El Carnaval. Microrrelato.

Relato que participa en el microrreto de marzo de El Tintero de Oro: (Microrrelatos de la bestia). El requisito es que el diablo sea protagonista o personaje secundario. También participa en el VadeReto de febrero, siendo el requisito que incluya un disfraz y ocurra en carnavales.

250 palabras.

Desde el púlpito, el padre Gabriel exhortaba a sus feligreses a portarse bien durante el carnaval:

—¡No quiero enterarme de que alguno ande borracho y en malas compañías! ¡Mujeres, quédense en sus casas pidiendo por los pecadores en estas festividades de dudoso provecho!

La gente salió de misa sintiéndose regañada. Las tres beatas del pueblo: Dolores, Refugio y Patrocinio, miraban a todos con caras de: «ya lo dijo el padre, ¡compórtense!»

El cura se quedó guardando objetos litúrgicos, mandó decir que ese día no habría confesiones, pues se sentía mal, y salió corriendo a la casa parroquial.

Una vez en su sencilla habitación, impregnada de humedad y aroma a cirios, sacó de una cómoda una prenda envuelta en papel oscuro. La retiró con delicadeza de su envoltorio mientras su respiración se hacía más agitada. La tela de satín rojo atrajo las manos de Gabriel como un imán. La acarició con manos trémulas y pasó sus dedos por los cuernos plateados de la capucha. Luego miró con ojos entornados la máscara de gesto maligno. Se puso el disfraz con devoción, como cuando se vestía para la homilía, y se contempló en un espejo. Su rostro se ensombreció cuando vio reflejado el crucifijo de su cabecera, donde un afligido Cristo lo miraba con dureza. Gabriel lo descolgó y lo guardó en un cajón. Luego se puso la máscara. El espejo reflejó un demonio de ojos ardientes.

De lejos le llegaron la música y el jolgorio. El carnaval acababa de iniciar.

Autor: Ana Laura Piera.

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El otro hijo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras que cumpla con ser intertextual. (Inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época…)

Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.

Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermano Ícaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!

Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera!
¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?

Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.

Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo apenas un punto insignificante,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.

Mi competencia: felizmente eliminada.

197 palabras

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.

El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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Tortuga celeste.

Microrrelato de fuego, estrellas y tradiciones.

Mi propuesta para el microrreto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras inspirado en una constelación.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Las noches eran más frescas y Ah Kin, envuelto en su manta de algodón, aguardaba la aparición de la tortuga celeste, como llamaban los mayas a la constelación de Orión. Su hija Ix Muyal, de cuatro años, le preguntó:

—¿Qué buscas, ta?

—La señal para iniciar los ritos de cosecha. Son tres luces brillantes, que forman parte de «la tortuga». Representan las tres piedras del fogón del universo y de ellas surge el dios del maíz, pero este año ya se tardó.

En la milpa, el padre observaba el equilibrio ancestral: al frijol trepando al maíz, la calabaza cubriendo la tierra. Todo parecía en orden, menos el cielo.

Ix Muyal y su padre caminaron hacia el cenote sagrado con ofrendas: granos secos y pozol con miel. El sendero entre la selva estaba lleno de murmullos, aroma de copal y plegarias. Los sacerdotes repetían: “Hay que recordar el mito”.

De regreso, Ah Kin narró cómo la tortuga nadaba en el océano primigenio, sosteniendo el mundo sobre su caparazón. Ix Muyal, notó las piedras del fogón de su vivienda desalineadas. Las acomodaron.

—Quizá la tortuga no podía nadar y el dios seguía dormido —dijo esperanzada.

—Nuestro fuego es muy humilde como para que los dioses se fijen, hija.

Pero esa noche, los gritos de júbilo de Ah Kin anunciaron el regreso de la tortuga.

Desde entonces, Ix Muyal se asegura de que las piedras del hogar estén alineadas. Sabe que los dioses también toman en cuenta los gestos pequeños.

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

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El abrigo que no seduce.

La ex-niñera que aprendió a elegir.

Mi participación para el concurso de relatos de El Tintero de Oro. La condición es que sea un relato ambientado en Nueva York, donde la ciudad tenga cierto protagonismo en la historia.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Queens, N.Y., 2025.

Despertó con el maquillaje corrido y un abrigo de leopardo en la puerta. Fran Fine ahora tenía 56 años y ya no trabajaba de niñera. Después de darse un baño, se sentó frente al tocador de su habitación y, ante el espejo, dibujó con un dedo un corazón aprovechando el vaho húmedo sobre el cristal.

—Fran, ¿qué demonios querías ser?— dijo con esa característica voz nasal que los años no habían podido borrar.

Recordó los días en los que soñaba con atrapar un marido rico, vivir en un pent-house en Manhattan, asistir a estrenos glamorosos, conciertos y galas, para después cenar en «Daniel», en el Upper East Side, o en «Le Bernardin», en Midtown Manhattan. Saboreando no solo los cocteles, sino las miradas de envidia y admiración de mujeres y hombres. No había quedado en un sueño, lo había obtenido y al final, lo había regresado, como una chaqueta que no sienta bien.

Sonó el móvil, era Maggie, la hija mayor del productor de teatro Maxwell Sheffield. Fran había sido su niñera hacía muchos años.

—¿Fran? ¡Qué alegría escucharte de nuevo! ¡Te perdí la pista por un tiempo!

—¿Maggy? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

—No muy bien, Fran. ¿Recuerdas a Carlo?

Claro que lo recordaba. Era guapísimo y además hijo de un afamado actor de cine. Fran le había aconsejado a Maggie que lo conquistara a cualquier precio.

—Carlo es incapaz de serme fiel, Fran. Solo soy el adorno que lo acompaña, no me falta nada, pero me siento como un mueble costoso en una casa vacía.

Fran lamentó con todo su ser haber sido el modelo de un ideal equivocado para Maggie. Ojalá ella nunca le hubiera hecho caso. Mientras la joven se desahogaba, Fran escuchó a un repartidor que gritaba algo en italiano afuera de su departamento, otro más allá decía algo en bengalí. El tren de la línea 7 pasaba a lo lejos, vibrando. ¡Había tanta vida en Queens! Contrastaba con la rigidez del Upper East Side donde vivía Maggie.

—Escucha preciosa, tengo un proyecto encantador y pronto te mandaré una invitación. Espero que puedas estar presente. Después podemos tomarnos algo juntas, como en los viejos tiempos.

Tras la llamada, Fran pensó que ella misma ya no buscaba ser elegida. Tras su divorcio, y en el caos encantador que era Queens, se preparó para su siguiente desafío: ser curadora de un museo de estética «Kitsch». Aún no tenía sede, pero ella y su amiga de la juventud Val Toriello ya estaban buscando un lugar y recopilando los objetos que exhibirían. El museo sería inaugurado con una chaqueta de «animal print» de cebra, con detalles en terciopelo y lentejuelas.

Terminó de vestirse y se puso el abrigo de leopardo, ya no para seducir a nadie, solo porque le gustaba como rugía contra el gris del mundo.

Autor: Ana Piera.

Nota: Fran Fine fue el personaje ficticio de una serie de televisión de los noventas. Quise imaginar que el personaje evolucionaba sin perder su esencia, aunque esta implicara conservar esa estética estridente, la «kitsch», pero que era tan de ella y que aunque la criticaran, ella la lucía orgullosa. Espero que el relato no precise, para entenderlo, de haber visto la serie. Gracias por leer.

En Reflexópolis, ciudad de pensamientos, te cuento cómo se me ocurrió esta historia.

Fue en el mar – Cuento Corto.

Mi participación para el reto de El Tintero de Oro, que en esta ocasión fue en modalidad anónima. No podíamos publicar los relatos hasta que terminara el concurso. Mi relato entró dentro de las «menciones honoríficas» lo cual agradezco infinitamente. Si quieres ver los resultados y la gala de premios da clic ACÁ

El «Sarsia» zozobró en medio de la noche y al apagarse sus luces, las tinieblas intensificaron el terror. En medio del caos, identifiqué a otros dos marineros, que como yo, se encontraron en el camino de tablas y aparejos que flotaban. Los gritos de quienes se ahogaban, ya nada tenían de humanos, confundiéndose con los ruidos que hacía la nave al hundirse: estertores de un animal herido de muerte. Nada podíamos hacer. Aferrados a nuestros salvavidas improvisados y sin visibilidad, nuestra propia situación era precaria. Pronto solo quedó el ruido del oleaje chocando contra nuestros cuerpos.

—¡Resistan! —gritó uno de los tres castañeteándole los dientes. ¡Soy Ju…Julio Gia…nni!

Supongo que su nombre debía darnos valor. Sería quizás el capellán. Sobre lo de resistir, más fácil era decirlo, que hacerlo. Empapados, ateridos de frío, con sed y miedo, debíamos tratar de distraer nuestra mente para no caer en la desesperación. Repasé lo sucedido poco antes de embarcarme: tras cinco años encarcelado, por fin pude sobornar al guarda. Paladeé, como un buen vino, esa primera noche de libertad. De algún lado robé ropa y me fui al embarcadero, donde subí al Sarsia como polizón…

Al amanecer, los restos del naufragio eran escasos y el océano había reclamado a Gianni.

El hombre que quedaba, con su barba y cabello empapados, y el rostro acartonado por la sal, se me figuró un extraño animal marino. Señaló con el dedo algo que flotaba a lo lejos.

—¿Ves eso?

—Una tortuga quizás —contesté cansado.

—No. Es uno de los botes salvavidas, está boca abajo.

Agucé la vista. Sí, podía ser.

—¿Puedes nadar hasta él?

—¿Por qué no nadas hacia él?

—Soy mayor, debo ahorrar fuerzas. Yo te cuido el madero.

Dudé. Aquel objeto era mi salvavidas y no debía perderlo.

—¡Vamos! ¡Debemos intentarlo!

Braceé en dirección al supuesto bote. En algún momento paré y miré hacia atrás. ¡Mi madero flotaba alejándose! «¡Hijo de puta!». Con el corazón desbocado nadé con más ahínco hasta tocar lo que parecía ser, en efecto, uno de los botes salvavidas. Era demasiado pesado para voltearlo yo solo. Le hice señas al marinero, quien nadó lento hasta donde me encontraba. Entre ambos, y con muchos trabajos, maniobramos hasta que pudimos subirnos a él.

—Te lo dije muchacho —dijo sonriendo—. Soy Ross.

Su cara avejentada me era familiar, quizá le había visto entrar en la bodega donde me oculté. Y luego, ¡la coincidencia de nombres!, pues yo también me llamaba Ross, aunque no se lo dije. Nadie debía saber mi identidad.

—¡Soltaste el madero! —le reproché.

—¡Se me zafó! No tiene importancia. ¡Tenemos esto! —dijo golpeando el bote dos veces con los nudillos mientras me mostraba sus dientes en una extraña mueca —No eres parte de la tripulación, ¿verdad?

No contesté. Ross, el viejo, me lanzó una mirada inquietante. Me pareció que se asomaba a mis secretos, que conocía mi identidad.

Cuando el hambre, la sed y el sol parecían insoportables, se quitó la camisa, usándola cual red para atrapar peces. Le miraba incrédulo, pero al final sacó un pez, al que embistió a dentelladas hasta que este dejó de moverse en su boca. Me miró mientras su barba espesa chorreaba sangre. Traté de imitarlo fracasando muchas veces, cuando por fin pude sacar un pez diminuto y me lo eché en la boca, este se escapó y cayó en el piso del bote mientras yo tuve amagos de arcadas. Lo recogió sonriendo, burlon. Pensé que me lo daría, pero lo engulló sin miramientos.

Pasábamos la mayor parte del día guareciéndonos como podíamos del sol y por las noches el frío nos calaba los huesos. Me sentía débil y un día la desesperación me hizo tomar agua de mar.

—¡Eso es chico! ¡Acábatela toda! ¡Hay que acelerar lo inevitable!

Después de dar unos cuantos tragos, no pude más y me eché a llorar sin lágrimas.

—La juventud no sabe enfrentarse a las adversidades. ¡Mírate! ¡Estás hecho un guiñapo!

—Por… favor… ayúdame.

—Los asesinos no merecen vivir —dijo.

Quise gritarle que el hombre que maté había tundido a golpes a mi madre y que uno de mis hermanos había nacido muerto por las palizas, pero ya no tenía voz.

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No lo ayudé. Al otro día aquel debilucho estaba muerto. Lo desnudé y lo tiré por la borda. Su cuerpo blanquecino, como un fantasma, se alejó del bote a merced de las corrientes. «Ya era hora, pedazo de estúpido».

Quiso la suerte que esa noche lloviera. Saqué la lengua para beber con fruición aquel regalo y por primera vez en días tuve la certeza de que sobreviviría. Días después, al ser rescatado, me preguntaron si había habido otros sobrevivientes, conté sobre un infortunado Ross, un polizón que no había durado ni doce horas. Me identifiqué como Julio Gianni y pedí que me dejaran en el siguiente puerto.

Nadie sabría sobre la lucha que se libró en ese bote, donde tuve que dejar morir la parte joven e inocente de mí mismo, para dar paso a este adulto triste que ahí enfrentó a sus propios fantasmas y a la misma muerte. La gente que hoy me mira a los ojos intuye esa pérdida, muchos la reconocen en ellos mismos, pero no saben precisar cuando sucedió. Yo sí, fue en el mar, tras el hundimiento del «Sarsia».

884 palabras.

Autor: Ana Piera

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Desamor. Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de marzo 2025: Escribir un relato de desamor en no más de 250 palabras.

Con los ojos empañados, las manos temblorosas y sintiéndose una estúpida, digitó la intrincada contraseña que en un tiempo significó la puerta a la felicidad.

El blog privado había sido idea de él. ¡Tantos mensajes! Aunque ninguno reciente, y los últimos eran entradas propias, preñadas de preguntas, lamentos y tristeza que no encontraban eco en ninguna parte.

Esta vez supo resistirse al impulso de leer los del tiempo de la dicha, donde una frase hacía la diferencia entre un día de mierda y uno glorioso. Suspiró. Lo que fue bello, ahora la dañaba. Después de cinco años, reconoció que todo había sido una mentira, un juego cruel. Con el corazón roto eliminó aquel blog, y con su desaparición, supo dar por fin el primer paso para sanar: amarse primero a sí misma.

Autor: Ana Laura Piera.

133 palabras.

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La Boda – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de enero 2025, cuyo tema gira en torno al tema de la vejez. No debe superar las 250 palabras.

De un día para otro la vieja Adela pasó del marasmo a un nivel de actividad inusitado. En el día hablaba de cosas extrañas, algo sobre una boda, y durante la noche las palabras de su boca no se entendían. Una de sus compañeras de cuarto en la residencia de ancianos, dijo que parecía estar hablando en náhuatl.

—Náhuatl o chino, ¡necesitamos dormir! —dijo desesperada otra de las ancianas.

—Adela dice que no entiende que hacemos aquí confinados cuando en otras épocas los viejos eran tenidos en alta estima y hacían actividades importantes para la comunidad. Como ella, que anda «organizando» una boda. ¡Válgame!

—Para mí que se le fue la olla. Está mezclando un tiempo remoto con el presente. Ayer dijo que había ido a pedir a la novia en nombre de la familia del novio, y que también negociaría la dote. ¡Los novios tienen nombres prehispánicos!

—¿Se acuerdan cuando abajo de su cama aparecieron unos pequeños ídolos de barro y pensaron que ella desenterraba cosas del jardín? Un enfermero dijo que abajo de la residencia podía haber una zona arqueológica.

—¡Que mañana será la boda! ¿Estará recordando alguna vida pasada?

Después de la «boda» se encontraron a Adela sin vida. Iba vestida a la usanza prehispánica, su cuerpo olía a humo de copal y su largo cabello gris iba trenzado y entrelazado con flores. En su rostro había una sonrisa dulce.

Nadie nunca pudo explicar nada. Sus compañeras al fin pudieron descansar a pierna suelta.

249 palabras.

Autor: Ana Piera

Nota: En la sociedad prehispánica, a diferencia de la contemporánea, el anciano conservaba un sitio prominente por el respeto y consideraciones que despertaba, así como por las funciones que desarrollaba.
Estas actividades las podemos clasificar de la siguiente manera:
Actividades de familia: relativas a la educación de los menores, como cohesionadores del orden familiar y realizando arreglos matrimoniales. Actividades de gobierno: los ancianos en la sociedad prehispánica
eventualmente eran los gobernantes, pero siempre estaban presentes en la vida ritual, como consejeros de gobernantes, como intermediarios del pueblo ante los gobernantes, pues se apreciaba mucho su experiencia, sabiduría y propiedad para hablar.
Los ancianos nunca dejaban de contar con la protección de su familia.

Fuente: http://investigacion.politicas.unam.mx/ras/wp-content/uploads/2016/12/030_02_ancianoepocaprehispanica.pdf

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Nueva Ruta – Microrrelato.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro que este mes de Noviembre, tiene como tema: El Personaje y su Entorno. Hay que escribir un microrrelato en el que el entorno refleje las emociones del personaje.

imagen generada por IA


La soledad era ahora algo tangible. Los objetos que alguna vez Héctor usó, se sentían cargados de recuerdos. Incapaz de hacerles frente, la androide se había encerrado en el módulo de recarga de la pequeña nave terrestre «Juno», desde donde podía ver, por una escotilla, lo obscuro del espacio, tan negro como su ánimo.

—«Control de Misión» a Nova. ¡Nova, responde!

Mientras la nave seguía su curso, un destello de luz anaranjada interrumpió la negrura habitual del espacio profundo.

—¡Aquí Nova! ¿Registraron ese estallido?

—Sí, proviene de una galaxia lejana. No hay explicación. ¿Por qué no respondías?

—¡Es una luz tan hermosa! Lo ha iluminado todo. ¡Hacía falta!

—Nova haz el favor de hacerte un autodiagnóstico. ¿Lanzaste fuera el cuerpo de Héctor como dicta el protocolo?

—Sí —mintió.

La bella luz anaranjada no duró. La «Juno» entró en un campo de asteroides. Aun con el escudo puesto, la nave recibió fuertes impactos. Nova parecía un alma en pena, Héctor la hubiera tenido abrazada protectoramente.

Cuando una nave alienígena tripulada por empáticos pidió permiso para abordar, «Control» se opuso, pero Nova desobedeció.

Al partir los visitantes, Nova se sentía ligera y optimista: los alienígenas pudieron rescatar la consciencia de Héctor y la pusieron en un aparato desde donde se proyectaba su holograma. Su cariñosa presencia se sentía ahora en cada rincón de la nave.

La «Juno» dejó de responder a «Control de Misión». Nova, la androide con sentimientos, y Héctor el holograma humano, trazaron juntos, una nueva ruta.

Autor: Ana Laura Piera.

249 palabras.

P.D. En este relato «juego» con la idea de una androide capaz de sentir como los seres humanos y además, desobediente. ¿Llegará el punto en que suceda así?

También me tomé una licencia sobre lo de la luz anaranjada. Sé que en el espacio no se puede ver la «luz», como la vemos en la Tierra, ya que el espacio no contiene aire u otros elementos que la puedan reflejar. Es gracias a la tecnología de nuestros días que se puede analizar la radiación emitida por los cuerpos celestes y podemos ver su «luz».

Autor:Ana Piera

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El Mediador. Cuento Corto.

Mi participación en la convocatoria de El Tintero de Oro que este mes de octubre homenajea al escritor Miguel Delibes y su obra «El Camino». Condiciones: escribir un relato que no exceda las 900 palabras, ambientado en un medio rural o donde la naturaleza desempeñe un papel fundamental.

Ya eran mediados de junio y no llovía. Lorenzo Temich acercó un humeante pocillo de barro a sus labios y tras un sorbo paladeó con gusto su café negro. «Un pequeño placer ante las adversidades de la vida» —pensó. Su mirada traspasó la ventana, hacia el campo, donde cobijadas en la tierra seca, las semillas esperaban que del cielo les llegara la vida. Para empeorar las cosas, Facundo Cacahua, el «tiempero», quien se había encargado de mediar entre la divinidad del volcán, guardiana del agua, y los hombres, había muerto hacía tres meses y no se sabía quién sería su sucesor.

Lorenzo miró con disgusto los trastes sucios dejados por su hijo Fabián desde la noche anterior. Ya hablaría con él cuando regresara del campo.

En la plaza abarrotada del poblado, la viuda Soledad, que tenía fama de adivina, aseguraba haber visto el día anterior al mismísimo «Gregorio Chino Popocatépetl», y que este le había revelado quién sería el nuevo «tiempero».

—Se presentó como un anciano vestido de blanco, descalzo, con un sombrero de paja todo deshilachado. Ya ven que le gusta pasar desapercibido.

—¿Segura que era Él?

—¡Sí! Era el volcán en su forma humana, paseándose entre nosotros, como lo hace a veces. Me dijo que no llovería hasta que Fabián Temich lo visitara.

En ese momento se fueron a ver a Fabián, que andaba pastoreando vacas. Era apenas un joven de 17 años, juguetón, de rostro agradable y mirada melancólica. Le llamaron y él se acercó.

—¡Debe ser un error! —dijo sorprendido.

—El mismísimo volcán se lo dijo a Soledad.

—¡No puedo! ¡No quiero!

—¿Cómo que no quieres? ¡Necesitamos el agua! Tienes un deber, como lo tuvo antes Facundo Cacahua.

—¡Ni siquiera sé leer las nubes! Yo solo quiero cuidar a mis animales, busquen a otro.

Los de la comitiva dejaron escapar un bufido de disgusto casi al unísono. Mas ignorando la negativa de Fabián empezaron a pedirle cosas: «En mi parcela tengo semilla de haba, dile que no me olvide» «Yo tengo maíz, frijol y calabaza, si no llueve mis hijos se morirán de hambre»…

Cuando Fabián regresó a su hogar, lo esperaba Lorenzo, quien lo abrazó con fuerza.

—No te puedes negar mijo. Tienes un deber. ¡Ah! Y por muy «tiempero» que te vuelvas, no me andes dejando tus platos sin lavar.

Esa noche el joven no podía dormir por miedo a escuchar de verdad la voz de la montaña. Cuando al fin el cansancio lo venció, «Gregorio Chino Popocatépetl» se hizo presente en sus sueños, como una voz vieja, que conjuraba autoridad y ternura a la vez.

—Te necesito para que me visites y me lleves lo que necesito, como hacía Facundo.

—Debe haber alguien más digno.

—¡No me hagas enojar! A ver, necesito fruta, mezcal, mole, y tortillas. ¿Estás poniendo atención?

—Es que…

—No se te olviden las veladoras. También quiero tamales, pan dulce, flores y música.

—Pero…

—La ofrenda me la dejarás en la cueva. Solo tú entrarás y ahí hablaremos.

Fabián tenía miedo. El peso de la responsabilidad por las lluvias era demasiado. Si fracasaba, todos lo culparían. Dudaba entre aceptar ese destino o buscarse la vida en otro sitio. Hizo un hatillo con algo de ropa y pensó en escapar al amanecer. A las cinco de la mañana, todavía oscuro, escuchó ruido de personas afuera de su casa. Soledad y otras mujeres coordinaban la recepción de las ofrendas que llevaban los pobladores. Su padre, Lorenzo, servía café para todos. La esperanza era mucha. En ese momento sintió que al menos debía intentarlo.

Entre vítores y aplausos, salió el nuevo «tiempero» acompañado de un grupo de hombres, mujeres y tres mulas que cargaban lo más pesado. Su objetivo era subir al volcán, que majestuoso, presidía sobre el valle. Conforme ascendían, los pies se hundían en la ceniza suelta y los aires de la montaña la aventaban a los ojos, dificultando el avance.

Fabián iba recordando sus sueños de niño, mismos que nunca contó a nadie, cuando se veía asimismo arriba del volcán. ¿Sería que desde entonces Gregorio lo había escogido? ¿El volcán sería de fiar?

A seiscientos metros del cráter, divisaron la cueva. Cruces blancas y restos de ofrendas pasadas marcaban el sitio. La entrada era una rajadura angosta en la piedra. Fabián entró, y le fueron pasando todo.

Adentro de la cueva hacía calor y se oían ruidos extraños. Torpemente, encendió velas, acomodó la ofrenda y esperó. Una ráfaga de aire apagó las luces y en completa oscuridad sintió que una mano helada se posaba en su hombro y un escalofrío lo recorrió de arriba a abajo.

—Gracias por venir. A partir de ahora te visitaré más seguido. Te enseñaré a leer las nubes, a estorbar el granizo y a sanar dolencias. Afuera harás una oración a Dios nuestro Señor y a la Virgen, y luego me pedirás lluvia. Confía en mí.

Fabián hizo como Gregorio le pidió y al terminar la oración se escuchó un fuerte tronido. Alzaron la vista al cielo, que estaba azul y sin nubes. Inexplicablemente, empezó a llover con fuerza. Todos cayeron de rodillas, dando gracias.

El regreso se dificultó por la lluvia, pero a la gente no le importó. En cuanto a Fabián, ya no sentía miedo, estaba listo para abrazar sus nuevas responsabilidades aunque tendría que negociar con su padre, porque aquello de lavar trastes no se le daba muy bien.

899 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

En este relato aparece el nombre de Facundo Cacahua, si quieres leer una historia donde él fue el protagonista te dejo el enlace AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-mediador-cuento-corto/

Notas:

«Tiemperos», «graniceros» o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen es un sincretismo entre creencias pre-hispánicas y cristianismo. Esta tradición expresada en el relato, sigue viva hasta el día de hoy.

¿Qué conexión tiene la montaña con el clima? En gran parte de Mesoamérica se creía que las montañas «guardaban» todo lo necesario para la subsistencia: lluvias, semillas, vientos, aguas, manantiales, nubes, rayos, granizo etc.

«Gregorio Chino Popocatépetl, o cariñosamente: Don Goyo» es el nombre que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, (en lengua náhuatl: «el cerro que humea»), un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de México. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto

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