Desde la Oscuridad.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de Mayo: un relato donde la oscuridad sea el elemento importante.

La india vestía pobremente, pero estaba limpia, llevaba una falda y blusa sencillas. Señaló un lugar en medio del piso de la plaza y dijo con vehemencia: «Ahí está ella, ¡sáquenla!»

Un capataz furioso se acercó y le gritó: «¡A quien vamos a sacar es a ti, y no regreses, o llamaré a la guardia!»

La joven, con la mansedumbre propia de los suyos, salió por su propio pie, mas a partir de aquel día se convirtió en un rostro familiar entre quienes, desde lejos, curioseaban las obras de mejora de la Plaza de Armas de Ciudad de México, convertida por muchos años, en un caótico y maloliente mercado. Había de todo: desde gente «respetable», hasta indios y personas de castas mixtas, estos últimos iban sucios, casi desnudos, cubiertos tan solo con una cobija o jerga. Corría el año de 1790.

«¡Ay Martina! ¿Se te hace justo? ¡Llevo más de 200 años inmersa en esta negrura!»

Venía soñando desde hacía tiempo con una voz femenina, curtida por el tiempo, que le hablaba.

«¿Y no tiene por ahí una vela que la alumbre? ¿Por qué está a oscuras?»

Se oyó un suspiro largo y hondo, cargado de recuerdos:

«Un día me bajaron de mi altar en lo alto y me escondieron aquí, en las entrañas de la tierra»

«¿Cómo se llama usted madrecita?»

«Haces bien en decirme madre, pues eso soy, tanto de dioses como de hombres por igual. Tengo muchos nombres, pero puedes decirme Coatlicue. Alguna vez fui venerada por los tuyos, hoy, pocos se acuerdan»

«En casa no se hablaba del pasado. Papá prohibió a mi abuelo contarnos nada, decía que lo anterior fue pecaminoso y que debíamos olvidarlo»

Martina era muy sensible, y le daba mucha pena imaginar a esa anciana envuelta en tinieblas. Antes de la remodelación, iba a la plaza, a un lugar específico que la diosa le había mostrado, ponía flores y empezaba un padrenuestro, aunque por alguna extraña razón, no lo sentía apropiado y se interrumpía. Quería expresarse de otra manera, pero no sabía cómo. Invariablemente, la corrían, ya fuera algún español o un criollo empoderado. «¡Ustedes afean esta ciudad! ¡Lárgate a tu casa india de mierda y no salgas! ¡Llévate tu basura! ¡Maldita plebe!»

«Martina, ya me van a sacar»
«Sí, el capataz ha movido a las cuadrillas muy cerca de usted madrecita, creo que quedó intrigado»
«¿Estarás ahí para verme?»
«No me lo perdería por nada»

El día que la luz volvió a tocar el cuerpo de Coatlicue, el asombro fue general. Con muchos trabajos la pusieron de pie y el gentío que la miró, quedó perplejo. Martina no pudo evitar arrodillarse, su corazón se conmovió y derramó lágrimas de felicidad al verla liberada.

Era una mole de más de 24 toneladas, tallada en dura piedra de andesita semejando una figura femenina. Para la mayoría resultó una monstruosidad: No tenía cabeza, dos serpientes emergían de su cuello cercenado, simbolizando chorros de sangre. Tenía los pechos caídos, como los de una mujer que ha conocido la maternidad. De su cuello pendía un collar de corazones y manos humanas y un cráneo en medio. Un cinturón formado por una serpiente bicéfala sostenía una falda hecha de estos reptiles.

Entre los presentes, muchos no dejaban de persignarse aterrados, otros gritaron que aquello era un ídolo pagano y que debía destruirse. El corazón de Martina desfalleció al escucharlos, no podía imaginar ver a Coatlicue en pedazos. Las autoridades llevaron el monolito a un rincón de la Real Universidad Pontificia por órdenes del virrey, el segundo Conde de Revillagigedo, quien pidió que los sabios de la época la investigaran.

«Me tienen miedo, niña. Ellos no saben descifrarme. Solo entienden lo que conocen: la guerra, la muerte, pero también soy renacimiento, fertilidad y amor. Dime, ¿te causo temor?»
«¿Temor? No. Respeto, sí»
«Haces bien, hija».

Unos meses después se descubrió la llamada «Piedra del Sol» o «Calendario Azteca». Era un círculo perfecto, con fechas grabadas, una especie de almanaque indígena. Los españoles, por aquel entonces, deseaban demostrar que no conquistaron un pueblo bárbaro e ignorante, como decían sus enemigos. Y ese monolito era una prueba de que sus victorias sobre los indios tenían mérito. La «Piedra del Sol» fue empotrada en la torre poniente de la Catedral Metropolitana para que todos la vieran. Coatlicue mientras tanto, seguía arrinconada en la Universidad, pero hasta ahí se colaban algunos para verla y venerarla.

«Martina, la gente viene y me deja ofrendas, se arrodillan frente a mí»
«Sí, madre, yo misma he llevado cirios, veladoras y flores. Queremos recordar»
«Te mostraré todo en sueños hija. Hubo un tiempo en que éramos más de lo que somos ahora. Y también llegará el día en que retomaremos nuestro propio camino. ¿Sabes? Sé que volveré a la oscuridad»
«¡No! ¿Por qué?»
«Ya te lo he dicho, no pueden descifrarme y no les gusta que la gente quiera asomarse a su pasado»

Pocos días después, Martina ya no encontró a Coatlicue en la Universidad. Se había dado la orden de volverla a sepultar. Los monjes dominicos que tenían a cargo el Instituto, la consideraban una obra del demonio y una mala influencia para los estudiantes, sobre todo, les asustó ver a los indios adorándola después de casi 300 años de evangelización.

«Otra vez estará envuelta en un sudario de tinieblas» pensó con angustia.

Los sueños siguieron y Coatlicue le habló del pasado, pero también del futuro. Ella a su vez transmitió a otros lo que la diosa le enseñaba. Veinte años después, cuando comenzó el movimiento independentista, Martina se encontraba entre las filas de quienes buscaban la libertad. Entre ellos también había criollos, como Agustín de Iturbide, en cuya bandera insurgente había un águila y una serpiente, emblemas del pueblo derrotado por los españoles y que ahora buscaba su propio camino, como había dicho Coatlicue.

«¿Sabes hija? Nunca fui más feliz que cuando estuve sobre mi altar en lo alto, pero ver despertar al pueblo, se asemeja mucho»

FIN.

Autor: Ana Piera.

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Nota: Coatlicue fue una de las principales diosas mexicas. Se encontraba en lo alto del Templo Mayor. Había cuatro de estas temibles figuras, todas con diferentes variaciones entre sí. La que nos ha llegado más completa es Coatlicue. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Cortes obligó a Moctezuma a que la bajaran, hay recuentos hechos por los conquistadores (Andrés de Tapia) sobre lo que vieron en lo alto del Templo Mayor y que permiten reconocer el monolito de Coatlicue; también se narra la proeza de cómo la bajaron, para ser sustituida por imágenes cristianas. En cuanto a Coatlicue, ella fue «escondida» para que nadie la viera.

Fue descubierta, como dice el relato, durante los trabajos que se hicieron para remodelar la Plaza de Armas. Hubo muchas opiniones sobre lo que significaba la escultura, pero en realidad nadie la entendía. Como los indios empezaron a llevarle ofrendas, las autoridades de la Universidad decidieron volverla a enterrar. La deidad fue desenterrada en dos ocasiones: en 1803, a petición de estudioso Alejandro de Humboldt; y, en 1823, cuando el inventor William Bullock solicitó hacerle una copia en papel maché y se la llevó a Londres para exhibirla. En 1825, el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, la desenterró y la puso como obra de arte en el nuevo Museo Nacional.
En 1964, con la fundación del Museo Nacional de Antropología, la Coatlicue al parecer encontró su lugar definitivo. En el año 2000 la Sala Mexica fue reacondicionada y la diosa instalada en el lugar en donde hoy la podemos contemplar.

Coatlicue en el Museo de Antropología de Ciudad de México AQUÍ

Todo sobre Coatlicue AQUÍ

Coatlicue y la Piedra del Sol AQUÍ

Lo prehispánico como signo de identidad nacional AQUÍ

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La Colección.

Colaboración para la revista digital «Me Gusta Leer» de la compañera Merche Soriano. Ella me asignó una imagen para, sobre ella, escribir un relato de no más de mil palabras. Si quieres ver la convocatoria te dejo el enlace aquí.

imagen generada con IA por Tarkion (Miguel).

En el sofisticado recinto subterráneo, construido exprofeso para albergarlos, Vita e Indra miraban embelesadas, cómo, de la nada, se materializaban tablillas de arcilla cubiertas con escritura cuneiforme, también, tablillas de cera, manuscritos de papiro y de pergamino.

—¡Buen trabajo! —dijo Vita y abrazó efusivamente a su hermana Indra—. Este viaje en el tiempo que has hecho a Nínive me ha hecho muy feliz. ¿Dónde conseguiste todo esto?

—¿Dónde más? ¡La biblioteca de Asurbanipal! —contestó Indra, sin dar detalles de lo arduo que había sido, siendo ella tan femenina, caracterizarse de barbudo y poderoso asirio para después, mediante generosos sobornos en oro, acceder y «rescatar» todo lo que ahora estaba apareciendo frente a sus ojos.
Luego, recogió del suelo uno de los artefactos que hizo posible aquella hazaña: era un diminuto cubo negro. De él habían salido haces de luz verdosa en todas las direcciones, previo a la materialización de los objetos.

—¡Si nuestro padre, nos viera ahora! —una nube oscura nubló su mirada—. Seguro estaría enfadado. Nunca estuvo de acuerdo en que su esfera del tiempo sirviera para traer obras del pasado, aunque estas estuvieran destinadas a la destrucción.

—No seas aguafiestas. ¡Sé cuánto te gusta la aventura!, y además, estamos salvando verdaderos tesoros —replicó Vita. Ella vestia en forma despreocupada, como un muchacho, y con su pelo rubio muy corto, en realidad parecía uno.

—¡Pero nadie nunca podrá beneficiarse con todo este conocimiento! —dijo Indra. En sus ojos color miel se asomaban las dudas.

La idea de las hermanas era consolidar una gran colección con material que se sabía perdido: objetos de la biblioteca de Alejandría, de la de Pérgamo, los rollos de Herculano, códices mexicas, etc. Ellas los recuperaban antes de que la fatalidad los borrara de la historia. La pega era que su esfuerzo iba en contra de todas las leyes de viajes en el tiempo vigentes aquel año de 3050 d.C., por la posibilidad de alterar la historia humana. Al arriesgarse ambas a castigos ejemplares, todo lo recuperado, por más valioso que fuera, debía quedar oculto. Cambiar algo importante era una cuestión que preocupaba especialmente a Indra. Vita lo justificaba diciendo que aquellos objetos habían desaparecido en la antigüedad, por lo que no habrían tenido gran influencia.

De repente escucharon el sonido de una tablilla de arcilla hacerse añicos contra el suelo.

—¡No! —gritó Vita.

—¿Pero, qué diablos? —preguntó extrañada Indra.

De entre el material recuperado de Nínive salió un chiquillo harapiento. Ninguna de las dos lo podía creer. Vita abrió la boca, pero no pudo articular palabra.

—¡Imposible! —fue lo que dijo Indra acercándose al niño y tocándolo. Este se retorció ante el toque y gritó con todas sus fuerzas.

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Vita bebía una copa de auténtico vino Cheval Blanc 1947, e Indra, de gustos menos sofisticados, una cerveza corona, traída desde México. Había cosas que simplemente no podían ser escaneadas o replicadas, y tocaba traerlas físicamente. Se encontraban en la cocina de su casa, un lugar que más bien parecía un laboratorio. Las dos observaban cómo el chico asirio devoraba un plato de sopa hecho en el replicador de alimentos.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Indra desesperada.
—¿Qué más? ¡Regresarlo!
—No se puede. La esfera solo soporta un ocupante.
Vita se quedó callada, cerró los ojos, apretó los labios y luego explotó:
—¿¡Cómo pudiste ser tan descuidada!?

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Le llamaron Asur, (por Asurbanipal, el rey asirio), y le dejaron quedarse a dormir en las inmediaciones de la biblioteca. Era donde al parecer, más a gusto se sentía. En alguna ocasión Indra intentó que le diera un poco de sol y el chico se había desmayado al ver objetos voladores en el cielo, edificios que pasaban las nubes y gente vestida estrafalariamente.

Se comunicaban con él a través de señas para lo más básico.

Asur vio muchas veces a Vita bajar a la biblioteca, que más bien parecía un santuario, a tocar las tablillas, extender los pergaminos, oler los papiros, en un acto casi «amoroso» hacia aquellos objetos. Asur parecía no entender aquel comportamiento. En alguna ocasión Vita le dijo a su hermana que no le gustaba la manera en que el chico la miraba.

Una noche, a punto de entrar la madrugada, un violento temblor sacudió la casa. El movimiento fue tan terrible que ambas hermanas temieron por su amada colección. Al bajar, vieron que la sala recuperada de Nínive ya no estaba, y fueron testigos de la transformación de Asur en un imponente mago asirio vestido con túnica azul turquesa adornada con flecos dorados y bordados geométricos. Llevaba una barba oscura y algo larga, sus ojos negros y profundos, relampagueaban. Asur las vio desaprobatoriamente, gritó enojado algo en idioma acadio, y luego se esfumó en el aire.

—¡Al menos al resto de la biblioteca no le pasó nada!—dijo Vita aliviada—. ¡Ese mago debió venir imbuido en alguna de las tablillas de Nínive!

Las dos subieron al piso superior y se sorprendieron de ver que el paisaje que rodeaba su casa había cambiado: en vez de otras construcciones modernas del 3050, las sorprendio un desierto de arena, un zigurat, y a lo lejos, el reflejo de las aguas de un río.

—¿Acaso es, el … Tigris? ¡Te dije que no era buena idea «recuperar» objetos del pasado! —exclamó Indra al borde del llanto.

—¡Nada de esto hubiera sucedido si te hubieras fijado bien lo que traías desde Nínive! —gritó Vita angustiada.

No muy lejos de ahí, en la gran biblioteca de Asurbanipal, ya nada faltaba.

Autor: Ana Piera.

916 palabras.

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Mi relato en la revista digital Masticadores https://masticadores.com/2025/04/28/la-coleccion-by-ana-laura-piera/

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Conquistar un Sueño – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando del mes de Abril. Hay que escribir un microrrelato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el dado (ogro) y opcional que haga referencia al invento: microscopio.

Al sumergirse, los gritos de odio se desvanecen. Bucea feliz entre criaturas amables hasta llegar con la luna submarina y juega a conquistar su cumbre. Ella se lo permite, en los sueños todo es posible, y el ogro-buzo merece un respiro.

Él no quisiera abandonar su sueño acuático. Despierto no le espera nada lindo. Esta luna, al igual que su hermana celeste, es buena para conceder deseos y permite que el ogro sueñe por siempre, buceando entre peces, gambas, estrellas de mar y seres que solo verías a través de un microscopio.

Autor: Ana Piera

95 palabras incluyendo título.

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Desamor. Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de marzo 2025: Escribir un relato de desamor en no más de 250 palabras.

Con los ojos empañados, las manos temblorosas y sintiéndose una estúpida, digitó la intrincada contraseña que en un tiempo significó la puerta a la felicidad.

El blog privado había sido idea de él. ¡Tantos mensajes! Aunque ninguno reciente, y los últimos eran entradas propias, preñadas de preguntas, lamentos y tristeza que no encontraban eco en ninguna parte.

Esta vez supo resistirse al impulso de leer los del tiempo de la dicha, donde una frase hacía la diferencia entre un día de mierda y uno glorioso. Suspiró. Lo que fue bello, ahora la dañaba. Después de cinco años, reconoció que todo había sido una mentira, un juego cruel. Con el corazón roto eliminó aquel blog, y con su desaparición, supo dar por fin el primer paso para sanar: amarse primero a sí misma.

Autor: Ana Laura Piera.

133 palabras.

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Insomnes – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» de Marzo 2025. Crear un relato de no más de cien palabras, Inspirarse en la carta, incluir el mineral amatista y opcional que aparezca la flor de bach Cherry Plum.

Con la amatista bajo la almohada, sus sueños resultaban demasiado vívidos, incluso, angustiantes. Prefería eso a seguir insomne.

La que andaba desvelada era su abuela, buscando su amatista «perdida».

Cuando la abuela recurrió a un método de emergencia para dormir, encontró a su nieta en un sueño: la chica era una fiera sacerdotisa celta y ella, la abuela, la víctima que sería sacrificada a los dioses. Despertaron ambas muy impresionadas.

—Dividamos la piedra y compartamos este mundo onírico —propuso la abuela.

Antes de dormir, ambas tomaban té de Cherry Plum para que los sueños no se salieran de control.

100 palabras.

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Recompensa – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Enero 2025. Condiciones: crear un microrrelato de no más de cien palabras, inspirándonos en la carta, y que incluya el mineral «piedra del sol». Opcional que aparezca en la historia algo relacionado con la flor de bach: Aspen.

Carta: Gods and Titans.

En el vientre de Nidavellir, el enano Afi intuyó que, escondida en una veta despreciada, se encontraba una piedra del sol, que revela la valentía de los corazones. Al extraerla, la gema brilló en sus regordetas manos apenas como un carbón extinguiéndose. Esa noche tomó Aspen para combatir su miedo.

Llegó Odín a Nidavellir a supervisar a los enanos y Afi se la brindó avergonzado. Con Odín, la piedra fulguró deslumbrando a todos.

El dios, al ver la turbación de Afi, le dijo:

—No serás muy valiente, pero, ¡eres el mejor en lo que haces!, y lo recompensó.

99 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: Nidavellir, también conocido como Svartalfheim, es el reino subterráneo de los enanos en la mitología nórdica. Se le describe como un lugar oscuro y subterráneo, lleno de túneles y cuevas laberínticas, donde los enanos trabajan incansablemente en la forja y la creación de objetos extraordinarios.

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Planes de Navidad.

Mi participación en el VadeReto del mes de Diciembre 2024. La única condición es que el relato contagie amor, empatía y solidaridad.

Esa mañana de diciembre, Lucía juntó todas sus fuerzas para salir de su departamento y comprar las pastillas para dormir que le hacían falta. Hacía frío y el viento estaba tan fuerte que hacía aullar los árboles. Alzó la vista buscando al sol, pero el cielo era un lienzo borroneado con grises. Los días por venir se sentían como una losa y estaba muy cansada. «Un último esfuerzo» —pensó, e instaló en su rostro una fachada de alegría y despreocupación para poder entrar y saludar a la dependienta de la farmacia, como si nada estuviera ocurriendo.

—¿Pastillas para dormir? ¿Quién quiere dormir en estas fechas? ¿Ya fue al centro por la noche? ¡Han adornado todo precioso! ¡Con muchas luces! ¡Y hay muchas ofertas también!

Al entregarle el medicamento añadió con voz de comercial: «¡Feliz Navidad!»

—¡Feliz Navidad! —respondió Lucía con una amplia sonrisa en la cara, que se desdibujó de inmediato al voltearse en dirección a la salida. Caminó un poco por la calle y en una esquina vio un puesto de adornos navideños, al mirarlos de reojo, hubo uno que captó su atención.

A Lucía la Navidad no le agradaba. Es más, ni siquiera pensaba «estar» para esa fecha. ¿Qué hacía entonces ella admirando un adorno navideño? Aquella casita de cerámica azul, que cabía en una mano y que tenía una luz interior le pareció extrañamente irresistible. «Al menos no es roja» —pensó y la compró por impulso, aunque todo el camino estuvo a punto de regresarse y devolverla.

Aquella misma noche apagó todas las luces de su departamento y prendió la casita. La oscuridad se desordenó con luces alargadas en forma de cuadrado, proyectadas desde las ventanitas, y desde el minúsculo tejado, salieron estrellas.

Lucía se quedó dormida en el sillón mientras miraba aquel curioso objeto.

La casita por dentro era de madera. Una discreta, pero eficiente chimenea reinaba en la sala de estar. Recostada cuán larga era en uno de los cómodos sillones y con una suave frazada encima, Lucía se sentía extrañamente feliz. Frente a ella un hombrecito bonachón aventó al fuego unos buenos leños y una oleada cálida lo envolvió todo.

—Así está mejor —dijo, y se mesó su larga barba blanca que contrastaba con su tez rubicunda—. ¿Te ofrezco un café? ¿Un té? ¡Quizás un chocolate caliente! Por cierto, me llamo Rafael.

—Estoy bien así, gracias. Yo soy Lucía. Tu casita me parece muy acogedora y confortable.

—¡Gracias! —dijo Rafael sobándose el abultado vientre.

—No sé muy bien cómo es que estoy aquí. No recuerdo cómo entré. Yo soy enorme y este lugar es muy pequeño y tú… tú eres…

—Soy un duende —dijo Rafael muy orgulloso—. Supongo que estás aquí por la magia que abunda en estas fechas.

—Nunca me han parecido especiales estas fechas —dijo Lucía y sus ojos verdes se ensombrecieron.

—Tonterías. Hubo un tiempo en el que hasta «olías» la Navidad. Espera…

Rafael aplaudió dos veces y el ambiente se llenó de un olor especial: una mezcla de notas de pino, especias, dulces típicos, y galletas recién horneadas.

—¡Sí! Ahora lo recuerdo, pero ¿tú como lo sabes? —preguntó Lucía aspirando aquel aroma mientras los recuerdos de su niñez se agolpaban en su cabeza.

—Bueno, soy un duende especial —dijo guiñándole el ojo—. Sé que antes disfrutabas la Navidad y ahora te causa desazón.

—La disfrutaba de muy niña. Al crecer dejó de ser una festividad divertida: el alcoholismo de mi padre siempre nos amargaba el momento, murieron mis abuelos, la familia se fracturó. Para mí son días muy tristes, siento que no tengo fuerzas para afrontarlos y no puedo hablar con nadie de esto porque pareciera que es un sacrilegio no estar feliz. Además, no tengo a nadie con quien compartir, no me casé, no tuve hijos, estoy muy sola.

Rafael se sentó junto a ella y la miró con bondad.

—Tú y yo éramos hasta hace unos minutos unos perfectos desconocidos y ahora estamos aquí, compartiendo, y eso se siente bien, ¿no?

—La verdad es que sí. A ver, cuéntame más de ti —dijo Lucía. Rafael sonrió.

—Bueno, cada Navidad hay objetos y seres mágicos que se distribuyen por el mundo, como esta casita, como yo mismo. Nuestra misión es ayudar.

—¿En serio? ¿De dónde vienen o quién los envía?

—Eso es un secreto y no puedo revelarlo. Ahora mira, me gustaría que intentaras hacer algo diferente en estas fechas. Compartir un poco de tu tiempo con alguien que lo necesite. ¿Lo harías?

—No estoy segura, además ya tengo «planes» para la noche de Navidad, pero lo pensaré.

—¡Que lo pienses ya es algo! —dijo Rafael entusiasmado y le dio unas palmaditas afectuosas en la pierna que resultaron ser un poquitín fuertes.

Lucía abrió los ojos y se sobó la pierna. Seguía sentada en su sillón y enfrente tenía la casita iluminada. Aquel «sueño» se había sentido muy real, también había sido extraño, aunque agradable. Hacía mucho que no soñaba lindo. Se levantó para observar la casita de cerca, el interior estaba vacío excepto por la pequeña bombilla. Intrigada, esa noche dejó migas de galletas y unas gotas de leche en unas tapitas de refresco, junto a la casita. Al otro día sonrió al ver que no quedaba nada de lo que había dejado y a partir de aquel día, siempre dejó algo de comer o beber.

Decidió cambiar sus planes para la Nochebuena: la bolsa con las pastillas las donó a una clínica. Ahí mismo vio un cartel solicitando voluntarios para preparar y servir la cena de Navidad a personas sin hogar, no lo pensó mucho y se apuntó. Aquel año y los subsecuentes, no la pasó sola, la pasó sirviendo a otras personas y departiendo con otros voluntarios como ella. De ese modo, Lucía volvió a sentir el espíritu Navideño.

Autor: Ana Piera.

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Transmutación – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» del mes de Diciembre. Consiste en hacer un relato de no más de cien palabras inspirados en la carta, donde aparezca el elemento del dado (caperucita) y opcional algo relacionado con esta localización «observatorio».

Un cuervo robó el libro de la Caperucita Roja y desde el aire lo lanzó a tierra. Se desprendieron todas sus letras, que buscaron de nuevo su lugar, pero algo había cambiado, el lobo habitaba ahora la piel de la niña y ella la del lobo.

La abuelita vio todo desde su observatorio. Fue y tomó con ternura la mano del lobo, lo llevó a su casa donde le confeccionó vestidos y le enseñó a comer delicadamente con ese hocico tan grande. La Caperucita rondó la casa por mucho tiempo, lamentándose de su suerte y comiendo bayas y pan.

100 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Piera

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Consecuencias – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Noviembre. Lidia Castro nos invita a escribir un micro de no más de cien palabras inspirados en la carta, que incluya el mineral «calcita» y que aparezca algo en la historia relacionado con la flor de bach «chicory» la «flor del desapego»

«Los lobos vendrán por ti hijo mío» pensó la reina viuda mirando a su hijo. La orfandad a veces es una trampa mortal, aunque uno sea un príncipe.

A solas, ella le impuso las manos haciendo uso de una magia profunda y misteriosa. Por segundos, su dije de calcita se volvió un ojo fulgurante y el adolescente tomó momentáneamente la forma de un poderoso león.

Al quedar sola, la reina quemó «chicory» o la «flor del desapego». Sabía que ninguna magia es gratuita y ahora tendría que pagar. Se despidió de la vida tranquila, sabiendo que su hijo prevalecería.

99 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Lo que no pudo ser. Cuento corto.

Mi participación para el reto conjunto VadeReto y Alianzara del mes de Noviembre, (el mes del terror). Este reto tiene como título «El Espacio», refiriéndose al lugar donde sucede la historia y que debe de influir en todos los aspectos de la misma.

No pude reprimir un grito tan entusiasta que despertó a mi mujer, ella me lanzó una mirada asesina, eran las 4.00 a.m.

—Lo siento cariño, ¡encontré el medio motor 1600 de reemplazo para la combi! Está en un depósito de autos chocados.

—¡Cierra ese maldito iPad y deja dormir! —dijo, dándome la espalda.

Si algo me enorgullecía especialmente, era esa combi Deluxe 1968. Había sido el auto familiar en mi niñez y mi padre solía llevarnos en ella a acampar. (Una actividad que siempre sufrí y de la que no podía escapar). Mi hermano mayor, Julián, solía burlarse diciendo que yo le tenía «alergia a la naturaleza» o que era «un cobarde» y bueno, razón no le faltaba, siempre preferí la ciudad al campo, este último me daba desconfianza, prefería mil veces quedarme en casa y hojear revistas sobre autos, mi pasatiempo favorito. Mi hermano acabó heredándola, pero en una ocasión en que necesitó dinero, se la compré. Poco a poco me fui deshaciendo de todas las modificaciones que me traían malos recuerdos: techo elevable, sillón cama, mesa plegable, cortinas, etc. Se trataba de un modelo clásico, construido en Alemania y quería dejarla totalmente original, sin rastro de su pasado campista.

Emprendí el viaje a media mañana, prometiendo regresar al día siguiente. Mi Camaro 1969 salvó la distancia que me separaba del medio motor en exactamente cuatro horas y media. Llegué al lugar que marcaba el GPS un poco antes de las cinco de la tarde.

El depósito estaba rodeado de un muro rústico de ladrillo asediado por ortigas, cardos y otros tipos de maleza. Estaba algo alejado de la ciudad más cercana y ubicado sobre la carretera. Muy a mi pesar, estacioné el auto en una franja de terreno angosta y peligrosamente pegada al acotamiento. Me bajé y caminé buscando la puerta de acceso. Cada paso que daba producía una desagradable nube de tierra muy fina que se depositaba en mis inmaculados zapatos deportivos blancos. Rodeé el lugar hasta dar con un enorme portón metálico. Toqué varias veces y grité hasta que después de diez minutos, escuché a alguien detrás de la puerta metiendo una llave con parsimonia. La puerta se abrió con un crujido que evidenciaba abandono. Frente a mí apareció un hombre mayor de pelo y bigote completamente blancos y desaliñados, con aspecto soñoliento.

—Vengo por el medio motor 1600 de combi que anuncian en internet. Mandé un mensaje.
—No sé nada de eso, amigo.
—¿Cómo? ¡Aquí está el anuncio y el mensaje que envié! —saqué el móvil para mostrarle, pero para mi mala suerte en aquellos parajes no había señal.
—Puede pasar y buscarlo, creo que hay una al fondo. Siga el sendero principal.
—Ok —contesté molesto.
—Yo ando siempre por aquí. Soy Anselmo abrió la boca, como a punto de decir algo más, pero no lo hizo.

El hombre se alejó con paso cansino, y un par de veces volteó a verme, luego se metió en una oficina ruinosa.

El lugar era enorme, reinaba el polvo y una suciedad grasienta lo impregnaba todo. Vehículos de todo tipo, la mayoria siniestrados y en muy mala condición estaban acomodados sin mucho orden. Más de una vez, mientras lo recorría, me pregunté si los ocupantes de tal o cual unidad, habían sobrevivido, claramente en algunos casos, eso parecía imposible. Recuerdo una vieja camioneta Toyota Corona 1969 blanca, muy maltrecha, que parecía haberse volteado. Por un hueco grande en el cristal estrellado de una de sus ventanas me asomé a la cabina. En el interior había manchas ominosas sobre la tapicería y en el techo vi «algo» pegado; parecía un pequeño papel arrugado y seco de color café claro, cubierto de pelos negros. Tardé un poco en darme cuenta de que se trataba de piel humana con cabello adherido. Me alejé muy impresionado.

«Al fondo», había dicho el tal Anselmo, y yo caminaba y caminaba por el sendero principal, rodeado de aquella desolación y el bendito «fondo» parecía inalcanzable. ¿Tan grande era ese sitio? La luz transitaba ya de la tarde a la noche. Con seguridad tendría que echar mano de la linterna del móvil.

Noté que ahora me encontraba en la parte más antigua del depósito y que los autos ahí tendrían muchísimo tiempo, quizá décadas. ¿Por qué nadie los había reclamado? Los espacios entre ellos se habían reducido considerablemente. Deseaba encontrar ya la combi, revisar que el motor me sirviera y largarme.

El silencio se interrumpió por el sonido de un claxon agudo que me sobresaltó. Provenía de un viejo Renault 4 1963, que de por sí había sido un modelo pequeño, pero este, con su parte posterior comprimida como acordeón, se veía diminuto. «Debe ser la batería, quizás un falso contacto» —pensé. El Renault aullaba cada vez más fuerte y a intervalos más cortos, conforme me iba acercando, pero al pasar yo frente a él, enmudeció. Por curiosidad, abrí la cubierta del motor y me invadió el desconcierto, pues no tenía batería, ni máquina, ni nada, era solo un cascarón. Me fui de ahí tratando de pensar en una explicación sin encontrar ninguna que fuera lógica. Me embargó una sensación de desasosiego.

Si quería evitar que me pillara la noche, debía darme vuelta ya, pero no quería irme con las manos vacías. De repente vi a alguien caminando entre los autos, primero supuse que era Anselmo, sin embargo, el hombre iba vestido con un mono azul de mecánico y al viejo lo había visto portando mezclilla y camisa blanca. Quizás sería algún trabajador del lugar.

—¡Ey! ¡Ayuda!

El tipo no se inmutó y fui tras él, aunque eso implicó salirme del sendero principal y meterme de lleno en el laberinto de autos malogrados.

—¡Espere! ¡Necesito ayuda!

Ahora los autos estaban acomodados todavía más juntos y apenas se podía circular entre ellos, podía ver la espalda del hombre, quien se movía con sorprendente facilidad. Yo seguía gritándole y siguiéndole a duras penas, con mi ropa rozando las sucias carrocerías y recogiendo aquel asqueroso y añejo polvo. Vi que adelante estaba ya la pared perimetral de ladrillos. El hombre tendría que detenerse, sin embargo, su cuerpo atravesó el muro y ya no le vi más. Se me heló la sangre. Temblando y sudando frío, intenté regresar al sendero principal, pero ya no lo encontré.

Con la noche encima, mis pasos se volvieron frenéticos, ya no me importaba encontrar la camioneta, solo quería salir de ahí. Se escuchaban ruidos extraños, desde los normales crujidos de los metales al cambiar la temperatura, hasta débiles sollozos y quejidos que salían del interior de las tristes unidades por las que iba yo pasando. Percibí olor a gasolina quemada y algunas chatarras aparecían envueltas en humo. Desde su interior se oía el golpeteo de manos desesperadas, y gritos horripilantes de gente quemándose y queriendo salir. Sentí angustia y mi corazón y respiración se aceleraron. ¡Aquel lugar estaba lleno de fantasmas!

Luego de un giro, me tope con la combi. ¡No podía creerlo! ¡Por fin tenía delante el objeto de mi deseo! Traté de calmarme, respiré hondo aquel aire enrarecido y me concentré. Estaba entera y parecía no haber estado involucrada en ningún accidente. Coincidía en año con la mía, y a juzgar por la poca pintura original que le quedaba, alguna vez tuvo el mismo color azul pálido. No tenía ya la puerta corrediza y desde afuera se podía ver el arruinado interior. Sin pensarlo mucho, subí a ella.

—Papá, no quiero.

La combi familiar recorría lentamente la carretera que serpenteaba en medio del bosque. Yo tenía frío.

—Deja de ser un mariquita —dijo Julián, quien estaba en el asiento del copiloto —no volteó hacia mí, pero yo imaginaba su mirada burlona. Lo odié con todas mis fuerzas en ese momento.

Detesto estos viajes, prefiero quedarme en casa. ¿Por qué me obligan?

La camioneta llegó al lugar donde solíamos pararnos a acampar. Mientras mi padre y Julián preparaban todo para dormir, mi deber era recoger leña seca para la fogata.

—Asegúrate de que no estén húmedas como la otra vez —dijo mi padre sin voltear a verme.

Por experiencia sabía que de nada servía protestar. Con una linterna en la mano, un saco para guardar la madera y una navaja suiza en el bolsillo, me aventuré en los alrededores. Era noche cerrada y yo tenía miedo, temblaba de pies a cabeza, pensaba en animales salvajes, en caerme o perderme. Alguna vez escuché a mamá cuestionar a su marido sobre aquellos paseos, pues yo tenía apenas 11 años y ningún gusto por el campismo o la vida al aire libre. Él contestó que aquellas excursiones fortalecerían mi carácter.

Traté de darme prisa recogiendo la madera que encontraba. Al levantar un leño noté una humedad pegajosa en mi mano, alumbré con la linterna; era un líquido viscoso y rojizo. Casi de inmediato, sentí que una gota me caía en la frente. Dirigí la luz hacia arriba, de un pino colgaba un cuerpo humano que se balanceaba y chorreaba sangre. Grité como un poseído, solté el saco y traté de regresar a toda velocidad al campamento. Alguien me alzó violentamente mientras corría, perdí la linterna y sentí una mano pesada y rasposa sobre la boca.

Como despertando de un trance, y siguiendo una corazonada, miré el piso desnudo de la camioneta, busqué en un rincón una «X» que alguna vez, ocioso y sin que me vieran, hice, levantando la parte plástica y rasguñando el metal con mi navaja suiza. Ahí estaba, ennegrecida por el tiempo, pero aún se veía. Bajé sintiéndome muy confundido. Encendí la linterna de mi móvil y fui a la parte de atrás para abrir la tapa del motor. Frente a mí tenía un viejo 1600, envuelto en un sudario de óxido. Alguien se me acercó por detrás y extrañamente no me sobresalté. Dirigí la luz hacia él, era Anselmo. Observé con detenimiento su ropa: el pantalón de mezclilla era ahora un guiñapo y la camisa blanca estaba desgarrada y tenía manchas de sangre; su cara, del lado izquierdo, era una masa sanguinolenta.

—¡Lo encontró! ¡Bueno, siempre lo encuentra!— dijo, y su rostro deformado esbozó una media sonrisa.
—Sí dije, recordando que no era la primera vez que me encontraba en ese lugar.

—Yo ya estaba aquí cuando la trajeron dijo refiriéndose a la combi. Encontraron gente muerta dentro —hizo una pausa mientras yo digería la información—. Amigo, regrese a «su ciudad» y siga soñando la vida que no tuvo —su respiración era entrecortada y dificultosa—. En una de esas se le «olvida» este sitio tan malo, aunque he de confesarle que aunque usted nunca me recuerda, siempre me da mucho gusto verle.

Autor: Ana Laura Piera

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