NO TE CONOZCO

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Desperté y ahí estaba junto a mí, como siempre.

—Tu mirada me ha despertado—le dije con la mía llena de reproche.

—Lo siento, ¿preparas café?

No podía creerlo, me despertaba y encima quería que me levantara presta a hacer café. Lo hice, porque también me apetecía y porque no puedo empezar la jornada sin unas tres tazas, cortado y sin azúcar.

Entré a mi portátil a asomarme por los blogs literarios que sigo.

—¿Qué? ¿Hoy no entras a ver noticias?—dijo extrañado.

—No me interesa, ya sé lo que voy a encontrar: hambre, pandemia, muertos, pandemia, corrupción, pandemia, encierro, pandemia, erupción, incendios, vacunas, pandemia

—Estás muy pesimista —comenzó a vestirse. Lo vi sacar una peluca de colores, un traje estridente y enormes, ridículos, zapatos a juego.

Me le quedé viendo, nunca lo había visto así.

—¿Qué? ¿No puedo ser un payaso? —dijo mientras se ponía una extravagante nariz roja—. ¿O prefieres el disfraz negro que incluye la guadaña?

Callé y me le quedé viendo con curiosidad.

El día salió vestido de payaso y en efecto fue una fecha llena de risas, bromas y cosas inesperadas; como si la gente a mi alrededor se hubiera confabulado con él para hacerme el día ligero.

Por la noche, al acostarme, se acercó y me susurró al oído: piensa en mí como una persona que no conoces, y así cosas nuevas pueden pasar.

Autor: Ana Laura Piera

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LA COPA

Aceptó gustoso la copa que Amanda le ofrecía. Después de tanto pleito y desencuentro con ella, ahora parecía querer firmar la pipa de la paz. «Finalmente la terminé de domar» —pensó muy ufano—.

Mientras bebía, la veinteañera comenzó a desnudarse lentamente. ¡Cómo deseaba aquel cuerpo firme y hermoso!, le hacía sentir vivo. Además le gustaba saborear las miradas de envidia que despertaba cuando aparecía con ella a su lado. Estaba orgulloso de haberla conquistado a pesar de ser un viejo decrépito.

Apuró el trago y Amanda le volvió a llenar la copa. Ya estaba desnuda por completo y él sonreía como un bobo. Anticipando la boca de la chica en su sexo, intentó quitarse el pantalón. Una punzada en el estómago se lo impidió, y luego otra, y otra, todas más fuertes y feroces que la anterior. Ella comenzó a vestirse nuevamente… esta vez, de negro.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL ESPEJO

Photo by Felipe Tavares on Pexels.com

Lola observa su reflejo en el espejo. Se trata de uno de esos, muy antiguos y de cuerpo entero, que han logrado dar servicio a múltiples generaciones y llega al presente deslustrado, pero entero. La imagen reflejada no es la mujer avejentada y triste de siempre, sino otra versión de ella misma, más atractiva y revitalizada. Se acerca lo más que puede y escudriña los detalles: el elegante peinado en lugar del chongo mal hecho y descuidado que siempre le critica Celerino. “¿Ya te pusiste esa bola de mierda en la cabeza?” No hay arrugas ni bolsas bajo los ojos. No hay rastros del mandil manchado de salsa ni de sus chanclas obscurecidas y deformadas. En lugar de eso: vestido recto azul marino y zapatos beige. Lola 1 mira a Lola 2: la reflejada, como a un milagro, como si el mismísimo Ángel Gabriel se le hubiera aparecido. Solo la voz estentórea de Celerino la saca de la adoración de su propio retablo.

—¡Carajo Dolores! ¡Ya es hora de comer! ¡Pinche vieja! ¿Pues qué tanto haces?

Lola se despide con pesar de la imagen y corre a atender al hombre que maneja su destino desde hace mucho.

—¿Por qué traes esa cara de estúpida? ¡Déjate de chingaderas y dame de comer! Ella obedece, pero Celerino repara en que Lola no pone nada en su propio plato.

—¿No piensas comer pendeja?

—No tengo hambre Cele.

—¡Carajo! ¡Sírvete que no voy a comer solo como perro! —dice mientras sus cachetes de bulldog tiemblan indignados.

A Lola no le interesa la comida, lo único que quiere hacer es volver con el espejo. Come con prisa, con ansia.

—¡Carajo! ¿Hoy que traes? ¡Come despacio que me das asco! —los ojos saltones, como de sapo parecen querer saltar de sus cuencas.

Ahora Lola mastica todo a paso de tortuga, tan lento que cuando su marido anda en el postre de arroz con leche, ella sigue chupando los huesos del caldo de res.

—¿Mañana que vas a hacer de comer?

—Te haré los tamales de carne de puerco en salsa verde que tanto te gustan. Un eructo sonoro es la respuesta de Celerino al levantarse de la mesa.

—Iré con los muchachos —dice sobándose el voluminoso vientre.

En realidad iba a una casa de putas que abría temprano. Lola sonríe por dentro. Liberada por fin de la presencia de su marido, regresa a la habitación. En el umbral de la puerta se detiene, toma aire y valor, pero se lleva una desilusión: no hay rastro de la imagen que vio antes. Se acerca y examina, toca y recorre con ojos cansados y manos torpes esperando encontrar algo nuevo, algo que explique lo que vio, pero nada. ¿No se estará volviendo loca como su tía abuela?. Baja a la cocina y le roba una cerveza a su marido mientras trata de calmarse. La bebida logra relajarla y decide hacer otro intento, total, nada pierde. Quizás deba efectuar algún rito que ayude a la otra Lola a hacerse visible.

Pronto está de nuevo frente al espejo. Cierra los ojos con fuerza para volverlos a abrir rápidamente. Repite tres veces. Nada. Recordando alguna imagen vista en la televisión, intenta hacer la pose de flor de loto; vuelve a cerrar los ojos, los abre, nada… Se levanta sintiéndose una imbécil y se da vuelta para salir cuando siente que alguien clava su mirada en ella. Voltea y casi se cae del susto: ¡ahí estaba! La otra Lola la observa fijamente, extiende lentamente una mano fuera del marco y le hace señas de que se acerque. Lola da unos pasos en dirección a esa mano, la toma, y entra en el espejo. Ahora solo se refleja una Lola, de espaldas, alejándose. Haciéndose pequeñita hasta desaparecer. ¡Lástima! Celerino se quedaría eternamente sin sus tamales de carne de puerco en salsa verde.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

LOS JUGUETES

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Mateo entró en la habitación, sus ojos no podían creer el caos que vio: juguetes tirados por todas partes, desorden, la cama sin tender, comida en el suelo. Los culpables de tal desbarajuste no se veían por ningún lado. Hasta que percibió movimiento debajo del lecho.

—¡Salgan y pongan orden en este berenjenal! ¡Ahora!— Había frustración en su voz, siempre era lo mismo con este par.

Primero se asomó la cabeza de Alberto con el rostro hacia el piso, como una tortuga saliendo del caparazón, y al otro lado de la cama, los pies de Estela comenzaron a deslizarse hacia afuera, parecían dos lombrices blancas saliendo de la tierra.

Ambos se incorporaron y en cuanto pudieron, taparon su desnudez con lo primero que encontraron, aunque Mateo ya se había puesto de espaldas para no verlos.

—Recojan todo y guárdenlo en el cajón de los juguetes, y tiendan la cama—, dijo dirigiéndose a la puerta de la alcoba.

Alberto y Estela comenzaron a levantar todo: vibradores, consoladores, bolas chinas, masajeadores y otros artefactos de índole sexual.

—Alberto, falta que te quites el anillo vibrador del pene—, dijo Estela divertida. Alberto sonrió al ver que la pequeña cosa fosforescente seguía ahí y al tratar de quitárselo se prendió haciendo ruido y lanzando luces. Los dos estuvieron a punto de soltar una carcajada.

Desde la cocina el pequeño Mateo, de once años, les gritó a sus padres:

—Cuando terminen se vienen a desayunar, les hice hot cakes.

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COMO UNA SOMBRA

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato, pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego… Se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EL SUEÑO

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Nos despertó el olor a cigarrillo que comenzó a invadir toda la casa. Mi padre se puso a maldecir: —¡Carajo apenas son las ocho de la mañana y la pinche vieja ya está fumando!

Corrí al cuarto de la abuela, cuando entré en su habitación me pareció ver que escondía una botella de tequila debajo de su almohada pero me hice el tonto.

—¿Tita qué tiene?, usted nunca fuma tan temprano—. Me miró con ojos perturbados y me dijo:

¡Ay mijo, otra vez lo soñé!—. La noté temblorosa, alterada. Ya antes me había contado que seguido se le aparecía en sueños un indio muy viejo que le hablaba en una lengua que ella no comprendía.

—Alvarito, ahora sí le entendí todo, habló clarito en castellano.

—Cuénteme.

—Espera deja prendo otro cigarro— de entre sus senos flácidos sacó una cajetilla arrugada.

—No Tita, no fume, ya nos ahumó la casa y mi papá está echando pestes. La abuela se encogió de hombros y lo prendió igual. Recuerdo que lo apretaba fuertemente entre sus dedos arrugados y le dio una gran chupada.

El hombre me dijo algo bastante extraño: “Lloverá en tu parcela y tu tierra será fecunda nuevamente con la semilla ancestral.»

— ¿Tita qué rayos significa eso?

—No sé mijito—, luego me miró con ojos traviesos y sacó de su escondite la botella de tequila.

— No sea así… le hará daño.

—Alvarito estoy muy nerviosa, necesito relajarme un poco, es que si lo vieras: tiene el pelo largo y negro, como la boca de un lobo, usa una manta de algodón anudada en el hombro que le cubre casi todo el cuerpo, y un taparrabo esconde sus vergüenzas; todo él parece estar cubierto de sangre y su cara está llena de tatuajes. Me llena de espanto, he llegado a pensar que es el mismo diablo.

Salí de su cuarto intrigado, ¿que significaría el sueño?, ella no tenía tierras, entonces ¿de qué tierra le habían hablado?, ¿de qué semilla?. Durante el día me olvidé del asunto pensando que la demencia se había apoderado de mi pobre abuela.

Al otro día nos despertó un llanto extraño, primero pensé que sería el gato de la vecina, al volver a oírlo me dí cuenta que eso no era ningún gato. Mi padre maldecía de nuevo. Me levanté y me dirigí a toda prisa al cuarto de la abuela, pues el lloriqueo provenía de ahí. Cuando entré me quedé helado: sobre la cama se encontraba una mujer joven muy hermosa, su rostro tenía un aire remotamente familiar; estaba completamente desnuda, de sus magníficos pezones manaba un río de leche, entre sus piernas ensangrentadas estaba un bebé recién nacido de piel canela obscura, todavía los unía el cordón umbilical. Lloraba a todo pulmón como si quisiera acabarse todo el aire de la casa, la mujer me miraba azorada, comprendí: era ella, y lo dicho en el sueño, se había vuelto realidad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LABIOS ROTOS

Pasé mi dedo índice por el contorno de sus labios, la interrupción de la línea y el cambio de textura me hablaron de una cicatriz. La sentí temblar, y luego derrumbarse entre sollozos. La abracé y capté de inmediato el perfume a jazmín que emanaba de su pelo corto. Los diques que mantenían a raya la tristeza se rompieron y noté cómo mi camisa se empapaba con sus lágrimas. Mis manos acunaron su cabeza y la atraje para besarnos. Mi boca recorrió la suya, primero discretamente, experimentando descargas eléctricas cada vez que nuestros labios se rozaban, luego acepté su franca invitación a beber en ella.

Después me contaría que ese beso borró en ella años de vergüenza, miradas de reojo y dolor.

Lleno de felicidad, busqué algo con qué celebrar nuestro encuentro. Tras muchos años de vivir en él, había memorizado pasos, distancias y obstáculos de mi piso, por lo que a pesar de la ceguera congénita, era capaz de moverme con soltura. Regresé con una botella de vino y dos copas.

Aquella noche, tras el corazón, nos entregamos también los cuerpos. Vibrantes, plenos. Yo la miré con los ojos del alma y ella me besó con la perfección que solo el amor verdadero podía conferir a sus labios rotos.

216 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

GURÚ

Esperanzado, escuchaba las buenas nuevas: un remedio maravilloso que prevenía y curaba el virus maldito que tenía a todos de rodillas. Decidí averiguar más sobre ello. Así me encontré entre el grupo de quince personas que bajaron del camioncito tipo turístico frente a una elegante residencia una fría mañana de enero. Tras pasar engorrosos filtros de seguridad pudimos entrar al «Sancto Sanctorum» de «El Gurú de la Salud».

Lo respaldaban millones de vistas y menciones en youtube, twitter, instagram y demás redes sociales. Tanta gente no podía estar equivocada y, ¿cómo dudar de mi compadre? Quien tras asistir a la fiesta clandestina de fin de año del trabajo se había contagiado, y luego toda su familia. A pesar de que habían estado muy graves, pudieron salvarse gracias al Gurú.

Me pareció muy joven, iba vestido con un suéter blanco de punto y pantalones grises. Llevaba barba impecable y estaba sentado frente a un impresionante despliegue de pantallas, computadoras, micrófonos y todo lo necesario para que su evangelio se escuchara fuerte y claro en la blogósfera y reverberara en el mundo exterior: «El Covid tenía cura y Él era la respuesta».

Bajo el peso de nuestras miradas, se levantó y señaló a alguien de nuestro grupo quien tendría el honor de ayudarle a despojarse de la ropa, no toda, solo los pantalones y el calzoncillo. Luego El Gurú empezó a defecar mientras un asistente con una palangana dorada recogía cuidadoso lo que salía del milagroso trasero mientras la habitación se llenaba del tufo a mierda. Otro asistente le limpió con sumo cuidado y alguien más fue señalado para vestirlo de nuevo. Todo fue muy rápido, no se fuera a enfermar. Sonrió benevolente y pidió que nos repartieran quince frasquitos de muestras frescas.

«En nuestra tienda podrán comprar más. Las instrucciones vienen en cada frasco. Entren a mi página http://www.curadelcovidporelgurudelasalud.com y dejen su testimonio. Si quieren iniciar un negocio propio adquieran una membresía, recibirán el producto a un precio superespecial y tendrán la gran bendición de ayudar a otros. Harán del mundo un lugar mejor. Los amo»

Salí con la sensación de haber presenciado una maravilla. Teníamos veinte minutos para hacer como nos pareciera: algunos se tomaron selfies con sus muestras, otros tomaron fotos de la mansión y hubo gente que aprovechó para meditar en los jardines, yo entre ellas. Al final nos reencontramos en la tienda, donde tendríamos una hora para comprar y curiosear entre libros del Gurú, camisetas con su imagen y postales. Yo decidí comprar la membresía y me llevé tres cajas con cien unidades cada una para revender, pero hubo quienes se llevaron más, como una mujer mayor que llevaba diez cajas.

Salimos de la residencia y nos subimos al camioncito, sintiéndonos dichosos e invencibles con nuestros frasquitos de mierda.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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¿FELICIDAD?

Cuando las circunstancias nos hacen creer que tenemos lo que desde siempre quisimos pero… ¿es así?

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El sobre blanco era una paloma moribunda entre sus dedos; portadora de noticias agridulces, le comunicaba que su padre estaba muerto y que el rancho de Los Ciruelos ahora era suyo.

Llegó a Los Ciruelos una mañana de enero. El olor a humedad tomó por asalto su nariz y ya no lo abandonó. Solo encontraba alivio temporal cuando salía y se enfrentaba a la grandiosa extensión de tierra que ahora le pertenecía.

Visitó la tumba del hombre que lo había engendrado y que se encontraba dentro de la propiedad por expresa voluntad del difunto. Recordó que muchos años antes, gracias a su inocencia infantil, se había imaginado viviendo en Los Ciruelos junto a su padre; pensamiento que le había calentado el alma y el corazón mientras se hacía hombre. Esperó un momento a ver si el calorcillo regresaba, pero lo único que sintió fue frío y nostalgia.

La felicidad a veces juega bromas pesadas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

CIBORG

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Juan Pablo movía fascinado su brazo robótico en un intento de conocerlo mejor, saber sus alcances, fuerza y sutilezas. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro y hacía que se tocaran entre sí. Por un momento sintió como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran, quería mostrarle algo. Se trataba de un gran almacén de partes de repuesto para humanos: piernas, cabezas, dedos, ojos… Juan Pablo estaba asombrado, sabía además que, a diferencia de sus contrapartes humanas, aquellas maravillas eran eternas, perfectas, probadas al límite y sobre todo: bellas.

Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de luchar porque sus creaciones se parecieran a las originales, ya no se usaba darles un acabado «natural»: nada de piel, vellos o consistencia de carne. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos, pues se consideraba de mal gusto ocultar la perfección de los mismos y nadie debía negarse el placer que provocaba la contemplación de tanta belleza.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y a la vez tranquilo y confiado, podía perder cualquier otro miembro, no importaba, todo era reemplazable.

Estando en casa, comenzó a molestarle su brazo natural pues al compararlo con el robótico, aquel le parecía una pieza extremadamente debilucha. Procuraba hacer todo con su brazo nuevo y relegaba su propia extremidad. Empezó a sentirse infeliz de tener ese miembro «imperfecto» y cuando salía a la calle sentía envidia de aquellos afortunados que contaban con dos brazos artificiales. Cayó en una aguda depresión.

Una mañana se encontró nuevamente en el consultorio del Dr. Valencia: «Ya no aguanto más doctor, no soporto estar unido a una cosa tan defectuosa y fea, le ruego acceda a mi petición y me lo cambie». Valencia se negó, los implantes eran solo para personas cuyas extremidades no funcionaran o hubieran sufrido una amputación.

Juan Pablo salió más triste que nunca, pero en el camino a su casa una idea comenzó a bailarle en los sesos. No lo pensó mucho: saco su brazo por la ventana del auto y lo dejó colgando; entonces aceleró a fondo y antes de colisionar con un edificio hizo un viraje brusco de manera que el golpe llegara del lado donde estaba su extremidad. Fue trasladado de urgencia a un hospital.

Despertó con múltiples contusiones en el cuerpo mas eso no importaba. ¡No podía creer su suerte!. ¡Había conseguido otro brazo, pero también un oído nuevo!. Ahora escuchaba mejor que nunca con aquella pieza excepcional de ingeniería, y ahí mismo, en su cama de hospital, empezó a molestarle la idea de que su otro oído fuera tan imperfecto…

Aquella mañana, cuando la enfermera entró en la habitación dio un grito de horror; en el baño se encontraba Juan Pablo, quien blandía una navaja filosa y con ella se mutilaba la oreja derecha. No solo cortaba la parte externa, sino que metía la navaja dentro y se aseguraba de dejar inservible su oído interno. Sus brazos y manos metálicos aparecían rojos y chorreando sangre, que ya hacía un charco en el piso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://anapieraescritora.wordpress.com/2021/07/22/ciborg-ii-microcuento/