EL VIAJERO DEL TIEMPO

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Le bastaba con pensar en una fecha y lugar y la esfera programaba las coordenadas de destino. Así, Sindri viajó por el universo utilizando atajos en el espacio-tiempo, sistema perfeccionado en el año 3050.

Destino: Roma, noche del 24 de diciembre, año 50 a.C.
Era la celebración de las Saturnales, las fiestas paganas en honor a Saturno, el dios de la agricultura. Antes de salir de la esfera, imprimió la vestimenta propia de la época: túnica y toga, para no desentonar.

La ciudad estaba engalanada con adornos y luminarias. Sus habitantes, jubilosos por no tener que regresar más a los campos, se entregaban a los placeres; corría el vino y la comida en abundancia. Se unió a una de las fiestas callejeras, patrocinada por un hombre rico llamado Gayo Pompeyo. Tras el banquete, Gayo lo llevó a su lujosa villa donde fue testigo del intercambio de regalos entre familiares. Le propusieron quedarse esa noche y celebrar el día 25 el «Natalis Solis Invicti», fiesta asociada al nacimiento del dios Apolo. Amablemente, declinó y se despidió de los anfitriones. En un lugar solitario llamó con el pensamiento a la esfera. Dentro de ella dictó algunas observaciones:

«Con esta visita confirmo que esta tonta tradición que ha perdurado hasta nuestros días tiene orígenes paganos».

Belén, noche del 24 de diciembre, año 6 a.C. *
Salió vestido de pastor, pero no encontró a ninguno pues hacía demasiado frío para sacar al rebaño a pastar. Regresó feliz al vehículo, donde calentó su aterido cuerpo y dictó: «El nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre es una falacia y lo hicieron coincidir con una fiesta pagana. Debió nacer en primavera o verano».

Ahora la esfera buscaría gente emparentada con él, en diferentes épocas. Les visitaría y trataría de disuadirlos de celebrar algo que no resistía un mínimo de análisis histórico.

Londres, 24 de diciembre, 1860:
Con abrigo y sombrero de copa Sindri parecía un londinense más. Buscó la dirección de su parentela, sin éxito. Contrariado fue a sentarse en un banco. No había mucha gente, la mayoría ya estaban en casa para la tradicional cena. Una mujer iba muy apurada y al verle solo, le ofreció pasar la noche con su familia. Aceptó. Dentro de la casa cuatro niños revoloteaban alrededor de un árbol ricamente adornado. El marido, un hombre agradable, le convidó una bebida con vino, frutas y canela, para el frío. La cena fue abundante y deliciosa, antes del postre todos abrieron un paquetito personal, jalando de unos cordones en los extremos; al hacerlo saltaban regalitos en medio de una pequeña explosión que lo sorprendió e hizo que todos se desternillaran de risa. Su obsequio fue una nota que le deseaba buena fortuna. Acabada la cena se despidió, desconcertado por lo agradable de la velada. Hubo alusiones cristianas, pero más que nada se trató de una fiesta familiar. Era hora de regresar a la esfera.

Londres, 24 de diciembre, 1941:
Esta vez sí encontró la dirección. Le abrió una mujer de rostro triste, quien explicó que el hombre que buscaba, su esposo, estaba en el frente de batalla. Sindri fue invitado a cenar. No había árbol ni decoraciones ostentosas. La comida era escasa, aun así la compartieron con él, cosa que lo conmovió. Hubo una oración de agradecimiento y pidieron por la seguridad del padre ausente. Observó que los hijos, dos traviesos pelirrojos, no recibieron regalos. Regresó al otro día con algunas cosas impresas en su esfera: ropa para toda la familia y juguetes. Jamás olvidaría aquellos rostros de gratitud.

Decidió que haría una última parada, su celo por acabar con la tradición navideña en la familia se desvanecía. No había tenido corazón para aguar los festejos de nadie con sus diatribas. La fiesta despertaba sentimientos y actitudes nobles en todos, ¡incluso en él mismo!

México, 24 de diciembre, 2033. Sus parientes vivían en un precioso rancho de la Sierra. Gente hospitalaria, lo acogieron también.

Esta vez sí se animó a soltar los datos recopilados en sus viajes por el tiempo, sin revelar que él venía del futuro, y cuestionó la validez de la celebración. El patriarca de la familia, Don Artemio, lo miró con interés y le dijo que no importaba si no había rigor histórico. «El asunto es que nació y esta fiesta conmemora ese día». «¿Y qué me dice de los orígenes paganos de las fechas?» El hombre se encogió de hombros con esa sencillez de la gente que no se complica mucho. Luego lo invitó a bajar al pueblo para ir a repartir regalos y comida a la gente más desfavorecida. Hicieron una escala en la iglesia donde su anfitrión insistió en entrar unos minutos. Esto último incomodó a Sindri pero se resignó. Más tarde, el rancho se llenó de parientes y nuevamente una grata atmósfera familiar lo envolvió todo con abrazos, risas, brindis y mucho tequila.

Dictó sus últimos apuntes: «He decidido no perseguir ya mi idea de desterrar la Navidad. Entiendo ahora que más allá de lo que se celebra, estas fiestas sirven para unir a las personas, sacar lo mejor que hay en ellas y eso por sí solo bien vale la pena el festejo». Con una sonrisa el viajero del tiempo pensó en la noche de Navidad del año 3050 y regresó a casa, a tiempo para unirse a la celebración.

891 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

*Nota:

«Ateniéndonos al registro de Flavio Josefo y a las repetidas menciones al rey Herodes, es más seguro tomar como referencia válida la que señala el nacimiento en vida de este rey y, por lo tanto, situarlo alrededor del año 6 a.C. La fecha incorrectamente considerada como año 1 fue establecida -ya fuera por accidente o intencionadamente- en el siglo VI por un monje bizantino llamado Dionisio el Exiguo, quien diseñó un nuevo sistema de datación de los años para separar la era pagana de la cristiana: el Anno Domini -“año del Señor”, es decir, del nacimiento de Jesús-, en sustitución de la datación romana ad Urbe condita -“desde la fundación de la ciudad”, es decir, de Roma.» fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-ano-nacio-jesus-segun-historia_15207

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Los chaneques por Ana Laura Piera

Otra colaboración para Masticadores México. El relato se acaba de leer ahí. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Gracias!

Por nueve días y nueve noches ardió el fuego. Tuvieron que ser muy cuidadosos de que no se apagara y también de que el guardia del sitio no los viera. Por eso fue que caminaron tanto, para alejarse de los lugares frecuentados por turistas y lugareños, adentrándose en […]

Los chaneques por Ana Laura Piera

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EL REGALO

El vendedor, olfateando su primera venta del día, gesticula dramáticamente mientras explica a su cliente por qué debe decidirse a comprar:

¡Mire que líneas! No me va a decir que no son perfectas, ahora, échele una miradita a las molduras, vea el detalle. Observe el interior, sienta la tela… ¡Ah! ¿Ve? ¡Pura calidad! Además cuenta con alarma, algo muy conveniente. Usted sabe que las apariencias engañan y que hasta lo más definitivo que hay en esta vida, puede no ser tan definitivo.

—Si, me lo llevo, envuélvanmelo para regalo —dice Justino Martínez muy convencido.

El vendedor, conocedor de su oficio, esconde la sorpresa que le causa tal petición y enseguida envía al mandadero para que compre lo necesario. Tardan un poco en dejarlo listo, después de todo es la primera vez que les piden algo así, muy pronto el color caoba del féretro, queda oculto detrás del papel de regalo, parece una barra de chocolate gigante con envoltorio rosa chillón. Terminan colocando un gran moño a juego.

—Súbanmelo a mi camioneta.

Y ahí va Justino, mientras maneja, va pensando: “¡Las cosas que me obligas a hacer Gloria! A ver si con esto se te acaban los achaques. Desde que nos casamos hemos hecho más visitas al hospital que a ningún otro lado. Que si te duele aquí, que si te duele allá. Que si ya vas a estirar la pata, ¡tanto dinero gastado en medicinas que no te curan! Primero pensé era mal de ojo; entonces te llevé con Doña Angustias para que te hiciera una buena limpia. Estuviste bien por un tiempo, pero ya estás otra vez con tus dolencias. Creo más bien que eres una mañosa. Con este regalito debes de reaccionar, ya verás”

Cuando ve llegar la camioneta de su marido, Gloria se emociona mucho. En vísperas de su cumpleaños, seguro que su marido le compró algo bueno, tal vez un mueble. Casi se muere de verdad cuando Justino le pide que quite la envoltura y se encuentra tan lúgubre regalo.

Mujer, tú siempre estás diciendo que ya te vas a morir y no sé que tanto, por eso decidí traerte esto, no te puedes quejar, es de lo mejorcito que hay, estarás muy a gusto aquí.

A la par que se recupera del disgusto, el inesperado regalo hace reaccionar a Gloria: la artritis se esfuma, ya no le da la migraña, la presión alta la deja en paz y su diabetes se controla de un día para otro. Tras la incomodidad inicial (no encontraban donde ponerlo), el féretro se hace útil e indispensable a los pies de la cama matrimonial que Gloria y Justino comparten desde hace veinte años. Los calzones de Justino y los pijamas mata pasiones de su mujer, encuentran un hogar dentro de él.

—¡Ay mujer! El día que te mueras voy a extrañar tanto el mueblecito, mira ¡que bueno nos ha salido!

Una noche en que no puede conciliar el sueño, a Justino se le ocurre intentar dormir dentro de la caja. Descarta la idea por descabellada y rara, pero cuando en sus noches comienza a abundar el insomnio, decide probar. Saca toda la ropa que guardan y se duerme muy tranquilito a los pies de Gloria. Esa noche, Justino sueña que está enterrado dentro del féretro, tres metros bajo tierra. No es una pesadilla sino un sueño apacible y tranquilo, siente su cuerpo suavemente arropado, como si estuviera dentro de un capullo de mariposa. Las preocupaciones y los afanes cotidianos se quedan lejos, muy lejos.

A la mañana siguiente despierta más descansado que nunca y reflexiona sobre si el morir se parece a su sueño. Gloria está histérica por el desorden dejado por su marido, pero eso no lo detiene y Justino repite la experiencia. Muy pronto no puede dormir en otro lado que no sea su “cajita” como cariñosamente la llama. Siempre sueña que está plácidamente… muerto. Está convencido que la muerte es como volver a una patria abandonada en el momento de nacer y olvidada con la primera bocanada de oxígeno que entra a los pulmones. Quizás no hay nada que temer de ella. Primero duerme con la tapa del ataúd abierta, pero con el tiempo se acostumbra a dormir con la tapa cerrada.

Pareces el conde raro ese que se convierte en vampiro. Estoy harta. Además, era mi regalo y el que lo usas eres tú. ¡No es justo! —se queja Gloria.

Un día la muerte acaba por seducir completamente a Justino y Gloria ya no lo puede despertar. En el velorio todos comentan la felicidad pintada en el rostro del difunto. Gloria a su vez lamenta muchísimo la pérdida de su regalo.

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

ENCUENTRO EN EL MUELLE

foto de Jaime Moreno en Flickr

—Es un hombre que camina encorvado —me dijo mi primo—, aparece como a las dos de la madrugada, camina un poco por la playa y desaparece a la altura del viejo muelle. ¿No te da miedo verdad? Aquello me sonó a desafío y contesté: —Iré, estoy seguro que no hay nada. Ustedes acá en el pueblo creen cualquier cosa pero cuando vives en la ciudad, eso cambia. Mi primo sonrió divertido ante mis ínfulas citadinas y eso me molestó.

No había luna ni estrellas esa noche, la playa se había convertido en un lugar oscuro e irreconocible salvo por el ruido familiar del mar lamiendo la arena. Saqué mi pequeña linterna y apunté su diminuta luz amarillenta a las tinieblas que me envolvían, pero fue evidente que de poco me serviría.

Caminé en medio de la oscuridad con el mar a mi lado, pensé en quitarme los zapatos, pero los filosos guijarros y conchas marinas que adivinaba incrustados en la arena me disuadieron. Me remonté a mi infancia cuando de la mano del abuelo salíamos en la noche a admirar el fenómeno de bioluminiscencia que a veces hacía que las olas dejaran un rastro de luz verdosa sobre la arena. El haz de mi linterna se topó con un pez globo muerto, que bailaba a merced del suave oleaje. Me quedé observándolo con una fascinación mórbida que no sé explicar muy bien. Cuando alcé la vista, ahí estaba el sujeto, y supe casi de inmediato que no era un ser humano vivo, su cuerpo irradiaba también una luminosidad extraña e irregular, como una estrella exhausta a punto de apagarse.

Estaba frente a mí y su boca se curvaba en una mueca rara que pretendía ser un gesto amigable. Era un hombre entrado en años, llevaba los pantalones doblados a la altura de la rodilla y de su hombro colgaba una red de pesca. En una mano llevaba también una cubeta que parecía pesada a juzgar por la inclinación que provocaba en su cuerpo.

—¿Usted también va hacia el muelle? —me preguntó con una voz rasposa que me acabó de robar el aplomo. Hubiera querido echar a correr, pero la misma fascinación mostrada hacia el pez hizo que mi mente buscara las palabras para contestar, no fue fácil, mi lengua parecía haberse separado de mi cuerpo y haberme dejado abandonado y mudo ante las preguntas del fantasma. —Ehh… Ssí —mis palabras salieron de mí casi sin aliento. Reparé que el muelle al que se refería él, ya no estaba, eran solo unos cuantos pilotes de madera que quedaban como testigos silentes de la estructura que antaño existió en ese lugar.

—Vamos pues— dijo, y comenzó a caminar y yo lo seguí a pesar del martilleo furioso de mi corazón que protestaba ante tal insensatez. Noté con horror que sus pies descalzos no dejaban huellas. El hombre volvió a hablar con esa voz que ponía la piel de gallina: —No sé que me pasa que a veces veo el muelle roto amigo, ahora mismo me pasa algo raro, no siento el mar mojándome los pies. Creo que tengo que ir a ver al doctor. Mi cuerpo temblaba casi incontrolablemente y puedo jurar que estaba al borde del desmayo. —A veces siento que estoy atrapando algunos peces, pero al sacar mi red ya no están, escaparon, o nunca estuvieron ahí. No sé, imaginaciones mías tal vez. Sabe, lo que más me extraña es que nunca veo el sol. Hace mucho que no siento sus rayos sobre mi piel, solo esta negrura. ¡No se imagina usted cómo extraño el sol! En ese momento llegamos al muelle y el hombre desapareció ante mi vista. Me desplomé en la arena.

Mientras regresaba a mi auto, decidí que podía quitarme los zapatos, después de todo no hay nada como sentir el mar y la arena entre los dedos, aunque uno se lastime con los guijarros y si eso pasara, el dolor sería un recordatorio de que aún estoy vivo. Al otro día tomaría un buen baño de mar y sol, y por la noche regresaría a la playa, con suerte quizás podría ver la luminiscencia, aunque evitando el horario donde aquella pobre alma atormentada se aparece, por supuesto mi primo se iba a reír de mí. ¡Qué más daba! También pensé en regresar a vivir a mi pueblo costero y dejar la ciudad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA VOZ

Relato para Va de Reto

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Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta

LA VOZ

El ruido de golpes en la puerta me sorprendió abriendo una caja de galletas de mantequilla. Las había encontrado el día anterior en una casa bastante alejada de mi refugio. El hallazgo había constituido una verdadera alegría en medio de días donde mi humor estaba peor que nunca. Las galletas seguían en su caja metálica y eso las había salvado de los animales, ahora dueños y señores de la ciudad.

Ese toquido me inquietó sobremanera. ¡Aquello era imposible! En dos años no había visto un alma en la ciudad. Sentí la mordida del miedo y mi corazón empezó a latir fuertemente. Tomé mi pistola y la metí dentro de mi pantalón. Los golpes se repitieron.

—¿Quién? —hacía tanto que no escuchaba el sonido de mi propia voz que me sorprendí mucho y mi cerebro tardó unos segundos en procesarla y reconocerla como propia.

—¡Ábreme, soy Alejandro Falcones!

Los únicos ruidos que en dos años había escuchado eran los de la naturaleza y las cosas, como el crujido de los edificios y casas, pisar sobre vidrios quebrados, ladridos de perros, la voz del viento… Así como me había impresionado escucharme, oír esa voz me estremeció. El nombre me sonaba, pero, ¿de dónde?

—Tu novio de la facultad —dijo como adivinando mis pensamientos—, ¡por favor, abre! El modo era urgente, imperioso.

Me quedé de una pieza. ¡No podía ser! Alejandro había muerto en un accidente automovilístico. Había ocurrido mucho antes de que sobreviniera la gigantesca llamarada solar que fundió todo aparato eléctrico en el planeta y en el espacio, sobreviniendo el caos.

Quienquiera que estuviera afuera me conocía, pero sus intenciones seguramente no eran buenas porque estaba mintiendo. Observé la puerta, era firme, la había reforzado para que fuera infranqueable. Mi refugio, un antiguo almacén, no tenía ventanas, excepto la del baño, pero era demasiado pequeña, así que no existía otro acceso. Temblando, arrastré un viejo sofá contra la puerta y sobre él puse lo más pesado que poseía: una televisión ahora inservible, pero frente a la cual me gustaba sentarme por horas, mientras recordaba algún antiguo programa favorito.

—Dany, por favor, ¡ábreme!, hace frío, tengo hambre, esto ha sido demasiado horrible. Te necesito y tú me necesitas ¡ayúdame!

La voz que me llegaba del exterior comenzó a sonar como la voz de Alejandro. Además me había llamado «Dany», así era como él me decía de cariño. Empecé a dudar. ¿Y si no había muerto? ¿Y si me habían mentido para alejarme del amor de mi vida? Pero yo recordaba haber ido al funeral, recordaba gente vestida de negro, muchas flores y un ataúd oscuro. Me empezó a doler la cabeza.

—¡Mientes! ¡Alejandro esta muerto! ¿Quién carajos eres? ¿Cómo sabes mi nombre? ¡Estoy armada!

El desconocido no respondió nada, pero escuché como un bufido y un chasquido de lengua. Podía imaginar al impostor afuera, pensando en alguna estrategia para lograr que yo le abriera. Fue entonces cuando me llegó el olor a perfume «Acqua di Gio», inconfundible, el que siempre había usado Alejandro. Mis fosas nasales se ensancharon queriendo captar las notas frutales y florales y los recuerdos se agolparon en mi cerebro. Quizás sí era él.

El delicioso aroma cambió todo. Quité la televisión y arrastré el sofá alejándolo de la puerta. Estaba aún en eso cuando noté que el olor se desvanecía y dejé de percibir la presencia al otro lado. ¿Y si en verdad había sido él y se había ido? ¿Había perdido la oportunidad de disfrutar de la compañía de otro ser humano en medio de ese solitario apocalipsis? El pánico se apoderó de mí y frenética, comencé a meter llaves y descorrer cerrojos. Maldije la hora en que había instalado en la puerta todas las cerraduras encontradas en mis correrías por la urbe abandonada.

—¡Alejandro! ¡Espera! ¡No te vayas! Gruesas lágrimas comenzaron a mojarme el rostro y a nublarme la vista.

Para cuando pude abrir, no ví a nadie, tan solo el paisaje familiar de la calle desierta. Seguía sola, bueno, siempre estuvimos solas… mi esquizofrenia y yo.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla.

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Amnesia por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Tenía algunas semanas que sospechábamos que algo andaba mal pues cada vez que el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas. El puente era […]

Amnesia por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

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EL ENFERMERO

Photo by Dim Hou on Unsplash

Vestido con mi mono de enfermero al que llevo prendido un gafete de identificación falso, me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado, mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado al fin que el personal me vea como uno más de los suyos. Me he librado de sus miradas recelosas pero no de mi problema, si no fuera por eso todo sería perfecto.

Tras incontables horas de observar y escuchar atentamente todo a mi alrededor, he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos con éxito: suturas e inyecciones, he dejado de pensar que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad.

Casi no recuerdo ya cómo era mi vida antes: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Cuando me llegan esos pensamientos los ahuyento. Me anima mucho que el Gastroenterólogo, el Dr. Cortes, me salude siempre y yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un paciente, ayudarlo con el interminable papeleo ¡hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortes me ha pedido que lo asista en una apendectomía. Casi no lo puedo creer ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado y feliz de seguir aprendiendo. Me daré una vuelta por Psiquiatría, tan sólo necesito aprender qué medicamento tomar para que desaparezcan mis alucinaciones. Ya no puedo posponerlo, estoy convencido de que los pacientes merecen lo mejor, tengo actitud y ganas, si me lo propongo podré hacer la transición a médico y ¿porque no? quizás llegar a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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CEREBRO VS. CORAZÓN

Photo by David Matos on Unsplash

Ana miró compungida como el cuerpo de su amado padre desaparecía dentro de la ambulancia especial enviada por «Infinity Mind». Junto a ella, la Dra. Sonia Olmos, enfundada en su bata médica y tras unos lentes de pasta oscura que le daban un aire intelectual, trataba de calmarla: Le he dicho que todo está bien. ¿Que por qué él no le mencionó nada? Seguramente no quiso intranquilizarla. Yo le aseguro que él estaba cien por ciento convencido de esto. Piénselo, es maravilloso, tantos conocimientos y habilidades que en vez de pudrirse en una tumba seguirán al servicio de la humanidad y de la ciencia. ¿Que cuándo le verá de nuevo? Muy pronto, si acaso es cuestión de un par de meses…

Hacía apenas unas horas el famoso Dr. Israel Santiago había muerto. Su muerte devastó a Ana, su única hija. Mientras ella iniciaba los preparativos para el funeral, recibió una llamada extraña por parte de unos importantes laboratorios. Le pedían que no hiciera nada, ellos se harían cargo. Le enviaron un contrato firmado en vida por su padre donde había dado su autorización para que «Infinity Mind» dispusiera de su cuerpo. No habría ceremonia. No había tiempo. Era crucial iniciar con el protocolo que les permitiría retirar cuanto antes el cerebro del fallecido para conservarlo e implantarlo en un cuerpo artificial hecho a la medida. Todo era parte de un novedoso experimento del cual el doctor Santiago había querido ser voluntario. Sorprendida y lastimada -no entendía por qué su padre no le había hablado de esto-, dejó todo en manos de los laboratorios.

Tres meses más tarde se sentía muy nerviosa. Al fin, tras intercambiar muchas llamadas y mensajes con la Dra. Olmos, se había autorizado una visita a su padre. No sabía muy bien qué esperar.

Camino a la cita, recuerdos y reflexiones desfilaron frente a ella: La muerte inesperada de su madre, su padre que no se volvió a casar. La desilusión que le había causado a él que ella no siguiera sus pasos cuando decidió ser Historiadora. Las quejas medio en broma, medio en serio, acerca de que su única hija no le daba nietos siendo él tan niñero. El hecho de que a pesar de su célebre carrera como cirujano oncólogo siempre encontraba el tiempo para verla: preciosos momentos donde los dos leían, bebían cerveza y reían con los chistes y anécdotas que el doctor, al que no le faltaba la simpatía, solía contar.

La Dra. Olmos la condujo por asépticos pasillos flanqueados de consultorios, frías salas de espera, laboratorios y quirófanos. No vieron a nadie hasta que llegaron a una sala en particular. Aunque Ana había imaginado muchas veces el añorado reencuentro, nada la había preparado para la experiencia.

El doctor estaba sentado en uno de los sillones de aquella sala donde todo era blanco: paredes, muebles, luz neón, incluso la ropa que portaba irradiaba blancura. Lo reconoció inmediatamente, el parecido era asombroso: la misma altura, los ojos castaños, la nariz grande ¡hasta el vello de los brazos! Todo estaba fielmente reproducido en ese cuerpo artificial, todo menos su hermoso pelo ondulado que ya pintaba canas. En vez de él, había una carcasa transparente y detrás de ella el cerebro de su padre que nadaba en un líquido nutritivo.

Un «¡Hola!» demasiado casual la recibió. La voz, aunque parecida, no se escuchaba natural. Ella trató de no mirar demasiado aquel cerebro desnudo que la inquietaba.

—¿Papá?

El hombre sonrió. Nuevamente la sonrisa resultó familiar, pero un poco forzada.

—¿Cómo te sientes? — Ana formuló la pregunta con apenas un hilillo de voz.

—Excelente —dijo él con esa voz extraña y a la vez conocida, y calló.

La chica pensó que no solo era la voz. Darse cuenta de la falta de emotividad mostrada por su padre la lastimó profundamente. Sintió ganas de llorar.

La Dra. Olmos que había estado observando la escena desde una distancia prudente recibió una llamada y luego de atenderla se dirigió al doctor con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hay otro paciente doctor!—su voz temblaba de emoción.

—Más datos por favor…

—Paciente pediátrico con meduloblastoma. Un caso difícil. Ningún otro oncólogo lo ha querido tomar.

—Perfecto —dijo. Y el cerebro en el receptáculo pareció palpitar con más fuerza.

Ambos doctores salieron de la salita y dejaron a Ana sola. Su padre ni siquiera se despidió. La doctora regresó apresuradamente para indicarle que debía abandonar las instalaciones. Por la excitación se había olvidado de ella, que la disculpara. No, él no regresaría a casa, continuaría bajo escrutinio médico y realizando sus célebres operaciones cerebrales por las que era mundialmente conocido. ¿Que cuándo le volvería a ver? No había fecha. Ella debía mandarle una solicitud para checar agenda. La última palabra sobre verla o no la tendría el propio doctor. ¿Cambio de personalidad? podría ser, aún estaban estudiando los resultados del experimento…

Ana desanduvo el camino y llegó a la puerta de salida. Se imaginó un mundo donde nadie muriera, una muchedumbre de cuerpos coronados por una carcasa transparente, donde el cerebro se asomara, frío, distante y ajeno. Se estremeció. Volvió a pensar en su padre, recordó que el sistema límbico del cerebro era el responsable de las emociones, pero quizás no funcionaba tan bien estando en un cuerpo sintético. O tal vez, junto con el cerebro, quizás debieron preservar también… el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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AL ABRIGO DEL MAR.

La superficie del mar, con su movimiento ondulante y su color azul claro parecía la piel de un animal marino de dimensiones inconmensurables. Soplaba poca brisa y las olas acariciaban con gentileza la playa, dejando un rastro espumoso que se desvanecía en segundos. A pesar de la relativa calma no le fue fácil entrar en el agua, el chaleco salvavidas francamente le estorbaba. Carlota miraba desde la orilla con cierta aprensión, pero descansó cuando vio a su marido abandonarse al fin al arrullo de las olas.

Ella se quedó viendo sin ver. Sus ojos perdidos en el horizonte mientras desfilaban en su cabeza imágenes de un pasado que se antojaba un mero sueño. Bruno de 25 años, guapísimo, pidiéndola en matrimonio. Ella, muy diferente de la mujer de rostro cansado y ojos tristes que era ahora. Siempre había sido muy atractiva, pero la belleza viene con fecha de caducidad y su pérdida se acelera ante la ausencia crónica de alegrías. Recordó también aquel salón de tango en su natal Buenos Aires; donde ambos gustaban de pasar las noches de viernes ebrios de música y vino, para luego rematar en el lecho de casados donde Bruno le había hecho el amor infinidad de veces. Tantos recuerdos. ¿Habían sucedido realmente? ¿Había existido otra vida antes de ese suceso que marcó sus destinos para siempre?

Bruno se había puesto un equipo de esnórquel. Flotaba en medio de agua color turquesa, taladrada aquí y allá por rayos de luz. Vio hermosos peces pintados de arcoíris, otros menos llamativos, pero interesantes, como el banco de pececillos diminutos que lo envolvió de repente. Sus lomos plateados reflejaron la luz del mediodía y le pareció encontrarse en medio del resplandor de algún tesoro perdido. Observó pequeñas rayas que se esforzaban en esconderse en el vientre arenoso del lecho marino para no ser descubiertas. Su esfuerzo era vano pues nada tenían que temer del hombre que en aquel momento deseaba fervientemente dejar de ser carne, piel y huesos para convertirse en escamas, branquias, arena y agua. Dejar de ser Bruno Fernández y convertirse en parte del universo acuático de una vez y para siempre. Se ensimismó tanto que logró que se ausentara el tenaz recuerdo de aquel horrible día, cuando frente a la Plaza de Mayo quedó roto entre las ruedas de un camión que le robó la mitad de su cuerpo y la voluntad de vivir.

Tras un par de horas que a él le parecieron apenas unos cuantos minutos, su exploración se vio interrumpida por los gritos de su mujer que le urgía a acercarse a la orilla. Con pesar braceó hacia la playa hasta tocar el fondo con sus piernas muertas. Con sus brazos, y con movimientos torpes y lastimosos de su cuerpo logró salir. Lejos del cobijo del agua, Bruno fue otra vez, dolorosamente consciente de su condición de parapléjico. Carlota lo esperaba junto con dos desconocidos que amablemente se habían ofrecido a ayudar. Lo subieron a su silla de ruedas y lo trasladaron a la vereda del hotel que los llevaría a su habitación. Carlota no podía verlo, aunque lo intuía: de los ojos de Bruno manaban lágrimas que, como las rayas que viera, se camuflaban con las gotas saladas que chorreaban de su cabeza.

La noche escogida la playa estaba desierta, y ante la ausencia de luna parecía boca de lobo. El aviso de tormenta y mar agitado mantenía a casi todos los huéspedes en sus habitaciones, donde el bramido del mar rompiendo, ahora sí, furiosamente contra la orilla, les llegaba atenuado y podían fantasear con una noche tranquila. Nadie los vio, nadie fue testigo del cumplimiento de ese pacto nacido de horas interminables de desesperanza y cansancio: Ocultos en la cortina de agua que caía del cielo, una mujer empujó trabajosamente a un hombre en silla de ruedas por la playa, y cuando la silla ya no pudo avanzar, el hombre se dejó caer y la mujer lo arrastró con dificultad hacia el agua revuelta. Ambos se dejaron llevar por las olas, iban abrazados, despidiéndose de la vida, buscando el abrigo eterno del mar y el descanso del cuerpo y del alma.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA CASA DEL POZO

Mi participación en el reto conjunto VadeReto y Alianzara de Noviembre 2024. En éste último nos proponen que se dé protagonismo al «espacio» donde sucede la historia. Este cuento también participó en el concurso de relatos de El Tintero de Oro.

Imagen de Enrique en Pixabay

LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana —más joven que ellos— Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. «Ven…» Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla