Mi propuesta para el VadeReto de febrero: hacer un relato donde el disfraz /disfraces tengan relevancia, que se lleve a cabo preferentemente en carnavales.
284 palabras. Tiempo de lectura: un minuto y medio.
Desde el púlpito, el padre Gabriel exhortaba a sus feligreses a portarse bien durante el carnaval:
—¡Y no quiero enterarme de que alguno ande borracho y en malas compañías! ¡Y ustedes, mujeres, mejor quédense en sus casas pidiendo por las almas perdidas que deambulan durante estas festividades de dudoso provecho! ¡Espero no tener que confesar a tantos como el año pasado, que se me desgastó la oreja de oír barbaridades!
La gente salió de misa sintiéndose regañada antes de tiempo. Las tres beatas del pueblo: Dolores, Refugio y Patrocinio, miraban a todos con caras de «ya lo dijo el padre, ¡compórtense!»
El cura se quedó guardando algunos objetos litúrgicos, mandó decir que ese día no habría confesiones, pues se sentía mal, y salió corriendo a la casa parroquial.
Una vez en su sencilla habitación, impregnada de humedad y aroma a cirios, sacó de una cómoda una prenda envuelta en papel oscuro. La retiró con delicadeza de su envoltorio mientras su respiración se hacía más agitada. La tela de satín rojo atrajo las manos de Gabriel como un imán. La acarició con manos trémulas y pasó sus dedos por los cuernos plateados de la capucha. Luego miró con ojos entornados la máscara de gesto maligno. Se puso el disfraz con devoción, como cuando se vestía para la homilía, y se contempló en un manchado espejo de cuerpo entero. Su rostro se ensombreció cuando vio reflejado el crucifijo de su cabecera, donde un Cristo doliente lo miraba con dureza. Gabriel lo descolgó y lo guardó en un cajón. Luego se puso la máscara. El espejo reflejó un demonio de ojos ardientes.
De lejos le llegaron la música y el jolgorio. El carnaval acababa de iniciar.
Cuento corto fantástico sobreun rey, un mago y una rosa que se negó a morir.
Mi propuesta para el VadeReto de Enero, un relato que incluya a un rey y a un mago. El género deberá ser, preferentemente, fantasía.
El joven rey Edranor miró los decretos de esa mañana. La tinta en la que estaban escritos tenía un fulgor rojizo: «Que ninguna lámpara se apague durante la noche, pues la oscuridad se filtra en las almas débiles, propensas a violar la ley». «Que cada decreto se copie cuarenta veces y se repita otras tantas, para que la ley no se pierda en el viento». Tomó los pergaminos y los sopesó. Como de costumbre, tenían una carga mucho mayor de lo que uno supondría. Dejó escapar un hondo suspiro y los firmó.
El pueblo obedeció, aunque dormir con las luces encendidas era incómodo, pues estaba convencido de que el rey pensaba en su seguridad. Las repeticiones resultaban fastidiosas, pero qué se le iba a hacer. En cuanto a Edranor, se sentía desgraciado, cada palabra no era suya, sino del mago Esmedras, y él se sentía como una triste marioneta.
Siendo un pequeño príncipe, una noche apareció en su habitación un hechicero de rostro severo, ojos como brasas y una voz autoritaria que no admitía réplica: «¡Obedecerás! ¡Sin mí no eres nada! ¡Si no estoy, el mundo se derrumba!». El chico, impresionado, se sometió.
Con el tiempo, Edranor se preguntaba si realmente el mago era tan poderoso como decía. Esmedras, intuyendo las dudas, quiso hacer una demostración de su poder:
—Mira, príncipe insensato, observa esta rosa tan llena de vida y color; observa cómo bajo mi influjo pierde su fuerza —acto seguido, Esmedras tocó la rosa con uno de sus dedos puntiagudos y secos. La flor se marchitó hasta morir.
—¡Esto es solo una muy pequeña muestra de lo que soy capaz! —exclamó de forma dramática y desapareció en el aire.
Al día siguiente, sin embargo, Edranor vio que la rosa había revivido. De ser un lastimoso resto marchito, había recuperado su forma y lozanía. Las dudas se anidaron aún más en su corazón y un día decidió desobedecer a Esmedras. Coincidió que la reina, madre del príncipe, enfermó de muerte. El chiquillo pidió ayuda al mago, pero este se negó aduciendo que la desobediencia había causado la desgracia. Desde entonces, Edranor hacía sin chistar lo que Esmedras le dictaba, aunque día tras día crecía dentro de él el deseo de liberarse de su yugo.
Una noche, el rey Edranor se levantó del lecho empapado en sudor; tenía la piel erizada, como sucedía siempre que Esmedras andaba cerca. Un día antes, a punto de firmar uno de los edictos, sintió que ya era suficiente. En ese momento, el pesado pergamino había pasado a sentirse tan ligero como una pluma de ave.
La figura espigada del hechicero apareció en medio de un pasillo: su desordenada cabellera flotaba y sus ojos ardían como carbones. El rey temblaba, pero su hartazgo se impuso:
—¡Esmedras, ya no quiero ser tu títere! Si tanto quieres el control, gobierna tú. Al fin y al cabo, puedes hacerlo con tus poderes.
—¿Qué dices, insensato? —dijo el hechicero acercándose, mientras su rostro se desfiguraba por la furia.
—Te doy mi corona, ¡libérame! —le extendió con manos trémulas la corona de oro, símbolo de poder.
—No entiendes nada, Edranor. No puedo gobernar a golpes de magia, que puede ser inestable. Tú eres un instrumento útil para el fin de mantener todo en pie. Fíjate bien en lo que haces. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre cuando decidiste desobedecerme!
—¡Quizás no fui yo, ni tú! Quizás tu magia no podía salvarla. Tal vez no eres tan poderoso como dices —dijo titubeante, pero luego su voz adquirió firmeza—: Si tu magia no es confiable, ¡que gobierne mi voluntad!
Hizo ademán de volver a ceñirse la corona; esta le quemaba los dedos y se había vuelto tan pesada que estuvo a punto de tirarla. Por su mente pasó el recuerdo de su madre postrada y él llorando en silencio, cargado con una culpabilidad que lo había mantenido sumiso mucho tiempo. «Debo hacerlo, de ahora en adelante seré yo quien lleve las riendas de este reino, para bien o para mal» —con este pensamiento y haciendo un gran esfuerzo, bajó la corona hacia su cabeza. Esmedras se abalanzó para impedirlo lanzando un chillido de espanto, pero no pudo evitar que la joya reposara de nuevo sobre las sienes del rey. El cuerpo del mago se retorció como una sanguijuela mientras profería gritos horripilantes. Luego se desvaneció en medio de un humo denso y nauseabundo mientras regresaba a las bajas esferas del mundo de los magos mediocres. El silencio que siguió no fue de miedo; una honda sensación de bienestar y paz embargó al rey.
Al día siguiente, en su despacho, Edranor miró un edicto pendiente de Esmedras: «La desobediencia, aun la más leve, se castigará con la muerte, pues es la semilla de la rebelión».
Edranor golpeó la mesa con el puño y luego quemó los pergaminos en el fuego de la chimenea. De inmediato se sintió ligero, liberado del todo de la influencia de Esmedras. Nunca más volvió a sentirlo o a escucharlo.
En medio de la plaza, la gente aclamaba a su rey en el décimo aniversario de su coronación. Personas de todas las clases sociales le vitoreaban; atrás habían quedado los años en que sus decisiones parecían sacadas de un libro de hechizos absurdos. Todos recordaban cuando se les ordenó dormir con las luces encendidas, pero el rey había cancelado después esa orden tan extraña y otras más. Nuevas leyes, más sabias, habían emanado de él, ganándose el cariño y el respeto de todos. Con el tiempo se ganó el sobrenombre de «Edranor, el sabio».
Esta historia es mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre. Forzosamente se ha de incluir la introducción, (en cursiva), proporcionada por JascNet y ligeramente modificada por mí. La continuación (en negritas), es mi propuesta.
En la gran mansión suena la campana que avisa de la llegada de un nuevo huésped.
El anciano y todavía servicial mayordomo acude a abrir la pesada puerta que da acceso al caserón.
Al abrirla, y ver al personaje que ha llegado, sonríe.
—Buenas noches —dice el recién llegado con un estremecimiento y ligero castañear de dientes—. El tiempo está terrible y estoy helado de frío. ¿Podría cobijarme durante la noche en vuestra amable y cálida residencia?
—¡Por supuesto! —Dice el anciano, mostrando un gesto de satisfacción. Pasad y consideraos, desde este mismo momento, nuestro huésped. Os están esperando en el Salón.
—¿Cómo? ¿A mí?
—¡Efectivamente! —Responde el mayordomo y, sin más preámbulos, lo acompaña hasta la inmensa sala.
Nada más entrar, se nota la calidez de una enorme chimenea. Delante de ella hay un grupo de personajes, sentados en el suelo, que lo saludan y le dan la bienvenida. Unas extensas mesas muestran una gran variedad de viandas y suculentos néctares, fríos y calientes.
—Como puede usted ver —añade el hombre—, puede quitarse el frío, el hambre y la sed. Si necesita algo más, solo tiene que pedirlo. Pero…
—¡Vaya! Ya llegamos al pero de siempre… Seguro que tengo que pagar algo. ¿Verdad?
—¡Así es! —responde el anciano.
—¿Y me va a salir muy caro? No llevo gran cosa en los bolsillos.
—Será sencillo y barato. Acomódese junto a sus compañeros y cuéntenos un cuento.
Tragué saliva. Había llegado a la mansión esperando un recibimiento sencillo, pero lo que hallé fueron varios rostros conocidos que me miraban expectantes mientras disfrutaban del calor de la chimenea.
El mayordomo se me acercó, su mirada bondadosa chocó con la mía y dijo:
—No esté nervioso, joven, usted puede con esto y más —me extendió una copa de vino, que me calentó el alma, los huesosy me dio algo de valor.
—Les contaré una historia que nació bajo las luces de un circo —inicié inseguro—. Era famoso por sus payasos, sus animales exóticos, pero lo que realmente lo diferenciaba de otros eran sus trapecistas.
Busqué con la mirada al mayordomo, él me miró y asintió con la cabeza.
—Los números que efectuaba aquella familia de trapecistas eran legendarios. Gente de lugares lejanos venía solo por verlos actuar. El más pequeño de la familia, Dick, estaba muy consciente del orgullo que implicaba ser un Grayson y día a día se esforzaba por ser un miembro digno de su clan. Pero un día, las cuerdas, saboteadas por criminales, se quebraron y su familia se precipitó al vacío. Mientras escuchaba los gritos, que reverberarían por siempre en su alma, Dick tuvo el impulso de correr hacia los suyos, pero alguien lo detuvo y le abrazó.
Entre mis oyentes, algunos me miraban con pena, otros con sorpresa. No todos conocían la historia.
—La noche de la fatalidad, se encontraba entre el público un hombre maravilloso, el mismo que le había abrazado para que no viera el horror. Terminó adoptando al pequeño Dick. Le proporcionó techo, comida y sustento, pero también algo más importante que todo lo anterior: amor y atención. Con el tiempo, Dick creció lo suficiente para darse cuenta de que aquel hombre que le había salvado de la orfandad era más de lo que aparentaba, y quiso ser como él.
La mujer de la tiara dorada bajó la cabeza visiblemente emocionada, y por un momento aquel objeto dejó de reflejar el fuego de la chimenea.
—La juventud trae belleza, sí, pero también inmadurez y rebeldía. Aquel joven se cuestionó si había llegado a ser tan solo un pobre reflejo de su mentor. A menudo cuestionaba la forma en la que se hacían las cosas y los desacuerdos los distanciaron. Un día dejó la casa familiar decidido a buscar su propio camino y conocer su propia identidad. Y aunque encontró solaz y satisfacción en su nueva vida, siempre añoró la calidez del hogar, el amor de su padre y del fiel mayordomo.
Alfred, sollozaba quedamente.
El hombre de la capa roja, con ternura fraternal, la usó para enjugarle una lágrima a la rubia de la chaqueta negra de cuero y medias de red. Ella, fuerte y vulnerable, dejó escapar un suspiro.
Se abrió una puerta y ahí estaba el héroe murciélago. La mansión entera pareció contener la respiración. Se acercó con paso solemne, ajeno a los murmullos de sorpresa que había causado su entrada. Su mirada indescifrable estaba fija en mí, su hijo adoptivo. Le miré también. Todo mi ser temblaba de emoción.
El abrazo fue inevitable. En él se fundieron el huérfano Dick, el Robin de antes y el Nightwing del presente.
Los oyentes lloraban junto con Alfred, el fiel guardián. Mas tarde me confesaría su emoción al sentir que la familia estaba completa de nuevo.
No hubo necesidad de terminar el relato, la historia se contó sola.
Autor: Ana Piera
Nota:
Este relato es una obra de ficción. Los nombres mencionados pertenecen a sus respectivos propietarios y se utilizan aquí únicamente como referencia cultural. No se reclama propiedad ni se pretende reproducir sus historias oficiales, sino reinterpretarlas en clave literaria y simbólica. (fanfiction)
Por favor deja tu nombre junto a tu comentario, a veces wordpress los pone como anónimos. Gracias.
Mi propuesta para el VadeReto de noviembre: hacer un relato de terror «clásico».
Cuando salí de mi casa la noche era tibia y serena. El resplandor plateado de la luna llena iluminaba mis pasos. Rumbo al cementerio, metí mi mano en uno de los bolsos de mi saco hasta encontrarme con la cajita de madera que contenía las cenizas de Río. Mi tío le había puesto ese nombre porque decía que ese perro, con su energía inagotable, era como un torrente, siempre fluyendo, siempre en movimiento.
Habían pasado semanas desde su muerte y yo ya no quería dilatar más el cumplir la promesa hecha a su dueño de reunirlos. Conforme me iba acercando al panteón se levantó un aire frío y endemoniado que cortaba la piel como cuchillo. Los árboles crujían protestando por aquellos embates helados. Jirones de nubes negras ocultaron la luna sumiendo todo en la casi total oscuridad. «¡Qué mala suerte!» Estuve a punto de darme la vuelta y regresar a casa, pero la cajita de madera parecía quemarme la mano, obligándome a seguir.
A esa hora de la noche, el vigilante del cementerio estaría dormido, no me haría preguntas incómodas. Tampoco habría miradas indiscretas de personas que me vieran enterrando a Río, lo cual estaba prohibido. ¡Hasta podrían quitarme las cenizas y multarme! Saqué una pequeña linterna de bolsillo y me adentré en el camposanto buscando la lápida de Andoni Riera.
Seis años antes, yo había estado presente en su funeral, junto con su perro, y por ello había estado seguro de que podía encontrar la tumba, pero ahora dudaba. De repente, la luna llena se despojó de su sudario de nubes e iluminó todo con su luz blanquecina, en ese momento, un aullido rasgó la noche y me heló la sangre: ¡un lobo! No había pensado en la fama que tenía el lugar de ser guarida de lobos. Tenía que darme prisa.
Ayudado por la luna, me pareció ver más adelante lo que buscaba: un monumento de granito gris, de líneas puras, sin más ornamentos que una simple cruz. Me acerqué, ¡ahí estaba el nombre de mi tío! Saqué con dedos trémulos la cajita con las cenizas y cavé rápidamente un hueco en la tierra. Otro aullido, esta vez más cercano, hizo que me detuviera en seco. Se oía como la fusión de un grito humano y el aullido de un lobo. Temblando, coloqué la cajita en el hueco y la cubrí lo mejor que pude.
Los bramidos iracundos de la criatura se escuchaban muy cerca. Una sombra abominable se proyectaba sobre las tumbas, el aire olía a piel y excrementos de animal. Yo buscaba la salida frenético, pero parecía que estaba en un laberinto y que cada paso me adentraba más en él. La intensidad de su asqueroso olor me indicaba su cercanía. Me escondí detrás de una lápida y lo escuché pasar, olfateando el aire y deteniéndose justo donde yo me encontraba. Salí corriendo, queriendo escapar de lo que fuera que me estaba persiguiendo; una tumba recién cavada se atravesó en mi camino y caí de bruces. Sentí una respiración pesada sobre mí. Al voltearme, vi a un licántropo que me miraba ávido desde el borde de la fosa: era unas tres veces más alto que un hombre normal, su pelaje era espeso, negrísimo, y estaba erizado por la rabia. Su mandíbula, enorme y grotesca dejaba ver unos colmillos amarillos y babeantes. Levantó la cabeza y aulló una última vez a la luna antes de hacer amago de abalanzarse hacia mí. Fue entonces cuando, como una exhalación gaseosa, Río saltó por encima y se prendió del cuello de aquel ser repugnante. Río no era carne, sino más bien, una ráfaga helada que había logrado detener al monstruo. Este se revolvía furioso de un lado a otro buscando sacárselo de encima. Me incorporé y aprovechando los minutos que el perro me había regalado, corrí hasta traspasar la verja, y con el corazón en la boca, seguí corriendo. No me detuve hasta llegar frente a mi casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de mí. Fue entonces cuando me invadió una sensacion de alivio sin igual y pude musitar «gracias, Río».
En la jornada siguiente, mientras tomaba café, pensé que volvería en otra ocasión al cementerio a visitar a Andoni y a Río, pero sería de día, ¡nunca más de noche!Supe con certeza que el torrente que había sido Río en vida, en realidad nunca se había detenido, había fluído hasta el final para cuidar de mí.
Cuento corto de humor oscuro y fantasía encantada.
Tiempo de lectura: 3 minutos.
Este relato es mi propuesta para el VadeReto de Octubre. Te invito a pasar por el Acervo de Letras para que veas la imagen y las condiciones del reto y también leas otras propuestas.
Después de torturarlo toda la tarde con «calzón chino»,un andrajoso terminó confesando la existencia de un desván repleto de objetos que alguna vez se vendían en un viejo bazar. Solo por eso lo dejamos marchar.
Llegamos al lugar al anochecer: una solitaria casita en las afueras, ruinosa, nada especial, aparentemente abandonada.
En el desván, el sonido de las cerraduras al ser forzadas nos «despertó de nuevo». Los múltiples relojes de las paredes movieron sus manecillas, primero con lentitud después de haber estado inmóviles por años, luego ganaron velocidad, como hélices de aviones. No estaban midiendo el tiempo, medían otra cosa. Los peones, alfiles y caballos se bajaron de su tablero y entre todos lo levantaron. Desde arriba, los reyes y las reinas, solemnes, daban órdenes. Se colocaron en donde terminan las escaleras.
El viejo Dick, un enorme perro de peluche, tardó un poco más en reaccionar. Los años ya le pasaban factura, pero al fin pudo levantarse y tomar entre sus acojinadas fauces a la patineta que, emocionada, daba saltitos sobre sus ruedas. Dick la colocó en un peldaño intermedio, como quien prepara una trampa. «Ya sabes lo que tienes que hacer preciosa» —dijo con su voz amable y mullida.
La atmósfera había cambiado completamente, se sentía una corriente eléctrica que nos recorría a todos.
Después de que Klaus se encargara de las cerraduras de la puerta principal, pudimos entrar. Ayudados por nuestras linternas, inspeccionamos el sitio.
—Aquí no hay nadie, pero tampoco nada de valor —dijo molesto, paseando la luz, que reveló paredes desnudas, unos cuantos muebles desvencijados y cortinas rotas.
—¡Eres un pesado! El tipo dijo que lo bueno estaba en el desván. ¡Busquemos el acceso! —contesté—. Y oye, Klaus, si encontramos algo, que no pase lo de la otra vez, que te escondiste cosas para ti.
—¡Vamos Eric! ¡No sé de qué me hablas!
La realidad era que mi compañero no era de fiar, pero era muy habilidoso con las cerraduras. Ninguna se le resistía, hasta que intentó abrir la puerta de ese maldito desván, usó de todo: llave maestra, una lámina de plástico y la ganzúa. Frustrado, lanzaba maldiciones y sudaba como cerdo mientras intentaba una y otra vez sin éxito.
—¡Hazte a un lado! —dijo al fin, y pateó la puerta con todas sus fuerzas. —¡Ayúdame, estúpido! —gritócuando vio que esta no cedía.
La pateamos por turnos. Cuando por fin se abrió, nos envolvió un olor a madera envejecida, cuero reseco, plástico antiguo y polvo. Estornudé. Klaus lanzó la luz hacia abajo.
—¿Ves algo Klaus?
—¡Muchas cosas! —dijo emocionado—. ¡Más vale que sean buenas porque casi estoy seguro de que me fracturé un dedo del pie!
Klaus iba por delante bajando las escaleras con dificultad, que eran de madera y crujían ominosamente. Nuestras linternas comenzaron a fallar, parpadeando con luz débil.
—¿Pero qué diablos? —dijo Klaus y luego lo escuché gritar «¡Ayyy!»
Cuando uno de los intrusos pisó la patineta, voló por los aires y aterrizó sobre libros, portavelas y botellas. Ahí se quedó, quejándose de dolor.
El otro siguió bajando, llamando a gritos a su compañero. Sus linternas volvieron a funcionar. Rauda, la camiseta negra con el símbolo de la paz voló y le envolvió el rostro. No vio el tablero de ajedrez que le esperaba. Resbaló también.
Dick lanzó un ladrido suave al fonógrafo, que respondió con «Danubio Azul» de Strauss a todo volumen.
Al funcionar de nuevo las linternas, una tela que olía a moho me envolvió la cara. Pisé algo que me hizo caer. La tela parecía tener vida propia. Por más que lo intentaba, no lograba quitármela. Escuché a Klaus quejarse. De repente se escuchó a todo volumen música antigua, de esas que escuchan las abuelas.
Con la cara tapada, sentí que me daban de palos con varios objetos: identifiqué una raqueta de tenis, un bate, y otras cosas. También a Klaus le estaban dando duro. Aquella incursión nos estaba costando muy cara. Lo que había iniciado como un robo fácil se estaba volviendo una pesadilla.
—¡Nos rendimos! —grité con todas mis fuerzas—. Lo que fuera que hacía mover los objetos pareció escuchar. La tela que me apretaba el rostro se aflojó, resultó ser una camiseta negra. Alrededor de Klaus y de mí vi diferentes cosas. Un robot miniatura con mala cara agitaba sus pequeños brazos en actitud amenazante.
Klaus había quedado muy mal parado de la caída. Lo tuve que ayudar a levantarse. La música seguía taladrando nuestros oídos. Subimos con dificultad las escaleras; la puerta que habíamos abierto a la fuerza lucía restaurada, y sobre ella, colgaba un enorme cuadro: un paisaje campirano. Lo único que queríamos era salir. Al tratar de abrir la puerta, caímos dentro del paisaje. Desde entonces vivimos aquí. Sabemos que nos observan del otro lado.
En el desván nos envolvió de nuevo el silencio y el tiempo volvió a correr. Como si nada hubiera pasado.
Mitch odiaba perder el tiempo, pero se le escapaba igual. Su impaciencia tenía un costo: a menudo reiniciaba proyectos con más frecuencia de la que los terminaba.
En una habitación con piso de fino parqué y bajo un techo de vigas visibles de madera, Mitch tenía frente a sí varias pantallas electrónicas y un teclado retroiluminado. Parecía un director de orquesta: diseñaba, tomaba llamadas, asistía a juntas por Zoom. Cada segundo contaba; trabajaba desde casa para evitar el tráfico, comía alimentos instantáneos y detestaba las llamadas sociales. Pero esa vez, quien lo llamaba era su jefe, Patrick.
—¡Mitch! Quería saber cómo te va en el nuevo departamento. Bueno, «nuevo» es un decir. Tengo entendido que el edificio es bastante antiguo—el tono de Pat era un poco burlón.La llamada no era inocente; a veces hablaba solo para molestarlo.
—Hola, Pat. Sí, es un edificio viejo recién remodelado. Todo funciona bien. El cambio fue una pesadilla, hubiera preferido quedarme en el anterior, pero como sabes, harán una tienda departamental.
Patrick sonrió divertido, imaginando a Mitch furioso por la mudanza.
—¿Y pudiste domar a la «bestia italiana»?
Mitch había encontrado una vieja cafetera olvidada: una Pavoni Europiccola, máquina de espresso de los años 60, muy valorada por coleccionistas.
—No tengo tiempo para esas cosas, Pat. La guardé porque es de colección.Ni siquiera sé si funciona.
—Mitch, si alguien puede con ese reto, eres tú. Luego me cuentas. Ah, sobre la tablet: prefiero que no tengas prisa y nos entregues el prototipo bien depurado. ¡Hablamos!
La llamada incomodó a Mitch. Odiaba que opinaran sobre su trabajo y lamentaba haberle comentado a Pat sobre su hallazgo. Ahora no lo dejaría en paz. Esa misma noche decidió revisarla.
La Pavoni no desentonaba en la cocina reformada de Mitch; esta conservaba los gabinetes de madera originales, aunque pintados de color crema, y la encimera de granito en tonos oscuros. Bajo la luz led de una moderna luminaria de techo, le pareció un extractor de jugos glorificado; sin embargo, este modelo había revolucionado el café doméstico: miniaturizó la tecnología, empoderó al usuario y se convirtió en un ícono de diseñode su época. Mitch echó de menos una pantalla táctil. No tenía experiencia con artefactos analógicos y muy pocas veces hizo café. El Starbucks cercano cubría sus necesidades habituales de cafeína. Quizás debía investigar un poco, limpiar la máquina… pero tenía prisa. «¡Resultados!» «¿Qué tan difícil podía ser?«
La conectó a la corriente, activó el interruptor, puso agua en la caldera y, sin esperar la temperatura ideal, rellenó el portafiltro con un viejo café, descolorido y ya sin aroma, que estaba junto a la Pavoni cuando la encontró. El café se desbordaba. Para apisonar no utilizó el «tamper», sino que lo hizo con dos dedos, como untando mantequilla sobre un pan. Colocó el portafiltro, tomó la palanca y la bajó con decisión, esperando un chorro elegante de café con «crema».
Lo que ocurrió fue… un desastre.
El portafiltro mal sellado y la presión inestable lo hicieron salir disparado como un cohete. Mitch experimentó el momento como en cámara lenta: con los ojos muy abiertos por la sorpresa, lo vio elevarse, le pareció que hacía piruetas en el aire, esparciendo grumos y agua caliente por toda la cocina. Mitch terminó con café en el cabello, los ojos y la ropa empapada. Al final, la pieza cayó en picada, manchando el piso.
Mitch observó, molesto, a la cafetera, que liberaba vapor y goteaba, desafiante. Se imaginó a Pat observando la escena y riéndose de él. ¿Y si la tiraba a la basura? No, mejor venderla. ¿O intentarlo de nuevo? Mientras limpiaba, la miraba de reojo, cada vez con un poco más de respeto, aunque a regañadientes: su imponente palanca cromada, su caldera de latón manchada por el tiempo, montada sobre una base de acero inoxidable con acabado en negro. «Quizás deba ir con…» la palabra «calma» se le atoró en la cabeza; tan poco acostumbrado estaba a ella, que, al final, apenas pudo conjurarla.
Terminaba de fregar cuando su reloj inteligente vibró en su muñeca empapada, mostrando varias notificaciones. Respiró hondo y combatió la urgencia de revisarlas. Se obligó a terminar lo que hacía en la cocina. Cuando se marchaba, echó un vistazo a la cafetera. «Nos veremos otra vez».
Para el segundo intento, tenía un buen café en grano y un molino. Desconocía, sin embargo, la consistencia exacta que debía tener y lo molió grueso. Olvidó usar el «tamper». Tomó la palanca que creaba la presión, sintió el frío del metal en su mano. Presionó y esta bajó demasiado rápido. El resultado fue un brebaje aguado, de mal sabor y sin «crema». Se puso a limpiar malhumorado, con movimientos rápidos y torpes. «¡¡¡Ayyyyy!!!» Mitch se quemó el antebrazo con la caldera ardiente y que no contaba con un elemento aislante. Maldijo aquel diseño arcaico mientras miraba incrédulo un buen trozo de piel adherido a la caldera. Adolorido, corrió a buscar un ungüento para quemaduras. Mientras se curaba, decidió que no valía la pena el esfuerzo.
En los días que siguieron, se dedicó a afinar el proyecto de la tablet. Batallaba mucho con un código. Hizo lo impensable: decidió hacer algunas consultas técnicas; algo que desechó en un principio para ahorrar tiempo, pero que al final le ayudó a solucionar el problema.
Una segunda llamada de Pat comunicándole su deseo de probar uno de sus espressos, le hizo retomar la máquina otra vez. Decidió ver algunos tutoriales y videos sobre su uso. Compró una báscula digital.
Molió la cantidad exacta de café hasta que quedó con la consistencia de arena fina. Esta vez lo apisonó adecuadamente con el tamper. Luego de colocar el portafiltro tomó la palanca. No se apresuró como era su costumbre, la bajó lentamente, respetando la resistencia que presentaba el café. Este empezó a gotear, denso, sobre la taza. El ambiente se llenó de un fresco aroma con notas de frutos secos. Vio emocionado que se formaba la deseada «crema» color avellana. Le dio un sorbo y paladeó con calma el sedoso y agradable líquido. No pudo evitar un suspiro de satisfacción. Estaba muy bueno, el sabor se equilibraba entre lo amargo, lo dulce y lo ácido. Mucho mejor que sus cafés de cartón.
Estaba tan contento que, mientras lo bebía, se tomó unos minutos para curiosear por la ventana y saludar a sus vecinos. Le invadió una sensación de bienestar y calma. Reconoció que la prisa no era buena. Miró a la «bestia italiana» con nuevos ojos. Le había enseñado paciencia y se había convertido en «su maestro inesperado».
Pavonni Europiccola pre-millenium.
Autor: Ana Piera.
Si eres tan amable de comentar, por favor déjame tu nombre. WordPress no anda fino y los pone como anónimos. Mil gracias.
Mi propuesta para el VadeReto del mes de Agosto 2025, donde hay que hacer un relato basado en una imagen que escojamos de una galería que se nos presenta. Yo he escogido la que acompaña al texto (más abajo).
El océano era su vida. Había nacido en un velero, y seguía, de adulto, viviendo en uno, convertido a la vez en su hogar y medio de transporte. Sentir el rostro salpicado de brisa marina y su melena larga ondeando al viento mientras el casco blanco del «Ola Azul» atravesaba raudo la inmensidad líquida, era uno de sus más grandes placeres.
Se acercaba a tierra solo para abastecerse de agua dulce y algunos artículos necesarios: frutas, vegetales e implementos para reparar su embarcación. La proteína de su dieta venía de la pesca con arpón o red.
Se consideraba un nómada de océanos y mares. Siempre viajaba solo, evitando el contacto humano al máximo, desde que de niño sufrió la muerte de sus padres a manos de piratas que les abordaron para robarles. Su madre le salvó ocultándolo tras un gabinete.
La poca gente que le conocía, por sus infrecuentes arribos a pueblos costeros le tenían por loco y le auguraban una muerte solitaria y trágica.
Él no temía a esa muerte. Infinidad de veces se enfrentó a tormentas sin haber tenido tiempo de guarecerse. Maniobraba lo mejor que podía y aunque tenía fe en sí mismo y en el «Ola Azul», sabía que la suerte alguna vez acabaría y estaba listo para eso.
Nunca imaginó lo que el destino le tenía reservado:
Una tarde tormentosa, bajó a su camarote por un impermeable. De improviso, el violento vaivén de las olas dejó de sentirse y la embarcación toda crujió. Alarmado, escuchó el mástil romperse. Siguió un silencio ominoso. Emergió del camarote a una noche helada y oscura como boca de lobo. El barco parecía estar encallado en tierra firme. Con las primeras horas de la mañana sus ojos encontraron un paisaje surreal: su barco arruinado en medio de un vasto desierto.
Dawn Rose / Pixabay /Imagen elegida para inspirar el relato.
Bajó del velero, y sus pies, acostumbrados a la frescura del mar, se encontraron apresados por una arena seca y fina que le causó una sensación desagradable. Avanzó con dificultad, revisando el casco del «Ola Azul», que estaba roto en varios sitios. Desolado, miró a lo lejos y hasta donde alcanzaba la vista todo era yermo. Se derrumbó, incapaz de comprender lo sucedido. Así estuvo un buen rato, hasta que sintió que la arena, calentada por un sol inmisericorde, le quemaba la piel. La temperatura, que por la noche había estado tan baja, ahora subía hasta volverse insoportable. Al incorporarse, vio el árido paisaje a lo lejos desdibujarse entre ondas de calor. Buscó refugio en el camarote de su malograda embarcación, sacó una botella de whisky y se puso a beber.
Cayó en un sueño agitado inducido por la combinación de alcohol y calor. Soñaba que buceaba, arpón en mano, arropado por el mar. Sus ojos grandes observaban a las criaturas maravillosas que vivían en aquel vasto mundo: cardúmenes de peces, tiburones, rayas… Despertó justo cuando lanzaba el arpón a un pez, que en circunstancias normales se hubiera vuelto su comida. Reencontrarse con aquella realidad de pesadilla le afectó. ¿Qué había sucedido? Recordó la noche de la tormenta… quizás la fortuna se le había agotado y estaba muerto. O tal vez cruzó un umbral a otra dimensión. Esto último lo desechó, pues siempre fue un hombre práctico que no creía en esas cosas. La muerte tenía más sentidoaunquele sorprendía el hecho de seguir experimentando hambre y sed. Le hubiera gustado ver a sus padres, pero la soledad le había seguido hasta en la muerte.
Al atardecer decidió explorar un poco alejándose del barco. Como adivinando su intención, un viento insidioso que barría la arena con movimientos de serpiente lo desalentó. Pronto el viento se volvió tormenta, levantando arenilla que le cegaba y golpeaba como alfileres. Tuvo que encerrarse en el camarote. Tapó ventanas con lo que pudo, pues las pequeñas y finas partículas se colaban por todos lados. ¿Qué clase de infierno era aquel? ¿Qué dios podía ser tan cruel que le cambiara su amado océano por un desierto estéril y su amado velero, donde había sentido la libertad más hermosa por una cárcel?
Cuando el agua y el vino se acabaron, se preguntó, ¿qué seguiría? ¿Morir de nuevo? Presa de la desesperación, deseó con vehemencia algo imposible: que lloviera sobre aquel arenal inclemente. A lo lejos escuchó sobresaltado el ruido inconfundible de un relámpago. Miró en esa dirección, y observó incrédulo nubes oscuras, cargadas de líquido, que pronto estaban encima, derramando generosamente su contenido. Rió como un loco, bailó y saltó en medio de aquella lluvia. Luego reaccionó y sacó recipientes para recolectar el agua. La lluvia terminó pronto, pero fue suficiente para llenar sus reservas y refrescar su maltratado cuerpo. Trató de encontrarle lógica a lo que acababa de pasar. Desconocía casi todo sobre los desiertos, no sabía si era posible que lloviera en ellos, aunque fueran desiertos del inframundo. ¿Acaso su deseo había tenido algo que ver? Bebió aquella agua de lluvia, definitivamente se sentía real.
Al acabarse la comida deseó tener peces entre sus manos, para cocinarles y comer. Tras unos segundos, escuchó de nuevo un tronido que venía del cielo. Primero, cayó un pez sobre la cubierta. Escéptico, lo tomó. El animal se retorcía furioso, sintió la humedad de la escamosa y acerada piel. La boca se abría y cerraba en un vano intento por respirar. Luego, cayeron otros cuatro más. Estupefacto, miró aquella bonanza inesperada. Si aquello era la vida después de la muerte, quizás él todavía podía influir en ella.
La tristeza cambió a expectación. Tal vez él tenía potencial para cambiar su realidad. ¿Hasta dónde podría transformar aquello que le rodeaba? Imaginó el mar, se vio a bordo del «Ola Azul», disfrutando días de calma y también sorteando tempestades, necesarias para templar el espíritu. Poco a poco, la seca arena se humedeció. Se formaron charcos que gradualmente se interconectaron, y el nivel del agua subió lentamente. La embarcación, antes fracturada, ahora flotaba sin problemas sobre un mar imaginado. Se dispuso a navegar en aquel imposible. No sintió mucha diferencia con los mares que había conocido antes. Un agradable viento le acarició el rostro. Volvió a ser feliz. Decidió cambiarle el nombre a su velero, de «Ola Azul» a «Navegante Eterno».
La muerte no era el fin de todo, sino el inicio de algo nuevo, algo sobre lo cual él todavía tenía algo que decir.
Ana Piera.
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Mi propuesta para el VadeReto del mes de Junio, que nos pide un relato optimista y esperanzador inspirado en la imagen de unas palomas, puedes dar clic para verla aquí.
Un día una anciana excéntrica se fue a vivir a una cabaña abandonada ubicada en un bosque templado. Sus posesiones más valiosas eran una varita mágica y un palomar con algunas cuantas palomas. Aislada de todos y acompañada de las aves, la mujer, que en realidad era una maga poderosa venida a menos, a veces se ponía a lanzar encantamientos sin ton ni son. De esa forma algunas partes de la foresta quedaron hechizadas con resultados variados. También, al morir ella, uno de sus tantos hechizos locos había dejado una paloma mágica e inmortal: Corina.
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Carlitos se dio cuenta de que había perdido a Timy y Moly cuando ya llevaban más de la mitad de camino a casa.
—¡Noooooooo! ¡Timy y Moly se quedaron en el campamento! —gritó con todas las fuerzas que un niño de cinco años y buenos pulmones es capaz. Los padres de Carlitos se miraron preocupados y la hermana mayor se quedó mirando fijamente a su padre que iba al volante, pues temía lo peor. ¡Y lo peor para ella pasó! El hombre dio un brusco viraje y emprendieron el largo camino de regreso. Hayas, sicómoros, robles y demás les miraban burlones al pasar. La hermana adolescente reclamaba la decisión, mientras su hermano menor lloraba solo un poco menos desconsolado.
Al llegar al sitio del campamento, esperaban encontrar a Timy, el oso de felpa café y a Moly, la osa de felpa blanca y nariz ligeramente mayor que la de Timy. Ambos tenían en los carrillos, unos botones que simulaban ser mejillas sonrosadas. Los juguetes no se veían por ningún lado y Carlitos entró en crisis y tuvieron que retomar camino entre berridos y ataques de pánico además de innumerables «¡Se los dije!» de la hermana. De nada servía que le prometieran al histérico chiquillo que le iban a comprar otros, él solo quería a su Timy y Moly. ¿Pero, qué había pasado con ellos?
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Para empezar, no se llamaban así, sino: Ángelo y Donatella. Ambos habían visto incrédulos cómo se olvidaban de ellos pensando que formaban parte de la basura del campamento. Una vez que la camioneta partió, Donatella tomó la mano temblorosa de Ángelo y empezaron a caminar alejándose del sitio y de los senderos frecuentados por los campistas.
—¿Estás loca? —dijo el osito, mirando hacia atrás, esperando ver la camioneta de vuelta.
—¿No te das cuenta Ángelo? ¡Somos libres! —al decir esto las mejillas sonrosadas de Donatella se pusieron rojas como manzanas.
Ángelo parecía preocupado y no muy convencido de que la libertad era lo que más les convenía.
—Si no regresan por nosotros, iremos al verdadero vertedero de basura —dijo ella, y ahí sintió que su compañero dejó de resistirse.
Ambos caminaron mucho metiéndose en un bosque denso y pronto llegaron a la vera de un río de poca profundidad y anchura.
—¿Nos bañamos? ¡Hace tanto que no tomamos un baño! —dijo la osita mientras Ángelo trataba de detenerla.
—¡El agua está fría! —gritó—. ¡No puedes! ¡No debes! Y, ¿si nos descomponemos?
—¡Tontito! —dijo Donatella con más de la mitad de su rechoncho cuerpo en el río. ¿No te acuerdas de que nos metían en la bañera? Más de una vez nos olvidaron ahí más de lo debido. No pasa nada.
Ángelo dio unos cuantos pasos vacilantes, pero al final terminó metido en el riachuelo.
—No está mal —dijo, y por primera vez en ese día sus mejillas se pusieron rojas.
Se habían puesto a jugar, nadando, flotando y aventándose agua a la cara cuando el semblante demudado de la osa hizo que el Ángelo volteara en la dirección que ella miraba. Lo que había era un oso, pero uno de verdad, enorme, de pelaje café oscuro que los miraba con interés desde el otro lado.
—¡Nos comerá! —gritó el osito aterrado.
—Los osos de verdad no comen osos de peluche —dijo Donatella—. ¡Quedémonos quietos!
Pero el formidable animal caminó curioso y se detuvo frente a ellos. Al lado de los ositos parecía una colosal y peluda montaña.
—¿Y bueno, qué tenemos aquí? —dijo con voz profunda.
—¿Cómo es que habla? —cuchicheó Ángelo.
—Nosotros tampoco deberíamos poder hablar… ni caminar por nuestra cuenta, ni recordar —dijo Donatella, y se veía muy confundida, parecía que era la primera vez que pensaba en eso.
El oso real bajó la cabeza hacia ellos:
—¿Quieren volverse osos de verdad?
Los ositos se miraron uno al otro muy asombrados.
—¿Es posible eso? —dijo Donatella emocionada.
—Sí, pero antes debo decirles que su familia regresará por ustedes. Si quieren estar con ellos deben volver al lugar donde estaban; ahora, si desean volverse osos de verdad solo díganlo y sucederá.
—Yo ya no quiero ser el capricho de Carlitos —dijo la osa convencida.
—Yo… yo… —Ángelo trastabillaba —yo no quiero separarme de ti. Prefiero mil veces estar contigo que con Carlitos, que es muy voluble—el osito llevó su pequeña garra a su abdomen, donde estaba la huella de un tijeretazo que había sido remendadotorpemente.
El oso levantó una pata y por un momento los ositos pensaron que iban a acabar estampados contra el lecho del río, pero lo hizo con una delicadeza tremenda, deteniéndose a solo centímetros de sus pequeñas cabezas. Luego lanzó un sonoro gruñido que hizo temblar al par de amigos. En ese momento oyeron un suave aleteo, una hermosa paloma, enteramente blanca y de ojos amarillos-anaranjados, apareció y voló alrededor de ellos.
—¿Corina, puedes darte prisa? —dijo el oso grande—. Mi pata se está cansando.
La paloma comenzó a volar más rápido alrededor y los ositos experimentaron un aumento de tamaño, su frío interior de borra mojada, se sintió cálido, mientras sangre, huesos y músculos se iban formando en sus cavidades internas. Al final Corina bajó la intensidad y terminó parándose en la nariz de Bart, que así se llamaba el oso grande.
—¡Buen trabajo Corina!
—De nada grandote, ya sabes que siempre estoy lista para lo que se ofrezca. ¿Los llevarás contigo?
—¡Claro! Este par ya forman parte de mi familia. Les enseñaré la vida de los osos de verdad y aprenderán todo lo necesario para prosperaren libertad.
Corina se alejó volando, y Bart guio a Ángelo y a Donatella hacia su nueva vida.Iban excitados y muy felices.
Autor: Ana Piera.
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Mi propuesta para el VadeReto del mes de Mayo: un relato donde la oscuridad sea el elemento importante.
La india vestía pobremente, pero estaba limpia, llevaba una falda y blusa sencillas. Señaló un lugar en medio del piso de la plaza y dijo con vehemencia: «Ahí está ella, ¡sáquenla!»
Un capataz furioso se acercó y le gritó:«¡A quien vamos a sacar es a ti, y no regreses, o llamaré a la guardia!»
La joven, con la mansedumbre propia de los suyos, salió por su propio pie, mas a partir de aquel día se convirtió en un rostro familiar entre quienes, desde lejos, curioseaban las obras de mejora de la Plaza de Armas de Ciudad de México, convertida por muchos años, en un caótico y maloliente mercado. Había de todo: desde gente «respetable», hasta indios y personas de castas mixtas, estos últimos iban sucios, casi desnudos, cubiertos tan solo con una cobija o jerga.Corría el año de 1790.
«¡Ay Martina! ¿Se te hace justo? ¡Llevo más de 200 años inmersa en esta negrura!»
Venía soñando desde hacía tiempo con una voz femenina, curtida por el tiempo, que le hablaba.
«¿Y no tiene por ahí una vela que la alumbre? ¿Por qué está a oscuras?»
Se oyó un suspiro largo y hondo, cargado de recuerdos:
«Un día me bajaron de mi altar en lo alto y me escondieron aquí, en las entrañas de la tierra»
«¿Cómo se llama usted madrecita?»
«Haces bien en decirme madre, pues eso soy, tanto de dioses como de hombres por igual. Tengo muchos nombres, pero puedes decirme Coatlicue. Alguna vez fui venerada por los tuyos, hoy, pocos se acuerdan»
«En casa no se hablaba del pasado. Papá prohibió a mi abuelo contarnos nada, decía que lo anterior fue pecaminoso y que debíamos olvidarlo»
Martina era muy sensible, y le daba mucha pena imaginar a esa anciana envuelta en tinieblas. Antes de la remodelación, iba a la plaza, a un lugar específico que la diosa le había mostrado, ponía flores y empezaba un padrenuestro, aunque por alguna extraña razón, no lo sentía apropiado y se interrumpía. Quería expresarse de otra manera, pero no sabía cómo. Invariablemente, la corrían, ya fuera algún español o un criollo empoderado. «¡Ustedes afean esta ciudad! ¡Lárgate a tu casa india de mierda y no salgas! ¡Llévate tu basura! ¡Maldita plebe!»
«Martina, ya me van a sacar» «Sí, el capataz ha movido a las cuadrillas muy cerca de usted madrecita, creo que quedó intrigado» «¿Estarás ahí para verme?» «No me lo perdería por nada»
El día que la luz volvió a tocar el cuerpo de Coatlicue, el asombro fue general. Con muchos trabajos la pusieron de pie y el gentío que la miró, quedó perplejo. Martina no pudo evitar arrodillarse, su corazón se conmovió y derramó lágrimas de felicidad al verla liberada.
Era una mole de más de 24 toneladas, tallada en dura piedra de andesita semejando una figura femenina. Para la mayoría resultó una monstruosidad: No tenía cabeza, dos serpientes emergían de su cuello cercenado, simbolizando chorros de sangre. Tenía los pechos caídos, como los de una mujer que ha conocido la maternidad. De su cuello pendía un collar de corazones y manos humanas y un cráneo en medio. Un cinturón formado por una serpiente bicéfala sostenía una falda hecha de estos reptiles.
Entre los presentes, muchos no dejaban de persignarse aterrados, otros gritaron que aquello era un ídolo pagano y que debía destruirse. El corazón de Martina desfalleció al escucharlos, no podía imaginar ver a Coatlicue en pedazos. Las autoridades llevaron el monolito a un rincón de la Real Universidad Pontificia por órdenes del virrey, el segundo Conde de Revillagigedo, quien pidió que los sabios de la época la investigaran.
«Me tienen miedo, niña. Ellos no saben descifrarme. Solo entienden lo que conocen: la guerra, la muerte, pero también soy renacimiento, fertilidad y amor. Dime, ¿te causo temor?» «¿Temor? No. Respeto, sí» «Haces bien, hija».
Unos meses después se descubrió la llamada «Piedra del Sol» o «Calendario Azteca». Era un círculo perfecto, con fechas grabadas, una especie de almanaque indígena. Los españoles, por aquel entonces, deseaban demostrar que no conquistaron un pueblo bárbaro e ignorante, como decían sus enemigos. Y ese monolito era una prueba de que sus victorias sobre los indios tenían mérito. La «Piedra del Sol» fue empotrada en la torre poniente de la Catedral Metropolitana para que todos la vieran.Coatlicue mientras tanto, seguía arrinconada en la Universidad, pero hasta ahí se colaban algunos para verla y venerarla.
«Martina, la gente viene y me deja ofrendas, se arrodillan frente a mí» «Sí, madre, yo misma he llevado cirios, veladoras y flores. Queremos recordar» «Te mostraré todo en sueños hija. Hubo un tiempo en que éramos más de lo que somos ahora. Y también llegará el día en que retomaremos nuestro propio camino. ¿Sabes? Sé que volveré a la oscuridad» «¡No! ¿Por qué?» «Ya te lo he dicho, no pueden descifrarme y no les gusta que la gente quiera asomarse a su pasado»
Pocos días después, Martina ya no encontró a Coatlicue en la Universidad. Se había dado la orden de volverla a sepultar. Los monjes dominicos que tenían a cargo el Instituto, la consideraban una obra del demonio y una mala influencia para los estudiantes, sobre todo, les asustó ver a los indios adorándola después de casi 300 años de evangelización.
«Otra vez estará envuelta en un sudario de tinieblas» pensó con angustia.
Los sueños siguieron y Coatlicue le habló del pasado, pero también del futuro. Ella a su vez transmitió a otros lo que la diosa le enseñaba. Veinte años después, cuando comenzó el movimiento independentista, Martina se encontraba entre las filas de quienes buscaban la libertad. Entre ellos también había criollos, como Agustín de Iturbide, en cuya bandera insurgente había un águila y una serpiente, emblemas del pueblo derrotado por los españoles y que ahora buscaba su propio camino, como había dicho Coatlicue.
«¿Sabes hija? Nunca fui más feliz que cuando estuve sobre mi altar en lo alto, pero ver despertar al pueblo, se asemeja mucho»
FIN.
Autor: Ana Piera.
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Nota: Coatlicue fue una de las principales diosas mexicas. Se encontraba en lo alto del Templo Mayor. Había cuatro de estas temibles figuras, todas con diferentes variaciones entre sí. La que nos ha llegado más completa es Coatlicue. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Cortes obligó a Moctezuma a que la bajaran, hay recuentos hechos por los conquistadores (Andrés de Tapia) sobre lo que vieron en lo alto del Templo Mayor y que permiten reconocer el monolito de Coatlicue; también se narra la proeza de cómo la bajaron, para ser sustituida por imágenes cristianas. En cuanto a Coatlicue, ella fue «escondida» para que nadie la viera.
Fue descubierta, como dice el relato, durante los trabajos que se hicieron para remodelar la Plaza de Armas. Hubo muchas opiniones sobre lo que significaba la escultura, pero en realidad nadie la entendía. Como los indios empezaron a llevarle ofrendas, las autoridades de la Universidad decidieron volverla a enterrar. La deidad fue desenterrada en dos ocasiones: en 1803, a petición de estudioso Alejandro de Humboldt; y, en 1823, cuando el inventor William Bullock solicitó hacerle una copia en papel maché y se la llevó a Londres para exhibirla. En 1825, el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, la desenterró y la puso como obra de arte en el nuevo Museo Nacional. En 1964, con la fundación del Museo Nacional de Antropología, la Coatlicue al parecer encontró su lugar definitivo. En el año 2000 la Sala Mexica fue reacondicionada y la diosa instalada en el lugar en donde hoy la podemos contemplar.
Coatlicue en el Museo de Antropología de Ciudad de MéxicoAQUÍ
Mi propuesta para el VadeReto del mes de abril: Un relato donde aparezca un libro real, también debe incluir un personaje destacado de algún otro libro, y algún detalle que dé a entender que se desarrolla en primavera.
Cuando se tapó la tubería de la casa del matrimonio conformado por Artemio y Esperanza, en la Cd. de México, se presentó un tipo que dijo llamarse Hércules Poirot. En un español con acento extraño, explicó que era bueno para casi todo: desde resolver asesinatos y acertijos, hasta trabajos más humildes como albañilería y plomería. Con la electricidad no se metía desde una vez en que casi se electrocuta tratando de resolver un misterio. No tenía pinta de plomero, vestía elegantemente y usaba un extraño bigote, muy tieso, estilo militar. Sin embargo, le hicieron pasar, pues les urgía arreglar el desperfecto.Se notaba que no le gustaba ensuciarse, se quitó su fina chaqueta y en mangas de camisa se dispuso a cavar. En poco tiempo estaba empapado en sudor por el esfuerzo y el calor primaveral. En un momento dado, lanzó un grito de entusiasmo. ¡Había encontrado algo!
—¡Esto es la causa del problema! —les mostró triunfante una estatuilla de barro cocido, ennegrecida quizá por un incendio antiguo —probablemente es una pieza arqueológica, pues esta ciudad fue fundada sobre las ruinas de la capital del imperio mexica —dijo con aire conocedor.
Era una figura humana en posición sentada y con las piernas cruzadas, le faltaba la cabeza. En lo que quedaba del cuello pendía un collar de cuentas en forma de lágrima. Tenía los brazos sobre las piernas y en medio de ellas se veía un gran hueco, probablemente dejado por un enorme órgano sexual que seguramente corrió con la misma suerte que la cabeza: roto y perdido.
—Eso está muy raro Artemio— dijo la mujer en tono medroso, al mismo tiempo que se santiguaba, como le habían enseñado las monjas del Sagrado Corazón desde pequeña. En la cara de su marido se instaló una mueca burlona y luego dijo:
—Si damos aviso al gobierno, vienen y empiezan a hacer hoyos por todo el patio buscando más cosas —y luego, dirigiéndose a Hércules—:¡Termine de arreglar y tape todo! ¡Y nada de andar de hablador!
—¿Y qué vas a hacer con esa cosa horrenda? —preguntó Esperanza, sacando subiblia de bolsillo, sosteniéndola entre sus manos y pegada al pecho.
—Lo pondré de adorno. ¡Me gusta!
Hércules escuchaba con atención. Queríapedirle a Artemio que le diera el hallazgo como pago, pero eso ya no sería posible. Se notaba que lo dicho por el hombre era solo por darle en la cabeza a su mujer, y que la estatuilla le importaba un pito. Ese matrimonio andaba muy mal.Era una pena no poder quedarse con aquella figura. Su atracción por todos los vestigios y enigmas que había debajo de la ciudad era lo que lo había llevado ahí. Terminó de solucionar el problema y se retiró.
Y así fue que la efigie rota pasó a formar parte de la decoración de la casa de la pareja. Artemio la puso sobre la mesa del recibidor, entre la foto del único hijo, que posaba sonriendo en medio de la nieve de Canadá, donde vivía, y una imagen del Papa Francisco. Esperanza no se atrevió a protestar, pero no le agradaba nada tener aquello en casa.
Esa misma noche, ella, a sus 61 años recién cumplidos, tuvo, por primera vez en su vida, sueños eróticos y orgasmos intensos. Soñó que un indio musculoso, al que no le podía ver el rostro, le hacía el amor de una forma fogosa y ardiente, algo desconocido para ella.
—Anoche no me dejaste dormir, mujer. Te revolvías en la cama como babosa con sal y gemías adolorida.
—¡Perdóname viejo! Tuve pesadillas, para otra me despiertas.
Artemio no la despertaba. «Seguro es por la figurilla esa» —pensaba feliz. Le encantaba la idea de que Esperanza anduviera angustiada transitando por los sueños. Desde que tuvo que casarse a fuerzas por dejarla embarazada, sentía una hostilidad soterrada que solo había aumentado con el tiempo.
Ella amanecía sintiéndose culpable y hacía un esfuerzo extra por no caer en las provocaciones de su marido. En la iglesia se moría por confesarse, pero el pudor nunca la dejó contarle al sacerdote, ni a nadie. Rogaba a Dios que aquello parara y luego se arrepentía. Trataba de sentirse mejor pensando que solo eran sueños y no algo real.
En medio de un tórrido encuentro onírico, Esperanza se dio cuenta de que todo inició cuando encontraron el ídolo. Vio claramente que el collar de cuentas del indio que la hacía gozar, era exactamente igual al de la figurilla. Esto la puso muy pensativa.
Con los díasArtemio se sintió desilusionado, al parecer su mujer estaba más en paz y ya no tenía malos sueños. Solo a veces un suspiro muy profundo y una sonrisa de total relajación se instalaba en su rostro mientras dormía. Tendría que buscar otra cosa con la cual perturbarla.
Una mañana, Esperanza no vio el ídolo en el recibidor y sintió como si le patearan el estómago. En medio de un ataque de pánico lo buscó por todos lados y se dio cuenta de que Artemio lo había puesto en la basura. Merodeando por ahí se encontró a Hércules, quien estaba a punto de llevarse el objeto.
—Pero, ¿qué hace usted? —le increpó Esperanza.
—¡Es que he descubierto el misterio de la identidad de esta figura! Efectivamente, es de origen prehispánico y representa a Xochipilli, el «Príncipe de las Flores». Una figura muy sensual dentro del imaginario mexica: dios de las flores, del placer y del amor. Si ustedes ya no lo quieren, me lo llevo para hacer más investigaciones sobre él.
—¡Sí lo queremos! Mi esposo se equivocó. Por favor, olvídese de Xochi… ¿Cómo dijo que era el nombre?
—Xochipilli.
Hércules notó que el nombre pareció invocar en Esperanza un estado de felicidad: su rostro se relajó y sus ojos y boca parecieron sonreír al mismo tiempo. Ella tomó la figura amorosamente y entró rápidamente a la casa. No lo dejó ya decir ni pío. Resignado, terminó por irse. Estaba seguro que acababa de presenciar otro misterio, desgraciadamente su tiempo en la ciudad se acababa y no tenía tiempo de seguir averiguando.
Por su parte, Esperanza escondió muy bien a Xochipilli entre su ropa, cuidándose de que Artemio no la viera. Guardó su biblia de bolsillo en el fondo de un cajón. Mientras lo hacía musitaba: «perdóname Diosito».
FIN
Autor: Ana Piera.
Libro real: la Biblia, varios autores.
Personaje de otro libro: Hércules Poirot, detective que aparece en muchos relatos de Agatha Christie.
NOTA: Sé que no le hago justicia al personaje de Poirot en esta historia y que merece más. Espero que Agatha no venga y me jale los pies en la noche jejeje.