Un Buen Susto -cuento corto.

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Fue una absoluta sorpresa para el joven Guillermo enterarse de que sus tíos lejanos le habían dejado una casa de campo en Inglaterra. Se entusiasmó, pues aunque siempre andaba a la caza de oportunidades para ganar dinero, la mala suerte parecía perseguirle.

Se trataba de una ruinosa y antigua granja en el poblado de Pluckley, en Kent, conocida como «Woolridge Farm». Aquel pueblo tenía fama de ser uno de los lugares más embrujados del país y atraía turistas buscando emociones fuertes. La granja tenía un tamaño respetable, pues además de la casa principal contaba con espacios que fueron, en días mejores: caballerizas, corrales y almacenes. Pensó que podía servir como un hotel, pero al calcular la cuantiosa suma que tendría que invertir para ello, se entristeció. Lo mejor sería venderla.

Llevaba una bolsa de dormir que puso sobre el viejo sofá de cuero tipo Chesterfield que estaba en el salón y para prender la chimenea juntó muebles viejos y pedazos de madera que encontró aquí y allá.
Encendió la chimenea justo a tiempo. Llovía y hacía mucho frío. Se acostó en su cama improvisada, no estaba muy cómodo, pero al menos estaba caliente.

En la madrugada le despertó un frío intenso y vio el fuego agonizar. Se puso a buscar algo para alimentarlo. Fue ahí cuando lo vio: era un hombre viejo, barbado; lucía demasiado delgado y triste. Sus vestimentas eran de otra época. Estaba sentado en una de las sillas que Guillermo pensaba tirar al fuego. El cuerpo se veía como hecho de niebla. Quiso tomar la silla de cualquier forma, pero un frío gélido lo envolvió y comenzó a tiritar. Se dirigió a otra, pero cuando estaba a punto de asirla, la figura apareció sentada en ella. Dondequiera que aquel ente se movía el frío se sentía polar.

—Estos son mis muebles. Estás destruyendo mi casa —dijo el viejo, su voz denotaba enojo y tristeza. A Guillermo le costaba ya hablar pues temblaba incontrolablemente—. Soy Walter King, un antepasado tuyo, y te pido que abandones este lugar. —Guillermo estaba tan helado que creyó que se enfermaría.

—Ma…ña…na, lo ju…ro… —dijo el joven castañetéandole los dientes.

—Si prometes que mañana no estarás aquí te permitiré usar un mueble más.

Guillermo asintió y en ese momento Walter se desvaneció como humo de cigarro. El joven tiró un banco a la chimenea, las llamas lo envolvieron y el frío mengüó. Se metió nuevamente en su bolsa de dormir, pero ya no pudo pegar un ojo. Así lo encontró el amanecer, preguntándose si la experiencia había sido real o fruto de su imaginación.

Al otro día averiguo en el ayuntamiento todo sobre la propiedad. Aparecía el nombre de Walter en los registros, se enteró de que no había deudas pues existía una especie de fideicomiso encargado de cubrir todos los gastos de impuestos. El dinero fue legado por… ¡Walter King! A finales del siglo XVIII. Sin embargo, los recursos ya estaban a punto de agotarse.

Aunque seguía escéptico, para evitar problemas, pidió que le enviaran varias cargas de leña para la chimenea y esa noche alimentó el fuego con la madera comprada. De repente la estancia se sintió anormalmente fría y el espectro se dejó ver. Vestía la misma ropa anticuada y tenía el mismo aire triste que la noche anterior. Como flotando, fue y se posó en una de las sillas.

—Así que no te has ido. ¡Y lo prometiste!
—Si, pero como puedes ver, los muebles no están en peligro —y Guillermo señaló muy orondo las cargas de leña.
—Muy considerado de tu parte —dijo irónico el espectro.
—Tengo una noticia para ti. Hoy descubrí que el dinero que dejaste para mantener este lugar está a punto de acabarse.
—¿Tan pronto? —dijo Walter escandalizado.
—Walter, el costo de la vida ha subido tremendamente. No te imaginas… El problema es que, acabándose el dinero, la granja se tendrá que vender.
—¡No! —gritó Walter desesperado— ¡Este es mi hogar!
—Lo sé, pero no hay modo.
—Escucha —dijo Walter—. Aún tengo algo guardado, te lo daré, pero hay que salvar esta propiedad.

Walter hizo prometerle que no vendería y le advirtió que si lo hacía una maldición caería sobre él. Esa misma noche Guillermo encontró un anillo antiguo de oro con incrustaciones de rubíes. Al frente cuatro pequeños diamantes cubrían un compartimento secreto que revelaba el retrato en miniatura de un joven y distinguido Walter King. Al otro día viajó a Londres donde obtuvo una pequeña fortuna por él. De regreso a Pluckley puso la propiedad en venta. Trató de sacar a Walter de su mente, al fin y al cabo ya solo tendría que pasar una noche más en Woolridge Farm. Lo hacía más por curiosidad que por otra cosa. Luego, regresaría a su país donde invertiría en un negocio de tecnología.

Meses más tarde, un turista llegó a desayunar a la famosa posada The Swan, en Pluckley, y una linda pelirroja le sirvió té y pancakes.

—¿Serías tan amable de decirme qué lugar embrujado visitar?
—¡Sí! Woolridge Farm es una buena opción. A mucha gente le gusta pasar la noche ahí y ver cómo se pelean el fantasma de Walter King y uno de sus descendientes que murió ahí hace poco tiempo. Se dice que no cumplió un juramento, y una maldición le hizo cometer suicidio.
—Suena espeluznante.
—¿Verdad que sí?

893 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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La Caja – Microrrelato

Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando»: Hacer un relato no mayor a cien palabras inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado (interrogante/duda) y opcional que aparezca algo relacionado con la flor aspen (chopo / álamo tembloroso). Flor de Bach indicada para aquellas personas que tienen miedo a lo desconocido.

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Una vez en el desván, el ruido la alertó. Hizo un mohín y buscó la caja que encontrara un día en el bosque. La abrió y aquello parecía un hervidero de hormigas: hombres, mujeres y niños diminutos intentaban trepar por las paredes de cartón y amenazaban con desbordarla. No recordaba que hubiera tantos. Sus pequeños, ridículos, rostros reflejaban todos los estados de ánimo: cólera, indignación, desesperación… Le entró la duda sobre qué hacer. Cerró el paquete bruscamente y decidió enterrarlo bajo el álamo temblón. Arrancó un poco de aspen y la colocó sobre esa improvisada tumba. Se alejó silbando.

99 palabras sin contar el título.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Sueños de otro Mundo.

Photo by Elia Pellegrini on Unsplash

De pequeñas mi hermana y yo fingíamos estar dormidas, apagábamos la luz y no hacíamos ni un ruido. Mamá pasaba suavemente frente a nuestro cuarto, se detenía un poco para asegurarse que no estuviéramos despiertas, y luego cerraba la puerta de su propia habitación. Era el momento de escabullirnos en medio de la oscuridad hacia el jardín.

A las dos nos gustaba tendernos en el césped y mirar el cielo, pero era Elisa la experta en estrellas, planetas, constelaciones y agujeros negros. Siempre quiso un buen telescopio y fue hasta que creció y estudió astronomía que pudo tener uno. Por mi parte yo la escuchaba sin añadir mucho. Luego de vuelta en la cama, tenía sueños extraños que al despertar me venían como escenas inconexas unas de otras. Me veía vívidamente en la superficie de un mundo lejano, donde del cielo colgaba una luna rojiza de un lado y un planeta con anillos del otro. Había un mar de tintes violáceos que lamía una playa de arena muy blanca. A menudo me veía jugando con la arena hasta que una voz cascada me llamaba de lejos. Entonces yo salía corriendo.

Yo atribuía estos sueños a las pláticas con mi hermana. En ocasiones no la acompañaba al jardín y me quedaba sola en el dormitorio tratando de soñar cosas normales, aunque casi nunca sucedía. Varias veces me vi en compañía del dueño de la voz, « supe» que era mi abuelo y que su nombre era Rak. Tenía ojos grises y mirada bondadosa, sus cabellos eran largos y blancos. Me explicaba las cosas de ese lugar, como el porqué del color del mar, (microorganismos), y como influían la luna y el planeta anillado en la frecuencia de las mareas. Su saber era vasto y le gustaba compartirlo conmigo.

Una noche en que no quise salir a ver las estrellas, Elisa se puso terca preguntándome el porqué y tuve que platicarle mis visiones. Su mente, práctica y ágil dio con una posible explicación:

—Seguramente reencarnaste en la Tierra, pero viviste antes en otro lugar. Tal vez estés recordando tu vida anterior. —En su voz había un ligero toque de envidia.

Sus palabras me cimbraron. Era verdad que esos sueños se sentían muy reales y que yo sentía una conexión emocional con ese sitio que aparecía en mi mente. Entusiasmada, me pidió que lo intentara dibujar, y también a las personas que veía. Le hice caso y llené un cuaderno entero de dibujos equivalentes a un montón de recuerdos.

—¿Por qué habrás reencarnado en la Tierra?

Por supuesto, yo no tenía idea, y no estaba segura de que fuese verdad, a veces sospechaba que todo era producto de nuestra imaginación.

Entonces sucedió el accidente.

Un choque en el auto familiar nos puso a todos en mala situación, llevándome yo la peor parte. Según supe después, estuve internada más de tres meses debatiéndome entre la vida y la muerte. Nadie podía sospechar que aunque mi cuerpo estaba en el hospital, mi conciencia estaba en aquel mundo. De repente todo se tornó más claro y lógico.

El planeta tenía un nombre impronunciable y los habitantes nos comunicábamos unos a otros con el pensamiento. En cuanto a complexión no había mucha diferencia con los humanos. Como mi «abuelo», teníamos todos los ojos grises y los cabellos blancos. Las ciudades eran de cristal y éramos capaces de trasladarnos sin vehículos, usando solo nuestras conciencias. Pasé mucho tiempo con Rak, fue cuando supe con certeza que era un «sanador», había nacido con un don increíble que me había heredado. Fue mi maestro en técnicas médicas y protocolos para tratar diversas enfermedades. Yo absorbía todo como una esponja y día con día iba adquiriendo más sabiduría y destreza.

Un día, ya no me encontraba en el planeta del mar violáceo, sino en una cama de hospital. saliendo de un coma. Nunca más pude volver a soñar con ese lugar.

Mi hermana es ahora una conocida astrónoma y yo una celebridad médica. Ya desde la secundaria fui reconocida como una niña prodigio y entré a la facultad de medicina muy joven. Ahora mismo me encuentro realizando un trasplante muy especial. La cabeza de un cuadripléjico en el cuerpo de una persona con muerte cerebral. Las vengo haciendo desde hace ya varios años y con una tasa de efectividad del cien por ciento. Aunque soy conocida mundialmente por ese procedimiento tengo otros muy novedosos y efectivos. De noche, continúo con la costumbre de observar el cielo nocturno. Evoco en mi mente los recuerdos de ese planeta de nombre extraño, con su mar violeta, su luna rojiza y su vecino con anillos, y el tiempo compartido con Rak. Sonrío. Todo lo atesoro en mi corazón.

Autor: Ana Laura Piera

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Voracidad

La nave de refugiados Obelisk II había identificado aquel pequeño planeta azul como un posible hogar. Sus sondas detectaron que existían numerosos cuerpos de agua salada, donde podrían sobrevivir. El mundo estaba habitado, pero ellos no interferirían con la vida que ya había ahí, solo buscaban un refugio, un lugar donde recomenzar después del cataclismo sufrido en su propio hogar.

La tripulación, tres parejas en edad reproductiva, se preparó para el ingreso a la atmósfera. Inmersos en un ambiente líquido, los seis ocupantes flotaban sobre las estaciones de trabajo o se impulsaban de un sitio a otro con sus enormes colas, mientras las largas y rojizas cabelleras ondulaban a merced del agua dentro de su hábitat.

La Obelisk II aguantó bien el ingreso y terminó hundiéndose en algún punto del Océano Pacífico. Ahí iniciarían una nueva vida.

Pasaron muchas centurias, y una mañana de enero, al dirigirse a sus embarcaciones para salir a pescar, los hombres del pueblo de Todos Santos divisaron algo extraño en la playa. Primero pensaron que se trataba de un delfín varado en la arena mas al acercarse se encontraron con un espécimen extraño: de la cabeza hasta la cintura parecía humano, excepto por el color de la piel, que era verdoso como las algas. Un pelo largo y rojizo le cubría la cara y alguien, con mucho miedo, pero también curiosidad, acabó destapándosela ayudándose con un palo largo. Se reveló un rostro humanoide con enormes ojos y una extraña boca con dientes en forma de sierra. Abajo del ombligo, su anatomía era parecida a la de los peces, cubierto de escamas y terminando en una enorme y musculosa cola. Uno de los hombres notó que el ser aún trataba débilmente de respirar, pues abría y cerraba su boca en espasmos cada vez más espaciados hasta que cesaron por completo. Los hombres se olvidaron de la pesca y llevaron el cadáver al pueblo, donde inspiró espanto en algunos y en otros asombro.

A alguien se le ocurrió cortar un pedazo de la carne de la cola y ponerla a asar. Resultó deliciosa, explotaba la boca de placer al saborearla y muy pronto de ese cuerpo no quedó más que el torso, que al tratar de comerlo resultó algo desagradable. Los pescadores salieron entusiastas en la búsqueda de otros ejemplares iguales a ese.

En el transcurso de ese año, la gente de Todos Santos tuvo la fortuna de atrapar tres ejemplares más, cuyas colas comieron ávidamente. Aprendieron a buscarlos y desarrollaron una técnica especial para capturarlos. Alguien se llevó una muestra de la carne a la ciudad más cercana y el interés se fue acentuando por aquel manjar. Llegó al pueblo una moderna flota de pesca, que contrató a todos los pescadores y además instauró una planta de procesamiento. En poco tiempo la demanda era mayor a la oferta. Los precios mundiales se fueron por las nubes. Los ricos del orbe eran los únicos que podían probar aquella carne exquisita.

Junto con el interés comercial se despertó también un interés científico por saber qué eran aquellos seres parecidos a las sirenas de las leyendas. Una expedición logró capturar una pareja, que mantuvieron en un tanque lleno de agua salada, haciéndoles todo tipo de pruebas hasta que languidecieron y acabaron muriendo. Una organización ecologista robó toda la información obtenida y la dieron a conocer. ¡Aquellos eran seres que venían del espacio! Seres conscientes e inteligentes que estaban siendo cazados sin piedad para satisfacer los caprichos gastronómicos de unos cuantos. Las sociedades dedicadas a la preservación pusieron el grito en el cielo cuando, ante la dificultad de pescarlos en cantidades suficientes, se propuso cultivarlos.

Aquellos primeros refugiados de la Obelisk II nunca hubieran imaginado el triste destino de sus descendientes.

***

Desde los confines de la galaxia y como respuesta a una señal de socorro que les resultó familiar, la escuadra de naves conquistadoras Serpent, se dirigen al planeta azul. Cada transporte está lleno de fieros guerreros, cuyos antepasados fueron refugiados, como los de la Obelisk II, pero que en tiempo récord evolucionaron en otro lugar y ya no requieren de un medio líquido para sobrevivir. El llamado para proteger a los suyos es imperioso. No tendrán clemencia.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La Epidemia – Microrrelato.

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—Dicen que les empezó una fiebre atroz y que otro de los síntomas era sentir un sabor a vinagre en la boca.

Mientras escuchaba a la clienta, el carnicero sacó un trozo de carne del refrigerador.

—¿Cómo la va a querer esta vez, Doña Angustias? —Le mostraba como un trofeo aquel pedazo de músculo y grasa, donde blanco y rosado se combinaban. La mujer casi no puso atención y dio su aprobación con un ligero movimiento de cabeza.

—Molida, por favor. Voy a hacerles un pastel de carne a mis nietos. ¡Ah!, pues le iba diciendo, pareciera que fue epidemia, muchos se enfermaron y fallecieron. ¿No vio que pusieron a los muertos en la plaza de toros, a la espera de ver qué se hacía con los cadáveres? Ya el cementerio estaba a reventar. Teníamos mucho miedo, con tanto calor y humedad los cuerpos no iban a aguantar. El alcalde casi se nos muere de un infarto por la preocupación.

—¿Y qué sucedió después? —Preguntó el hombre, al mismo tiempo que recibía entre sus dedos los blandos y rosados hilos que salían por el molinillo.

—Nadie sabe. Los cuerpos desaparecieron.

—Los habrán llevado a otro lugar a enterrar o a quemar…

—Supongo que sí, pero la gente está molesta. Los familiares demandan saber qué sucedió con los finados. A mí lo bueno que no se me murió nadie.

—Aquí tiene, doña Angustias.

—Oiga Rómulo, la carne tiene un color raro. ¿No?

—Apenas nos la trajeron temprano, está muy fresca y buena. No se preocupe…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La Pesadilla – Relato Corto

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Me desperté sintiendo que me observaban. Un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos: ¡la pantalla del teléfono! “¡Mierda!”. Extendí la mano y lo puse en suspensión. Pensé que podía volver a dormirme, apenas eran las 6.00 a.m. Las cobijas calientes me tentaban, pero decidí levantarme a hacer café. Dejé el móvil cargando.

Apenas el día anterior me había llegado por Amazon una máquina de espresso semi profesional, con bomba italiana, y junto con ella, una bolsa de café colombiano selecto. Me hacía ilusión probarlos. Mientras me trasladaba de la habitación a la cocina, me pareció ver una sombra escurridiza. “Debo seguir amodorrado”.

Me concentré en accionar mi nueva adquisición. Antes había tenido ese tipo de máquinas, así que no fue difícil. Caté el café recién hecho, aunque me decepcionó un poco. «Nota mental: para mi próxima compra pedir otra mezcla». Añoraba cuando podía salir sin preocupaciones y comprar lo que se me antojara. Ahora Amazon era mi salvación. Saqué un paquete de galletas italianas de almendra para acompañar. De nuevo me invadió la sensación de ser observado, giré la cabeza rápidamente y esta vez la pillé: se trataba de una niña de unos siete años, de raza negra y enormes ojos; el vientre repleto de parásitos sobresalía como un balón de futbol. Vestía un pantalón azul desgastado, camisa a rayas y sus pies descalzos se perdían en mi mullida alfombra. Sus ojos se colgaron de las galletas. Sin pensarlo, le extendí una, que tomó con manos sucias y ansiosas. Corrió a esconderse detrás de uno de los muebles de la sala. Decidí seguirla, temiendo que ensuciara algo, mas ya no estaba. En su lugar encontré un anciano de barba cana hecho un ovillo en el piso, por su indumentaria deduje era alguien de oriente medio. Al verme comenzó a hacer ademán de que me resguardara junto a él y hacía señas de que “algo” estaba a punto de caer sobre nosotros en cualquier momento. Sus gemidos y su rictus de miedo me hicieron retroceder.

El desconcierto me invadió. «Esta pandemia y este encierro auto impuesto me están alterando» —pensé—. Café en mano fui al cuarto que uso como estudio, el lugar está lleno de libros y ahí tengo el ordenador. Navegué un poco en internet: Me explotó en la cara un pleito entre artistas, rumores de guerra, posible hambruna en regiones de África y Centroamérica y el desgraciado virus por todos lados.

Frente a mí apareció de la nada una chica joven, quizás unos quince años, también de raza negra. Llevaba una pañoleta verde, de sus ojos, orejas y naríz corrían hilillos de sangre que iban manchando su ropa de mezclilla. La observé con repulsión. Ella parecía no mirarme, estaba como ausente. Yo sabía que no era real, ¿por qué me estaba sucediendo esto? ¿Hacía cuanto que no tenía una sesión de meditación? Claramente necesitaba una con urgencia. Me levanté para no verla y fui a mi habitación a recoger mi teléfono. Éste seguía en la mesita de noche y conectado al tomacorriente, aún le faltaba bastante para que la batería estuviera al cien por ciento, pero nuevamente aparecía prendido. Miré por la habitación e incluso abajo de la cama, mas no vi nada.

Salí y me dirigí de nuevo a la cocina donde me dispuse a preparar algo para desayunar. Vi un niño de unos doce años, llevaba pantalones rotos a la altura de las rodillas y chanclas plásticas. Él no parecía africano, su piel era de un tono canela y tenía el pelo lacio y rebelde. La puerta del refrigerador estaba abierta y él miraba hacia el interior como perdido en una visión. Adentro había carne, huevos, queso y otras cosas que seguramente él ni siquiera sabía que existían. Me acerqué y me puse a su lado, me señaló un litro de leche, mismo que saqué y puse entre sus manos, él no sabía como abrirlo así que hice ademán de que me lo regresara, se opuso mirándome con desconfianza pero finalmente cedió. Moví la tapa hasta oír el “clic” y se lo di. Se alejó bebiendo como un becerro. En algún punto dejé de verlo. Mi incomodidad crecía.

Regresé a mi recámara para recoger mi móvil y pude sorprender a la culpable de tanta “prendedera”: era la niña de la galleta. Miraba curiosa el aparato, le picaba, se lo ponía en la oreja. Al mirarme corrió. Esto me estaba cansando, yo vivía sólo y nunca fuí niñero. Tomé el aparato, lo desinfecté con una de esas toallitas de cloro tan de moda y me fui a acostar olvidándome del desayuno, con la esperanza de dejar de alucinar.

De repente lo supe, soñaba, bueno en realidad estaba inmerso en una pesadilla: veía mucha gente necesitada y yo tenía de todo. Sentí vergüenza, culpabilidad, recordé mis compras caprichosas y mis quejas por cosas nimias. «Debo despertarme ya»—pensé.

Abrí los ojos y un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos aún dormidos, era la pantalla de mi celular. “¡Mierda!”…

Autor: Ana Laura Piera

Si has llegado hasta aquí leyendo, te doy las gracias. Lo que da vida a los blogs son los comentarios así que si pudieras dejar alguno te lo agradeceré. Me gusta ser recíproca así que ten por seguro que te corresponderé. No tienes que escribir cosas que no sientas, una buena crítica siempre es bienvenida, siempre que sea con respeto. Gracias.

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La Dama.

David Taffet en Unsplash

La Muerte… ¡Ay la Muerte! Es ella una dama cuya boca oscura se alumbra un poco con el reflejo amarillento de unos cuantos dientes. Tiene ojos negros, pequeños y sagaces, y un rostro arrugado como el de una pasa. Lo que pocos saben, es que es una señora de lo más bromista. Y si lo piensas bien, tiene sentido que así sea, o no podría sobrellevar la pesada carga que le ha sido impuesta.

Descubrí su sentido del humor una noche de diciembre. Mientras la mayoría de las personas festejaban las tradicionales fiestas navideñas, mi familia y yo, sumidos en el dolor, velábamos a la tía Eugenia, hermana de mi madre y muerta aparentemente por una indigestión. Una sábana blanca cubría el pequeño cuerpo. Se percibía en el ambiente el olor de los cirios consumiéndose mezclado con el de las flores que comenzaban a marchitarse; era el olor que avisaba a la tierra para que se fuera preparando, para que se abriera y acogiera en su seno a algún difunto.

Eugenia había sido una persona agradable en vida, siempre tenía una sonrisa en el rostro y las palabras de aliento no se le acababan nunca. Llegabas a su casa y enseguida se ofrecía para preparar algo rico de comer o de beber: un atole caliente, unos tamales, tal vez unas tostadas. No tanto porque tú quisieras, sino porque a ella se le antojaba, pero le sabía mejor si lo compartía contigo. Mientras los grandes se preguntaban a quién le había dejado el rancho, los chicos llorábamos al pensar que ya no podría prepararnos su delicioso pastel de natas.

La noche pasaba y los dolientes se retiraban en la misma proporción en que sentían el deceso de la tía. Los que habían ido solo por compromiso hacía rato ya no estaban. De los que quedaban algunos se encontraban a un lado de la difunta, haciendo guardia, y otros dormitaban en las incómodas sillas del velatorio para lo cual habían adoptado posturas imposibles. Pero todos, absolutamente todos, se llenaron de miedo al escuchar la inconfundible y rasposa voz de Eugenia diciendo: “ATOLE”. La diminuta figura, cubierta por la sábana blanca se había incorporado y ahora pedía la típica bebida de maíz cocido con agua, como queriendo recobrar fuerzas después de su paso por el inframundo. La mayoría salió corriendo despavorida mientras el “fantasma” pedía el atolito.

Yo alcancé a ver a la dama en un rincón del velatorio, se estremecía con las carcajadas que en oleadas la visitaban y la dejaban exhausta al ver el revuelo armado por aquella resurrección inesperada. La tía Eugenia vivió después de eso como veinte largos y saludables años. Los niños que la vimos revivir ahora somos hombres, y uno que otro se murió antes de que ella lo hiciera de verdad. Yo por siempre guardaré la imagen de la parca riéndose de su travesura, porque la muerte en realidad no es más que una broma.

Autor: Ana Laura Piera

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La Niebla

Relato participante en el VadeReto de Enero 2022 del blog Acervo de Letras. Como única condición es que el escenario en el que se desarrolle la historia tiene que estar inmerso en la niebla.

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Nací y crecí entre la niebla. A veces son jirones blanquecinos, otras veces nubes densas que nos ocultan de los demás. Nos intuimos por los ruidos que hacemos, como cuando mi abuelo come y su respiración suena muy fuerte, parece un tren que quisiera llegar a destino antes de lo previsto. O por los olores, papá huele a tabaco y mamá a vainilla. La bruma siempre se interpone tapándonos los rostros y los cuerpos. Si salimos al campo, se disipa y podemos ver las casas, el camino, los árboles y de lejos, a la gente. Al acercarnos a otras personas, vuelve a aparecer, insidiosa; primero alrededor de las caras y luego va envolviendo el resto de la anatomía en un movimiento descendente hasta los pies. En ese intervalo de tiempo, previo a que la niebla lo cubra todo, es posible atisbar las formas. La figura de mi abuelo es robusta y la de mi madre, delgada, como una ramita.

A pesar de la persistencia de la niebla, podemos hacer nuestra vida, trabajamos, comemos, amamos. Nos permite hacer la mayoría de las cosas necesarias, excepto ver nuestras caras. Más de alguno ha querido huir traspasando los límites del pueblo, pero ahí la neblina es un muro y no lo permite. Ella nos acompaña desde que nacemos hasta que nos ponen en el regazo de la tierra.

A los quince años me enamoré del cuerpo de Mercedes. Se me figuró que tenía guisa de reloj de arena, igual al que tiene el viejo José para las partidas de ajedrez. Un día le pedí que nos besáramos y aceptó. Mientras acercábamos nuestras cabezas, la neblina se hizo más densa y yo con mis manos, trataba de disiparla en un vano intento de asomarme y mirar sus facciones. Quería enamorarme también de ellas, como me había enamorado de su cuerpo. El beso fue sublime, a pesar de que fue solo un roce de labios. Soñé con él durante varias noches seguidas y me propuse volverla a besar, pero ella amaneció muerta antes de que yo pudiera siquiera proponérselo. No se supo nunca el por qué de su deceso.

Se llevaron a cabo los funerales y todos estuvimos ahí. Se escuchaban las oraciones como siseos y luego, al echar la tierra sobre su cadáver sentí que me enterraban con ella.

Esa noche regresé al camposanto, quería intentar ver la faz de Mercedes, quizás darle un último beso. Los enterradores habían dejado una pala que usé para sacar la tierra. Miré el cuerpo, que estaba envuelto en una sábana, y me tendí junto a él en esa tumba fría. Desenvolví con cuidado la tela alrededor de la cabeza. La niebla me dejó hacer. Al ver el rostro de Mercedes frente a mí, lloré. Donde debieron estar sus rasgos solo había piel, una piel blanquecina y resquebrajada cual cascarón de huevo. No había boca, ni ojos, ni nariz, solamente piel. Escuché una risa burlona flotando en el aire, y en ese momento, la niebla la ocultó de mí.

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Autor: Ana Laura Piera

Anatomía de Grey Z (fanfic)

Mi participación en:

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Los fanfics son historias escritas por fans de una obra de ficción y sus personajes. Son relatos que varían la historia original o la complementan. Si quieres saber más asómate al Tintero de Oro.

El auditorio estaba abarrotado de gente esperando escuchar a la eminente doctora e investigadora Meredith Grey. La misma que desarrolló una cura definitiva contra el virus Zombie, mejor conocido como Virus Z.

Al aparecer, los asistentes se pusieron de pie y le aplaudieron a rabiar. La bata médica que la Dra. Grey portaba, cubría parte de los estragos que el virus Z había infligido en ella, mas su cara, cuello y manos los delataban: piel verdosa, faltante en algunas partes, ojos apagados y sin brillo, como los de un pescado muerto, parcial ausencia de pelo en un cráneo demasiado visible, pero estaba libre del virus. El remedio no había llegado a tiempo para muchos, donde el avanzado estado de la enfermedad impidió la recuperación, en otros, logró detenerla, y en los menos afectados incluso revirtió los daños.

—Quiero agradecer a mi equipo del Hospital Seattle-Grace —dijo con una voz rasposa y extraña al tiempo que aparecían sus entrañables amigos, George O´Malley y Cristina Yang, también algo afectados: A George le faltaba un brazo, que había sido devorado, y Cristina no tenía ojos, y renqueaba, pero aún se adivinaba en ella su espíritu desafiante.

—No puedo dejar de mencionar a los ausentes: Miranda Bailey, Richard Webber, Izzie Stevens y Alex Karev que dieron su vida para que la humanidad nunca más vuelva a sufrir el ataque del terrible y cruel virus zombie.

La ovación fue unánime.

239 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Como muchos ya habrán adivinado, me basé en los personajes de la serie Anatomía de Grey y en la serie The Walking Dead. En verdad me divertí mucho imaginando este relato.

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El Futuro – Microrrelato

Mi participación para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» Consiste en elaborar un relato de 100 palabras inspirado en la imagen, debe aparecer el objeto del dado: «frasco» ,e incluir algo sobre la invención del ladrillo. Al final te dejo el enlace a su blog por si quieres participar.

Nieva copiosamente y todos visten gruesas pieles. El fuego proyecta sombras alargadas en las paredes de la cueva.

Increíble, pero Myra va engalanada con flores frescas. Las mujeres la miran envidiosas, mas nadie osa decir nada. La han visto desaparecer a plena vista tras beber de aquel extraño objeto que encontró en la nieve.

¡Lo ha hecho de nuevo!

Ahora Myra observa hombres cociendo ladrillos bajo un sol inclemente, con ellos fabrican viviendas. Llora de emoción, intuye que se ha asomado al futuro, también llora de tristeza, ¡tanto por ver!, pero la poción del frasco se acaba.

97 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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