El otro hijo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras que cumpla con ser intertextual. (Inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época…)

Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.

Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermano Ícaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!

Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera!
¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?

Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.

Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo apenas un punto insignificante,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.

Mi competencia: felizmente eliminada.

197 palabras

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.

El abrazo de la bestia – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando, de Lidia Castro. Se trata de hacer un micorrelato de no más de cien palabras inspirado en la imagen, que incluya la piedra cuarzo rosa y de forma opcional tenga algo sobre la flor de bach: beech (esencia de haya)

Cerró los ojos tras inyectarse en el brazo; un cuarzo rosa rodó de su mano mientras el sofá desvencijado se hundía en un lecho de hojas. La envolvió una esencia de hayas en un claro luminoso.

Lo vio dormido y se acurrucó junto a él. Un fuerte olor animal se impuso. El musculoso cuerpo y su fuerte respiración le recordaron su peligrosidad.

En esa realidad sintética hallaba lo que no tenía afuera: aceptación, paz…

Sintió al león desperezarse. El día había llegado. Siempre supo que terminaría devorada. Sería como disolverse en el sueño, nunca despertar.

100 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

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El Tesoro

A veces la providencia tiene sus propios tiempos y caminos…

Lucas Rodríguez cerró su carpintería y empezó a andar hacia su casa. Iba distraído, pensaba en su último trabajo: la cuna para su hijo. Aún faltaban algunos detalles para terminarla.

«El niño se llamará Mateo», había decidido Lucas, pero también lo habían decidido las innumerables y antiguas voces de sus antepasados, susurrándole al oído. Poner nombres tomados de la Biblia era toda una tradición, en especial los de los evangelistas. Por eso en la familia de Lucas abundaban los «Mateos», «Marcos», «Lucas» y «Juanes». Su niño no sería la excepción y tendría la cuna más linda de todas.

Absorto en la elaboración de la cuna, apenas había reparado en las dificultades de la pequeña isla donde vivía. San José era un lugar remoto y dependía del gobierno para recibir la gasolina necesaria para salir a pescar y sostener a las familias. La situación era mala: el suministro llevaba meses fallando y la gente estaba desesperada.

Su mujer, Socorro, lo recibió en la puerta, agitando nerviosa su panza de ocho meses. —¡Lucas, por fin llegas! ¡Vete para la playa! —Había urgencia en su voz. Lucas tenía ganas de descansar un poco y quizá tomarse una cerveza, así que puso los ojos en blanco y preguntó:

—¿Qué pasa ahora, mujer?

—¡Están encontrando oro en la playa! —dijo emocionada—. Ildefonso fue el primero: halló una esclava de oro. Luego Servando encontró un anillo. ¡Apúrate, hombre, o no nos tocará nada! —Lo empujó hacia la puerta con la fuerza de un tren.

Sin entender mucho, Lucas se encaminó a la playa. El camino era cuesta abajo y parecía una carrera: mucha gente del pueblo también iba hacia allá. Vio rodar a Heliodoro, el panadero, que tras un paso en falso acabó con su obesa humanidad contra el monumento que señalaba la entrada al embarcadero. Quiso detenerse a ayudarlo, pero la inercia de la muchedumbre se lo impidió. Todos terminaron a la orilla del mar, moviendo aquella arena dorada con pies y manos. Cavaban enormes hoyos con la esperanza de encontrar algo.

En un rincón estaba doña Angustias, una de las beatas del pueblo, recitando a pleno pulmón versículos de la Biblia que se sabía de memoria, con voz aguda como graznidos de pájaro:

«El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda…»

Gritos de júbilo: alguien había encontrado una pulsera.

«Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido…»

Parecía como si la arena pariera oro. Lucas escarbaba también y se topó con una copa de oro macizo.

«Te doy gracias de todo corazón; me alegro contigo.
¡Cuántas maravillas has realizado en mi vida, Señor mío!»

Hasta el golpeado Heliodoro estaba sentado, llorando de alegría, con varias monedas doradas entre sus manos.

«… Quiero dar testimonio de tu bondad y ternura para conmigo y cantar,
Señor Jesús, lo que tú has hecho con mi historia…»

Lucas pensó que el verdadero milagro era que nadie golpeara a nadie, que todos se alegraran por los hallazgos de los demás. En verdad, aquel hecho inexplicable daría de comer a la gente del pueblo por varios meses, hasta que se regularizara la escasez de combustible. Él tendría dinero para enfrentar los tiempos que se avecinaban y el nacimiento de Mateo.


En otro tiempo y en otra vida, unos sabios lanzaban maldiciones. El tesoro para el niño, cargado trabajosamente en los camellos, se había desparramado inadvertidamente en una playa del Golfo Pérsico por la que pasaron camino a Belén. Las embestidas del mar ya lo habían devorado. Solo quedaba incienso, mirra y casi nada de oro.

Autor: Ana Laura Piera

Este relato fue publicado originalmente en este blog el 24 de diciembre del 2020.

Reflexión sobre este relato en Reflexópolis.

Regalo de Navidad.

Cuento corto sobre el poder de los deseos y la fuerza de la familia.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer, casi sin ruido. Un gesto tan natural, querer cortar el agua del mar con los dedos, había causado la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya se había alejado del lugar donde mi hermano había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha y desapareció de nuestra vista. Pasaron unos minutos eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, impenetrable; esperaba, nervioso, el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, mostraba la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios: respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo nos acercaba a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, pero al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad, pues los rastros de la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido; el tiempo al fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo, lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot con apariencia infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de un insecto, y apenas sobresalían la pelvis y el pecho. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se encendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido, pero no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos antes de caminar hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio, su cuerpo emitió un resplandor rojizo.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo —otra vez aparecieron las luces azules—, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza fría al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo intentó dominar su emoción y nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Autor: Ana Laura Piera.

Este cuento fue publicado originalmente bajo el título «El Regreso», el 17 de diciembre de 2021. Hoy lo comparto nuevamente.

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La Mansión y sus Testigos.

Relato fantástico, gótico, contemporáneo.

Esta historia es mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre. Forzosamente se ha de incluir la introducción, (en cursiva), proporcionada por JascNet y ligeramente modificada por mí. La continuación (en negritas), es mi propuesta.


En la gran mansión suena la campana que avisa de la llegada de un nuevo huésped.

El anciano y todavía servicial mayordomo acude a abrir la pesada puerta que da acceso al caserón.

Al abrirla, y ver al personaje que ha llegado, sonríe.

—Buenas noches —dice el recién llegado con un estremecimiento y ligero castañear de dientes—. El tiempo está terrible y estoy helado de frío. ¿Podría cobijarme durante la noche en vuestra amable y cálida residencia?

—¡Por supuesto! —Dice el anciano, mostrando un gesto de satisfacción. Pasad y consideraos, desde este mismo momento, nuestro huésped. Os están esperando en el Salón.

—¿Cómo? ¿A mí?

—¡Efectivamente! —Responde el mayordomo y, sin más preámbulos, lo acompaña hasta la inmensa sala.

Nada más entrar, se nota la calidez de una enorme chimenea. Delante de ella hay un grupo de personajes, sentados en el suelo, que lo saludan y le dan la bienvenida. Unas extensas mesas muestran una gran variedad de viandas y suculentos néctares, fríos y calientes.

—Como puede usted ver —añade el hombre—, puede quitarse el frío, el hambre y la sed. Si necesita algo más, solo tiene que pedirlo. Pero…

—¡Vaya! Ya llegamos al pero de siempre… Seguro que tengo que pagar algo. ¿Verdad?

—¡Así es! —responde el anciano.

—¿Y me va a salir muy caro? No llevo gran cosa en los bolsillos.

—Será sencillo y barato. Acomódese junto a sus compañeros y cuéntenos un cuento.


Tragué saliva. Había llegado a la mansión esperando un recibimiento sencillo, pero lo que hallé fueron varios rostros conocidos que me miraban expectantes mientras disfrutaban del calor de la chimenea.

El mayordomo se me acercó, su mirada bondadosa chocó con la mía y dijo:

—No esté nervioso, joven, usted puede con esto y más —me extendió una copa de vino, que me calentó el alma, los huesos y me dio algo de valor.

—Les contaré una historia que nació bajo las luces de un circo —inicié inseguro—. Era famoso por sus payasos, sus animales exóticos, pero lo que realmente lo diferenciaba de otros eran sus trapecistas.

Busqué con la mirada al mayordomo, él me miró y asintió con la cabeza.

—Los números que efectuaba aquella familia de trapecistas eran legendarios. Gente de lugares lejanos venía solo por verlos actuar. El más pequeño de la familia, Dick, estaba muy consciente del orgullo que implicaba ser un Grayson y día a día se esforzaba por ser un miembro digno de su clan. Pero un día, las cuerdas, saboteadas por criminales, se quebraron y su familia se precipitó al vacío. Mientras escuchaba los gritos, que reverberarían por siempre en su alma, Dick tuvo el impulso de correr hacia los suyos, pero alguien lo detuvo y le abrazó.

Entre mis oyentes, algunos me miraban con pena, otros con sorpresa. No todos conocían la historia.

—La noche de la fatalidad, se encontraba entre el público un hombre maravilloso, el mismo que le había abrazado para que no viera el horror. Terminó adoptando al pequeño Dick. Le proporcionó techo, comida y sustento, pero también algo más importante que todo lo anterior: amor y atención. Con el tiempo, Dick creció lo suficiente para darse cuenta de que aquel hombre que le había salvado de la orfandad era más de lo que aparentaba, y quiso ser como él.

La mujer de la tiara dorada bajó la cabeza visiblemente emocionada, y por un momento aquel objeto dejó de reflejar el fuego de la chimenea.

—La juventud trae belleza, sí, pero también inmadurez y rebeldía. Aquel joven se cuestionó si había llegado a ser tan solo un pobre reflejo de su mentor. A menudo cuestionaba la forma en la que se hacían las cosas y los desacuerdos los distanciaron. Un día dejó la casa familiar decidido a buscar su propio camino y conocer su propia identidad. Y aunque encontró solaz y satisfacción en su nueva vida, siempre añoró la calidez del hogar, el amor de su padre y del fiel mayordomo.

Alfred, sollozaba quedamente.

El hombre de la capa roja, con ternura fraternal, la usó para enjugarle una lágrima a la rubia de la chaqueta negra de cuero y medias de red. Ella, fuerte y vulnerable, dejó escapar un suspiro.

Se abrió una puerta y ahí estaba el héroe murciélago. La mansión entera pareció contener la respiración. Se acercó con paso solemne, ajeno a los murmullos de sorpresa que había causado su entrada. Su mirada indescifrable estaba fija en mí, su hijo adoptivo. Le miré también. Todo mi ser temblaba de emoción.

El abrazo fue inevitable. En él se fundieron el huérfano Dick, el Robin de antes y el Nightwing del presente.

Los oyentes lloraban junto con Alfred, el fiel guardián. Mas tarde me confesaría su emoción al sentir que la familia estaba completa de nuevo.

No hubo necesidad de terminar el relato, la historia se contó sola.

Autor: Ana Piera

Nota:

Este relato es una obra de ficción. Los nombres mencionados pertenecen a sus respectivos propietarios y se utilizan aquí únicamente como referencia cultural. No se reclama propiedad ni se pretende reproducir sus historias oficiales, sino reinterpretarlas en clave literaria y simbólica. (fanfiction)

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El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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El enano y la mariposa de luz.

En su blog, Lidia Castro nos reta a hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en la imagen, que incluya el elemento del dado: «enano minero» y opcional, que aparezca algo relacionado con el cinematógrafo.

Atrapada en una bombilla sin filamento, la mariposa de las minas brillaba con furia. Zimri, el enano minero, la miraba fascinado: su luz proyectaba sombras danzantes sobre su pared desnuda. «No tengo nada que envidiarles a los parisinos con su cinematógrafo» —pensaba mientras la mariposa iluminaba su soledad. El resplandor fue menguando y Zimri temió perder su espectáculo. Una mañana la encontró muerta. Enfermo de tristeza, comprendió que la verdadera función estaba en la mina: allí las mariposas volaban libres y centelleaban como constelaciones. Nunca más volvió a encerrarlas en bombillas.

98 palabras.

Autor: Ana Piera

Por favor, deja tu nombre si eres tan amable de comentar, a veces wordpress me los pone como anónimos. Gracias.

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Río

Cuento corto de lealtad y terror.

Mi propuesta para el VadeReto de noviembre: hacer un relato de terror «clásico».

Cuando salí de mi casa la noche era tibia y serena. El resplandor plateado de la luna llena iluminaba mis pasos. Rumbo al cementerio, metí mi mano en uno de los bolsos de mi saco hasta encontrarme con la cajita de madera que contenía las cenizas de Río. Mi tío le había puesto ese nombre porque decía que ese perro, con su energía inagotable, era como un torrente, siempre fluyendo, siempre en movimiento.

Habían pasado semanas desde su muerte y yo ya no quería dilatar más el cumplir la promesa hecha a su dueño de reunirlos. Conforme me iba acercando al panteón se levantó un aire frío y endemoniado que cortaba la piel como cuchillo. Los árboles crujían protestando por aquellos embates helados. Jirones de nubes negras ocultaron la luna sumiendo todo en la casi total oscuridad. «¡Qué mala suerte!» Estuve a punto de darme la vuelta y regresar a casa, pero la cajita de madera parecía quemarme la mano, obligándome a seguir.

A esa hora de la noche, el vigilante del cementerio estaría dormido, no me haría preguntas incómodas. Tampoco habría miradas indiscretas de personas que me vieran enterrando a Río, lo cual estaba prohibido. ¡Hasta podrían quitarme las cenizas y multarme! Saqué una pequeña linterna de bolsillo y me adentré en el camposanto buscando la lápida de Andoni Riera.

Seis años antes, yo había estado presente en su funeral, junto con su perro, y por ello había estado seguro de que podía encontrar la tumba, pero ahora dudaba. De repente, la luna llena se despojó de su sudario de nubes e iluminó todo con su luz blanquecina, en ese momento, un aullido rasgó la noche y me heló la sangre: ¡un lobo! No había pensado en la fama que tenía el lugar de ser guarida de lobos. Tenía que darme prisa.

Ayudado por la luna, me pareció ver más adelante lo que buscaba: un monumento de granito gris, de líneas puras, sin más ornamentos que una simple cruz. Me acerqué, ¡ahí estaba el nombre de mi tío! Saqué con dedos trémulos la cajita con las cenizas y cavé rápidamente un hueco en la tierra. Otro aullido, esta vez más cercano, hizo que me detuviera en seco. Se oía como la fusión de un grito humano y el aullido de un lobo. Temblando, coloqué la cajita en el hueco y la cubrí lo mejor que pude.

Los bramidos iracundos de la criatura se escuchaban muy cerca. Una sombra abominable se proyectaba sobre las tumbas, el aire olía a piel y excrementos de animal. Yo buscaba la salida frenético, pero parecía que estaba en un laberinto y que cada paso me adentraba más en él. La intensidad de su asqueroso olor me indicaba su cercanía. Me escondí detrás de una lápida y lo escuché pasar, olfateando el aire y deteniéndose justo donde yo me encontraba. Salí corriendo, queriendo escapar de lo que fuera que me estaba persiguiendo; una tumba recién cavada se atravesó en mi camino y caí de bruces. Sentí una respiración pesada sobre mí. Al voltearme, vi a un licántropo que me miraba ávido desde el borde de la fosa: era unas tres veces más alto que un hombre normal, su pelaje era espeso, negrísimo, y estaba erizado por la rabia. Su mandíbula, enorme y grotesca dejaba ver unos colmillos amarillos y babeantes. Levantó la cabeza y aulló una última vez a la luna antes de hacer amago de abalanzarse hacia mí. Fue entonces cuando, como una exhalación gaseosa, Río saltó por encima y se prendió del cuello de aquel ser repugnante. Río no era carne, sino más bien, una ráfaga helada que había logrado detener al monstruo. Este se revolvía furioso de un lado a otro buscando sacárselo de encima. Me incorporé y aprovechando los minutos que el perro me había regalado, corrí hasta traspasar la verja, y con el corazón en la boca, seguí corriendo. No me detuve hasta llegar frente a mi casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de mí. Fue entonces cuando me invadió una sensacion de alivio sin igual y pude musitar «gracias, Río».

En la jornada siguiente, mientras tomaba café, pensé que volvería en otra ocasión al cementerio a visitar a Andoni y a Río, pero sería de día, ¡nunca más de noche! Supe con certeza que el torrente que había sido Río en vida, en realidad nunca se había detenido, había fluído hasta el final para cuidar de mí.

Autor: Ana Piera.

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Tortuga celeste.

Microrrelato de fuego, estrellas y tradiciones.

Mi propuesta para el microrreto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras inspirado en una constelación.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Las noches eran más frescas y Ah Kin, envuelto en su manta de algodón, aguardaba la aparición de la tortuga celeste, como llamaban los mayas a la constelación de Orión. Su hija Ix Muyal, de cuatro años, le preguntó:

—¿Qué buscas, ta?

—La señal para iniciar los ritos de cosecha. Son tres luces brillantes, que forman parte de «la tortuga». Representan las tres piedras del fogón del universo y de ellas surge el dios del maíz, pero este año ya se tardó.

En la milpa, el padre observaba el equilibrio ancestral: al frijol trepando al maíz, la calabaza cubriendo la tierra. Todo parecía en orden, menos el cielo.

Ix Muyal y su padre caminaron hacia el cenote sagrado con ofrendas: granos secos y pozol con miel. El sendero entre la selva estaba lleno de murmullos, aroma de copal y plegarias. Los sacerdotes repetían: “Hay que recordar el mito”.

De regreso, Ah Kin narró cómo la tortuga nadaba en el océano primigenio, sosteniendo el mundo sobre su caparazón. Ix Muyal, notó las piedras del fogón de su vivienda desalineadas. Las acomodaron.

—Quizá la tortuga no podía nadar y el dios seguía dormido —dijo esperanzada.

—Nuestro fuego es muy humilde como para que los dioses se fijen, hija.

Pero esa noche, los gritos de júbilo de Ah Kin anunciaron el regreso de la tortuga.

Desde entonces, Ix Muyal se asegura de que las piedras del hogar estén alineadas. Sabe que los dioses también toman en cuenta los gestos pequeños.

249 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Los Tres Reinos.

Microrrelato de fantasía épica.

Mi propuesta para el reto de Escribir Jugando de Noviembre: un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imagen, que incluya la runa Sowilo y opcional algo relacionado con la Flor del Paraíso.

Con la runa de la victoria en el cuello, Gwendal selló el abismo donde yacen los impíos. Tierra, Mar y Cielo respiran al fin, libres del hedor del mal. Desde lo alto, un halcón desciende portando la Flor del Paraíso, la recompensa para los justos.
Ya no hay guerra, ni vigilia. Es tiempo de multiplicar la bondad.
Gwendal baja la guardia. Por primera vez, la guerrera piensa en sí misma. Los Tres Reinos la bendicen en silencio.

80 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

Los Tres Reinos también son metáfora de nosotros mismos; sobre ello escribí una reflexión en Reflexópolis, te invito a leerla.

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