Mi participación en «Escribir Jugando» del mes de Octubre. Se trata de hacer un microrrelato de cien palabras inspirado en la imagen de abajo, que incluya el elemento del dado: «estrella» y opcional, que aparezca algo relacionado con la «pólvora».
Atormentado por las pesadillas, Denahi acudió a su sabia hermana, Wakanda, ella sabría qué hacer.
Esa noche, ambos niños construyeron con ramitas secas un cuerpo, un híbrido de humano y animal. Los últimos toques los dio Wakanda, pues Denahi temblaba. Con la pólvora robada al viejo jefe, incendiaron la figura y Denahi balbuceó:
«Te expulso de mi mente, te condeno al vacío»
Un aullido de lobo mezclado con un grito retumbó muy fuerte para luego decrecer mientras el fuego devoraba al monstruo.
Abrazados, vieron una estrella fulgurante, una promesa de paz.
Te invito a que visites el blog de Lidia Castro Navás, hay un montón de cosas interesantes y también puedes participar de sus retos. Para ir al blog da clic AQUí
El arquitecto principal del Templo de la Luna hablaba dormido, y reveló sin querer el pasaje secreto que llevaba directamente a la cámara sagrada. Itzel tenía una petición para la Diosa, y tras varias noches de escuchar balbucear a su padre en sueños, reunió la información que necesitaba.
La noche elegida, desde la puerta de su casa, vislumbró la colosal silueta del basamento que se recortaba a la tenue luz del cielo nocturno y hacia allá se encaminó. La chica conocía ya la rutina de los guardias, gracias a muchas horas de observación previa, por lo que pudo burlarlos con relativa facilidad. Encontró el acceso al edificio y se introdujo en las entrañas de piedra sin que nadie lo advirtiese.
Al principio se vio envuelta en tinieblas, pero al acostumbrarse sus ojos, pudo percibir un resplandor fantasmal emitido por un mineral luminiscente incrustado a intervalos en las paredes de roca, estos marcadores señalaban una angosta vía que la llevaría al recinto más importante. Mientras la seguía, notó que el camino iba en descenso, más abajo del nivel del suelo.
El corazón de Itzel latía furiosamente, si la encontraban, ella y su familia estarían automáticamente condenados a una muerte lenta y cruel. Solo a los varones de las jerarquías religiosa y gobernante se les permitía el acceso, y únicamente en fechas muy específicas para realizar rituales de fertilidad. Aún más preocupante que la ira de los hombres, era hacer enojar a la Diosa. ¿Cómo tomaría la Luna su atrevimiento?
Notó que el mineral luminiscente ahora aparecía a menor distancia uno de otro, aumentando la claridad. También empezaron a aparecer «guardianes» de piedra: estatuas de guerreros de tamaño natural que la miraban pasar con ojos pétreos y actitud impasible. El estrecho camino desembocó en una enorme galería inundada de un líquido blanco-plateado; por su padre, sabía que se trataba de mercurio, un metal muy preciado que traían de tierras lejanas en forma de polvo y que luego era tratado hasta convertirlo en un líquido de propiedades raras. Debió haberles llevado mucho tiempo y esfuerzo reunir la cantidad suficiente para poder crear aquel «lago» del cual emergían rocas que parecían montañas. Su mirada se paseó por el recinto y todo él estaba tapizado de puntitos fosforescentes que semejaban el firmamento de noche. Había una monumental media luna tallada en el techo presidiendo aquel extraordinario conjunto, pero no había ninguna presencia. Aquel lugar maravilloso se sentía vacío.
El regreso le resultó más difícil, pues iba cuesta arriba. Itzel no dejaba de pensar en lo fútil que resultaba la construcción de aquel magnífico santuario si la Diosa no lo habitaba. Reflexionó que si la Luna estaba en el cielo quizás era un error pretender que «viviera» bajo la tierra. Cuando emergió del edificio y logró evadir la guardia por segunda vez, se dirigió a su casa, iba triste y desconcertada. Una vez en su habitación, enterró la cara en el lecho y lloró con lágrimas amargas al sentir que su fe se tambaleaba.
A la siguiente noche de luna llena, la joven se escabulló al campo y se sentó a esperar a que el cielo se despejara un poco para ver al astro. Por fin, los jirones de nubes que le arropaban se disiparon y el círculo de plata apareció con gran esplendor; su luz blanquecina, se posaba suavemente en todo lo que tocaba. Itzel sintió su caricia y confirmó que aquella majestad no podía encerrarse en un recinto hecho por los hombres. La chica le reveló el deseo de su corazón: que Canek regresara sano y salvo. La embargó una sensación de paz muy profunda y supo que de algún modo había sido escuchada.
El día del regreso de los guerreros, Itzel atisbaba ansiosa entre la muchedumbre por si lograba distinguir a Canek, y de repente ahí estaba él: venía caminando por su propio pie, lleno de heridas, su noble rostro no revelaba ninguna emoción a pesar de la victoria. Muchos guerreros habían perecido en aquella incursión e Itzel sabía que él estaría triste por los que no habían vuelto. Rodaron por las mejillas de la chica lágrimas de agradecimiento al verlevivo.
La siguiente noche de luna llena, Itzel hizo su propio ritual de adoración y confesó otro anhelo: que Canek fuera su compañero de vida. Ni siquiera tuvo que salir, los hilos de plata entrando e iluminando su cuarto bastaban, la Diosa, sin duda, la escuchaba.
Autor: Ana Laura Piera
Los amigos de Masticadores Sur me hicieron favor de publicar mi relato.
Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando». Se trata de hacer un relato de cien palabras inspirados en la imagen, que el relato contenga el mineral «malaquita» y opcional que aparezca algo relacionado con la «flor de la abundancia» (Plectranthus nummularius).
Atrás quedó el yacimiento de malaquita. La pequeña Alika mira detenidamente la piedra, cuidadosamente escogida y que será parte del pago para liberar a su hermano de la maldición de Ismat, el hechicero.
Yaro, ahora convertido en un ciervo imponente, camina despacio, seguido por cientos de hadas que, afanosas, buscan la flor de la abundancia, también demandada por Ismat. No le preocupa demasiado si la encuentran o no, él se siente a gusto siendo un ciervo. Busca los ojos miel de Alika pero estos le gritan que ella lo necesita en su forma humana.
Eran días muy tristes. Subí al ático a distraerme con los cachivaches que guardaba ahí mi familia. Me encontré el diario del abuelo, que fue payaso en un circo. Soplé y me envolvió una nube de polvo que me hizo toser mientras lo abría. Estaba lleno de anécdotas felices, trucos y rutinas para hacer reír. En algunas hojas, las letras aparecían desdibujadas y reconocí el patrón de arrugas que dejan las lágrimas en el papel.
Atraje el libro hacia mi pecho y la melancolía se disipó como lo hacen las nubes de tormenta frente a un poderoso viento.
Los ojitos azul pálido del pequeño Vanko miran asustados a su madre quien lo abraza fuertemente. A lo lejos se oyen ruidos terribles causados por los misiles que caen sobre la ciudad. ¿Cómo explicarle que no es la naturaleza lo que escucha, sino la ira de los hombres?
«No dejaré que la inmundicia de esta guerra ensucie su inocencia», piensa.
—Si, mi amor. Llueve, llueve muy fuerte. Hoy no podrás salir, pero mañana invitaremos a tus amigos Fedir y Yoan a que jueguen contigo en casa.
Oxana quisiera con todas sus fuerzas, que lo que dice fuera verdad, pero siente un presentimiento espantoso. Un frío que nace en el estómago y que se esparce por todo su cuerpo como alfileres helados. Abraza aún más fuerte al niño, tan fuerte que le hace daño sin querer. En ese momento, del cielo cae una bola de fuego sobre la vivienda, tras el infierno, solo queda el silencio y las ruinas humeantes.
—¿Mamá dónde estamos? Te ves …diferente —dice Vanko, su mirada azul en absoluto arrobamiento mientras mira a Oxana que parece resplandecer.
Ella sabe que han muerto. Inmediatamente después de morir tuvo una visión de sus cuerpos sin vida, desparramados en la tierra obscurecida por el fuego. El miedo y el frío que había sentido se han ido, ahora nada más sienten paz, una paz inmensa, incomprensible. Se encuentran en una colina vestida del verde más puro, el cielo sobre sus cabezas es de un azul intenso, interrumpido aquí y allá por blancos rebaños de nubes viajeras. Vanko se aleja un momento mientras juguetea alegre entre la hierba. Oxana sabe que donde están ahora, no podrá alcanzarlos la perversión de la guerra. Los intolerantes, los agresivos, los amorales, los perversos, los hijos de la ira… Todos ellos quedaron muy lejos y no podrán dañarlos más.
Autor: Ana Laura Piera/Tigrilla
Nota:Vanko y Oxana, podrían ser Ahmed y Nayua, o Juana y Pedro etc. Los personajes son ficticios pero sabemos que muchos seres humanos vivieron o viven hoy lo que aquí describo. En una guerra, (sea donde sea y por las razones que sean), no hay cosas buenas, todo es injusticia y los que más sufren son los civiles. De corazón deseo que más allá de la muerte haya paz, o… silencio.
Desde muy pequeña intuí la verdad, luego al crecer, la confirmé, pero es hasta ahora que me atrevo a decirla en voz alta, que me permito escribirla y contarla mientras miro una envejecida fotografía. En ella aparecen un hombre alto y guapo, mi padre, una mujer bajita de facciones distinguidas, mi madre, y una niña de aspecto extraño, yo.
Siempre fui muy delgada, pálida y poco agraciada, «defectos» compensados por una aguda inteligencia. Un día, siendo aún una niña y poniéndole crema a mi madre después de su baño, reparé en unas cicatrices que tenía en el vientre y le pregunté sobre ellas. Su respuesta me dejó helada:
—Cuando era joven me sometí a una operación donde extirparon algunas partes de mi cuerpo. Ya no pude tener hijos, por eso te mandamos traer—. Luego clavó su fría mirada en mí. Nunca, nunca repitas a nadie esto que te acabo de decir. Ni la gente de fuera, ni tus tíos o primos deben saberlo. Su tono y actitud me disuadieron de seguir de preguntona, pero mil dudas se alojaron en mi cabeza a partir de ese momento. ¿Acaso era adoptada? ¿De dónde venía yo?
Mis sueños empezaron a ser angustiantes y extraños: me veía saliendo de una máquina después de pasar por una línea de ensamblado. Mi nacimiento en medio de aquel estruendo metálico me despertaba en la madrugada y ya no podía volver a dormir. Cuando mamá vio que descuidaba los quehaceres de casa, me preguntó qué sucedía. Le conté sobre mis sueños. Me miró con fastidio y resignación, como si siempre hubiera sabido que llegaría ese momento desagradable.
—Escucha Lía, alguna vez te dije que te mandamos traer, pues bien, tu madre biológica te abandonó a las puertas de un hospital al otro lado del mundo. Nosotros ya no podíamos tener hijos y una agencia nos envió tu información. Eso fue todo. Es vergonzoso no saber quiénes fueron tus verdaderos padres, tu madre pudo haber sido una prostituta y tu padre un drogadicto, mejor no saber. Ahora, ve y termina de aspirar, y recuerda que hoy toca también regar las plantas, luego me subes un té.
Los sueños no cesaron, sin embargo, procuré no bajar mi rendimiento, ni en casa, ni en la escuela. Si lo hacía, mi madre me reñía y me preguntaba entre lágrimas si ya no la quería. Alguna vez pensé en preguntar a mi padre su versión de los hechos, pero era un hombre tan distante que solo parecía vivir para su trabajo, llegar a casa, tomarse unos tragos y ver televisión hasta quedarse dormido. No hacía ningún esfuerzo por conectar con su mujer o conmigo.
Así crecí, avergonzada de mi origen. Incrustada en una familia que no me quería, pero que me necesitaba para verse «completa». De alguna forma extraña, ellos se sentían inadecuados por no haber podido tener descendencia propia, tanto, que incluso ocultaron este hecho hasta a sus familiares más cercanos.
Ahora escribo todo esto, para ustedes, queridos lectores, y les gustará saber que a mis casi sesenta años, no espero ya encontrar a mi familia biológica, pero he aprendido a estar en paz con el hecho de haber sido adoptada. Triunfé en mi carrera profesional y soy una respetada periodista, me casé y tuve hijos, y aunque en algún momento pensé en ocultar a mi propia familia mi origen, recapacité. No hay que perpetuar patrones dañinos. Estoy en contacto con otras personas que sufrieron la misma experiencia y entre todos nos apoyamos. Y sobre mi madre biológica, estoy segura de que me amó lo suficiente para dejarme a las puertas de un hospital donde se aseguró que yo fuera encontrada.
Elijo creer que soy hija del amor.
Autor: Ana Laura Piera
Nota: no es historia autobiográfica, sino pura ficción.
Mi participación en el «VadeReto» de febrero del blog «Acervo de Letras», un relato inspirado en el desierto y donde aparezca al menos una vez dicha palabra. Al final del relato encontrarás un enlace para acceder adicho blog. Quizás quieras unirte al reto.
La tormenta de arena que se aproximaba hizo que se me encogiera el corazón. Sentí el doloroso golpeteo de las partículas arañando mi rostro. Enormes nubes, densas y amarillas que parecían ser producto de las pisadas de gigantes sobre el desierto, amenazaban con envolverme. De repente, entre las ráfagas hirientes, divisé con dificultad a un jinete aproximándose. El vendaval ahogaba todo sonido. El jinete pasó a mi lado extendiendo un brazo y me sentí izada en el aire para después descender sobre la grupa del caballo. Me sorprendió la fuerza y firmeza desplegada por aquel brazo salvador. Me agarré a ese cuerpo vibrante con todas las fuerzas de que era capaz. Enterré el rostro en esa espalda protectora y de inmediato dejé de sentir dolor en la cara, era reconfortante sentir el calorcito despedido por aquel cuerpo, me sentí a salvo.
—¡Pero niña! ¿Qué te he dicho de leer a estas horas?—. Al mismo tiempo que la voz de mi madre, la luz de la lámpara de la habitación se hizo presente. Solo acerté a asomarme entre las cobijas mientras trataba con premura de ocultar el libro y apagar la linterna con la que había estado leyendo. Mamá fue directamente hacia mí, me destapó con un brusco movimiento, y fui despojada de todo.
—¡Esta novela no es apta para tu edad! ¡Te la dio la abuela ¿verdad? ¡Ya hablaré con ella! Estás castigada por una semana. Te lo había advertido, mañana tienes escuela, luego me andan llamando para darme quejas de que andas en la luna. ¡Ahora a dormir!
La escena terminó con un portazo y el ruido de furibundas pisadas alejándose. «El Árabe», el desierto, la tormenta de arena,el caballo, todo se diluyó en la noche. Mi mente corrió como loca pensando en como hacer para recuperarlos. También me mortificaba haber metido en aprietos a la abuela. En fin, mañana sería otro día.
Autor: Ana Laura Piera
Este relato está inspirado en una novela que leí siendo yo muy joven. Yo sé que en estos tiempos,»El Árabe» no se consideraría una buena lectura por muchas razones, para empezar el abuso hacia la protagonista por su captor, y después, comportándose como una clásica víctima con el síndrome de Estocolmo, ella acaba prendada de él, (y él de ella). Pero el libro tenía la virtud de emocionarte, de vivir aventuras en lugares exóticos y recuerdo que me encantó, (sin pensar en consideraciones de las que no estaba muy consciente en esa época). La autora es la británica E.M. Hull y «El Árabe» se publicó por primera vez en 1919 convirtiéndose en un «superventas» e incluso hicieron una película donde el galán era Rodolfo Valentino, un actor muy famoso de aquella época.
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La Muerte… ¡Ay la Muerte! Es ella una dama cuya boca oscura se alumbra un poco con el reflejo amarillento de unos cuantos dientes. Tiene ojos negros, pequeños y sagaces, y un rostro arrugado como el de una pasa. Lo que pocos saben, es que es una señora de lo más bromista. Y si lo piensas bien, tiene sentido que así sea, o no podría sobrellevar la pesada carga que le ha sido impuesta.
Descubrí su sentido del humor una noche de diciembre. Mientras la mayoría de las personas festejaban las tradicionales fiestas navideñas, mi familia y yo, sumidos en el dolor, velábamos a la tía Eugenia, hermana de mi madre y muerta aparentemente por una indigestión. Una sábana blanca cubría el pequeño cuerpo. Se percibía en el ambiente el olor de los cirios consumiéndose mezclado con el de las flores que comenzaban a marchitarse; era el olor que avisaba a la tierra para que se fuera preparando, para que se abriera y acogiera en su seno a algún difunto.
Eugenia había sido una persona agradable en vida, siempre tenía una sonrisa en el rostro y las palabras de aliento no se le acababan nunca. Llegabas a su casa y enseguida se ofrecía para preparar algo rico decomer o de beber: un atole caliente, unos tamales, tal vez unas tostadas. No tanto porque tú quisieras, sino porque a ella se le antojaba, pero le sabía mejor si lo compartía contigo. Mientras los grandes se preguntaban a quién le había dejado el rancho, los chicos llorábamos al pensar que ya no podría prepararnos su delicioso pastel de natas.
La noche pasaba y los dolientes se retiraban en la misma proporción en que sentían el deceso de la tía. Los que habían ido solo por compromiso hacía rato ya no estaban. De los que quedaban algunos se encontraban a un lado de la difunta, haciendo guardia, y otros dormitaban en las incómodas sillas del velatorio para lo cual habían adoptado posturas imposibles. Pero todos, absolutamente todos, se llenaron de miedo al escuchar la inconfundible y rasposa voz de Eugenia diciendo: “ATOLE”. La diminuta figura, cubierta por la sábana blanca se había incorporado y ahora pedía la típica bebida de maíz cocido con agua, como queriendo recobrar fuerzas después de su paso por el inframundo. La mayoría salió corriendo despavorida mientras el “fantasma” pedía el atolito.
Yo alcancé a ver a la dama en un rincón del velatorio, se estremecía con las carcajadas que en oleadas la visitaban y la dejaban exhausta al ver el revuelo armado por aquella resurrección inesperada. La tía Eugenia vivió después de eso como veinte largos y saludables años. Los niños que la vimos revivir ahora somos hombres, y uno que otro se murió antes de que ella lo hiciera de verdad. Yo por siempre guardaré la imagen de la parca riéndose de su travesura, porque la muerte en realidad no es más que una broma.
Relato participante en el VadeReto de Enero 2022 del blog Acervo de Letras. Como única condición es que el escenario en el que se desarrolle la historia tiene que estar inmerso en la niebla.
Nací y crecí entre la niebla. A veces son jirones blanquecinos, otras veces nubes densas que nos ocultan de los demás. Nos intuimos por los ruidos que hacemos, como cuando mi abuelo come y su respiración suena muy fuerte, parece un tren que quisiera llegar a destino antes de lo previsto. O por los olores, papá huele a tabaco y mamá a vainilla. La bruma siempre se interpone tapándonos los rostros y los cuerpos. Si salimos al campo, se disipa y podemos ver las casas, el camino, los árboles y de lejos, a la gente. Al acercarnos a otras personas, vuelve a aparecer, insidiosa; primero alrededor de las caras y luego va envolviendo el resto de la anatomía en un movimiento descendente hasta los pies. En ese intervalo de tiempo, previo a que la niebla lo cubra todo, es posible atisbar las formas. La figura de mi abuelo es robusta y la de mi madre, delgada, como una ramita.
A pesar de la persistencia de la niebla, podemos hacer nuestra vida, trabajamos, comemos, amamos. Nos permite hacer la mayoría de las cosas necesarias, excepto ver nuestras caras.Más de alguno ha querido huir traspasando loslímites del pueblo, pero ahí la neblina es un muro y no lo permite. Ella nos acompaña desde que nacemos hasta que nos ponen en el regazo de la tierra.
A los quince años me enamoré del cuerpo de Mercedes. Se me figuró que tenía guisa de reloj de arena, igual al que tiene el viejo José para las partidas de ajedrez. Un día le pedí que nos besáramos y aceptó. Mientras acercábamos nuestras cabezas, la neblina se hizo más densa y yo con mis manos, trataba de disiparla en un vano intento de asomarme y mirar sus facciones. Quería enamorarme también de ellas, como me había enamorado de su cuerpo. El beso fue sublime, a pesar de que fue solo un roce de labios. Soñé con él durante varias noches seguidas y me propuse volverla a besar, pero ella amaneció muerta antes de que yo pudiera siquiera proponérselo. No se supo nunca el por qué de su deceso.
Se llevaron a cabo los funerales y todos estuvimos ahí. Se escuchaban las oraciones como siseos y luego, al echar la tierra sobre su cadáver sentí que me enterraban con ella.
Esa noche regresé al camposanto, quería intentar ver la faz de Mercedes, quizás darle un último beso. Los enterradores habían dejado una pala que usé para sacar la tierra. Miré el cuerpo, que estaba envuelto en una sábana, y me tendí junto a él en esa tumba fría. Desenvolví con cuidado la tela alrededor de la cabeza. La niebla me dejó hacer. Al ver el rostro de Mercedes frente a mí, lloré. Donde debieron estar sus rasgos solo había piel, una piel blanquecina y resquebrajada cual cascarón de huevo. No había boca, ni ojos, ni nariz, solamente piel. Escuché una risa burlona flotando en el aire, y en ese momento, la niebla la ocultó de mí.
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Mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre que en esta ocasión se trata de «Deseos». Si gustas participar, te dejo el link que te llevará al blog Acervo de Letras, que tiene cosas muy chulas para leer, además de los retos. Búscalo al final del relato.
En medio de la calidez de la noche caribeña, una luna llena y plena inundaba de luz blanquecina la habitación.
Hacía mucho que Tahnne no gozaba de un sueño reparador. Sus párpados se cerraban, pero el necesario descanso no llegaba ni a su cuerpo ni a su mente. En medio del duermevela, la despertó una tenue caricia sobre los dedos. No le dio importancia, pensó que se había tratado del roce de las sábanas y siguió intentando dormir. Otro contacto, esta vez más prolongado, la hizo abrir los ojos sobresaltada. «Alguien» acariciaba su mano y quienquiera que fuera estaba oculto entre la ropa de cama. Sintió la mordida del miedo en el corazón, mas otro roce delicado extrañamente la tranquilizó. Luego escuchó que la llamaban en una voz muy baja, casi imperceptible:
—Tahnne, Tahnne…
Todo su ser vibró al reconocer aquella voz . ¡Era Ameyú!, pero ¡eso era imposible!, él estaba a miles de kilómetros, en otro país, en otro continente.
Supuso que debía estar soñando y rogó porque ese sueño feliz no acabara. Pasaron unos segundos y el cuerpo que descansaba a su lado se movió y con ello quedó al descubierto el rostro de Ameyú, que tenía los ojos cerrados y musitaba en una especie de delirio:
—Tahnne, mi Tahnne…
La chica no podía creerlo. ¡Cuánto había deseado volver a verle! Eran testigos infinidad de estrellas fugaces que recogieron ese deseo, llevándolo a donde fuera que iban tras desaparecer en el cielo nocturno.
—¡Ameyú! Soy yo, Tahnne.
Los ojos color miel de Ameyú se abrieron, y para ella fue como ver al sol rivalizando con la luna en esa noche fuera de lo común.
Ameyú pasó su mano por el rostro de la chica, como un ciego, tanteando torpemente. Reconoció cada centímetro de aquel rostro añorado, la suave frente, la delicada nariz, la curvatura de los labios, los hoyuelos en las mejillas, que aparecían en los momentos en que Tahnne sonreía dichosa.
—Amor, ¿qué pasa?—preguntó la joven.
—No lo sé. Yo estoy en mi cama, en Londres, pero, al mismo tiempo estoy aquí, en la tuya—. Ameyú acercó sus labios a los de ella y la besó con ternura.
En respuesta Tahnne tomó las manos morenas y fuertes de Ameyú y las apretó contra sí, palpándolas, sintiéndolas, besándolas. La emoción que la embargaba hizo que se humedecieran sus ojos y una lágrima rodó por su mejilla.
—¡Tahne!, ¡suéltame, debo volver!—, dijo él angustiado al ver su reflejo en aquella lágrima diminuta.
—¡No! ¡No te dejaré ahora que estás conmigo!—. Ella sujetó con fuerza aquellas manos tan amadas.
—¡Debo volver o moriré!, debo regresar a mi cuerpo antes de que amanezca. No sé como, pero siento que es así. Se acaba el tiempo. ¡Suéltame!
Tahnne lloraba. Dejarlo ir era algo muy doloroso ahora que su cercanía le calentaba el alma. Poco a poco soltó sus manos, como una niña que se deshace con pesar de algo muy querido.
—¡Ve, apresúrate!, ¡no quiero que mueras!
Él se fue desvaneciendo de a poco, una última caricia, un beso, y luego solo quedó su olor, su tibieza y el hueco dejado en el lecho de Tahnne, quien apretaba el rostro húmedo contra la almohada ahogando los sollozos. De repente el llanto cesó cuando la inundó la certeza de que Ameyú regresaría a la noche siguiente.
Habían por fin encontrado un modo de vivir su amor en la distancia. Su deseo se había cumplido.