que a uno le castañetearan los dientes.

—Es mamá —le dije a mi hija Eugenia.

—Debe haber otra explicación.

—Parece un alma en pena buscando sus cosas. ¿Por qué nos deshicimos de ellas?

—Porque eso se hace cuando alguien muere.

—Le llamaré a Paquita Bermúdez, ella sabrá qué hacer.

Paquita la espiritista hizo su entrada en mi casa una noche. Era una mujer muy intensa, todo lo hacía como en una obra de teatro.

—Definitivamente, siento una presencia —dijo, tocándose la cabeza con dos dedos y los otros parados como antenas—. Una mujer mayor, pelo blanco, gorda…

—¡Es mi mamá!—solté de sopetón.

—¿Quieren hablar con ella?

—Sí —dijo resuelta Eugenia.

Nos sentamos en el comedor. Paquita invocó al espíritu. Su cuerpo se retorció con violencia hasta que habló con una voz que era la fusión de su propia voz nasal con la aguda de mamá.

—Estoy muy sorprendida y molesta. ¿Qué han hecho con mis pertenencias?

Yo me persigné. Eugenia, aunque nerviosa, tuvo el aplomo de hablar.

—Abuela, tú no debes estar acá.

—Mira hija, no sé por qué sigo aquí. Solo quiero sentirme feliz rodeada de lo que es mío.

—Eso no es posible. Ya todo se fue. La mayoría acabó en residencias para ancianos donde los vivos pueden darles un buen uso.

—¡Ustedes prometieron que eso no pasaría!

Paquita se estremeció de nuevo. Al recuperarse, miró en todas direcciones, embelesada, como escuchando la ovación de un público imaginario. Después habló con su propia voz:

—Son 800 pesos. Les aconsejo poner velas blancas y pedirle a su mamacita que trascienda. Si eso no funciona, habrá que traer un cura.

Después de la sesión, todo pareció calmarse, pero luego mamá volvió a las andadas: arrojaba objetos, desaparecía cosas y enrarecía el ambiente. A la semana siguiente, Paquita volvió y mi madre habló a través de ella:

—¡Estoy cansada! ¡Harta de su mal gusto! La lámpara de la sala, ¿dónde la encontraron? Parece que se la robaron de un hotel de carretera. ¿Y esa pintura? ¡Por favor! Eugenia, ese muchachito que te viene a ver… debes terminar con él porque no vale un centavo.

Al final de la sesión, Eugenia se fue a su cuarto enojada, y yo le pregunté a Paquita qué debíamos hacer.

—Recuperen todo. No tendrán paz hasta que lo hagan.

—¡Ay, Paquita! ¿No hay otra forma?

—Lo siento.

Mi hija y yo discutimos. Eugenia decía que no debíamos ceder.

Los episodios se volvieron más violentos. El novio de mi hija no podía pisar la casa, pues le llovían objetos. Nuestra ropa interior desaparecía. Cerraba las llaves del gas. Dejaba el refrigerador abierto. Decidí que era suficiente y me lancé a recuperar lo donado. Recorrí residencias, hablé con amigos y hasta fui al basurero municipal. No pude encontrar casi nada.

Al final, hice un altar con las pocas fotografías, adornos y prendas que encontré. La actividad paranormal cesó por completo. Cuando Paquita fue por última vez, me confirmó que mi madre ya no estaba ahí. Me dijo que lo más seguro era que hubiera trascendido y que el altar la ayudó.

Dos semanas después, recibí la llamada del director de un hogar de ancianos. El hombre me pidió encarecidamente que les llevara el bastón de mi madre. Le expliqué que era casi imposible de recuperar. Su respuesta me dejó de una pieza: un fantasma femenino creaba caos en el edificio, espantando a todos y pidiendo su bastón.

Mi madre, después de encontrar algunas de sus cosas en el altar, se dio a la tarea de buscar las otras. Cuando se lo platiqué a mi hija, se rió mucho. Luego me dijo con sarcasmo que quizá el vagabundo podría mandarnos el bastón por mensajería. Ante mi cara de pocos amigos solo agregó que la abuela no cambiaba ni en la muerte. Al final yo le di al director el teléfono de Paquita, y si no funcionaba tendríamos que pedir los servicios de un padre experto en exorcismos.

Esa tarde, reflexionando en todo lo que estaba pasado, comprendí que mamá había encontrado la forma de seguir apegada a lo suyo y atormentando a todos. Genio y figura, ¡hasta la sepultura!

Autor: Ana Piera.

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Leyenda Urbana: Gustavo – Microrrelato.

Da clic en la imagen para que te lleve al sitio El Tintero de Oro.

El meme se hizo viral. Trataba sobre el joven actor de veintidós años que falleció trágicamente. Aparecía en su etapa de niño, cuando actuaba en el programa que lo hizo famoso, diciendo con cara de cansancio: «¡Tuve una semana tan pesada! ¡Estoy muerto!».

Detrás del ordenador que había parido esa y otras publicaciones, estaba Gustavo. No se levantaba más que para recibir sus pedidos por internet e ir al baño. Dormía muy poco y sufría de obesidad mórbida. Él siempre estaba a la caza de las noticias más recientes y de los chismes más jugosos para elaborar sarcásticos contenidos. Su marca personal era el humor negro.

Un día le encontraron muerto en su departamento. En la pantalla del ordenador había una imagen: el cuerpo de Gustavo tras tres días de fallecido, la boca embadurnada de comida y con una magdalena firmemente sostenida en una de sus rígidas manos. Una leyenda mencionaba: «No actúes con mala leche, porque así acabarás». Como todos los memes de Gustavo este se había viralizado. La polícía forense confirmó que Gustavo no la había publicado. El ordenador lo hizo por sí mismo, como si hubiera aprendido a imitar su estilo. Desde entonces, cada cierto tiempo aparecían nuevas imágenes firmadas con su nombre, y nadie pudo explicar cómo..

212 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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El Regalo – Cuento Corto.

Photo by Nick Fewings on Unsplash

El vendedor, olfateando su primera venta del día, gesticula dramáticamente mientras explica a su cliente por qué debe decidirse a comprar:

¡Mire que líneas! No me va a decir que no son perfectas, ahora, échele una miradita a las molduras, vea el detalle. Observe el interior, sienta la tela… ¡Ah! ¿Ve? ¡Pura calidad! Además cuenta con alarma, algo muy conveniente. Usted sabe que las apariencias engañan y que hasta lo más definitivo que hay en esta vida, puede no ser tan definitivo.

—Si, me lo llevo, envuélvanmelo para regalo —dice Justino Martínez muy convencido.

El vendedor, conocedor de su oficio, esconde la sorpresa que le causa tal petición y enseguida envía al mandadero para que compre lo necesario. Tardan un poco en dejarlo listo, después de todo es la primera vez que les piden algo así, muy pronto el color caoba del féretro, queda oculto detrás del papel de regalo, parece una barra de chocolate gigante con envoltorio rosa chillón. Terminan colocando un gran moño a juego.

—Súbanlo a mi camioneta.

Y ahí va Justino, mientras maneja, va pensando: “¡Las cosas que me obligas a hacer Gloria! A ver si con esto se te acaban los achaques. Desde que nos casamos hemos hecho más visitas al hospital que a ningún otro lado. Que si te duele aquí, que si te duele allá. Que si ya vas a estirar la pata, ¡tanto dinero gastado en medicinas que no te curan! Primero pensé era mal de ojo; entonces te llevé con Doña Angustias para que te hiciera una buena limpia. Estuviste bien por un tiempo, pero ya estás otra vez con tus dolencias. Creo más bien que eres una mañosa. Con este regalito debes de reaccionar, ya verás”

Cuando ve llegar la camioneta de su marido, Gloria se emociona mucho. En vísperas de su cumpleaños, seguro que su marido le compró algo bueno, tal vez un mueble. Casi se muere de verdad cuando Justino le pide que quite la envoltura y se encuentra tan lúgubre regalo.

Mujer, tú siempre estás diciendo que ya te vas a morir y no sé que tanto, por eso decidí traerte esto, no te puedes quejar, es de lo mejorcito que hay, estarás muy a gusto aquí.

A la par que se recupera del disgusto, el inesperado regalo hace reaccionar a Gloria: la artritis se esfuma, ya no le da la migraña, la presión alta la deja en paz y su diabetes se controla de un día para otro. Tras la incomodidad inicial (no encontraban donde ponerlo), el féretro se hace útil e indispensable a los pies de la cama matrimonial que Gloria y Justino comparten desde hace veinte años. Los calzones de Justino y los pijamas mata pasiones de su mujer, encuentran un hogar dentro de él.

—¡Ay mujer! El día que te mueras voy a extrañar tanto el mueblecito, mira ¡que bueno nos ha salido!

Una noche en que no puede conciliar el sueño, a Justino se le ocurre intentar dormir dentro de la caja. Descarta la idea por descabellada y rara, pero cuando en sus noches comienza a abundar el insomnio, decide probar. Saca toda la ropa que guardan y se duerme muy tranquilito a los pies de Gloria. Esa noche, Justino sueña que está enterrado dentro del féretro, tres metros bajo tierra. No es una pesadilla sino un sueño apacible y tranquilo, siente su cuerpo suavemente arropado, como si estuviera dentro de un capullo de mariposa. Las preocupaciones y los afanes cotidianos se quedan lejos, muy lejos.

A la mañana siguiente despierta más descansado que nunca y reflexiona sobre si el morir se parece a su sueño. Gloria está histérica por el desorden dejado por su marido, pero eso no lo detiene y Justino repite la experiencia. Muy pronto no puede dormir en otro lado que no sea su “cajita” como cariñosamente la llama. Siempre sueña que está plácidamente… muerto. Está convencido que la muerte es como volver a una patria abandonada en el momento de nacer y olvidada con la primera bocanada de oxígeno que entra a los pulmones. Quizás no hay nada que temer de ella. Primero duerme con la tapa del ataúd abierta, pero con el tiempo se acostumbra a dormir con la tapa cerrada.

Pareces el conde raro ese que se convierte en vampiro. Estoy harta. Además, era mi regalo y el que lo usas eres tú. ¡No es justo! —se queja Gloria.

Un día la muerte acaba por seducir completamente a Justino y Gloria ya no lo puede despertar. En el velorio todos comentan la felicidad pintada en el rostro del difunto. Gloria a su vez lamenta muchísimo la pérdida de su regalo.

https://bloguers.net/literatura/el-regalo-inesperado/

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla