Amor Prohibido – Cuento Corto.

Sommarnöjen, Anders Zorn imagen de Wikipedia

Nada en ellos parecía fuera de lo común. Ni su forma de actuar, vestir o moverse hubiera podido indicar que en el fondo de la vieja lancha, se encontraba un cuerpo humano; tibio aún por habérsele escapado la vida hacía poco tiempo. El cielo enrojecido anunciaba la agonía del sol. Albert aprovecharía la noche para deshacerse del cadáver en medio del inmenso lago.

Todos en el pequeño pueblo de San Andreu sabían que eran hermanos y que de cuando en cuando Albert visitaba a Caterina, quien vivía con su esposo Bernat; un hombre mayor que ella por veinte años.

Caterina se inclinó un poco para echar un último vistazo al cuerpo de su marido, parcialmente tapado con una lona. Se sintió extraña sabiendo que él no estaría más con ella. Observó a Albert y por un instante no era el hombre de treinta y dos años, sino el niño de once, asustado por haber hecho muy malo. Desde el pequeño embarcadero, ella le aventó mil promesas en una mirada para tranquilizarlo.

Albert se alejó remando despacio, mientras recreaba en su mente lo sucedido: Su hermana, a quien nunca le había podido negar nada, pidiéndole por fin matar a Bernat. El cuerpo de su cuñado contorsionándose, pataleando, luchando. Albert tapándole boca y nariz con una de sus manos de gigante y con el otro brazo apretándolo con fuerza para que no eludiera su destino. Por fin sobrevino la laxitud del cuerpo y pensó que era como si su cuñado estuviera plácidamente dormido y no muerto.

Mientras remaba un pensamiento logró alejar los malos recuerdos. La semana siguiente podría regresar a San Andreu a meterse en la cama tibia de su hermana como lo habían hecho desde siempre. No tendrán que esconderse o emborrachar a Bernat hasta dejarlo inconsciente. Ahora podrán vivir su amor prohibido sin prisas, mientras el hombre flota como un fantasma submarino, desgarrado el cuerpo y olvidado para siempre en la oscuridad.

Autor: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/literatura/un-amor-prohibido-2/

Una nueva oportunidad – Microrrelato.

Las manitas acariciaron el regordete y peludo cuerpo. Trazas de polvo se quedaron adheridas en sus dedos, pero ni lo viejo o polvoriento le importaba. La niña aceptó el regalo y lo abrazó con fuerza.

Hacía treinta años que el afelpado bulto no sentía un abrazo así. Recordaba su vida envuelta en una niebla causada por el tiempo: Primero estuvo a la vista de mucha gente, sintió muchas manos acariciarlo; cada una de ellas dejó en él huellas de grasa y suciedad. Escuchó expresiones de ternura, berrinches y regaños. Finalmente alguien lo llevó a casa. Recordaba un vuelo largo. Supo que había cambiado de país, pues tras el vuelo la gente hablaba diferente. Terminó en un cuarto de hospital como regalo para una recién nacida. Una muerte prematura le robó a la que estaba destinada a ser su primera dueña. Se quedó solo en una habitación de bebé, adornando una cuna vacía. Algunos meses pasaron y a la cuna llegó un pequeño bultito llorón que le haría compañía. Al final serían dos hermanas las que jugarían con él y le dirían :»El Oso» o «El Osito».

Fueron días felices: «El Oso» tomó té y galletas, jugó a «la casita» y fue anfitrión de muchas reuniones. Con el tiempo esas agradables celebraciones se fueron espaciando cada vez más y terminó olvidado en un rincón. Nuevamente la soledad lo envolvió, pero el oso era muy paciente y nunca perdió la esperanza. Pasaron treinta años.

—Se llamará Lulú —dijo la pequeña.

—Pero es un «oso» de peluche; no una «osa» de peluche —dijo su hermano, un par de años mayor, con ese aire de autoridad que suelen tener los hermanos mayores.

—No me importa. Se llamará Lulú —dijo la niña con un tono de voz que no daba lugar a dudas.

En la cochera de la casa la última guardiana de Lulú, una de las dueñas originales, dio las últimas recomendaciones a los adultos.

—No olviden pasar por la tintorería, debe tener mucho polvo.

Su nueva propietaria la abrazaba con fuerza, y Lulú sintió que a su pequeño corazón de borra regresaba un calorcillo conocido que la iba llenando toda. Supo con certeza que su vida nuevamente tendría sentido. Además, por fin se habían dado cuenta de que era una osa y no un oso. Se sintió plena y feliz. Lista para nuevas aventuras.

Autor: Ana Laura Piera

Si te ha gustado puedes compartirlo, si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. Muchas gracias por visitarme.

Ser parte de un cuento – Cuento corto.

«Meta-cuento»

Photo by Krizjohn Rosales on Pexels.com

Llegando a casa vio con desmayo una fila inquieta de seres fantásticos que querían entrar y hablar con ella. En cuanto la vieron se armó un barullo, y la ya de por sí desordenada fila comenzó a perder aún más la compostura: hubo codazos, mordiscos, arañazos y gritos. Todos querían entrar y ser atendidos. Ella los calmó con palabras suaves y prometió que hablaría con todos. Entró y cerró la puerta. Corrió a servirse un tequila que se tomó de un jalón y luego se dirigió al despacho, donde se dejó caer pesadamente en su sillón. Pidió a su ayudante que fuera dejando entrar, uno por uno, a los que esperaban afuera.


Un enorme perro de ojos rojos fue el primero. Era enorme y más que perro parecía un lobo. Se quedó un rato en el dintel de la puerta, con el negrísimo pelo erizado y enseñando sus temibles colmillosTenía una mirada aguda que revelaba una inteligencia superior. Se acercó cauteloso a una de las sillas y entonces sufrió una dramática transformación: en un parpadeo el perrazo se había convertido en un hombre de rasgos indígenas, tez del color del cobre y la misma mirada aguda y penetrante. 


—Estoy muy molesto —dijo en voz baja, pero firme mientras tomaba asiento.  
La aprendiz de escritora pensó en lo bien que le vendría otro tequila, pero mejor comenzó a prestar atención a lo que decía el hombre.
—Estoy frustrado con mi vida y tú eres la causante, me siento enfermo de no poder cumplir mi deseo y hacer mía a esa mujer.
Ana recordaba el relato surgido de su pluma: el «nahual»(*) se transformaba todas las noches en un perro y escabulléndose entre las sombras, entraba en la habitación de la joven que él deseaba.
—Sí, recuerdo tu cuento.
—Podías haber omitido el detalle del romero y las tijeras que la madre de esa chica deja todas las noches bajo su lecho; de esa forma yo ya la hubiera hecho mía. Ahora estoy condenado por siempre a llegar tan cerca sin poder hacer nada. Te viste muy cruel.
Ella recordaba aquel detalle: el romero y las tijeras en cruz impedían al «nahual» acercarse al objeto de su deseo.
—Te prometo pensar en eso. Si lo reescribo, te dejaré el camino libre.
—Espero que no me estés dando falsas esperanzas —dijo el «nahual», levantándose de la silla y regresando en un parpadeo a su forma perruna. Antes de irse le dirigió un gruñido amenazador.


Suspiró aliviada. ¿Quién seguiría ahora? 
Entró un hombre bien parecido, pero con mirada de loco —¿Los has visto? —Preguntó. Ella le miró con extrañeza —Si, mis dedos… No los encuentro… Estaban conmigo allá afuera y de repente se soltaron de mí. Los vi entrar a tu casa.
Ana recordó al hombre: era el protagonista de un relato extraño, en donde el pobre se desarmaba a diario como un rompecabezas, y tenía que estar buscando sus partes perdidas. Sintió pena por él, en verdad lo había condenado a un destino demasiado triste.
El hombre le enseñó las manos.  En cada una había cinco huecos rosados en el lugar donde debían estar los dedos.
—Mi asistente te ayudará a encontrarlos.
—Es terrible ¿Por qué me obligaste a vivir en un relato donde a diario amanezco roto? Me siento muy desdichado.
—Te entiendo, de verdad… —Ana sentía mucha pena por él y no sabía ni qué decir para consolarlo.
—No lo creo —continuó el hombre—, no sabes lo que es amanecer sin oídos, o sin piernas, tener que andar buscando en la basura tus dedos o correr por toda la casa tratando de alcanzar un brazo o un ojo. Para colmo, escribiste que mi novia me dejaba.
—Escucha, no prometo nada, pero veré que puedo hacer por ti —dijo su creadora.
—Iré ahora a buscar mis dedos —dijo él, enfadado, y
frente a la puerta usó uno de sus codos para abrirla, y para cerrarla usó sus pies cerrándola con violencia y haciendo un ruido tan fuerte que Ana saltó en su silla.


El asistente ya estaba haciendo pasar al siguiente de la fila, pero Ana le hizo ademán de que esperara un poco. Se sentía abrumada, era como una madre oyendo los reclamos de sus hijos ¿No habría nadie afuera que estuviera un poquito agradecido con ella? Después de todo, les había dado la vida. Los había parido uno por uno y en cada parto había dejado un trozo de ella misma. Se asomó por la ventana y dio instrucciones a su asistente, este hizo pasar a una mujer de aspecto frágil aunque aún no era su turno. El descontento en la fila se hizo sentir y el pobre ayudante tuvo que salir a calmarlos como pudo.


Esta vez la aprendiz de escritora tomó la iniciativa: —¿Eres la Mujer Pájaro verdad? Ella asintió y al mismo tiempo se volteó para mostrarle la espalda, de donde se asomaban, por unas aberturas de su blusa, un par de alas blancas, pequeñas, pero muy hermosas.
—¡Qué lindas! —dijo Ana—, cualquiera desearía tener unas alas así y volar por los cielos; debes de haber visto cosas increíbles.
La Mujer Pájaro esbozó una media sonrisa y luego preguntó —¿Recuerdas el final del relato?
Ana recordaba no solo el final, sino todo el relato, pues era uno de sus favoritos: La mujer era un ama de casa común y corriente y un día perdía su voz humana y empezaba a piar como los pájaros. Le daban ganas de comer comida de aves y le crecían alas. Su familia no la pudo comprender y la hizo a un lado. Una noche, la mujer salió de casa y se fue a un cerro muy alto que miraba hacia el océano. Sus alas parecían estar ansiosas por volar y tras desnudarse se colocó a la orilla del precipicio. Al recordar el final, Ana se estremeció —¿Saltaste? La Mujer Pájaro la miró molesta —No escribiste si salté o no, simplemente me dejaste ahí a la orilla del abismo. Y ahí sigo, me quedé como en suspenso.
—Yo siempre imaginé que habías saltado y volado.
—Pero no lo escribiste, y si no está escrito, no pasó —dijo la mujer alada mirando a Ana con intensidad.
—Lo haré, escribiré que tuviste el vuelo más glorioso de todos.
—Una cosa más ¿Podrías escribir acerca de un hombre pájaro bien parecido? Me hace falta compañía.
—Claro, lo que tú digas.


La mujer se fue bastante satisfecha, pero Ana se sentía desgraciada. De repente sintió deseos de no ver a nadie más: Aún faltaban varios fantasmas, un mago, una puta y su asesino, unos hermanos incestuosos etc. No, en verdad que no tenía ánimo para más reclamos. “Soy una aprendiz de escritora muy mediocre”, pensó. De repente escuchó una voz omnipresente que dijo: —Lo siento, estoy trabajando en otro final para tu historia, no te desanimes. Ahí supo que ella era también, el personaje de algún cuento.


Autor: Ana Laura Piera

Puedes leer los relatos mencionados en este cuento, te dejo los links:

NAHUAL ENAMORADO

https://anapieraescritora.com/2021/01/07/rompecabezas/

La Mujer Pájaro – Cuento Corto.

Si te gustó compártelo. Si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido y muchas gracias por pasar.

(*) Nahual, (en náhuatl: nahualli, ‘oculto, escondido, disfraz’dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.

Cosas de enamorados – Cuento corto.

Lo que comenzó como una gran aventura acabó aburriéndola. La vida dentro de la lámpara maravillosa se había convertido en algo demasiado monótono.

—Estoy cansada de ver siempre lo mismo —se quejó—, extraño sentir el sol, la brisa…

Junto a la muchacha se puso el genio, pretendiendo ser un esclavo y con una gran sonrisa en el rostro se puso a mover un enorme abanico de plumas hacia Blancanieves.

—No me refería a ese aire, tonto. ¡Quiero ver otras cosas!

Una lágrima rodó por su blanca mejilla y él capturó la diminuta gota en la punta de uno de sus dedos.
La chica sintió que se encogía y de repente se encontró dentro de la secreción. El genio sonrió mientras la veía a través de la fina película de agua, entonces la hizo aún más pequeña y ella pudo observar todo lo que oculta un lamento: agua, aceites, cristales y pequeñas partículas que tenían vida propia. Era lo más parecido a un bello jardín. Pero ni eso la consoló, comenzó a dar de gritos pidiendo que la volviera a tamaño normal.

Él obedeció. Ahora la muchacha lloraba a moco tendido y él pensó que si tomaba un poquito del líquido que salía de su nariz y la volvía a hacer pequeña, quizás ahora sí disfrutaría la experiencia. (El tipo era bastante porfiado).

— ¡No vuelvas a hacerme eso nunca más! —dijo adivinando sus intenciones—. ¡Por favor! ¡Demos un paseo! ¡Veamos la luna! ¡Besémonos junto a un lago!

—Lo que pides es muy riesgoso mi amor. Alguien podría vernos salir de la lamparilla, podrían desenterrarla y descubrir que frotándola pueden tener sus deseos y yo volvería a ser un esclavo. Mi último amo, Aladino, era bueno y me concedió mi libertad, pero el siguiente puede ser una mala persona. ¿Quieres que yo caiga en manos de alguien con dudosas intenciones? ¿No, verdad?

La muchacha recordaba a Aladino, un buen día la alfombra mágica que lo transportaba se perdió y acabó en el bosque. Un tipo aventurero. ¡Suertudo! Ella ya estaba hasta el copete de la vida dentro del cacharro, así que pensó que si no la liberaban por las buenas sería por las malas.

Una noche, aprovechando que su novio tenía el sueño pesado, le cortó la preciada coleta que le surgía solitaria de la coronilla y de la cual estaba muy orgulloso, pues era un distintivo de su gremio. Ella sabía que tratándose de eso, el genio no podía usar su magia.

Al otro día fuertes sollozos la despertaron.

—¿Qué has hecho? ¿Estás loca? Sabes muy bien que no puedo hacerla crecer de nuevo ¡Ahora debo esperar cien años a que se regenere! Si algún otro genio me ve se reirá de mí.

—¿Pero quién te va a ver si nunca salimos de aquí? —dijo la muchacha en tono burlón.

A pesar del gran disgusto, el genio no cedió a la petición de su chica, así que esta decidió hacer una huelga de hambre.

—¿Estás segura de que no quieres comer querida? —preguntó cuando ya iban dos días de ayuno. Delante de ellos había una mesa bien dispuesta, sin duda él se había lucido con las viandas y Blancanieves estuvo a punto de sucumbir a la tentación de morder un pernil de cerdo que se veía de lo más apetitoso. Pero al final se mantuvo firme.

—¡Oh! Está bien, saldremos —accedió de mala gana—, solo una salida rápida.

Envueltos en un humo azul, ambos salieron de la lámpara que estaba escondida en el bosque. ¡Blancanieves estaba tan contenta! Se quitó los zapatos para sentir el suelo bajo sus pies desnudos, respiró profundo saboreando el aire y dio gracias por poder ver el sol y sentir los tibios rayos en su piel.

—Debemos regresar—dijo el genio nervioso y mirando para todos lados.
—No, otro ratito más, por favor.

Fueron llegando diferentes clases de aves que se posaron en la cabeza de Blancanieves, sus hombros y en la palma abierta de sus manos. ¡Hacía tanto que no vivía eso! Le dieron ganas de entonar una canción, como en los viejos tiempos.

—No te pongas a cantar por favor o llamarás la atención, ya vámonos —dijo el genio que conocía bien sus antiguos hábitos.

«¡Suficiente!» —pensó—amaba a su novio, pero ya no podía estar encerrada.


—No, no me iré. Vete tú.
—¿Qué? ¿Ya no me quieres? —en su voz había incredulidad.
—Te amo. Mas ya no puedo estar recluida. Anda, regresa, esa vida ya no es para mí.

Él se puso muy triste y llorando se volvió nuevamente neblina azulada que desapareció bajo la tierra. Al mismo tiempo, ella escuchó el grito de un niño que pasaba: «¡Un fantasma!» La chica temió por el genio y como pudo hizo que el crío se alejara: «No es nada… Un reflejo… No, no es bueno escarbar ahí, te puede picar algo». Una vez sola, decidió desenterrar la lámpara pues aquel ya no era un lugar seguro.

El genio sintió con pesar que alguien frotaba la lámpara y se encontró nuevamente con Blancanieves que había pedido un deseo al que no se pudo, ni quiso negar. Después él volvió a su morada. Era un buen arreglo, pero a veces, harto de vivir solo, se ponía de mal humor; entonces ella, para vengarse, calentaba la lámpara en la estufa, mientras el genio se moría de calor. Cosas de enamorados.

896 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Como una sombra – Microrrelato.

Photo by Gregory Pappas on Unsplash

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato, pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego… Se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera

Labios Rotos – Microrrelato.

Pasé mi dedo índice por el contorno de sus labios, la interrupción de la línea y el cambio de textura me hablaron de una cicatriz. La sentí temblar, y luego derrumbarse entre sollozos. La abracé y capté de inmediato el perfume a jazmín que emanaba de su pelo corto. Los diques que mantenían a raya la tristeza se rompieron y noté cómo mi camisa se empapaba con sus lágrimas. Mis manos acunaron su cabeza y la atraje para besarnos. Mi boca recorrió la suya, primero discretamente, experimentando descargas eléctricas cada vez que nuestros labios se rozaban, luego acepté su franca invitación a beber en ella.

Después me contaría que ese beso borró en ella años de vergüenza, miradas de reojo y dolor.

Lleno de felicidad, busqué algo con qué celebrar nuestro encuentro. Tras muchos años de vivir en él, había memorizado pasos, distancias y obstáculos de mi piso, por lo que a pesar de la ceguera congénita, era capaz de moverme con soltura. Regresé con una botella de vino y dos copas.

Aquella noche, tras el corazón, nos entregamos también los cuerpos. Vibrantes, plenos. Yo la miré con los ojos del alma y ella me besó con la perfección que solo el amor verdadero podía conferir a sus labios rotos.

216 palabras

Autor: Ana Laura Piera

Confesión – Cuento Corto.

Frida, foto tomada por mí.

Sonó el timbre de casa y el agudo tonito penetró en mis emociones, perturbándolas. Estaba triste pues al otro día aplicarían la eutanasia a mi perra, compañera de media vida, por cuestiones de salud. No me apetecía hablar con nadie, tan solo empaparme en mi pena, como esos extraños peces del amazonas que se esconden en el barro y desaparecen.

Abrí de mala gana. Frida estaba en su rincón de siempre, tumbada, con sus ojitos abiertos y resignados a la sabia quietud de la vejez, pero al ver al visitante, se desperezó.

Quien estaba frente a mí tenía facciones perrunas, un tipo como con cara de San Bernardo: ojos grandes y profundos, cachetes colgados, aire noble. Iba vestido de negro y con un cuello blanco, muy tieso, como de cura. La ropa parecía quedarle demasiado justa.

—Vengo a confesar a Frida —dijo. Así, sin ambages y casi ya con una pierna dentro de la casa.

A pesar de mi cara de absoluta sorpresa siguió:

—Muchos humanos antes de morir se confiesan, sacan de su pecho lo que sienten. Los perros no son diferentes. La segunda pierna ya estaba dentro.

Se acercó a Frida, quien torpemente hizo ademán de querer que la cargaran. «San Bernardo» la levantó amorosamente y fue a sentarse con mi perra en su regazo.

—Un café estaría bien —dijo. Y yo, como autómata, fui a prepararlo. Desde la cocina escuché un murmullo de gemidos y gruñidos ininteligibles. Confieso que pude haber llevado el café antes, pero sentí que debía demorarme un poco más. Regresé con el café ya medio frío.

—Usted puede estar tranquila.
—¿Cómo?
—Mire, su perra me contó que ha tenido una vida plena y feliz. Quiere que sepa que está agradecida por los cuidados que le dio. Que la ama.

Estuve a punto de preguntarle cómo diablos podría saber él eso, pero su cara de San Bernardo me detuvo. Seguro sabía de lo que hablaba.

—Escuche —me oí decir con un hilillo de voz— ¿Puede decirle que la amo y la voy a extrañar?

—No hay necesidad, ella lo sabe y está en paz con todo lo que va a pasar.

«San Bernardo» dejó a Frida en el suelo y ella trabajosamente se dirigió a su rincón. Él tomó su taza de café y le dio tres sorbos largos sin dificultad. Seguro que el líquido ya estaba más frío que nalgas de pingüino.

—Gracias, me voy. Y sin más preámbulo se dirigió a la puerta.

Lo vi alejarse. Mi vista volvió a Frida, ahora soñaba, lo sé porque sus ojitos estaban cerrados, roncaba y movía sus patas sin ton ni son.

Me sentí en paz.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: este relato fue inspirado por un hecho real. Me sucedió a mí. Bueno lo del confesor de perros obvio que no. Creo que este relato es para mí una especie de catarsis. En caso de que te haya pasado algo parecido, ¿de qué manera has logrado vencer el sentimiento de tristeza y dolor que embarga la pérdida de una mascota?.

Ésta es la entrada que escribí en 2007 cuando adopté a mi perra:https://anapieraescritora.com/2007/02/28/frida/

El Tesoro – Cuento corto.

Photo by Made Caesario on Unsplash

Lucas Rodríguez cerró su carpintería y empezó a andar hacia su casa, iba distraído pensando en su último trabajo pues era algo muy especial: la cuna para su hijo. Aún faltaban algunos detalles para terminarla .

«El niño se llamará Mateo», la decisión fue de Lucas, pero también de las innumerables y antiguas voces de sus antepasados susurrándole al oído. Lo de poner nombres tomados de la biblia era toda una tradición, en especial aquellos de los evangelistas, razón por la cual en la familia de Lucas había muchos «Mateos», «Marcos», «Lucas» y «Juanes». Su niño no sería la excepción y tendría la cuna más linda de todas.

Absorto como había estado elaborando la cuna para su bebé, poco se había dado cuenta de las cosas que se vivían en la pequeña isla donde vivía. San José era un lugar remoto y dependía del gobierno para que les hiciese llegar la gasolina necesaria para poder salir a pescar y ganar el sustento de las familias. La situación era mala pues el gobierno llevaba ya varios meses fallando con dicho suministro y la gente estaba desesperada.

Su mujer, Socorro, lo recibió en la puerta, con su panza de ocho meses moviéndose nerviosamente junto con ella. —¡Lucas por fin llegas! ¡Vete para la playa! —había urgencia en su voz—.

¿Qué pasa mujer?

—¡Están encontrando oro en la playa! —dijo emocionada—. Ildefonso fue el primero: se encontró una esclava de oro, luego Servando que andaba por ahí se encontró un anillo. ¡Apúrate hombre o no nos tocará nada! —dijo mientras lo regresaba a la puerta con la fuerza de un tren.

Sin entender mucho, Lucas se fue para la playa, era un camino cuesta abajo y parecía una carrera: mucha gente del pueblo también iba hacia ahí. Vio rodar a Heliodoro, el panadero, que tras un paso en falso fue a acabar con su obesa humanidad contra al monumento que señalaba la entrada pública al embarcadero. Quiso pararse a ayudarlo pero, la inercia de la muchedumbre se lo impidió, todos acabaron a la orilla del mar, moviendo aquella arena dorada con pies y manos, a gatas, haciendo hoyos enormes con la esperanza de encontrar algo.

En un rincón se encontraba doña Angustias, una de las beatas del pueblo, recitando a pleno pulmón y con voz aguda como graznidos de pájaro, versículos de la biblia que se sabía de memoria.

«El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda…»

Gritos de júbilo… ¡alguién había encontrado una pulsera!

«Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido…»

Parecía como si la arena pariera oro. Lucas estaba escarbando también y se encontró una copa de oro macizo.

«Te doy gracias de todo corazón; me alegro contigo.
¡Cuántas maravillas has realizado en mi vida, Señor mío.»

Hasta el golpeado Heliodoro estaba sentado, llorando de alegría y entre sus manos varias monedas doradas.

«… Quiero dar testimonio de tu bondad y ternura para conmigo y cantar,
Señor Jesús, lo que tú has hecho con mi historia…»

Lucas pensó que el verdadero milagro era que nadie golpease a nadie, que todos se alegraran por los hallazgos de los otros. Ciertamente aquel hecho inexplicable le daría de comer a la gente del pueblo por varios meses más; hasta que se regularizara lo de la escasez del combustible. Él tendría dinero para sortear los tiempos que se avecinaban y el nacimiento de Mateo.

En otro tiempo y en otra vida, unos sabios lanzaban maldiciones. El tesoro para el niño, cargado trabajosamente en los camellos, se había ido desparramando inadvertidamente en una playa del Golfo Pérsico por la que pasaron camino a Belén. Las embestidas del mar ya lo habían devorado. Solo quedaba incienso, mirra y tan solo un poquito de oro.

AUTOR: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/literatura/el-tesoro-cuento-corto/

Malena – Cuento corto.

Un viudo falta a su promesa.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

Cuando a Alfonso le entregaron las cenizas de su mujer tibias aún, soltó un suspiro nacido del alma. No tanto de pesar sino porque hasta hacía poco tiempo tenía la impresión de que ese momento no iba a llegar nunca y que primero se iba a morir él que Malena.

Malena llevó su largo matrimonio de treinta y cinco años con modos dictatoriales pero efectivos. Durante todo ese tiempo Alfonso simplemente se había limitado a orbitar a su alrededor. Hasta en sus últimos momentos lo tuvo por noventa días en jaque pensando en que ese día se moría y a la mera hora… No.

Malena, la de las manos frías y voz rasposa de fumadora empedernida. Invariablemente todas las mañanas se despertaba y le decía: «Poncho, mi café», y él, siempre obediente, corría a la cocina y le preparaba un expresso como a ella le gustaba: mezclado con un poco de azúcar y una rodaja de limón en el borde de la taza. También le había advertido que si ella se moría antes que él, no quería a ninguna mujer metida en su casa. «¡Prométemelo Poncho!», decía con vehemencia y él asentía con cara de perrito fiel.

Pasó un tiempo antes de que Alfonso se fijara en alguien más y entrándole el entusiasmo juvenil que da el amor, se olvidó de aquella promesa. Un buen día se encontró despertando con otra en la cama que había compartido con Malena.

Los dos amantes cruzaron miradas. Alfonso estaba embobado con el brillo de unos ojos verdes que habían visto pasar tan solo veintidós primaveras; en la maravilla que era la visión de su pelo largo y sexy desparramado en la almohada y en la cordillera perfecta que dibujaba su cuerpo en las sábanas. Empezó a sentir una erección.

La muchacha sonrió y le tocó con manos heladas, para luego, con voz rasposa decir: «Poncho, mi café».

Autor: Ana Laura Piera.

https://bloguers.net/literatura/malena-microcuento/

El hechizo – Cuento corto.

«RECREACIÓN» del cuadro «Ofelia» de John Everett Millais

El río que corría tranquilo cambió de ritmo repentinamente. Se observó una pequeña perturbación en el fluir del agua, un burbujeo que se fue haciendo cada vez más notorio. Después el agua se aquietó y la perturbación había tomado la forma de Marie, que aparecía transparente, líquida y en la misma posición en que la habían encontrado sin vida: semi-sumergida boca arriba, sus ojos mirando al cielo, sus ropas flotando como algas en el agua cristalina.

La hoguera que ardía frente a Isabeau, liberaba un humo negro y nauseabundo, como las cosas que se consumían en ella, pero faltaba el componente que haría toda la diferencia: unas gotas de su propia sangre.

«Marie, hermana eras un ser excepcional, en ti no solo había belleza física sino una hermosura interior que hacía que todos te amaran. Bernard te amó como nadie. ¿Sabes Marie?, a mí también me gustaba él. Envidiaba esos besos tan largos que se daban detrás de la casa. Pero ni él ni nadie reparó jamás en mí».

«¡Espíritus del agua, devuelvan a Marie!»

«Regresarás a casa. Mamá enjugará sus lágrimas en tu pelo y papá no se cansará de mirarte. Tendrás a Bernard y todo lo tuyo regresará a ti.
Se quedó callada unos instantes y luego añadió en tono más bajo: «También seguiré siendo una niña estúpida creciendo a la sombra del ser más perfecto»

Con una espina pinchó uno de sus dedos. Una perla rojísima brotó de él. Solo faltaba agregar al fuego un par de gotas rojas y Marie regresaría a la vida, pero la joven aprendiz de hechicera titubeó…

«No quiero volver a ser infeliz» — pensó.

Entonces tomó su dedo herido y lo metió a su boca, negando a la hoguera hambrienta la sangre vivificante. Las llamas se fueron apagando y la forma aparecida en el río se disipó lentamente. Isabeau miraba todo muy seria y muy triste, también se escuchó un llanto, el llanto de Marie al morir por segunda vez.

Autor: Ana Laura Piera

Este cuento fue inspirado en el cuadro «Ofelia» de John Everett Millais. Si gustan ver el cuadro original: https://es.wikipedia.org/wiki/Ofelia_(Millais)

https://bloguers.net/literatura/el-hechizo-relato-corto/