Destino. Cuento Corto.

Mi propuesta para el concurso de relatos de El Tintero de Oro, con tema «el destino y cómo influye este, positiva o negativamente en nuestra vida» Límite: 900 palabras.

Damián Pardo tenía diecisiete años cuando mató a un hombre y perturbó al tranquilo pueblo de San Andrés.

—¡Fue en defensa propia! —gritaba mientras lo llevaban a la cárcel. Como el muerto no era de por esos lares, y a falta de mejor lugar, lo metieron a la misma celda que Damián, en espera de que alguien lo reclamara. Los guardias contarían con estupor cómo el muchacho tomó el cadáver, lo sentó frente a él y empezó un monólogo extraño:

—¿Ya ves? Para qué te pusiste celoso de que yo le hablara a Almita Gutiérrez. Ni modo que yo me quedara tan tranquilo luego de que me soltaste un trancazo.

Cuando le llevaron la cena, el muchacho puso la comida sobre el cuerpo, usándolo como mesa.

—Ahora ya ni un taquito te puedes comer. ¿Qué se siente estar difunto?

Como era menor de edad, y nadie había reclamado al occiso, lo liberaron después de una arenga y la promesa de su único pariente, su tío, Abel Pardo, de que lo vigilaría y lo llevaría por el buen camino. Los vecinos de San Andrés vieron todo con preocupación; decían que el muchacho estaba marcado por las desgracias, recordando que cuando nació, sus padres murieron: la madre en el parto y el padre ahogado en una inundación que se llevó medio pueblo.

Abel lo mandó a la capital, a estudiar en un colegio militar. Tras un «accidente» mal aclarado, lo expulsaron, a pesar de ser un prodigio con las armas.

—Ese muchacho no es bueno, Don Abel, trae mala suerte —le decía la gente al tío.

Una tarde tormentosa, regresó Damián Pardo al pueblo y lo primero que hizo fue buscar a Abel.

—Ya ni la amuelas, sobrino. Puedes quedarte conmigo siempre y cuando encuentres un trabajo y no causes problemas.

Después de su llegada mataron al gerente del banco, luego al farmacéutico. En cada caso, se le vio después en el camposanto, entablando diálogos macabros con los recién enterrados. La policía no encontró evidencia de que él fuera el asesino, pero la gente se guardaba en sus casas a hora más temprana y si lo veían pasar se santiguaban. Se decía que el destino lo marcó para la fatalidad y que la Muerte caminaba junto a él.

—¿Todo este tiempo has sido tú? —le preguntó una noche Abel con un hilo de voz mientras le mostraba un casquillo de bala que había encontrado en un pantalón.

—Sí —dijo Damián con tranquilidad—, pero me pagaron. Fue a su habitación y regresó con un fajo de billetes.

—Me voy a otro lado para no causarle quebrantos —dijo mientras le extendía una buena cantidad de dinero. Quédese calladito, al fin y al cabo somos familia.

Abel se quedó unos segundos con el dinero en la mano, temblando. Le asqueaba aquel fajo manchado de sangre y lo dejó sobre la mesa. Damián paseó su mirada fría, como la de las serpientes, del dinero a su tío, pero no dijo nada.

—Esta vida que has escogido no te va a llevar por buen camino. Te ruego que reconsideres. Vete de aquí, inicia de nuevo en otro lugar, lleva una vida honrada o un día también vas a aparecer muerto.

—Si no quiere el dinero, allá usted, pero no me estorbe.

Damián compró una casa abandonada en las afueras y hasta ahí llegaba el sonido de las campanas repicando por tanto muerto. La policía se hacía de la vista gorda. A menudo se veían fuereños indeseables tratando asuntos con él. Otras veces viajaba fuera y el pueblo contenía la respiración, con la certeza de que vendrían más desgracias.

La familia de Almita Gutiérrez tembló cuando supo que Damián Pardo andaba enamorando otra vez a la joven. Engatusada por él, un día anunció que estaba embarazada. Damián se presentó en casa de los Gutiérrez y pidió su mano.

—¡Sobre mi cadáver! —fue la respuesta de Félix Gutiérrez.

Ocho días después se vio a Damián en el cementerio, sentado sobre la tumba del que hubiera sido su suegro.

A pesar del horror de su familia, el asesinato de su padre tras negarse al compromiso y sus propias y ominosas sospechas, Almita se casó en una ceremonia marcada por el miedo y el desaire del pueblo. Luego de eso, los recién casados se fueron a vivir juntos. No pasó mucho tiempo antes de que el flamante esposo se ausentara por periodos cada vez más largos, dejando a su mujer en completa soledad.

Un día lo encontraron muerto, con una bala en mitad de la frente. Los asesinatos cesaron.

Almita murió dando a luz y Abel se hizo cargo de su sobrino-nieto. El hombre había observado con cuidado el desarrollo de la criatura, con la esperanza de quien busca un milagro. Lo llamó Lucas —nombre vinculado a la luz—, augurándole un futuro de claridad.

Lucas Pardo tenía diecisiete años cuando salvó a los infantes de una escuela que se quemaba. Tras el aviso del incendio, todo el pueblo corrió para ayudar y se encontraron con que el muchacho ya los había sacado de entre las llamas. Las madres y padres le abrazaban, la gente elevaba oraciones bendiciéndolo. Abel suspiró aliviado.

Mientras el pueblo celebraba al héroe, en sus bolsillos se escondían los cerillos que revelaban la verdad. El destino de los Pardo parecía ser una llama que no se podía acabar.

891 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Una Nueva Esperanza – Microrrelato.

Mi participación para el reto Escribir Jugando convocado por Lidia Castro Navás en su blog. Instrucciones: crear un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta.

Alada intuyó que el momento se acercaba. Su vientre endurecido subía y bajaba violentamente mientras ella gritaba de dolor. De su boca salieron millones de diminutas plumas buscando el cielo, y luego, el viento que las ayudaría a cumplir su destino.

Alada pasó así muchos días y noches hasta que por fin terminó de parir. Sonrió satisfecha pues su progenie, introducida en el seno de cada hombre y mujer, los había preñado, dejándolos a su vez estériles de su propia semilla.

Una nueva generación nacería, una cuyo único objetivo será sanar la Tierra.

96 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Diferente – Microrrelato.

Mi particpación en Escribir Jugando del mes de Mayo. Condiciones del reto: escribir un relato de no más de cien palabras, inspirado en la carta, que tenga algo relacionado con la runa «wunjo», y opcional, que se incluya algo relacionado con esta flor de Saint Germain: Abies de Lourdes.

—¿Qué le pasa a Mira? —preguntó Jano a su mujer—. La veo practicando con su arco como una posesa.
—Le dije que la runa Wunjo marca que vendrá alguien a desposarla —dijo Frida—, pero dice que matará a cualquier pretendiente. Habla con ella, que deje de vestirse como varón, ¡que acepte su destino!

Al otro día Frida miró extrañada la canasta con flores que le extendía Jano.

—Te darán fortaleza y te animarán a ver no solo lo que dice la runa, sino lo que quiere nuestra hija, ¡déjala en paz! Desde siempre supimos que ella era diferente.

99 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Domo – Cuento corto.

Fran y Gabriel perdieron la inocencia el día que llegaron al límite prohibido de la ciudad. Delante de ellos se alzaba la estructura transparente de «El Domo». Sabían que la misma cantidad de kilómetros que se elevaba al cielo, eran los que se incrustaban bajo tierra, haciendo imposible que nada entrase o saliese de la urbe.

El paisaje fuera del Domo era desolador: ni árboles, arbustos o animales, solo la tierra consumiéndose al calor abrasador del sol y cientos de cuerpos humanos secos, recargados en las paredes de la estructura, uno sobre otro, en posiciones extrañas, como insectos que se hubieran querido colar en una lámpara y hubieran perecido en el intento.

Se acercaron fascinados, nunca habían visto algo parecido: cabellos blancos, arrugas, ojos cerrados para siempre. Fran dijo en voz alta lo que Gabriel se preguntaba en silencio. «¿Por qué estaban esas personas ahí? ¿Qué les había pasado?»

De regreso a la ciudad no pudieron borrar de sus mentes la visión de aquellos infortunados. Contrastaban con ellos mismos y sus conciudadanos. No había nadie que tuviera los rasgos deteriorados que vieron. La población dentro del domo tenía la piel lisa, sin arrugas, las carnes turgentes, las miradas llenas de vida. No había cabellos blancos o cabezas desprovistas de pelo. Aquello era muy extraño.

Todo esto les causaba una gran curiosidad, pero no se atrevieron a preguntar nada. Se suponía que nadie debía ir al límite prohibido, los infractores recibían un terrible castigo. No se sabía cuál era la pena, pues en cientos de años nadie había cometido tal crimen. Los dos amigos guardaron silencio sobre aquella visita, pero Fran era el más afectado, se le notaba abstraído y callado. Una tarde Gabriel, fue a buscarlo.

—Creo saber qué pasa — Fran fijó la mirada en su amigo— En esta ciudad nadie muere, por eso quieren entrar aquí, quieren vivir para siempre.

Conocían el concepto de muerte, pues los insectos morían, el ganado que les alimentaba también mas nunca se les había ocurrido pensar por qué ellos no. Había pocos nacimientos, muy controlados. Las personas llegaban a una edad donde el desarrollo se detenía, pero no había decadencia.

—¿Qué será morir? —la pregunta de Fran no iba dirigida a Gabriel sino a él mismo, en voz alta. Algo en su tono de voz, en la forma que lo dijo, hizo que Gabriel se asustara.

No existe la perfección, la infalibilidad es un mito. Si se siembra la duda y el desafío, puede suceder lo impensable.

El día que el Domo se abrió, Gabriel imaginó a Fran violando la seguridad, hackeando los códigos, accediendo a lo prohibido; dando paso al ángel vengativo y exterminador que era la muerte: ojos que dejaban de ver, miembros que perdían la capacidad de sentir y moverse; entrañas desgarradas, cuerpos que se encogían, se arrugaban y se caían a pedazos mientras la vida los abandonaba.

Fran encaró el destino elegido para los habitantes de la ciudad con una sonrisa en su rostro, pero la muerte mordió esa sonrisa dejando una mueca extraña en sus labios antes de hacerlo polvo.

Así terminó sus días el Domo, la ciudad eterna y sus habitantes.

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