Conquistar un Sueño – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando del mes de Abril. Hay que escribir un microrrelato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el dado (ogro) y opcional que haga referencia al invento: microscopio.

Al sumergirse, los gritos de odio se desvanecen. Bucea feliz entre criaturas amables hasta llegar con la luna submarina y juega a conquistar su cumbre. Ella se lo permite, en los sueños todo es posible, y el ogro-buzo merece un respiro.

Él no quisiera abandonar su sueño acuático. Despierto no le espera nada lindo. Esta luna, al igual que su hermana celeste, es buena para conceder deseos y permite que el ogro sueñe por siempre, buceando entre peces, gambas, estrellas de mar y seres que solo verías a través de un microscopio.

Autor: Ana Piera

95 palabras incluyendo título.

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Mejores que Nosotros – Cuento Corto.

Mi participación en el reto del blog Alianzara, de la compañera Cristina Rubio, quien nos propone escribir una historia a partir de un título (de canción, de libro, película), y que no debe superar las 900 palabras. Yo he escogido «Mejores que Nosotros» que es una serie futurista de Netflix que recomiendo muchísimo. Mi relato nada tiene que ver con la serie, solo me inspiré en el título.

En la casa de Palma, había una abundancia de luz natural gracias a enormes ventanales que la dejaban entrar a todos los rincones. En medio de esa exuberancia lumínica, desde tiestos que estaban regados por todo el lugar, unas curiosas criaturas emitían suspiros y vocalizaciones placenteras mientras se bañaban en esa luz tibia. Monstera, la invitada de Palma, las miraba fascinada. Las había de diferentes tonalidades, desde casi blanquecinas, pasando por el amarillo y diversos tonos de naranja, hasta colores más oscuros, como el café o el negro.

—¡Qué extrañas! ¡No son verdes! ¿Hasta dónde crecen? ¿Cómo se llaman?

Desde la cocina, Palma respondió:

—No crecen mucho, apenas unos 15 o 20 centímetros. Cuando corona la cabeza, lo demás sale rápido y termina el crecimiento en cuanto los pies se afirman en la tierra. Se llaman «gente». Es una especie muy poco común y todavía estoy aprendiendo sobre ellas.

—¿Gente? ¡Qué nombre tan aburrido!

—El nombre quizás es aburrido, pero ellas no contestó acercándose a su amiga. Cuando están felices, cantan, si tienen tristeza, lloran, a veces pelean y hacen rabietas unas con otras. Por eso «las tengo juntas, pero no revueltas», como dice el dicho.

Monstera fue hacia una maceta de piedra donde crecía una figura delgada y pálida. Solo la cabeza, coronada por una larga cabellera rubia, y parte del cuerpo, hasta el pubis, se encontraban fuera de la tierra.

—Es una hembra. Aún falta que le crezcan las piernas. ¿Te gusta? —preguntó Palma—, si quieres puedes tocarla, verás cómo abre sus ojos, son azules como los zafiros. Es muy dulce.

—Me llama la atención, mas no me atrevo a tocarla, ya ves que tengo manos enormes y torpes, no quisiera lastimarla.

Palma iba y venía de la cocina al comedor con un ritmo cadencioso y grácil, que agitaba su verde melena como un abanico, mientras disponía todo para el almuerzo.

—¿Se te ha muerto alguna?

—Hasta ahora no. Siempre procuro darles todo lo que necesitan, agua, alimento y atención, incluso platico con ellas. Alguna vez tuve una problemática, me increpaba desde su maceta, era un macho, parecía muy desgraciado aquí y lo regresé al vivero, ahí le buscaron una nueva casa.

—Hiciste bien, son seres vivos y merecen respeto.

—Así es, nunca abandonaría a ninguna. Si se enferman, las llevo al médico y las cuido, si salgo de vacaciones, me preocupo de que alguien venga a atenderlas.

—Suena a mucho trabajo —dijo Monstera mientras se sentaba frente a un plato de suculento sustrato enriquecido con humus y minerales—. ¿Tú crees que si el mundo fuera al revés y ellas fueran quienes nos tuvieran que cuidar lo harían con tanto esmero?

—La verdad, no lo sé, me gustaría creer que sí, aunque no tiene caso pensarlo. El mundo es como es dijo Palma mientras se llevaba una cuchara copeteada de sustrato a la boca.

—Perdona que insista con el tema, Palma, ¿con todos los cuidados posibles, cuánto llegan a durar?

—Son longevas, aunque ignoro qué tanto. Me han dicho que al final de su vida, empiezan a ponerse arrugadas y blandas, sus cuerpos se vencen, los cabellos se vuelven blancos por completo, o se caen. Dejan de responder a los estímulos, luego se quedan dormidas sobre la tierra y ya no despiertan. Nunca me ha pasado afortunadamente. El más viejo que tengo es el que está cerca de la ventana, ¿lo ves? —dijo señalando una figura de color canela, erguida y con las dos piernas firmemente puestas sobre la tierra, tenía cabellos grises y a pesar de notarse la edad en su rostro, aún se veía fuerte. Percibió que le miraban y volteó hacia ellas, levantó una mano y saludó sonriendo.

—¿Y cómo se reproducen? —preguntó Monstera y Palma ya estaba un poco fastidiada de tanta pregunta.

—Eso no lo sé. Nunca se me ha reproducido una en casa. Siempre las traigo del vivero. ¿No probarás la comida?

—¡Oh, sí! Esto se ve de primera. ¡Comamos!

661 palabras.

Autor: Ana Piera.

Nota: Yo sé que muchas personas aman a sus plantas, y las cuidan y las miman, pero sospecho que es un porcentaje muy pequeño de población. Tengo la impresión (puedo estar equivocada), que las plantas normalmente son dejadas atrás en cuanto a cuidados, comparadas con otras cosas.

Publicada en Masticadores.

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Viaje frustrado – cuento corto.

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Cuando Ángela abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz, «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool!, se escuchaban a cada roto. Buscó el control del aparato y activó el «mute».

Entró al baño y se encontró con el desastre habitual: calzones tirados, sandalias de baño desperdigadas, el bote de basura hasta el copete. Aquello era demasiado. Miró la imagen maltratada y seca que le devolvía el espejo, se concentró en las arrugas y en los ojos cansados y sin brillo, «¿quién es esta?», pensó con amargura «¿dónde quedé yo?».

De regreso en la recámara intentó mover el cuerpo inerte de Rogelio para poder acostarse, pero no pudo. «Desgraciado, tendré que dormir otra vez en el sofá». Tras de sí dejó el uniforme de enfermera y en pantaleta y sin brasier, se dirigió al cuarto de la computadora. Primero había pensado en acostarse, se sentía cansadísima después de una dura jornada en el hospital donde trabajaba, pero decidió que al menos checaría su buzón de correo electrónico. Tenía ocho mensajes, casi todos intrascendentes, el único que le llamó la atención era uno que decía: «Reunión Familiar», lo leyó con avidez y sonrió.

La luz del día la despertó sin misericordia. En el cuarto de la computadora no había cortina así que el sol no pedía permiso para entrar. Ángela recordó el e-mail y se levantó rápidamente, tenía que hablar con Rogelio. Este aún estaba durmiendo, pero el portazo que dio Ángela a propósito, lo despertó.

—No la amueles, estoy durmiendo —dijo él con la voz pastosa de quien amanece todo crudo.

— El próximo sábado salgo para Monterrey —dijo ella en tono resuelto.

— ¿De qué hablas?

—Recibí un correo de mi primo Gustavo, toda mi familia se reunirá en Monterrey, todos, hasta la tía Doris que vive en Mérida, no puedo faltar. Gustavo guardó silencio unos segundos y luego volviéndole la espalda a Ángela dijo:

—No puedes, no tenemos dinero.

—No me importa, daré el tarjetazo, ya hice la reservación anoche. Gustavo ya no dijo nada y minutos después Ángela lo escuchó roncar de nuevo.

La perspectiva del viaje era emocionante, salir de la rutina, dejar de aguantar aunque fuera por unos días a su esposo. También se sorprendió varias veces fantaseando con no regresar. El lunes pidió permiso en su trabajo para ausentarse el fin de semana y se lo concedieron. El martes comenzó a planear lo que iba a empacar y ese mismo día por la noche un cambio extraño se operó en Rogelio, cuando Ángela llegó de trabajar lo encontró sentado en la sala en vez de tirado en la cama.

—¿Ya cenaste?, mira que preparé un espagueti, no quedó muy bueno, pero si tienes hambre…

Aquello era algo inédito, el espagueti sí estaba horrible, pero el simple hecho de que el fardo de Rogelio hiciera algo ya era mucho decir. El miércoles le habló al hospital:

—Te invito unos tacos.

Hacía ya tanto que no salían, aunque fuera a echarse unos mugres tacos, que Ángela estaba sorprendida.

El jueves fueron a bailar, entre cumbias y merengues Ángela se sentía en las nubes. El viernes Rogelio la esperó bien despierto, bañado, y perfumado y después de un largo beso hicieron el amor. Por cierto hacía ya tanto que no hacían nada, que Ángela no conocía la sensación de besar al ahora bigotón Rogelio, y por lo espeso del bigote se le figuraba que estaba besando un mapache o algo parecido. Después de hacer el amor Rogelio se portó muy tierno y caballeroso y Ángela empezó a sentirse tan amada y querida como al principio de su relación. De repente la perspectiva del viaje ya no resultaba tan atractiva. ¿Para qué irse a Monterrey y desperdiciar esta buena racha con él?, decidió que no iría a la reunión familiar.

El sábado por la mañana canceló todo y avisó a sus familiares de su ausencia, en vez del viaje organizaría una cena romántica para los dos. Rogelio estaba muy complacido del cambio de planes, Ángela se fue a hacer las compras de la cena y Rogelio dijo que iba a la farmacia a comprar unos condones.

El paquete con las fotos de la reunión llegó pocos días después, Ángela las abrió con tristeza y lloró al ver a toda su familia reunida y feliz, solo había faltado ella. Guardó las fotos en un cajón y se dirigió a la habitación que compartía con su esposo. Tuvo la sensación de estar viviendo un déjà vu:

Cuando ella abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool! Se escuchaban a cada roto, buscó el control del aparato y activó el «mute».

Autor: Ana Laura Piera

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Este relato, en la revista Masticadores Sur.