Regalo de Navidad.

Cuento corto sobre el poder de los deseos y la fuerza de la familia.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer, casi sin ruido. Un gesto tan natural, querer cortar el agua del mar con los dedos, había causado la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya se había alejado del lugar donde mi hermano había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha y desapareció de nuestra vista. Pasaron unos minutos eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, impenetrable; esperaba, nervioso, el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, mostraba la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios: respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo nos acercaba a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, pero al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad, pues los rastros de la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido; el tiempo al fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo, lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot con apariencia infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de un insecto, y apenas sobresalían la pelvis y el pecho. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se encendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido, pero no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos antes de caminar hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio, su cuerpo emitió un resplandor rojizo.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo —otra vez aparecieron las luces azules—, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza fría al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo intentó dominar su emoción y nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Autor: Ana Laura Piera.

Este cuento fue publicado originalmente bajo el título «El Regreso», el 17 de diciembre de 2021. Hoy lo comparto nuevamente.

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La Mansión y sus Testigos.

Relato fantástico, gótico, contemporáneo.

Esta historia es mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre. Forzosamente se ha de incluir la introducción, (en cursiva), proporcionada por JascNet y ligeramente modificada por mí. La continuación (en negritas), es mi propuesta.


En la gran mansión suena la campana que avisa de la llegada de un nuevo huésped.

El anciano y todavía servicial mayordomo acude a abrir la pesada puerta que da acceso al caserón.

Al abrirla, y ver al personaje que ha llegado, sonríe.

—Buenas noches —dice el recién llegado con un estremecimiento y ligero castañear de dientes—. El tiempo está terrible y estoy helado de frío. ¿Podría cobijarme durante la noche en vuestra amable y cálida residencia?

—¡Por supuesto! —Dice el anciano, mostrando un gesto de satisfacción. Pasad y consideraos, desde este mismo momento, nuestro huésped. Os están esperando en el Salón.

—¿Cómo? ¿A mí?

—¡Efectivamente! —Responde el mayordomo y, sin más preámbulos, lo acompaña hasta la inmensa sala.

Nada más entrar, se nota la calidez de una enorme chimenea. Delante de ella hay un grupo de personajes, sentados en el suelo, que lo saludan y le dan la bienvenida. Unas extensas mesas muestran una gran variedad de viandas y suculentos néctares, fríos y calientes.

—Como puede usted ver —añade el hombre—, puede quitarse el frío, el hambre y la sed. Si necesita algo más, solo tiene que pedirlo. Pero…

—¡Vaya! Ya llegamos al pero de siempre… Seguro que tengo que pagar algo. ¿Verdad?

—¡Así es! —responde el anciano.

—¿Y me va a salir muy caro? No llevo gran cosa en los bolsillos.

—Será sencillo y barato. Acomódese junto a sus compañeros y cuéntenos un cuento.


Tragué saliva. Había llegado a la mansión esperando un recibimiento sencillo, pero lo que hallé fueron varios rostros conocidos que me miraban expectantes mientras disfrutaban del calor de la chimenea.

El mayordomo se me acercó, su mirada bondadosa chocó con la mía y dijo:

—No esté nervioso, joven, usted puede con esto y más —me extendió una copa de vino, que me calentó el alma, los huesos y me dio algo de valor.

—Les contaré una historia que nació bajo las luces de un circo —inicié inseguro—. Era famoso por sus payasos, sus animales exóticos, pero lo que realmente lo diferenciaba de otros eran sus trapecistas.

Busqué con la mirada al mayordomo, él me miró y asintió con la cabeza.

—Los números que efectuaba aquella familia de trapecistas eran legendarios. Gente de lugares lejanos venía solo por verlos actuar. El más pequeño de la familia, Dick, estaba muy consciente del orgullo que implicaba ser un Grayson y día a día se esforzaba por ser un miembro digno de su clan. Pero un día, las cuerdas, saboteadas por criminales, se quebraron y su familia se precipitó al vacío. Mientras escuchaba los gritos, que reverberarían por siempre en su alma, Dick tuvo el impulso de correr hacia los suyos, pero alguien lo detuvo y le abrazó.

Entre mis oyentes, algunos me miraban con pena, otros con sorpresa. No todos conocían la historia.

—La noche de la fatalidad, se encontraba entre el público un hombre maravilloso, el mismo que le había abrazado para que no viera el horror. Terminó adoptando al pequeño Dick. Le proporcionó techo, comida y sustento, pero también algo más importante que todo lo anterior: amor y atención. Con el tiempo, Dick creció lo suficiente para darse cuenta de que aquel hombre que le había salvado de la orfandad era más de lo que aparentaba, y quiso ser como él.

La mujer de la tiara dorada bajó la cabeza visiblemente emocionada, y por un momento aquel objeto dejó de reflejar el fuego de la chimenea.

—La juventud trae belleza, sí, pero también inmadurez y rebeldía. Aquel joven se cuestionó si había llegado a ser tan solo un pobre reflejo de su mentor. A menudo cuestionaba la forma en la que se hacían las cosas y los desacuerdos los distanciaron. Un día dejó la casa familiar decidido a buscar su propio camino y conocer su propia identidad. Y aunque encontró solaz y satisfacción en su nueva vida, siempre añoró la calidez del hogar, el amor de su padre y del fiel mayordomo.

Alfred, sollozaba quedamente.

El hombre de la capa roja, con ternura fraternal, la usó para enjugarle una lágrima a la rubia de la chaqueta negra de cuero y medias de red. Ella, fuerte y vulnerable, dejó escapar un suspiro.

Se abrió una puerta y ahí estaba el héroe murciélago. La mansión entera pareció contener la respiración. Se acercó con paso solemne, ajeno a los murmullos de sorpresa que había causado su entrada. Su mirada indescifrable estaba fija en mí, su hijo adoptivo. Le miré también. Todo mi ser temblaba de emoción.

El abrazo fue inevitable. En él se fundieron el huérfano Dick, el Robin de antes y el Nightwing del presente.

Los oyentes lloraban junto con Alfred, el fiel guardián. Mas tarde me confesaría su emoción al sentir que la familia estaba completa de nuevo.

No hubo necesidad de terminar el relato, la historia se contó sola.

Autor: Ana Piera

Nota:

Este relato es una obra de ficción. Los nombres mencionados pertenecen a sus respectivos propietarios y se utilizan aquí únicamente como referencia cultural. No se reclama propiedad ni se pretende reproducir sus historias oficiales, sino reinterpretarlas en clave literaria y simbólica. (fanfiction)

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Tortuga celeste.

Microrrelato de fuego, estrellas y tradiciones.

Mi propuesta para el microrreto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras inspirado en una constelación.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Las noches eran más frescas y Ah Kin, envuelto en su manta de algodón, aguardaba la aparición de la tortuga celeste, como llamaban los mayas a la constelación de Orión. Su hija Ix Muyal, de cuatro años, le preguntó:

—¿Qué buscas, ta?

—La señal para iniciar los ritos de cosecha. Son tres luces brillantes, que forman parte de «la tortuga». Representan las tres piedras del fogón del universo y de ellas surge el dios del maíz, pero este año ya se tardó.

En la milpa, el padre observaba el equilibrio ancestral: al frijol trepando al maíz, la calabaza cubriendo la tierra. Todo parecía en orden, menos el cielo.

Ix Muyal y su padre caminaron hacia el cenote sagrado con ofrendas: granos secos y pozol con miel. El sendero entre la selva estaba lleno de murmullos, aroma de copal y plegarias. Los sacerdotes repetían: “Hay que recordar el mito”.

De regreso, Ah Kin narró cómo la tortuga nadaba en el océano primigenio, sosteniendo el mundo sobre su caparazón. Ix Muyal, notó las piedras del fogón de su vivienda desalineadas. Las acomodaron.

—Quizá la tortuga no podía nadar y el dios seguía dormido —dijo esperanzada.

—Nuestro fuego es muy humilde como para que los dioses se fijen, hija.

Pero esa noche, los gritos de júbilo de Ah Kin anunciaron el regreso de la tortuga.

Desde entonces, Ix Muyal se asegura de que las piedras del hogar estén alineadas. Sabe que los dioses también toman en cuenta los gestos pequeños.

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

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La mudanza – cuento corto.

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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El Secreto – cuento corto.

Desde muy pequeña intuí la verdad, luego al crecer, la confirmé, pero es hasta ahora que me atrevo a decirla en voz alta, que me permito escribirla y contarla mientras miro una envejecida fotografía. En ella aparecen un hombre alto y guapo, mi padre, una mujer bajita de facciones distinguidas, mi madre, y una niña de aspecto extraño, yo.

Siempre fui muy delgada, pálida y poco agraciada, «defectos» compensados por una aguda inteligencia. Un día, siendo aún una niña y poniéndole crema a mi madre después de su baño, reparé en unas cicatrices que tenía en el vientre y le pregunté sobre ellas. Su respuesta me dejó helada:

—Cuando era joven me sometí a una operación donde extirparon algunas partes de mi cuerpo. Ya no pude tener hijos, por eso te mandamos traer—. Luego clavó su fría mirada en mí. Nunca, nunca repitas a nadie esto que te acabo de decir. Ni la gente de fuera, ni tus tíos o primos deben saberlo. Su tono y actitud me disuadieron de seguir de preguntona, pero mil dudas se alojaron en mi cabeza a partir de ese momento. ¿Acaso era adoptada? ¿De dónde venía yo?

Mis sueños empezaron a ser angustiantes y extraños: me veía saliendo de una máquina después de pasar por una línea de ensamblado. Mi nacimiento en medio de aquel estruendo metálico me despertaba en la madrugada y ya no podía volver a dormir. Cuando mamá vio que descuidaba los quehaceres de casa, me preguntó qué sucedía. Le conté sobre mis sueños. Me miró con fastidio y resignación, como si siempre hubiera sabido que llegaría ese momento desagradable.

—Escucha Lía, alguna vez te dije que te mandamos traer, pues bien, tu madre biológica te abandonó a las puertas de un hospital al otro lado del mundo. Nosotros ya no podíamos tener hijos y una agencia nos envió tu información. Eso fue todo. Es vergonzoso no saber quiénes fueron tus verdaderos padres, tu madre pudo haber sido una prostituta y tu padre un drogadicto, mejor no saber. Ahora, ve y termina de aspirar, y recuerda que hoy toca también regar las plantas, luego me subes un té.

Los sueños no cesaron, sin embargo, procuré no bajar mi rendimiento, ni en casa, ni en la escuela. Si lo hacía, mi madre me reñía y me preguntaba entre lágrimas si ya no la quería. Alguna vez pensé en preguntar a mi padre su versión de los hechos, pero era un hombre tan distante que solo parecía vivir para su trabajo, llegar a casa, tomarse unos tragos y ver televisión hasta quedarse dormido. No hacía ningún esfuerzo por conectar con su mujer o conmigo.

Así crecí, avergonzada de mi origen. Incrustada en una familia que no me quería, pero que me necesitaba para verse «completa». De alguna forma extraña, ellos se sentían inadecuados por no haber podido tener descendencia propia, tanto, que incluso ocultaron este hecho hasta a sus familiares más cercanos.

Ahora escribo todo esto, para ustedes, queridos lectores, y les gustará saber que a mis casi sesenta años, no espero ya encontrar a mi familia biológica, pero he aprendido a estar en paz con el hecho de haber sido adoptada. Triunfé en mi carrera profesional y soy una respetada periodista, me casé y tuve hijos, y aunque en algún momento pensé en ocultar a mi propia familia mi origen, recapacité. No hay que perpetuar patrones dañinos. Estoy en contacto con otras personas que sufrieron la misma experiencia y entre todos nos apoyamos. Y sobre mi madre biológica, estoy segura de que me amó lo suficiente para dejarme a las puertas de un hospital donde se aseguró que yo fuera encontrada.

Elijo creer que soy hija del amor.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: no es historia autobiográfica, sino pura ficción.

Mi relato en la revista Masticadores Sur.

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Quetzalpilli – Cuento Corto.

Este cuento ya lo había publicado en mi blog. Fue merecedor de un reconocimiento por parte de El Tintero de Oro en su XXVII edición. Si ya lo leíste y te gustó, te pido que lo apoyes en Masticadores, si aún no lo has leído te invito a que lo hagas y me dejes tu opinión.

Quetzalpilli parecía un bultito color canela en medio de su cuna. Sus rasgos indígenas eran muy armoniosos y el negro de sus ojos tenía el brillo de la piedra de obsidiana. Resultó ser un niño fuera de lo común. A los tres meses yo lo vi moviendo de forma […]

Quetzalpilli por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico Editor: Edgardo Villarreal

Los Juguetes – Microrrelato.

Photo by Anthony on Pexels.com

Mateo entró en la habitación, sus ojos no podían creer el caos que vio: juguetes tirados por todas partes, desorden, la cama sin tender, comida en el suelo. Los culpables de tal desbarajuste no se veían por ningún lado. Hasta que percibió movimiento debajo del lecho.

—¡Salgan y pongan orden en este berenjenal! ¡Ahora!— Había frustración en su voz, siempre era lo mismo con este par.

Primero se asomó la cabeza de Alberto con el rostro hacia el piso, como una tortuga saliendo del caparazón, y al otro lado de la cama, los pies de Estela comenzaron a deslizarse hacia afuera, parecían dos lombrices blancas saliendo de la tierra.

Ambos se incorporaron y en cuanto pudieron, taparon su desnudez con lo primero que encontraron, aunque Mateo ya se había puesto de espaldas para no verlos.

—Recojan todo y guárdenlo en el cajón de los juguetes, y tiendan la cama—, dijo dirigiéndose a la puerta de la alcoba.

Alberto y Estela comenzaron a levantar todo: vibradores, consoladores, bolas chinas, masajeadores y otros artefactos de índole sexual.

—Alberto, falta que te quites el anillo vibrador del pene—, dijo Estela divertida. Alberto sonrió al ver que la pequeña cosa fosforescente seguía ahí y al tratar de quitárselo se prendió haciendo ruido y lanzando luces. Los dos estuvieron a punto de soltar una carcajada.

Desde la cocina el pequeño Mateo, de once años, les gritó a sus padres:

—Cuando terminen se vienen a desayunar, les hice hot cakes.

Autor: Ana Laura Piera.

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