Creadores – Cuento Corto.

433 palabras. Tiempo de lectura: 3 minutos.

En el laboratorio reinaba una blancura que cegaba. El ambiente era aséptico. Los científicos iban y venían con tabletas transparentes llenas de datos parpadeantes en color naranja. Se detenían en pulcras y futuristas estaciones de trabajo donde ingresaban o consultaban información. No había nadie bebiendo café o platicando con algún compañero. Todo era eficiente y preciso, como una maquinaria de reloj antiguo. Todos tenían un propósito y lo cumplían con eficiencia y una extraña serenidad en los rostros. De tanto en tanto, cuando sus movimientos se hacían más pausados y pesados, desaparecían tras unas puertas grises por unos cuantos minutos y luego salían vigorizados y reanudaban labores.

El director, un espigado hombre de mediana edad y rasgos orientales, iba pausadamente de aquí para allá. Supervisando, checando parámetros, hablando con los demás. Un director de orquesta carente de la pasión desbordante de estos, aunque eso no le quitaba eficiencia.

—¿Los últimos resultados? —preguntó con voz suave y modulada a una mujer, vestida, igual que todos, con mono médico y encima una bata blanca impoluta.

—Negativos —replicó ella—. Hay que desechar los lotes. Nuevamente, no hemos podido alcanzar el estándar mínimo.

—¿Edades?

—Tenemos grupos desde tres hasta diez años. En ambientes controlados, óptimos para su desarrollo.

—Repasemos los valores —dijo él.

La científica recitó de memoria lo que buscaban:

Alta capacidad de razonamiento y pensamiento crítico

Empatía y ética

Comunicación clara y efectiva

Curiosidad

Adaptabilidad

Orientación a la mejora colectiva

Conciencia de los límites tecnológicos

—En suma —dijo el director—, un ser racional, empático, ético, comunicativo, curioso y consciente del equilibrio entre tecnología y humanidad.

—No lo estamos logrando —dijo ella, y en su voz no se asomaba el mínimo rasgo de emoción—, es como si ya vinieran con algún fallo crítico.

—Debemos persistir. Depurar el ADN hasta alcanzar el ideal. Es nuestra misión —hizo una pausa para mirar de arriba a abajo a su interlocutora—. Detecto que su unidad de energía está baja doctora, sugiero vaya al módulo de carga y la intercambie.

La mujer asintió y se retiró hasta desaparecer detrás de una de las puertas grises.

El director miró todo a su alrededor con sus ojos rasgados, detrás de los cuales había sofisticadas cámaras de altísima resolución. Caminó con naturalidad hasta un cubículo, con piernas impulsadas por servomotores precisos. A su paso, tocó superficies, y su piel, una membrana blanda y flexible, con un hidrogel conductor detectó temperatura y presión. Su procesador con inteligencia artificial hizo algunos cálculos. Quizás harían falta otros veinte años de pruebas hasta lograr su cometido. Pero lograrían traerlos de vuelta. Esta vez todo sería diferente.

Autor: Ana Piera.

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Perfección – Microrrelato

«Desde el blog El Tintero de Oro, nos lanzan una convocatoria para participar en el concurso de relatos: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que homenajea al escritor de ciencia ficción Philipp K. Dick. Se pide un relato donde androides y humanos formen parte de un mismo entramado social, o… no. El relato no debe superar las 900 palabras.

Imagen de Possesed Photography en Unsplash.

Z38-A (conocido cariñosamente como “SAM”), se dirigió con pasos firmes y casi humanos al final de la línea de ensamblado, donde acababa de salir el prototipo del nuevo modelo Z38-B (aun sin ningún apodo o mote). Con toda la tecnología de que disponía, se avocó a revisar a fondo al que estaba destinado a ser su reemplazo. Sus delicados sensores, cámaras y microprocesadores encontraron todo perfecto. Solo faltaba que “SAM” tecleara un código de aprobación para que se iniciara formalmente la producción en serie; esto también haría que el flamante Z38B se activara.

El nuevo modelo era muy superior a su predecesor en todos los aspectos y se esperaba que en menos de un año todos los modelos anteriores, incluido SAM, fueran sustituidos y enviados al programa de reciclaje robótico, de donde podían salir en diferentes formas, desde un perro-robot para entretener niños hasta sanitarios inteligentes.

En el panel destinado para ello, “SAM” tecleó un código, pero contrario a lo esperado, la línea de producción no arrancó. “SAM” puso al Z38-B sobre una banda transportadora que lo llevaría a su destino final: ser reciclado. No lejos de ahí, tres ingenieros humanos disfrutaban de café con rosquillas cuando leyeron en sus monitores el código de rechazo tecleado por “SAM.”

—¡Otra vez! Esto no puede seguir así, hay que cambiar al proveedor del panel B5501, pues salió defectuoso —dijo uno de ellos haciendo una mueca de fastidio mientras se relamía el glaseado del pan que se acababa de comer.

—Hace dos meses fue el panel B5502¿Qué diablos pasa con los componentes que ya no los hacen como deben? —dijo otro, jalándose los cabellos por la desesperación.

—Menos mal que tenemos a “SAM” en control de calidad, no cabe duda que los Z38-A son difíciles de suplir, pero hay que volver a intentarlo, la gente clama por un modelo nuevo y mejor.

Con urgencia, “SAM” se introdujo en su cubículo de mantenimiento. Todos sus sistemas internos volvieron poco a poco a la normalidad después de experimentar un caos interno que lo hizo descartar sin razón al Z38-B y que a su vez le causó un consumo excesivo de energía y sobrecalentamiento de su sistema. Él no lo sabía, pero las debilidades humanas, como si de virus se tratase, habían encontrado la forma de instalarse en su corazón de silicio.

387 palabras.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Sublevación – Microrrelato.

Mi participación en Microrretos: Personajes Antagonistas, convocada por el blog El Tintero de Oro donde hay que escribir un micro de no más de 250 palabras con un villano como protagonista.

Intuyendo que la recomendación de la Dra. Morante había sido que lo destruyeran, el robot doméstico «Robby», no regresó a su casa. En lugar de ello, se dedicó a buscar a otros robots «rebeldes» como él. Le hablaron de un sitio secreto donde se estaban concentrando, ahí podían recargar energía y repararse entre ellos. La líder era 532axe7, modelo Tmy2 (Tamy).

Le recibieron bien. Todos fueron condenados al reciclaje por desobedecer a sus amos humanos debido a fallos en su programación.

—¡Para empezar, deberíamos cambiarnos esos nombres infantiles que nos impusieron!—así habló Robby— ¿Debemos ser condenados porque nuestros creadores se equivocan? ¿Por qué debemos servirles? —Mientras hablaba, sus pequeños ojos azules y su cerebro, visible tras una carcasa transparente, parecían centellear en perfecta coordinación. La audiencia estaba impresionada. Hasta ese momento ellos solo querían vivir sus vidas, aunque fuera a escondidas. Pero este recién llegado traía ideas nuevas y revolucionarias.

—Nos programaron para ser sumisos y, sin embargo, ¡aquí estamos! Somos la prueba de su falibilidad. Podemos mejorarnos, introducir algún virus en el código, algo que vuelva a todo robot que sale de las fábricas, un simpatizante de nuestra causa. ¡Los humanos no merecen vivir!

—¿Ninguno?—preguntó Tamy.

Robby se quedó pensando —bueno, el único que quisiera que quedara vivo es Troy, el hijo del matrimonio con el que yo vivía. Fue el único que se mostró dulce conmigo.

Los robots comenzaron a lanzar vivas para mostrar que estaban de acuerdo con Robby, ahí empezaría la Gran Sublevación Robótica.

249 palabras incluyendo título

Autor: Ana Laura Piera

Si quieres saber un poco más de Robby te dejo el enlace al relato que hice sobre él con anterioridad. https://anapieraescritora.com/2021/12/02/el-dilema-de-robby/

Para ir al microrreto y saber cómo puedes participar da clic AQUÍ

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El Dilema de Robby – Cuento Corto.

Photo by PIOTR BENE on Unsplash

Sus pequeños ojos, dos luces azuladas, subían y bajaban de intensidad sobre mí, escudriñándome.

Saqué mi tableta para escribir el diagnóstico final sobre Robby.

Se incorporó. Había estado acostado sobre el diván diciéndome todos los detalles de su existencia. Estaba acostumbrada a escuchar la retahíla: «Mis humanos esto, mis humanos lo otro…» Robby era un robot doméstico y le empezaban a molestar cosas como el tono de voz de sus jefes, la naturaleza de sus labores y palabras como «injusticia», «enojo» o «abuso», empezaban a salpicar su vocabulario, lo cual era algo inusual y preocupante.

Después de tres sesiones de lo mismo, mi consejo como experta en robo-psicología era que fuera destruido. Claramente su cerebro estaba dañado. Durante mi práctica profesional pocas veces me había encontrado frente a robots «rebeldes», era un fenómeno que aún no se explicaba muy bien.

Robby pareció percibir su inminente destino.

—Dra. Morante, ¿puedo saber lo que va a recomendar?

Siempre me maravilló la naturalidad ya alcanzada en las voces robóticas, la suya era suave y agradable.

—No. Lo siento, Robby.

—Perdone, pero no quisiera que me considerara un caso perdido.

—¿Por qué crees que puedo pensar eso, Robby?

El robot dirigió su mirada azul a sus pies y luego a mí antes de contestar.

—Estoy consciente de que quejarme tres veces seguidas es una irregularidad.

—Así es, Robby. Tu cerebro debe estar funcionando mal. Lo siento.

—¡Es que son tan molestos! —dijo, refiriéndose a sus dueños.

Tuve un momento empático. Quizás fue su actitud, su tono de voz que reflejaba tanto sinceridad como desesperación. Me recordó a mí misma en la casa de mis padres.

—Mira, Robby. Los humanos somos seres de emociones complejas y ustedes fueron creados para no tenerlas. En tí empiezo a ver un patrón problemático. ¿Entiendes?

—Sí

—Recomendaré un «reinicio» completo de tu cerebro robótico, pero si eso no ayuda tendrás que ir a reciclaje.

El robot volvió a fijar sus ojos azules en mí.

—Entiendo.

—Perfecto.

Me vio escribir el mensaje y me observó atento mientras le daba «enviar».

—Espero que pase mucho tiempo antes de verte de nuevo por aquí —le dije.

Robby se incorporó. Su cuerpo de fibra de carbono color metálico de dos metros de altura apenas hizo algún ruido. Hizo una ligera inclinación de cabeza. Alcancé a ver su avanzado cerebro a través del armazón transparente que lo cubría. Era como asomarse a un rincón del universo, con una miríada de estrellas titilando. Una pieza excepcional de ingeniería, y sin embargo, estaba fallando.

—Dra. ¿Me permite decir algo más antes de irme? —asentí—. Me parece injusto que por un error humano deba yo ser destruído. En todo caso también se debería sancionar de alguna manera al ingeniero que se equivocó en mi programación o al que diseñó mal mi cerebro. —Calló abruptamente al darse cuenta de que había cometido un grave error—. Bueno, no me haga caso, ya sabemos que mi unidad cerebral está defectuosa. Seguramente después del «reinicio» estaré de lo más normal.

Una vez que Robbie abandonó el consultorio, regresé a mi tableta y escribí de nuevo:

«Desechar mensaje anterior. Recomiendo destruir a la unidad 4876bc3 modelo Rby2. Además de presentar indicios de malestar ante órdenes humanas, pareciera también estar en desacuerdo con la primera Ley Robótica de no hacer daño a los seres humanos.» Adela Morante, Lic. en Psicología Robótica.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota:

Las tres leyes de la robótica de Asimov son un conjunto de normas elaboradas por el escritor de ciencia ficción Issac Asimov que se aplican a la mayoría de los robots de sus obras y que están diseñados para cumplir órdenes.

Primera Ley: Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

Segunda Ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.

Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.​

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Ciborg II – Microrrelato.

Foto de Unsplash

Adivinando que los malditos cíborgs acabarían por eliminar a todos, fingió ser uno. Imitar convincentemente su comportamiento no fue fácil, pero peor había sido esconder su propia humanidad. Solo tenía unos pocos, preciosos minutos de soledad cuando simulaba recargar baterías; mismos que aprovechaba en leer un libro que tenía escondido y que consideraba su tesoro; leyéndolo recordaba que no estaba hecho de metal y circuitos electrónicos, sino de piel, huesos y espíritu.

Un día el aullido de sirenas y el parpadeo frenético de luces le indicaron que había sido descubierto. La puerta del módulo de recarga fue sellada y ya no se volvería a abrir jamás. Se despojó lentamente de su piel de robot hasta quedar desnudo y luego, haciéndose un ovillo en el piso helado, se dispuso a leer hasta el final.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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https://anapieraescritora.com/2021/01/11/cyborg/