La diosa que sangra – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de marzo: hacer un relato donde haya un eclipse lunar

En las entrañas del observatorio, el astrólogo Akbal pasó la noche estudiando códices. Tras muchos katunes de observación astronómica, su pueblo sabía predecir con exactitud cuándo Ixchel, la diosa lunar, se mancharía de sangre. Movió la cabeza preocupado, el siguiente eclipse coincidiría con la fecha en que el anciano rey designaría a su sucesor de entre sus dos hijos. Por la mañana, le visitó Iktan el menor de los príncipes.

—¿Qué tienes ahí, Akbal?
—Los códices del cielo, mi señor. Se avecina un eclipse.
—¿Puedes mostrarme? —Akbal asintió complacido, mientras desdoblaba con cuidado el códice para que el muchacho lo observara. Frente a él se desplegaron varias hojas de amate estucadas y sobre el estuco había coloridos glifos e imágenes.
—Akbal, ¿alguna vez mi hermano se ha interesado por estas cosas?
—No, mi señor. Él está enfocado en otras cuestiones.
—A veces me gustaría ser un gran guerrero como él, pero nunca he sido bueno con las armas, y no soy lo bastante fuerte.
—¡Oh, mi señor! Hay muchas formas de serlo. Atesorar conocimiento y aplicarlo con sabiduría es una de ellas.

Y así, Akbal le enseñó todo lo que pudo sobre los eclipses al príncipe Iktan.

Otro día, el rey mandó llamar a sus hijos.

—Akbal me ha informado que viene un eclipse. ¿Qué proponen? ¿Cómo debemos prepararnos?

Aj Koo, el mayor, fuerte e imponente como una ceiba, fue el primero en responder.

—¡Traigamos muchos prisioneros para sacrificar a la luna y así la fortaleceremos!

El rey entornó los ojos, concentrado, sopesando la propuesta. Luego interrogó con la mirada a Iktan.

—No hay necesidad de buscar conflictos con nuestros vecinos ni de derramar sangre. Lo que veremos es un abrazo celestial que se ha repetido innumerables veces desde que se guardan registros. Ixchel prevalecerá. No alarmemos a la gente, solo pidamos que estén en oración y recogimiento.

Aj Koo vio mortificado cómo el rey lanzaba una mirada de aprobación hacia Iktan.

Cuando la luz se batió en retirada las calles quedaron desiertas. La ciudad se envolvió en quedas plegarias que emanaban desde las casas. Desde su habitación en el palacio, el príncipe Aj Koo observaba molesto el fenómeno a través de una ventana. La luna perdió su resplandor y no pudo evitar pensar que lo mismo pasaba con el favor de su padre hacia él. Se sentía humillado de que, siendo el mayor, su padre prefiriera a Iktan el «debilucho», quien siempre acababa opacándolo y robándole brillo.

Una sombra «mordió» la luna y Aj Koo se desesperó. La luna estaba herida y sin la sangre de sacrificios que le dieran fuerza, no podría recuperarse. Maldijo tanto a su padre como a su hermano.

Cuando Ixchel se tiñó de rojo cobrizo, una calma tensa lo envolvió todo, pero la ira de Aj Koo se desbordó. Ofuscado, se dirigió a la habitación de Iktan.

Aj Koo entró con sigilo, en su mano sostenía un frío cuchillo de obsidiana. Fue directo al lecho de su hermano y respirando rápido y forzado, como un animal, hundió la obsidiana varias veces, desgarrando el bulto sobre la cama. Fue ahí cuando se dio cuenta de que solo se trataba de un señuelo. Antes, Akbal, guiado por un presentimiento, había dispuesto que en la recámara del joven príncipe Iktan hubiera guardias apostados. Aj Koo fue apresado justo en el momento en que un borde de la luna recuperaba su brillo de plata.

La ciudad respiró aliviada: Ixchel había regresado, y en su viaje, había revelado lo que había en el corazón de Aj Koo. Ahora solo quedaría seguir la luz de Iktan.

Autor. Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

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¡Por una cabeza! – Cuento corto.

Ruinas de la antigua ciudad de Tulum (muralla) llamada en su tiempo Zama (amanecer), Quintana Roo, México

Na Balam Chan miró azorado el enorme objeto que se acababa de materializar frente a él en esa noche como boca de lobo. No había visto nunca algo así: tenía la forma de una jícara invertida y el color de las nubes nocturnas. Flotaba a escasos metros del suelo y de la base irradiaba una luz blanca, fría… lunar. Del susto al pobre hombre se le bajó la borrachera que se había puesto con balché.

La «jícara» no emitía ningún ruido que opacara el rumor de las olas rompiendo en la orilla de la playa y que llegaba a sus oídos después de atravesar la ciudad de Zama (hoy Tulum). Na Balam Chan había salido de Zama a media tarde antes de que se cerrara el acceso. Tuvo ganas de emborracharse lejos de las miradas indiscretas de su propia familia y de la élite que habitaba detrás de la blanca muralla de piedra caliza. Hay dolores que solo se pueden curar en soledad y él necesitaba llorar a su hijo, muerto en una escaramuza contra los de Chetumal. Su señor, el sumo sacerdote del culto a Chaac, le había conminado a que cambiara de semblante y se sintiera orgulloso y agradecido por la honrosa muerte de Ah Tok. Pero Na Balam Chan sentía más ganas de gritar su indignación, maldecir a los dioses y dar rienda suelta a su dolor. Por eso salió de la ciudad sabiendo que no podría regresar sino hasta el otro día cuando las puertas se abrieran nuevamente. Estaba preparado a pasar toda la noche en la selva, secretamente deseando que algún animal salvaje, quizás un jaguar, pusiera fin a su miseria; pero ante la extraña visión de aquella enorme «jícara» pensó que quizá las deidades, molestas con su actitud, habían venido a castigarle por ser tan débil. Se quedó esperando su destino, temblando incontrolablemente.

Dentro de la nave exploradora, dos tripulantes intercambiaron negras miradas de ojos parecidos a lágrimas enormes. Su programa de navegación había escogido esas coordenadas indicando que era una zona de ricos yacimientos minerales. Las formas de vida inteligentes aún no estarían en fase avanzada y sería muy fácil iniciar labores de extracción usándolos de mano de obra esclava. Pero el individuo que tenían enfrente tenía un cráneo alargado y proyectado hacia atrás…exactamente como el de ellos, y dudaron… Decidieron no perturbar nada y se abstuvieron de recoger un espécimen. Introdujeron una clave para descartar el planeta. No valía la pena trabarse en guerras innecesarias con posibles sociedades civilizadas. Así como llegaron, partieron para continuar su búsqueda.

Na Balam Chan vio la gran jícara esfumarse delante de sus ojos. Cayó al suelo maravillado. El alba lo encontraría esperando que la ciudad se abriera y lo acogiera de nuevo como a un hijo pródigo. Ya no lloraría, honraría la memoria de Ah Tok viviendo su propia vida cobijado tras las murallas de Zama. ¡Los dioses le habían dado una segunda oportunidad!

Autor: Ana Laura Piera

Definiciones:

Deformación craneana:

Práctica realizada por diferentes culturas del mundo. Entre los mayas, al nacer el niño o la niña, la madre recostaba a la criatura en una cuna compresora atando muy firmemente la cabeza, el abdomen y las piernas. Iniciando así con el proceso de la deformación craneana el cual era fundamental poner en práctica desde los primeros días de nacido el infante para aprovechar la plasticidad del cráneo. Hay diferentes teorías de porque se hacía, desde razones estéticas, sociales hasta religiosas. Culturas que lo practicaron:

Paracas, Nazcas e Incas en Perú.
Hunos, Alanos, y pueblos germánicos orientales
Tribus africanas
Tribus de Tahití, Samoa y Hawai
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Balché: bebida alcohólca ceremonial utilizada por los mayas, Sus ingredientes son la corteza del árbol balché, miel melipona, canela y anís.

Zama: Significa «Amanecer», hoy esta ciudad amurallada de la costa caribeña de México, en la Península de Yucatán es conocida como Tulum (muralla).

Jícara: recipiente de arcilla o bien elaborado a partir del fruto del jícaro. En su definición más antigua aparece como «vasija pequeña de loza» empleada para tomar chocolate.

Chaac: fue un importante dios del panteón maya, vinculado con el agua y sobre todo con la lluvia.

Kukulkán – Microrrelato.

Photo by Marv Watson on Unsplash

—Mi señor, ¿ha visto lo que sucede en la tierra? Kukulkán el noble dios de los mayas, deja de observar la enorme y bella esfera azul que cuelga en la noche sin fin del universo.

—Lo he visto mi querido Ah Kin Xoc, tú sabes que siempre estoy al pendiente de los míos, aunque pocos me recuerden.

—Señor, la gente moderna tiene en alta estima a los Mayas y a la noble Ciudad de Chichén Itzá, han declarado el templo de mi señor como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.

Kukulkán, la Serpiente Emplumada, suelta una carcajada sonora y mira fijamente a su servidor:

—Ah Kin Xoc, eso es ridículo. Mi pirámide no necesita que la nombren maravilla, siempre lo ha sido. Lo mismo que quienes fundaron, construyeron y habitaron las grandes ciudades del Mundo Maya. Ese nombramiento no nos hace más maravilla de lo que ya éramos.

El fiel sirviente asiente y no puede dejar de observar una nube de tristeza que empaña la mirada del dios.

—Ak Kin Xoc, ¡extraño nuestro antiguo mundo!

—Fueron buenos tiempos sin duda, mi señor.

—Ya me hace falta visitar mi tierra personalmente. ¿Cuánto falta para el próximo equinoccio?

—Muy poco, ya podrá usted descender por su templo y fecundar la tierra, como siempre.

Kukulkán suspira y luego masculla entre dientes: “Tantas otras maravillas creadas por gente excepcional en otras partes de la Tierra, que siéndolo no son reconocidas ni recordadas. ¿Con qué autoridad se ponen a decidir estas cosas? Estos hombres modernos y sus ocurrencias…”

Autor: Ana Laura Piera

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