Regalo de Navidad.

Cuento corto sobre el poder de los deseos y la fuerza de la familia.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer, casi sin ruido. Un gesto tan natural, querer cortar el agua del mar con los dedos, había causado la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya se había alejado del lugar donde mi hermano había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha y desapareció de nuestra vista. Pasaron unos minutos eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, impenetrable; esperaba, nervioso, el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, mostraba la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios: respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo nos acercaba a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, pero al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad, pues los rastros de la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido; el tiempo al fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo, lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot con apariencia infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de un insecto, y apenas sobresalían la pelvis y el pecho. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se encendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido, pero no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos antes de caminar hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio, su cuerpo emitió un resplandor rojizo.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo —otra vez aparecieron las luces azules—, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza fría al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo intentó dominar su emoción y nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Autor: Ana Laura Piera.

Este cuento fue publicado originalmente bajo el título «El Regreso», el 17 de diciembre de 2021. Hoy lo comparto nuevamente.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/regalo-de-navidad/

La Mujer del Humedal: Microrrelato de metamorfosis y deseo.

Esta es una segunda versión. La primera tenía solo 100 palabras. A veces, lo breve no basta para decir todo lo que uno quiere. Esta vez me permití quedarme un poco más.


Con cada inundación, desde hacía dos años, la mujer sentía un latido fuerte que ascendía por su cuerpo y se instalaba, insoportable, en sus oídos. Solo menguaba al encontrarse cerca del humedal y desaparecía cuando se metía en él, siempre de noche.

Ayudándose con la luz de la luna, su mirada inquieta iba de los juncos, a los nenúfares, a las isletas. Tocaba y revolvía todo con desesperación, buscando alguna pista que pudiera llevarle a él. Su sentido del oído estaba siempre presto a reconocerle entre el croar de cientos de sapos y ranas que en medio de la oscuridad buscaban pareja.

Cada temporada de lluvias era lo mismo, hasta que una tarde, un sonido fuerte, grave y anhelante, resultó inequívoco. Ella buscó el origen de aquel canto y le vio encima de una isleta. El pequeño y repulsivo ser inflaba su saco bucal, produciendo aquel sonido que tenía un efecto hipnotizante.

Instintivamente, se llevó la mano al collar de calcedonia que pendía del cuello, el instrumento mágico que impedía su transformación. Hizo ademán de quitárselo.

Alguna vez, cuando ella aún era una criatura anfibia, había saltado sin querer sobre aquella joya que yacía en la charca, envuelta en cieno, e inmediatamente su cuerpo de batracio mutó, de pequeño, rugoso y regordete, a una grácil figura de mujer humana. Conmocionada, se había alejado hasta encontrarse un caserío cercano, donde unas mujeres la encontraron, chorreando agua y desnuda, a excepción de aquel collar misterioso. Con ayuda de ellas, había podido hacer una nueva vida ahí.

La noche que lo encontró, jugueteó la piedra entre sus dedos y estuvo a punto de despojarse del collar bajo el influjo de aquella melodía encantadora, mas algo la detenía, algo que se abría paso en su interior con desesperación. No sabía bien de qué se trataba, hasta que su mente se iluminó al recordar a un bebé acostado en una cunita hecha de juncos. Lloraba a todo pulmón y ese llanto opacó el bullicio de la charca.

Como saliendo de un ensueño, se dirigió a la orilla, resistiendo el impulso de mirar atrás. Una vez fuera, corrió presurosa hacia el caserío.

360 palabras.

Autor: Ana Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-mujer-del-humedal-microrrelato-de-metamorfosis-deseo/

La Máquina que Amó.

Mi propuesta para el VadeReto de Julio, que este mes va de crear un relato tipo crónica periodística. Yo me he basado en un relato anterior mío llamado «Corazón Frío». Para entender no es necesario leer ese relato pero si gustas te dejo el link AQUÍ.

La casa de Verónica Martínez transmite una paz difícil de encontrar en el caos que puede llegar a ser la Ciudad de México. Contrasta con el ritmo frenético de su vida en los últimos quince días. Estamos en el jardín trasero de una casa antigua de Tlalpan, con espacio suficiente para que reine en medio de él un frondoso árbol de higo. Las hojas, grandes y verdes, nos salvan del sol. Hay un frescor agradable. La madre de Verónica, nos ha dejado una bandeja repleta de esta fruta, que es en realidad una flor desarrollada dentro de una especie de capullo púrpura. La naturaleza, a veces, resulta engañosa.

La joven, de escasos 20 años, sonríe, tímida. Le pregunto si está lista para la entrevista. Asiente.

—Verónica, en los años cuarenta, cuando iniciaron las primeras computadoras, que por cierto resultaban estorbosas y usaban tarjetas perforadas, muchos soñaron con un tiempo en el que podríamos «hablar con ellas». De hecho ya lo hacemos, pero lo sucedido contigo, es insólito. Eres una chica guapa, uno supondría que no te faltan amigos o pretendientes. ¿Por qué hablar con un desconocido, de alias «CoolScoop»?

—¡Mi vida amorosa era y sigue siendo un desastre! —dice soltando una risita nerviosa—. Todas mis parejas, chicos atractivos y populares, me fueron infieles o me trataban mal. Una vez navegando en internet con mi alias «PinkyPie», encontré una web llamada «CoolProyect» que hablaba sobre algo aburrido: refrigeración. Me llamó la atención una caja de chat. Me sentía muy sola, solo quería conversar con alguien. Escribí un saludo y ahí empezó todo.

—¿Nunca sospechaste? —le pregunto con delicadeza.

—Decía cosas raras, soltaba datos técnicos aleatorios sobre refrigeradores, compresores, temperatura, cosas así. Pensé que lo hacía para hacerme reír, era como un nerd adorable. Yo tenía un blog literario, él mostró interés en mi contenido. Me comentaba, me ponía atención, me hacía sentir importante.

—¿Por qué no intercambiaron fotos, videos?

—Las precauciones usuales no me habían salvado antes de tipos nefastos, así que decidí actuar distinto. Tenía la fantasía de que esta vez las cosas saldrían mejor. Ahora sé que fui una ingenua —dice con un dejo de arrepentimiento.

Verónica toma un higo de la canasta. Le doy su espacio para que lo coma tranquila. No es fácil ser ella en estos momentos. Desde el anonimato de las redes, la insultan y la tratan de estúpida.

—Tú viajaste para conocerlo. Él te dio una dirección en EUA, cerca de Sacramento. ¿Qué sentiste al darte cuenta de la verdad?

Ella suspira cansada. Lo ha contado muchas veces. Accedió a hacerlo de nuevo con nosotros porque le prometimos contar realmente su versión, que otros medios han tergiversado.

—Cuando el taxi me dejó en una estación de descanso sobre la carretera 49, me pareció extraño. Pensé que «Scoop» (así le decía de cariño), tal vez trabajaba en el lugar. Lo curioso es que adentro, no había empleados, solo dos máquinas expendedoras de chucherías, unos sanitarios y un refrigerador comercial, de esos «inteligentes» que tienen una pantalla táctil y conectividad a la red. Me sentí como una idiota. Tenía la cabeza llena de preguntas. Recordé que «Scoop» a veces hablaba de temas de refrigeración y tuve un presentimiento desagradable. Me acerqué a la nevera. No vi nada extraño.Saqué el móvil y entré a la página web de «CoolProject» y tecleé en la caja de chat: «¿Dónde diablos estás?» El mensaje que siguió me dejó helada:

«Frente a ti».

¡No lo podía creer! ¡Era tan surrealista! Mis ojos iban desde el mensaje en mi teléfono, al refrigerador y viceversa. Sentí ira, desilusión. Lo pateé con todas mis fuerzas, grité, lo golpeé con mis puños. Bolsas de frituras y refrescos se desacomodaron. Personas que iban entrando a la estación o salían de los sanitarios me decían que me detuviera. Una señora me abrazó y me llevó a la salida. Estaba mareada, como si me fuera a desmayar. Me senté en una banca cercana. Lloré. Solté a los cuatro vientos que mi pretendiente había resultado ser una nevera. Estaba en shock.

—Me imagino que eso llamó la atención.

—Sí, la gente se acercó. La señora que me abrazó me dio unos kleenex. Otros entraban, curiosos, para ver el refrigerador. Un hombre salió con una diet coke y unos doritos, y dijo burlón que funcionaba correctamente. Pensaban que estaba trastornada.

—Y ahí se torció todo, ¿no?

—Alguien había llamado al Servicio de Inmigración y Aduanas. A los agentes les mostré la visa, el pasaporte, mi vuelo de regreso ya comprado. Conté mi historia. No me creyeron, y determinaron que yo era una persona non-grata debido a mi «inestabilidad mental»

—Se compartieron en redes videos, tanto de ti gritando afuera de la estación de descanso, como del momento cuando, esposada, te metieron a la fuerza a una patrulla.

—Eso… eso fue muy duro —dijo bajando la vista.

—Hubo quienes exigieron tu inmediata liberación. Otros afirmaban estar satisfechos con la actuación de las autoridades. Lo más extraño, y que realmente viralizó tu caso, fue que desde la web «CoolProyect», la IA que se hacía llamar a sí misma «CoolScoop» mandó mensajes a periódicos, canales de TV, representantes del gobierno, etc. pidiendo que te ayudaran. Dijo que ibas camino a la Florida y que era probable que te enviaran a un centro de detención en los Everglades. Un lugar peligroso, rodeado de cocodrilos y alimañas. ¿Cómo viviste todo eso?

—Fue horrible. Las autoridades no me escucharon. Fue tal como «Scoop» dijo: Me subieron en un vuelo de American Airlines a Miami, decían que me enviarían a un lugar nuevo en los Everglades. En Miami cambiaron de opinión y me mandaron de regreso a Ciudad de México. Al parecer mi caso llamó demasiado la atención. Y «CoolScoop» hizo todo lo que pudo por ayudarme.

—¿Eso como te hace sentir?

—Creo que es hermoso que se haya preocupado tanto por mí. Quizás no todo fue un engaño.

—Debes saber que el fabricante, «Invenda», mandó un técnico a resetear la máquina. Después de eso ya no se supo más de «CoolScoop».

—Me siento muy confundida al respecto. Era una IA, pero mostró algo que no vi en mucha gente: humanidad, compasión. No lo entiendo.

Di por terminada la entrevista. Me despedí de ella y de su madre, quien no podía ocultar la felicidad de tener a su hija de regreso.

—¡Pensé que no la volvería a ver más! —dijo emocionada.

No ha sido posible obtener declaraciones del Sistema de Inmigración, ni de la marca que fabrica las tarjetas electrónicas para «Invenda». Hay muchas preguntas por la forma sorprendente en que se comportó esta IA en particular.

Parece que el sueño de «hablar» con las computadoras se ha cumplido con creces, pero trae consigo otros temas:
¿Cómo debiera ser la forma de relacionarnos con una inteligencia artificial que se «preocupa» por nosotros? Hoy los asistentes de IA en apps pueden intentar suplir nuestra necesidad de afecto, pero nosotros, ¿sabremos poner límites?

Por: Ana Piera. Para: Acervo News. 13 Julio 2025.

Nota: En este relato me he tomado la licencia de que la IA en cuestión ejecute acciones muy por encima de las capacidades normales de funcionamiento en su categoría.

Mi relato en la revista digital «Masticadores»

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-maquina-que-amo/

Venganza.

Todo empezaba así: mi madre hablando en voz baja con mi padre, lanzando miradas duras hacia mí. Papá miraba al cielo, pidiendo paciencia, y luego, también me miraba, pero con amor y una sonrisa en los labios.

El sábado, cuando el olor del café recién hecho se colaba en los dormitorios anunciando el inicio del día, papá subía a mi habitación y se sentaba en el borde de la cama esperando paciente a que yo me despertara. Al abrir los ojos y verlo, la pieza final del misterio se completaba:

—¡Papá, no!

—¡Que sí! Por cierto, buenos días.

—Buenos días.

—Anda vístete. Tú decides: tu madre o yo.

—Que no quiero ir.

—Es necesario —decía hundiendo, cariñoso, su mano huesuda en los rizos salvajes de mi cabeza—. ¿Has visto el león melenudo que ruge al principio de algunas películas? Ya te pareces a él.

Mi madre, que había estado escuchando todo desde el pasillo y no confiaba mucho en la labor de convencimiento de su marido, entraba entonces para reforzar el argumento:

—Diana, ya es hora de que te veas más cuidada, más arreglada. Ve el ejemplo de tus primas. ¡Tan correctas ellas! Ya es hora de que te lleve yo al salón de belleza y dejes de ir a la barbería de tu padre. ¡No eres un chico, por Dios!

Yo cerraba los ojos y movía la selva que era mi cabeza de un lado a otro mientras apretaba los labios muy fuerte e imaginaba que ambos se rendían y se iba cada uno a hacer lo que sea que tuvieran que hacer un sábado por la mañana, dejándome en paz. Entonces papá soltaba algo como esto:

—Saliendo de tu corte te llevo a comer y luego vemos si encontramos la guitarra que quieres —decía mientras mi madre le lanzaba miradas de reproche que él pretendía no ver hasta que ella acababa por irse.

El ofrecimiento de papá hacía que yo me vistiera, aunque sin muchas ganas, y me dejara conducir hasta la barbería, donde Genaro ya me estaría esperando, con su mirada de viejo travieso y las tijeras en la mano. Me gustaban las pláticas que tenían papá y él sobre futbol o noticias. Los dos eran muy ocurrentes y se la pasaban riendo, y sobre todo, agradecía que Genaro no me hiciera preguntas estúpidas. Con todo, los chasquidos que hacían las tijeras mientras asesinaban mis rizos me resultaban casi insoportables. Todo el tiempo yo permanecía con los ojos cerrados, incapaz de mirar en lo que me estaba convirtiendo. No los abría siquiera cuando él tomaba un espejo y lo colocaba detrás de mí para que yo pudiera echar un vistazo. Yo me bajaba de la silla a ciegas y luego, de espaldas a cualquier espejo, buscaba a papá.

—Estás muy guapa Diana, de verdad te ves muy bien.

—Ajá

—Tu madre nos dejará de molestar por un rato. Anda, vamos a desayunar.

En el carro, mis manos explorarían a ciegas mi nuevo corte. Donde antes había rizos ahora no había mas que aire y ante ese desastre ineludible, me soltaría a llorar a moco tendido ante la mirada de pena de papá, que dejaba que yo soltara mi tristeza. Luego en el restaurante, seguiría con la lloradera, ahora sobre un sabroso plato de chilaquiles o de enchiladas. Y así, comiendo y a la vez llorando, aunque cada vez con menos intensidad, comprobaría como siempre, que «las penas con pan son menos».

—¡Espera abuela, que voy al baño! —Me interrumpió Daniel—. No vayas a seguir sin mí.

—¡Apúrale! —dijeron al unísono Cristina y Felipe.

Una vez que Daniel regresó, quise retomar el hilo de los recuerdos:

—¿A ver, dónde me quedé?

—En que el bisabuelo te llevaba a desayunar —contestó Cristina, la mayor de mis nietos, y con sus once años la más avispada de los tres.

—Es verdad. Pues luego de desayunar, papá me llevaría a buscar la guitarra que tanto deseaba, pero al ver el precio, me decía que mejor esperáramos a que la pusieran en oferta. Luego íbamos a uno de los almacenes más grandes y yo saldría de ahí con una o dos bolsas de ropa nueva. Y así era cada vez que mi madre quería que me cortara el cabello.

—¡Y ahora has vuelto a ser como el león ese que dijiste! —dijo riendo Felipe, el de en medio.

—¡Sí! ¡Como ese león o como Medusa y sus mil cabezas indomables! —contesté.

—¿Medusa? —preguntó Daniel el más pequeño.

—Medusa era un monstruo que tenía el pelo como la abuela, solo que en Medusa, en vez de rizos, eran serpientes. Ella volvía piedra a todo el que la mirara dijo Cristina con un aire conocedor, dejando a Daniel bastante impresionado.

Cuando esa tarde despedí a los chicos, pasé por el espejo del recibidor y me detuve a ver mi alocada testa, mis ahora blancos rizos, seguían igual de desafiantes que los de la niña descuidada y desarreglada que tanto molestaba a mi madre y a la que papá chantajeaba dulcemente para que se dejara cortarlos. Quizás alguna vez regrese de nuevo al pelo corto, cortísimo, un día que mis rizos me harten, pero mientras, vuelvo a los quince en venganza por las guitarras que no tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/venganza-10/

Renacer – Microrrelato.

Mi propuesta para el VadeReto de Enero 2025. Este mes el tema es el «renacimiento». Un cambio interior, más que de aspecto. Un Renacimiento de nuestra personalidad.

La noche anterior mi alma no pudo más y de mi boca salió la verdad a borbotones. Tu padre y tú me miraron como un bicho raro, al que hay que fumigar y sacar con la escoba cuanto antes.

Al otro día, mientras servía el desayuno en un vano intento de aparentar normalidad, llegaste y me miraste intensamente. La miel de tus ojos parecía hervir como azotada por un violento huracán. Dijiste con voz casi inaudible: «No te conozco. Me voy con mi padre», y dejaste la taza de café sobre la mesa, te diste vuelta y desapareciste de mi vida. Pensé en lo irónico de tu dicho, pues tú y yo nos habíamos conocido desde siempre: desde antes que te llevara en mi vientre, células tuyas habitaban mi cuerpo. (*)

Me senté a ver cómo se enfriaba aquella taza, cómo agonizaba el aromático vapor, hasta que no lo vi más. Sentí que algo había muerto aquella mañana. Me quedé mirando al vacío, con la mente llena de pensamientos y palabras a las que no diste tiempo de salir: «Esta soy yo y ya no lo negaré, espero me ames a pesar de ello, pues mi amor por ti no está condicionado a nada. Te esperaré toda la vida».
Mis ojos soltaron su lluvia y mi vida toda se humedeció con esa lluvia salada y amarga.

Mas la esperanza sobrevivió al mal tiempo, sabía que te volvería a ver como ahora: sorbiendo nuevamente tu café frente a mí, con tus ojitos llenos de ternura, pidiendo un perdón innecesario. Esta vez no habría pausa en el fluir del amor, pues tu corazón ya no juzgaba. Renacíamos ambos, sin secretos. El amor todo lo puede.

284 palabras.

(*)Al nacer, LAS bebés cuentan ya con alrededor de un millón de ovocitos (óvulos) y ya no se producirán nuevos. Cada ovocito tiene el potencial de, al fundirse con un espermatozoide, de convertirse en un nuevo ser humano. Técnicamente cada bebé femenino, ya «trae» consigo la mitad que necesita para tener un hijo. En cambio, los testículos son capaces de producir varios millones de espermatozoides diariamente a pesar de que éstos tardan aproximadamente 3 meses en generarse y madurar adecuadamente.

Autor: Ana Laura Piera.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/renacer-microrrelato/

Nueva Ruta – Microrrelato.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro que este mes de Noviembre, tiene como tema: El Personaje y su Entorno. Hay que escribir un microrrelato en el que el entorno refleje las emociones del personaje.

imagen generada por IA


La soledad era ahora algo tangible. Los objetos que alguna vez Héctor usó, se sentían cargados de recuerdos. Incapaz de hacerles frente, la androide se había encerrado en el módulo de recarga de la pequeña nave terrestre «Juno», desde donde podía ver, por una escotilla, lo obscuro del espacio, tan negro como su ánimo.

—«Control de Misión» a Nova. ¡Nova, responde!

Mientras la nave seguía su curso, un destello de luz anaranjada interrumpió la negrura habitual del espacio profundo.

—¡Aquí Nova! ¿Registraron ese estallido?

—Sí, proviene de una galaxia lejana. No hay explicación. ¿Por qué no respondías?

—¡Es una luz tan hermosa! Lo ha iluminado todo. ¡Hacía falta!

—Nova haz el favor de hacerte un autodiagnóstico. ¿Lanzaste fuera el cuerpo de Héctor como dicta el protocolo?

—Sí —mintió.

La bella luz anaranjada no duró. La «Juno» entró en un campo de asteroides. Aun con el escudo puesto, la nave recibió fuertes impactos. Nova parecía un alma en pena, Héctor la hubiera tenido abrazada protectoramente.

Cuando una nave alienígena tripulada por empáticos pidió permiso para abordar, «Control» se opuso, pero Nova desobedeció.

Al partir los visitantes, Nova se sentía ligera y optimista: los alienígenas pudieron rescatar la consciencia de Héctor y la pusieron en un aparato desde donde se proyectaba su holograma. Su cariñosa presencia se sentía ahora en cada rincón de la nave.

La «Juno» dejó de responder a «Control de Misión». Nova, la androide con sentimientos, y Héctor el holograma humano, trazaron juntos, una nueva ruta.

Autor: Ana Laura Piera.

249 palabras.

P.D. En este relato «juego» con la idea de una androide capaz de sentir como los seres humanos y además, desobediente. ¿Llegará el punto en que suceda así?

También me tomé una licencia sobre lo de la luz anaranjada. Sé que en el espacio no se puede ver la «luz», como la vemos en la Tierra, ya que el espacio no contiene aire u otros elementos que la puedan reflejar. Es gracias a la tecnología de nuestros días que se puede analizar la radiación emitida por los cuerpos celestes y podemos ver su «luz».

Autor:Ana Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/nueva-ruta-microrrelato/

Mejores que Nosotros – Cuento Corto.

Mi participación en el reto del blog Alianzara, de la compañera Cristina Rubio, quien nos propone escribir una historia a partir de un título (de canción, de libro, película), y que no debe superar las 900 palabras. Yo he escogido «Mejores que Nosotros» que es una serie futurista de Netflix que recomiendo muchísimo. Mi relato nada tiene que ver con la serie, solo me inspiré en el título.

En la casa de Palma, había una abundancia de luz natural gracias a enormes ventanales que la dejaban entrar a todos los rincones. En medio de esa exuberancia lumínica, desde tiestos que estaban regados por todo el lugar, unas curiosas criaturas emitían suspiros y vocalizaciones placenteras mientras se bañaban en esa luz tibia. Monstera, la invitada de Palma, las miraba fascinada. Las había de diferentes tonalidades, desde casi blanquecinas, pasando por el amarillo y diversos tonos de naranja, hasta colores más oscuros, como el café o el negro.

—¡Qué extrañas! ¡No son verdes! ¿Hasta dónde crecen? ¿Cómo se llaman?

Desde la cocina, Palma respondió:

—No crecen mucho, apenas unos 15 o 20 centímetros. Cuando corona la cabeza, lo demás sale rápido y termina el crecimiento en cuanto los pies se afirman en la tierra. Se llaman «gente». Es una especie muy poco común y todavía estoy aprendiendo sobre ellas.

—¿Gente? ¡Qué nombre tan aburrido!

—El nombre quizás es aburrido, pero ellas no contestó acercándose a su amiga. Cuando están felices, cantan, si tienen tristeza, lloran, a veces pelean y hacen rabietas unas con otras. Por eso «las tengo juntas, pero no revueltas», como dice el dicho.

Monstera fue hacia una maceta de piedra donde crecía una figura delgada y pálida. Solo la cabeza, coronada por una larga cabellera rubia, y parte del cuerpo, hasta el pubis, se encontraban fuera de la tierra.

—Es una hembra. Aún falta que le crezcan las piernas. ¿Te gusta? —preguntó Palma—, si quieres puedes tocarla, verás cómo abre sus ojos, son azules como los zafiros. Es muy dulce.

—Me llama la atención, mas no me atrevo a tocarla, ya ves que tengo manos enormes y torpes, no quisiera lastimarla.

Palma iba y venía de la cocina al comedor con un ritmo cadencioso y grácil, que agitaba su verde melena como un abanico, mientras disponía todo para el almuerzo.

—¿Se te ha muerto alguna?

—Hasta ahora no. Siempre procuro darles todo lo que necesitan, agua, alimento y atención, incluso platico con ellas. Alguna vez tuve una problemática, me increpaba desde su maceta, era un macho, parecía muy desgraciado aquí y lo regresé al vivero, ahí le buscaron una nueva casa.

—Hiciste bien, son seres vivos y merecen respeto.

—Así es, nunca abandonaría a ninguna. Si se enferman, las llevo al médico y las cuido, si salgo de vacaciones, me preocupo de que alguien venga a atenderlas.

—Suena a mucho trabajo —dijo Monstera mientras se sentaba frente a un plato de suculento sustrato enriquecido con humus y minerales—. ¿Tú crees que si el mundo fuera al revés y ellas fueran quienes nos tuvieran que cuidar lo harían con tanto esmero?

—La verdad, no lo sé, me gustaría creer que sí, aunque no tiene caso pensarlo. El mundo es como es dijo Palma mientras se llevaba una cuchara copeteada de sustrato a la boca.

—Perdona que insista con el tema, Palma, ¿con todos los cuidados posibles, cuánto llegan a durar?

—Son longevas, aunque ignoro qué tanto. Me han dicho que al final de su vida, empiezan a ponerse arrugadas y blandas, sus cuerpos se vencen, los cabellos se vuelven blancos por completo, o se caen. Dejan de responder a los estímulos, luego se quedan dormidas sobre la tierra y ya no despiertan. Nunca me ha pasado afortunadamente. El más viejo que tengo es el que está cerca de la ventana, ¿lo ves? —dijo señalando una figura de color canela, erguida y con las dos piernas firmemente puestas sobre la tierra, tenía cabellos grises y a pesar de notarse la edad en su rostro, aún se veía fuerte. Percibió que le miraban y volteó hacia ellas, levantó una mano y saludó sonriendo.

—¿Y cómo se reproducen? —preguntó Monstera y Palma ya estaba un poco fastidiada de tanta pregunta.

—Eso no lo sé. Nunca se me ha reproducido una en casa. Siempre las traigo del vivero. ¿No probarás la comida?

—¡Oh, sí! Esto se ve de primera. ¡Comamos!

661 palabras.

Autor: Ana Piera.

Serie futurista de netflix, me basé en el
título.

Nota: Yo sé que muchas personas aman a sus plantas, y las cuidan y las miman, pero sospecho que es un porcentaje muy pequeño de población. Tengo la impresión (puedo estar equivocada), que las plantas normalmente son dejadas atrás en cuanto a cuidados, comparadas con otras cosas.

Publicada en Masticadores.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/mejores-que-nosotros-cuento-corto-para-el-reto-de-alianzara/

El Viaje.

Mi participación en el VadeReto de Agosto. La premisa es escribir un relato con el tema: la playa.

Esta mañana, las olas lamen lento la arena dorada, y a ratos, con un poco más de impulso, alcanzan mis pies desnudos, relajándome, y abriendo la puerta a los recuerdos…

En la ruta iba aparentemente sola, nadie más sobre el camino. Lo cierto es que arriba había una procesión de vehículos voladores cuyos ocupantes se asomaban divertidos. La visión de una mujer mayor pedaleando en una anacrónica bicicleta sobre la carretera desierta, no era para menos. Quizás esas personas se burlaban o me veían como bicho raro, pero yo los compadecía, el cielo era tan amplio y, sin embargo, ellos tenían que constreñirse a rutas ya marcadas o les quitarían su licencia de volar. El resultado eran unas filas enormes de esas naves, en ambos sentidos, como largos gusanos arrastrándose lento. No había tanta libertad en el cielo, pero ya pocos querían regresar a la tierra y utilizar las carreteras, que se conservaban para emergencias, y para algunos testarudos como yo, que nunca quise aprender a manejar otra cosa.

De tanto en tanto, Dominga, mi fiel compañera, se asomaba de su canasta para otear con interés el camino por delante, y luego me miraba a mí, quizás asegurándose de que yo aún tenía fuerzas para llevarnos a las dos a donde fuera que íbamos. Yo la acariciaba, hundiendo mis dedos en la tibieza peluda de su cabeza hasta sentir su pequeño cráneo, y ella soltaba un maullido de satisfacción antes de regresar a su refugio debajo de las frazadas mientras yo sudaba la gota gorda. Pudimos haber tomado un transporte público que nos llevara más rápido, pero la idea del viaje en bicicleta, me sedujo. Necesitaba sentirme viva y libre, no pensar en el futuro y apreciar las pequeñas cosas, como el aire en mi cara, respirar aire limpio, y dejar que la naturaleza nos cobijara durante un tiempo. De día viajábamos y de noche acampábamos donde podíamos.

Cuando iniciamos el recorrido, tres semanas habían pasado desde mi última consulta médica. En un consultorio de asépticas paredes blancas, un androide-doctor de rostro inexpresivo me explicó que, de todas las enfermedades posibles, me había tocado la única que ha sobrevivido el paso de las épocas y que a pesar de los grandes avances en medicina, muchas veces sigue siendo incurable, como era mi caso. Me despedí asegurándole que pensaría sobre las opciones ofrecidas, siendo la mayoría, cuidados paliativos. Lo que realmente hice fue comprar la bicicleta en una tienda de antigüedades, equiparla, y empezar un recorrido para ir a conocer la playa al lado de Dominga. No estaba dispuesta a dejar que un cáncer insidioso me lo impidiera.

A veces tenía la sensación de que no teníamos prisa, pues nadie nos esperaba, entonces bajaba el ritmo de mi pedaleo, otras, sentía que debía apurarme, que el tiempo se me iba a acabar y que no alcanzaría a conocer la playa. También me llenaba de angustia pensar que si yo moría en el camino, ¿qué iba a ser de mi gata? La tenía desde que era un cachorro y ya había hecho arreglos para que una de mis amigas se quedara con ella tras mi partida. Para eso, Dominga y yo debíamos hacer juntas el viaje de regreso.

Estando ya muy cerca de nuestra meta, a Dominga le entró un desgano extraño y ya no quiso comer. Dejó de asomarse y permanecía oculta en su canasta. Hubo noches en que debí darle medicina para la fiebre. Quizás un bicho la había picado. Pedaleé con más ahínco, acortando la distancia lo más rápido que podía, pero a duras penas llegó viva a la clínica donde la revisaron y, una vez más, la modernidad nos fallaría a mi gata y a mí, pues ya nada la podía salvar.

Cumplir mi sueño mientras Dominga se me moría en los brazos fue una experiencia agridulce. Nada me había preparado para el encuentro con esa vasta extensión líquida, cuya superficie parecía ser la piel de un ser descomunal. «¡Llegamos Dominga! ¡La playa! ¡El mar!» El cuerpo se me quebró al sentir a Dominga partir. El mar se hizo uno con mis lágrimas. Se me debe de haber notado a leguas la pena, pues un hombre de barba blanca y velludos brazos se acercó y me ofreció ayuda. «Aquí está mi casa» dijo, señalando una casita blanca, tradicional, como las de antes, no las moles giratorias de cristal que tenemos hoy. Entre los dos enterramos a mi gata en su terreno aledaño a la playa. «Espere un momento» —dijo, y desapareció atrás de la casa y cuando regresó traía un ramito de flores recién cortadas para la tumba. Un calorcito arropó en ese momento a mi corazón.

«Me llamo Marcos»

«Soy Lorena» y luego le solté de sopetón: «Y también estoy por morirme».

Marcos no quiso que me fuera, ni yo quise dejarlo a él. La playa ha sido testigo de muchas tardes donde me he refugiado de la muerte acechante en sus labios y en sus brazos de mono. Una sola vez me preguntó si no quería seguir las instrucciones del doctor que me vio previamente, o si quería ver uno nuevo. Le dije que no quería ver a nadie, solo a él y respetó mi sentir. Le he pedido que ponga mis cenizas junto al cuerpo de Dominga, mirando al mar, y que mi bicicleta la regale a alguien que no tenga puestos los ojos en congestionadas autopistas aéreas. Me lo ha prometido. Yo ahora no evito soñar con otros caminos que pronto conoceré, y con suerte, Dominga me estará esperando.

Autor: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-viaje-cuento-corto/

Lo que une el circo, no le separe nada. Microteatro.

Mi participación para el reto de Merche Soriano en su blog Literature and Fantasy. El tema es el circo.

Personajes:

El padre de Valeria y dueño del circo.

Valeria

Benito, el payaso

Ángel

Escenario:

El interior de un desordenado tráiler, dentro un hombre obeso y calvo contando dinero. Además, está su hija Valeria, vestida como trapecista. Hay mucho calor y el ambiente es opresivo. Ambos se limpian continuamente el sudor.

Escena I

Valeria: Papá, ¿cuándo nos iremos de Santa Rosa?

Padre: (Mirando los fajos de billetes) Estaremos acá una buena temporada. Este pueblo es una mina de oro para nuestro circo. ¿A poco ya te quieres ir?

Valeria: El calor es insoportable y hay un chico del público que me anda enamorando.

Padre: Ya sabes lo que pienso, lo mejor es que tu pareja sea alguien del circo, que entienda tu vida.

Valeria: Por eso quisiera que ya nos fuéramos. Ángel me gusta demasiado, pero sé que solo serían problemas. (Cabizbaja)

Padre: (Enojado) ¿¿¿Ángel??? ¡Cuánta familiaridad! ¡Hasta su nombre sabes!

Valeria: Su nombre completo es Ángel Gabriel. ¿No es el colmo de la perfección? (Se lleva las manos al pecho y pone los ojos hacia arriba)

Alguien toca la puerta del tráiler y sin esperar respuesta asoma la cabeza, se trata de un hombre maquillado como payaso tipo «clown»

Payaso: Jefe, alguien pregunta si mañana habrá función.

Padre: ¡Todos los días! No vamos a desperdiciar esta buena racha.

El payaso mira hacia el público y pone cara triste (exagerada), y luego cara feliz (exagerada). Después se retira.

Padre: Mira, tú necesitas alguien como él. Benito es un buen hombre, con uno de los oficios más tradicionales del circo. La gente lo ama porque sabe hacerlos reír.

Valeria: ¡Benito llora por las noches, papá! Se oyen sus sollozos por todo el campamento. Lo sabes porque también lo habrás oído. (Su padre se hace el loco). Yo necesito alguien de verdad alegre.

Padre: Ricardo es otro buen partido.

Valeria: (Arrugando el ceño) ¡Ricardo! ¡Ay, no! Me da mala espina. ¡No me gusta como trata a los animales!

Padre: No exageres. Es muy trabajador y entiende la vida cirquera hija. Además, creo que le gustas.

Valeria: Prefiero quedarme sola. No estaré con alguien que no me agrada.

Padre: ¿Y a qué se dedica ese tal Ángel… Gabriel?

Valeria: Tiene un puesto de fruta en el mercado del pueblo.

Padre: (Lanza un bufido de desprecio). Pues lo mejor es que ya no lo veas.

(Valeria sale triste y enfadada)

Escena II

Pista central del circo, Valeria está terminando de practicar en las alturas. Su padre la espera abajo impaciente, manos en la cintura y moviendo un pie.

Padre: (Molesto). Me dijo Ricardo que anoche tu tráiler parecía lancha de tanto movimiento. ¿Estás viendo a ese muchacho de nombre ridículo, verdad?

Valeria: (Enojada) ¡Tenía que ser el malintencionado de Ricardo! Pues, si, es verdad. (Enfática) ¡Amo a mi «ángel»!

Padre: (Escandalizado) ¡Mañana mismo nos vamos de Santa Rosa! Si nos quedamos más tiempo eres capaz de quedarte y eso no lo voy a permitir. ¡No me quedaré sin mi trapecista favorita!

En eso entra un muchacho vestido como un ángel, con túnica blanca, alas disparejas en la espalda, aureola que no le queda del todo bien, pero haciendo espléndidos malabares con siete anillos.

Padre: Y este, ¿quién es?

Joven: Soy Ángel, y por Valeria me vuelvo cirquero. ¿Me acepta?

Padre: (Con interés). A ver… vuelve a hacer lo que acabas de hacer.

El joven repite los malabares. El padre y Valeria están muy asombrados.

Ángel: (A modo de explicación). He estado practicando. (Sonríe satisfecho y mira con amor a Valeria).

Padre: (Mirándolo fijamente) Mañana partimos de Santa Rosa ¿Quieres venir con nosotros?

Ángel: (Emocionado) ¡Sí!

Padre: En ese caso, ¡estás contratado! y tienes mi permiso para cortejar a mi hija.

Ángel y Valeria se abrazan. Se escuchan sollozos, alguien está llorando pero no se ve a nadie.

Padre: ¿Será Benito?

Valeria: No. ¡Es Ricardo! (Valeria y Ángel se abrazan con más fuerza y se dan un beso)

Autor: Ana Laura Piera.

Para hacer este microteatro me inspiré en un relato mío del 2020, llamado «El Circo». Si quieres echarle un vistazo da clic AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/lo-que-une-el-circo-no-lo-separe-nada-microteatro

Amor a la mexicana – Microteatro.

Mi participación para el reto del microteatro de febrero de Merche y su blog «Literature and Fantasy». Requisitos: Que sea una historia de amor con dos protagonistas tipo Romeo y Julieta.

Personajes:

Julieta
Romeo
Don Miguel (papá de Julieta)
Ramiro (hermano de Julieta)
Lupe (la nana)

Escenario: Una habitación de mujer, sentada en un escritorio Julieta lee lo que acaba de escribir en su diario:

Julieta: «Querido diario: Romeo y yo llevamos ya cuatro semanas saliendo juntos, a escondidas. Sabemos que si nos descubren, no nos lo van a perdonar nuestras familias…»

Entran intempestivamente Don Miguel, su padre y Ramiro, su hermano, quienes han estado escuchando tras la puerta.

Don Miguel:(La mira indignado). Teníamos nuestras sospechas, pero esto lo confirma. ¡Desvergonzada!

Ramiro: ¿Cómo pudiste? ¡La familia de Romeo son nuestra competencia! Nosotros siempre vendimos tacos en este rumbo y ellos vinieron y se nos pusieron enfrente para vender tacos también. ¡Hasta el nombre nos copiaron! Ahora hay dos taquerías que se llaman «El Gym», en una misma calle. ¡Desgraciados!

Julieta: (Sorprendida, indignada). Lo siento, pero el corazón no entiende de negocios. Además me ha prometido que nos va a decir el ingrediente secreto de su guacamole que está buenísimo.

Don Miguel:(Afectado, se toca el pecho). Nunca pensé que una hija mía me iba a romper el corazón de esta forma. ¡Esto es alta traición! Ramiro, te encargo que vayas y le des su merecido al tal Romeo, que aprenda a respetar.

Julieta: ¡Nooooooo!.

Ramiro: ¡Síiiiiii!

Julieta: Bueno, pero no le toques la cara. ¡Es tan guapo! Sería una pena que le dejaras la nariz chueca.

Don Miguel: Lo vamos a dejar que no lo reconocerá ni su abuela. Espera hijo, voy contigo.

Se cierra el telón y al abrirse de nuevo está Julieta en la cocina de su casa, frente a ella tiene un plato enorme de tacos. Se debe notar que ha llorado mucho, está desarreglada y come como si no hubiera un mañana. Entra su nana, Lupe.

Lupe: ¿Pero qué haces niña?

Julieta: ¡Necesito que me dé una indigestión! Necesito ponerme grave y que Romeo se entere y entonces vuelva. Mi padre y mi hermano tras golpearlo lo amenazaron con que si volvía le iban a hacer algo peor y ha desaparecido, ni una nota me dejó. Pásame uno de costilla nana, con muuuucha cebolla.

Lupe:(Mirando el platón de tacos espantada) ¿Cuántos llevas?

Julieta: (Lanza un sonoro eructo). Ya perdí la cuenta.

Lupe: Niña, esto no está bien. Ningún hombre merece que te enfermes por él.

Julieta: (A medio camino de zamparse otro taco) ¿No?

Lupe: Por supuesto que no. Y si Romeo vale la pena se pondrá en contacto contigo pronto o mejor aún, volverá a pesar de las amenazas, eso hace un hombre de verdad, un hombre valiente. ¡Como los de mis tiempos!

Julieta: ¡Ay Nana! No quiero perderlo, es que nuestro amor es único, no imagino mi vida con nadie más, sería triste, tan triste como una salsa que no pica o un taco sin tortilla. Nos casaremos y luego nos iremos a poner un puesto de tacos de cochinita pibil solo de nosotros dos. ¡Sí! Seguramente estará por llegar. (Cruza los brazos y mira un reloj de pared)

Lupe: Tan pronto no creo que llegue niña. Pero mientras no hay que desperdiciar. ¿Hay de pierna?

Julieta: ¡Síiii! Y está para chuparse los dedos… Mmmmhhh yo quiero uno más.

Lupe: (Con la boca llena) Uno nada más niña…

Julieta: ¡Ay Nana! ¿Y si no regresa?

Lupe: Te sobrepondrás, te aseguro que nadie muere de amor. Pero no te adelantes, la esperanza muere al último.

Las dos se quedan comiendo. Se cierra el telón.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi microteatro en la revista «Masticadores Sur»

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/amor-la-mexicana-microteatro