EN TU MUNDO

La angustia de la noche anterior casi se borra del todo al contemplar mi primer amanecer en este mundo: tres magníficos soles, como esferas incandescentes colgadas de un cielo de tintes violáceos, me han dado la bienvenida. De un mar lejano me llega un murmullo de olas, bramidos formidables atenuados por la distancia.

Mi nave se averió y me vi obligado a descender en este extraño planeta, estoy solo, lejos de los míos y, sin embargo, la belleza de este amanecer me da esperanza. Cuando se terminaba la provisión de oxígeno de mi traje espacial, decidí quitarme el casco protector. Aunque sabía que había una atmósfera no sabía si esta podía sostener mi vida. Estaba preparado a morir. Incluso había imaginado el ruido sordo que harían mis pulmones al estallar dentro de mí. Pero para mi sorpresa, me encontré con que podía respirar el aire de este mundo. Inhalo y exhalo un aire dulzón que me recuerda el olor de unos caramelos que nos daban como recompensa por portarnos bien cuando mis hermanos y yo éramos niños.

La fuerza que me dan estos recuerdos se ve opacada ante la visión de mi nave rota e inservible. Un lúgubre pensamiento invade mi mente: «Moriré solo en este lugar».

Me han despertado unas cosillas que flotan en el aire, rozaron mi rostro y me hicieron estornudar. Son transparentes y luminosas, de movimientos lentos y sincronizados; si me quedo quieto y cierro mis ojos, puedo pensar que son caricias, si, caricias de este mundo a mi cuerpo maltrecho, creo que me dicen que no desmaye, que todo estará bien.

Definitivamente dejé mi nave, nada puedo hacer con ella. Me alejo y lloro, no sé que será de mí. La incertidumbre duele, el miedo aprisiona mi corazón.

Te vi mirándome mientras te ocultabas detrás de un cerro transparente. ¿Acaso no ves que te puedo ver a través de él? Primero sentí temor y luego una inmensa alegría, ¡por fin! ¡Alguien! Fui corriendo a tu encuentro, pero cuando pensé alcanzarte habías desaparecido… ¿regresarás? ¿O eres acaso una mala broma de mi mente? Siento tu presencia muy cerca, a veces te veo, otras te adivino, unas más te huelo. Hueles al aire salobre que se respira a la orilla del mar.

No sé quién eres ¡vaya! Con esos tres ojos asomados en tu rostro y ese par de corazones latiendo furiosos dentro de tu pecho ni siquiera sé “qué” eres; solo sé que me buscas y yo te necesito. ¿Llegaré a conocerte? Ahora soy yo el que te sigue, busco tus huellas de siete dedos, necesito encontrarte.

Un nuevo amanecer nos sorprende sin saber a ciencia cierta dónde acabas tú y dónde empiezo yo. Poco a poco me vuelvo uno contigo, me integro feliz a tu ser, me acomodo en ti aunque siento que me faltan extremidades y sentidos para colmar tu ávido cuerpo, lleno de multiplicidades. Hoy ya no hay ayeres para mí, solo puedo pensar en mañanas contigo, mañanas que inician como hoy: con esos tres magníficos soles dorados como testigos de este abrazo infinito.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

LUIS, MI ABUELO.

«Hay que recordar el vacío entre dos vidas cantando. Con el menor equipaje posible de recuerdos.» Benjamín Jarnés.

Amanece tímidamente sobre el mar y sobre la cubierta del buque de vapor “Sinaia”, Luis otea el horizonte con la esperanza de alcanzar a ver el puerto de Veracrúz. Hay muchas personas en cubierta que como él esperan ansiosos. Tras casi dieciocho días de viaje está emocionado y a la vez nervioso. A sus veinticuatro años siente que ha vivido ya demasiadas vidas y ahora tendrá que empezar otra. Los recuerdos se agolpan en su cabeza y por última vez los deja correr libres, cual caballos salvajes. No intentará suprimirlos, pues tiene la firme intención de que al bajarse del buque los deje en él, o mínimo, se queden archivados y olvidados en un rincón de su mente, de lo contrario teme que quizás no tenga la fuerza necesaria para continuar.

Buque de vapor Sinaia 1924-1946

Recuerda su infancia en el risueño pueblo de Guadix, un pueblo granadino a los pies de Sierra Nevada, con veranos cortos y cálidos e inviernos largos y demasiado fríos. En su familia, los hombres se habían dedicado siempre a reparar trenes y él mismo era un excelente mecánico ferroviario. De la mano del recuerdo le llega el olor a fierros engrasados: el olor de su taller.

Pueblo de Guadix, Granada, Andalucía, España. Photo by Jorge Segovia on Unsplash

En algún momento decidió dejar sus trenes y seguir los pasos de su hermano mayor Ginés en cuanto a política e ideas, y al estallar la Guerra Civil Española la vida los sorprende del lado perdedor. Ginés es apresado y condenado a muerte, pero la pena es conmutada por treinta años de prisión. Las lágrimas se agolpan en sus ojos y una gota salada resbala por su mejilla al recordar a su madre que perdió dos hijos de golpe.

Sus compañeros y amigos caídos en batalla, son los fantasmas que con más ahínco quisiera dejar sobre la cubierta del Sinaia; pero sospecha que siempre que mire su brazo izquierdo, chueco a consecuencia de una herida mal soldada, les recordará siempre.

mi abuelo (flecha) y algunos de sus compañeros

Perdido todo ya, logra pasarse a Francia y es recluido junto con muchos compatriotas: hombres, mujeres y niños en el campo de concentración de Argeles Sur Mer en la región del Rosellón en Francia. El infierno en la playa, pues las condiciones habían sido horribles: sin servicios, sin comida, sin un techo y a merced de los elementos. De esa etapa, nunca olvidará el viento, cortante como navaja afilada, la terrible humedad y los numerosos muertos en los primeros días de ese campamento infame. Una cosa era morir peleando y otra morir en esas circunstancias indignas.

refugiados españoles llegando al playón que se convertiría en campo de concentración en Argeles Sur Mer Francia.

El Sinaia, repleto de refugiados, zarpó del puerto francés de Sette el 25 de mayo de 1939 y al poderse contar entre sus pasajeros había logrado rehuir un destino incierto: unirse al ejército francés contra los nazis o regresar a España donde lo esperaba la muerte. ¡Había sobrevivido a tanto!, incluso a la travesía por mar que no estaba resultando fácil. Era un barco pensado para seiscientas cincuenta personas y estaba transportando mil quinientas noventa y nueve. Las condiciones eran de hacinamiento, la comida no abundaba y el estado anímico no era el mejor para nadie. Para distraerse había sabido hacerse útil en la cocina donde ofreció su ayuda. Ahí aprendió algunas cosas del oficio que estaba seguro le servirían de una u otra forma.

El Sinaia pasando por el estrecho de Gibraltar, para muchos, no volverian a estar tan cerca de España.

«¡Tierra! ¡Tierra! ¡México!», el grito cortó de tajo sus pensamientos y forzando un poco la vista tuvo el primer atisbo de su destino: las luces del puerto de Veracruz que recién despertaba a la vida cotidiana aunque ese día resultaría ser extraordinario.

Durante la travesía algunos pasajeros, intelectuales distinguidos, habían organizado un pequeño periódico donde gracias a un mimeógrafo se plasmaban las últimas noticias del mundo recibidas por radio y se organizaban conferencias para divulgar información básica sobre el país que les acogería. Luis no había sido indiferente a estos llamados para tratar de comprender a la nación que les recibía y a su gente. Pero nada lo había preparado para la bienvenida que el gobierno de México y los veracruzanos les tenían preparada: gritos de júbilo, aplausos, porras, mantas de bienvenida. El ambiente era festivo.

Llegada del Sinaia al puerto mexicano de Veracruz
Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

Tras ese cálido recibimiento, Luis se sintió sereno y confiado. Pasadas las once de la mañana, fue su turno de bajar del Sinaia a quien en silencio le dio las gracias, mientras ponía pie por primera vez en tierras mexicanas.

Nunca más regresaría a España.

Fin.

Esta entrada me resultó muy emotiva por contar la historia de mi abuelo a quien yo conocí de pequeña. Sus motivos, ideas políticas y elecciones tuvieron consecuencias para él y para mucha gente que se cruzó en su vida en esas circunstancias terribles. Soy consciente que en ambos bandos hubo pérdida de vidas humanas e historias desgarradoras.

En su futuro estaba casarse con una mexicana y tener cinco hijos, uno de los cuales murió en su infancia. Hizo su vida en México y siempre tuvo un reconocimiento especial para Lázaro Cárdenas el presidente Mexicano que les abrió las puertas del país. Nunca se acostumbró a las cosas picosas de su nueva tierra. En la familia aún preparamos los Pulpos en su Tinta que aprendió a hacer a bordo del Sinaia. Yo recuerdo vívidamente su brazo chueco. Como buen mecánico, una vez nos hizo un buggy.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

FLORIFAGIA

Devorando flores

Photo by Sabina Tone on Unsplash

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era como si cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?, anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa, pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un colibrí descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nos fuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó este cuento puedes compartirlo o rebloguearlo. Sólo te pido darme crédito como su autora y si es posible mencionar este blog. ¡Gracias por leer!

Tengo otro cuento con la misma temática por si gustas pasar: https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/12/04/florifagia-ii/

https://bloguers.net/literatura/florifagia-devorando-flores/

EL ÁNGEL

Un ser celestial encuentra un motivo para no regresar al cielo.

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El ángel se deshizo rápidamente de toda la parafernalia angelical: alas, túnica, aureola, todo fue a dar a la basura. Y aunque no quería ser más un ángel decidió conservar la cuerda dorada con que anudaba su túnica. Se maldijo por ser tan débil y fue a sentarse a la orilla de la carretera.

Llamó la atención de Perla de inmediato y ¡cómo no!: un hombre hermoso, desnudo, salvo por un resplandor dorado en la cintura. La chica detuvo su auto compacto y bajó el vidrio para hablar con él. Pacientemente le explicó que si la policía lo veía, se lo llevaría preso por faltas a la moral. Le preguntó qué le había pasado y si lo podía llevar a algún lado, pero aquel ser parecía tan desorientado que tomó la decisión de llevarlo a su casa. Hizo todo lo que su madre siempre le había dicho que nunca hiciera, pero algo había en él que le transmitía tranquilidad.

Lo alojó en el cuarto extra que tenía su departamento y le dio algo de ropa de hombre que su ex pareja había olvidado recoger. Aunque no era la talla exacta, le sirvió. Aquella noche Perla no pudo evitarlo, se sentía atraída hacia aquel hombre misterioso. Entró a la habitación donde el ángel se encontraba adormilado y se deslizó en la cama. Él parecía completamente desconcertado ante los embates de besos y caricias de la muchacha, pero poco a poco comenzó a responder, primero torpemente y después con una pasión que él mismo no sabía que tenía; pero que encontró maravillosa.

Al otro día le despertó el delicioso olor a café que Perla preparaba en la cocina y de repente recordó la cuerda celestial que había conservado. Ahora sabía que nunca más la necesitaría pues había encontrado OTRO CIELO.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

RECUERDOS – Microcuento

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Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa. Deambuló de aquí para allá, pero le atrajo especialmente la calidez que emanaba de la cocina y que abrió la llave a los recuerdos:

Le vino a la mente el postre de higos en almíbar que le preparaba Isabel y que tanto le gustaba; la deliciosa sensación que dejaban en su cuerpo de hombre las caricias, como aleteos de paloma, que le prodigaba aquella maravillosa mujer. Recordó también cómo le gustaba perderse en esa mirada de un azul deslavado que a ratos se asemejaba más al gris. «Es que llegué tarde a la repartición de color», solía decir ella a manera de explicación y ambos reían.

Un fuerte ruido interrumpió su remembranza. De repente de todos lados le llovían golpes. Era Isabel, sus ojos azul-grisáceos relampagueando de furia y queriéndolo sacar a escobazos. Tuvo que hacer gala de toda su pericia y agilidad para poder huir.

«Esto de reencarnar en gato tiene sus ventajas» pensó, mientras se alejaba a toda prisa.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Historia de Amor – Microcuento.

Amores aparentemente imposibles que sobrepasan el tiempo.

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«Pueblo chico, infierno grande», dice el dicho popular. A las pocas horas de haberlas encontrado a punto de morir en la vieja mina, todo el mundo sabía que aquel par de muchachas adolescentes casi pierde la vida buscando quién sabe qué. Las habladurías decían que eran pareja y habían ido a la mina a cosas innombrables. Después de decir tal cosa, las personas se persignaban y pedían perdón a Dios, no fuera que del cielo les mandara una lluvia de fuego y destruyera todo, emulando el episodio bíblico de Sodoma y Gomorra.

Un mes después, ya recuperadas físicamente y además, curadas del susto, (ya nunca volverían a la mina), disfrutaban de un helado en el parque. Sin decir nada, dejaban que sus ojos hablaran por ellas y se juraban amor eterno. Algún día emigrarían a otro lugar menos hostil que su pueblo natal.

Ya adultas, bien entradas en la tercera edad, recordaban aquel incidente entre risas y banderas, mientras marchaban, tomadas de la mano, en el día del orgullo gay 2045.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LOS AMANTES

Una tarea: escribir sobre un cuadro.

Cuadro Los Amantes . Autor: Rene Magritte.

—¡Despierten! ¿Qué carajos ven en ese maldito cuadro? —el golpe propinado en la mesa fue lo suficientemente fuerte para llamar la atención de sus compañeras.

Tina hizo una mueca de hastío mientras observaba “Los Amantes” de René Magritte. La mirada de Renata denotaba un poco más de interés. Antonio había perdido la paciencia. Debían terminar entre los tres un relato inspirado en aquel cuadro extraño y no habían avanzado nada. Renata salió de la habitación y Antonio, molesto, empezó a guardar sus cosas. Pero la chica regresó con dos pañuelos blancos y se envolvió el rostro con uno de ellos mientras le lanzaba a Antonio la otra prenda. Tina comenzó a reír estúpidamente, pero luego calló al ver que el joven imitaba a Renata. Luego ambos se acercaron torpemente y unieron sus bocas cubiertas de tela. Así estuvieron mucho rato, tanto, que Tina acabó por irse.

Fue un beso extraño, revelador. La experiencia les habló de pérdidas y no solo sensoriales, también de amigos, amores y libertades. Acabaron llorando y comenzaron a escribir sobre un amor imposible. Al terminar el borrador, Renata se acercó a Antonio, esta vez con deseo. —Nosotros no somos ellos —le dijo mirando el cuadro. Él se acercó y unió su boca desnuda a la de ella, primero tiernamente y luego con fuerza.

Años después, viviendo juntos, una pandemia azotó la Tierra y la proximidad con otros se consideraba una amenaza. Abrazados en su cama durante el estricto confinamiento, recordaban esa experiencia:

—Fue una suerte encontrarte —dijo él acariciándola.

Ella apagó la televisión con el control remoto y acercó su boca a la de Antonio. Afuera, el mundo estaba oculto, pero ellos podían verse y amarse.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

SOÑANDO CON MARIPOSAS

Para este cuento me inspiré en la migración de la mariposa Monarca.

fotografía de Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!

Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:

—Son las mariposas Monarca, Juanito: “Papalotl”. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto más valiente que ellas, ¡No señor, no lo hay!

Y aquella tarde, como tantas otras, abuelo y nieto habían espiado el horizonte para verlas llegar, cada uno con la ilusión de ser el primero en anunciar su retorno. Juan Manuel recordaba quedarse dormido, para después despertar ante el grito jubiloso del anciano:

—¡Niño, levántate, ya están aquí!

Entonces, sus ojos jóvenes y sedientos, se abrían inmensos para beber sin medida el espectáculo fascinante de millones de pequeñas mariposas llegando a los bosques de Oyamel en tierras Michoacanas.

—Vienen del norte hijo, de muy lejos. Vienen huyendo del frío. Son increíbles, recorren muchos, demasiados kilómetros para llegar aquí. Si hubiera ido a la escuela te podría decir cuántos, pero no lo sé.

La voz del abuelo sonaba diferente cuando hablaba de las Monarcas. Juan Manuel pensaba que parecía otra persona, rejuvenecido por la emoción y el asombro. Al igual que un terrón de azúcar diluyéndose lentamente en la boca hasta que solo queda un dulce regusto, así se desdibujó el recuerdo del viejo. Ahora, Juan Manuel ya no era el niñito de 8 años, sino el joven de 17, soñando con emigrar como las mariposas. “Quiero ser como ellas” pensaba. “Elevarme y recorrer todo el camino hasta el norte, ganar mucho dinero con mi trabajo”.

Le habían hablado de los peligros que enfrentaban los migrantes que viajaban a los Estados Unidos, pero cuando pensaba en las Monarcas todo le parecía posible: “Ellas son tan osadas, tan fuertes y resilientes. Algo me habrán enseñado todos estos años de observarlas”.

Y Juan Manuel se fue de su tierra natal sintiendo aletear dentro de él, un par de hermosas y simétricas alas. Tenía la voluntad puesta en un solo objetivo: llegar y triunfar. Había iniciado el viaje al mismo tiempo que las mariposas regresaban al Norte después de cumplir con parte de su ciclo de vida en el refugio boscoso. El cielo azul de abril se tiñó entonces de inquietos anaranjados, y siguiéndolas iba él. ¡Que importaban los pies sangrantes, la sed perenne, el hambre, los peligros y los maltratos! Él era una Monarca, como las que llegaban a su tierra y al igual que ellas, llegaría a su destino.

El “Norte”, la tierra prometida y sus habitantes, le recibieron cual pequeña y repulsiva larva, pero luego él se había vuelto una crisálida llena de promesas, para después emerger imago, adulto, alcanzando un modesto éxito como forastero en tierra ajena. Así, se había forjado una vida, se había reinventado a sí mismo, pero nunca había olvidado México, su tierra, cuya voz constantemente escuchaba por las noches, llamándolo: “Juanito, Juan, Juan Manuel…”

Igual que las mariposas, un buen día emprendió el viaje de regreso. Juan Manuel espera hoy nuevamente a las Monarcas. Las arrugas surcan su rostro, su pelo se ha teñido de blanco. Ya no sueña con irse o regresar, sino con ser como esos guerreros mexicas de los que su abuelo le hablaba. Aquellos que, muertos en batalla, se elevaban hasta el sol, y después de ayudarlo a andar por cuatro años, se iban al paraíso. Ahí, eran transformados en pájaros o mariposas, y pasaban el tiempo libando miel de las flores. Él sabe qué clase de mariposa desea ser: Quiere ser una Monarca, lo desea con toda su alma.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

 

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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De Magos y Estrellas…

Una vez hubo un mago enamorado de una estrella…

El anciano miraba desde la torre más alta del viejo castillo. Iba de cuarto en cuarto, asomándose en todos los balcones, esperando tener una mejor perspectiva del cielo nocturno, pero todo era en vano. Llevaba varias noches buscándola y no encontraba su estrella, esa que era la luz de sus noches, la blancura de sus horas, la frialdad gaseosa que a pesar de su naturaleza gélida, mantenía tibio y latiendo su corazón. «Alhena, Alhena, ¿dónde te has metido? ¡Esto es horrible!»

Alhena la brillante, la hermosa, la rebelde que una noche dejó su nación de estrellas y bajó a la tierra, enamorada de un mago. Consumada su unión, ella tuvo que regresar a su puesto en el cielo y desde ahí lo había amado fiel y constante. Fue testigo de los estragos del tiempo en su amante, vio la noble barba oscura convertirse en una cascada nívea, el liso de su frente volverse barrancas de sal. Él había cambiado tanto, pero el amor que se tenían era inmutable. Vencido por una tristeza mortal el mago se dirigió a su habitación. Tras incontables horas de derramar lágrimas, estas hicieron un río debajo de su lecho, diminutos peces nadaban en él siguiendo el curso del agua hasta el sótano. Libros y muebles flotaban en aquella tristeza acuática que minaba los cimientos de la antigua construcción.

De repente, en medio de la oscuridad, un tímido destello se hizo presente dentro del dormitorio del anciano. Este mantenía cerrados los ojos y no lo percibió sino hasta que el fulgor se había vuelto tan brillante que era imposible ignorarlo. «Oh mi amor, mi dulce amor. Thuban, no llores, mírame, aquí estoy, ya es hora». Thuban, el mago, abrió los ojos y de inmediato fue cegado por la luz de Alhena. Sus ropas se vaporizaron y quedó desnudo. Oleadas de un placer celestial inundaron al viejo, su cansado cuerpo se estremecía y con cada movimiento la juventud perdida regresaba a él. Entonces, carne, huesos y gases helados, se fundieron gozosos para siempre y se elevaron despacio rumbo a su lugar eterno en la noche del mundo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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NAHUAL ENAMORADO

Dentro de las culturas mesoamericanas un nahual es un brujo o ser sobrenatural que tiene el poder de transformarse en un animal. El término se refiere tanto a la persona como al animal en que se transforma. Este cuento habla sobre un nahual:

Me llamo Adolfo: soy feo, bajito e insignificante. Tengo ojos pequeños, casi inexistentes. Mi piel es del color del cacao y mis cabellos negros y tiesos se elevan al cielo como púas. Un ser ordinario por fuera, pero por mis adentros fluye como savia una sabiduría ancestral mágica y profunda.

Tú no reparas en mí cuando te veo a la salida de la iglesia y una horda de admiradores te sale al paso y las beatas y solteronas del pueblo te miran con envidia mal disimulada. También me ignoras cuando te observo atendiendo tu puesto del mercado, envuelta en el dulce aroma de los melones y las naranjas. Tu belleza opaca la de las frutas más hermosas, como el durazno o la pitahaya. Tampoco te percatas de mi existencia cuando admiro tu grácil figura mientras le das de comer a las palomas en la Plaza Grande.

No sabes que existo…ni quieres saber.

Porque también soy un perro negro de ojos rojos que se mete en tu casa cuando estás dormida. Entro muy despacito, sin hacer ruido, guiado por el olor de las frutas que vendes y que impregna tu piel. ¡Cómo me gusta verte como te estoy viendo ahora! Tendida en tu blanco lecho, respirando agitada, sudando y temblando de angustia cuando intuyes en tus sueños mi presencia. Ahí no puedes ignorarme más. Y yo me enfermo de ganas de ti. Me da miedo estarte viendo como perro, el deseo que me ha traído hasta aquí de repente se desdibuja y me entra un hambre atroz, quisiera darte de mordiscos en los muslos, masticar tu suave carne y que formes parte de mí. Pero luego recobro la lucidez y recuerdo que soy Adolfo, me olvido de mordiscos y pienso en besos y caricias.

Afortunadamente para ti no puedo tocarte. Las tijeras en cruz, el romero y las agujas que siempre pone tu madre debajo de tu cama te protegen. Soy un nahual, un nahual enamorado y algún día serás mía para siempre.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

Este cuento inspiró un cortometraje de: D MENTE PRODUCTIONS «Un amor de Nahual» de Eli Rosales Santiago que fue registrado para participar en Cannes 2012. La página de DMente productions https://www.dmenteproductions.com/newpage

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